viernes, 22 de mayo de 2020

Tomates



Detestaba lo convencional. Jugaba a ser políticamente incorrecto.
De las modas pasajeras solo tomaba aquello que pudiera sorprender o molestar... No le gustaba pasar por la vida siendo invisible para los demás. Le placía que hablaran de él, aunque fuera mal.
Llevar la contraria era su deporte favorito.
La palabra provocar podría servirnos perfectamente para expresar sus intenciones: en el hablar, en los gestos, también en el vestir.
No pasar desapercibido nunca. Ese era su objetivo en la vida.
Le gustaba ponerse una gorra de visera en plan macarra y no quitársela nunca. Otra afición era perforarse la nariz y las orejas con piercings, también la lengua y el pezón de la tetilla izquierda. Le fascinaba llevar tatuajes en brazos y piernas, en el cuello, bajo el ombligo y hasta en la rabadilla, y usar siempre pantalones holgados, de esos que te hacen desaparecer el culo y parece que se te van a caer, los llamados pantalones cagaos.
Lo que más amaba de este mundo eran los tomates, pero no los de la huerta; sino esos que salen en los calcetines; algunos, diminutos; otros, generosos, de los que dejan escapar algún dedo de los pies.
Camiseta también con tomates. El caso es que Alfredo, que era como se llamaba, parecía un colador: todo lleno de agujeros.
Una vez fue al médico y este le dijo: desnúdese, déjese solo la ropa interior. Él obedeció. Al poco vio el galeno, asombrado, cómo una bola peluda asomaba, cual hurón curioso de la madriguera, a través de uno de los generosos agujeros de la prenda interior.
—Joven. Le he dicho que se deje el calzoncillo, no que me enseñe un huevo.
Cuando llegaba borracho a su casa, este experto en huecos no atinaba bien con el ojo de la cerradura. Un día perdió las llaves porque, con el rozamiento del metal en la tela, se le abrió un orificio en el bolsillo.
Comía y bebía cosas con agujeros: queso gruyere, suflé, agua con gas, cerveza, bebidas con burbujas, macarrones, canelones... Siempre andaba ventoseando por causa de los gases. Le salió una úlcera de estómago —otro agujero, porque se le perforó y hubo que ir a urgencias— por tomar tantas porquerías. Un día le dispararon cuando fue al banco a cobrar un talón. Un atracador se puso nervioso y pegó cuatro tiros. Uno de ellos le impactó en la pierna. Le abrió un boquete en el pantalón y en la carne. Y también en el talón bancario que guardaba en el bolsillo bueno, perforado por el disparo. La herida se le complicó. También el cobro del talón...  Al final acabó con su cuerpo en el hoyo, otro agujero: el último.

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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com
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lunes, 4 de mayo de 2020

El trabajo es un castigo de los dioses



El lunes —maldito día— me viene el jefe echándome en cara que me dedico a hacer fotocopias de mis cosas, de fotos de tías en pelotas y eso, y pasárselas a los colegas. Y va y me castiga a quedarme en la oficina por la noche a hacer guardia, junto a una columna horrible, imitación del orden jónico griego, que está en medio de la sala de ordenadores. Y me quedo mirando sus volutas, que tienen un poder hipnótico sobre mí, y comienzo a dar cabezadas y tengo una pesadilla: un águila me devora las entrañas. El dolor es insoportable. Luego, cuando amanece, mi torturadora se esfuma y los dolores cesan. Ya no hay sangre, la piel ha vuelto a crecer. Todo en su sitio. Me tomo un café de máquina, inmundo pero calentito, y vuelta al tajo.

Martes. Ni te cases ni te embarques. El encargado del almacén viene a buscarme. Me dice que, de parte del jefe, debo llevar las carpetas de archivos del departamento a la tercera planta, por las escaleras, porque el ascensor está roto. Después de cagarme en el padre de mi jefe —en voz baja, eso sí—, comienzo la tarea. Subo, bajo, vuelvo con la carga, regreso, jadeo, un viaje, otro viaje, más jadeos... La lengua fuera. Manchas de sudor en la camisa. Ya no tengo resuello. Yo no hago más que subir las carpetas esas, pero no sé quién es el cabronazo que las vuelve a bajar. Y yo venga a subirlas. Y alguien a bajarlas. Y así todo el maldito día... Alguien me la tiene jurada.

