miércoles, 19 de junio de 2019

El tren



Hay vidas tan vacías como algunas estaciones de madrugada, vidas tan grises como las frías mañanas de invierno. Vidas anodinas, prescindibles, banales, insulsas, de gentes que pasan por el mundo desapercibidas, sin un destello. Vidas sombrías.
La de aquel viajero era así. Una vida inútil, sin sentido.
Era muy temprano cuando apareció aquella mañana arrastrando su maleta por el andén vacío. Una niebla gris y densa envolvía los objetos y lograba desdibujarlos, hasta tal punto de que no era fácil distinguir sus contornos.
La estación aparecía desierta y silenciosa, como algunos pasillos de hospital durante la noche.
Una mano en el bolsillo, la otra tirando de la maleta, recorriendo una y otra vez el andén, haciendo tiempo, mientras esperaba la llegada del tren, el primero del día. Como única compañía, la luz mortecina de las farolas, arrojando sobre el pavimento una luz amarillenta. El viajero arrastraba su maleta y su vida. Pensaba en su soledad, en su existencia sin brújula, vacía de contenido.
Como en las viejas películas en blanco y negro, llegaba el tren, bufando y resoplando, envuelto en vapor, haciendo chirriar las ruedas metálicas sobre los rieles. El viajero subió, colocó su maleta en el altillo y tomó asiento.
Le gustaba desde siempre situarse en sentido contrario, de espaldas a la marcha del tren. De esta manera veía los objetos alejarse, recreando la vista en lo que dejaba atrás, mientras se iban empequeñeciendo y finalmente desapareciendo.
Desde la ventanilla, mientras despuntaba tímidamente el día, medio adormilado, dejaba vagar los ojos por el paisaje ceniciento y tristón. Casi prefería no pensar en nada. Dejarse llevar por los árboles, las vallas y los edificios que circulaban ante sus ojos y se perdían a lo lejos.
Recuerdos, pocos. Un par de pensamientos con los que entretener el tiempo del viaje. No llevaba a mano ninguna lectura. No le apetecía.
No huía de nada. No huye quien abandona un destino por otro que no conoce. De hecho sacó un billete para el primer tren que pasara aquella mañana.
No tenía ninguna preferencia. Tampoco nadie que le esperara, al igual que nadie fue a despedirle a la estación.
Partió solo y solo llegará a quién sabe dónde.
Le daba igual su destino. Tal vez confiaba en el azar más que en sí mismo.
De hecho siempre decía que la casualidad está detrás de casi todo lo importante que te puede ocurrir en la vida. Nacemos por casualidad. Por casualidad vivimos en este o en aquel lugar. Conocemos a las personas casualmente. En ninguna parte está escrito cuándo, dónde y cómo vas a conocer a la persona que te dará trabajo, que vivirá contigo o que te complicará la existencia para siempre.
Por eso, a partir de ahora, el destino marcaría su existencia.
Echó los dados aquella mañana y el azar decidió por él.

Estaba en sus manos.

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"El tren" es un capítulo del libro "Ida y vuelta" que te puedes descargar en este enlace:
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view
Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

miércoles, 12 de junio de 2019

Los fondos abisales de la noche




Lo normal al acostarte es un sueño tranquilo o, en el peor de los casos, la pesadilla de libro, el asunto descabellado, la rareza onírica sin pies ni cabeza, la tontería absurda, fruto casi siempre de una mala digestión, donde los jugos gástricos dominan la escena e imponen su ley mientras duermes. El abuso de queso curado o de caracoles picantes en la cena, regada con un buen vino de la tierra, tinto en este caso, pueden tener la culpa. También un día agitado, el exceso de estrés… Sobre esto hay muchas opiniones.
Lo malo es cuando en el sueño no hay nada, solo la oscuridad como protagonista. Una especie de sueño para invidentes.
Eso le pasó a Serafín, el pescadero.
Todo el día limpiando boquerones, eviscerando salmonetes, quitando escamas, cortando pescadillas en rodajas…
Y esa noche, la oscuridad tan solo.
Cerrar los ojos y hundirse en un sopor profundo. Y enseguida, la sensación de flotar en una masa fría y pesada. Sentirse una especie de ameba ingrávida en medio de la nada: una oscuridad silenciosa, sin esquinas, sin límites. Una oscuridad densa. Un vacío perfecto. Como si el tiempo se hubiera detenido y la vida se quedara congelada en un instante preciso de duración indeterminada e imposible de medir. Y en esa aparente quietud, flotar o casi levitar.
Y es que Serafín, sin saberlo, se había convertido durante la noche no en un escarabajo, como el personaje de Kafka; no en un ajolote, como en el cuento de Cortázar; sino en un horrendo animal de la fauna marina, en un extraño pez de los fondos abisales.
Feo con ganas.
Eso es una pesadilla; y lo demás, tonterías.


