lunes, 15 de abril de 2019

La magia de la lectura


Cuando era muy joven tenía un tesoro en mi habitación: una estantería repleta de libros; siempre oliendo a esa combinación de madera y papeles encerrados entre tapas satinadas. 
Y allí se encontraban Guillermo Brown y sus incondicionales proscritos, Sitting Bull y las infinitas praderas, Ulises y la diosa Circe, los solitarios del océano, el escarabajo de oro y los misterios de la calle La Morgue, la caja de yesca y el viejo conciliasueños, el Gun Club de Baltimore, los jinetes indios cabalgando a pelo sus monturas, las oscuras golondrinas de Bécquer, el avaro Scrooge, el plano del tesoro y un barco lleno de piratas… 
Si cogía, por ejemplo, El árbol del ahorcado, y echaba un vistazo a su interior, durante un breve segundo mi cerebro registraba una ensoñación, un espejismo: el movimiento vertiginoso de un remolino de arena típico de los desiertos…. Por eso, cuando cerraba de golpe el libro, como se cierra una puerta —¡blam!—, un espeso muro de silencio y polvo se levantaba en medio de la habitación, y quedaba allí, en el aire, flotando unos instantes, como un ritual de seguridad que impedía el acceso a los intrusos. 
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Si te gusta leer, te ofrezco la posibilidad de compartir mi último trabajo:

Ida y vuelta. Viajes, retornos y reencuentros.

Puedes pedirme un libro en papel. O esperar a que se agoten las existencias y descargarte el pdf que pondré en su momento.

miércoles, 10 de abril de 2019

Noticia




Ya está aquí. Ya salió:
"Ida y vuelta". El resultado final de un proyecto que se inició hace casi dos años. 
Un libro de relatos que gira en torno al tema de los viajes. Espaciales y temporales; externos e internos; de largo recorrido y escapadas; reales e imaginarios; por la Tierra y por el cosmos;  a otros lugares y al interior de la persona; en barco, en tren o en platillo volante... En plan serio o en clave de humor, que de todo hay.

Se trata de un encargo a una imprenta en régimen de autopublicación. Ya sabéis, como Juan Palomo: maquetación del interior y diseño de la cubierta a cargo del propio autor. Luego se imprimen unas decenas de ejemplares y ya está. Sale relativamente barato. Así que, si alguien encuentra algún error en la maquetación  -que los habrá-, no cabe echarle la culpa a los de la imprenta.

El trabajo en cuestión es una manera de tener reunidos en papel muchos textos que andaban sueltos por ahí, en archivos varios del ordenador. La mayoría son inéditos, aunque algunos ya han sido publicados en mi blog o en sitios donde colaboro habitualmente. 

Aparte de esta breve edición en papel -no quiero, de momento, más aventuras editoriales- sacaré más adelante otra en pdf para que se la descargue gratuitamente el que desee, sobre todo pensando en los amigos de fuera de España, que lo tienen más difícil.

Pues eso: que el que quiera un ejemplar en papel, que me lo diga, que el asunto es limitado y que cuando se agote el libro físico, solo quedará la opción de descargárselo a partir del enlace que suministraré en su momento.

Mi correo electrónico: geaberca@gmail.com



jueves, 4 de abril de 2019

Regalos



—¿Has envuelto el regalo para la señora Lucía?— dijo mi madre en voz baja, mientras mi padre roncaba portentosamente con el sonido del televisor como ruido de fondo.
—Sí, ya lo tengo preparado.

En mi casa era una ceremonia diaria hacer una larga sobremesa tras la comida, sentados todos en el sofá de cuatro plazas, mientras veíamos los anuncios de la tele y mi padre echaba su habitual cabezada con la boca abierta.

—Este canal es un rollo —dijo Margarita—. Voy a cambiarlo. Apenas ponen anuncios.

Margarita era mi hermana, la pequeña de la casa, con la cara salpicada de pecas, cabello pelirrojo recogido en dos trenzas, con ese aspecto de niña traviesa al estilo de Pipi Calzaslargas.
Sí, en mi casa era una costumbre, casi un ritual, ver los anuncios de la tele mientras hacíamos la sobremesa tras la comida y mi padre roncaba como un poseso. Entre pedacito y pedacito de programa, la mayoría de los canales emitían publicidad en dosis masivas. También era una costumbre pelearme con mi hermana aprovechando que el cabeza de familia estaba ausente en brazos de Morfeo:

—No digas tonterías, Margarita —le respondí—. Todavía no han terminado los anuncios de este y tú ya quieres cambiar de canal. Por cierto, ¿cuándo vas a dejar de tomar el sol en la cara con un colador?
—Jajá. Mira el listo, que le han quedado cuatro asignaturas esta evaluación. Y viene dando lecciones.
—Niños, dejad de alborotar, que como se despierte vuestro padre os va a dar para el pelo. Y tú, Margarita, dame el mando que, cuando acaben estos, pondré los de la Cinco.

Creo que ya lo dije. En mi casa había tres deportes favoritos: pelearnos mi hermana y yo, roncar mi padre tras la comida y ver anuncios. ¡Ah! Se me olvidaba. También había otra afición: hacer regalos. Lo nuestro era compulsivo. Veíamos los anuncios de la tele y después desde el móvil hacíamos el pedido de lo que nos gustaba y a qué personas íbamos a regalar lo comprado. Todo cómodamente a través de una aplicación que nos habíamos bajado. Y pudiendo pagar las compras a plazos. El pedido podría tardar en llegar a nuestro domicilio un par de días. Y el mando de la tele siempre acababa en manos de mi madre. Era ella quien, al final, seleccionaba el canal de anuncios que debíamos ver. Era quien mandaba:

Señora, no deje pasar esta oportunidad: compre una docena de bragas Verónica y le regalamos un libro de Saulo Moelho, el escritor de moda.
Para el caballero, este elegante chaquetón estilo "paletó" a lo Fernando VII. Con él se sentirá el rey de la casa.