Miércoles. Pedrito, el diseñador, y un servidor comentamos las curvas maravillosas y los volúmenes de las chicas de la revista que ha traído Luis, el conserje, y que le hemos pedido prestada para admirar a sus protagonistas y, de paso, aprovechar para hacer unas fotocopias a color de lo que hemos considerado más interesante. Lo malo de todo es que el jefe nos ha vuelto a pillar, y aunque le hemos dicho que lo que de verdad nos interesa de la revista son sus magníficos artículos de opinión, nos ha lanzado un rayo con su mirada aviesa, ha dicho que nos descontará del sueldo el tiempo perdido, el gasto de papel y el uso de la fotocopiadora. Se ha ido cabreado diciendo que somos unos pervertidos y que la oficina cada vez se parece más a Sodoma y Gomera. Textualmente, eso dijo. Solo le faltó echarnos una lluvia de fuego. Y además se llevó la revista.

El jueves, diluvio. Toda la noche lloviendo. Amanece y sigue la lluvia. Me pongo la gabardina para salir a la calle. Cojo el paraguas. Me empapo los pies y el bajo de los pantalones. Los calcetines están mojados. Tengo agua hasta en los bolsillos. Consigo llegar al metro que me conducirá al trabajo. Llego. Dejo la gabardina en el perchero y el paraguas en el paragüero. Me siento en mi mesa de trabajo. Sin que nadie se percate, me quito los zapatos y los calcetines los pongo a secar en el radiador. Maripuri, la secretaria de dirección pasa por mi lado y dice que huele a perro mojado. Yo me hago el sordo y pongo cara de bobo.

Viernes: doce cosas. No una ni dos, sino nada menos que doce trabajos me encarga el jefe de personal. Y yo con dos manos tan solo. Pero pude con todo: limpiar el aseo de caballeros, que daba asco verlo, pues se nos puso mala Lola, la que limpia la oficina; capturar la piraña del acuario que está en la entrada de la oficina —y asusta a los clientes— y tirarla por el retrete; robarle la manzana del desayuno a Lucas, pues le apetecía mucho al jefe de personal; etc. Lo que más trabajo y disgustos me dio fue ir a casa de este y sacar de paseo a su pitbull. Cuando fui a ponerle la correa, me pegó un mordisco en la mano y otro en la pierna. Me desgarró el pantalón. Casi me mata. Menos mal que llevaba yo en el bolsillo un hueso de esos del supermercado y el bicho se entretuvo con él todo el rato y a mí me dejó en paz.

Sábado. Un día extra que regalamos a la empresa por la cara. Hay que hacer evaluación semanal. Luego, un simulacro de incendio. Muy divertido todo. Al mediodía, compadecidos y magnánimos los del consejo de dirección, nos dejan irnos a casa para conciliar la vida laboral con la familiar. Cuando llego, mi mujer se ha ido con los niños a pasar el finde con su madre. Me deja una nota. Nada amable, por cierto. Me pone a bajar de un burro. Me llama calzonazos y cobarde por no enfrentarme al jefe. Por si fuera poco se ha roto el frigorífico. He de comprar otro urgentemente. Bajo. Cojo el coche. Me voy al "Carreful" y lo encargo. No lo traen hasta el martes. Vuelta al coche. Atasco por accidente. Un vehículo ha volcado en medio de la autovía. Unos gamberros han aprovechado para hacer allí una barricada. Dicen no sé qué de irse de las casas de sus padres porque corean la palabra independencia. Vuelcan otros coches de los conductores que se les ponen gallitos y los queman ( a los coches, no a los conductores). ¡Esto parece el infierno!

El domingo es el día del jefe. No se trabaja. Me quedo en casita todo el día y aprovecho para no ir a la iglesia, ni a la sinagoga, ni a la mezquita, ni al salón evangelista, ni al templo de Debot, ni paso por la agencia de viajes donde tienen una foto del Partenón y otra del templo de Poseidón. Me cago en Zeus y en todos los del Olimpo. No quiero saber nada de dioses, ni de dogmas de fe, ni de nada parecido. Así que me tumbo en el sofá todo el día, en pijama. Me cojo un libro gordo sobre la historia del ateísmo, me abro una lata de cerveza —caliente, eso sí— y me dispongo a disfrutar de mi día libre. Luego, ya por la tarde, me acuerdo, amargado, que al día siguiente es lunes y que toca otra vez empezar, como Sísifo, como Prometeo, como Hércules... o como Noé el día del diluvio.

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Texto publicado originariamente en La Charca Literaria.
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lunes, 20 de abril de 2020

Probando a vivir


Adán y Eva, Rubens y Jan Brueghel


Ayer soñé que me expulsaban del Edén.
Allí vivía muy feliz y en la absoluta inopia, como los bichos que me rodeaban, vegetando, sesteando y sin dar un palo al agua. Había fuentes cristalinas que saciaban mi sed, generosos árboles que me regalaban sus frutos y una mujer que me colmaba de felicidad únicamente con su presencia. Sí, una mujer. Él había dicho que no era bueno que yo estuviera solo en aquel jardín y por eso me dio una compañera. Andaba con ella de aquí para allá, los dos cogidos de la mano, como en Babia, con el culo al aire, sin saber muy bien para qué servía aquel colgajo mío, además de para orinar… Pero la vida era plácida y sin sobresaltos. No había que luchar para comer, ni había que pensar para ser felices. No había que hacer nada, solo dejarse llevar. Y dábamos largos paseos, dichosos los dos, acariciados por un clima benigno. Ella era muy hermosa, con su andar armonioso y con sus larguísimos cabellos dorados, cayendo en cascada sobre su pecho. Y pasaban así los días lentos y apacibles.
Pero algo debí hacer que no gustó al que nos situó en aquel paraíso. El caso es que se enfadó bastante.
Mi sueño era confuso en ese sentido. No recuerdo bien qué pasó. Tal vez fue un malentendido o simplemente un capricho del propietario del Edén. No me dio explicaciones. Simplemente me llamó y me dijo:
—Coge tus cosas y vete. Llévate a tu mujer. No quiero volver a veros por aquí. A partir de ahora, todo lo conseguiréis a base de esfuerzo. Nadie os va a regalar nada. Sois libres.
El caso es que me vi fuera en un santiamén. Y emprendí un largo viaje. Lógicamente, en la expulsión, arrastré a mi compañera. Y eso me dio un poco de tristeza por ella. Se vio obligada a seguirme, pues era deseo de nuestro creador que, a partir de entonces, procreáramos y llenáramos el mundo con el fruto de nuestra simiente. Eso dijo antes de echarnos. Me castigó a mí y a mi estirpe. Ella se resignó, debía quererme mucho. Por eso, nada más salir de allí, me cogió de la mano y me llevó a un lugar frondoso lleno de árboles y me invitó a sentarme con ella en la hierba. Y, mirándome tiernamente a los ojos, me dijo:
—He cogido sin permiso una manzana de un árbol del Edén. La guardé para que la probaras. Toma, dale un mordisco. Verás qué rica.
Después que comí de aquella fruta, noté una sensación de calor y bienestar que me recorrió todo el cuerpo. Era una experiencia nueva. Entonces fue cuando me di cuenta de que estábamos desnudos. Y nos miramos con complicidad. Luego nos unimos en gozosa cópula.


Relato perteneciente a "Ida y vuelta",  registrado en Safe Creative, bajo licencia


martes, 7 de abril de 2020

La llave. Un relato extraterrestre



          
—La hemos liado parda. De esta va a ser difícil que salgamos —dijo con amargura Gurth. 

La tarde declinaba tras el gigantesco ventanal del área de control. En el horizonte, unas nubes de tono rojizo anunciaban la inminente llegada de la noche. En el lado opuesto, ocupando un espacio enorme del firmamento, se recortaban imponentes Calíope e Ifigenia, las dos lunas de Goodall. Mientras hablaba, el joven contemplaba el paisaje con tristeza, como quien cree que esta podría ser su última puesta de sol. Al menos para él o, tal vez, para ellos dos. 

—¿Dónde demonios habrá puesto Frank la llave? —se quejó Gurth—. Mira que se lo he dicho mil veces: lo que entra en consigna no se toca. Es nuestra culpa si pasa algo. Pues nada, ni por esas. 
 —Le llamo por el intercomunicador y no contesta. A saber dónde está ¿Y tú? ¿Cómo has sido tan descuidado? —le reprochó Selena—. Tenías una gran responsabilidad en la custodia de la llave. Ahora, a ver qué hacemos. En dos o tres minutos tenemos aquí a todos esos locos moteros dispuestos a lo que sea. Ya nos han avisado. No va a ser precisamente divertido. 
—En menudo lío nos ha metido el amigo Frank. 
—De los gordos. Hacía tiempo que no me veía en una de estas. 

Selena y Gurth formaban parte del equipo responsable del control de la puerta norte, zona de salida y de llegada de numerosos viajeros espaciales a lo largo del año. Cada vez que llegaba una nave, era obligatorio que sus ocupantes dejaran su llave de navegación en consigna, un lugar blindado al que solo tenían acceso los propietarios de la llave y los responsables del control del paso. Un lugar seguro, mucho más que la ciudad, donde frecuentemente los visitantes eran objeto de robos. Y las naves eran un botín demasiado tentador como para andar arriesgándose a perderlas. La llave era una especie de minicomputadora que seleccionaba la ruta y activaba el funcionamiento de las aeronaves, con su código identificativo de procedencia o de destino. 
El puesto de control de la puerta norte era una moderna edificación de metal y vidrio, una pirámide con enormes ventanales, a prueba de sabotajes, y se hallaba situado en una especie de promontorio o atalaya desde donde se dominaba el paisaje, formado tan solo por caprichosas formaciones rocosas y un mar de arena. Allí abajo era donde aparcaban sus cacharros los visitantes que se acercaban de todas partes para visitar la ciudad, la cual se encontraba a espaldas de la atalaya, con sus ruidosos establecimientos, sus garitos, sus tiendas, sus sitios de diversión y sus lugares peligrosos. 
A poco de llevarse Frank la llave que traía a sus compañeros de cabeza, un integrante de la comitiva de los mordani —horda motera y pendenciera de Tritón que desembarcó hacía unas horas— regresó de la ciudad al puesto de control, pidiendo acceder a la nave para coger su arma que había dejado olvidada dentro. 

—La llave no te la puedo dar en este momento porque está en revisión —le dijo un apurado Gurth que disimuló como pudo su angustia—.Vuelve en un par de horas y ya la tendré. 
—¿Cómo? ¿Qué está en revisión? ¿Qué cuento es ese? Más os vale recuperarla enseguida si no queréis tener problemas. Creo que esto no le va a gustar a Tagg. 

Sabían los dos cómo se las gastaban los mordani. Temían que tomaran represalias si en un breve plazo no estaba la llave en su poder. La llave que permitía acceder a la nave principal y abrir la puerta espacio-temporal, vital para que pudieran regresar a su planeta. Y ellos dos, Selena y Gurth, se supone que eran los depositarios y los guardianes de la misma. Y al haber desaparecido, pagarían las consecuencias. Y muy caro. Y no había forma de encontrar a Frank. 

—Maldito Frank —exclamó Gurth—. Lo tenemos bien crudo. 
—¡Mira!— señaló Selena con el índice una espesa nube de polvo que se estaba levantando al fondo y se aproximaba velozmente—. Creo que son ellos que regresan de la ciudad. Ya los tenemos aquí. 

Los mordani eran extremadamente violentos, lo peor de Tritón. Todos conocían de sobra sus crueles procedimientos. Eran totalmente salvajes incluso cuando estaban de buen humor. Y ahora que los responsables del paso habían cometido un tremendo error, nada menos que sacar la llave de la zona de consigna, las represalias iban a ser enormes. Lo menos que les podía pasar era que los desollaran vivos. El primero que llegó con su moto aérea, encabezando la comitiva, fue Tagg. Pelo largo al estilo de los moteros terrícolas de toda la vida, barba de varias semanas, chupa de cuero con remaches metálicos y ojos inyectados de sangre. 

—Vaya, ¡qué tenemos aquí! El mosquito y la mosquita. Y con cara de no tener preparada la llave. 

El coro de acompañantes, acelerando sus monturas con un rugido ensordecedor, celebró la ocurrencia de su jefe emitiendo al unísono un alarido horripilante como de guerra, al estilo de los cherokees de las películas terrícolas del oeste. A Selena y a Gurth no les llegaba la camisa al cuerpo y empezaron a sudar copiosamente. Sabían lo que les esperaba y no iba a ser precisamente nada bueno. 

—¡Tagg! —intervino a la desesperada Selena antes de que empezara “la fiesta”—. La llave está localizada. No hay ningún problema. Solo falta esperar un poco a que nos la traigan. Se la llevaron porque fallaba una conexión. La están ajustando. Ten un poco de paciencia. 

Volvió ella a coger el intercomunicador y a marcar de nuevo los dos dígitos identificativos de Frank, pero ni por esas. No contestaba. Tecleó velozmente un mensaje desesperado. Los mordani se revolvían inquietos. Estaban impacientes por liarla. 

—¡Jefe!— apuntó uno—. ¿Les quemamos vivos? 
—No, espera. Eso sería muy leve. Se me ocurre algo mejor. Vamos a divertirnos un poco. ¡Traedme a la chica! 

En esto, un remolino apareció por el aire. En medio de él se vislumbraba a lo lejos una figura humana que manejaba con maestría su monoplaza y se acercaba al grupo a toda velocidad. En la mano agitaba un objeto metálico ¡Era Frank! ¡Y traía la llave! 

—¿Ves, Tagg?—apuntó Selena—. Si es que no nos has dado la oportunidad de ofrecerte las explicaciones pertinentes. La llave en todo momento estaba localizable. Ya te dije que nuestro ayudante se la llevó para ponerla a punto. Ya sabes que una llave puesta a punto permite un viaje rápido y en mejores condiciones. 

—Más te vale, princesita. De no ser así dejaré que mis chicos te devoren cruda. A ver, alfeñique —dirigiéndose autoritario a Frank según llegaba y detenía su vehículo—, acércate que vea si eso que traes es lo que me pertenece o, por el contrario, me has dado el cambiazo. 
—Nada más lejos de mi intención —se excusó Frank—. Tenía mal una conexión y andaba débil la señal de grafeno. Me ha llevado algo de tiempo, pero ya está lista. Pruébala si quieres. 
—Espero que funcione, si no quieres que me haga un pañuelo con tu pellejo— dijo mientras encendía la llave y un destello azulado llenaba la diminuta pantalla de control—. Parece que está todo en orden. Como comprenderéis no voy a pagaros nada por un servicio tan malo. Conformaros de momento con que no juguemos a las canicas con vuestros globos oculares y con vuestras pelotas. ¡Y tú, pazguato, despéjanos el camino que nos vamos a casa! Espero disfrutar de un viaje cómodo y rápido. Si no, os veréis las caras conmigo cuando vuelva. Con Tagg no se bromea ¿Entendido? 
—Despejado el camino. Tenéis ruta abierta. Ya podéis salir —dijo Gurth, tras teclear en el terminal de su mesa la orden para la salida. 




Y Tagg accionó la llave, introduciendo el código rápidamente en la diminuta pantalla azulada. Luego, plenamente satisfecho, la guardó en un bolsillo de su pantalón. Tagg salió de allí el primero con su moto, detrás de él toda la comitiva le siguió en fila de uno haciendo rugir sus máquinas en dirección hacia la nave madre. Una vez todos entraron en el vientre de ella, la noche rasgó su velo y un círculo de bordes luminosos se fue abriendo en el cielo como un boquete en la vastedad del espacio, agrandándose poco a poco. La puerta estaba abierta. La nave de los mordani despegó, se elevó en el aire dirigiéndose hacia al agujero aquel. Al cabo de unos pocos segundos, desapareció engullida por aquella boca abierta en la inmensidad de la noche. Luego, igual que se abrió, en un instante volvió a cerrarse.  Los tres amigos respiraron aliviados. Se habían salvado por los pelos de una muerte horrible. 
—¿Cómo has podido hacernos esto, Frank? Parece mentira que no conozcas los métodos de esos salvajes. Casi nos matan. Y tú pensando solo en jugar— le recriminó Gurth. 
—Era una sorpresa—contestó el aludido—. Quise daros una alegría. Y un disgusto a esos macarras. Me llevé la llave para manipularla y cambiarle las coordenadas. Ellos confiaban en volver a Tritón. Sin embargo, desconocen que el código interno que les puse les lleva ahora mismo hacia Epsilon Eridane B, a un montón de años luz de su casa. Y que es imposible que ya puedan rectificar la ruta. No los volveréis a ver, a menos que vivan medio siglo más cada uno. Y eso si sobreviven, que lo dudo. Os he librado de ellos para siempre. De nada, chicos. No hace falta que me deis las gracias.

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Desde el confinamiento, este relato mío perteneciente a "Ida y vuelta", con la intención de evadirnos un poco de la realidad. 
A la calle no podemos salir, pero del espacio nadie dijo nada. 
El pdf  te lo puedes descargar gratis aquí.

martes, 31 de marzo de 2020

Don Quijote y Sancho. Final alternativo.


Ilustración de Gustavo Doré


—No se me muera vuesa merced, que todavía quedan muchos entuertos por desfacer, que no hay mal que cien años dure y que llegará un día en que no habrá malhechores por los caminos asaltando a inocentes, ni ejércitos de hombres desalmados, ni infelices que padezcan cárcel por robar un trozo de pan, ni gentes que se enriquezcan con el sudor o el dolor ajenos, ni injusticias, ni calumnias, ni maldad… 

—Calla, calla, amigo Sancho, que bien parece que la cordura me viene a visitar cuando postrado en el lecho cuento las últimas horas de mi vida. Y que tú te has contagiado de la locura que abandoné, hasta el extremo de pensar que los tiempos venideros serán más llevaderos que los que hoy vivimos y que todo el mundo actuará con buen juicio y decencia.  Anduve loco, Sancho; pero nunca estuve tonto. La maldad es una enfermedad que no curan los siglos. Y no hay bálsamo milagroso para esta España de nuestros pecados.