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Trabajo publicado originariamente en La Charca Literaria

miércoles, 29 de mayo de 2019

Homeopatía literaria




De todos es conocido que la homeopatía se basa -supuestamente, claro- en administrar a un enfermo una dosis pequeña de una sustancia que en cantidades normales produciría el mal que se quiere combatir.
Una dosis elevada de mala literatura produciría en la persona embrutecimiento, desinformación, enajenación (véase el caso de Alonso Quijano); pero si administramos una cantidad pequeña podríamos curarla de su ignorancia, de su zafiedad, de su incultura, etc.
Supongamos que se somete usted a un tratamiento de homeopatía literaria.
El tratamiento a seguir sería el siguiente.
Primero va usted a leer Mis estudios solo me daban para limpiar escaleras. Por eso preferí salir en la tele y vivir del cuento. Solo cuatro páginas de las memorias de la petarda o del petardo de turno. Le vendrá muy bien, además, para hacer amigos y mejorar su autoestima.
La semana que viene leerá esto otro: el prólogo -nada más que el prólogo- de un libro de autoayuda que se titula Imprescindible para triunfar en los negocios y que la gente le admire.
A la otra semana, del ex presidente jubilado que vive de sus conferencias, libros y negocios familiares, disfrutará la página 124 de sus Memorias I, aunque no las haya escrito él.
A continuación, cuatro días después, toca el best seller de moda. Leerá tan solo de la página 16 a la 18. Hay mucho donde elegir: E. L. James, Danielle Steel, Nicholas Sparks o Paulo Coelho, por ejemplo.
Llegados a este punto, siempre que haya sobrevivido a las lecturas, tendrá buena capacidad para enfrentarte al siguiente reto: adquirir sensibilidad poética.
Cada día degustará una poesía distinta de las que vienen en los libros de las fiestas de los pueblos, hechas por septuagenarios sin estudios. Dignas de leer. ¡Pero solo una al día, más puede ser perjudicial!
La mala ortografía la curaremos con algunos recortes de prensa, cuando algunos expertos en redacción hablan de “detrás tuyo”, “absorver” o “preveer”.
Luego ya solo hay que esperar a que la terapia haga efecto.
Si ello es posible.


Texto publicado en La Charca Literaria

lunes, 20 de mayo de 2019

Una historia cotidiana


—¿Quieres un emparedado? 

Carmen.
La compañera de piso y de infortunios, la amiga con derecho a roce desde hacía ya varios años. Primero fue amiga a secas, pero cuando ocurrió lo de Mercedes, la amiga común y esposa de Andrés, que acabó fugándose con un colombiano veinte años más joven que ella, que le descubrió repentinamente un nuevo mundo y la deslumbró a base de juventud, tez morena, metro ochenta de estatura, sexo desenfrenado y salidas nocturnas a tutiplén, además de chulearla y vivir a sus expensas, entonces Carmen acabó volcándose con el más débil, con el amigo abandonado, con el perdedor, y porque, en el fondo, muy en el fondo, Andrés le hacía cosquillas en el alma, siempre le gustó un poquitito y acabó medio enamorándose de él. Mientras Mercedes era la pareja de Andrés, Carmen nunca se le insinuó, a pesar de ser asidua visitante de la casa, de compartir cientos de horas con ellos, de participar en sus penas y en sus alegrías. Nunca hubo un gesto ni de ella ni de él que revelara que allí, en el fondo, había algo más que amistad. Pero cuando Mercedes enseñó sus cartas y descubrió su nueva relación, todo cambió. Carmen, de entrada, no fue imparcial y se puso del lado de Andrés. Y luego, despejado el camino, no dudó en reemplazar el sitio que la esposa infiel había dejado vacante. Por eso decidió irse a vivir con él y convertirse en una especie de amante, protectora, asesora, administradora, madre y amiga desinteresada, todo a la vez, compartidora de casa, despensa, habitación y cama.

 —¿Te vas a hacer otro para ti? 

Andrés.
El marido abandonado. La víctima de una relación fallida. El perdedor en esta historia. Pero eso era tan solo lo aparente. Al final resultó ser el verdadero ganador. No fue él el que lo urdió todo, pero sí el experto navegante que supo aprovechar la fuerza del viento para que esta no derribara su nave sino que la empujara gracias a que logró desplegar las velas en su momento. Desde hacía tiempo comenzó una andadura paulatina de desinterés hacia Mercedes, mientras que paralelamente iba creciendo el interés por Carmen, la amiga común. Supo esperar el momento adecuado. Por eso, cuando tras aquel viaje por el Caribe, descubrió que su mujer iniciaba un acercamiento a terreno peligroso, él facilitó el camino: al enemigo, puente de plata. Mercedes vino de aquel crucero transformada en otra persona. Digamos que había descubierto nuevas formas de diversión relacionadas con los bailes y el inevitable roce con muchachos más jóvenes que su marido y, por supuesto, más vitales y atractivos, con la próstata seguramente en condiciones óptimas. Vino deslumbrada por ese nuevo mundo lleno de sensaciones que acababa de descubrir. Para su marido no pasó inadvertida esa nueva vía de escape descubierta por Mercedes. Por ello promovió e impulsó que su adorable esposa, la cual amaba el reguetón, el vallenato, la salsa, el merengue, la bachata y todas las demás variedades latinas de moda, ya de regreso del viaje, se apuntara a todo tipo de salones donde enseñaban a perfeccionar los distintos bailes y donde, a la caza siempre de maduras insatisfechas con solvencia económica, se concentraban avispados tiburones caribeños. Y al final picó cuando cayó rendida ante los encantos de un pipiolo colombiano de bellas facciones y gestos achulados, cuenta corriente en números rojos y oscuras intenciones. En resumen, que ir de víctima le vino de perlas a Andrés para quedarse con la casa, al menos en usufructo. Qué menos que esa pequeña recompensa para el que había perdido lo más importante: un matrimonio estable. El síndrome de culpabilidad de su ex mujer ayudó mucho. Y además salió ganando con el cambio de pareja. Carmen era -y estaba- mejor que la anterior.