En ese momento se despertaba mi padre con la lengua estropajosa haciendo extraños ruidos o chasquidos con la boca, como mascando el aire:

—En esta casa no puede uno echar una cabezadita. Os vengo oyendo desde hace rato. Mira que habláis, como cotorras, sin parar.

Un divertido juego para toda la familia... Pensar o ganar. Usted elige. Un entretenimiento que penaliza al que se piense demasiado las respuestas.
Para esa vecina que tanto aprecia, le recomendamos el escuchador doméstico. Un vaso con amplificador incorporado que, puesto en la pared, hará que no se pierda nada de lo que hablan los del piso de al lado. Tenga un bonito detalle.

—Mira, Paco —dijo mi madre —. Eso es lo que le hemos comprado a la señora Lucía y que Luisito  le ha envuelto para bajárselo esta tarde.

Llévese bien con su jefe y regálele una noche de hotel en las Bermudas con todo incluido.

—Yo sí que le regalaba al mío un viaje lejos, pero con billete solo de ida. A ese, ni agua — afirmó Paco convencido.

Niños, no os perdáis el nuevo juego para vuestras maquinitas móviles:
“El cazadelincuentes”.
Una delicia que ya hace furor en los EEUU. Incorpora un rifle con mirada telescópica de alta precisión. ¡Si no puedes detener al delincuente, cázalo!

—¡Mami, yo lo quiero! —dije yo.
—Cuando apruebes lo que te queda. Te recuerdo que te han suspendido Protocolo, Finanzas, Consumo y Gestión empresarial. Nada menos que cuatro de las seis asignaturas importantes que se dan en Secundaria. Solo aprobaste Dibujo Técnico y Tecnología.
—Pues vaya rollo. Al final seguro que lo tendrán todos los de mi clase antes que yo.
—¡Chincha rabiña! —apostilló Margarita divertida.
—Esta niña es tonta —me defendí.
—Venga, callad ya los dos. Ya hablaremos cuando apruebes. Y tú, Margarita, deja en paz a tu hermano. Anda, Luisito, baja el regalo a doña Lucía.
—Vale, mamá.

Al cabo de un rato, regresaba yo tras entregar el regalo a la vecina.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó mi madre.
—Me ha dado las gracias y me ha entregado esto para ti. Dice que son unas zapatillas de andar por casa para que no metas ruido con los zapatos de tacón, que el piso parece un puticlub. También me ha dado esto —y le mostré un sobrecito cuadrado transparente que dejaba entrever un preservativo —. Es para papá. Dice que se lo ponga en el pito para no tener más nenes, que con dos en casa ya hay bastante jaleo.


Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 25 de marzo de 2019

De merluzas y merluzos



Muchas de las palabras de nuestro rico léxico tienen un trasfondo acuático, casi siempre marino. Todo se debe a esa época —bárbara, pero imaginativa— en la que las expresiones gruesas estaban mal vistas en los medios impresos. Y los tebeos —sobre todo los tebeos—, en vez de llamar a las cosas por su nombre, haciendo uso de nuestra enorme variedad de improperios sonoros de alto calibre, se llenaban de imprecaciones leves e insultos ligeros, políticamente correctos. Así, al igual que en las historias de El Capitán Trueno había mastuerzos, villanos y bellacos; a la par que en las publicaciones infantiles y juveniles tipo Pulgarcito se decía “caramba” o “pardiez”, como ejemplos modélicos de expresiones de asombro, también se llamaba al personal con los calificativos de percebe, merluzo, batracio, pedazo de atún… muy habituales entonces. Todo perteneciente al ámbito de la fauna marina. De aquí, se derivaron también expresiones muy recurrentes y muy nuestras, como “meter la gamba”, “no me junto con morralla”, “eres escurridizo como una anguila”, “te has puesto rojo como un salmonete”, “vas para atrás como los cangrejos”,  “cada uno arrima el ascua a su sardina”, “tienes memoria de pez”, “Fulanito pilló una buena merluza”, “este es un besugo”, “estás pez en la materia”, “me cago en la mar serena” o “mecachis en la mar”, “mengano es un pez gordo”, “por la boca muere el pez”, etc., etc.
El mar, siempre el mar, como fuente de inspiración.
“Mecachis en la mar”.
Curiosa forma verbal esa: yo mecachis, tú tecachis, él secachis…
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Trabajo publicado originariamente en La Charca Literaria





lunes, 18 de marzo de 2019

La competición



Éramos muchos. Tal vez demasiados corredores para una prueba de velocidad como aquella. Al principio sobre todo. Pero no resultaba fácil llegar a la meta, muchos se quedarían por el camino.
Habíamos estado concentrados desde mucho antes del inicio de la competición, preparándonos, mentalizándonos. Allí reunidos en un espacio relativamente pequeño, acumulando fuerzas para el gran día que ya se avecinaba.
Y de pronto, alguien dio la salida.
Partimos de allí a la carrera, con mucho ímpetu, en tromba. Íbamos frescos, descansados, con brío, ilusionados, entusiasmados por llegar a nuestro destino, por conseguir el triunfo. Nos jugábamos mucho en ello. Resultaba crucial en nuestra trayectoria profesional. Era un recorrido que demostraría la rapidez desarrollada por cada participante. No era un maratón de esos larguísimos donde lo que cuenta es la resistencia, el saber dosificar las energías para no gastarlas enseguida. Aquí lo importante era la capacidad de desplegar al cien por cien la aptitud de cada uno, imprimir la potencia máxima desde el inicio, sin mirar hacia atrás, pendientes tan solo de llegar en primer lugar. Aquí no valía llegar el segundo o el tercero. Solo había premio para uno, el que primero llegara a su destino. Y la meta estaba ahí, muy cerca…

Avanzábamos con denuedo por un camino estrecho. Ya quedaba poco. Luego, lo angosto del trayecto se modificó de repente y apareció ante nosotros uno más amplio, como si corriéramos en tropel dentro de un túnel recto y oscuro.  El recorrido llegó a su fin cuando, dejando a los demás fuera, fui capaz de entrar dentro del óvulo para fecundarlo. La victoria fue mía.



Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

domingo, 17 de marzo de 2019

La operación



Despacho de una empresa de materiales de construcción en las afueras de una gran ciudad. Dos hombres con cara de pocos amigos, de aspecto patibulario, de esos que te atracan en una esquina o te quitan la cartera en el metro, flanquean al doctor Navarro al que, en ese momento, le pasan un móvil pues alguien quiere hablar con él.
Vamos a ver. ¿Es usted el doctor Navarro?
Sí, dígame. ¿Con quién hablo?
Eso no importa. Digamos que soy el que manda a esta panda de mendrugos. Le pondré en situación. Tenemos muy poco tiempo.
Hable entonces. ¿Qué quieren de mí? Sus hombres me han sacado de mi casa sin contemplaciones y me han traído hasta aquí, apenas sin darme tiempo a vestirme. No sé qué quieren ustedes.
Mire. Es un poco lioso de entender, pero yo se lo voy a explicar. Ha habido una confusión. Se supone que dos de mis hombres, y yo acompañándoles, teníamos que llevar a Vasile al centro médico más cercano para que le extrajeran una bala. El idiota de él se puso a jugar esta madrugada con su pistola y él solito se pegó un tiro en el brazo izquierdo. Así que, además del atraco que teníamos previsto a primera hora de la mañana, la cosa se nos ha complicado pues era necesario además extraer la bala a nuestro amigo. Y no podíamos ir a un hospital en condiciones porque llamarían a la policía. Nos hemos tenido que conformar con un dispensario pequeñito, de esos de barrio, donde podemos fácilmente controlar a los que allí trabajan. Para no dejar nada en el aire, dispuse que otros dos colegas secuestraran a un cirujano experto en estos temas en su propio domicilio, o sea a usted, no fuera que en el centro médico del barrio no hubiera ningún especialista en este tipo de intervenciones, lo cual es lo habitual. Luego recogerían en el sitio indicado a Marcel, el experto en cajas fuertes. Dejarían al cirujano o sea, a usted, con nosotros y seguirían con el coche derechitos hasta el polígono industrial de Villaconejos para reventar la caja de seguridad de la empresa en la que usted, por una maldita equivocación, ha sido llevado en lugar de Marcel, en vez de ser conducido al centro médico, como era lo suyo. Vamos que lo han hecho todo al revés. ¡Maldita sea mi negra suerte! ¡Yo es que los mato! ¡Hatajo de idiotas con los que trabajo!
Creo que le sigo. Quiero entender que sus hombres se han liado, no han traído consigo al experto en abrir cajas de seguridad y me han llevado a mí en su lugar y al sitio equivocado, porque yo no sé abrir cajas fuertes, pero ustedes tampoco sabrán abrir una herida para extraer esa bala. ¿Estoy en lo cierto?
Está usted en lo cierto. Trabajo con una panda de inútiles que no dan una a derechas. El problema es que no tenemos apenas tiempo. Ni usted ni nosotros. Estamos cada uno en una punta distinta de la ciudad. Son las ocho y cuarto de la mañana, a las nueve o un poco antes entran a trabajar los de la empresa cuya caja pretendemos reventar, o sea donde está usted. Y aquí el panorama no es mejor. Si no le sacamos ya esa bala a Vasile, se nos desangra. Así que no hay otra salida. Por este teléfono usted nos irá dando instrucciones para extraer la bala a mi compañero y por otro teléfono uno de mis hombres, nuestro experto el amigo Marcel, le irá diciendo cómo entrar a la caja para hacernos con el dinero. Y solo puede ser usted, porque si sus manos son capaces de abrir una herida con precisión, lo serán también para abrir una maldita caja de seguridad. ¿Estamos?




Lo que me proponen es una barbaridad. No se puede hacer una intervención de ese tipo por teléfono. Vamos, ninguna de las dos, para ser más exactos ¿Se han vuelto ustedes locos?
Mire, matasanos. No hay tiempo para ir a buscarle porque Vasile se nos va. Así que colabore si no quiere que esos amigos que están con usted le amplíen el boquete del culo con la pistola. ¿Estamos? Pues, hala, sea usted bueno y colabore. ¡Venga, empecemos ya!
Bueno, parece que no tengo mucho donde elegir. Para empezar, mándenme un par de fotos por whatsapp para ver cómo está la herida.
Hecho. Se las mando ya mismo.
Lo segundo, limpien un poco la zona del balazo. Hay que desinfectar. Por allí habrá betadine, gasas, agua oxigenada o algo que ayude ¿no? Pregunten al personal del dispensario ese.
Sí, ya les hemos preguntado, parece que de eso hay algo. Ya le mando las fotos.
Vale. Espere, que dice uno de sus hombres que me ponga al otro teléfono.
¿Oiga? Le habla Marcel, el especialista en cajas de seguridad, el que tenía que estar ocupando su lugar. Mire en el despacho que está si hay algún cuadro horrible en la pared.
Sí, hay uno.
Mire detrás, a ver si está la caja.
Sí, en efecto, está detrás de ese cuadro horrible —el doctor tiene un teléfono pegado en cada oreja y habla indistintamente por uno y por otro, manteniendo dos conversaciones a la vez de forma alterna. Como ha de tener las manos disponibles para otros menesteres, los aparatos los sujetan los dos esbirros.


