miércoles, 24 de mayo de 2017

Una reunión inesperada (7)


El Vaquero Anónimo aprovecha que la intervención del jefe sioux ha tenido lugar justo antes del comentario del morisco español, para contar algo de sí mismo:

-La vida es dura en este lado de la frontera. Sueldo escaso. Trabajo agotador con el ganado. Lugar de paso de gente de poco fiar, demasiados buscavidas y pendencieros, indios que te la tienen jurada porque invadimos sus tierras con engaños, calor sofocante… Muchas veces es difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a ponerse la estrella de sheriff.  La gente llega con sus carretas esperando establecerse y echar raíces, pero prosperar es complicado en una tierra reseca donde no es fácil que crezca el cereal y donde abundan los escorpiones. Por eso es frecuente que, hartos y desesperanzados, se vayan marchando en busca de oportunidades a otro lugar, a tierras menos inhóspitas. Y empezar allí de nuevo. Lo peor de todo es cuando el poblado solo está habitado por fantasmas y lo único que te acompaña es el viento, el zumbido de las moscas o el aullido del coyote. Llegados a este punto hay que largarse de allí, al galope, sin mirar atrás, porque si la tierra está maldita tú puedes convertirte en una nueva víctima y acabar formando parte del decorado de un pueblo fantasma.

Luis de Córdoba, vestido con sus mejores ropas: casaca y golilla, calzas a media pierna y medias, pelo largo, perilla y bigotes atusados, sostiene su sombrero entre las manos, toma el turno de palabra:



-Yo llegué a pensar que era el más desgraciado de los hombres por haber nacido más pequeño que los demás. Lo cual me imposibilitaba para hacer muchas cosas, entre otras la de poder alistarme en los tercios para servir a mi país. Y ganar prestigio y honores. Un orgullo muy grande para un súbdito del rey. Tampoco podía dedicarme al oficio de mi padre, porque aparte de las dificultades para manejar con soltura el arado, las caballerías o la guadaña, no soportaría como otros estar siempre bajo la maldición de las plagas, la sequía y los impuestos. Lo tenía pues complicado. Pero después de oír aquí las penalidades por las que muchos de los presentes habéis tenido que sufrir, creo que lo mío era una nimiedad.  Y que en el fondo fui un hombre afortunado. No obstante yo también tuve lo mío, sobre todo al principio, y tuve que aguantar las burlas y las imposiciones de la gente que me tenía a su servicio, incluyendo los antojos de una niña malcriada que luego me abandonó en un rincón como quien se cansa de su muñeco.



-Es lo que tiene ser bufón- bromeó Espronceda, quien pensaba que un poco de humor podría venir bien para rebajar el tono grave que estaba adoptando aquella reunión-; pero seguro que también hay secretos de alcoba de ciertas damas encaprichadas con su juguete preferido que los mantienes en sitio oculto, pero que, dado el tiempo que ha pasado, y teniendo en cuenta que nadie se va a molestar a estas alturas, no tendrías reparo alguno en hacernos partícipes de ellos. Siempre he tenido curiosidad por saber qué esconden ciertas señoras debajo del “guardainfantes”. Seguro que muchas no pasaban frío en las largas noches de invierno si tenían a mano a un complaciente amigo.

-Aunque pequeño de tamaño, y no por ello de inferior hombría, siempre he sido grande como caballero y de mis labios jamás salieron ni saldrán palabras que puedan poner en entredicho el honor de las damas a las que serví- replicó cortésmente con una sonrisa Luis de Córdoba-. En todo caso, no me puedo quejar en este sentido- guiñó el ojo con picardía-. Ni en ninguno en general. Y, volviendo a lo anterior, que no es bueno salirse del comedimiento del que suelo hacer gala, en líneas generales he de decir que todo terminó mejor que empezó: abandonar mi casa para irme a otras a servir de entretenimiento a los demás a costa de mi pequeñez no fue un plato de gusto; pero… ¿podría dedicarme en aquellos tiempos a otra cosa? Y debo reconocer que el oficio que tomé me permitió vivir con tranquilidad y sin privaciones los últimos años de mi vida.


Fragmento del epílogo de "En la frontera"


lunes, 22 de mayo de 2017

Un actor malogrado



Nueva colaboración en La Charca Literaria

Cuando vivía en Carabanchel, tenía un vecino al que todos llamábamos “el garrapata”. El alias se lo pusimos nosotros. En realidad, la culpa la tuvo un desafortunado comentario que el propio Sebas, que era así como realmente se llamaba, hizo una vez que andábamos jugando en un herbazal: “Me pica mucho la pierna. Seguro que he pillado una garrapata.” Y de ahí le vino el mote.

-¿Está “el garrapata”? ¿Sale “el garrapata”?- preguntábamos a su madre indistintamente cuando unos u otros llamábamos a su puerta.

- Está muy feo eso de que los chicos os pongáis motes- decía siempre la madre con cierto enojo.

Un tipo peculiar: nervioso, intranquilo… Hoy diríamos que hiperactivo, algo que no se estilaba en aquellos tiempos.

Y hubo un día memorable en su currículum: cuando él solito se cargó una obra de teatro que habían montado y adaptado en su centro de FP, el Virgen de la Paloma, con sumo cuidado y dedicación. Logró un milagro que ningún dramaturgo consiguió hacer en vida: convertir un drama en una comedia de final hilarante.
Nada más y nada menos que “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca. Teníamos a Segismundo, a Rosaura, al rey Basilio, a la torre, donde, encadenado injustamente, el príncipe se quejaba del trato recibido, de su perra vida, de la falta de libertad…

 “Nace el pez, que no respira, 
aborto de ovas y lamas, 
y apenas, bajel de escamas, 
 sobre las ondas se mira, 
cuando a todas partes gira, 
midiendo la inmensidad 
de tanta capacidad 
como le da el centro frío; 
 ¿y yo, con más albedrío, 
tengo menos libertad?” 

 Y todo porque los adivinos habían vaticinado que destronaría a su padre y sería un rey despótico y cruel.
Sólo faltaba Clarín y para ese personaje, los de La Paloma pensaron en Sebas. Su papel, adaptado para la ocasión, era breve. Apenas una decena de intervenciones…
El caso es que la obra iba bien. Cada uno en su sitio. Un trabajo digno para estar hecho por chavales. Segismundo lo bordaba. Muy histriónico, como corresponde a un príncipe encadenado, castigado duramente…

 “¡Ay mísero de mí, ay, infelice!” 

 La obra estaba terminando. Todo marchaba sobre ruedas… Hasta llegar al desenlace. Hay un motín contra Basilio, el rey de Polonia que mandó encadenar a su primogénito. El pueblo logra liberar de las cadenas a Segismundo, a su amado príncipe. Todo se va resolviendo. El padre se da cuenta de su error y no le quedará más remedio que afrontar la realidad. Y en esto, llega el momento crucial: un disparo acaba con la vida de Clarín, el criado fiel de Rosaura, quien da con su cuerpo en tierra.
Se supone que tenía que quedarse quieto en el suelo haciéndose el muerto los últimos minutos de la obra, pero la ingrata fortuna hizo que, al caer, su ropaje quedara enganchado de la cabeza de un clavo mal clavado o tal vez de alguna tabla del escenario.
El amigo Sebas, puro nervio, en vez de apaciguarse y esperar unos minutos a que terminara todo y bajara el telón, pensando que al estar en el suelo nadie repararía en él, en lugar de quedarse quieto, como debe estar un muerto, empezó a hacer aspavientos tirando sin disimulo repetidas veces de la manga de su camisa para librarse, sin éxito, del impedimento que le enganchaba contra las tablas.
Y claro, la gente comenzó a reír, porque eso de que resucite un muerto da alegría, pero en este caso no estaba previsto que eso ocurriera.
La última imagen que tengo de la obra es la cara de estupefacción que tenían los personajes que de pie recitaban sus últimas líneas de texto, mientras bajaba el telón y el público se reía y aplaudía a rabiar.
Ya digo, un drama convertido en comedia. Y un actor frustrado que no volvió a pisar un escenario en su vida. Que yo sepa.

-Joder, la culpa no es mía. Es que me enganché. Me he hecho un siete en la manga. Hasta creo que tengo un arañazo en el brazo.

Historia verídica. Personaje real, aunque con nombre y mote inventados.

domingo, 21 de mayo de 2017

Nota informativa

Problemas con Blogger.
Últimamente me cuesta mucho acceder a mi blog y a los de los amigos cuyo servidor sea Blogger. No hay problemas de acceso a la parte de administración, a la "trastienda "para poner entradas nuevas o publicar comentarios de los amigos, sino que el problema reside en poder llegar al blog mismo, propio o ajeno, y dejar comentarios. Ni siquiera puedo acceder a través del móvil.
No sé si este problema es compartido por los demás, por mal funcionamiento de Blogger o es una cuestión que solamente me atañe a mí.
Espero encontrarle una solución.
De momento dejaré el blog en "espera".
Un saludo.

viernes, 19 de mayo de 2017

Aficiones de la realeza española


Los borbones en general tenían una afición común: satisfacer su voraz apetito sexual y con frecuencia engendrar o parir hijos habidos en relaciones con plebeyos. Un deporte al que se sumaron con entusiasmo prácticamente todos, empezando por Fernando VII quien, aparte de las cuatro esposas consecutivas que tuvo, frecuentaba también la casa de Pepa La Malagueña; siguiendo con Isabel II y su numerosa prole atribuida injusta pero oficialmente a Francisco de Asís, alias Paquita, y continuando con su hijo y su nieto, ambos Alfonsos, aficionados a hacer escapadas por el Madrid nocturno y también a echarse amantes del mundo del espectáculo. Alfonso XIII, por su parte, era muy aficionado al erotismo y tenía una buena colección de cine pornográfico, empleando al conde de Romanones como intermediario para hacerse grabar películas de alta calidad, las primeras en España en los años 20, algo muy novedoso en aquellos tiempos.


Texto retomado y refundido de una entrada del 6 de febrero de 2014



miércoles, 10 de mayo de 2017

Una reunión inesperada (6)



Volvió a intervenir el médico Francesco:
-La historia que nos cuenta el señor Sandler me ha venido a confirmar una idea que siempre ha rondado por mi cabeza: cuando una crisis terrible se abate sobre la población, siempre hay quien, de forma interesada, busca un culpable para que canalice el malestar y la ira popular, evitando que la población pida explicaciones a las autoridades. En el caso que yo viví, también fueron los judíos los elegidos para que pagaran los platos rotos. Se les acusó, entre otras razones, de haber envenenado los pozos. Hubo persecuciones y muchos murieron por ello.

Habló también Víctor Hugo:
-Mi lucha por la libertad, más literaria que otra cosa, fue para restituir la dignidad a los desposeídos, a los  miserables, a los que nunca ganaron la revolución aunque fueron utilizados para pelear por ella, a los que nunca Francia les premió su sacrificio a pesar de que dieron la vida por la dignidad humana y por la libertad de todos. Faltaba un poco de sensibilidad social hacia los menos favorecidos.

-De eso también sé algo- intervino Espronceda-. Cuando se es joven con ideales se emprenden las más arriesgadas misiones aunque te vaya la vida en ello. Yo fui a Francia, acudiendo a la llamada de la revolución. Me encontré allí con un pueblo entusiasta que tenía muy claros sus ideales. Y me uní a su gloriosa causa. Allí conocí precisamente a este hombre que os acaba de hablar, a Víctor Hugo, y de él aprendí muchas cosas. No me arrepiento en nada de lo que hice allí, atendiendo más a mi corazón que a mis intereses.

