lunes, 25 de marzo de 2019

De merluzas y merluzos



Muchas de las palabras de nuestro rico léxico tienen un trasfondo acuático, casi siempre marino. Todo se debe a esa época —bárbara, pero imaginativa— en la que las expresiones gruesas estaban mal vistas en los medios impresos. Y los tebeos —sobre todo los tebeos—, en vez de llamar a las cosas por su nombre, haciendo uso de nuestra enorme variedad de improperios sonoros de alto calibre, se llenaban de imprecaciones leves e insultos ligeros, políticamente correctos. Así, al igual que en las historias de El Capitán Trueno había mastuerzos, villanos y bellacos; a la par que en las publicaciones infantiles y juveniles tipo Pulgarcito se decía “caramba” o “pardiez”, como ejemplos modélicos de expresiones de asombro, también se llamaba al personal con los calificativos de percebe, merluzo, batracio, pedazo de atún… muy habituales entonces. Todo perteneciente al ámbito de la fauna marina. De aquí, se derivaron también expresiones muy recurrentes y muy nuestras, como “meter la gamba”, “no me junto con morralla”, “eres escurridizo como una anguila”, “te has puesto rojo como un salmonete”, “vas para atrás como los cangrejos”,  “cada uno arrima el ascua a su sardina”, “tienes memoria de pez”, “Fulanito pilló una buena merluza”, “este es un besugo”, “estás pez en la materia”, “me cago en la mar serena” o “mecachis en la mar”, “mengano es un pez gordo”, “por la boca muere el pez”, etc., etc.
El mar, siempre el mar, como fuente de inspiración.
“Mecachis en la mar”.
Curiosa forma verbal esa: yo mecachis, tú tecachis, él secachis…
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Trabajo publicado originariamente en La Charca Literaria





lunes, 18 de marzo de 2019

La competición



Éramos muchos. Tal vez demasiados corredores para una prueba de velocidad como aquella. Al principio sobre todo. Pero no resultaba fácil llegar a la meta, muchos se quedarían por el camino.
Habíamos estado concentrados desde mucho antes del inicio de la competición, preparándonos, mentalizándonos. Allí reunidos en un espacio relativamente pequeño, acumulando fuerzas para el gran día que ya se avecinaba.
Y de pronto, alguien dio la salida.
Partimos de allí a la carrera, con mucho ímpetu, en tromba. Íbamos frescos, descansados, con brío, ilusionados, entusiasmados por llegar a nuestro destino, por conseguir el triunfo. Nos jugábamos mucho en ello. Resultaba crucial en nuestra trayectoria profesional. Era un recorrido que demostraría la rapidez desarrollada por cada participante. No era un maratón de esos larguísimos donde lo que cuenta es la resistencia, el saber dosificar las energías para no gastarlas enseguida. Aquí lo importante era la capacidad de desplegar al cien por cien la aptitud de cada uno, imprimir la potencia máxima desde el inicio, sin mirar hacia atrás, pendientes tan solo de llegar en primer lugar. Aquí no valía llegar el segundo o el tercero. Solo había premio para uno, el que primero llegara a su destino. Y la meta estaba ahí, muy cerca…

Avanzábamos con denuedo por un camino estrecho. Ya quedaba poco. Luego, lo angosto del trayecto se modificó de repente y apareció ante nosotros uno más amplio, como si corriéramos en tropel dentro de un túnel recto y oscuro.  El recorrido llegó a su fin cuando, dejando a los demás fuera, fui capaz de entrar dentro del óvulo para fecundarlo. La victoria fue mía.



Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

domingo, 17 de marzo de 2019

La operación



Despacho de una empresa de materiales de construcción en las afueras de una gran ciudad. Dos hombres con cara de pocos amigos, de aspecto patibulario, de esos que te atracan en una esquina o te quitan la cartera en el metro, flanquean al doctor Navarro al que, en ese momento, le pasan un móvil pues alguien quiere hablar con él.
Vamos a ver. ¿Es usted el doctor Navarro?
Sí, dígame. ¿Con quién hablo?
Eso no importa. Digamos que soy el que manda a esta panda de mendrugos. Le pondré en situación. Tenemos muy poco tiempo.
Hable entonces. ¿Qué quieren de mí? Sus hombres me han sacado de mi casa sin contemplaciones y me han traído hasta aquí, apenas sin darme tiempo a vestirme. No sé qué quieren ustedes.
Mire. Es un poco lioso de entender, pero yo se lo voy a explicar. Ha habido una confusión. Se supone que dos de mis hombres, y yo acompañándoles, teníamos que llevar a Vasile al centro médico más cercano para que le extrajeran una bala. El idiota de él se puso a jugar esta madrugada con su pistola y él solito se pegó un tiro en el brazo izquierdo. Así que, además del atraco que teníamos previsto a primera hora de la mañana, la cosa se nos ha complicado pues era necesario además extraer la bala a nuestro amigo. Y no podíamos ir a un hospital en condiciones porque llamarían a la policía. Nos hemos tenido que conformar con un dispensario pequeñito, de esos de barrio, donde podemos fácilmente controlar a los que allí trabajan. Para no dejar nada en el aire, dispuse que otros dos colegas secuestraran a un cirujano experto en estos temas en su propio domicilio, o sea a usted, no fuera que en el centro médico del barrio no hubiera ningún especialista en este tipo de intervenciones, lo cual es lo habitual. Luego recogerían en el sitio indicado a Marcel, el experto en cajas fuertes. Dejarían al cirujano o sea, a usted, con nosotros y seguirían con el coche derechitos hasta el polígono industrial de Villaconejos para reventar la caja de seguridad de la empresa en la que usted, por una maldita equivocación, ha sido llevado en lugar de Marcel, en vez de ser conducido al centro médico, como era lo suyo. Vamos que lo han hecho todo al revés. ¡Maldita sea mi negra suerte! ¡Yo es que los mato! ¡Hatajo de idiotas con los que trabajo!
Creo que le sigo. Quiero entender que sus hombres se han liado, no han traído consigo al experto en abrir cajas de seguridad y me han llevado a mí en su lugar y al sitio equivocado, porque yo no sé abrir cajas fuertes, pero ustedes tampoco sabrán abrir una herida para extraer esa bala. ¿Estoy en lo cierto?
Está usted en lo cierto. Trabajo con una panda de inútiles que no dan una a derechas. El problema es que no tenemos apenas tiempo. Ni usted ni nosotros. Estamos cada uno en una punta distinta de la ciudad. Son las ocho y cuarto de la mañana, a las nueve o un poco antes entran a trabajar los de la empresa cuya caja pretendemos reventar, o sea donde está usted. Y aquí el panorama no es mejor. Si no le sacamos ya esa bala a Vasile, se nos desangra. Así que no hay otra salida. Por este teléfono usted nos irá dando instrucciones para extraer la bala a mi compañero y por otro teléfono uno de mis hombres, nuestro experto el amigo Marcel, le irá diciendo cómo entrar a la caja para hacernos con el dinero. Y solo puede ser usted, porque si sus manos son capaces de abrir una herida con precisión, lo serán también para abrir una maldita caja de seguridad. ¿Estamos?




Lo que me proponen es una barbaridad. No se puede hacer una intervención de ese tipo por teléfono. Vamos, ninguna de las dos, para ser más exactos ¿Se han vuelto ustedes locos?
Mire, matasanos. No hay tiempo para ir a buscarle porque Vasile se nos va. Así que colabore si no quiere que esos amigos que están con usted le amplíen el boquete del culo con la pistola. ¿Estamos? Pues, hala, sea usted bueno y colabore. ¡Venga, empecemos ya!
Bueno, parece que no tengo mucho donde elegir. Para empezar, mándenme un par de fotos por whatsapp para ver cómo está la herida.
Hecho. Se las mando ya mismo.
Lo segundo, limpien un poco la zona del balazo. Hay que desinfectar. Por allí habrá betadine, gasas, agua oxigenada o algo que ayude ¿no? Pregunten al personal del dispensario ese.
Sí, ya les hemos preguntado, parece que de eso hay algo. Ya le mando las fotos.
Vale. Espere, que dice uno de sus hombres que me ponga al otro teléfono.
¿Oiga? Le habla Marcel, el especialista en cajas de seguridad, el que tenía que estar ocupando su lugar. Mire en el despacho que está si hay algún cuadro horrible en la pared.
Sí, hay uno.
Mire detrás, a ver si está la caja.
Sí, en efecto, está detrás de ese cuadro horrible —el doctor tiene un teléfono pegado en cada oreja y habla indistintamente por uno y por otro, manteniendo dos conversaciones a la vez de forma alterna. Como ha de tener las manos disponibles para otros menesteres, los aparatos los sujetan los dos esbirros.


