jueves, 13 de septiembre de 2018

Cómo ser un auténtico percebe



Comúnmente denominamos “percebe” a sujetos un poco alelados, bobos o que les falta un hervor. Una especie de insulto que define de alguna manera a la persona sobre la que hablamos: ¡ese tío es un percebe!

El percebe es ese animal con pezuña que parece cualquier cosa menos un animal, porque no tiene extremidades, se alimenta por filtración del plancton y pasa su vida adulta inmóvil y adherido por un pedúnculo a una roca, sin moverse. La uña arriba, donde debería tener la cabeza, para protegerse de un posible ataque. Esa parte protegida es la que encierra la mayor parte de sus órganos y aparatos vitales: el digestivo, el respiratorio, el circulatorio, el reproductor... Aunque es hermafrodita no puede autofecundarse. Se necesitan dos especímenes.  Uno hace de macho y el otro de hembra. No sé quién decide el papel de cada uno, si lo echan a suertes o qué. La cópula se realiza —y a distancia— entre marzo y septiembre. Los huevos fecundados eclosionan en el agua. Las larvas liberadas en la eclosión se mezclan con el plancton. Y ya todo es cuestión de suerte.

El percebe tiene más pene que cuerpo. Pero no tanto como se cuenta por ahí. Para hacernos una idea, si fuéramos un percebe, nuestro pene mediría 2,70 metros. Eso ya sería presumir de miembro. Aunque quiero pensar que si nos arrancaran las percebeiras a la fuerza de nuestra casa, nos llevaran en cestos o en camiones frigoríficos al mercado, nos pusieran hielo y nos metieran en agua hirviendo con sal, nuestra “hombría”, a esas alturas,  más que pene lo que daría es pena.


Texto publicado en La Charca Literaria
http://lacharcaliteraria.com/


lunes, 3 de septiembre de 2018

Hombre solo



Me contaba Juan algunos trucos que realizaba cuando su mujer se iba unos días de vacaciones con los niños al pueblo de sus padres y él se quedaba de “Rodríguez”, solo en casa. Teresa  le dejaba preparadas dos cazuelas para la semana que iba a estar fuera. Una de carne con tomate y otra de pollo en salsa. Cuando llegaba la hora de comer, armado con una cuchara, se sentaba en el suelo y abría la puerta del frigo, cogía una cerveza y echaba un buen trago. Aprovechaba que estaba solo y no daba mal ejemplo a los niños y soltaba un sonoro eructo; luego abría una de las cazuelas y allí mismo metía ocho o diez veces la cuchara y se comía, sin calentar ni servir en un plato, lo que consideraba oportuno. Vuelta a cerrar la cazuela y el frigorífico.  Hasta la noche, cuando repetía la operación. Así cada día.
También me contaba su método para secar rápidamente los calzoncillos.
Después de darles la vuelta dos veces, lo de fuera para dentro y lo de delante para atrás, llegaba la hora de lavarlos a mano, en el fregadero, junto a la taza, a la cafetera y al cazo de la leche del desayuno, para matar dos pájaros de un tiro, con un buen chorro del concentrado verde para la vajilla.
Luego, una vez que los escurría bien, encendía la tostadora de pan y la cubría con papel de aluminio, y colocaba encima los calzoncillos, procurando darles la vuelta de vez en cuando para que no se tostaran.
También tenía otro método para reutilizar los calcetines usados.
Tras ponerse los calcetines tres días seguidos, que se quedaban secos y tiesos como si tuvieran almidón, imposible de reutilizar una vez más, el primer paso sería rociarlos con el antitranspirante para los pies o, como aconsejaba O'Rourke en su libro "Cómo tener la casa como un cerdo", embadurnarlos con desodorante de barra antes de volver a enfundárselos.
—Entran más suaves —decía—. Luego, el día en que regresa la parienta, te duchas y ya te los quitas del todo y los metes en la lavadora, junto a las camisas y las sábanas, para cuando haga la colada.

martes, 14 de agosto de 2018

Preparando el blog

Cádiz. Foto del autor

Ya vamos calentando motores. Volvemos en septiembre con el blog remozado. De "Historias que no son cuentos" a "Cuentos que pueden ser historias". El anterior tenía demasiada madera. Ya cansaba. Las tablas que, en un principio daban un tono de mayor calidez, se fueron convirtiendo en algo cerrado y agobiante como las cajas de embalaje o esas otras reservadas como morada final tras el fatídico día. Por eso he sustituido el fondo por otro más libre y acuoso, con esas gotitas que salpican  por todas partes y esa imagen de la cabecera con el mar de fondo...
Nos vemos muy pronto.

domingo, 15 de julio de 2018

Vecinos




—¿Has oído eso, Marcos? 
—¡Maldita sea! Ya empezamos de nuevo con la sinfonía. 

Quien preguntaba era Marta. Y quien contestaba era Marcos. El asunto: los ruidos que se producían en el piso de arriba. Desde hacía unos meses, se habían instalado allí nuevos vecinos. Una pareja mayor, un tanto enigmática, parca en palabras, dos personas con el pelo canoso y aspecto de jubilados con cara de pocos amigos, que apenas salían de casa y que, al parecer, debían dormir también poco pues se les oía hasta muy tarde, hablando alto y trajinando hasta altas horas de la madrugada. Algo así como un correr de muebles, acompañado de golpes secos y de frases expresadas con cierta contundencia. Ella parecía recriminar al hombre: 

—Déjalo ya, Vincent. Es tarde. 
—Cuando se esté quieto. Este maldito cielo que veo tras la ventana no hace más que moverse. Así no hay quien acabe de pintar el cuadro. 
 —El cielo no se mueve. Vas a acabar conmigo. Estás para que te ingresen. 
 —Tú sí que estás como un cencerro, vieja puñetera. Ya me lo advirtió mi hermano Theo.
—¿Yo? ¿Tú has visto que el cielo tenga esos remolinos? ¿Y crees acaso que esos colores tan chillones y esas luces que usas responden a la realidad? Tú sí que estás para el psiquiátrico. 
—Enorme ingratitud la tuya cuando olvidas que te recogí de la calle. 
—Pronto has olvidado que fui yo quien te sacó del arroyo. Si no hubiera sido por el dinero que tenía ahorrado, tú no te podrías haber dedicado a la pintura. Hay que estar muy mal para cortarse un trozo de oreja. Háztelo mirar. 




Y así, como un ritual cada noche, la misma conversación, el mismo tono agrio, las mismas voces, los mismos golpes en la mesa, el mismo correr de sillas y enseres, la misma angustia para los vecinos del piso inferior que asistían atónitos cada día, como público de la primera fila, a semejante teatrillo desquiciante. 

 —Habrá que decirles algo, Marcos. Así no podemos seguir. 

Y Marcos, al día siguiente, subía el tramo de escaleras y llamaba a la puerta de los vecinos. 
Y una señora mayor con gesto serio y poco comunicativo abría desconfiada diez centímetros la puerta, lo que daba de sí la cadena de seguridad. 
Y ella, qué desea. 
Y él planteando la queja educadamente. 
Y ella, no podemos ser nosotros porque nos acostamos muy temprano, a eso de las diez. 
Y él, sin dar crédito a lo que oía, tan solo indicar que se oía encima de su dormitorio y que no podían dormir. 
Y ella, serán los vecinos del piso de al lado. 
Y luego, bajar las escaleras sin saber qué decir a Marta. 
Y Marta, tienes que ser más duro, amenazarles con llamar a la policía. 
Y Marcos, sube tú. 
Y ella, la próxima subiré yo, descuida. 
Y así todos los días. 
Y lo mismo. 
Y una y otra vez subiendo Marta y luego Marcos y al otro día de nuevo Marta. 
Y otra vez Marcos. 
Y las mismas respuestas. 
Y el hastío y el cabreo. 
Y el hartazgo que condujo finalmente a la denuncia. 
Y la policía llevó sus bártulos y desde el piso de ellos, con un equipo especial, grabó los decibelios de los de arriba durante varios días seguidos y a distintas horas. 

