martes, 21 de febrero de 2017

¿Qué diantres es eso de “La Charca Literaria”?



Érase una vez, en un idílico país, un lugar donde se congregaban alegremente bichejos y sabandijas de diversa procedencia y pelaje con el fin de dar a conocer al resto del mundo sus textos en forma de narrativa, poesía o artículos de opinión, “un espacio de libre creación”, como se puede leer en la página de facebook, “y un lugar de encuentro para amantes de las letras y el chapoteo.” 


“La Charca Literaria es una revista literaria digital que se difunde a través de las redes sociales. 
En sus aguas "cohabitan todo tipo de organismos: algas unicelulares, protozoos, ranas y sapos, libélulas, mosquitos, pececillos y tortugas, enhiestas aneas, inquietantes aves y un sinfín de gusarapos. 
Cada bicho puede colgar aquí sus textos, a la espera del lector casual." 
Se publica diariamente en Facebook, y, como los escolares, descansa los fines de semana y en tiempo de vacaciones. 
La lista de autores que colaboran en La Charca Literaria se va incrementando a medida que las aguas y los fangos se van extendiendo. Algunos de sus autores son recónditos. Escondidos entre los juncos de la charca y muy alejados del bullicio de los neones y del espectáculo de los medios de comunicación.” 



Dice Montse Galera, charquera de pro: 

“El 14 de diciembre del 2015, Anna Benítez del Canto nos abrió la puerta dándonos la bienvenida desde la sección “Ultramarinos y Coloniales”. 

Lo hizo así de bien: 

¿Ves esos caminos formados por letras? Síguelos, te llevarán a cada uno de los habitantes de la charca; zambúllete en la paradoja, la ironía, el sarcasmo o la metáfora. Hallarás emoción, secretos y rumores, sentimiento, realidades y fantasía, todo lo que necesitas para saber lo que se cuece en nuestra peculiar Charca Literaria.” 

Y desde entonces se han ido adhiriendo más de 50 autores de entre los que se cuentan primeras plumas como Pilar Pedraza o Lázaro Covadlo; escritores o bien con novelas publicadas como Cayetano Gea, Lluís Bosch o Jordi Ledesma —quien además tiene una obra en ciernes—, o con poemarios como Dani Izquierdo, Jaume Muñoz o Jorge Novak. Se beneficia La Charca de autores que escriben en revistas de cine como Juan Manuel García Ferrer o Carlos Tejeda o editores de revistas en papel como Ceferino Galán… por nombrar algunos, que no se puede a todos, entre muy buenos ensayistas, poetas, cuentistas, sufridores de dolencias varias catalogadas o no, y alguna plumilla que agradecería la bendición de un contagio. Con perdón. 
Estamos hablando de textos líquidos, como los define Miriam Soteras, a los que el lector pueden acceder desde cualquier dispositivo: ordenador, tablet, móvil… relativamente breves, dos grageas diarias disfrutables sin distracciones.” 


Ilustración de Santiago Sequeiros para la portada de la revista en Facebook 
  La editora Nicanora y el editor Nicanor en buena compañía.

Autores:  

Nacho Abad,  Area Martínez-Aitor Guezuraga-Julián Hernández,  Kez Balazkez, Perico Baranda,  Anna Benítez del Canto,  Lluís Bosch,  Albert Bover,  Francesc Cornadó, Lázaro Covadlo, Carmen Cuenca, José Martín Cuesta, Carlos de Diego, El Abuelito Maníaco, El editor Nicanor, Escribo con La Zurda, Danilo Facelli, Francisca Ferrer Gimeno, Francisco Ferrer Lerín, FranK G. Rubio, Ceferino Galán, Montse Galera, J. M. García Ferrer, Elena Garnelo, Cayetano Gea, Teodoro Gómez, Ana Grandal, Javier Herrero, Ignacio Iglesias, Marga Iriarte, Dani Izquierdo, Jordi Ledesma, Lolita Lagarto, Juan López, Evaristo Maglione, Manolo Marcos, Luisa Martina, Marta Millaret, Cristina Mirinda, Pere Montaner, Jaume Muñoz, Iñaki Nazabal, Jorge Novak Stojsic, Pilar Pedraza, Sergi Puertas, Lukas Reig, Jade Sal, Felipe Sérvulo, Sícoris, Marcial Sileno, Myriam Soteras, Carlos Tejeda, Albert Tugues, Pedro Vera, Joan Vigó, Jorge Villasol, Nuria Viuda. 



