miércoles, 9 de octubre de 2019

Reflexión machadiana


Montmartre
Imagen libre de pixabay




Mi infancia son recuerdos de una caja de cartón con gusanos de seda y otra repleta de tebeos de El Capitán Trueno. Todo un tesoro. 

Guardo también imágenes de un tren de humo y carbonilla cubriendo con su monótono traqueteo la distancia entre el valle del Guadalquivir y Madrid, a través de Sierra Morena y de los campos interminables de La Mancha, donde había gigantes —que no molinos— custodiando aquellos océanos de cereales. 

 Los chicos de mi generación parábamos poco en casa. En la calle éramos felices. Había setos y árboles. No faltaban los pinos, tampoco las moreras. Comprábamos pipas y algarrobas en el puesto de la pipera. Jugábamos hasta que se ponía el sol. 

Pasó la infancia y mi rostro se pobló de granos. El paisaje se tornó abrupto, lleno de guijarros y desfiladeros, peñas inalcanzables, abismos y sumideros... los turbulentos años de mi primera adolescencia. 

Fui creciendo y el paisaje de mi ciudad se transformó, mágicamente, en el París bohemio del Sena y de Montmartre, todo lleno de tenderetes de libros, dibujos al carboncillo del Sacré Coeur y de Notre Dame, discos de Édith Piaff y Jacques Brel, humo de cigarrillos y melenas al viento de meteque, como el de la vieja canción de Moustaki... Éramos jóvenes, teníamos la cabeza llena de pájaros en libertad, hacíamos el amor —o lo intentábamos— y conspirábamos en las mesas de los viejos cafés.

Más tarde regresaron de nuevo los campos tranquilos de la meseta castellana. Con la madurez, la vida se volvió más llana y serena, sin terremotos ni sobresaltos, y permitía ver el horizonte; pero aunque siempre corría detrás de él, que diría Galeano, nunca logré alcanzarlo del todo. Los viejos sueños quedaron en el saco del recuerdo. Y en las tardes de otoño contemplaba melancólico el declive de un sol crepuscular que, entre nubes, se deshacía en hilachas de color cárdeno. 

Y, ahora ya, tras las últimas lomas, asomándome finalmente al acantilado, veo el mar. Y a lo lejos, una embarcación. Para un crío de diez o doce años, como el que fui en su día, sería sin duda la nave de El capitán Garfio capitaneada felizmente por Peter Pan, que viene a por mí para llevarme a la tierra de Nunca Jamás; para el joven bohemio que también fui, se trataría del bateau mouche que me invita a un paseo nostálgico por el Sena; pero como ya voy teniendo una edad, debe tratarse de Caronte buscándome. Y yo, que gasté las monedas para el viaje, ¿cómo pago ahora al barquero?

martes, 1 de octubre de 2019

Abducido

Imagen libre de derechos de Pixabay


Evaristo Valcárcel caminaba sin rumbo fijo aquella noche por las afueras de la ciudad. Iba distraído, pensando en sus cosas, con las manos en los bolsillos. En la derecha llevaba una navaja cerrada. Tras descartar atracar a una pareja que estaba haciéndose arrumacos en un banco del parque, dado que el novio aparentaba ser mucho más fuerte que él, y no quería que le volvieran a partir la cara, dudaba entre asaltar algún chalet desprotegido o irse a casa a ver la tele y beberse un cartón de vino.
En esas cavilaciones andaba cuando, de pronto, una luz cenital intensísima le vino desde lo alto. Era como si un foco le inundara de luz blanca y él, un actor improvisado que hubiera olvidado su papel en un teatro vacío de público. Evaristo, confuso como estaba, se quedó paralizado.

—¡Ostras, Pedrín! —exclamó —. Vaya nivel de voltios que se gastan algunos.

Descartando enseguida, por su posición, que se tratara de las luces de un coche patrulla, se quedó boquiabierto cuando vio que, encima de su cabeza, como a diez o doce metros, había un artefacto ovalado de cuyo centro inferior emanaba la potente luz.
—¡Cómo mola! Cuando lo cuente a los colegas van a flipar en colores.

De pronto, notó que tiraban de él hacia arriba. Una fuerza extraña, a modo de imán, lo absorbía y le hizo despegar, como si un ascensor invisible le transportara hacia lo alto. La panza del cacharro aquel se abrió para acoger a Evaristo que, como el lector puede imaginar, acababa de ser abducido.

Nada más subir, le llamó la atención una enorme sala circular llena de aparatos extraños y cables. En ella, un diminuto ser, una especie de hombrecillo de color azulado, de cabeza gorda, un solo ojo y una nariz a modo de trompetilla, parecía darle la bienvenida en un castellano metálico y renqueante, sin alma, como si lo hablara un robot. Estaba claro que aquel individuo había activado el traductor simultáneo:

—Bienvenido, amigo. Considérese en su casa.
—¡Vaya chabolo más guapo, tronco! Pagaréis una pasta de alquiler.
—No entiendo. La palabra chabolo no figura en nuestros registros. Tampoco soy un tronco. Eso es madera de árbol. Abeto, nogal, pino, abedul, alcornoque... Pasta tampoco: macarrones, fideos, espaguetis... No entiendo.
—No importa. Son cosas mías. ¿Aquí qué se bebe?
—Tenemos bebida energética —, le mostró un vaso con un líquido anaranjado.
—¡Coño! Una fanta.
—No sé que es fanta. Fantasia, fantasma, fantasear...
—¿No tenéis vino? Lo digo por mezclarlo con la fanta —interrumpió él.
—El alcohol no existe entre nosotros. Lo siento.

Evaristo echó un trago de la bebida que le ofrecieron mientras miraba al hombrecillo azul entre asombrado y divertido. Aunque el brebaje aquel no tenía contenido alcohólico le resultaba grato y relajante y le impelía a decir sandeces.

—¿La trompetilla que tienes bajo el ojo es de las que suenan? A ver, déjame tocar...
—Hable usted con un poco más de respeto cuando se refiera a mis órganos sexuales. No es una trompetilla. Como dirían ustedes, se trata de mi pene.
—¡Qué tío más cachondo! ¿Y los huevos dónde los tienes? ¿En el sobaco? Jejejeje. Yo es que me meo.
—Bueno, terrícola, vamos al grano, que dicen ustedes. Le hemos hecho subir a nuestra nave para hacer un estudio completo de sus constantes vitales, tomar mediciones, comprobar sus niveles para ver funcionamiento y detectar posibles problemas.
—¿Me vais a pasar la ITV?
—Está de suerte. Le haremos, como dicen ustedes, un chequeo gratuito sin tener que ir al hospital y aguantar listas de espera. Todo rápido, de forma indolora, nada invasiva, gracias a nuestra avanzada tecnología. Usted se beneficiará de ello. Y nosotros también, porque somos científicos que estamos estudiando la fauna del sistema solar. Y usted parece un buen ejemplar de mamífero bípedo. Luego, cuando hayamos terminado, le devolveremos al lugar donde le recogimos. ¡Y ya está!

A todo esto, Evaristo no se había percatado de que, mientras hablaba con el extraterrestre, la trampilla inferior se había cerrado y el artefacto volador aquel había partido del lugar a toda velocidad hasta desaparecer en la noche. Tampoco se había dado cuenta de que la bebida energética que le habían proporcionado llevaba disuelto un narcótico que le dejó inconsciente en unos minutos.
Cuando despertó, estaba reclinado en una especie de butacón. Delante de él, borroso todavía, estaba el hombrecillo del principio.
—¿Qué tal se encuentra? Le hemos hecho una exploración completa. Muy interesante todo. Nos han sorprendidos algunos hallazgos: los seis metros de intestino delgado, la doble circulación sanguínea, el tamaño reducido del cerebro, etc. Ya hemos registrado sus parámetros y solucionado algunas cosillas de poca importancia. Le hemos extirpado un testículo porque tenía un tumor que podría dar problemas en un futuro inmediato. También le hemos puesto un par de implantes dentales. Muy curioso su organismo. Con la sedación, su cipote se encoge y el glande se retrae como cabeza de tortuga ante el peligro. El hígado lo tiene un poco inflamado debido al alcohol. Debe dejarlo o tomarlo con moderación. Le hemos operado de cataratas y le hemos puesto un par de vértebras de titanio. También le hemos tirado a la basura la navaja y los calzoncillos con manchas marrones. Todo rápido y gratis ¿Qué le parece?
—¿Que me habéis hecho qué? La madre que os parió. Como me levante, no vais a tener espacio para correr. Seréis capullos. ¿Quiénes sois vosotros para andar enredando en mi cuerpo?
—Como dicen ustedes, de desagradecidos está el mundo lleno. No se preocupe que ya le llevamos de vuelta. Estamos llegando.
—¿Y qué hago yo ahora sin mi navaja y sin mis calzoncillos? Dejarme sin ellos es como quitarme media identidad.
—Los calzoncillos estaba cagados y la navaja mejor que no la vuelva a utilizar si no quiere complicarse más la vida. ¡Bueno, ya llegamos! Prepárese para bajar. Sitúese, por favor, en ese círculo luminoso.
—Por mí que os zurzan. Hasta nunca. Chao.
—Adiós. Que le parta un rayo, que dirían ustedes los terrícolas.

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Texto publicado en lacharcaliteraria.com

lunes, 30 de septiembre de 2019

Gigantes


Fuente: Bankia Gestor Multicanal

Los seres enormes, los gigantes -monstruosos o no- dotados de fuerza prodigiosa, siempre nos han acompañado: en la infancia, en la juventud y en la madurez. Entes de ficción, consecuencia de muchas lecturas y películas, producto también de nuestras fobias, de nuestros miedos y de nuestras peores pesadillas.

¿Quién no se acuerda del ogro de los cuentos infantiles, de los Titanes, de los Lestrigones, del cíclope Polifemo, personajes literarios, presentes en aquellas películas de finales de los 50 y de los 60, aquellos peplum donde mezclaban historia antigua con mitología? No olvidemos tampoco a Gog y Magog, de los textos hebreos; a Gilgamesh y Enkidu de la mitología sumeria; a Putana, la demonia gigante de la India; a los Patagones.

¿Quién no recuerda los gigantes, que no molinos, a los que se enfrentaba nuestro ingenioso hidalgo de la mano de Cervantes? ¿Quién no se estremeció, aunque solo fuera un poco, con seres de pesadilla como el Kraken, King Kong o Godzilla o con las máquinas infernales, también gigantes articulados, de La Guerra de los Mundos? Terroríficos también, el monstruo Rangor de La Guerra de las Galaxias, el escurridizo Alien de la famosa saga, el tiburón enorme de otra saga no menos popular, los dinosaurios de Parque Jurásico, los cangrejos tremendos de La isla misteriosa, el pulpo gigante de Veinte mil leguas de viaje submarino, tan presentes siempre en nuestras películas juveniles, en nuestras novelas de aventuras y en nuestros cómics de ciencia ficción.

Gustavo Doré

Seres devastadores, insaciables, devoradores de carne humana; criaturas de pesadilla, anunciadoras del apocalipsis, egoístas y primitivas, que se llevan por delante todo lo que se les cruza en su camino.

