miércoles, 8 de julio de 2026

Laura



Al final decidí que fuera una mujer la protagonista de la novela. Me fascinaba el reto de diseñar un personaje femenino. Toda una osadía por mi parte. En el momento en que creé a Laura, una joven treintañera de fuerte personalidad, la suerte estaba echada. No había marcha atrás. Ahora me veía obligado a pensar, ya no como el autor de la trama, sino como la mujer que había creado. Mi libertad como escritor quedaba supeditada a la mentalidad de mi criatura, a su forma peculiar de comprender el mundo y de enfrentarse a él. En un principio no resultó una tarea fácil; pero luego, mientras el personaje se iba perfilando con cada párrafo y crecía en tamaño y en importancia, el relato de los hechos fue saliendo solo, fluyendo con naturalidad, como si alguien me dictara lo que tenía que escribir en cada momento.

Cuando llegaba a casa después de mi jornada laboral en la consultoría, me sentaba frente al ordenador y retomaba el texto. Escribir era el momento de máximo disfrute del día. Y urdir tramas por donde transitaba la joven protagonista se había convertido casi en una necesidad, además de constituir un auténtico placer.

La mimaba demasiado, la protegía de todo mal. En el desarrollo de la narración no quise que mantuviera relación alguna con nadie, en este caso con ningún hombre. Me desazonaba la idea de que sufriera por ello. Y me carcomía aún más por dentro la posibilidad de que alguien pudiera disfrutar de su cuerpo. No quería compartirla y la reservaba tan solo para mí.

La novela me tenía absorbido, atrapado, hasta el punto de robar horas al sueño. Aquella mañana, tras llamar a un compañero y fingir que estaba indispuesto, encendí el ordenador y abrí el texto por donde lo dejé la noche anterior. Laura ya se había levantado. Compartimos un café. Yo, en mi mesa de trabajo; ella, en la cocina, después de tomar una ducha ligera y vestirse para salir a la calle. Su objetivo de la jornada: buscar empleo acorde con su formación de gestión empresarial.

Y así fueron pasando los capítulos, las horas y los días. La novela copaba todo mi tiempo, incluso el necesario para cumplir con mis obligaciones laborales.

El personaje me había salido rotundo y coherente: una joven resuelta, capaz de enfrentarse a los retos cotidianos, segura de sí misma, potente y definida, y menos cobarde que su propio autor.

Estaba fascinado por una mujer que había sacado de la nada. Tenía cierto grado de dependencia hacia ella. Quizás había también algo de enamoramiento, como Pigmalión hacia Galatea; pero sobre todo existía un sentimiento de hermano menor que busca protección. Con Laura me sentía bien. Ya me hubiera gustado que el personaje fuera real, de carne y hueso. Esa idea me llegó a obsesionar, hasta el punto de buscar por la calle a gente con sus rasgos: una joven de unos treinta años, de pelo lacio castaño, ojos negros expresivos y profundos, atractiva, con esa belleza que irradian las personas seguras de sí mismas.

La novela estaba prácticamente terminada: faltaría tan solo añadirle una o dos páginas más, a modo de conclusión o broche final. Luego vendría la fase de corrección. Decidí aparcar un tiempo lo escrito para releerlo pasados unos días. El personaje quedó ahí, como hibernando, guardado en un archivo, en el desván del ordenador.

Hasta que llegó aquel día en el que se destapó la caja de los truenos.

Regresaba yo a casa tras comer algo por ahí con unos amigos y tomarme un par de copas. Iba algo bebido. Nada más llegar llamaron al timbre. El cartero me traía una carta certificada. Firmé el acuse de recibo y, tras cerrar la puerta, rasgué el sobre con un cúter. Era un comunicado de la consultoría en la que trabajaba, donde, con un lenguaje burocrático típico de los abogados, se me informaba de mi despido por causas procedentes y de que pasara a recoger el cheque con la liquidación. Palidecí. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Tras la sorpresa inicial, monté en cólera. Me desahogué pegando un par de voces. Luego vino la resignación y la calma. Por la mañana temprano iría a la oficina y recogería la carta de despido. ¿Debería firmarla? ¿Debería aceptar la liquidación? Estaba confundido. No sabía qué paso dar primero ni cómo darlo.

¿Qué habría hecho ella en esa situación?

Encendí el ordenador. Volví al archivo de la novela y comencé a teclear. Ofuscado por el alcohol, las palabras me venían a los dedos sin ningún control de mi mente. Como si alguien me dictara. No alcanzaba a filtrar lo que iba apareciendo en la pantalla:

Laura llegó a su domicilio. Apenas le dio tiempo a desvestirse cuando sonó el timbre. Alguien traía una carta certificada a su nombre. La cogió y la abrió. Su cara se iluminó y sus ojos se tiñeron de alegría: una empresa le ofrecía la posibilidad de un trabajo. Debería presentarse al día siguiente a primera hora para la entrevista, pues había un puesto vacante acorde con su perfil: la persona que lo ocupó hasta la fecha causaba baja en Henckel & Johnson Consulting.