—Sí. Me apetece un emparedado. Y, ya que me pongo, lo mismo me da hacer uno que dos. 
—Vale. El mío lo quiero de jamón y tomate Y una cerveza. Si no te supone demasiada molestia.  
—En absoluto, tesoro. 

 En este cuento ganan todos. Me encantan las historias que terminan bien.

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Una historia cotidiana pertenece al libro "Ida y vuelta". Te puedes descargar un ejemplar en el siguiente enlace:  
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Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 13 de mayo de 2019

Leo



Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, un tipo peculiar:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Lo decía y se quedaba tan pancho. Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios creo que, como mucho, tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta, a la vez que hacía un movimiento con el pulgar de la mano derecha señalándola,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.
—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.
—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?
—No sé. Pregúntale a Leo.
—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si nada.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Vida laboral

Fuente de la imagen

Texto publicado originariamente en La Charca Literaria


Francisco Martín —Curro, para los amigos; para servir a Dios y a usted, según decía el aludido— era un experto en trabajos raros. Y también era culo de mal asiento: le duraban muy poco.

Dejó su labor de paseador de patos, en el estanque del hotel de lujo en el que trabajaba, para abrir una peluquería de perros donde la especialidad estrella era la de manicura. Harto, más que de los perros, de las señoronas con sombrero y tiempo libre que llamaban a sus canes con los nombres ridículos de Fifí o Rodolfo, se dedicó durante una temporada a inspector de patatas fritas. Su labor consistía, dentro de su empresa, en vigilar que estuvieran en su punto de textura, color, sabor, además de crujientes, y que no se ablandaran una vez abierto el envase.

Dos años más tarde cambió de oficio y se hizo espantapájaros humano. Contratado por agricultores británicos, iba vestido con sombrero de paja, ropa llamativa y acompañado de un silbato para ahuyentar a los bichos alados. Cansado también de este oficio, poco después, se hizo probador de toboganes. Viajaba, sobre todo en los meses de estío, a los parques acuáticos y, siempre en bañador, evaluaba el grado de rapidez, seguridad y capacidad de diversión de los mismos; pero al terminar su tercer verano, orientó su vida laboral por otros derroteros.

Su siguiente empleo fue el de mamporrero, es decir, de encargado manual para que los caballos, malos en temas de puntería, dieran con el orificio vaginal de las yeguas, porque muchas veces no atinaban con el lugar de lo nerviosos que estaban por la perspectiva de la coyunda. Estaba claro que, para tal menester, Francisco hacía uso de guantes. Y que se los cambiaba de vez en cuando. Harto ya de tocar los miembros erectos de los machos del ganado equino, pensó en mudar de oficio y, probando fortuna, se empleó consecutivamente en estos: acurrucador profesional, recolector de gusanos, modelo nudista, probador de alimentos para mascotas, asistente del lanzador de cuchillos del circo, sexador de pollos, probador de muebles, calentador de camas...

Cuando decidió cambiar de nuevo de profesión, y esta vez buscar algo más normalito y tranquilo en una consultoría, se extrañó mucho de que el entrevistador se divirtiera de lo lindo a costa de su curriculum.
A pesar de todo, obtuvo la plaza. En su nueva empresa valoraron positivamente su versatilidad, su falta de remilgos, su afán de superación, su experiencia y su capacidad para adaptarse a cualquier tipo de empleo. Un ejemplo modélico para todos.

sábado, 27 de abril de 2019

Lo prometido es deuda


A punto de agotarse la breve edición en papel de "Ida y vuelta", mi último trabajo -prácticamente solo queda dar cumplimiento a las solicitudes pendientes-,  cuelgo el pdf que se puede descargar de forma gratuita. 
En papel o no, espero que la lectura de los relatos que dan lugar a este libro sea del agrado de todos.



Y este es el enlace al pdf:




jueves, 25 de abril de 2019

Todo un detalle



Me ocurrió este año. En el súper. Era un 13 de febrero, la víspera de san Valentín. 
Delante de mí, en la fila para pagar en caja, había un hombre como de unos cuarenta años, menudo, de carnes secas. Cuando ya le tocaba el turno, se abrió la puerta del local y entró una moza de buen ver, con pantalón ajustado y curvas pronunciadas. Y el hombrito, con la compra del día en la cinta de la caja, se quedó embelesado unos segundos, siguiendo descaradamente, como hipnotizado, el bamboleo de las poderosas caderas de la aparecida... Si hubiera dado un paso en dirección a la señora estupenda de culo ceñido, habría patinado indudablemente en su propia baba. Luego recapacitó, con aires de disimulo, como diciendo "yo soy un inocente varón", recobró la compostura, giró la cabeza hacia donde estaba inicialmente y, antes de pagar, reparó en un cesto lleno de ramos de flores que, a un lado de la caja, ofrecía la posibilidad de llevarse uno de ellos dada la oportunidad de la fecha. El hombre se aproximó allí, cogió uno y lo puso en la cinta transportadora junto a los huevos, los macarrones, la botella de aceite y el brick de leche que iba a pagar. Un gesto de última hora para su mujer en fechas tan señaladas. 
Todo un detalle de un hombre verdaderamente enamorado que siempre se acuerda de estas cosas.