Y nunca falta un héroe de tamaño corriente, muy valiente y astuto, que sabe enfrentarse a estos descomunales destructores. Siempre hay un Ulises que deje tuerto (y ciego) a Polifemo, un David que mate de una pedrada con su honda a Goliath, un caballero valiente que se enfrente al dragón o al ogro,  un capitán Ahab que acabe con Moby Dick (y de paso -por efecto colateral- con él mismo en su locura destructora), un don Quijote que arremeta contra los molinos (perdón, quise decir gigantes) en fiera y descomunal batalla, no sin antes encomendarse de todo corazón a su señora la sin par doña Dulcinea del Toboso.

Los "gigantes" que hoy nos quitan el sueño amenazan con destruirlo todo. No sé si habrá algún héroe que sea capaz de enfrentarse a ellos y salir victorioso de la empresa. O tendremos que resignarnos, sin más, a ser devorados.

sábado, 21 de septiembre de 2019

Psicomotricidad fina: tobas y sardinetas


Imagen tomada de aquí

Los chicos de los sesenta éramos expertos en estas técnicas, ideales para hacer amigos.

La asignatura de psicomotricidad de aquellos tiempos se aprendía en la calle, pero también en el colegio, aunque de forma transversal y sin que constara en el boletín de notas: los profesores eran expertos en darnos capones y collejas, independientemente de la asignatura. Y practicaban con nosotros esas habilidades manuales tan varoniles. Las chicas solían sufrir en sus carnes otras menos toscas y más femeninas, sobre todo suministradas en los colegios de monjas: los pellizcos. El “pellizco de monja” era una especialidad sumamente sádica que consistía en un castigo de dos tiempos:
Tiempo uno: pellizco.
Tiempo dos: sin soltar la presa, la persona encargada de darte tortura, movía los dedos-pinza que apresaban tu carne, rotándolos como mínimo noventa grados en el sentido de las agujas del reloj. En ese momento, la víctima emitía un quejido de dolor. Castigo cumplido.
Los chavales sufríamos en clase collejas, capones, estiramientos de orejas y de mofletes, bofetadas y palmetazos en las manos, en los nudillos o en los dedos apiñados hacia arriba como hacen los italianos cuando dicen eso de “porca miseria”, pero sin moverlos, porque si no el castigo se incrementaba, generalmente en progresión geométrica.
Y en la calle practicábamos con los conocidos esas habilidades, aunque las preferidas por nosotros eran dos: las tobas y las sardinetas.
Tobas:
Se pilla el dedo corazón o el índice con el pulgar, como diciendo “okey”. El dedo pillado hace la intención de salir disparado, pero el dedo “gordo” se lo impide. De golpe, se libera el dedo retenido, que sale como una centella hacia su objetivo. La toba era válida para el juego de las canicas, para el de las chapas y, cómo no, para sacudirle en la oreja a nuestro rival, oponente o víctima propiciatoria. En días fríos de invierno, con las orejas coloradas por causa de las bajas temperaturas, sentir el aguijón de la toba impactando en los desprevenidos soplillos era una de las experiencias más desagradables que se pueden sufrir en esta vida, casi tanto como ser obligado a comerte a esa edad un plato de acelgas hervidas.
Para sacudir en el trasero, optábamos mejor por la sardineta.
Sardineta:
Júntense los dedos pulgar y corazón como en pinza. El dedo índice queda libre y, al agitar la mano como si quisiéramos bajar el mercurio de un termómetro, notamos como el índice choca contra los dedos en pinza… Estamos ensayando el golpe. Si no suena “clap clap”… la sardineta no está preparada. Hay que practicar un poco. Ahora sí. Cuestión de acercarse por detrás hacia el trasero de alguna víctima y ensayar. El truco consiste en golpear de refilón con el índice a modo de látigo, apenas rozando el culo desprevenido de nuestra víctima. Si grita, es que la sardineta ha cumplido su objetivo. Si la víctima es más fuerte que tú, se aconseja salir por patas.
Y a estos menesteres nos dedicábamos algunos: Sebas el Garrapata, Aniceto Caralija, el Carapastel, el Mosca, el Flauta, el Tirillas, y tantos otros, mientras esperábamos, anhelantes, la llegada de la democracia.


Texto publicado en La Charca Literaria


lunes, 2 de septiembre de 2019

Suicidios y chapuzas



Zoila Zabaleta Zunzunegui decidió quitarse la vida el día en que un muchacho bromista, dispuesto a pasar el rato gastando bromas telefónicas, al modo antiguo, la llamó diciéndole que cómo no le daba vergüenza estar la última en la guía telefónica. No lo pudo soportar. Cayó en una grave depresión y estuvo a punto de cometer una locura: darse de baja de Movistar o de Facebook. Luego, lo pensó mejor e intentó matarse; pero no lo logró: la pistola que le vendieron por internet era de fogueo. 

Aniceto Sepúlveda se tiró por la ventana desde el piso undécimo de aquel bloque de viviendas -con tan buena suerte que fue a caer sobre el toldo de la charcutería y se salvó-, cuando se enteró de que su padre le puso ese horrible nombre, como una maniobra de distracción, para que nadie se fijara en el suyo propio: Desiderio.  

Edelmiro Queme Piro, periodista de la cadena ESTAR, se ahorcó con un cordón de bota de hacer senderismo (la del pie derecho, concretamente), colgándose de la viga de madera del techo de un albergue rural en las afueras de Bruselas, tras nueve semanas ininterrumpidas de aguantar estoicamente a diario las declaraciones de Puigdemont, cuando este señor estuvo allí pasando una temporada antes de que partiera a Waterloo. En un papel firmado a los pies del ahorcado se podía leer: me voy porque no aguanto al tipo del flequillo con gafas. Me tiene aburrido. Todos los días tiene que ser él el centro de las noticias. 

Froilán, un joven consentido y prepotente de familia con posibles, se suicidó el día en que se enteró de que, aparte de ser el rey de su casa, no podía serlo del resto del país, dado que, entre otras cosas, por motivos que ahora no vienen a cuento, se había proclamado la república.

viernes, 5 de julio de 2019

Verano 2019


Este blog se toma un tiempo de descanso. 
Volveremos con las pilas cargadas. 
Feliz verano a todos.

miércoles, 26 de junio de 2019

El viaje más corto

Imagen de uso libre (pixabay)

La casa de mis tías era vieja y destartalada, inhóspita en invierno e inclemente en verano, de puertas de madera medio podrida, con ventanas mal ajustadas que dejaban oír el gemido del viento cuando se colaba por sus rendijas.
Era vieja, como ellas. Sombría y triste, como sus propietarias.
Y yo odiaba vivir allí. O tal me odiaba a mí mismo y a todo lo que me rodeaba.
Por eso, en cuanto pude, decidí coger mis cuatro pertenencias y marchar lejos, muy lejos.
Atrás quedaron los tiempos de la infancia. Borrosos ya a fuerza de los años transcurridos. Mis tías, dos solteronas de vocación, me recogieron cuando murió mi madre. Mi padre había muerto nada más estallar la guerra. Ahora quedaba huérfano y desamparado, a no ser por aquellas dos frías mujeres, hermanas mellizas de mi difunto padre, que me acogieron porque no les quedaba otra, eran gente cristiana. Y yo no tenía a nadie más en este mundo.
Mi infancia, lo que me quedaba de ella, fue tranquila pero llena de carencias.
No hubo calor en aquella casa. Mis tías no podían dar lo que no tenían.
No hubo alegría en aquel hogar. Difícilmente pueden proporcionarla quienes carecen de ella.
El trato fue correcto. Pude estudiar. Tener una habitación para mí y mis cosas, mis libros, mi raqueta, mi pelota de tenis…
No me faltó la comida, ni la ropa que iba necesitando según crecía.
Siempre tuve una muda limpia que ponerme.
Unas monedas en el bolsillo para gastar.
Pude jugar con los otros niños de la calle.
Pero me faltaba algo. Estaba como incompleto. Y en aquellos tiempos, los demás eran los culpables de lo que a mí me pasaba. O de lo que no me pasaba.
Y fui creciendo. Me hice mayor. Me eché novia. Encontré trabajo.
Un día me fui de aquella casa. Empecé una nueva vida lejos.
Mi trabajo no me gustaba, simplemente me dedicaba a él, pero sin entusiasmo. Había que trabajar y punto.
Mi novia se convirtió en mi mujer. No sé si llegué a quererla. Ella me preguntaba si la quería. No sabía qué contestar. Simplemente hice lo que hace todo el mundo a mi edad: emprender una vida lejos de casa. Eso era todo.
Creo que no era feliz con nada.
Luego dejé mi trabajo. O me echaron.
Perdí mi mujer, o me dejó porque no tenía futuro ni ilusión a mi lado.
Y di vueltas por medio mundo. Buscando qué sé yo. Tal vez me buscaba a mí mismo sin encontrarme.
Y entonces regresé.
Porque la casa de mis tías era vieja y destartalada, inhóspita en invierno e inclemente en verano, de puertas de madera medio podrida, con ventanas mal ajustadas que dejaban oír el gemido del viento cuando se colaba por sus rendijas; pero fue el único hogar que tuve.


Relato perteneciente a "Ida y vuelta", registrado en Safe Creative, bajo licencia


miércoles, 19 de junio de 2019

El tren



Hay vidas tan vacías como algunas estaciones de madrugada, vidas tan grises como las frías mañanas de invierno. Vidas anodinas, prescindibles, banales, insulsas, de gentes que pasan por el mundo desapercibidas, sin un destello. Vidas sombrías.
La de aquel viajero era así. Una vida inútil, sin sentido.
Era muy temprano cuando apareció aquella mañana arrastrando su maleta por el andén vacío. Una niebla gris y densa envolvía los objetos y lograba desdibujarlos, hasta tal punto de que no era fácil distinguir sus contornos.
La estación aparecía desierta y silenciosa, como algunos pasillos de hospital durante la noche.
Una mano en el bolsillo, la otra tirando de la maleta, recorriendo una y otra vez el andén, haciendo tiempo, mientras esperaba la llegada del tren, el primero del día. Como única compañía, la luz mortecina de las farolas, arrojando sobre el pavimento una luz amarillenta. El viajero arrastraba su maleta y su vida. Pensaba en su soledad, en su existencia sin brújula, vacía de contenido.
Como en las viejas películas en blanco y negro, llegaba el tren, bufando y resoplando, envuelto en vapor, haciendo chirriar las ruedas metálicas sobre los rieles. El viajero subió, colocó su maleta en el altillo y tomó asiento.
Le gustaba desde siempre situarse en sentido contrario, de espaldas a la marcha del tren. De esta manera veía los objetos alejarse, recreando la vista en lo que dejaba atrás, mientras se iban empequeñeciendo y finalmente desapareciendo.
Desde la ventanilla, mientras despuntaba tímidamente el día, medio adormilado, dejaba vagar los ojos por el paisaje ceniciento y tristón. Casi prefería no pensar en nada. Dejarse llevar por los árboles, las vallas y los edificios que circulaban ante sus ojos y se perdían a lo lejos.
Recuerdos, pocos. Un par de pensamientos con los que entretener el tiempo del viaje. No llevaba a mano ninguna lectura. No le apetecía.
No huía de nada. No huye quien abandona un destino por otro que no conoce. De hecho sacó un billete para el primer tren que pasara aquella mañana.
No tenía ninguna preferencia. Tampoco nadie que le esperara, al igual que nadie fue a despedirle a la estación.
Partió solo y solo llegará a quién sabe dónde.
Le daba igual su destino. Tal vez confiaba en el azar más que en sí mismo.
De hecho siempre decía que la casualidad está detrás de casi todo lo importante que te puede ocurrir en la vida. Nacemos por casualidad. Por casualidad vivimos en este o en aquel lugar. Conocemos a las personas casualmente. En ninguna parte está escrito cuándo, dónde y cómo vas a conocer a la persona que te dará trabajo, que vivirá contigo o que te complicará la existencia para siempre.
Por eso, a partir de ahora, el destino marcaría su existencia.
Echó los dados aquella mañana y el azar decidió por él.

Estaba en sus manos.

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"El tren" es un capítulo del libro "Ida y vuelta" que te puedes descargar en este enlace:
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view
Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

miércoles, 12 de junio de 2019

Los fondos abisales de la noche




Lo normal al acostarte es un sueño tranquilo o, en el peor de los casos, la pesadilla de libro, el asunto descabellado, la rareza onírica sin pies ni cabeza, la tontería absurda, fruto casi siempre de una mala digestión, donde los jugos gástricos dominan la escena e imponen su ley mientras duermes. El abuso de queso curado o de caracoles picantes en la cena, regada con un buen vino de la tierra, tinto en este caso, pueden tener la culpa. También un día agitado, el exceso de estrés… Sobre esto hay muchas opiniones.
Lo malo es cuando en el sueño no hay nada, solo la oscuridad como protagonista. Una especie de sueño para invidentes.
Eso le pasó a Serafín, el pescadero.
Todo el día limpiando boquerones, eviscerando salmonetes, quitando escamas, cortando pescadillas en rodajas…
Y esa noche, la oscuridad tan solo.
Cerrar los ojos y hundirse en un sopor profundo. Y enseguida, la sensación de flotar en una masa fría y pesada. Sentirse una especie de ameba ingrávida en medio de la nada: una oscuridad silenciosa, sin esquinas, sin límites. Una oscuridad densa. Un vacío perfecto. Como si el tiempo se hubiera detenido y la vida se quedara congelada en un instante preciso de duración indeterminada e imposible de medir. Y en esa aparente quietud, flotar o casi levitar.
Y es que Serafín, sin saberlo, se había convertido durante la noche no en un escarabajo, como el personaje de Kafka; no en un ajolote, como en el cuento de Cortázar; sino en un horrendo animal de la fauna marina, en un extraño pez de los fondos abisales.
Feo con ganas.
Eso es una pesadilla; y lo demás, tonterías.


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Trabajo publicado originariamente en La Charca Literaria

miércoles, 29 de mayo de 2019

Homeopatía literaria




De todos es conocido que la homeopatía se basa -supuestamente, claro- en administrar a un enfermo una dosis pequeña de una sustancia que en cantidades normales produciría el mal que se quiere combatir.
Una dosis elevada de mala literatura produciría en la persona embrutecimiento, desinformación, enajenación (véase el caso de Alonso Quijano); pero si administramos una cantidad pequeña podríamos curarla de su ignorancia, de su zafiedad, de su incultura, etc.
Supongamos que se somete usted a un tratamiento de homeopatía literaria.
El tratamiento a seguir sería el siguiente.
Primero va usted a leer Mis estudios solo me daban para limpiar escaleras. Por eso preferí salir en la tele y vivir del cuento. Solo cuatro páginas de las memorias de la petarda o del petardo de turno. Le vendrá muy bien, además, para hacer amigos y mejorar su autoestima.
La semana que viene leerá esto otro: el prólogo -nada más que el prólogo- de un libro de autoayuda que se titula Imprescindible para triunfar en los negocios y que la gente le admire.
A la otra semana, del ex presidente jubilado que vive de sus conferencias, libros y negocios familiares, disfrutará la página 124 de sus Memorias I, aunque no las haya escrito él.
A continuación, cuatro días después, toca el best seller de moda. Leerá tan solo de la página 16 a la 18. Hay mucho donde elegir: E. L. James, Danielle Steel, Nicholas Sparks o Paulo Coelho, por ejemplo.
Llegados a este punto, siempre que haya sobrevivido a las lecturas, tendrá buena capacidad para enfrentarte al siguiente reto: adquirir sensibilidad poética.
Cada día degustará una poesía distinta de las que vienen en los libros de las fiestas de los pueblos, hechas por septuagenarios sin estudios. Dignas de leer. ¡Pero solo una al día, más puede ser perjudicial!
La mala ortografía la curaremos con algunos recortes de prensa, cuando algunos expertos en redacción hablan de “detrás tuyo”, “absorver” o “preveer”.
Luego ya solo hay que esperar a que la terapia haga efecto.
Si ello es posible.


Texto publicado en La Charca Literaria

lunes, 20 de mayo de 2019

Una historia cotidiana


—¿Quieres un emparedado? 