Están todos ustedes invitados a visitar nuestra Charca. 

¿Dónde encontrarnos? 

En la página web: http://lacharcaliteraria.com/ 

O en la página de Facebook: https://www.facebook.com/charcaliteraria/

miércoles, 15 de febrero de 2017

Añicos


Cuidado con los cristales restaurados. Si los fragmentos no se encajan debidamente en su sitio, pueden jugarnos malas pasadas.


"Puede ocurrir que te mires al espejo del cuarto de baño y descubras delante de ti a otra persona que se está aseando con tu cepillo y tu pasta fluorada y te enseña los dientes. O que te acerques a la ventana un día radiante de verano y compruebes que al otro lado del cristal  está nevando o hace un viento horrible. O que detrás del escaparate de una tienda haya un maniquí haciéndote un gesto obsceno con el índice de una mano hacia arriba. O que en el documental de la tele, en vez de bellas imágenes sobre gaviotas buscando su ración de porquería en las costas de Ítaca, aparezca la verdadera programación basura con todos sus hediondos y repugnantes gusanos reales. Entonces y solo entonces debes coger un martillo y hacer trizas, de una vez por todas, el maldito cristal del  televisor."


Fragmento de un capítulo de "Desde el laberinto"
Un libro publicado tan solo en papel. No disponible en librerías. 
Más información:  geaberca@gmail.com





miércoles, 8 de febrero de 2017

La expulsión de los moriscos



Primero fueron los de Castilla, Valencia y Andalucía. Luego os tocó a vosotros…

 "Primeramente, que todos los moriscos deste reino, así hombres como mugeres, con sus hijos, dentro de tres dias de como fuere publicado este bando en los lugares donde cada uno vive y tiene su casa, salgan dél, y vayan á embarcarse á la parte donde el comisario, que fuere á tratar desto, les ordenare, siguiéndole y sus órdenes; llevando consigo de sus haciendas los muebles, lo que pudieren en sus personas, para embarcarse en las galeras y navíos…”(1) 

Lo tuvisteis que dejar todo, vuestro trabajo, vuestros hogares, vuestras pertenencias que no pudisteis llevar con vosotros. Y rápido. Todo en pocos días… 

 "Que cualquiera de los dichos moriscos que publicado este bando, y cumplidos los tres días fuese hallado desmandado fuera de su propio lugar, por caminos ó otros lugares hasta que sea hecha la primera embarcación, pueda cualquiera persona, sin incurrir en pena alguna, prenderle y desbalijarle, entregándole al Justicia del lugar mas cercano, y si se defendiere lo pueda matar.” 

Por eso cuando asaltaban a los vuestros por los caminos cuando marchaban al exilio camino del puerto de los Alfaques en Tarragona, los ojos inyectados de sangre, los cuchillos preparados para la matanza del infiel, aquella chusma enloquecida y jaleada por los de arriba, se lanzaban al degüello para quitarles lo poco que se habían podido llevar consigo, las pocas pertenencias… porque allá quedaban sus tierras, sus casas, su pasado… 
Por eso entonabas tu plegaria, para que tu Dios te fuera propicio: 

“Allah ya rabbi rabbi/ ye Muhammad darabi/ ye verdadero annabi/ de arabbi de arabbi. / Es Allah solo i señero/ de sin ningún aparcero/ i Muhammad su mensayero/ kon todo fue verdadero/ y el alislem mi Adin./ Allah ya rabbi rabbi/ ye Muhammad darabi / ye verdadero annabi / de arabbi de arabbi.”(2) 