Cuadro horrible del despacho

A ver, deje que vea esas fotos… Tiene mal aspecto esa herida. Aunque, por el agujero, parece que se ha hecho con una bala de pequeño calibre. El destrozo no será excesivo. Tiene que localizar un bisturí sin usar. Venga… ¿Cómo dice? Ah, sí, que abra la puerta de la caja y posicione la rueda en el cero. ¿Y luego? …Luego haga un corte vertical que agrande un poco el agujero que ha hecho el proyectil. Necesitará gasas para limpiar la sangre. Mantengan presionada la zona del brazo que está entre la herida y el corazón. Se trata de evitar que sangre en exceso… No, no tiene llave, solo la rueda y una especie de tirador para abrir… Una vez abierta necesitaría unas pinzas esterilizadas. Me refiero a la herida, no a la caja. ¿Las tiene? … Sí, sí, posiciono la rueda en cero. Ya está… Se tiene que ayudar de algo que haga palanca o tope para impedir que la bala se mueva y así pueda extraerse mejor. Algo fino y, a ser posible, esterilizado… No, un bolígrafo no vale. No sea animal… No, no tengo ninguna palanqueta, solo veo una maldita rueda llena de números. ¿Cómo voy a tener yo una palanqueta? … Introduzca las pinzas con mucho cuidado pero sin que le tiemble el pulso. Es tan solo una cuestión de habilidad… Me dice usted que gire suavemente la muñeca hacia la derecha sin soltar la rueda. Ya lo hago… Usted gire también la mano que lleva la pinza, como intentando abrirse camino, en tirabuzón, la técnica del tornillo, pero poco. No es conveniente pasarse para no hacer desgarros innecesarios… ¿Un fonendoscopio? ¿Cómo voy a tener yo eso aquí si me han sacado de casa casi en pijama? … ¿Que pegue la oreja a la puerta de la caja? Sí, ya le he entendido. Creo que es para identificar un ruido distinto a los demás, según voy girando la rueda… ¿Dice que ya la tiene localizada? Yo también creo que ya lo tengo localizado. Se ha oído como un “crock”, como si la rueda encajara en un sitio diferente después de pasar por otros haciendo “crick crick”. En efecto. Hubo suerte. Ya está abierta la puerta de la caja… ¿Ya dio con la bala? Extráigala con cuidado. Ahora tenemos una caja abierta y una herida también abierta. Necesitarían darle unos puntos. No, a la caja no, a la herida de su amigo. ¡Ah! Que ya se encargan los del dispensario… Sí, esto ya está terminado. Sus hombres han guardado el dinero en la bolsa. Me dicen que le diga que ya vamos todos para allá.
Y se dispusieron a salir por donde entraron; pero no contaban con que en la puerta, a escasos metros, les esperaban dos dotaciones de la policía del distrito quienes les apuntaban con sus armas.

Noticia local de última hora:
Conocido médico implicado en un robo.
El célebre cirujano Luis Navarro ha sido detenido junto a dos de sus presuntos compinches en una operación llevada a cabo por la policía del distrito de esta localidad. Al parecer, el famoso cirujano, experto en abrir órganos con su bisturí, se ha venido especializando en los últimos tiempos en abrir también cajas de seguridad de algunas empresas a las que han venido saqueando últimamente.
El caso ha sido puesto a disposición de los tribunales de justicia. Y blablablá.



Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 25 de febrero de 2019

Están aquí



Diógenes Pulido, en una carta enviada recientemente al director de La Charca Literaria, denuncia lo que está pasando. Algo realmente grave: los extraterrestres ya están aquí. Han adoptado forma humana para pasar desapercibidos. Como en aquella vieja película titulada La invasión de los ladrones de cuerpos, o en la serie televisiva V, adoptan nuestros rasgos y se van situando en la sociedad, haciéndose poco a poco con el control de todo.

Les recomiendo leer dicha carta en el enlace adjunto, si bien me permito citar textualmente algunas de sus frases: 

"Aunque disimulan muy bien su origen y sus intenciones, siempre hay algún gesto que los delata. Fíjense, por ejemplo, en el presidente norteamericano. Su piel, su cabello... no son del todo naturales. ¿Habrá un reptil bajo la epidermis? Parece sacado de una película, recién maquillado y peinado, para dar el pego. Reparen en el fondo de sus mensajes. Van encaminados a la destrucción. Está deseando destapar con sus bravatas y provocaciones la caja de los truenos. Siempre amenazante, como si la paz mundial no fuera su objetivo. (...) O la mirada gélida, que te hiela el alma -como de saurio-, del mandatario ruso. O ese afán por destruir la convivencia por parte de todas esas formaciones políticas extremistas, partidarias de recortar las conquistas sociales habidas hasta la fecha, siempre amenazando o despreciando a los colectivos más vulnerables, como inmigrantes, gays, mujeres maltratadas, etc. O esos que quieren a toda costa, al precio que sea, independizarse del estado al que pertenecen desde siglos... ¿No es evidente que todo va encaminado al desastre, a la destrucción global del planeta?" 