lunes, 15 de abril de 2019

La magia de la lectura


Cuando era muy joven tenía un tesoro en mi habitación: una estantería repleta de libros; siempre oliendo a esa combinación de madera y papeles encerrados entre tapas satinadas. 
Y allí se encontraban Guillermo Brown y sus incondicionales proscritos, Sitting Bull y las infinitas praderas, Ulises y la diosa Circe, los solitarios del océano, el escarabajo de oro y los misterios de la calle La Morgue, la caja de yesca y el viejo conciliasueños, el Gun Club de Baltimore, los jinetes indios cabalgando a pelo sus monturas, las oscuras golondrinas de Bécquer, el avaro Scrooge, el plano del tesoro y un barco lleno de piratas… 
Si cogía, por ejemplo, El árbol del ahorcado, y echaba un vistazo a su interior, durante un breve segundo mi cerebro registraba una ensoñación, un espejismo: el movimiento vertiginoso de un remolino de arena típico de los desiertos…. Por eso, cuando cerraba de golpe el libro, como se cierra una puerta —¡blam!—, un espeso muro de silencio y polvo se levantaba en medio de la habitación, y quedaba allí, en el aire, flotando unos instantes, como un ritual de seguridad que impedía el acceso a los intrusos. 
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Si te gusta leer, te ofrezco la posibilidad de compartir mi último trabajo:

Ida y vuelta. Viajes, retornos y reencuentros.

Puedes pedirme un libro en papel. O esperar a que se agoten las existencias y descargarte el pdf que pondré en su momento.

miércoles, 10 de abril de 2019

Noticia




Ya está aquí. Ya salió:
"Ida y vuelta". El resultado final de un proyecto que se inició hace casi dos años. 
Un libro de relatos que gira en torno al tema de los viajes. Espaciales y temporales; externos e internos; de largo recorrido y escapadas; reales e imaginarios; por la Tierra y por el cosmos;  a otros lugares y al interior de la persona; en barco, en tren o en platillo volante... En plan serio o en clave de humor, que de todo hay.

Se trata de un encargo a una imprenta en régimen de autopublicación. Ya sabéis, como Juan Palomo: maquetación del interior y diseño de la cubierta a cargo del propio autor. Luego se imprimen unas decenas de ejemplares y ya está. Sale relativamente barato. Así que, si alguien encuentra algún error en la maquetación  -que los habrá-, no cabe echarle la culpa a los de la imprenta.

El trabajo en cuestión es una manera de tener reunidos en papel muchos textos que andaban sueltos por ahí, en archivos varios del ordenador. La mayoría son inéditos, aunque algunos ya han sido publicados en mi blog o en sitios donde colaboro habitualmente. 

Aparte de esta breve edición en papel -no quiero, de momento, más aventuras editoriales- sacaré más adelante otra en pdf para que se la descargue gratuitamente el que desee, sobre todo pensando en los amigos de fuera de España, que lo tienen más difícil.

Pues eso: que el que quiera un ejemplar en papel, que me lo diga, que el asunto es limitado y que cuando se agote el libro físico, solo quedará la opción de descargárselo a partir del enlace que suministraré en su momento.

Mi correo electrónico: geaberca@gmail.com



jueves, 4 de abril de 2019

Regalos



—¿Has envuelto el regalo para la señora Lucía?— dijo mi madre en voz baja, mientras mi padre roncaba portentosamente con el sonido del televisor como ruido de fondo.
—Sí, ya lo tengo preparado.

En mi casa era una ceremonia diaria hacer una larga sobremesa tras la comida, sentados todos en el sofá de cuatro plazas, mientras veíamos los anuncios de la tele y mi padre echaba su habitual cabezada con la boca abierta.

—Este canal es un rollo —dijo Margarita—. Voy a cambiarlo. Apenas ponen anuncios.

Margarita era mi hermana, la pequeña de la casa, con la cara salpicada de pecas, cabello pelirrojo recogido en dos trenzas, con ese aspecto de niña traviesa al estilo de Pipi Calzaslargas.
Sí, en mi casa era una costumbre, casi un ritual, ver los anuncios de la tele mientras hacíamos la sobremesa tras la comida y mi padre roncaba como un poseso. Entre pedacito y pedacito de programa, la mayoría de los canales emitían publicidad en dosis masivas. También era una costumbre pelearme con mi hermana aprovechando que el cabeza de familia estaba ausente en brazos de Morfeo:

—No digas tonterías, Margarita —le respondí—. Todavía no han terminado los anuncios de este y tú ya quieres cambiar de canal. Por cierto, ¿cuándo vas a dejar de tomar el sol en la cara con un colador?
—Jajá. Mira el listo, que le han quedado cuatro asignaturas esta evaluación. Y viene dando lecciones.
—Niños, dejad de alborotar, que como se despierte vuestro padre os va a dar para el pelo. Y tú, Margarita, dame el mando que, cuando acaben estos, pondré los de la Cinco.

Creo que ya lo dije. En mi casa había tres deportes favoritos: pelearnos mi hermana y yo, roncar mi padre tras la comida y ver anuncios. ¡Ah! Se me olvidaba. También había otra afición: hacer regalos. Lo nuestro era compulsivo. Veíamos los anuncios de la tele y después desde el móvil hacíamos el pedido de lo que nos gustaba y a qué personas íbamos a regalar lo comprado. Todo cómodamente a través de una aplicación que nos habíamos bajado. Y pudiendo pagar las compras a plazos. El pedido podría tardar en llegar a nuestro domicilio un par de días. Y el mando de la tele siempre acababa en manos de mi madre. Era ella quien, al final, seleccionaba el canal de anuncios que debíamos ver. Era quien mandaba:

Señora, no deje pasar esta oportunidad: compre una docena de bragas Verónica y le regalamos un libro de Saulo Moelho, el escritor de moda.
Para el caballero, este elegante chaquetón estilo "paletó" a lo Fernando VII. Con él se sentirá el rey de la casa.

En ese momento se despertaba mi padre con la lengua estropajosa haciendo extraños ruidos o chasquidos con la boca, como mascando el aire:

—En esta casa no puede uno echar una cabezadita. Os vengo oyendo desde hace rato. Mira que habláis, como cotorras, sin parar.

Un divertido juego para toda la familia... Pensar o ganar. Usted elige. Un entretenimiento que penaliza al que se piense demasiado las respuestas.
Para esa vecina que tanto aprecia, le recomendamos el escuchador doméstico. Un vaso con amplificador incorporado que, puesto en la pared, hará que no se pierda nada de lo que hablan los del piso de al lado. Tenga un bonito detalle.

—Mira, Paco —dijo mi madre —. Eso es lo que le hemos comprado a la señora Lucía y que Luisito  le ha envuelto para bajárselo esta tarde.

Llévese bien con su jefe y regálele una noche de hotel en las Bermudas con todo incluido.

—Yo sí que le regalaba al mío un viaje lejos, pero con billete solo de ida. A ese, ni agua — afirmó Paco convencido.

Niños, no os perdáis el nuevo juego para vuestras maquinitas móviles:
“El cazadelincuentes”.
Una delicia que ya hace furor en los EEUU. Incorpora un rifle con mirada telescópica de alta precisión. ¡Si no puedes detener al delincuente, cázalo!

—¡Mami, yo lo quiero! —dije yo.
—Cuando apruebes lo que te queda. Te recuerdo que te han suspendido Protocolo, Finanzas, Consumo y Gestión empresarial. Nada menos que cuatro de las seis asignaturas importantes que se dan en Secundaria. Solo aprobaste Dibujo Técnico y Tecnología.
—Pues vaya rollo. Al final seguro que lo tendrán todos los de mi clase antes que yo.
—¡Chincha rabiña! —apostilló Margarita divertida.
—Esta niña es tonta —me defendí.
—Venga, callad ya los dos. Ya hablaremos cuando apruebes. Y tú, Margarita, deja en paz a tu hermano. Anda, Luisito, baja el regalo a doña Lucía.
—Vale, mamá.

Al cabo de un rato, regresaba yo tras entregar el regalo a la vecina.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó mi madre.
—Me ha dado las gracias y me ha entregado esto para ti. Dice que son unas zapatillas de andar por casa para que no metas ruido con los zapatos de tacón, que el piso parece un puticlub. También me ha dado esto —y le mostré un sobrecito cuadrado transparente que dejaba entrever un preservativo —. Es para papá. Dice que se lo ponga en el pito para no tener más nenes, que con dos en casa ya hay bastante jaleo.


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lunes, 25 de marzo de 2019

De merluzas y merluzos



Muchas de las palabras de nuestro rico léxico tienen un trasfondo acuático, casi siempre marino. Todo se debe a esa época —bárbara, pero imaginativa— en la que las expresiones gruesas estaban mal vistas en los medios impresos. Y los tebeos —sobre todo los tebeos—, en vez de llamar a las cosas por su nombre, haciendo uso de nuestra enorme variedad de improperios sonoros de alto calibre, se llenaban de imprecaciones leves e insultos ligeros, políticamente correctos. Así, al igual que en las historias de El Capitán Trueno había mastuerzos, villanos y bellacos; a la par que en las publicaciones infantiles y juveniles tipo Pulgarcito se decía “caramba” o “pardiez”, como ejemplos modélicos de expresiones de asombro, también se llamaba al personal con los calificativos de percebe, merluzo, batracio, pedazo de atún… muy habituales entonces. Todo perteneciente al ámbito de la fauna marina. De aquí, se derivaron también expresiones muy recurrentes y muy nuestras, como “meter la gamba”, “no me junto con morralla”, “eres escurridizo como una anguila”, “te has puesto rojo como un salmonete”, “vas para atrás como los cangrejos”,  “cada uno arrima el ascua a su sardina”, “tienes memoria de pez”, “Fulanito pilló una buena merluza”, “este es un besugo”, “estás pez en la materia”, “me cago en la mar serena” o “mecachis en la mar”, “mengano es un pez gordo”, “por la boca muere el pez”, etc., etc.
El mar, siempre el mar, como fuente de inspiración.
“Mecachis en la mar”.
Curiosa forma verbal esa: yo mecachis, tú tecachis, él secachis…
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Trabajo publicado originariamente en La Charca Literaria





