lunes, 20 de mayo de 2019

Una historia cotidiana


—¿Quieres un emparedado? 

Carmen.
La compañera de piso y de infortunios, la amiga con derecho a roce desde hacía ya varios años. Primero fue amiga a secas, pero cuando ocurrió lo de Mercedes, la amiga común y esposa de Andrés, que acabó fugándose con un colombiano veinte años más joven que ella, que le descubrió repentinamente un nuevo mundo y la deslumbró a base de juventud, tez morena, metro ochenta de estatura, sexo desenfrenado y salidas nocturnas a tutiplén, además de chulearla y vivir a sus expensas, entonces Carmen acabó volcándose con el más débil, con el amigo abandonado, con el perdedor, y porque, en el fondo, muy en el fondo, Andrés le hacía cosquillas en el alma, siempre le gustó un poquitito y acabó medio enamorándose de él. Mientras Mercedes era la pareja de Andrés, Carmen nunca se le insinuó, a pesar de ser asidua visitante de la casa, de compartir cientos de horas con ellos, de participar en sus penas y en sus alegrías. Nunca hubo un gesto ni de ella ni de él que revelara que allí, en el fondo, había algo más que amistad. Pero cuando Mercedes enseñó sus cartas y descubrió su nueva relación, todo cambió. Carmen, de entrada, no fue imparcial y se puso del lado de Andrés. Y luego, despejado el camino, no dudó en reemplazar el sitio que la esposa infiel había dejado vacante. Por eso decidió irse a vivir con él y convertirse en una especie de amante, protectora, asesora, administradora, madre y amiga desinteresada, todo a la vez, compartidora de casa, despensa, habitación y cama.

 —¿Te vas a hacer otro para ti? 

Andrés.
El marido abandonado. La víctima de una relación fallida. El perdedor en esta historia. Pero eso era tan solo lo aparente. Al final resultó ser el verdadero ganador. No fue él el que lo urdió todo, pero sí el experto navegante que supo aprovechar la fuerza del viento para que esta no derribara su nave sino que la empujara gracias a que logró desplegar las velas en su momento. Desde hacía tiempo comenzó una andadura paulatina de desinterés hacia Mercedes, mientras que paralelamente iba creciendo el interés por Carmen, la amiga común. Supo esperar el momento adecuado. Por eso, cuando tras aquel viaje por el Caribe, descubrió que su mujer iniciaba un acercamiento a terreno peligroso, él facilitó el camino: al enemigo, puente de plata. Mercedes vino de aquel crucero transformada en otra persona. Digamos que había descubierto nuevas formas de diversión relacionadas con los bailes y el inevitable roce con muchachos más jóvenes que su marido y, por supuesto, más vitales y atractivos, con la próstata seguramente en condiciones óptimas. Vino deslumbrada por ese nuevo mundo lleno de sensaciones que acababa de descubrir. Para su marido no pasó inadvertida esa nueva vía de escape descubierta por Mercedes. Por ello promovió e impulsó que su adorable esposa, la cual amaba el reguetón, el vallenato, la salsa, el merengue, la bachata y todas las demás variedades latinas de moda, ya de regreso del viaje, se apuntara a todo tipo de salones donde enseñaban a perfeccionar los distintos bailes y donde, a la caza siempre de maduras insatisfechas con solvencia económica, se concentraban avispados tiburones caribeños. Y al final picó cuando cayó rendida ante los encantos de un pipiolo colombiano de bellas facciones y gestos achulados, cuenta corriente en números rojos y oscuras intenciones. En resumen, que ir de víctima le vino de perlas a Andrés para quedarse con la casa, al menos en usufructo. Qué menos que esa pequeña recompensa para el que había perdido lo más importante: un matrimonio estable. El síndrome de culpabilidad de su ex mujer ayudó mucho. Y además salió ganando con el cambio de pareja. Carmen era -y estaba- mejor que la anterior.

—Sí. Me apetece un emparedado. Y, ya que me pongo, lo mismo me da hacer uno que dos. 
—Vale. El mío lo quiero de jamón y tomate Y una cerveza. Si no te supone demasiada molestia.  
—En absoluto, tesoro. 

 En este cuento ganan todos. Me encantan las historias que terminan bien.

