jueves, 19 de enero de 2017

Gatillazo



Los amigos de La Charca Literaria ha tenido la amabilidad de publicar este "gatillazo" mío.
Como los mejores amantes, podría decir en mi defensa "es la primera vez que me pasa".
Y mentiría como un bellaco.
Espero que os guste. 

Gatillazo

Se quedó la noche tranquila, sin ruidos en la calle. Creo que me dormí enseguida y profundamente. Ni siquiera oí el camión de la basura. Y en medio del silencio, bajo el amparo de las sombras, una idea se fue abriendo paso como un cuchillo rasgando meticulosamente la cortina de la noche. Yo diría que era una ocurrencia que fue allí tomando cuerpo, minuto a minuto, hora tras hora, y también en la duermevela final, cuando ya alboreaba y el sueño comenzaba a evaporarse. 

Todo tenía sentido mientras lo soñaba. Todo era concordante, original, incluso genial. Eso creía al menos. El subconsciente actuando a su antojo, hilando fino, trabando un sólido armazón, una estructura coherente donde sus elementos iban encajando, pieza tras pieza. Liberada la mente de los inconvenientes de la consciencia, a pesar de estar dormido, iba levantando todo un edificio, dando sentido a una idea novedosa. Siempre oí decir que las mejores ideas ocurren mientras duermes. 

Pero la noche llegaba a su fin. Ahora todo consistía en sacudirme las últimas telarañas de la somnolencia típica de las seis de la mañana, incorporarme de la cama y acudir sin dilación al escritorio, donde me aguardaba el folio en blanco, inmaculado recipiente que esperaba acoger el soplo que las musas habían tenido a bien regalarme aquella noche, sin ser llamadas. 

Pero no se produjo el esperado trasvase. Apenas un par de incoherencias que ni siquiera llegué a escribir. Lo que daba por hecho como una genialidad nocturna no pasó de ser una bobada a la luz del día, algo que no superó el tamiz del mínimo exigible. Y la idea no acabó plasmándose en letra. Un quiero y no puedo. Algo así como un globo pinchado, un coitus interruptus o un gatillazo. Eso sí, sin más testigo que uno mismo y el folio intacto, inmaculadamente virgen. 

Para no variar.




lunes, 16 de enero de 2017

Octubre 1936. Cerca de Madrid.



-Vamos a limpiar este pueblo de rojos de mierda como tú. Casa por casa. No vais a quedar ni uno.
     
Habían llegado hasta allí andando. Atardecía. Las nubes se iban impregnando del color rojizo que iba adquiriendo el firmamento aquella tarde de octubre. El pueblo se había quedado atrás, como a un kilómetro. En ese tramo de la carretera, se abría una especie de zona desarbolada a la izquierda y allí precisamente se habían detenido. La persona que iba maniatada sabía lo que le esperaba. Reconocía perfectamente el atuendo de algunos de ellos. Hombres de camisa  azul, correaje, pistola al cinto. Gentes sin escrúpulos que le miraban como se mira a un microbio, desde lo alto y con una mueca de asco y desprecio.
Sus captores no iban a tener compasión alguna. Estaban  impacientes, deseosos de venganza. Y además se estaban divirtiendo con la situación…

            - Vosotros que quemáis iglesias y matáis a los curas lo tenéis crudo. Esto no es nada comparado con lo os vais a encontrar después. Dentro de un rato os estarán esperando allí abajo con los brazos abiertos. Da recuerdos a Satanás cuando lo veas.

Estaba cansado, vencido, aturdido por los golpes recibidos y la sangre derramada. Pensaba que resultaría totalmente inútil explicarles que él no había participado en nada de lo que se le acusaba y que su único delito era el de ser un ciudadano de ideas republicanas y haber defendido la legalidad vigente. Pero no iba a servir de mucho porque ya estaba sentenciado de antemano. Así que mejor no decir nada. ¿Para qué? No tenía ganas ni siquiera de implorar por su vida. No merecía la pena.  Todo estaba perdido.
A pesar de la triple línea defensiva, con alambradas y nidos de ametralladoras camufladas, el pueblo había sido tomado sin grandes dificultades y otros como él, denunciados por algunos vecinos, habían sido ya ejecutados.


La localidad era para las tropas del general Varela un lugar muy importante en el avance por el suroeste hacia Madrid, distante tan sólo unos 30 kilómetros. Una vez tomado el pueblo, se desató una feroz represión y fueron fusilados más de doscientos milicianos.
Por eso casi estaba deseando que acabara aquel calvario cuanto antes. Pero los captores parecían estar divirtiéndose con la situación, alargando unos minutos más el final, como leones ante su presa desvalida y acorralada.

Los acontecimientos vividos en las últimas horas se agolpaban ahora atropelladamente en su memoria. Recordaba perfectamente cómo se habían desarrollado los hechos. A primera hora de la mañana, apenas amaneció, habían llegado a su calle haciendo chirriar los frenos un coche y un camión. De ellos se había bajado apresuradamente un grupo de personas armadas. Empezaron por la casa de la esquina. Se oyeron golpes y gritos, alguien dando órdenes. Una mujer suplicando para que no se llevaran a su marido. Niños llorando. Más voces. Más gritos. Más golpes. Más llanto. Un hombre maniatado era introducido a empellones en el camión. Después otro. Cuando golpearon la puerta de su casa con las culatas de sus fusiles, gritando como endemoniados, ya sabía a quién buscaban. No se podía escabullir.  De nada sirvió que su mujer abriera la puerta diciendo que él no se encontraba en casa. La apartaron de un empujón y se colaron dentro. Cuando salió a dar la cara para protegerla, le propinaron un culatazo en la cabeza que le hizo tambalear. Luego, con el rostro ensangrentado, le ataron las manos a la espalda y mientras le insultaban y le daban patadas le sacaron de allí a la fuerza como a un animal que conducen al matadero. Finalmente le hicieron subir al camión con los otros y se fueron rápido de allí.


Fragmento de un capítulo de "En la frontera", un pdf de descarga gratuita

lunes, 9 de enero de 2017

Inhumación o incineración



Rescato una vieja entrada mía, pues de los que la comentaron en su día, hoy solo se mantiene como seguidora de este blog La Dame Masquée. El resto desapareció del mundo bloguero. Una lástima para todos. Cosas del tiempo.

A lo largo de la historia, los diferentes pueblos, bien por tradición, bien por higiene, bien por cuestiones religiosas, se han decantado por un sistema u otro para dar un destino a los restos de sus difuntos.
En el Paleolítico superior, paralelamente al despertar de los rituales religiosos, tienen lugar las primeras cremaciones de la historia.
Entre los antiguos egipcios estaban muy extendidos la momificación, los sarcófagos y los enterramientos en mastabas, hipogeos y pirámides o directamente en fosas, envuelto el cadáver en un sudario y en posición fetal, si eras un ciudadano corrientito.
En Mesopotamia la incineración era un ritual muy extendido: el gran rey asirio Asurbanipal fue incinerado.
Entre los griegos había partidarios de la inhumación y otros de la cremación, esto último sobre todo cuando había guerra: era más higiénico quemar los cuerpos. Se evitaban infecciones y olores. Aquiles, cuando el asedio de Troya, mandó incinerar el cadáver de Patroclo, muerto a manos de Héctor.
Entre los romanos eran corrientes las Necrópolis y los Columbarios con sus urnas funerarias para cenizas.
Entre los pueblos nórdicos, celtas y wikingos también era costumbre el uso de la pira funeraria.
Judíos y cristianos se han decantado tradicionalmente por los enterramientos.
Entre los cristianos, los protestantes fueron los que comenzaron a incinerar sus cadáveres y más tempranamente que los católicos, siempre más reacios. Hasta la década de los 60 estaba prohibida la cremación entre los católicos. Fue Pablo VI el que dio ese paso. Hasta la fecha, quemar un cuerpo estaba reservado por la Inquisición para castigar a los herejes. Hasta tal punto que la Iglesia mandó desenterrar el cadáver del hereje John Wyclif, quien negó la doctrina de la transubstanciación, para quemarlo. ¡Hay que tener narices!
Entre los musulmanes el ritual es el de inhumación: se lava el cadáver y se le amortaja con una tela o sudario, enterrándolo orientado a la Meca y colocado sobre el costado derecho depositado directamente en la tierra. Es necesario que el difunto esté en contacto real con la tierra.

Si viajamos a latinoamérica, una canción popular ecuatoriana, refiriéndose al enterramiento inca, nos dice

  "Yo quiero que a mí me entierren como a mis antepasados: en el vientre oscuro y fresco de una vasija de barro".

¿Qué hacer con los restos de uno cuando ya no sirvan ni para hacer caldo?
Lo tengo muy claro: la incineración.

Razones:

1.- La cremación es más barata y así mis hijos -o quién sea- no tendrán que pagar una fosa en el cementerio ni se verán obligados a visitar mi tumba cada equis tiempo, etc.

2.- Una vez incinerado, ya no podrá utilizar mi cuerpo nadie, ni el Doctor Frankenstein, ni los alumnos de medicina podrán rajarme con el bisturí, ni podrá nadie profanar mi tumba, ni tendré que comparecer ante el tribunal de Jehová o el de Osiris para que me juzguen.

3.- Es más limpio e higiénico el sistema de la incineración. Una vez que te queman ya no hueles a muerto ni te comen los gusanos. ¡Vaya final más guarro y triste el que te devoren unos bichos inmundos! No quiero ese final para mí. Como dice Javier Krahe en una memorable canción:

"Pero dejadme que yo prefiera
la hoguera, la hoguera, la hoguera. 
La hoguera tiene qué sé yo 
que sólo lo tiene la hoguera."

martes, 27 de diciembre de 2016

El reparto



Personajes  destacables de “En la frontera”. 

La idea que me propuse cuando acabé de escribir este libro fue repartir los papeles entre amigos y seguidores del blog, también entre algunos de facebook y google+ . 
La mayoría de estos personajes aparecen únicamente como aludidos. Personajes actuantes con texto son tan solo unos pocos.
Implicar en la trama a amigos y conocidos es algo que se lo debo a Isabel Barceló, quien ya utilizó esta técnica en su peculiar Fundación de Roma.
Pensé en esta participación de amigos y gente conocida una vez que descarté sacar el libro para la venta. Como lo hice en un pdf de descarga gratuita, no ponía  así a nadie en el compromiso de tener que comprar el libro como contrapartida.

Los que ya leyeron la obra se habrán percatado de qué personaje les tocó en suerte, si es que les tocó alguno, porque lamentablemente no hubo para todos.
Algunos ya me lo han hecho saber. Otros no han dicho nada. No sé si porque no les gustó del todo la idea, el personaje asignado... o simple y llanamente porque todavía no han leído o acabado de leer el libro.


Por orden de intervención 
(Solo cito los personajes, no el "reparto"):


Quinto Sertorio, político y militar romano  
 
Marco Domicio, general romano  
 
Quinto Cecilio Metelo, general romano

Urcebas, hispano en época romana                             

Tureno, hispano en época romana               

Buntalos,  hispano en época romana           

Francesco Patalano, médico
de Perusa                                                            

Gaetano Patalano,
hermano de Francesco de Perusa                  

Leonora de Piamonte, mujer noble
de Perusa                                                            

Beatriz de Piamonte, hija de Leonora                          

Philippo de Piamonte, hijo de Leonora        

Benedetta, dueña de la botica de Perusa     

Corinda, quintilliza de Benedetta                  

Cordelia, quintilliza de Benedetta                 

Concetta, quintilliza de Benedetta                

Cirilia, quintilliza de Benedetta                      

Celinia, quintilliza de Benedetta                    

Grimaldo, boticario de Perusa                                                       

Endrina, ama de llaves de Francesco           

Alcina, mujer de Salvatore, de Perusa          

Salvatore, herrero de Perusa                          

Miguel de Cervantes    


                                    
Un Cervantes muy peculiar, según Leal Galera, ilustrador oficial de esta casa


Don Quijote                                                       

Dulcinea del Toboso (Aldonza Lorenzo)     

Teresa Lorenzo, prima de
Aldonza Lorenzo                                                              

Dorotea o la Princesa Micomicona                               

Marcela, la pastora de El Quijote                  

Leonor de Cortinas, madre de Cervantes    

Pedro de Villaseñor, caballero manchego    

Rodrigo Quijada,
hidalgo del Campo de Montiel                       

Andresillo Hurtado, pícaro del Siglo de Oro                                           

Ginés de Villarejo,
pícaro del Siglo de Oro                                     

Germán,
falso tullido del Arenal de Sevilla                  

Carmen, vendedora del mercado
                  
Giordano Bruno, astrónomo y filósofo italiano                                                 

Giacomo, fraile dominico                               

Alonso Álvarez, morisco aragonés              

Nuzeya, morisca                                               

Íñigo de Acuña, escritor imaginario              
del Siglo de Oro  
                                                                                             
Luis de Córdoba, bufón   


                                                            

Paquita, madre de Luis de Córdoba                             

Duque de Medina del Pozo Seco                   

Duquesa de Medina del Pozo Seco                                              

Carolina, hija de los duques                           

Isabel de Velasco, menina de la
infanta Margarita                                                             

Agustina Sarmiento, menina de la
infanta Margarita                                                             

La infanta Margarita                                       

Velázquez                                                          

Mariana de Austria, mujer de Felipe IV       

Guardadamas de Mariana de Austria  
        
Bart el Negro, capitán pirata                          

Danny, maestro artillero pirata                      

François L’Olonnais, pirata del Caribe                         

Francisco de Goya                                            

Cayetano Antonio Ripoll, última víctima de la Inquisición                                

José de Espronceda                                          

Teresa Mancha, novia de Espronceda         

Blanca, hija de Espronceda                            

Víctor Hugo                                                       

Toro Sentado                                                     
                                              
Vaquero de Arizona                                         

Eisech Sandler, judío alemán   
                      
Edith, sobrina de Eisech Sandler                    

Miguel de Unamuno   
                                     
Republicano represaliado                               

Gayarre, guerrillero del maquis                      

Irantzu, novia del maquis Gayarre               

Patrice Lumumba, líder del Congo
                               
Katia, víctima de la explotación sexual

En la frontera es un pdf que se puede descargar de forma gratuita pinchando en el siguiente enlace:

jueves, 22 de diciembre de 2016

Espíritu navideño



¿Hay algo más bonito que las celebraciones familiares?

Un cuento "entrañable" para estas fiestas, publicado en
"La Charca Literaria".

La Charca Literaria

Espíritu navideño


El lío vino porque a Marta, la madre de Pedrito, se le ocurrió la genial idea de invitar a la cena de reyes a sus tres hermanos sin hablarlo previamente con su marido quien, a su vez, sin consultarlo con la esposa, había accedido a que su primo Tomás, más conocido en el barrio como “el cogorzas”, también asistiera a la fiesta dado que no pudo venir a la cena de Nochebuena a traer su regalo al sobrino y ahijado. Cuando repararon en el error y lo hablaron, ya era demasiado tarde.
El follón estaba servido porque las relaciones entre los invitados no eran nada buenas. El asunto venía de lejos: un dinero que se pidió prestado y jamás se devolvió. También, algo de fútbol y de preferencias políticas.
El lío pudo ser menor de no ocurrírseles a todos venir disfrazados. Los tres hermanos, de Reyes Magos; Tomás, de Papá Noel.
Algo de culpa la tuvo también la ingesta etílica a la que eran muy aficionados los cuatro y de la que dieron buena cuenta a lo largo de esa tarde, cada uno por su lado, de manera que cuando llegaron a la casa ya venían algo cocidos.
El caso es que fueron llegando. Primero los hermanos, después el primo.
Creo que ninguno se encontraba cómodo aquella noche con la compañía prevista.
Y el niño, aunque crédulo hasta las trancas, estaba no obstante algo desconcertado porque no comprendía que pudieran estar juntos el mismo día los Reyes y Papá Noel. Miraba atónito a sus majestades, luego al del gorro rojo, alternativamente, según hablaran unos u otro.
Lo normal de la reunión fueron los malos modales en la mesa: gente alterada hablando con la boca llena, gesticulando y bebiendo sin parar.
El volumen de conversación fue subiendo paulatinamente. Hubo miradas asesinas recíprocas por parte de los invitados y palabras subidas de tono.
Luego voces y más voces.
También un inoportuno empujón. El árbol navideño derribado en el suelo, con un estrépito de bolas rotas.
Y el niño contemplando estupefacto cómo el rey Baltasar estampaba un pastel de cabracho en toda la jeta a Papá Noel, cómo Papá Noel se liaba acto seguido a puñetazos con Baltasar mientras Melchor tiraba al primero figuritas de mazapán y polvorones, con inusitada violencia y, por cierto, con malísima puntería. Entre tanto, un Gaspar tambaleante, ajeno a todo en una esquina, se amorraba como un poseso a la botella de whisky escocés.
A todo esto, los padres de la criatura no salían de su asombro y no sabían qué hacer para detener la trifulca y para que Gaspar no acabara con todo el licor disponible de la casa.

A partir de aquel día, Pedrito dejó de creer definitivamente en la familia, en Papá Noel, en los Reyes Magos, en el espíritu fraterno de la Navidad… Y se acordó de la madre que los parió a todos.