Tuviste suerte, iba a decir, porque tú y tu familia lograsteis llegar al puerto y embarcar. No fuiste uno de los que se quedaron por los caminos rumbo al puerto. Para muchos cristianos viejos, los moriscos eran seres inferiores sin derechos. Por eso eran frecuentes los asaltos a manos de bandas que robaban y mataban a los que se topaban en el camino. Era frecuente ver los caminos atestados de cadáveres. 
Iba a decirte también que esa costumbre quedó como práctica nacional en otros conflictos que se dieron en nuestra historia posteriormente. 
También tuviste buena fortuna –si es que se puede usar ese término- en la travesía. Algunos compatriotas tuyos de Valencia y Andalucía fueron maltratados, robados, obligados a dejar sus pertenencias a los dueños de los barcos a cambio del pasaje o directamente asesinados y arrojados al mar. Hasta hubo algunos que fueron abandonados en islas desiertas y sus mujeres e hijos hechos esclavos. Fueron muchos los que no llegaron a su destino. 
Luego llegaste a Tunicia para empezar una nueva vida. Lograste establecerte en un arrabal próximo al centro de la capital. Los que vinieron después ya no tuvieron tanta suerte y hubieron de instalarse en zonas peores y no tan bien situadas como Ghar-el-Melh o Ras Djebel. Pero diste gracias al Hacedor por haber llegado vivos tu familia y tú y poder empezar allí una vida de nuevo. 

Ahora te hablo desde la distancia y la objetividad que permiten los siglos transcurridos, sin pasión, independientemente de los credos, que en mi opinión no nos hacen ni buenos ni malos, para decirte que la expulsión que se inició en 1609 fue un fracaso en todos los sentidos. 
Un fracaso económico y demográfico que supuso la ruina para la economía española. 
Pero también un fracaso moral. Y ese es más difícil de subsanar. El tiempo no lo cura todo.
 ____________ 

(1) Bando general de expulsión de los moriscos, 22 de septiembre de 1609. Folio 34 de la Mano 50 de Mandamientos y embargos de la corte civil de Valencia del año 1611. 
(2) Textos aljamiados. Poesía religiosa morisca , M. Manzanares de Cirre Bulletin Hispanique. Año 1970. Volumen 72. Número 3 pp. 311-327. Enlace: http://www.persee.fr/web/revues/home/prescript/article/hispa_0007-4640_1970_num_72_3_4018

lunes, 30 de enero de 2017

1609 - 1610



La expulsión de los moriscos fue una operación ordenada por Felipe III y que se llevó a cabo de forma escalonada. Primero fueron los de Valencia, luego los de Extremadura, Andalucía, las dos Castillas, Aragón, Murcia…



Alonso Álvarez, así te viniste a llamar tras el bautizo obligado, así te lo impuso tu padrino, Hernando Pellizo, un cristiano viejo del lugar; pero en tu círculo íntimo te hacías llamar Alí Al Baari… 
Naciste en Qalat al Ayyub. Tus padres y tus abuelos también vieron la luz primera en esa espléndida localidad aragonesa. Ellos eran conocidos como “mestres”, sobrenombre o alias para identificar a los “maestros- artesanos” que en el caso de tu familia se dedicaban a la fabricación de cántaros de barro, oficio que se fue transmitiendo de padres a hijos, últimamente en decadencia entre los de tu generación por el mayor desarrollo del trabajo en las huertas. 
Fuiste una de las sesenta mil personas que entre junio y septiembre de 1610 tuvisteis que abandonarlo todo y marchar al destierro. Antes que vosotros hubo otros muchos de otras tierras que también fueron obligados a irse. 
Toda tu vida fue el trabajo. Nunca hiciste mal a nadie. 
Pero alguien ha de pagar por las torpezas ajenas. 
Os eligieron a vosotros porque tras las derrotas en Flandes había que servir buena carnaza a los españoles con una victoria fácil pero jugosa. 
Ya sabes, al populacho hay que contentarlo, apaciguarlo… La envidia es muy mala consejera. También la ignorancia, el miedo, la superstición… Bulos que circulaban sin ningún fundamento, como que estabais confabulados con los turcos o que envenenabais los pozos o que os hacíais médicos para matar a los pacientes cristianos. Una barbaridad y una mentira. Pero con ello el valido del rey vio el cielo abierto para matar dos pájaros de un tiro: tranquilizar al personal, darle su ración de carroña y de paso forrarse el bolsillo con las propiedades ajenas. 
Y eso que los tuyos hacían considerables esfuerzos para parecer devotos ante los ojos de los cristianos viejos y, como les pasó en su día a los judíos, no ser calificados de “marranos”, o sea de fingir ser cristianos y seguir en la clandestinidad practicando su antigua fe. 
Muchos incluso hacían ostentación en lugar bien visible de su “mesa de matanza” para mostrar a todo el mundo que en esas casas se comía carne de cerdo. 
Pero sirvió de poco. Hacía falta buscar un chivo expiatorio. Y lo encontraron. 
Algunos caldearon el ambiente con declaraciones incendiarias nada cristianas ni piadosas. 
Jaime Bleda, el inquisidor de Valencia, era partidario de una masacre colectiva o, en su defecto, de una expulsión total. Propuso vender 50.000 moriscos a las Indias a 400 escudos cada uno, como suelen venderse los negros, lo que redundaría en beneficio de las arcas reales y aliviaría “pechos y alcabalas”. O si no “quitar la vida a los mayores y confiscar las haziendas y que todo lo que se dize para entretener y alargar es sophistería de los defensores, con que procuran de llevar engañados a los ministros reales muchos años ha”. (1) 




El arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, santo para la Iglesia católica, pretendía nada menos que se esclavizara a todos los varones y enviarlos a las minas a las Indias. Llegando a sostener que sería licito exterminar físicamente a quienes considera apóstatas y traidores, pero lo desaconseja "porque el degollar tanta gente causaría general horror y lástima" (2). Su opción final vuelve a ser la expulsión. 
Y en esta macabra maniobra se involucraron incluso personas allegadas al propio rey Felipe III, un hombre sin voluntad ni inteligencia que se dejaba manipular fácilmente. Su propia esposa, Margarita de Austria, estaba detrás de esto, también el valido, el Duque de Lerma, un sinvergüenza que luego se enriqueció a costa de vuestras propiedades. Entre todos prepararon un plan para echaros. 
La rebelión de las Alpujarras de los moriscos granadinos os hizo mucho daño, también las incursiones de los piratas berberiscos en la costa levantina. Muchos veían una colaboración vuestra con los turcos, una “quinta columna” latente dentro del territorio cristiano. Pero la realidad es que la mayoría de vosotros estabais volcados con el trabajo en la agricultura y la gran preocupación era la de sacar vuestras familias adelante… 
Por eso os pareció tan injusto el decreto real… 
El decreto infame, cruel e inhumano, impropio de gentes cristianas. 
Habías nacido en esta tierra. Tus padres también. Y los padres de tus padres. No habías conocido otra. Era el lugar en donde habías crecido, en donde habías conocido a tu mujer, Nuzeya, con la que habías tenido tus hijos. Y ahora, debido a no sé qué oscuras razones, debías abandonarlo todo, renunciar a tus raíces, a una parte importante de tu vida, de ti. Despojarte de todos tus bienes y marchar a un lugar de la Berbería, ajeno y desconocido, sin saber qué te depararía el destino, si serías bien recibido allí, porque para ellos tú sólo eras un extranjero del que debían desconfiar porque supuestamente habíais renegado del Islam para convertiros al cristianismo. Pero os teníais que ir. Así lo ordenaba el decreto, un decreto real por el que se decidía vuestra expulsión.

(Continúa...) 

(1) Notas sobre la predicación e instrucción religiosa de los moriscos en Valencia a principios del siglo XVII, Eugenio Císcar Pallarés. Pág. 209 Revista de historia moderna, ISSN 0210-9093, Nº 15, 1989, págs. 205-244 
(2) Citado en http://moriscostunez.blogspot.com.es/2008/12/juan-de-ribera-fue-una-figura-clave-en.ht

Fragmento de un capítulo de "En la frontera"
Un pdf de descarga gratuita.

martes, 24 de enero de 2017

Octubre, 1936 ( y 2)


Una guerra fratricida, con criminales en ambos bandos 
y mucha gente inocente víctima de las atrocidades 
cometidas por terceras personas, donde no faltaron los ajustes de cuentas, 
las venganzas personales, los viejos pleitos, las deudas,  las rencillas de familia.
En este caso, una localidad, distante de la capital unos 30 kilómetros 
por la carretera de Extremadura, tomada por los del bando nacional 
y las posteriores represalias hacia los que mostraron lealtad
al sistema republicano. 


Había pasado el día encerrado junto a más gente en aquel sótano húmedo y sombrío. Allí se enteró de todo. Al parecer, algunos habían hablado con los  que acababan de tomar el pueblo, donde no faltaban algunas decenas de falangistas, y empezaron a decir nombres que fueron apuntando en una lista. El maestro fue uno de los primeros en ser detenido. Fueron a por él y lo sacaron de su casa a golpes y empujones. A Lorenzo, el del bar, lo mataron allí mismo como a un perro. Cuando fueron en su busca se hizo fuerte con un cuchillo detrás de la barra y dijo a los falangistas que entraron “si tenéis huevos, venid vosotros a cogerme. Yo no me entrego.” Allí mismo lo frieron a tiros, delante de todo el mundo. También se llevaron después de destrozarle todo el negocio a Luis el de la Flora. Con lo que le había costado montar la tienda de “coloniales”. A este y a otros los condujeron a la parte alta del pueblo. Sabía perfectamente que no los volvería a ver.
En aquel sótano frío,  cerca de los soportales de la plaza, una vieja cueva excavada en el subsuelo a modo de bodega, una de las muchas que había por el pueblo, pasó varias horas. No sabía cuántas. Había perdido la noción del tiempo,  porque en aquel lugar no entraba un rayo de luz de la calle. Un sótano húmedo y oscuro y que sin embargo no le  impedía que su cuerpo fabricara un sudor nervioso producto del miedo y no del calor, que hacía que se le pegara la camisa al cuerpo, produciéndole una incómoda tiritona.
Pisoteado, vejado, humillado, reducido a la mínima expresión de ser vivo, convertido en una cosa, en un objeto, entre restos de sangre reseca y olor acre  a ropa sucia,  a orina, a sitio mal ventilado.
Los insultos y los golpes, el aislamiento, el miedo al dolor y a morir, habían logrado su cometido: privarle de su dignidad, de su condición humana, degradarle, destruirle psicológicamente, aniquilarle, convertirle en un guiñapo, en una piltrafa, en un trozo de carne derrotada que ya no le pertenecía a él sino a sus verdugos.
Ahora quedaban muy lejos los proyectos, los planes de futuro que había ido trazando con su mujer desde hacía unas pocas semanas, aquella nueva casa a la que se iban a trasladar muy pronto, en cuanto  los campos, expropiados no hace mucho en virtud de la Reforma Agraria ahora abortada, empezaran a dar el fruto esperado de tanto esfuerzo, de tantas ilusiones, de tantas horas de trabajo que en ellos habían invertido. Pero el recuerdo quedaba empañado por la cruda realidad. El dolor y el miedo le hicieron volver al presente del que no esperaba nada bueno.



Sabía que de esta no iba a salir vivo. Casi deseaba que todo terminara cuanto antes, que le sacaran de allí de una vez y que pusieran fin a este suplicio.
En todo el rato que estuvo allí no había probado bocado, ni agua tan siquiera. A los demás se los fueron llevando de allí de uno en uno, de dos en dos. Luego le tocó su turno. Él fue el último de los que apresaron ese día.

- Todos los rojos de mierda como tú vais a acabar así. Vuestras mujeres y vuestros hijos van a lamentarlo. Les esperan muchos días malos, mucho sufrimiento, muchas penalidades. Van a pagar por todo lo que habéis hecho. Ahora ponte de rodillas y suplica por tu vida. Vamos. A qué esperas. No tienes cojones ahora para ponerte gallito ¿verdad?

Maniatado y de rodillas ante la zanja abierta aún tuvo tiempo de pensar por un instante en los suyos, en lo desamparados que iban a quedar a merced de estas alimañas hambrientas. Cristianos que no entienden de compasión ni de perdón. Tuvo ganas de llorar. No por él, sino por los suyos. Pero fue incapaz de fabricar nuevas lágrimas.
Luego oyó una orden tras la que sobrevino una descarga de fusiles, acompañada de un golpe seco, de un crujido. Y una nube espesa, llena de oscuridad y muerte, irrumpió en su cabeza. Después todo fue silencio.

El sol rojizo comienza a ocultarse en el horizonte. Cae la tarde.

Fragmento de un capítulo de "En la frontera", un pdf de descarga gratuita.