
Eugène Delacroix.
La libertad guiando al pueblo.
Hoy en día oímos con frecuencia expresiones como estas:
"Es una formación política liberal" o "¡Qué historia tan romántica!"
Comparando el ayer con el hoy, llegamos a la conclusión de que hay un evidente desgaste o cambio de significado de estos términos.
Hoy, para la gente de la calle, no tienen el significado originario que en su día tuvieron.
Nos olvidamos con frecuencia del origen de estas palabras.
Cuando hablamos de política liberal -tal vez sería más adecuado "neoliberal"-, nos viene generalmente a la cabeza un modelo económico, una manera de concebir los mecanismos que producen riqueza y trabajo en base al papel que desempeñen los mercados, la ley de la oferta y la demanda, la capacidad inversora de los particulares, la libre competencia y el papel moderado del Estado como interventor en este sistema. Se nos olvida parte importante de su vertiente ideológica originaria. Es más, hay regímenes que apostaron por este sistema económico y no son partidarios bajo ningún concepto de otras libertades que no sean las de los mercados: algunas dictaduras optaron por sistemas capitalistas o liberales. La de Franco en España o la de Pinochet en Chile, por ejemplo.
¿Qué libertad es esa? ¿Acaso un dictador puede ser liberal?
El liberalismo no es solo un sistema ideado por gente como Adam Smith. Es un sistema revolucionario, también ideológico, que pretendía transformar profundamente la sociedad del antiguo régimen y crear una sociedad moderna y participativa. No es un movimiento en absoluto conservador, sino todo lo contrario: innovador, transformador, revolucionario... Por eso, a muchos extraña hoy que gente que se dice liberal apueste decisivamente por posturas conservadoras o confesionales con ciertas doctrinas. El liberalismo no es solo económico. Ser liberal es apostar por la luz en contra del oscurantismo religioso, en contra de la superstición y de las tinieblas, en contra de las cadenas y de los dogmas, como postulaban pensadores de la Ilustración de la talla de Voltaire.
La Balsa de la Medusa.
Théodore Géricault.
Un cuadro romántico.
Cuando hablamos de Romanticismo, se apodera de nosotros una visión edulcorada y sensible de las relaciones amorosas, con una primavera llena de flores y pájaros. Esto es romántico, se dice, cuando hay una historia de amor, pasión a raudales, etc.
Nada más lejos de lo que hoy se entiende como tal. Una historia romántica no es una historia de amor que se desarrolla más o menos felizmente en días azules de primavera, con fragantes jardines y aves juguetonas, sino en parajes fastasmagóricos, con castillos ruinosos, buenas tempestades y amores desgraciados. No hay más que ver cómo acaba la vida de los escritores románticos, Larra, Bécquer o Espronceda. Por cierto, la vida de estos poetas es más apasionante si cabe que sus escritos.
Y el romántico era generalmente un liberal.
Como decía Víctor Hugo, "le romantisme n'est que le liberalisme en littérature."
¿Hay alguien más libre que el pirata de la famosa "Canción" de Espronceda?
Espronceda asistió siendo niño como testigo excepcional a la ejecución de Riego, aquel militar liberal que se opuso al absolutismo de Fernando VII y que fue capturado y ahorcado como un vulgar criminal en la plaza de la Cebada de Madrid.
El escritor extremeño dedicó buena parte de su vida adulta a criticar y a luchar contra el absolutismo o el pseudoliberalismo que negaba las libertades a los ciudadanos, por ello sufrió en carne propia la persecución e incluso el destierro.
¿Y el pirata?
Aunque podríamos caer en el chiste fácil y jugar con algún apellido de banquero famoso, por aquello de la rapiña y el botín. Nada más lejos para el poeta, quien hace bandera de la libertad y de la aventura y proclama su ruptura con una sociedad que se le antoja anodina y opresora, lanzando a los cuatro vientos su mensaje vital:
"Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria la mar."
