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viernes, 22 de agosto de 2025

Evaristo y las mellizas

 


Evaristo Bonachera fue un padre tardío. Contrajo matrimonio a la edad de cuarenta y seis años, cuando ya casi "se le había pasado el arroz". Y gracias a que se le cruzó en su camino la Maru, mujer con desparpajo y echá palante, que tomó las riendas del asunto y le obligó a posicionarse; que si no, se queda para vestir santos:

Bueno, Evaristo. Creo que ni tú ni yo estamos para perder el tiempo, que ya vamos teniendo una edad. Arreglamos lo nuestro y nos casamos, o cada uno por su lado y aquí paz y después gloria. Tú decides.

Así se lo espetó una tarde que habían coincidido en el tanatorio de su localidad, donde asistieron al velatorio y posterior entierro de un amigo común. El lugar, desde luego, no era el más adecuado, pero había que tomar una decisión. Y él, mientras saboreaba una galleta de chocolate y miraba el cuerpo yacente del amigo a través del cristal, tras reflexionar sobre lo efímera que es la existencia, cómo se pasa la vida y cómo se viene la muerte tan callando, decidió sobre aquello que se le ofrecía en bandeja y, no teniendo ninguna razón de peso para negarse, tiró por la calle del medio y asintió.

Evaristo y la Maru tuvieron dos hijas mellizas. A una, con nombre de infusión más que de chica, la llamaron Melisenda; a la otra, Saligel, aunque parecía un producto comprado en los chinos para limpiar inodoros. Dos días antes del bautizo, la Maru estuvo a punto de cambiarlo por el de Jéssica pero, como le sonaba a cámara de fotos japonesa, decidió dejar el nombre como estaba al principio, más socorrido e indudablemente más higiénico. No había comparación. Además, de haberlo cambiado, seguro que los chicos acabarían llamándola "la Yesi". Y eso la mortificaba, puesto que sonaba a choni, a argot de macarras poligoneros y de gente ordinaria y soez. Véase un ejemplo:

¿Sale la Yesi?

Se está arreglando. Ahora baja. Cuidadito dónde os metéis y lo que os metéis, ¿eh?

Evaristo estaba muy orgulloso al ver día a día cómo crecían y prosperaban sus niñas, ya mocitas. Como quien dice, hasta ayer mismo eran unas mocosas que jugaban a las muñecas y ahora habían florecido y ya apuntaban maneras. Dos pimpollos: las niñas de sus ojos.

Evaristo no tenía pelos en la lengua:

Te desvives por ellas mientras van creciendo, las crías con mimo y mucho cuidado, para que luego venga el gilipollas de turno con la moto y se las tire.

Era su frase preferida. Un padre preocupado por la felicidad y la salud de sus hijas y que, llegado el día, podría encontrarse de frente con su rival, el niñato que solo pensaría en beneficiárselas y luego ya veríamos. A lo mejor todo acababa en una barriga y en un ahí te quedas. Pero contra eso que llaman amor, cuando quiere decir sexo, era difícil luchar. Y sabía que la suya era una batalla perdida. Ley de vida. Sin embargo, por si las moscas, convenía estar vigilante, no bajar nunca la guardia, que era temporada de caza y de mucho buitre suelto.

Y había algo de sobresalto en casa cada vez que las niñas se arreglaban y se disponían a salir a la calle de noche:

¿Dónde se supone que vais a estas horas? — preguntaba la Maru algo inquieta,  mientras batía con energía unos huevos de gallinas de corral para la tortilla.

A darnos una vuelta por ahí. ¿Por? —contestaban al unísono.

No me gusta que salgáis a estas horas y menos que habléis así a vuestra madre —intervenía Evaristo.

Tampoco me gusta que os pongáis esa ropa tan llamativa y que os pintéis como pilinguis —añadía la madre.

No seas antigua, mamá. No vamos a hacer nada malo, descuida. Solo una vuelta, que estamos hartas de estar todo el día aquí encerradas viendo la tele.

Vale, pero no vengáis tarde.

Al final tuvieron suerte: no hubo gilipollas con moto. Las dos mozas fueron precavidas y se ennoviaron con sendos chicos de buena familia, con gafas y con estudios, un poco tímidos pero educados y discretos. En el fondo bastante manejables, pensaba la Maru. Evaristo, sin embargo, creía que su preciado tesoro andaba en manos ajenas y, celoso perdido él, miraba de forma aviesa y atravesada a los pretendientes, con una mueca que pretendía ser media sonrisa y una ceja más alta que la otra, como de ojo avizor expectante, parecía decir a sus futuros yernos: ojito con hacer daño a mis niñas, que os como los entresijos y os corto las pelotas.

Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com

miércoles, 16 de mayo de 2018

El banquete




—Tú, para ser un zombi, estás muy entero ¿no?

Me dijo uno de dientes podridos y cara despellejada, al que le faltaba una oreja y le salía un gusano por la otra.

—Es que me morí hace poco ¿sabes? Además, como los de mi familia son muy pijos, me embalsamaron un poco antes de enterrarme.
—¡Deja al finolis del nuevo y vente para acá! —interrumpió uno más alto, al que le faltaba un brazo y tenía un hacha clavada en medio del cráneo, mientras él y una cuadrilla de muertos vivientes rodeaban a otro que yacía en el suelo y se entretenían en sacarle las tripas y devorarlas.

Y yo no sabía cómo salir del atolladero.

El caso es que estaba tan tranquilo en mi casa cuando estos energúmenos llegaron y, mientras rezongaban y gruñían, empezaron a romperme la puerta y a destrozar los cristales de la ventana. Había llegado el apocalipsis a Little Village  y yo no me había dado ni cuenta. Tuve que disimular para que no me merendaran a mí también. Así que, cuando entraron, me encontraron de pie, con la camisa rota, despeinado, los ojos bizcos, con ketchup en la boca simulando sangre  y cojeando como un poseso haciendo el ademán de querer comerme el gato que escapaba de mí maullando como un condenado.

—¡Deja al puto gato! —me dijo uno con los ojos desorbitados, la boca negra y media cabeza sin pelo—. Aquí afuera tenemos comida y de la buena.

Y para ellos me fui andando con movimientos torpes, los ojos y la boca muy abiertos, emitiendo esos ruiditos que suelen hacer los zombis en las películas. Aunque, para mi gusto, la imitación estaba más cerca de Toni Leblanc,  haciendo el tonto en “Los tramposos”, que la que correspondía a un muerto viviente. 
El caso es que tuve que disimular. De no haberlo hecho, habría sido el final para mí. Así que, haciendo de tripas corazón y tragándome el asco que me provocaba la visión de tanta víscera desparramada por la calle, me  sumé al festín, que siempre es mejor comer a que te coman. Y allí, en esa bacanal de entresijos y fina casquería, me topé con el cadáver de Lucas, el más chulo de los policías del distrito, gordo y bravucón, el que me quitó una vez a la novia, el que me partió después el labio de una bofetada cuando se lo recriminé y el que me puso una multa por llevar roto el espejo retrovisor que, previamente, me había destrozado él.  Allí estaba, muerto como un pavo el día de navidad, con un tajo enorme en la barriga, rodeado de zombis que se disputaban sus despojos. Y allí entré yo, como un torbellino, empujando a todo el mundo hasta hacerme sitio en un lugar preferente, echando mano a su brazo derecho, el de firmar las multas y repartir bofetones, pegándole unos bocados tremendos como si se tratara de una paletilla de cordero.



Texto publicado en La Charca Literaria