lunes, 18 de marzo de 2019

La competición



Éramos muchos. Tal vez demasiados corredores para una prueba de velocidad como aquella. Al principio sobre todo. Pero no resultaba fácil llegar a la meta, muchos se quedarían por el camino.
Habíamos estado concentrados desde mucho antes del inicio de la competición, preparándonos, mentalizándonos. Allí reunidos en un espacio relativamente pequeño, acumulando fuerzas para el gran día que ya se avecinaba.
Y de pronto, alguien dio la salida.
Partimos de allí a la carrera, con mucho ímpetu, en tromba. Íbamos frescos, descansados, con brío, ilusionados, entusiasmados por llegar a nuestro destino, por conseguir el triunfo. Nos jugábamos mucho en ello. Resultaba crucial en nuestra trayectoria profesional. Era un recorrido que demostraría la rapidez desarrollada por cada participante. No era un maratón de esos larguísimos donde lo que cuenta es la resistencia, el saber dosificar las energías para no gastarlas enseguida. Aquí lo importante era la capacidad de desplegar al cien por cien la aptitud de cada uno, imprimir la potencia máxima desde el inicio, sin mirar hacia atrás, pendientes tan solo de llegar en primer lugar. Aquí no valía llegar el segundo o el tercero. Solo había premio para uno, el que primero llegara a su destino. Y la meta estaba ahí, muy cerca…

Avanzábamos con denuedo por un camino estrecho. Ya quedaba poco. Luego, lo angosto del trayecto se modificó de repente y apareció ante nosotros uno más amplio, como si corriéramos en tropel dentro de un túnel recto y oscuro.  El recorrido llegó a su fin cuando, dejando a los demás fuera, fui capaz de entrar dentro del óvulo para fecundarlo. La victoria fue mía.



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domingo, 17 de marzo de 2019

La operación



Despacho de una empresa de materiales de construcción en las afueras de una gran ciudad. Dos hombres con cara de pocos amigos, de aspecto patibulario, de esos que te atracan en una esquina o te quitan la cartera en el metro, flanquean al doctor Navarro al que, en ese momento, le pasan un móvil pues alguien quiere hablar con él.
Vamos a ver. ¿Es usted el doctor Navarro?
Sí, dígame. ¿Con quién hablo?
Eso no importa. Digamos que soy el que manda a esta panda de mendrugos. Le pondré en situación. Tenemos muy poco tiempo.
Hable entonces. ¿Qué quieren de mí? Sus hombres me han sacado de mi casa sin contemplaciones y me han traído hasta aquí, apenas sin darme tiempo a vestirme. No sé qué quieren ustedes.
Mire. Es un poco lioso de entender, pero yo se lo voy a explicar. Ha habido una confusión. Se supone que dos de mis hombres, y yo acompañándoles, teníamos que llevar a Vasile al centro médico más cercano para que le extrajeran una bala. El idiota de él se puso a jugar esta madrugada con su pistola y él solito se pegó un tiro en el brazo izquierdo. Así que, además del atraco que teníamos previsto a primera hora de la mañana, la cosa se nos ha complicado pues era necesario además extraer la bala a nuestro amigo. Y no podíamos ir a un hospital en condiciones porque llamarían a la policía. Nos hemos tenido que conformar con un dispensario pequeñito, de esos de barrio, donde podemos fácilmente controlar a los que allí trabajan. Para no dejar nada en el aire, dispuse que otros dos colegas secuestraran a un cirujano experto en estos temas en su propio domicilio, o sea a usted, no fuera que en el centro médico del barrio no hubiera ningún especialista en este tipo de intervenciones, lo cual es lo habitual. Luego recogerían en el sitio indicado a Marcel, el experto en cajas fuertes. Dejarían al cirujano o sea, a usted, con nosotros y seguirían con el coche derechitos hasta el polígono industrial de Villaconejos para reventar la caja de seguridad de la empresa en la que usted, por una maldita equivocación, ha sido llevado en lugar de Marcel, en vez de ser conducido al centro médico, como era lo suyo. Vamos que lo han hecho todo al revés. ¡Maldita sea mi negra suerte! ¡Yo es que los mato! ¡Hatajo de idiotas con los que trabajo!
Creo que le sigo. Quiero entender que sus hombres se han liado, no han traído consigo al experto en abrir cajas de seguridad y me han llevado a mí en su lugar y al sitio equivocado, porque yo no sé abrir cajas fuertes, pero ustedes tampoco sabrán abrir una herida para extraer esa bala. ¿Estoy en lo cierto?
Está usted en lo cierto. Trabajo con una panda de inútiles que no dan una a derechas. El problema es que no tenemos apenas tiempo. Ni usted ni nosotros. Estamos cada uno en una punta distinta de la ciudad. Son las ocho y cuarto de la mañana, a las nueve o un poco antes entran a trabajar los de la empresa cuya caja pretendemos reventar, o sea donde está usted. Y aquí el panorama no es mejor. Si no le sacamos ya esa bala a Vasile, se nos desangra. Así que no hay otra salida. Por este teléfono usted nos irá dando instrucciones para extraer la bala a mi compañero y por otro teléfono uno de mis hombres, nuestro experto el amigo Marcel, le irá diciendo cómo entrar a la caja para hacernos con el dinero. Y solo puede ser usted, porque si sus manos son capaces de abrir una herida con precisión, lo serán también para abrir una maldita caja de seguridad. ¿Estamos?