Cuadro horrible del despacho

A ver, deje que vea esas fotos… Tiene mal aspecto esa herida. Aunque, por el agujero, parece que se ha hecho con una bala de pequeño calibre. El destrozo no será excesivo. Tiene que localizar un bisturí sin usar. Venga… ¿Cómo dice? Ah, sí, que abra la puerta de la caja y posicione la rueda en el cero. ¿Y luego? …Luego haga un corte vertical que agrande un poco el agujero que ha hecho el proyectil. Necesitará gasas para limpiar la sangre. Mantengan presionada la zona del brazo que está entre la herida y el corazón. Se trata de evitar que sangre en exceso… No, no tiene llave, solo la rueda y una especie de tirador para abrir… Una vez abierta necesitaría unas pinzas esterilizadas. Me refiero a la herida, no a la caja. ¿Las tiene? … Sí, sí, posiciono la rueda en cero. Ya está… Se tiene que ayudar de algo que haga palanca o tope para impedir que la bala se mueva y así pueda extraerse mejor. Algo fino y, a ser posible, esterilizado… No, un bolígrafo no vale. No sea animal… No, no tengo ninguna palanqueta, solo veo una maldita rueda llena de números. ¿Cómo voy a tener yo una palanqueta? … Introduzca las pinzas con mucho cuidado pero sin que le tiemble el pulso. Es tan solo una cuestión de habilidad… Me dice usted que gire suavemente la muñeca hacia la derecha sin soltar la rueda. Ya lo hago… Usted gire también la mano que lleva la pinza, como intentando abrirse camino, en tirabuzón, la técnica del tornillo, pero poco. No es conveniente pasarse para no hacer desgarros innecesarios… ¿Un fonendoscopio? ¿Cómo voy a tener yo eso aquí si me han sacado de casa casi en pijama? … ¿Que pegue la oreja a la puerta de la caja? Sí, ya le he entendido. Creo que es para identificar un ruido distinto a los demás, según voy girando la rueda… ¿Dice que ya la tiene localizada? Yo también creo que ya lo tengo localizado. Se ha oído como un “crock”, como si la rueda encajara en un sitio diferente después de pasar por otros haciendo “crick crick”. En efecto. Hubo suerte. Ya está abierta la puerta de la caja… ¿Ya dio con la bala? Extráigala con cuidado. Ahora tenemos una caja abierta y una herida también abierta. Necesitarían darle unos puntos. No, a la caja no, a la herida de su amigo. ¡Ah! Que ya se encargan los del dispensario… Sí, esto ya está terminado. Sus hombres han guardado el dinero en la bolsa. Me dicen que le diga que ya vamos todos para allá.
Y se dispusieron a salir por donde entraron; pero no contaban con que en la puerta, a escasos metros, les esperaban dos dotaciones de la policía del distrito quienes les apuntaban con sus armas.

Noticia local de última hora:
Conocido médico implicado en un robo.
El célebre cirujano Luis Navarro ha sido detenido junto a dos de sus presuntos compinches en una operación llevada a cabo por la policía del distrito de esta localidad. Al parecer, el famoso cirujano, experto en abrir órganos con su bisturí, se ha venido especializando en los últimos tiempos en abrir también cajas de seguridad de algunas empresas a las que han venido saqueando últimamente.
El caso ha sido puesto a disposición de los tribunales de justicia. Y blablablá.



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lunes, 25 de febrero de 2019

Están aquí



Diógenes Pulido, en una carta enviada recientemente al director de La Charca Literaria, denuncia lo que está pasando. Algo realmente grave: los extraterrestres ya están aquí. Han adoptado forma humana para pasar desapercibidos. Como en aquella vieja película titulada La invasión de los ladrones de cuerpos, o en la serie televisiva V, adoptan nuestros rasgos y se van situando en la sociedad, haciéndose poco a poco con el control de todo.

Les recomiendo leer dicha carta en el enlace adjunto, si bien me permito citar textualmente algunas de sus frases: 

"Aunque disimulan muy bien su origen y sus intenciones, siempre hay algún gesto que los delata. Fíjense, por ejemplo, en el presidente norteamericano. Su piel, su cabello... no son del todo naturales. ¿Habrá un reptil bajo la epidermis? Parece sacado de una película, recién maquillado y peinado, para dar el pego. Reparen en el fondo de sus mensajes. Van encaminados a la destrucción. Está deseando destapar con sus bravatas y provocaciones la caja de los truenos. Siempre amenazante, como si la paz mundial no fuera su objetivo. (...) O la mirada gélida, que te hiela el alma -como de saurio-, del mandatario ruso. O ese afán por destruir la convivencia por parte de todas esas formaciones políticas extremistas, partidarias de recortar las conquistas sociales habidas hasta la fecha, siempre amenazando o despreciando a los colectivos más vulnerables, como inmigrantes, gays, mujeres maltratadas, etc. O esos que quieren a toda costa, al precio que sea, independizarse del estado al que pertenecen desde siglos... ¿No es evidente que todo va encaminado al desastre, a la destrucción global del planeta?" 

La carta al director que se publicó en este medio amigo hace poco y que escribió el señor Diógenes Pulido me ha hecho reflexionar y, además, traer aquí a colación unos interesantes testimonios de ciudadanos españoles que podrían arrojar luz sobre el tema. 
Dos personas hablan sobre la certeza de que estamos siendo invadidos por extraterrestres: 

1.-    Testimonio de Angelines Pérez, editora senior de Monitor Deloitte España:

"Subiendo el otro día en el ascensor caí en la cuenta. ¡Dios, qué ciega había estado hasta ahora! Cruzarme todos los días con alguno y no percatarme de nada. Esas miradas vacías, sin luz y sin brillo. Esas muecas que pretenden ser sonrisas. Hasta que monté en el ascensor y todo se me aclaró de repente. Lo había cogido en la planta baja. Iba vacío. Y cuando ya se cerraban las puertas, un hombre trajeado con cara de preocupación logró bloquear el cierre y entrar. Parecía absorto en algo, como distraído por algún pensamiento. Le conocía de otras veces, era el director de la sucursal bancaria que había en el edificio aquel de oficinas. Cuando subió detrás de mí, le pregunté a qué piso iba, si subía o bajaba al parking. Y se me quedó mirando un instante con una expresión de imbecilidad absoluta, luego dirigió confuso su vista hacia los botones con los números de los pisos, tragó saliva y por un instante abrió la boca y salió de ella una lengua larga y bífida como la de las serpientes, a su vez se le escapó una especie de siseo que parecía salir del fondo de su garganta. Enseguida sacudió la cabeza, como despertando de una modorra involuntaria y, disimulando lo que pudo, masculló una disculpa, algo así como perdone, estaba distraído, pensando en otra cosa. Voy al cuarto piso, gracias. 
Me quedé sin habla." 

2.-   Testimonio de Auxemio González, electricista autónomo:  

"Estuve en el mitin del nuevo partido político que se presenta a las próximas elecciones generales después de arrasar a nivel local en dos Comunidades Autónomas. La verdad es que nunca me había involucrado con ninguna formación hasta el punto de asistir a mítines como hacía ahora; pero sin duda me movió a ello el desencanto personal por la situación de desgobierno que atravesaba el país en esos momentos. También ese hablar claro y esa voluntad de hacer las cosas como Dios manda, inyectaron en mi ánimo una sensación nueva. Cuando salió el líder, pulcro, sonriente y pleno de energía, todos nos pusimos en pie, agitamos nuestras banderas y, enfervorizados, aplaudimos a rabiar y coreamos, como una sola voz, las consignas patrióticas que siempre nos diferenciaron de los otros grupos y formaciones. ¡Tenía la sensación de estar participando en algo grande! Hasta que acabó el acto. Todos los allí presentes teníamos la ilusión de estrechar la mano de nuestro amado líder. Y yo tuve la suerte de estar situado junto a la puerta del recinto por la que tenía él que salir a su regreso en compañía de sus guardaespaldas. Cuando ya se aproximaba, salí a su encuentro con la mano tendida. Y tropecé en el recorrido hasta darme de bruces con él. Creo que hubo una mala interpretación de mi gesto por parte de alguno de sus fornidos acompañantes porque, confundidos por mi torpeza, creyeron que se trataba de un intento de agresión y, de mala manera, uno de ellos, rapado y con gafas de sol, retorciéndome un brazo, me apartó de su camino y, de un tremendo empujón, me arrojó a un lado. Gracias a aquello me di cuenta de dos cosas (aparte del tremendo dolor de brazo): una, que el guardaespaldas aquel llevaba una pistola bajo la chaqueta; dos, la mirada que me echó el líder: dura, fría. No era humana. Por un instante, como un relámpago, me pareció que uno de sus ojos tenía una pupila alargada y vertical, sin párpados, con un extraño movimiento del cristalino, como ocurre con algunas serpientes... Me estremecí. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, como si hubiera visto la imagen viva de la muerte. Entonces fue cuando comprendí que habíamos sido invadidos por extraterrestres y que venían a destruirnos."






jueves, 14 de febrero de 2019

Amor vago


Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.


Relato publicado en La Charca Literaria


lunes, 4 de febrero de 2019

La Odisea. Versión definitiva.




No sé el tiempo que pasamos en aquel escondrijo, un sitio oscuro y húmedo, una especie de guarida o recoveco que se abría en la pared. Allí seguramente estábamos protegidos, a cubierto, pero había que buscar agua y comida. Las provisiones se nos habían terminado. Era preciso arriesgarse y salir. Sabíamos que fuera nos enfrentaríamos a mil peligros, pero no había otra solución. Así que, armados de valor, cuando la oscuridad nos fue propicia, salimos de allí amparados por las sombras.
Todo estaba en silencio. Nos aguardaba una larga travesía. Sabíamos de sobra que nos jugábamos la vida en el intento. Otros, antes que nosotros, lo habían intentado y habían perecido; pero no teníamos otra alternativa. Conseguir comida era mucho más importante que el riesgo que pudiéramos correr para obtenerla.
Debíamos ir juntos pero no en formación. Había que evitar ofrecer un blanco fácil al enemigo.

La primera etapa de nuestro viaje transcurrió sin contratiempos. La expedición que yo capitaneaba marchaba resueltamente. Según avanzábamos por aquel lugar, íbamos adquiriendo confianza en nosotros mismos, en nuestra suerte, en nuestro destino. Posiblemente, los dioses estaban de nuestra parte y nos trazaban un camino tranquilo y seguro. Sin embargo, nuestra fortuna cambió de repente al girar en un recodo. Allí, al fondo, se divisaba una suerte de gigante, tal vez un cíclope sanguinario, tumbado sobre un altillo resollaba y resoplaba como un maldito. Seguramente estaba haciendo la digestión tras haberse zampado a algunos de los nuestros de expediciones anteriores. Intentamos vadearle, evitando que se despertara; pues de suceder eso, seguramente habría sido nuestro final.

