domingo, 4 de julio de 2021

Matar al personaje


Con este texto doy por concluida la temporada de publicaciones. 
El blog se toma un respiro veraniego. Que paséis un buen verano.

Escribí esta historia porque tenía ganas de matar a alguien.

Dicen que idear un crimen relaja mucho, que los tiempos estos que vivimos provocan tensión y es necesaria una válvula de escape para que la olla a presión no estalle.

Y como en literatura no está penado matar a la gente, pues decidí cargarme al protagonista.

Solo me faltaba una buena historia para que el lector se pusiera de mi parte. Así que pensé en un personaje abyecto, que por sus obras se hiciera candidato a ser odiado y, en consecuencia, al lector no le importase que le borráramos del mapa.

Pensé en diversos candidatos. Descarté enseguida gente para no complicarme la vida con los dintintos colectivos, que estos tiempos son malos y hay que cogérsela uno con papel de fumar, bueno, con papel de fumar tampoco, que el tabaco y el humo están mal vistos.

Excluí a gente con minusvalías físicas, taras mentales y comportamientos sexuales heterodoxos porque me podía caer la del pulpo desde distintas asociaciones. Se acabó hacer chistes de tontos, gangosos y mariquitas.

Para no atraer la animadversión de los creyentes, decidí también descartar a personajes religiosos. Así que nada de obispos talibanes, ni curas pederastas, ni fanáticos integristas de cualquier dogma.

Toxicómanos delincuentes tampoco, que son víctimas de la sociedad y, aunque hayan hecho mil fechorías, tienen derecho a reconducir su vida tras haber descuartizado a la ancianita.

Como sé que la gente anda algo encendida por temas políticos, evité que mi protagonista fuera un político del panorama nacional, un diputado, un senador, un ministro...

A las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado los dejé también al margen no fuera que me acusara alguien de hacer apología del terrorismo, que por menos he visto a gente en el banquillo.

De periodistas y figuras del mundo mediático, incluyendo a la gentucilla de la telebasura, mejor ni tocarlos, que te sacan algo sobre tu vida pasada y te hunden.

La familia es sagrada, así que si no quiero tener problemas con los suegros o los cuñados, mejor dejarlos donde están, cada uno en su casa.

Lo mismo con líderes sindicales, jueces, abogados, jefes de estado (y mira que me hubiera gustado cargarme a alguno, extranjero, por supuesto; con el pelo naranja, también. De mentirijillas, claro está).

Personal sanitario y profesores mejor dejarlos también fuera, que bastante tienen con aguantar al personal y su mala educación, agresiones incluidas.

Pensé también en que el personaje fuera una mujer, pero me dije: si lo haces te cae lo que no está escrito por violento y machista, incluyendo la incomprensión de la parienta lo que acarrearía un tiempo indefinido de abstinencia sexual obligada , por lo que descarté también esta opción. Estaba claro que mi víctima tenía que ser forzosamente del género masculino.

Así pues: un hombre; a ser posible de mediana edad, dejando al margen a los chicos y a los ancianos decrépitos, o sea: ni muy joven ni excesivamente mayor; de tendencias heterosexuales claras; no perteneciente a colectivo alguno; sin cargo de responsabilidad pública; no perteneciente a colectivos maltratados o de difícil reinserción social; sin religión conocida y que no fuera familiar mío...

Al final solo quedé yo, así que no tuve más remedio que escribir el relato en primera persona e inmolarme por exigencias del guión.

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Texto publicado originariamente en La Charca Literaria



lunes, 21 de junio de 2021

La tía Elvira



No vas a salir a la calle. Quítatelo de la cabeza.

Eso me decía mi tía Elvira. Bueno, en realidad lo hacía muy a menudo. Parece que le encantaba hacerme infeliz. De hecho lo decía con cierto brillo en los ojos y una mueca de triunfo esbozando media sonrisa. Se diría que disfrutaba con ello. Porque era ella la que mandaba en casa cuando mi madre no estaba. En honor a la verdad he de decir que también mandaba cuando mi madre estaba, pero más disimuladamente. Mi padre tampoco pintaba mucho. Nunca tuvo un carácter fuerte. Y mi madre se dejaba arrastrar por el ímpetu de su hermana mayor, con más personalidad y resolución. Raramente se atrevieron alguna vez a contradecirla. Era ella la que llevaba la voz cantante:

Amelia —decía, refiriéndose a mí—. A este chico hay que atarle corto. Yo creo que debería quedarse en casa y hacer sus deberes, que fuera en la calle no aprende nada bueno.

Y mi padre pasaba del asunto, no decía nada y se enfrascaba en la lectura del periódico, manteniéndose al margen ante esa rivalidad por la autoridad de la casa por parte de las dos hermanas.

—No me gustan esos amigos tuyos —insistía—. Parecen unos zarrapastrosos, unos zascandiles desarrapados. Así que hoy no sales y menos con esos.

Era su frase favorita dirigida hacia mis compañeros de juegos. Y se quedaba tan pancha tras prohibirme pisar la calle, algo que para un niño como yo era como el respirar, una necesidad imperiosa tras largas horas en la escuela, lo más parecido al paraíso: un lugar para ser feliz unas horas.
Así durante varios años.
Luego, mi tía enfermó, quedó confinada de por vida a una silla de ruedas, y fue perdiendo fuelle y energía, aunque mantuvo siempre su mirada desaprobadora cuando yo salía a jugar a la calle.
Hasta que un día el médico que la atendía prescribió como terapia de recuperación un paseo diario en su silla de al menos una hora, para que le diera el sol y el aire. Alguien en la casa tendría que hacerse cargo de ese paseo. Y por decisión familiar esa tarea recayó en mí. Y llegó mi momento:

—Tía: esta tarde no te puedo sacar de paseo porque tengo deberes. Además, la calle está llena de gente poco recomendable. Otro día será.

Y otro día:

—Tía: hoy tengo partido de fútbol. Tú verás. Si quieres te saco un poco y luego te pongo un rato de portera, que nos falta Luisito. No te preocupes. Tú no tienes que hacer nada. Ahí quieta como un poste. Con la silla ocupas casi todo el arco. Y no te preocupes por los balonazos, que mis amigos tienen muy mala puntería.

Y la tía, con tal de salir un poco a que le diera el aire, afirmaba con un gesto de la cabeza y comulgaba con ruedas de molino.
Y es que la venganza es dulce y, si se tiene un poco de paciencia, llega a su debido tiempo.












martes, 15 de junio de 2021

Lecciones de cultura clásica


Afrodita. Museo Arqueológico de Tesalónica (Foto de Jean Housen)


Alexis Demóstoles nació en la Macedonia central, en la ciudad de Tesalónica, sin previo aviso. Llegó a este mundo, junto al Egeo, un 12 de abril, aunque él no lo recuerda; pero fue aquella mañana, la de su nacimiento, una mañana luminosa: el viento estaba en calma y el mar tranquilo, como una piscina de color azul intensísimo. Seguro que Poseidón y Eolo estaban durmiendo. O no andaban enfadados con los mortales, pues siempre fue costumbre de estos dioses agitar los vientos, encrespar las aguas y provocar oleajes de ruido y espuma.