Lo que me proponen es una barbaridad. No se puede hacer una intervención de ese tipo por teléfono. Vamos, ninguna de las dos, para ser más exactos ¿Se han vuelto ustedes locos?
Mire, matasanos. No hay tiempo para ir a buscarle porque Vasile se nos va. Así que colabore si no quiere que esos amigos que están con usted le amplíen el boquete del culo con la pistola. ¿Estamos? Pues, hala, sea usted bueno y colabore. ¡Venga, empecemos ya!
Bueno, parece que no tengo mucho donde elegir. Para empezar, mándenme un par de fotos por whatsapp para ver cómo está la herida.
Hecho. Se las mando ya mismo.
Lo segundo, limpien un poco la zona del balazo. Hay que desinfectar. Por allí habrá betadine, gasas, agua oxigenada o algo que ayude ¿no? Pregunten al personal del dispensario ese.
Sí, ya les hemos preguntado, parece que de eso hay algo. Ya le mando las fotos.
Vale. Espere, que dice uno de sus hombres que me ponga al otro teléfono.
¿Oiga? Le habla Marcel, el especialista en cajas de seguridad, el que tenía que estar ocupando su lugar. Mire en el despacho que está si hay algún cuadro horrible en la pared.
Sí, hay uno.
Mire detrás, a ver si está la caja.
Sí, en efecto, está detrás de ese cuadro horrible —el doctor tiene un teléfono pegado en cada oreja y habla indistintamente por uno y por otro, manteniendo dos conversaciones a la vez de forma alterna. Como ha de tener las manos disponibles para otros menesteres, los aparatos los sujetan los dos esbirros.


Cuadro horrible del despacho

A ver, deje que vea esas fotos… Tiene mal aspecto esa herida. Aunque, por el agujero, parece que se ha hecho con una bala de pequeño calibre. El destrozo no será excesivo. Tiene que localizar un bisturí sin usar. Venga… ¿Cómo dice? Ah, sí, que abra la puerta de la caja y posicione la rueda en el cero. ¿Y luego? …Luego haga un corte vertical que agrande un poco el agujero que ha hecho el proyectil. Necesitará gasas para limpiar la sangre. Mantengan presionada la zona del brazo que está entre la herida y el corazón. Se trata de evitar que sangre en exceso… No, no tiene llave, solo la rueda y una especie de tirador para abrir… Una vez abierta necesitaría unas pinzas esterilizadas. Me refiero a la herida, no a la caja. ¿Las tiene? … Sí, sí, posiciono la rueda en cero. Ya está… Se tiene que ayudar de algo que haga palanca o tope para impedir que la bala se mueva y así pueda extraerse mejor. Algo fino y, a ser posible, esterilizado… No, un bolígrafo no vale. No sea animal… No, no tengo ninguna palanqueta, solo veo una maldita rueda llena de números. ¿Cómo voy a tener yo una palanqueta? … Introduzca las pinzas con mucho cuidado pero sin que le tiemble el pulso. Es tan solo una cuestión de habilidad… Me dice usted que gire suavemente la muñeca hacia la derecha sin soltar la rueda. Ya lo hago… Usted gire también la mano que lleva la pinza, como intentando abrirse camino, en tirabuzón, la técnica del tornillo, pero poco. No es conveniente pasarse para no hacer desgarros innecesarios… ¿Un fonendoscopio? ¿Cómo voy a tener yo eso aquí si me han sacado de casa casi en pijama? … ¿Que pegue la oreja a la puerta de la caja? Sí, ya le he entendido. Creo que es para identificar un ruido distinto a los demás, según voy girando la rueda… ¿Dice que ya la tiene localizada? Yo también creo que ya lo tengo localizado. Se ha oído como un “crock”, como si la rueda encajara en un sitio diferente después de pasar por otros haciendo “crick crick”. En efecto. Hubo suerte. Ya está abierta la puerta de la caja… ¿Ya dio con la bala? Extráigala con cuidado. Ahora tenemos una caja abierta y una herida también abierta. Necesitarían darle unos puntos. No, a la caja no, a la herida de su amigo. ¡Ah! Que ya se encargan los del dispensario… Sí, esto ya está terminado. Sus hombres han guardado el dinero en la bolsa. Me dicen que le diga que ya vamos todos para allá.
Y se dispusieron a salir por donde entraron; pero no contaban con que en la puerta, a escasos metros, les esperaban dos dotaciones de la policía del distrito quienes les apuntaban con sus armas.

Noticia local de última hora:
Conocido médico implicado en un robo.
El célebre cirujano Luis Navarro ha sido detenido junto a dos de sus presuntos compinches en una operación llevada a cabo por la policía del distrito de esta localidad. Al parecer, el famoso cirujano, experto en abrir órganos con su bisturí, se ha venido especializando en los últimos tiempos en abrir también cajas de seguridad de algunas empresas a las que han venido saqueando últimamente.
El caso ha sido puesto a disposición de los tribunales de justicia. Y blablablá.



Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 25 de febrero de 2019

Están aquí



Diógenes Pulido, en una carta enviada recientemente al director de La Charca Literaria, denuncia lo que está pasando. Algo realmente grave: los extraterrestres ya están aquí. Han adoptado forma humana para pasar desapercibidos. Como en aquella vieja película titulada La invasión de los ladrones de cuerpos, o en la serie televisiva V, adoptan nuestros rasgos y se van situando en la sociedad, haciéndose poco a poco con el control de todo.

Les recomiendo leer dicha carta en el enlace adjunto, si bien me permito citar textualmente algunas de sus frases: 

"Aunque disimulan muy bien su origen y sus intenciones, siempre hay algún gesto que los delata. Fíjense, por ejemplo, en el presidente norteamericano. Su piel, su cabello... no son del todo naturales. ¿Habrá un reptil bajo la epidermis? Parece sacado de una película, recién maquillado y peinado, para dar el pego. Reparen en el fondo de sus mensajes. Van encaminados a la destrucción. Está deseando destapar con sus bravatas y provocaciones la caja de los truenos. Siempre amenazante, como si la paz mundial no fuera su objetivo. (...) O la mirada gélida, que te hiela el alma -como de saurio-, del mandatario ruso. O ese afán por destruir la convivencia por parte de todas esas formaciones políticas extremistas, partidarias de recortar las conquistas sociales habidas hasta la fecha, siempre amenazando o despreciando a los colectivos más vulnerables, como inmigrantes, gays, mujeres maltratadas, etc. O esos que quieren a toda costa, al precio que sea, independizarse del estado al que pertenecen desde siglos... ¿No es evidente que todo va encaminado al desastre, a la destrucción global del planeta?" 

La carta al director que se publicó en este medio amigo hace poco y que escribió el señor Diógenes Pulido me ha hecho reflexionar y, además, traer aquí a colación unos interesantes testimonios de ciudadanos españoles que podrían arrojar luz sobre el tema. 
Dos personas hablan sobre la certeza de que estamos siendo invadidos por extraterrestres: 

1.-    Testimonio de Angelines Pérez, editora senior de Monitor Deloitte España:

"Subiendo el otro día en el ascensor caí en la cuenta. ¡Dios, qué ciega había estado hasta ahora! Cruzarme todos los días con alguno y no percatarme de nada. Esas miradas vacías, sin luz y sin brillo. Esas muecas que pretenden ser sonrisas. Hasta que monté en el ascensor y todo se me aclaró de repente. Lo había cogido en la planta baja. Iba vacío. Y cuando ya se cerraban las puertas, un hombre trajeado con cara de preocupación logró bloquear el cierre y entrar. Parecía absorto en algo, como distraído por algún pensamiento. Le conocía de otras veces, era el director de la sucursal bancaria que había en el edificio aquel de oficinas. Cuando subió detrás de mí, le pregunté a qué piso iba, si subía o bajaba al parking. Y se me quedó mirando un instante con una expresión de imbecilidad absoluta, luego dirigió confuso su vista hacia los botones con los números de los pisos, tragó saliva y por un instante abrió la boca y salió de ella una lengua larga y bífida como la de las serpientes, a su vez se le escapó una especie de siseo que parecía salir del fondo de su garganta. Enseguida sacudió la cabeza, como despertando de una modorra involuntaria y, disimulando lo que pudo, masculló una disculpa, algo así como perdone, estaba distraído, pensando en otra cosa. Voy al cuarto piso, gracias. 
Me quedé sin habla." 

2.-   Testimonio de Auxemio González, electricista autónomo:  

"Estuve en el mitin del nuevo partido político que se presenta a las próximas elecciones generales después de arrasar a nivel local en dos Comunidades Autónomas. La verdad es que nunca me había involucrado con ninguna formación hasta el punto de asistir a mítines como hacía ahora; pero sin duda me movió a ello el desencanto personal por la situación de desgobierno que atravesaba el país en esos momentos. También ese hablar claro y esa voluntad de hacer las cosas como Dios manda, inyectaron en mi ánimo una sensación nueva. Cuando salió el líder, pulcro, sonriente y pleno de energía, todos nos pusimos en pie, agitamos nuestras banderas y, enfervorizados, aplaudimos a rabiar y coreamos, como una sola voz, las consignas patrióticas que siempre nos diferenciaron de los otros grupos y formaciones. ¡Tenía la sensación de estar participando en algo grande! Hasta que acabó el acto. Todos los allí presentes teníamos la ilusión de estrechar la mano de nuestro amado líder. Y yo tuve la suerte de estar situado junto a la puerta del recinto por la que tenía él que salir a su regreso en compañía de sus guardaespaldas. Cuando ya se aproximaba, salí a su encuentro con la mano tendida. Y tropecé en el recorrido hasta darme de bruces con él. Creo que hubo una mala interpretación de mi gesto por parte de alguno de sus fornidos acompañantes porque, confundidos por mi torpeza, creyeron que se trataba de un intento de agresión y, de mala manera, uno de ellos, rapado y con gafas de sol, retorciéndome un brazo, me apartó de su camino y, de un tremendo empujón, me arrojó a un lado. Gracias a aquello me di cuenta de dos cosas (aparte del tremendo dolor de brazo): una, que el guardaespaldas aquel llevaba una pistola bajo la chaqueta; dos, la mirada que me echó el líder: dura, fría. No era humana. Por un instante, como un relámpago, me pareció que uno de sus ojos tenía una pupila alargada y vertical, sin párpados, con un extraño movimiento del cristalino, como ocurre con algunas serpientes... Me estremecí. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, como si hubiera visto la imagen viva de la muerte. Entonces fue cuando comprendí que habíamos sido invadidos por extraterrestres y que venían a destruirnos."






jueves, 14 de febrero de 2019

Amor vago


Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.


Relato publicado en La Charca Literaria