Pudimos sortear el peligro aquel, pero enseguida apareció otro. Algo desconocido hasta el momento, posiblemente una bestia pavorosa, andaba cerca de allí. Oíamos sus pisadas aproximándose hacia nuestra posición. Lo hacía sigilosamente. Su objetivo estaba claro: sorprendernos y atraparnos en un salto. Al final, lo vimos delante de nosotros. Lo primero que descubrimos fueron sus ojos, inquietantes y fijos, brillando en la oscuridad, sin parpadear. Vigilaba nuestros movimientos esperando el momento propicio para atacarnos. Era enorme y peludo. Daba miedo. En un momento concreto, el monstruo aquel se abalanzó hacia nosotros. Estábamos perdidos. Emprendimos una veloz huida. Algunos de los nuestros cayeron en la desbandada y fueron aniquilados sin piedad. Otros tuvimos más suerte. La mayoría de nosotros se salvó. A duras penas logramos reunir la fuerza suficiente para realizar un último esfuerzo, el de conseguir colarnos por una rendija en la base de la pared. Allí nos quedaríamos el tiempo que hiciera falta. Era un buen sitio, a salvo, para poder depositar con tranquilidad las cápsulas con nuestros huevos. Para alimentarnos siempre había restos de grasa y de alimentos por el suelo y dentro de los muebles. Allí podríamos esperar tiempos mejores y, a salvo de gatos, anidar mientras nuestras crías se fuesen desarrollando hasta que pudieran salir a colonizarlo todo. Antes les contaríamos nuestra odisea, la que media entre el baño y la cocina de aquella casa. 
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Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

miércoles, 30 de enero de 2019

El concierto del siglo

Imágenes de uso libre de Pixabay

Polígono industrial de una gran ciudad. Cuatro amigos se juntan en un local insonorizado dos tardes a la semana para ensayar sus temas. Son una banda de rock formada por dos chicas y dos chicos. 
Patrick le dice a Leonela que pruebe con él el acorde de MI mayor para conjuntar sus guitarras. Patrick es el guitarra solista, Leonela lleva casi siempre la parte rítmica y la voz, Cora toca el bajo y Michel, la batería. Andan probando y afinando sus instrumentos. Michel comprueba los timbales, pedalea en el bombo, que suena algo raro, como retumbando. 

—Ese bombo resuena demasiado—le dice Cora—. Igual tienes que cambiar el parche delantero y poner uno con agujero. 
—No, aquí no tengo. Le quito el de delante y ya está. Y le meto una manta para que absorba sonido. Solucionado. 

Al cabo de un rato de probar y ajustar, comienzan el ensayo. Abre la sesión un rock básicamente de tres notas, sencillo pero contundente. Se trata de Back in Black del mítico grupo AC/DC. Lo ejecutan. Les sale bastante aceptable. Al menos van a tiempo y nadie desentona. Luego siguen con otros temas de su repertorio. No van mal. Llevan veinte temas muy trabajados. Piezas de David Bowie, Allman Brothers, Rosendo Mercado, los Rolling, los Creedence... También hay tres temas propios. El próximo bolo lo tienen en Zaragoza, para las fiestas del Pilar. 
Cuanto más entusiasmados están con el ensayo, se abre la puerta del local y en el marco aparece la figura menuda de un hombrecillo de color verde, no más alto de un metro, con un traje de destellos metálicos, como hecho de papel aluminio, ojos muy grandes, antenas y orejas puntiagudas. Todos dejan de tocar. Leonela interrumpe momentáneamente la ejecución de un riff con su guitarra para decir: 

—Mira qué nene más mono. Seguro que anda con el Halloween ese y no encuentra a su mamá. ¿Te has perdido, cariño? 
—Cada vez hacen mejor los disfraces –comenta Michel—. Este debe valer una pasta. 

En ese momento, con una voz metálica, el diminuto hombrecillo, dice: 

—Recogéis todo vuestro equipo y os venís conmigo —lo suelta de un tirón aquel extraño ser en correcto castellano pero sin inflexión alguna de voz, sin ninguna pasión y haciendo una pausa detrás de cada palabra, como si se tratara de un robot. 
—Mira que es gracioso el enano —añade Cora—. Se ve que anda metido en su papel de marcianito. Y lo borda el jodío. 
—Muy gracioso, pero nos ha chafado el ensayo —replica Patrick—. Anda, nene. Vete a buscar a tu mamá. 
—Debe ser el niño de la gótica que ensaya en el local siete con sus amigos los siniestros. Claro, y el chaval se aburre —añade Leonela. 
—Natural —interviene Michel—. El chaval se arrima donde oye calidad. 

El hombrecillo de color verdoso no se mueve e insiste: 

—No podemos perder más tiempo. Nos tenemos que ir ya. Nos esperan. 

Los miembros de la banda se miran con aire de incredulidad. La sorpresa es mayor cuando irrumpen en la sala otros tres hombrecillos idénticos y se ponen a la faena de desenchufar los aparatos y a llevarse amplificadores, micros y todo el instrumental que se les pone por delante. 

—¡Eh! Un momento —protesta Michel—. Mi batería es sagrada. Solo la toco yo. 
—Pero qué leches hacéis —añade Patrick— ¡Niño, deja eso! 
—Ya es tarde —dice el que parecía el jefe de la cuadrilla de hombrecillos de ojos grandes—. No somos de vuestro planeta. Entendéis lo que os digo porque tengo conectado el traductor automático simultáneo. Metemos todo en la nave y nos vamos cagando leches, como decís vosotros. 
—¿A dónde se supone que nos vamos? —pregunta escamada Leonela. 
—A dar un concierto —contesta el ser verdoso de siempre. 
—¿¿¡Un concierto!??— exclaman los cuatro a la vez— ¿A dónde? 
—A Ganimedes. Estamos de celebración y nos han fallado los músicos que teníamos contratados. Así que os ha tocado a vosotros. Vámonos. Por el camino os iré contando detalles. 
—Pellízcame, Cora, que debo estar alucinando —dice Leonela, que no sale de su perplejidad—. ¿Le habéis echado algo al agua que he bebido? 



Y sin salir de su asombro, los cuatro miembros de la banda rockera asistieron estupefactos a todo un despliegue de habilidades en el tema de mudanzas caseras. De tal manera que, en poco más de cinco minutos, los hombrecillos verdosos sacaron todo el instrumental de la sala de ensayos. En la puerta les esperaba una especie de vehículo que parecía sacado de La Guerra de las Galaxias. No llevaba ruedas y flotaba en el aire. Cora se restregaba los ojos una y otra vez. 