Y hubo juicio. Luego vino la multa. 
Al parecer, según los expertos geriatras que dieron su testimonio tras analizar detenidamente el asunto, no había nada intencionado en el comportamiento de los dos jubilados, simplemente eran “sonámbulos especialistas en sueño sincronizado reiterativo”, una modalidad rara que se adquiere después de toda una vida en común, y que por la noche cada uno interpretaba su papel: él era un pintor frustrado y ella su amante y sufridora. Y el juez les rebajó sustancialmente la multa si se acogían a un tratamiento clínico de trastorno del sueño durante algunos días con seguimiento de un especialista. Y hubo acuerdo entre las partes. Y a la clínica se fueron los dos vejetes y les pusieron la cabeza, las piernas y los brazos llenos de cables y electrodos para registrar los impulsos durante el sueño. Y así, con ayuda de alguna medicación, tratar de reeducarles en el uso correcto de sus horas de descanso nocturno. 
Y finalmente respiraron aliviados Marta y Marcos. La pesadilla -por fin- parecía llegar a su término. 
Hasta una semana después. 
Justo una semana después, por la noche, tras meterse Marta y Marcos entre las sábanas… empezó una nueva función. Lo que se oía ahora era lo más parecido a una película de guerra en un "home cinema", a todo volumen, con ruido de balas y obuses que estallaban por doquier. 



 —¡Nos han descubierto, Charly! — se le oía gritar a ella con el estruendo de la batalla de fondo—. ¡El enemigo tiene nuestra posición, pero no le va a ser fácil acabar con nosotros. Hemos perdido una batalla, pero la guerra continúa! 
 —¡Habrá que hablar con el capitán para que nos envíen refuerzos —respondía él—. Mientras tanto hemos de seguir a cubierto! 
 —¡La radio no funciona! ¡Espero que mañana esté aquí Douglas para darle instrucciones. Le trasmitiremos nuestras necesidades para poder resistir. Mientras, haremos turnos de guardia! 
 —¡Empiezo yo! ¡Necesitaría coger antes un par de granadas de mano y un cargador completo para el fusil. La noche es larga y nunca se sabe por dónde vendrá el ataque del enemigo! 
 —¡No te duermas y vigila bien! ¡Monta también la ametralladora en aquel repecho! 
 —¡¿Qué dices del pecho?! 
 —¡El RE- PE- CHO, que cada día estás más sordo! 
 —¡Descuida, Flánagan! 
 —¡Agáchate, Charly, nos están atacando!—decía ella, gritando como una endemoniada.
 —¡Malditos cabrones, tomad plomo! ¡Boooooom! ¡Si creéis que vais a poder con nosotros, os vais a enterar! ¡La guerra no ha hecho más que empezar! 

 Y luego, toda la noche —y la otra, y la otra, y las siguientes también—se oyó un silbar de balas y estruendo de obuses.



¡Feliz verano a todos! ¡Y que los vecinos se porten bien!
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Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 18 de junio de 2018

Esquinas





Me pasé toda la noche de aquí para allá. Andando sin parar y sin venir a cuento. Eso al menos fue lo que soñé. Una pesadilla angustiosa que se repetía una y otra vez a lo largo de aquellas horas que se me antojaron  interminables.
Caminaba deprisa por una calle estrecha y solitaria de una vieja ciudad. Era de noche y no había un alma en la calle. Mis pasos resonaban en el pavimento. Y al doblar cada esquina, incluso antes de hacerlo, premonitoriamente, mi corazón se sobresaltaba porque sabía que a la vuelta me esperaba algo desagradable, un encuentro no deseado.
(…)
Siempre aparecía aquella figura siniestra y sin rostro, amenazante, pertrechada detrás de su sombrero y de su gabardina, una especie de gánster con el cigarrillo entre los labios, las manos en los bolsillos y la cara en sombra bajo el ala del chapeo…



-Escuchame, forro. No te hagás el pelotudo. Andate a la concha de tu madre y dejate de joder.

Así de sopetón, con ese acento porteño que parecía sacado de una película de hampones de los años cincuenta rodada en Buenos Aires.
Una y otra vez. De esquina en esquina. De sobresalto en sobresalto. Así toda la noche. A veces, el  gánster de la gabardina dejaba el porteño y adoptaba un aire más castizo, más nacional:

-Escúchame, gilipollas. Sé de qué vas. Déjate de joder o te corto las pelotas.

Casi siempre en lengua española, en sus distintas formas locales, pero igual de amenazadoras.


¿Qué pasará? ¿Se cumplirán las amenazas? ¿Logrará el narrador darle “esquinazo” al gánster? Si no lo sabes, porque todavía no leíste el libro, la explicación la tienes en