miércoles, 16 de enero de 2019

En casa del ahorcado


Lewis era nervioso y metepatas, además de seco de carnes y más feo que un dolor, pero en el fondo no era mal tipo. Nunca hizo mal a nadie a sabiendas, solo esa fea costumbre de decir inconveniencias. Bueno, también tenía otra, la de mascar tabaco y escupir en cualquier parte. Los que lo conocían se armaban de valor para aguantarle, solo que a veces era difícil de soportar. Recuerdo aquella tarde en que fue a visitar a los Ollson, bueno a los que quedaban de la familia, una viuda y dos hijas, pues el señor Ollson acababa de ser ajusticiado en la horca por no sé qué robo de poca monta, parece ser que un par de gallinas para llevar algo de comer a casa; pero en el poblado todos eran muy dados a las soluciones drásticas y a tomarse la justicia por su mano ante la mínima y no tuvieron ningún miramiento ni con él ni con su familia.  Así que, tras una votación rápida a mano alzada, prepararon la soga y llevaron a su víctima al árbol donde solían colgar cada semana a dos o tres.
El caso es que aquella tarde, Lewis, mascando su asqueroso tabaco como era habitual, se dirigió hacia la cabaña de madera para darle el pésame a la viuda. Y como era poco delicado y nada habilidoso en el manejo de situaciones complicadas, resultó que su conversación dejó mucho que desear:
—Hola, Mary. ¿Cómo estás? Pasaba por aquí y me dije voy a visitar a una buena amiga y darle el pésame. Siento mucho lo de John. En el fondo era un buen hombre. Sí, señor. Por cierto, se me ha roto un cordón de los zapatos ¿Tenéis una cuerda?
Mary le miró sin decir nada. Su rostro expresaba cansancio y tristeza. Dudaba entre darle las gracias a Lewis o mandarle a paseo. En ese momento entraron las mellizas, Dorothy y Ellen, tan pecosas y pelirrojas ambas, con sus trenzas recién hechas. Revoloteando como mariposas.
—Mira a quiénes tenemos aquí, a las hermanas más guapas del pueblo. ¡Que me ahorquen si miento! —dijo tras soltar un escupitajo al suelo, oscuro como la pez.
La expresión de Mary era un poema. No podía dar crédito a lo que estaba viendo y oyendo.
Lewis, no sabemos si por ser consciente de que estaba metiendo la pata o simplemente porque no se le ocurría nada que decir, se quedó un rato cabizbajo mirándose las manos largas y sarmentosas. Luego, ladeando la cabeza hacia el hogar donde ardía un tímido fuego, dijo:
—¿Colgáis los tasajos de buey cerca de la chimenea para que se sequen?
 Y luego, ya para rematar, señalando una vieja foto de la pared donde aparecía el difunto en tonos grises:
—Ese retrato está mal colgado. Si me dejas un martillo te lo arreglo. Seguro que John me lo agradecerá.
Y volvió a escupir su asqueroso tabaco.
En ese momento, Mary se levantó como un relámpago con la intención de coger el rifle; pero, pensando que con un muerto en la casa ya había bastante, con gesto serio e indicando al visitante con el índice el camino de salida,  se decidió por echar a Lewis con cajas destempladas.

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Texto publicado originariamente en  La Charca Literaria 




lunes, 7 de enero de 2019

El hueso ya no se lleva


Cuando uno ve alguna película antigua basada en fantasías tipo Julio Verne, por citar un ejemplo archiconocido, le sorprende el diseño de los artilugios, como en el caso del Nautilus, que recuerda mucho la arquitectura orgánica de moda en su día, ese submarino que tiene más de edificio de Gaudí, tan modernista y futurista él, que de sumergible. Uno viaja con el capitán Nemo y cree que está dentro de La Casa Batlló. Para mucha gente de cine de los sesenta el mañana estaría lleno de naves con aspecto de cafetera volante y personajes -de pelo corto y afiladas patillas- con trajes de papel aluminio, digo yo que para conservar el calor, como el pollo al horno, que en Marte hace un frío del copón. 

El diseño del cuerpo humano también está anticuado, es fruto de la mentalidad de otra época, como la terracota, los muros de piedra sin tallar, los ladrillos secados al sol o las techumbres de ramas y cañas entrelazadas. 

Sí, ya sé -me diréis cargados de razón-, que el señor Jahvé hizo su primer hombre hace la tira, pero como la época en la que lo hizo era bárbara y atrasada y lo más moderno entonces eran las vasijas de barro y las casas también de barro, prefirió adelantarse a su tiempo y fabricar nuestra especie a partir de los diseños modernistas, dado que su mente clarividente y omnisciente, podría elegir la época. Faltaría más. 

Pues bien y ya concluyo: el cuerpo humano es decimonónico y está obsoleto. Basta mirar unas láminas de esas de anatomía humana, llenas de huesos y de músculos, que los fisioterapeutas y los traumatólogos tienen en sus consultas, para darte cuenta de que el tiempo no ha pasado en vano, como ocurre con el miriñaque de hace un par de siglos. 

Los huesos son rígidos y se fracturan. Los músculos se adhieren a los huesos mediante tendones que sufren desgarros, inflamaciones y roturas. Así, cuando más tranquilos estamos, nos viene a visitar una legión de dolencias donde no faltan los esguinces, las torceduras, las contracturas musculares, la artrosis, la osteoporosis… 
Si Dios viviera hoy haría el cuerpo humano más maleable y acomodaticio, mucho más flexible ante accidentes y caídas. Se evitarían luxaciones y fracturas, con lo que no se perderían tantas jornadas de trabajo y se paliaría el colapso de los hospitales, así como contribuir a reducir los gastos destinados a sanidad. 

Si la creación del mundo comenzara ahora en pleno siglo XXI, con la proliferación de los nuevos materiales como el poliuretano, el PVC, la fibra de carbono, la silicona, el titanio o el hormigón pretensado, estoy convencido de que el sumo hacedor del mundo -o la propia naturaleza, según la creencia de cada cual- diseñaría a sus criaturas a partir de un concepto innovador donde los nuevos materiales reemplazarían a los viejos.