miércoles, 4 de marzo de 2026

Por qué las mujeres siempre me abandonan

Nunca tuve suerte con las mujeres. Todas acabaron abandonándome. ¿Razones? Las desconozco. Objetivamente creo que soy un tipo resultón, cortés, educado y detalloso a más no poder.


Guapo, lo que se dice guapo, no soy, pero no paso desapercibido: patilargo y larguirucho, algo cargado de espaldas, velludo y cejijunto, de aspecto agitanado, con un ojo estrábico que va por libre como camaleón africano buscando mosquitos en la espesura. Siempre tuve un atractivo entre exótico y salvaje.

Mi primera novia era gordita y con gafas, de esas antiguas de culo de botella (la chica no, las lentes). Fue la que más me duró. Un año. No llegamos a convivir, salvo algún fin de semana loco, en el que dábamos rienda suelta a nuestro desenfreno en cualquier hotelucho de carretera o en mi propia habitación. Me dejó por una tontería. Me descubrió la colección completa del Penthouse con lamparones sospechosos que guardaba en una caja de cartón bajo la cama.

La segunda era una dama distinguida, elegante y delgada. Me duró cuatro meses tras la boda. Era muy tiquismiquis. No soportaba mis largas disertaciones acerca de la influencia intrínseca de los poderes fácticos durante el tardofranquismo. Tampoco le agradaban mis abundantes muestras de aerofagia explícita ni mis ronquidos cotidianos.

Que yo sea un poco pesado y algo guarro no creo que constituyeran motivos decisivos en los sucesivos abandonos que sufrí, aunque pudiera entender que mi manera de comportarme no resultase la idónea para cierto tipo de gente.

La última que me abandonó fue la enfermera que me atendía tras ser operado urgentemente de una apendicitis. Cuando procedió a ponerme la sonda para ayudarme a expulsar la anestesia suministrada, de la manipulación consiguiente sobre mi miembro dormido me sobrevino una excitación incontrolable que se tradujo en una potente erección, por lo que ella, temblando como un flan, comenzó a ponerse de los nervios y, soltando bruscamente el miembro viril como si hubiera tocado una rata, se negó en redondo a terminar de introducirme la sonda. Y tras llamarme guarro cuatro veces se fue corriendo, dando voces como una loca por los pasillos del hospital mientras, enrabietada, tiraba al suelo con energía el fonendoscopio, el aparato de la tensión y daba patadas a todo lo que se le atravesaba en su camino, a la par que exclamaba: ¡Renuncio! No puedo más. ¡Me voy a mi casa!

Todos esos abandonos no puedo considerarlos justos, pero comprendo que determinadas sensibilidades puedan verse impelidas a llevarlos a cabo. Lo que no es de recibo es que mi propia madre me dejase recién nacido en la puerta del convento de las Carmelitas Descalzas cuando todavía no me había dado tiempo a desarrollar ninguna habilidad molesta para nadie.

¡Ah, se me olvidaba!: las monjitas también me abandonaron poco después en las puertas de la inclusa. Llamaron al timbre y salieron corriendo. Desconozco el motivo.

17 comentarios:

  1. Está demostrado ante tanto argumento favorable a tu persona que las mujeres no saben lo que quieren.
    PD: No te preocupes, no hay nada mejor que un loro para suplirlas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Igual la culpa es mía ( bueno, de mi personaje) Lo del loro no sé qué decirte que no la liemos parda.
      Salud.

      Eliminar
  2. Este texto es digno de figurar en aquella revista La Codorniz, o Hermano Lobo, por ejemplo. No paro de reír. Por cierto, si hay algo que esté en las antípodas de una erección es precisamene que te intenten poner la sonda en el minipene. Pero por eso mismo, lo que cuentas de la enfermera es más hilarante, se agradece en estos tiempos desasosegados.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Un poco políticamente incorrecto; pero te juro que es cosa de mi personaje, que es un sinvergüenza.
      Saludos.

      Eliminar
  3. Una historia tragica contada con tono de comedia ligera, pero el lector reconoce en este sujeto -cuyo nombre no conocemos- algún conocido o amigo que tampoco ha tenido suerte con las mujeres. Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Siempre hay algo de veracidad en lo que se cuenta, aunque sea poquito.
      Saludos, Joselu.

      Eliminar
  4. Yo lo que no consigo explicarme es cómo ha tenido dos novias. Agraciado no es pero agradable, menos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hay gente pa tó, que decía mi madre. Siempre hay un roto para un descosido.
      Saludos, Aina.

      Eliminar
  5. Bueno, verás... me atrevo a sugerirle (que no, aconsejarle) a tu personaje, que pruebe a modo de experiencia, las relaciones homosexuales. A lo mejor por ahí tiene más suerte. No tengo experiencia personal, pero parece que a algunos les funciona.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Se lo diré de tu parte. A lo mejor es una solución. Que pruebe a ver.
      Saludos.

      Eliminar
    2. ¿Eso qué es lo que es? Me suena a lío.
      No creo que le dé por las redes.
      Salud.

      Eliminar
  6. Has probado TINDER?, pero no te describas como has hecho aqui.

    ResponderEliminar
  7. Dicen que el amor es ciego aunque sospecho que ciego, ciego, no es. Como mucho, tuerto. Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ciego, ciego... No del todo. En todo caso, un ojo que mira hacia otro lado. ¿Estrabismo?
      Como los camaleones.
      Abrazo.

      Eliminar