—No puede ser —decía a sus compañeros—. Decidme que estoy soñando. 
—Esto es más heavy que lo que andamos tocando —añadió Michel. 

Con el equipo cargado, entraron todos en la aeronave que aguardaba en la puerta. Luego, aquel cacharro despegó en vertical y salió volando a gran velocidad, “cagando leches”, que diría el de verde, elevándose en un santiamén, por encima de los edificios de aquel barrio.
Por el camino se fueron enterando de algunos detalles. Sus secuestradores eran extraterrestres. Venían de Ganimedes, el más grande de los satélites de Júpiter, lugar donde tendría lugar el evento para el que les precisaban. 
El hombrecillo verdoso captó los pensamientos de asombro de los componentes de la banda y dijo: 

—Vosotros los terrícolas no habéis hecho otra cosa siempre que miraros el ombligo y no os habéis percatado de que hay vida inteligente más allá de la Tierra. No estáis solos en el universo. Ni sois los más avanzados. Nosotros tenemos una tecnología mucho más moderna. Y hemos tenido la suerte de no evolucionar como vosotros a partir de los primates. Y ahora me vais a permitir que os explique a dónde vamos y cuál es vuestro cometido allí. 

Se trataba de una especie de convención intergaláctica que celebraba su reunión anual. El viajecito tan solo era de 628 millones de kilómetros, una minucia para un aparato tan moderno como la aeronave GJ2002, “programable como un aparato de aire acondicionado” (textual en el manual de instrucciones), capaz de desarrollar enormes velocidades, de tal modo que en pocas horas llegarían a su destino. El que parecía el jefecillo del grupo seguía conectado al traductor simultáneo y les explicaba en qué consistía aquello: 

—Llegamos a Ganimedes. Montamos todo y actuáis según el horario previsto. Luego, cuando terminéis vuestra actuación, os volvemos a traer y os estaremos siempre agradecidos. Además, para ayudaros en vuestra profesión y subiros la autoestima, como los terrícolas sois muy vanidosos, colgaremos un vídeo para que lo vea todo el mundo y os mandaremos una copia de la actuación, en un formato compatible con los vuestros, para que la proyectéis en el cine o en la tele o lo colguéis en internet y os hagáis famosos en vuestro planeta. Vais a ser los primeros terrícolas en hacer una actuación intergaláctica que verán más de un billón de seres venidos de todas partes o conectados a nuestro sistema de transmisión interplanetaria. Seréis conocidos más allá de Andrómeda. 

Al poco, por la ventanilla de la aeronave todos pudieron contemplar la inmensidad de Júpiter, el mayor cuerpo celeste del sistema solar después del sol, enorme, grandioso, espectacular, con ese brillo tan peculiar y esas bandas azuladas, grises y marrones tan características. 

—¡La repera, macho! —exclamaba Patrick—. Alucino en colores. 
—La Tierra a su lado parece una bola de billar —añadía Cora. 




La nave pasó de largo y se dirigió ahora hacia su destino, Ganimedes, uno de sus satélites. Tras sobrevolar una zona donde se apreciaba desde el aire la presencia de cráteres de impacto, la nave se puso de canto y enfiló una enorme hendidura, como si se tratara de una gigantesca fosa tectónica, una especie de terreno fallado y hundido entre bloques levantados, un desfiladero que ríete tú del de El Colorado. Al fondo de esa fosa o depresión entre murallas de rocas que parecían cortadas con radial en vertical, se divisaba en el suelo, a lo lejos, una especie de gigantesca cúpula semiesférica de cristal. Y dentro de la cúpula se adivinaban algunas construcciones o edificios. Ese era su destino. Las inclementes condiciones térmicas del satélite hacían inviable la vida fuera de aquella especie de escudo que permitía la actividad de los seres vivos que bajo su protección se refugiaban. 
La aeronave aterrizó dentro de una especie de hangar. Bajaron. Enseguida un equipo de gente parecida a los amables secuestradores les salió al encuentro, hablaban una lengua incomprensible, con expresiones rápidas, como un cuchicheo. Parecían muy organizados. Unos cargaron el instrumental en sus vehículos, otros les invitaron a acompañarles. Subieron a una especie de autobús sin ruedas que despegó y les llevó en cosa de pocos segundos hasta una especie de escenario elevado. Al fondo, dispuesto de forma semicircular, como en los teatros griegos, aparecía un graderío enorme, como para que tomaran asiento veinte o treinta mil personas. Se levantaban a ambos lados unas columnas enormes para la iluminación y el sonido, repletas de focos y de altavoces. No había un solo cable. Todo inalámbrico. Los operarios dispusieron en el suelo de aquel escenario, negro como el tizón, todos los aparatos: las guitarras, los amplificadores, sus modestos altavoces, fundamentales para poder oírse ellos mismos, los micros, la batería… 

—¡Esa batería solo la toco yo! —decía enfadado Michel. 

