martes, 10 de septiembre de 2019

Psicomotricidad fina: tobas y sardinetas


Imagen tomada de aquí

Los chicos de los sesenta éramos expertos en estas técnicas, ideales para hacer amigos.

La asignatura de psicomotricidad de aquellos tiempos se aprendía en la calle, pero también en el colegio, aunque de forma transversal y sin que constara en el boletín de notas: los profesores eran expertos en darnos capones y collejas, independientemente de la asignatura. Y practicaban con nosotros esas habilidades manuales tan varoniles. Las chicas solían sufrir en sus carnes otras menos toscas y más femeninas, sobre todo suministradas en los colegios de monjas: los pellizcos. El “pellizco de monja” era una especialidad sumamente sádica que consistía en un castigo de dos tiempos:
Tiempo uno: pellizco.
Tiempo dos: sin soltar la presa, la persona encargada de darte tortura, movía los dedos-pinza que apresaban tu carne, rotándolos como mínimo noventa grados en el sentido de las agujas del reloj. En ese momento, la víctima emitía un quejido de dolor. Castigo cumplido.
Los chavales sufríamos en clase collejas, capones, estiramientos de orejas y de mofletes, bofetadas y palmetazos en las manos, en los nudillos o en los dedos apiñados hacia arriba como hacen los italianos cuando dicen eso de “porca miseria”, pero sin moverlos, porque si no el castigo se incrementaba, generalmente en progresión geométrica.
Y en la calle practicábamos con los conocidos esas habilidades, aunque las preferidas por nosotros eran dos: las tobas y las sardinetas.
Tobas:
Se pilla el dedo corazón o el índice con el pulgar, como diciendo “okey”. El dedo pillado hace la intención de salir disparado, pero el dedo “gordo” se lo impide. De golpe, se libera el dedo retenido, que sale como una centella hacia su objetivo. La toba era válida para el juego de las canicas, para el de las chapas y, cómo no, para sacudirle en la oreja a nuestro rival, oponente o víctima propiciatoria. En días fríos de invierno, con las orejas coloradas por causa de las bajas temperaturas, sentir el aguijón de la toba impactando en los desprevenidos soplillos era una de las experiencias más desagradables que se pueden sufrir en esta vida, casi tanto como ser obligado a comerte a esa edad un plato de acelgas hervidas.
Para sacudir en el trasero, optábamos mejor por la sardineta.
Sardineta:
Júntense los dedos pulgar y corazón como en pinza. El dedo índice queda libre y, al agitar la mano como si quisiéramos bajar el mercurio de un termómetro, notamos como el índice choca contra los dedos en pinza… Estamos ensayando el golpe. Si no suena “clap clap”… la sardineta no está preparada. Hay que practicar un poco. Ahora sí. Cuestión de acercarse por detrás hacia el trasero de alguna víctima y ensayar. El truco consiste en golpear de refilón con el índice a modo de látigo, apenas rozando el culo desprevenido de nuestra víctima. Si grita, es que la sardineta ha cumplido su objetivo. Si la víctima es más fuerte que tú, se aconseja salir por patas.
Y a estos menesteres nos dedicábamos algunos: Sebas el Garrapata, Aniceto Caralija, el Carapastel, el Mosca, el Flauta, el Tirillas, y tantos otros, mientras esperábamos, anhelantes, la llegada de la democracia.


Texto publicado en La Charca Literaria


lunes, 2 de septiembre de 2019

Suicidios y chapuzas



Zoila Zabaleta Zunzunegui decidió quitarse la vida el día en que un muchacho bromista, dispuesto a pasar el rato gastando bromas telefónicas, al modo antiguo, la llamó diciéndole que cómo no le daba vergüenza estar la última en la guía telefónica. No lo pudo soportar. Cayó en una grave depresión y estuvo a punto de cometer una locura: darse de baja de Movistar o de Facebook. Luego, lo pensó mejor e intentó matarse; pero no lo logró: la pistola que le vendieron por internet era de fogueo. 

Aniceto Sepúlveda se tiró por la ventana desde el piso undécimo de aquel bloque de viviendas -con tan buena suerte que fue a caer sobre el toldo de la charcutería y se salvó-, cuando se enteró de que su padre le puso ese horrible nombre, como una maniobra de distracción, para que nadie se fijara en el suyo propio: Desiderio.  

Edelmiro Queme Piro, periodista de la cadena ESTAR, se ahorcó con un cordón de bota de hacer senderismo (la del pie derecho, concretamente), colgándose de la viga de madera del techo de un albergue rural en las afueras de Bruselas, tras nueve semanas ininterrumpidas de aguantar estoicamente a diario las declaraciones de Puigdemont, cuando este señor estuvo allí pasando una temporada antes de que partiera a Waterloo. En un papel firmado a los pies del ahorcado se podía leer: me voy porque no aguanto al tipo del flequillo con gafas. Me tiene aburrido. Todos los días tiene que ser él el centro de las noticias. 

Froilán, un joven consentido y prepotente de familia con posibles, se suicidó el día en que se enteró de que, aparte de ser el rey de su casa, no podía serlo del resto del país, dado que, entre otras cosas, por motivos que ahora no vienen a cuento, se había proclamado la república.

viernes, 5 de julio de 2019

Verano 2019


Este blog se toma un tiempo de descanso. 
Volveremos con las pilas cargadas. 
Feliz verano a todos.

miércoles, 26 de junio de 2019

El viaje más corto

Imagen de uso libre (pixabay)

La casa de mis tías era vieja y destartalada, inhóspita en invierno e inclemente en verano, de puertas de madera medio podrida, con ventanas mal ajustadas que dejaban oír el gemido del viento cuando se colaba por sus rendijas.
Era vieja, como ellas. Sombría y triste, como sus propietarias.
Y yo odiaba vivir allí. O tal me odiaba a mí mismo y a todo lo que me rodeaba.
Por eso, en cuanto pude, decidí coger mis cuatro pertenencias y marchar lejos, muy lejos.
Atrás quedaron los tiempos de la infancia. Borrosos ya a fuerza de los años transcurridos. Mis tías, dos solteronas de vocación, me recogieron cuando murió mi madre. Mi padre había muerto nada más estallar la guerra. Ahora quedaba huérfano y desamparado, a no ser por aquellas dos frías mujeres, hermanas mellizas de mi difunto padre, que me acogieron porque no les quedaba otra, eran gente cristiana. Y yo no tenía a nadie más en este mundo.
Mi infancia, lo que me quedaba de ella, fue tranquila pero llena de carencias.
No hubo calor en aquella casa. Mis tías no podían dar lo que no tenían.
No hubo alegría en aquel hogar. Difícilmente pueden proporcionarla quienes carecen de ella.
El trato fue correcto. Pude estudiar. Tener una habitación para mí y mis cosas, mis libros, mi raqueta, mi pelota de tenis…
No me faltó la comida, ni la ropa que iba necesitando según crecía.
Siempre tuve una muda limpia que ponerme.
Unas monedas en el bolsillo para gastar.
Pude jugar con los otros niños de la calle.
Pero me faltaba algo. Estaba como incompleto. Y en aquellos tiempos, los demás eran los culpables de lo que a mí me pasaba. O de lo que no me pasaba.
Y fui creciendo. Me hice mayor. Me eché novia. Encontré trabajo.
Un día me fui de aquella casa. Empecé una nueva vida lejos.
Mi trabajo no me gustaba, simplemente me dedicaba a él, pero sin entusiasmo. Había que trabajar y punto.
Mi novia se convirtió en mi mujer. No sé si llegué a quererla. Ella me preguntaba si la quería. No sabía qué contestar. Simplemente hice lo que hace todo el mundo a mi edad: emprender una vida lejos de casa. Eso era todo.
Creo que no era feliz con nada.
Luego dejé mi trabajo. O me echaron.
Perdí mi mujer, o me dejó porque no tenía futuro ni ilusión a mi lado.
Y di vueltas por medio mundo. Buscando qué sé yo. Tal vez me buscaba a mí mismo sin encontrarme.
Y entonces regresé.
Porque la casa de mis tías era vieja y destartalada, inhóspita en invierno e inclemente en verano, de puertas de madera medio podrida, con ventanas mal ajustadas que dejaban oír el gemido del viento cuando se colaba por sus rendijas; pero fue el único hogar que tuve.