Alexis era de cuerpo esbelto y bellas proporciones. Su agraciada anatomía respondía a la perfección al canon clásico de Policleto, con su altura de siete cabezas, su cabello negro rizado y la nariz recta y perfecta. Creció rodeado de cabras y olivos. También del afecto de su madre y de sus hermanas, mayores que él. Ya de niño mostró habilidades en lo referente al cultivo floral y al encalado de las casitas marineras, y se convirtió pronto en un experto en el arte de bailar el sirtaki. También se reveló como un enamorado del arte culinario y un aficionado a catar buenos vinos de la tierra. Solo tenía un defecto, si es que se le puede llamar así: era poco dado a perseguir a las helenas cual sátiro en celo. Más bien era comedido, sosegado y prefería el embeleso de la música o de las columnas de capiteles jónicos antes que las volutas y redondeces insinuantes de las damas del lugar, aunque en las noches tórridas de verano, con el Egeo como testigo, Selene bañara de luz lechosa sus desnudeces, que más parecían diosas ansiosas de libar el néctar de sus copas y otros placeres que mujeres discretas que, como Penélope, aguardan fieles el regreso del esposo tras su dura travesía.

Eran otros placeres los que le seducían: su trabajo como guía en el museo arqueológico de Tesalónica, contemplar la puesta de sol cuando tiñe de tonos cárdenos el firmamento, degustar una musaka o una ensalada con queso de cabra acompañadas de un buen pan de pita frente al mar en uno de los innumerables chiringuitos de la costa, todo ello regado con un buen vino blanco de Santorini.

Recordando los viejos versos de Cavafis: "si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo... Pide que el camino sea largo."



Alexis era un enamorado de la gastronomía, del arte y de la música de cámara, pero nunca fue un depredador sexual... al menos del sexo femenino, que se sepa. Y no era falta de sensibilidad ante la belleza. Antes al contrario: en cada mujer encontraba la reencarnación de una diosa, solo que sus preferencias no iban por ese camino, a no ser el meramente estético.

Cuando le propusieron aquel cargo en Bremen (Alemania), lejos de su tierra, lejos de su mar y de sus puestas de sol, renunció a él para seguir con su empleo de guía en el museo arqueológico local. Prefirió quedarse a esperar la vejez a orillas del Egeo, sin más compañía que los atardeceres y el vino blanco de Santorini.

Tranquilo y feliz.

Más solo que la una.

Siempre Cavafis:

"Dejadme estar aquí. Dejadme también mirar la naturaleza un rato.
La orilla del mar matutino y el cielo
sin nubes, brillante, azul y amarillo
todo iluminado bellamente, y vasto."


martes, 1 de junio de 2021

La operación

 


Intervención por "lamparoscopia"

Gaudencio Gómez nunca tuvo arrestos para proclamar abiertamente su condición de ateo convencido. Pusilánime e inseguro, siempre dijo, para no complicarse la vida ni entrar en largas discusiones, que él era agnóstico. De esta manera su "no sé" le procuraba menos desencuentros que su "seguro que no". Una especie de equidistancia entre los intransigentes de ambos extremos. Y aún así tuvo encontronazos con gente poco tolerante.

Luego le sobrevino la enfermedad, los días de hospital, varias intervenciones quirúrgicas.

Tras la que sería su última operación vio la luz al final de la oscuridad. Eso comentan algunos que un día se encontraron entre la vida y la muerte: un pasillo oscuro y la luz al fondo. Pero en este caso no era la salida a ninguna parte, sino efectivamente la luz de una locomotora de esas antiguas que, como cíclope furibundo, venía hacia él bufando por aquel angosto túnel enfocándole con su único ojo. La locomotora paró y un señor con bigote de pretenciosas guías hacia arriba y gorra de revisor le hizo una señal para que subiera.

Fue subir al vehículo, ponerse este en vertical, despegar, coger velocidad y en un santiamén llegar a las puertas del cielo, paraíso o valhalla. Tras la verja semitapada por nubes algodonosas había un grupo de gente que le estaba esperando. Creyó distinguir a San Pedro, de enorme barba blanca, que llevaba un gran manojo de llaves de padre y muy señor nuestro (nunca mejor dicho); a otro señor con pinta de rabino ultraortodoxo, lleno de tirabuzones negros en cabello y barba, con kipá o tapacoronilla en la cabeza; a un imán de mezquita, también de luenga barba y gorrito kufi ceremonial. No faltaba un Buda con cara de despiste, como el que se ha equivocado de fiesta. Algunos del grupo aquel aparecían afeitados: uno tenía cara de perro o de chacal. Era el egipcio Anubis. También estaba Hela, diosa de los muertos en la mitología vikinga.

Gaudencio, asombrado por el recibimiento aquel, soltó:

O todas las religiones eran verdaderas o habéis llegado a una especie de pacto o consenso para repartiros la tostada.

Algo así dijo el de los tirabuzones. En todo caso estamos aquí para juzgarte. Vamos a valorar lo que hiciste y lo que omitiste.

Vamos a ver, chaval... le preguntó Anubis. ¿Abusaste de las viudas? ¿Quitaste a los niños sus alimentos?

Le interrumpió el de las llaves:

¿Te beneficiaste a la mujer de tu prójimo?

Le llovieron las preguntas de los demás:

¿Guardaste ayuno durante el Ramadán?

¿Te gusta la carne poco hecha?

¿Hiciste el amor contra natura?

¿Votaste a Podemos?

¿Y yo qué pinto aquí? —se preguntó un Buda con cara de asombro.

¿Adoraste imágenes? intervino el imán.

Bueno, bueno. A ver si nos respetamosinterrumpió el de las barbas blancas—. No la tengamos ahora con lo de las imágenes, ¿eh? Creo que habíamos llegado a un acuerdo.

Retiro la pregunta y la reformulo: ¿adoraste algo ajeno a tu Dios, por ejemplo al dinero?

Y dale. Tampoco hay que faltar —protestó el rabino de los bucles.

¡Copón! Es una manera de hablar —se defendió el imán.

¡Lo que faltaba! ¡Ahora nos metemos con los objetos de la liturgia! ¡Así no hay quien juzgue a nadie! —protestó San Pedro tirando las llaves con estrépito al suelo—. ¡Me cago en el consenso! Apañaos vosotros solos. A mí me da igual.

Va, no te mosquees —intervino Hela, mostrando su mejor perfil—. Podemos decidir el destino del alma del difunto echándolo a suertes y acabamos antes. Total, a nosotros qué más nos da. Y además, este pájaro no creía en ninguno de nosotros. No perdamos tiempo.

Esto no es formalidad —protestó Gaudencio. Tengo derecho a un juicio justo.

Sí, hijo mío— dijo el de las barbas blancas, ya algo más calmado—, pero mientras nos ponemos de acuerdo nosotros en cómo llevar esto, te vamos a mandar una temporada al purgatorio para que medites sobre tus pecados, porque como poco eres un descreído. Nos vemos en un tiempo.

Y en un santiamén —nunca mejor dicho—, el que estaba sometido a juicio se vio de nuevo dentro de la locomotora y en el túnel oscuro aquel y transportado al punto de partida. Al fondo, otra luz: la lámpara del quirófano. Y junto a ella, unos ojos indagadores rodeados de gorro y mascarilla: el cirujano.

Como entre nubes, medio amodorrado todavía por la anestesia escuchó:

Todo ha ido bien. Enseguida le pasamos a planta y podrá estar con su mujer y con su suegra que andan preguntando por usted.

¿Mi mujer y mi suegra? ¡Evidentemente: debo estar en el purgatorio!

¿Cómo dice?

Nada, cosas mías. Efectos de la anestesia, supongo.



martes, 25 de mayo de 2021

Masa madre



Ya perdió la cuenta Eladio de cuándo empezó a trabajar.

Sí recuerda que era un chaval, un mozalbete que apenas levantaba del suelo metro y medio, cuando su tío se lo llevó a la tahona como aprendiz. Era un trabajo muy duro para un crío que apenas tendría trece o catorce años.