Carmen.
La compañera de piso y de infortunios, la amiga con derecho a roce desde hacía ya varios años. Primero fue amiga a secas, pero cuando ocurrió lo de Mercedes, la amiga común y esposa de Andrés, que acabó fugándose con un colombiano veinte años más joven que ella, que le descubrió repentinamente un nuevo mundo y la deslumbró a base de juventud, tez morena, metro ochenta de estatura, sexo desenfrenado y salidas nocturnas a tutiplén, además de chulearla y vivir a sus expensas, entonces Carmen acabó volcándose con el más débil, con el amigo abandonado, con el perdedor, y porque, en el fondo, muy en el fondo, Andrés le hacía cosquillas en el alma, siempre le gustó un poquitito y acabó medio enamorándose de él. Mientras Mercedes era la pareja de Andrés, Carmen nunca se le insinuó, a pesar de ser asidua visitante de la casa, de compartir cientos de horas con ellos, de participar en sus penas y en sus alegrías. Nunca hubo un gesto ni de ella ni de él que revelara que allí, en el fondo, había algo más que amistad. Pero cuando Mercedes enseñó sus cartas y descubrió su nueva relación, todo cambió. Carmen, de entrada, no fue imparcial y se puso del lado de Andrés. Y luego, despejado el camino, no dudó en reemplazar el sitio que la esposa infiel había dejado vacante. Por eso decidió irse a vivir con él y convertirse en una especie de amante, protectora, asesora, administradora, madre y amiga desinteresada, todo a la vez, compartidora de casa, despensa, habitación y cama.

 —¿Te vas a hacer otro para ti? 

Andrés.
El marido abandonado. La víctima de una relación fallida. El perdedor en esta historia. Pero eso era tan solo lo aparente. Al final resultó ser el verdadero ganador. No fue él el que lo urdió todo, pero sí el experto navegante que supo aprovechar la fuerza del viento para que esta no derribara su nave sino que la empujara gracias a que logró desplegar las velas en su momento. Desde hacía tiempo comenzó una andadura paulatina de desinterés hacia Mercedes, mientras que paralelamente iba creciendo el interés por Carmen, la amiga común. Supo esperar el momento adecuado. Por eso, cuando tras aquel viaje por el Caribe, descubrió que su mujer iniciaba un acercamiento a terreno peligroso, él facilitó el camino: al enemigo, puente de plata. Mercedes vino de aquel crucero transformada en otra persona. Digamos que había descubierto nuevas formas de diversión relacionadas con los bailes y el inevitable roce con muchachos más jóvenes que su marido y, por supuesto, más vitales y atractivos, con la próstata seguramente en condiciones óptimas. Vino deslumbrada por ese nuevo mundo lleno de sensaciones que acababa de descubrir. Para su marido no pasó inadvertida esa nueva vía de escape descubierta por Mercedes. Por ello promovió e impulsó que su adorable esposa, la cual amaba el reguetón, el vallenato, la salsa, el merengue, la bachata y todas las demás variedades latinas de moda, ya de regreso del viaje, se apuntara a todo tipo de salones donde enseñaban a perfeccionar los distintos bailes y donde, a la caza siempre de maduras insatisfechas con solvencia económica, se concentraban avispados tiburones caribeños. Y al final picó cuando cayó rendida ante los encantos de un pipiolo colombiano de bellas facciones y gestos achulados, cuenta corriente en números rojos y oscuras intenciones. En resumen, que ir de víctima le vino de perlas a Andrés para quedarse con la casa, al menos en usufructo. Qué menos que esa pequeña recompensa para el que había perdido lo más importante: un matrimonio estable. El síndrome de culpabilidad de su ex mujer ayudó mucho. Y además salió ganando con el cambio de pareja. Carmen era -y estaba- mejor que la anterior.

—Sí. Me apetece un emparedado. Y, ya que me pongo, lo mismo me da hacer uno que dos. 
—Vale. El mío lo quiero de jamón y tomate Y una cerveza. Si no te supone demasiada molestia.  
—En absoluto, tesoro. 

 En este cuento ganan todos. Me encantan las historias que terminan bien.

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Una historia cotidiana pertenece al libro "Ida y vuelta". Te puedes descargar un ejemplar en el siguiente enlace:  
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view


Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 13 de mayo de 2019

Leo



Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, un tipo peculiar:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Lo decía y se quedaba tan pancho. Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios creo que, como mucho, tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta, a la vez que hacía un movimiento con el pulgar de la mano derecha señalándola,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.
—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.
—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?
—No sé. Pregúntale a Leo.
—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si nada.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Vida laboral

Fuente de la imagen

Texto publicado originariamente en La Charca Literaria


Francisco Martín —Curro, para los amigos; para servir a Dios y a usted, según decía el aludido— era un experto en trabajos raros. Y también era culo de mal asiento: le duraban muy poco.

Dejó su labor de paseador de patos, en el estanque del hotel de lujo en el que trabajaba, para abrir una peluquería de perros donde la especialidad estrella era la de manicura. Harto, más que de los perros, de las señoronas con sombrero y tiempo libre que llamaban a sus canes con los nombres ridículos de Fifí o Rodolfo, se dedicó durante una temporada a inspector de patatas fritas. Su labor consistía, dentro de su empresa, en vigilar que estuvieran en su punto de textura, color, sabor, además de crujientes, y que no se ablandaran una vez abierto el envase.

Dos años más tarde cambió de oficio y se hizo espantapájaros humano. Contratado por agricultores británicos, iba vestido con sombrero de paja, ropa llamativa y acompañado de un silbato para ahuyentar a los bichos alados. Cansado también de este oficio, poco después, se hizo probador de toboganes. Viajaba, sobre todo en los meses de estío, a los parques acuáticos y, siempre en bañador, evaluaba el grado de rapidez, seguridad y capacidad de diversión de los mismos; pero al terminar su tercer verano, orientó su vida laboral por otros derroteros.

Su siguiente empleo fue el de mamporrero, es decir, de encargado manual para que los caballos, malos en temas de puntería, dieran con el orificio vaginal de las yeguas, porque muchas veces no atinaban con el lugar de lo nerviosos que estaban por la perspectiva de la coyunda. Estaba claro que, para tal menester, Francisco hacía uso de guantes. Y que se los cambiaba de vez en cuando. Harto ya de tocar los miembros erectos de los machos del ganado equino, pensó en mudar de oficio y, probando fortuna, se empleó consecutivamente en estos: acurrucador profesional, recolector de gusanos, modelo nudista, probador de alimentos para mascotas, asistente del lanzador de cuchillos del circo, sexador de pollos, probador de muebles, calentador de camas...

Cuando decidió cambiar de nuevo de profesión, y esta vez buscar algo más normalito y tranquilo en una consultoría, se extrañó mucho de que el entrevistador se divirtiera de lo lindo a costa de su curriculum.
A pesar de todo, obtuvo la plaza. En su nueva empresa valoraron positivamente su versatilidad, su falta de remilgos, su afán de superación, su experiencia y su capacidad para adaptarse a cualquier tipo de empleo. Un ejemplo modélico para todos.

sábado, 27 de abril de 2019

Lo prometido es deuda


A punto de agotarse la breve edición en papel de "Ida y vuelta", mi último trabajo -prácticamente solo queda dar cumplimiento a las solicitudes pendientes-,  cuelgo el pdf que se puede descargar de forma gratuita. 
En papel o no, espero que la lectura de los relatos que dan lugar a este libro sea del agrado de todos.



Y este es el enlace al pdf:




jueves, 25 de abril de 2019

Todo un detalle



Me ocurrió este año. En el súper. Era un 13 de febrero, la víspera de san Valentín. 
Delante de mí, en la fila para pagar en caja, había un hombre como de unos cuarenta años, menudo, de carnes secas. Cuando ya le tocaba el turno, se abrió la puerta del local y entró una moza de buen ver, con pantalón ajustado y curvas pronunciadas. Y el hombrito, con la compra del día en la cinta de la caja, se quedó embelesado unos segundos, siguiendo descaradamente, como hipnotizado, el bamboleo de las poderosas caderas de la aparecida... Si hubiera dado un paso en dirección a la señora estupenda de culo ceñido, habría patinado indudablemente en su propia baba. Luego recapacitó, con aires de disimulo, como diciendo "yo soy un inocente varón", recobró la compostura, giró la cabeza hacia donde estaba inicialmente y, antes de pagar, reparó en un cesto lleno de ramos de flores que, a un lado de la caja, ofrecía la posibilidad de llevarse uno de ellos dada la oportunidad de la fecha. El hombre se aproximó allí, cogió uno y lo puso en la cinta transportadora junto a los huevos, los macarrones, la botella de aceite y el brick de leche que iba a pagar. Un gesto de última hora para su mujer en fechas tan señaladas. 
Todo un detalle de un hombre verdaderamente enamorado que siempre se acuerda de estas cosas.

lunes, 15 de abril de 2019

La magia de la lectura


Cuando era muy joven tenía un tesoro en mi habitación: una estantería repleta de libros; siempre oliendo a esa combinación de madera y papeles encerrados entre tapas satinadas. 
Y allí se encontraban Guillermo Brown y sus incondicionales proscritos, Sitting Bull y las infinitas praderas, Ulises y la diosa Circe, los solitarios del océano, el escarabajo de oro y los misterios de la calle La Morgue, la caja de yesca y el viejo conciliasueños, el Gun Club de Baltimore, los jinetes indios cabalgando a pelo sus monturas, las oscuras golondrinas de Bécquer, el avaro Scrooge, el plano del tesoro y un barco lleno de piratas… 
Si cogía, por ejemplo, El árbol del ahorcado, y echaba un vistazo a su interior, durante un breve segundo mi cerebro registraba una ensoñación, un espejismo: el movimiento vertiginoso de un remolino de arena típico de los desiertos…. Por eso, cuando cerraba de golpe el libro, como se cierra una puerta —¡blam!—, un espeso muro de silencio y polvo se levantaba en medio de la habitación, y quedaba allí, en el aire, flotando unos instantes, como un ritual de seguridad que impedía el acceso a los intrusos. 
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Si te gusta leer, te ofrezco la posibilidad de compartir mi último trabajo:

Ida y vuelta. Viajes, retornos y reencuentros.

Puedes pedirme un libro en papel. O esperar a que se agoten las existencias y descargarte el pdf que pondré en su momento.

miércoles, 10 de abril de 2019

Noticia




Ya está aquí. Ya salió:
"Ida y vuelta". El resultado final de un proyecto que se inició hace casi dos años. 
Un libro de relatos que gira en torno al tema de los viajes. Espaciales y temporales; externos e internos; de largo recorrido y escapadas; reales e imaginarios; por la Tierra y por el cosmos;  a otros lugares y al interior de la persona; en barco, en tren o en platillo volante... En plan serio o en clave de humor, que de todo hay.

Se trata de un encargo a una imprenta en régimen de autopublicación. Ya sabéis, como Juan Palomo: maquetación del interior y diseño de la cubierta a cargo del propio autor. Luego se imprimen unas decenas de ejemplares y ya está. Sale relativamente barato. Así que, si alguien encuentra algún error en la maquetación  -que los habrá-, no cabe echarle la culpa a los de la imprenta.

El trabajo en cuestión es una manera de tener reunidos en papel muchos textos que andaban sueltos por ahí, en archivos varios del ordenador. La mayoría son inéditos, aunque algunos ya han sido publicados en mi blog o en sitios donde colaboro habitualmente. 

Aparte de esta breve edición en papel -no quiero, de momento, más aventuras editoriales- sacaré más adelante otra en pdf para que se la descargue gratuitamente el que desee, sobre todo pensando en los amigos de fuera de España, que lo tienen más difícil.

Pues eso: que el que quiera un ejemplar en papel, que me lo diga, que el asunto es limitado y que cuando se agote el libro físico, solo quedará la opción de descargárselo a partir del enlace que suministraré en su momento.

Mi correo electrónico: geaberca@gmail.com



jueves, 4 de abril de 2019

Regalos



—¿Has envuelto el regalo para la señora Lucía?— dijo mi madre en voz baja, mientras mi padre roncaba portentosamente con el sonido del televisor como ruido de fondo.
—Sí, ya lo tengo preparado.

En mi casa era una ceremonia diaria hacer una larga sobremesa tras la comida, sentados todos en el sofá de cuatro plazas, mientras veíamos los anuncios de la tele y mi padre echaba su habitual cabezada con la boca abierta.

—Este canal es un rollo —dijo Margarita—. Voy a cambiarlo. Apenas ponen anuncios.

Margarita era mi hermana, la pequeña de la casa, con la cara salpicada de pecas, cabello pelirrojo recogido en dos trenzas, con ese aspecto de niña traviesa al estilo de Pipi Calzaslargas.
Sí, en mi casa era una costumbre, casi un ritual, ver los anuncios de la tele mientras hacíamos la sobremesa tras la comida y mi padre roncaba como un poseso. Entre pedacito y pedacito de programa, la mayoría de los canales emitían publicidad en dosis masivas. También era una costumbre pelearme con mi hermana aprovechando que el cabeza de familia estaba ausente en brazos de Morfeo:

—No digas tonterías, Margarita —le respondí—. Todavía no han terminado los anuncios de este y tú ya quieres cambiar de canal. Por cierto, ¿cuándo vas a dejar de tomar el sol en la cara con un colador?
—Jajá. Mira el listo, que le han quedado cuatro asignaturas esta evaluación. Y viene dando lecciones.
—Niños, dejad de alborotar, que como se despierte vuestro padre os va a dar para el pelo. Y tú, Margarita, dame el mando que, cuando acaben estos, pondré los de la Cinco.

Creo que ya lo dije. En mi casa había tres deportes favoritos: pelearnos mi hermana y yo, roncar mi padre tras la comida y ver anuncios. ¡Ah! Se me olvidaba. También había otra afición: hacer regalos. Lo nuestro era compulsivo. Veíamos los anuncios de la tele y después desde el móvil hacíamos el pedido de lo que nos gustaba y a qué personas íbamos a regalar lo comprado. Todo cómodamente a través de una aplicación que nos habíamos bajado. Y pudiendo pagar las compras a plazos. El pedido podría tardar en llegar a nuestro domicilio un par de días. Y el mando de la tele siempre acababa en manos de mi madre. Era ella quien, al final, seleccionaba el canal de anuncios que debíamos ver. Era quien mandaba:

Señora, no deje pasar esta oportunidad: compre una docena de bragas Verónica y le regalamos un libro de Saulo Moelho, el escritor de moda.
Para el caballero, este elegante chaquetón estilo "paletó" a lo Fernando VII. Con él se sentirá el rey de la casa.

En ese momento se despertaba mi padre con la lengua estropajosa haciendo extraños ruidos o chasquidos con la boca, como mascando el aire:

—En esta casa no puede uno echar una cabezadita. Os vengo oyendo desde hace rato. Mira que habláis, como cotorras, sin parar.

Un divertido juego para toda la familia... Pensar o ganar. Usted elige. Un entretenimiento que penaliza al que se piense demasiado las respuestas.
Para esa vecina que tanto aprecia, le recomendamos el escuchador doméstico. Un vaso con amplificador incorporado que, puesto en la pared, hará que no se pierda nada de lo que hablan los del piso de al lado. Tenga un bonito detalle.

—Mira, Paco —dijo mi madre —. Eso es lo que le hemos comprado a la señora Lucía y que Luisito  le ha envuelto para bajárselo esta tarde.

Llévese bien con su jefe y regálele una noche de hotel en las Bermudas con todo incluido.

—Yo sí que le regalaba al mío un viaje lejos, pero con billete solo de ida. A ese, ni agua — afirmó Paco convencido.

Niños, no os perdáis el nuevo juego para vuestras maquinitas móviles:
“El cazadelincuentes”.
Una delicia que ya hace furor en los EEUU. Incorpora un rifle con mirada telescópica de alta precisión. ¡Si no puedes detener al delincuente, cázalo!

—¡Mami, yo lo quiero! —dije yo.
—Cuando apruebes lo que te queda. Te recuerdo que te han suspendido Protocolo, Finanzas, Consumo y Gestión empresarial. Nada menos que cuatro de las seis asignaturas importantes que se dan en Secundaria. Solo aprobaste Dibujo Técnico y Tecnología.
—Pues vaya rollo. Al final seguro que lo tendrán todos los de mi clase antes que yo.
—¡Chincha rabiña! —apostilló Margarita divertida.
—Esta niña es tonta —me defendí.
—Venga, callad ya los dos. Ya hablaremos cuando apruebes. Y tú, Margarita, deja en paz a tu hermano. Anda, Luisito, baja el regalo a doña Lucía.
—Vale, mamá.

Al cabo de un rato, regresaba yo tras entregar el regalo a la vecina.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó mi madre.
—Me ha dado las gracias y me ha entregado esto para ti. Dice que son unas zapatillas de andar por casa para que no metas ruido con los zapatos de tacón, que el piso parece un puticlub. También me ha dado esto —y le mostré un sobrecito cuadrado transparente que dejaba entrever un preservativo —. Es para papá. Dice que se lo ponga en el pito para no tener más nenes, que con dos en casa ya hay bastante jaleo.


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