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Una historia cotidiana pertenece al libro "Ida y vuelta". Te puedes descargar un ejemplar en el siguiente enlace:  
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view


Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 13 de mayo de 2019

Leo



Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, un tipo peculiar:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Lo decía y se quedaba tan pancho. Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios creo que, como mucho, tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta, a la vez que hacía un movimiento con el pulgar de la mano derecha señalándola,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.
—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.
—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?
—No sé. Pregúntale a Leo.
—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si nada.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Vida laboral

Fuente de la imagen

Texto publicado originariamente en La Charca Literaria


Francisco Martín —Curro, para los amigos; para servir a Dios y a usted, según decía el aludido— era un experto en trabajos raros. Y también era culo de mal asiento: le duraban muy poco.

Dejó su labor de paseador de patos, en el estanque del hotel de lujo en el que trabajaba, para abrir una peluquería de perros donde la especialidad estrella era la de manicura. Harto, más que de los perros, de las señoronas con sombrero y tiempo libre que llamaban a sus canes con los nombres ridículos de Fifí o Rodolfo, se dedicó durante una temporada a inspector de patatas fritas. Su labor consistía, dentro de su empresa, en vigilar que estuvieran en su punto de textura, color, sabor, además de crujientes, y que no se ablandaran una vez abierto el envase.

Dos años más tarde cambió de oficio y se hizo espantapájaros humano. Contratado por agricultores británicos, iba vestido con sombrero de paja, ropa llamativa y acompañado de un silbato para ahuyentar a los bichos alados. Cansado también de este oficio, poco después, se hizo probador de toboganes. Viajaba, sobre todo en los meses de estío, a los parques acuáticos y, siempre en bañador, evaluaba el grado de rapidez, seguridad y capacidad de diversión de los mismos; pero al terminar su tercer verano, orientó su vida laboral por otros derroteros.

Su siguiente empleo fue el de mamporrero, es decir, de encargado manual para que los caballos, malos en temas de puntería, dieran con el orificio vaginal de las yeguas, porque muchas veces no atinaban con el lugar de lo nerviosos que estaban por la perspectiva de la coyunda. Estaba claro que, para tal menester, Francisco hacía uso de guantes. Y que se los cambiaba de vez en cuando. Harto ya de tocar los miembros erectos de los machos del ganado equino, pensó en mudar de oficio y, probando fortuna, se empleó consecutivamente en estos: acurrucador profesional, recolector de gusanos, modelo nudista, probador de alimentos para mascotas, asistente del lanzador de cuchillos del circo, sexador de pollos, probador de muebles, calentador de camas...

Cuando decidió cambiar de nuevo de profesión, y esta vez buscar algo más normalito y tranquilo en una consultoría, se extrañó mucho de que el entrevistador se divirtiera de lo lindo a costa de su curriculum.
A pesar de todo, obtuvo la plaza. En su nueva empresa valoraron positivamente su versatilidad, su falta de remilgos, su afán de superación, su experiencia y su capacidad para adaptarse a cualquier tipo de empleo. Un ejemplo modélico para todos.

sábado, 27 de abril de 2019

Lo prometido es deuda


A punto de agotarse la breve edición en papel de "Ida y vuelta", mi último trabajo -prácticamente solo queda dar cumplimiento a las solicitudes pendientes-,  cuelgo el pdf que se puede descargar de forma gratuita. 
En papel o no, espero que la lectura de los relatos que dan lugar a este libro sea del agrado de todos.



Y este es el enlace al pdf:




jueves, 25 de abril de 2019

Todo un detalle



Me ocurrió este año. En el súper. Era un 13 de febrero, la víspera de san Valentín. 
Delante de mí, en la fila para pagar en caja, había un hombre como de unos cuarenta años, menudo, de carnes secas. Cuando ya le tocaba el turno, se abrió la puerta del local y entró una moza de buen ver, con pantalón ajustado y curvas pronunciadas. Y el hombrito, con la compra del día en la cinta de la caja, se quedó embelesado unos segundos, siguiendo descaradamente, como hipnotizado, el bamboleo de las poderosas caderas de la aparecida... Si hubiera dado un paso en dirección a la señora estupenda de culo ceñido, habría patinado indudablemente en su propia baba. Luego recapacitó, con aires de disimulo, como diciendo "yo soy un inocente varón", recobró la compostura, giró la cabeza hacia donde estaba inicialmente y, antes de pagar, reparó en un cesto lleno de ramos de flores que, a un lado de la caja, ofrecía la posibilidad de llevarse uno de ellos dada la oportunidad de la fecha. El hombre se aproximó allí, cogió uno y lo puso en la cinta transportadora junto a los huevos, los macarrones, la botella de aceite y el brick de leche que iba a pagar. Un gesto de última hora para su mujer en fechas tan señaladas. 
Todo un detalle de un hombre verdaderamente enamorado que siempre se acuerda de estas cosas.