Se pusieron a la faena. Probaron todo. El sonido que salía por aquellas enormes torres era excelente ¡y sin necesidad de conectar nada! Poco a poco fue llegando gente a las gradas. Los músicos ya lo tenían todo preparado. En cosa de media hora aquello estaba de bote en bote. Detrás de ellos, elevada, una enorme pantalla, como de cien metros de lado; a la izquierda y a la derecha, otras dos; y otra más enfrente. Había también extraños aparatos que parecían cámaras de grabación. Sin duda, el evento lo iban a retransmitir a muchos sitios, como dijo el hombrecillo verde. Unos artilugios volantes, como si se tratara de drones, sobrevolaban por encima de las cabezas del respetable público. De pronto, se oyó una especie de zumbido y un foco encañonó la silueta de uno de aquellos seres diminutos que aparecía a considerable altura, subido en una especie de plataforma metálica que flotaba en el aire. El foco formaba en torno a él un círculo de potente luz amarillenta. Debía ser el maestro de ceremonias, el presentador del acto. El público calló de inmediato. El ser aquel pronunció un pequeño discurso destinado a los suyos en una lengua extrañísima; después, dirigiéndose a la banda de rock, y señalándolos con un dedo dijo en perfecto castellano: 

—¡Como presentador de este evento intergaláctico, tengo el grato honor de presentarles a todos ustedes, tanto a los asistentes como a los que lo están viendo desde sus casas, a estos artistas que vienen del planeta Tierra a deleitarnos con sus sonidos étnicos, con su peculiar música, encantadora y primitiva, nada más y nada menos, señoras y caballeros, que a Cora, Michel, Patrick y Leonela, los componentes de Adrenalina Pa Mi Vecina! ¡Les dejo con ellos! ¡Cuando queráis, chicos! 

Entonces, Michel, chocó cuatro veces las baquetas en el aire, marcando el tiempo, y empezó a sonar, fuerte y poderoso, el tema de Back in Black. Después llegaron otros diecinueve temas. Todo el repertorio del grupo. Nunca imaginaron tanto público y tan entregado. Fue apoteósico. Resultaba muy divertido ver a seres de tres dedos sacando cuernos y doblando el central a la vez que animaban a los del grupo. Aquellas extrañas criaturas, venidas de todas partes del cosmos, tenían mejor gusto musical que los siniestros del local siete y que la mayoría de los jóvenes del planeta Tierra. 
Luego, como prometieron, les ayudaron a recoger sus instrumentos y los devolvieron sanos y salvos a su local de ensayo.
El concierto fue grabado, emitido en más de cuatrocientos planetas con vida inteligente y colgado en todas las nubes habidas y por haber, del sistema solar y fuera de él. Aquí lo colgaron en Youtube. Todo el mundo lo vio. El concierto se hizo viral, como dicen ahora. No había rincón de la Tierra que no conociera a la banda. La fama se les presentaba ya al alcance de la mano. Ahora les lloverían los contratos. Un futuro venturoso se abría ante ellos… 
En ese momento, Emma, la mujer de Patrick, dice a su marido: 

—Vamos, despierta, que te has vuelto a dormir y vas a llegar tarde al trabajo. Cualquier día de estos te ponen de patitas en la calle. Claro, si no trasnocharas tanto con esos amigos tuyos rockeros…

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Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia


miércoles, 16 de enero de 2019

En casa del ahorcado


Lewis era nervioso y metepatas, además de seco de carnes y más feo que un dolor, pero en el fondo no era mal tipo. Nunca hizo mal a nadie a sabiendas, solo esa fea costumbre de decir inconveniencias. Bueno, también tenía otra, la de mascar tabaco y escupir en cualquier parte. Los que lo conocían se armaban de valor para aguantarle, solo que a veces era difícil de soportar. Recuerdo aquella tarde en que fue a visitar a los Ollson, bueno a los que quedaban de la familia, una viuda y dos hijas, pues el señor Ollson acababa de ser ajusticiado en la horca por no sé qué robo de poca monta, parece ser que un par de gallinas para llevar algo de comer a casa; pero en el poblado todos eran muy dados a las soluciones drásticas y a tomarse la justicia por su mano ante la mínima y no tuvieron ningún miramiento ni con él ni con su familia.  Así que, tras una votación rápida a mano alzada, prepararon la soga y llevaron a su víctima al árbol donde solían colgar cada semana a dos o tres.
El caso es que aquella tarde, Lewis, mascando su asqueroso tabaco como era habitual, se dirigió hacia la cabaña de madera para darle el pésame a la viuda. Y como era poco delicado y nada habilidoso en el manejo de situaciones complicadas, resultó que su conversación dejó mucho que desear:
—Hola, Mary. ¿Cómo estás? Pasaba por aquí y me dije voy a visitar a una buena amiga y darle el pésame. Siento mucho lo de John. En el fondo era un buen hombre. Sí, señor. Por cierto, se me ha roto un cordón de los zapatos ¿Tenéis una cuerda?
Mary le miró sin decir nada. Su rostro expresaba cansancio y tristeza. Dudaba entre darle las gracias a Lewis o mandarle a paseo. En ese momento entraron las mellizas, Dorothy y Ellen, tan pecosas y pelirrojas ambas, con sus trenzas recién hechas. Revoloteando como mariposas.
—Mira a quiénes tenemos aquí, a las hermanas más guapas del pueblo. ¡Que me ahorquen si miento! —dijo tras soltar un escupitajo al suelo, oscuro como la pez.
La expresión de Mary era un poema. No podía dar crédito a lo que estaba viendo y oyendo.
Lewis, no sabemos si por ser consciente de que estaba metiendo la pata o simplemente porque no se le ocurría nada que decir, se quedó un rato cabizbajo mirándose las manos largas y sarmentosas. Luego, ladeando la cabeza hacia el hogar donde ardía un tímido fuego, dijo:
—¿Colgáis los tasajos de buey cerca de la chimenea para que se sequen?
 Y luego, ya para rematar, señalando una vieja foto de la pared donde aparecía el difunto en tonos grises:
—Ese retrato está mal colgado. Si me dejas un martillo te lo arreglo. Seguro que John me lo agradecerá.
Y volvió a escupir su asqueroso tabaco.
En ese momento, Mary se levantó como un relámpago con la intención de coger el rifle; pero, pensando que con un muerto en la casa ya había bastante, con gesto serio e indicando al visitante con el índice el camino de salida,  se decidió por echar a Lewis con cajas destempladas.

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Texto publicado originariamente en  La Charca Literaria