En la pantalla se suceden cada dos o tres segundos imágenes relacionadas con los movimientos revolucionarios en Francia. La última de todas es un cuadro de Delacroix, “La libertad guiando al pueblo”. Después sobreviene un fundido de imagen y a continuación aparece un imponente barco pirata abriéndose camino entre la espuma del mar, con un texto sobreimpreso en la imagen: nada menos que un fragmento de “La canción del pirata” de José de Espronceda…


-Yo, en el fondo, fui un sentimental- apostilló Bart, quien no puede disimular una sonrisa de satisfacción-. Tenía que  mostrarme duro e implacable con mis hombres; pues no respetarían nunca a un capitán blando; pero lo mío era la música, las noches de luna llena desde la proa del barco, la poesía… ¿Pero qué podía hacer? Me metí en el mundo de la piratería porque me pusieron las cosas muy difíciles. Y lo único que conocía era el mar, el mundo de la navegación, luchar contra los elementos y contra nuestros enemigos. Elegir este camino fue el más fácil para mí, aunque sabía que mi vida iba a ser breve; pero, eso sí, muy entretenida. Y en la piratería me sentía libre, surcando los mares sin atarme ni a gobiernos ni a leyes. Yo era el amo. Y todos me temían. Y mis hombres me respetaban.

-Sin dignidad no hay libertad posible- apuntó Katia-. A mí me secuestraron y me quitaron lo más  preciado que puede tener una persona. Me convertí en una esclava en una época en la que se supone que estaba abolida la esclavitud. De una joven con sueños que pensaba en mejorar mi futuro lejos de casa, pasé a ser un objeto para satisfacer los deseos de otros. Afortunadamente para mí, aquello solo fue un capítulo desagradable de mi vida. Luego, las cosas me empezaron a ir mejor. Logré escapar de aquello. Conseguí un trabajo, una casa, formé una familia… Y lo más importante, morí de muerte natural, en mi cama, rodeada de los míos. La libertad para mí fue algo más que una bella palabra.

-Por la libertad debemos dar lo mejor de cada uno, incluso la vida, porque es un don que hemos recibido. No hay ningún tesoro en la Tierra que se le iguale. Yo sufrí cautiverio en Argel y sé lo que es vivir padeciendo su falta  -señaló Cervantes, tras acompañar con un movimiento de cabeza, asintiendo de corazón, las palabras de Katia, pues en la historia de la chica rusa vio reflejada, de alguna manera, la suya.


Se hizo un silencio denso, largo, que casi se podía palpar y que sólo se rompió cuando el sonido de unos tambores llenó la sala. En la pantalla, una panorámica de las llanuras americanas. Con tono tranquilo pero grave el gran jefe sioux comenzó a hablar:
-Vivíamos felices en nuestras praderas hasta que el hombre blanco, con argucias y falsas promesas, nos las arrebató. Quisieron incluso rendirnos por el hambre, matando las reservas de bisontes. Nosotros no pedíamos mucho. Sólo seguir siendo libres y ver crecer a nuestros hijos -dijo Toro Sentado-; pero el hombre blanco nos traicionó, nos engañó y después masacró a nuestra gente. Los  que nos echaron de nuestras tierras escribieron su historia con páginas de sangre. Hablaban de libertad, de derechos, de felicidad, de prosperidad, de paz… pero nosotros fuimos excluidos de esa fiesta. Les estorbábamos. Y según creo no fuimos los únicos.

-No, no fuisteis los únicos en ser engañados, en ser tratados como animales –ahora es el morisco Alí al Baari quien habla-. Nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos, todos nacimos en la tierra de la que nos expulsaron. Muchos no llegaron ni siquiera a coger el barco que nos llevaría a lejanas tierras. Algunos fueron asaltados por el camino y fueron robados y degollados como corderos por gente sedienta de sangre, con el consentimiento de los que gobernaban España. Tampoco se escribe la historia con la sangre de los inocentes si la historia pretende ser decente.

Fragmentos de "En la frontera", un pdf de descarga gratuita.