Relato perteneciente a "Ida y vuelta", registrado en Safe Creative, bajo licencia


miércoles, 19 de junio de 2019

El tren



Hay vidas tan vacías como algunas estaciones de madrugada, vidas tan grises como las frías mañanas de invierno. Vidas anodinas, prescindibles, banales, insulsas, de gentes que pasan por el mundo desapercibidas, sin un destello. Vidas sombrías.
La de aquel viajero era así. Una vida inútil, sin sentido.
Era muy temprano cuando apareció aquella mañana arrastrando su maleta por el andén vacío. Una niebla gris y densa envolvía los objetos y lograba desdibujarlos, hasta tal punto de que no era fácil distinguir sus contornos.
La estación aparecía desierta y silenciosa, como algunos pasillos de hospital durante la noche.
Una mano en el bolsillo, la otra tirando de la maleta, recorriendo una y otra vez el andén, haciendo tiempo, mientras esperaba la llegada del tren, el primero del día. Como única compañía, la luz mortecina de las farolas, arrojando sobre el pavimento una luz amarillenta. El viajero arrastraba su maleta y su vida. Pensaba en su soledad, en su existencia sin brújula, vacía de contenido.
Como en las viejas películas en blanco y negro, llegaba el tren, bufando y resoplando, envuelto en vapor, haciendo chirriar las ruedas metálicas sobre los rieles. El viajero subió, colocó su maleta en el altillo y tomó asiento.
Le gustaba desde siempre situarse en sentido contrario, de espaldas a la marcha del tren. De esta manera veía los objetos alejarse, recreando la vista en lo que dejaba atrás, mientras se iban empequeñeciendo y finalmente desapareciendo.
Desde la ventanilla, mientras despuntaba tímidamente el día, medio adormilado, dejaba vagar los ojos por el paisaje ceniciento y tristón. Casi prefería no pensar en nada. Dejarse llevar por los árboles, las vallas y los edificios que circulaban ante sus ojos y se perdían a lo lejos.
Recuerdos, pocos. Un par de pensamientos con los que entretener el tiempo del viaje. No llevaba a mano ninguna lectura. No le apetecía.
No huía de nada. No huye quien abandona un destino por otro que no conoce. De hecho sacó un billete para el primer tren que pasara aquella mañana.
No tenía ninguna preferencia. Tampoco nadie que le esperara, al igual que nadie fue a despedirle a la estación.
Partió solo y solo llegará a quién sabe dónde.
Le daba igual su destino. Tal vez confiaba en el azar más que en sí mismo.
De hecho siempre decía que la casualidad está detrás de casi todo lo importante que te puede ocurrir en la vida. Nacemos por casualidad. Por casualidad vivimos en este o en aquel lugar. Conocemos a las personas casualmente. En ninguna parte está escrito cuándo, dónde y cómo vas a conocer a la persona que te dará trabajo, que vivirá contigo o que te complicará la existencia para siempre.
Por eso, a partir de ahora, el destino marcaría su existencia.
Echó los dados aquella mañana y el azar decidió por él.

Estaba en sus manos.

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"El tren" es un capítulo del libro "Ida y vuelta" que te puedes descargar en este enlace:
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view
Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia