martes, 14 de agosto de 2018

Preparando el blog

Cádiz. Foto del autor

Ya vamos calentando motores. Volvemos en septiembre con el blog remozado. De "Historias que no son cuentos" a "Cuentos que pueden ser historias". El anterior tenía demasiada madera. Ya cansaba. Las tablas que, en un principio daban un tono de mayor calidez, se fueron convirtiendo en algo cerrado y agobiante como las cajas de embalaje o esas otras reservadas como morada final tras el fatídico día. Por eso he sustituido el fondo por otro más libre y acuoso, con esas gotitas que salpican  por todas partes y esa imagen de la cabecera con el mar de fondo...
Nos vemos muy pronto.

domingo, 15 de julio de 2018

Vecinos




—¿Has oído eso, Marcos? 
—¡Maldita sea! Ya empezamos de nuevo con la sinfonía. 

Quien preguntaba era Marta. Y quien contestaba era Marcos. El asunto: los ruidos que se producían en el piso de arriba. Desde hacía unos meses, se habían instalado allí nuevos vecinos. Una pareja mayor, un tanto enigmática, parca en palabras, dos personas con el pelo canoso y aspecto de jubilados con cara de pocos amigos, que apenas salían de casa y que, al parecer, debían dormir también poco pues se les oía hasta muy tarde, hablando alto y trajinando hasta altas horas de la madrugada. Algo así como un correr de muebles, acompañado de golpes secos y de frases expresadas con cierta contundencia. Ella parecía recriminar al hombre: 

—Déjalo ya, Vincent. Es tarde. 
—Cuando se esté quieto. Este maldito cielo que veo tras la ventana no hace más que moverse. Así no hay quien acabe de pintar el cuadro. 
 —El cielo no se mueve. Vas a acabar conmigo. Estás para que te ingresen. 
 —Tú sí que estás como un cencerro, vieja puñetera. Ya me lo advirtió mi hermano Theo.
—¿Yo? ¿Tú has visto que el cielo tenga esos remolinos? ¿Y crees acaso que esos colores tan chillones y esas luces que usas responden a la realidad? Tú sí que estás para el psiquiátrico. 
—Enorme ingratitud la tuya cuando olvidas que te recogí de la calle. 
—Pronto has olvidado que fui yo quien te sacó del arroyo. Si no hubiera sido por el dinero que tenía ahorrado, tú no te podrías haber dedicado a la pintura. Hay que estar muy mal para cortarse un trozo de oreja. Háztelo mirar. 




Y así, como un ritual cada noche, la misma conversación, el mismo tono agrio, las mismas voces, los mismos golpes en la mesa, el mismo correr de sillas y enseres, la misma angustia para los vecinos del piso inferior que asistían atónitos cada día, como público de la primera fila, a semejante teatrillo desquiciante. 

 —Habrá que decirles algo, Marcos. Así no podemos seguir. 

Y Marcos, al día siguiente, subía el tramo de escaleras y llamaba a la puerta de los vecinos. 
Y una señora mayor con gesto serio y poco comunicativo abría desconfiada diez centímetros la puerta, lo que daba de sí la cadena de seguridad. 
Y ella, qué desea. 
Y él planteando la queja educadamente. 
Y ella, no podemos ser nosotros porque nos acostamos muy temprano, a eso de las diez. 
Y él, sin dar crédito a lo que oía, tan solo indicar que se oía encima de su dormitorio y que no podían dormir. 
Y ella, serán los vecinos del piso de al lado. 
Y luego, bajar las escaleras sin saber qué decir a Marta. 
Y Marta, tienes que ser más duro, amenazarles con llamar a la policía. 
Y Marcos, sube tú. 
Y ella, la próxima subiré yo, descuida. 
Y así todos los días. 
Y lo mismo. 
Y una y otra vez subiendo Marta y luego Marcos y al otro día de nuevo Marta. 
Y otra vez Marcos. 
Y las mismas respuestas. 
Y el hastío y el cabreo. 
Y el hartazgo que condujo finalmente a la denuncia. 
Y la policía llevó sus bártulos y desde el piso de ellos, con un equipo especial, grabó los decibelios de los de arriba durante varios días seguidos y a distintas horas. 

Y hubo juicio. Luego vino la multa. 
Al parecer, según los expertos geriatras que dieron su testimonio tras analizar detenidamente el asunto, no había nada intencionado en el comportamiento de los dos jubilados, simplemente eran “sonámbulos especialistas en sueño sincronizado reiterativo”, una modalidad rara que se adquiere después de toda una vida en común, y que por la noche cada uno interpretaba su papel: él era un pintor frustrado y ella su amante y sufridora. Y el juez les rebajó sustancialmente la multa si se acogían a un tratamiento clínico de trastorno del sueño durante algunos días con seguimiento de un especialista. Y hubo acuerdo entre las partes. Y a la clínica se fueron los dos vejetes y les pusieron la cabeza, las piernas y los brazos llenos de cables y electrodos para registrar los impulsos durante el sueño. Y así, con ayuda de alguna medicación, tratar de reeducarles en el uso correcto de sus horas de descanso nocturno. 
Y finalmente respiraron aliviados Marta y Marcos. La pesadilla -por fin- parecía llegar a su término. 
Hasta una semana después. 
Justo una semana después, por la noche, tras meterse Marta y Marcos entre las sábanas… empezó una nueva función. Lo que se oía ahora era lo más parecido a una película de guerra en un "home cinema", a todo volumen, con ruido de balas y obuses que estallaban por doquier. 



 —¡Nos han descubierto, Charly! — se le oía gritar a ella con el estruendo de la batalla de fondo—. ¡El enemigo tiene nuestra posición, pero no le va a ser fácil acabar con nosotros. Hemos perdido una batalla, pero la guerra continúa! 
 —¡Habrá que hablar con el capitán para que nos envíen refuerzos —respondía él—. Mientras tanto hemos de seguir a cubierto! 
 —¡La radio no funciona! ¡Espero que mañana esté aquí Douglas para darle instrucciones. Le trasmitiremos nuestras necesidades para poder resistir. Mientras, haremos turnos de guardia! 
 —¡Empiezo yo! ¡Necesitaría coger antes un par de granadas de mano y un cargador completo para el fusil. La noche es larga y nunca se sabe por dónde vendrá el ataque del enemigo! 
 —¡No te duermas y vigila bien! ¡Monta también la ametralladora en aquel repecho! 
 —¡¿Qué dices del pecho?! 
 —¡El RE- PE- CHO, que cada día estás más sordo! 
 —¡Descuida, Flánagan! 
 —¡Agáchate, Charly, nos están atacando!—decía ella, gritando como una endemoniada.
 —¡Malditos cabrones, tomad plomo! ¡Boooooom! ¡Si creéis que vais a poder con nosotros, os vais a enterar! ¡La guerra no ha hecho más que empezar! 

 Y luego, toda la noche —y la otra, y la otra, y las siguientes también—se oyó un silbar de balas y estruendo de obuses.



¡Feliz verano a todos! ¡Y que los vecinos se porten bien!
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Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 18 de junio de 2018

Esquinas





Me pasé toda la noche de aquí para allá. Andando sin parar y sin venir a cuento. Eso al menos fue lo que soñé. Una pesadilla angustiosa que se repetía una y otra vez a lo largo de aquellas horas que se me antojaron  interminables.
Caminaba deprisa por una calle estrecha y solitaria de una vieja ciudad. Era de noche y no había un alma en la calle. Mis pasos resonaban en el pavimento. Y al doblar cada esquina, incluso antes de hacerlo, premonitoriamente, mi corazón se sobresaltaba porque sabía que a la vuelta me esperaba algo desagradable, un encuentro no deseado.
(…)
Siempre aparecía aquella figura siniestra y sin rostro, amenazante, pertrechada detrás de su sombrero y de su gabardina, una especie de gánster con el cigarrillo entre los labios, las manos en los bolsillos y la cara en sombra bajo el ala del chapeo…



-Escuchame, forro. No te hagás el pelotudo. Andate a la concha de tu madre y dejate de joder.

Así de sopetón, con ese acento porteño que parecía sacado de una película de hampones de los años cincuenta rodada en Buenos Aires.
Una y otra vez. De esquina en esquina. De sobresalto en sobresalto. Así toda la noche. A veces, el  gánster de la gabardina dejaba el porteño y adoptaba un aire más castizo, más nacional:

-Escúchame, gilipollas. Sé de qué vas. Déjate de joder o te corto las pelotas.

Casi siempre en lengua española, en sus distintas formas locales, pero igual de amenazadoras.


¿Qué pasará? ¿Se cumplirán las amenazas? ¿Logrará el narrador darle “esquinazo” al gánster? Si no lo sabes, porque todavía no leíste el libro, la explicación la tienes en 

miércoles, 13 de junio de 2018

Insectos




Dípteros, ortópteros, tricópteros, himenópteros…
Invertebrados artrópodos.
Gigantes de Gulliver, como el escarabajo-elefante sudamericano o el “goliath” africano.
Todas las industrias, aficiones, artes y oficios tienen su insecto.
Enterradores carroñeros, polillas que juegan al escondite, arañas tejedoras, migalas caníbales, insectos cantantes como la cigarra o el grillo, insectos carpinteros, insectos- espantajo como la polilla esfinge o la mariposa búho. Y donde hay agua: barqueros, nadadores, piratas y pescadores. Hay hormigas albañiles, mineras, ingenieras, granjeras, militares, esclavas, sepultureras.
Hay insectos- ogro que devoran a otros insectos, como la mantis, la tarántula, las libélulas o las aparentemente inofensivas mariquitas que devoran sin demasiados miramientos a los pulgones.
Todas las grandezas y miserias, todas las virtudes y todos los defectos que podamos encontrar en las actividades humanas tienen un referente en el mundo de los insectos.


Fragmento de un capítulo de “Desde el laberinto”




martes, 5 de junio de 2018

La bonita historia del mero que se enamora de un cangrejo ermitaño



Él era un mero mero, más simple que una sardina de Barbate; y ella, un cangrejo —o cangreja, no se me enfade nadie— hembra. 
Se habían conocido casualmente. De pasada. El pez iba buscando su sustento entre piedras y algas y se topó con la caracola que hace las veces de hogar. El cangrejo hembra, que andaba fuera, se escondió rápidamente pues intuía cierto peligro. De todos es sabido que el mero se suele alimentar de otros peces más pequeños, de crustáceos y de diminutos pulpos. Pero no se atrevió con la caracola ni con la ermitaña. 
Cuando ella salió un momento a cotillear, él quedó prendado de su armoniosa figura y de sus ojos saltones. Vamos, que se enamoró hasta las trancas, mejor dicho, hasta las agallas. Desde el primer momento, el mero puso mucho esmero en el trato. Como en el mar no se estilan las flores, para agasajarla, le traía porquería, trozos de peces muertos y esas cosas, ya sabemos que estos bichos son carroñeros. 
A ella, al principio, el mero le daba un poco de respeto, con esa bocota tan grande; pero con el tiempo se acostumbró. Hasta se dieron algún pico. Ella le quiso invitar a su casa, pero era demasiado pequeña; así que tuvieron que mantener su relación fuera de la concha. Con el sexo lo tuvieron algo difícil. Él se pinchaba mucho cada vez que lo intentaba y eso quitaba pasión al acto. Así que decidieron mantener una relación platónica; sobre todo él, que un día lo pescaron y acabó "en el plato" de un abogado de Albacete. Ella aprovechó para mudarse de casa.


Cuento publicado en La Charca Literaria