La carta al director que se publicó en este medio amigo hace poco y que escribió el señor Diógenes Pulido me ha hecho reflexionar y, además, traer aquí a colación unos interesantes testimonios de ciudadanos españoles que podrían arrojar luz sobre el tema. 
Dos personas hablan sobre la certeza de que estamos siendo invadidos por extraterrestres: 

1.-    Testimonio de Angelines Pérez, editora senior de Monitor Deloitte España:

"Subiendo el otro día en el ascensor caí en la cuenta. ¡Dios, qué ciega había estado hasta ahora! Cruzarme todos los días con alguno y no percatarme de nada. Esas miradas vacías, sin luz y sin brillo. Esas muecas que pretenden ser sonrisas. Hasta que monté en el ascensor y todo se me aclaró de repente. Lo había cogido en la planta baja. Iba vacío. Y cuando ya se cerraban las puertas, un hombre trajeado con cara de preocupación logró bloquear el cierre y entrar. Parecía absorto en algo, como distraído por algún pensamiento. Le conocía de otras veces, era el director de la sucursal bancaria que había en el edificio aquel de oficinas. Cuando subió detrás de mí, le pregunté a qué piso iba, si subía o bajaba al parking. Y se me quedó mirando un instante con una expresión de imbecilidad absoluta, luego dirigió confuso su vista hacia los botones con los números de los pisos, tragó saliva y por un instante abrió la boca y salió de ella una lengua larga y bífida como la de las serpientes, a su vez se le escapó una especie de siseo que parecía salir del fondo de su garganta. Enseguida sacudió la cabeza, como despertando de una modorra involuntaria y, disimulando lo que pudo, masculló una disculpa, algo así como perdone, estaba distraído, pensando en otra cosa. Voy al cuarto piso, gracias. 
Me quedé sin habla." 

2.-   Testimonio de Auxemio González, electricista autónomo:  

"Estuve en el mitin del nuevo partido político que se presenta a las próximas elecciones generales después de arrasar a nivel local en dos Comunidades Autónomas. La verdad es que nunca me había involucrado con ninguna formación hasta el punto de asistir a mítines como hacía ahora; pero sin duda me movió a ello el desencanto personal por la situación de desgobierno que atravesaba el país en esos momentos. También ese hablar claro y esa voluntad de hacer las cosas como Dios manda, inyectaron en mi ánimo una sensación nueva. Cuando salió el líder, pulcro, sonriente y pleno de energía, todos nos pusimos en pie, agitamos nuestras banderas y, enfervorizados, aplaudimos a rabiar y coreamos, como una sola voz, las consignas patrióticas que siempre nos diferenciaron de los otros grupos y formaciones. ¡Tenía la sensación de estar participando en algo grande! Hasta que acabó el acto. Todos los allí presentes teníamos la ilusión de estrechar la mano de nuestro amado líder. Y yo tuve la suerte de estar situado junto a la puerta del recinto por la que tenía él que salir a su regreso en compañía de sus guardaespaldas. Cuando ya se aproximaba, salí a su encuentro con la mano tendida. Y tropecé en el recorrido hasta darme de bruces con él. Creo que hubo una mala interpretación de mi gesto por parte de alguno de sus fornidos acompañantes porque, confundidos por mi torpeza, creyeron que se trataba de un intento de agresión y, de mala manera, uno de ellos, rapado y con gafas de sol, retorciéndome un brazo, me apartó de su camino y, de un tremendo empujón, me arrojó a un lado. Gracias a aquello me di cuenta de dos cosas (aparte del tremendo dolor de brazo): una, que el guardaespaldas aquel llevaba una pistola bajo la chaqueta; dos, la mirada que me echó el líder: dura, fría. No era humana. Por un instante, como un relámpago, me pareció que uno de sus ojos tenía una pupila alargada y vertical, sin párpados, con un extraño movimiento del cristalino, como ocurre con algunas serpientes... Me estremecí. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, como si hubiera visto la imagen viva de la muerte. Entonces fue cuando comprendí que habíamos sido invadidos por extraterrestres y que venían a destruirnos."






jueves, 14 de febrero de 2019

Amor vago


Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.


Relato publicado en La Charca Literaria