Eladio se levantaba muy de madrugada para acudir a su ocupación. Con la oscuridad y el frío metidos dentro del cuerpo llegaba al obrador. Había que acarrear la leña que yacía apilada en el patio, encender el horno, abrir los sacos de harina, preparar la masa... Luego llegaba su tío y, con la ayuda de la pala de madera, comenzaba el ritual mágico de la coción del pan. El panadero no usaba levadura química sino masa madre; y, gracias a ella, fabricaba un pan natural y crujiente.

Y así fue creciendo Eladio. De aprendiz pasó a oficial. Y de oficial a encargado. Luego su tío murió. Y un primo suyo que estudiaba abogacía en Madrid, y que jamás había pisado la tahona, pasó a ser el propietario del negocio familiar. Se llamaba Borja y era una mosca cojonera, un incordio, pues además de no tener ni idea de cómo llevar una panadería, era un pijo insolente, malcriado y creído que pretendía dar lecciones de todo a su primo. Lo que se dice un tocapelotas: que si en Madrid se hace esto y lo otro, que si es más rentable usar levadura en polvo, que si hay que quitar el horno de leña y poner el eléctrico, que hay que ver qué paleto estás hecho, primo, que hay que dejar las hogazas y hacer baguettes, que se consumen mucho en la capital, que se puede comprar masa congelada o refrigerada, que la traen de fuera y a la larga es más rentable porque ahorras mano de obra... En fin: el listo de su primo apostaba por el pan basura. Y él no estaba dispuesto a tragar con ello. Había llegado a los treinta años haciendo pan de calidad y no iba a renunciar ahora por los caprichos de un niñato advenedizo. Así que, harto ya de las imposiciones del pijo de Borja, después de asegurarse el empleo en una panadería artesana del centro de la ciudad, decidió mandar todo a paseo, no sin antes despedirse como un señor y salir por la puerta grande. Fue con ocasión de la apertura de un bufete de abogados en el centro de la capital, "Borja y asociados". 

Aprovechando que se acercaban las navidades, invitó su primo a la finca del pueblo a gente conocida del mundo del derecho. Allí se dieron cita personas de la abogacía, con sus señoras enjoyadas y ataviadas para la ocasión. Gente fina y elegante. Se hizo traer un par de cocineros de un restaurante de moda que elaboraron platos de alta cocina. Y para rematar, para acompañar el café y los licores, nada menos que un enorme roscón de reyes artesano, elaborado por Eladio. Y su primo, como no podía ser de otra manera, aceptó el encargo y se puso manos a la obra.

Preparó los ingredientes con sumo tacto y cuidado para que fuera un postre inolvidable. La harina la mezcló con pan rallado, leche y huevos caducados. Para que la masa creciera echó una botella de agua con gas y levadura química en polvo a tutiplén, de esa que tanto prefería su adorable primo. Añadió manteca rancia de cerdo en vez de mantequilla. En lugar de rallar un limón echó las pieles enteras de seis o siete limones pasados de fecha, también la de cuatro o cinco naranjas, pero de naranjos de ciudad, sal y azúcar a partes iguales, y aromatizantes y colorantes a mogollón para disimular. Amasó todo, lo horneó convenientemente, lo dejó reposar un par de horas, no sin antes echarle al conjunto unos buenos pegotones de azúcar escarchada y para que quedara bonito quemó un poco el exterior con ayuda de un soplete de esos que usan los soldadores. Luego lo sirvió a la hora de los postres, con su mejor sonrisa. Y allí entró triunfal, empujando el carro, ataviado de maestro panadero, con su gorrito y todo, inmaculadamente blanco, mientras el personal aplaudía...

"Menudo truño te he endiñao, primo —se dijo para sus adentros—. No querías basura; pues tómala. Para ti toda. Que te aproveche."

El primo, mientras, sonreía con cara de bobalicón y se dispuso él mismo a servir, solícito, el postre a sus invitados.
No se esperó Eladio para ver las caras de los comensales. Salió de allí escopetado. Su autobús salía a las dieciséis treinta y ya se le iba haciendo tarde.

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Relato publicado originariamente en lacharcaliteraria.com