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domingo, 21 de junio de 2009

El alcohol en la Historia II

EL VINO EN NUESTRA LITERATURA






Fuente de la imagen: Wikipedia

Monje bodeguero probando a hurtadillas un poco de vino.







En la literatura en lengua castellana tenemos buenos ejemplos sobre el vino:
Gonzalo de Berceo, maestro del “Mester de Clerecía”, en su “Vida de Santo Domingo de Silos” abre el camino del vino en nuestras letras diciendo

Quiero fer una prosa en román paladino,
en el qual suele el pueblo fablar a su vecino.
ca non so tan letrado por fer otro latino,
bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.”

Más tarde, cuando la "novela picaresca", aparece Lázaro y su amor por el vino
Nuestro amigo Lázaro de Tormes, el que a tantos y variopintos amos sirvió, era un enamorado del vino y, según propias palabras, “moría por él”

Usaba poner (el ciego) cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas duróme poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido. Mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas noches”.

Más tarde, en el Quijote:
Cuando el ingenioso hidalgo sale por esos caminos manchegos en busca de aventuras y se encuentra con desaforados gigantes, que no molinos, y con formidables ejércitos, que no rebaños de ovejas, cómo no encontrarse con feroces enemigos disfrazados de pellejos de vino, precisamente en la tierra del vino.


Don Quijote es más moderado en el beber, porque no era costumbre entre los caballeros andantes tomar vino , pero Sancho empina la bota de vez en cuando a pesar de los sabios consejos que le da el caballero.

Algunas muestras.


En el capítulo XXVI, segunda parte.
"En verdad, señora —respondió Sancho—, que en mi vida he bebido de malicia; con sed bien podría ser, porque no tengo nada de hipócrita: bebo cuando tengo gana, y cuando no la tengo y cuando me lo dan, por no parecer o melindroso o malcriado; que a un brindis de un amigo, ¿qué corazón ha de haber tan de mármol que no haga la razón? Pero, aunque las calzo, no las ensucio; cuanto más, que los escuderos de los caballeros andantes, casi de ordinario beben agua, porque siempre andan por florestas, selvas y prados, montañas y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan por ella un ojo."

En el capítulo XXXV, primera parte
Tras la descomunal batalla de don Quijote con unos pellejos de vino:


“–Que me maten –dijo a esta sazón el ventero– si don Quijote, o don diablo, no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre (...)


¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos?, dijo el ventero. ¿No ves ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa que estos cueros que aquí están honrados, y el vino tinto que nada en este aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horadó? “.

 Ya decía Quevedo:
No hay cuestión ni pesadumbre que sepa amigo, nadar; todas se ahogan en vino, todas se atascan en pan”.

Hablando del Siglo de Oro:
Góngora, conocedor de las aficiones etílicas de algunos escritores enemigos, llama borrachos a Lope y a Quevedo:

«Hoy hacen amistad nueva, más por Baco que por Febo, don Francisco de Quebebo y Félix Lope de Beba».
Se mofa además de Quevedo aludiendo a su cojera diciendo que es un poeta entre paréntesis por las curvas que le hacen las piernas. En realidad era una defensa por las continuas alusiones que Quevedo hacía de su nariz (Érase un hombre a una nariz pegado”) y de su persona, aludiendo a su dudosa religiosidad cristiana (“Yo te untaré mis versos con tocino, para que no me los muerdas Gongorilla”).

 Algunos personajes de nuestra literatura más actual son aficionados al buen vino. El detective Pepe Carvalho, que inmortalizó Vazquez Montalbán en sus novelas era amante de la buena mesa y del buen beber. Amigo de buenos caldos entre los que se encontraban los del pazo de Fefiñanes, en Cambados, un albariño afrutado al que también era aficionado otro personaje , Álvaro Mendiola, de “Señas de identidad” , de Juan Goytisolo.
El chileno universal Pablo Neruda , el autor de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” y “Confieso que he vivido” , y bebido añadía él, escribió esta
Oda al vino

Vino color de día,
vino color de noche,
vino con pies de púrpura
o sangre de topacio,
vino,
estrellado hijo
de la tierra,
vino, liso
como una espada de oro,
suave
como un desordenado terciopelo,
vino encaracolado
y suspendido,
amoroso,
marino,
nunca has cabido en una copa,
en un canto, en un hombre,
coral, gregario eres,
y cuando menos, mutuo.
A veces
te nutres de recuerdos
mortales,
en tu ola
vamos de tumba en tumba,
picapedrero de sepulcro helado,
y lloramos
lágrimas transitorias,
pero
tu hermoso
traje de primavera
es diferente,
el corazón sube a las ramas,
el viento mueve el día,
nada queda
dentro de tu alma inmóvil.
El vino
mueve la primavera,
crece como una planta la alegría,
caen muros,
peñascos,
se cierran los abismos,
nace el canto.
Oh tú, jarra de vino, en el desierto
con la sabrosa que amo,
dijo el viejo poeta.
Que el cántaro de vino
al beso del amor sume su beso.

Amor mio, de pronto
tu cadera
es la curva colmada
de la copa,
tu pecho es el racimo,
la luz del alcohol tu cabellera,
las uvas tus pezones,
tu ombligo sello puro
estampado en tu vientre de vasija,
y tu amor la cascada
de vino inextinguible,
la claridad que cae en mis sentidos,
el esplendor terrestre de la vida.

Pero no sólo amor,
beso quemante
o corazón quemado
eres, vino de vida,
sino
amistad de los seres, transparencia,
coro de disciplina,
abundancia de flores.
Amo sobre una mesa,
cuando se habla,
la luz de una botella
de inteligente vino.
Que lo beban,
que recuerden en cada
gota de oro
o copa de topacio
o cuchara de púrpura
que trabajó el otoño
hasta llenar de vino las vasijas
y aprenda el hombre oscuro,
en el ceremonial de su negocio,
a recordar la tierra y sus deberes,
a propagar el cántico
del fruto.”


Y como colofón de este recorrido del vino por la historia y la cultura, qué mejor final que este poema de Jorge Luis Borges.

Al Vino


¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?

Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto

otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria."