Mostrando entradas con la etiqueta La Inquisición. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La Inquisición. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de febrero de 2016

La Inquisición en América II


Auto de fe celebrado en México

Continuación...

Comentábamos en una entrada anterior que en enero de 1570 una real cédula de FelipeII establecía formalmente la Inquisición en Lima.

Sin embargo, es de justicia señalar que en una real cédula posterior, dictada en 1575, y que se convirtió en ley, dispuso que los inquisidores apostólicos no procedieran contra la población india, cuyas faltas serían juzgadas y castigadas por los eclesiásticos ordinarios. 
Al igual que ocurría en España, además de inquisidores, el Tribunal del Santo Oficio contaba con una red de informantes o delatores. Si se producía una acusación, la Inquisición tenía potestad para adoptar todo tipo de medidas, incluida la tortura, para verificar la información recibida. Las penas podían ser de prisión, multas, azotes, destierro e incluso la muerte. En todo caso, parece ser que la actuación del Santo Oficio en América tuvo un resultado mucho menos encarnizado que en España. Y que la pena de muerte se aplicó solo en muy contadas ocasiones. 

En la mayor parte de los procesos, las penas estaban relacionadas con comentarios, blasfemias y críticas que podrían considerarse contrarios a la ortodoxia cristiana y se saldaban generalmente con la imposición de una multa, como aquella vez en Chile en la que un condenado vio que le abrían una causa por llegar a comentar que Dios no le "podía hacer más mal ni darle mayores penas en esta vida" que la reciente muerte de su esposa.  Se consideraba una herejía poner en cuestión el poder omnímodo de Dios. 
En Lima condenaron a uno por el atrevimiento de decir que Adán no tenía ombligo. Y eso que tenía lógica la cosa: según el relato bíblico, el primer hombre no nació de madre. 

Otros casos, citados por José Toribio Medina :

El de "Juan de Alarcón, clérigo, de Salamanca, que repetía a las criollas en la confesión que eran hermosas y discretas y que no parecían nacidas en tierras del Perú, permitiéndose de cuando en cuando abrazarlas, fue desterrado del obispado del Cuzco y privado de confesar por tres años."  

O el del soldado Gaspar del Peso, que "fue encausado porque habiendo sido acuchillado en una pendencia, exclamó, dirigiéndose a uno: «no quiero que Usted me vea, ni Dios tampoco.» 

O el de Pedro de Villadiego, mercader, «que hablando en conversación con ciertas personas, vino a decir que estando una vez San Pedro en una taberna había pasado por allí Nuestro Señor Jesucristo y le había preguntado: «¿qué haces, Pedro?» y que le respondió San Pedro: «multiplicar», y que le dijo Nuestro Señor Jesucristo, «haz y vente».

O el de algunos frailes dados a la lujuria, como «Fray Juan de Aillón, de la Orden de nuestra señora de la Merced, natural de Palencia, en Castilla, sobre que en el acto de la confesión y fuera de confesión, solicitó a cierta mujer a que tuviese cópula carnal con él, y reprehendiéndole ella de lo que decía, y que quería tomar otro confesor, el reo la dijo que sería descubierto si tomaba otro confesor y la amenazó si lo tomaba. Asimismo, confesando a otra cierta mujer doncella en su monasterio en una capilla, estando la dicha mujer asentada de rodillas a sus pies, la trató de amores y la abrazó y besó, diciéndole muchas palabras lascivas torpes, y deshonestas; (...)  y después muchas veces, viniéndose a confesar con él, tuvo con ella otras muchas torpezas, y luego la decía que confesase aquel pecado con él y que no lo confesase con otro, y la decía y persuadía que no le acusase, que le echaría a perder; y pasó con esta doncella en el acto de la confesión en diversas veces muchas cosas muy torpes y deshonestísimas."

La inmensa mayoría eran casos de este tipo.

Los siglos XVI y XVII fueron tiempos de máximo funcionamiento de la institución, que coinciden con los de mayor celo religioso. Luego, ya en el siglo XVIII, se inicia la decadencia del Tribunal, que culminó con su extinción a comienzos del siguiente siglo. 

Bibliografía: 

domingo, 31 de enero de 2016

La Inquisición en América I

Quema de literatura maya.
Mural de Diego Rivera (2008)


Enero de 1570. 
A Lima llega una Real Cédula de Felipe II, por la que se comunica y ordena el establecimiento del Tribunal del Santo Oficio en Perú; aunque conviene señalar que el tema inquisitorial en las Indias no era nuevo y ya se había iniciado unas cuantas décadas atrás, si bien no se había "formalizado" oficialmente puesto que no se habían creado todavía tribunales especiales para tal efecto.
El asunto viene de la época de los Reyes Católicos. Tras el descubrimiento de Colón, se hacía necesario proteger las nuevas tierras de las ambiciones de otras naciones extranjeras y tratar de evitar el contagio de otras concepciones religiosas, judaizantes especialmente. En la época de Carlos I el peligro provendría sobre todo del reformismo luterano.
Si tenemos en cuenta que el objetivo final tanto de la Inquisición como de la Monarquía era el mantenimiento de la unidad religiosa, persiguiendo en consecuencia a todos los que se desviaran de la ortodoxia católica: judíos, luteranos, hechiceros, blasfemos, invocadores del diablo y demás herejes, incluyendo a los poseedores de libros prohibidos, se entenderá este celo especial en las actuaciones. 
De hecho se procuró que los que fueran llegando a América fueran cristianos viejos o personas libres de sospecha: ni judíos, ni moros, ni herejes ni conversos; aunque no siempre fue así por las necesidades propias de la colonización. Con Carlos I hubo concesión de exenciones para que se diese acceso libre a los extranjeros. Ya en su día, Fernando el Católico, más preocupado de su economía que del propio celo religioso, tuvo negociaciones de tipo financiero con gente conversa y toleró el libre acceso a las Américas de todo tipo de personas sin investigar su condición. De tal forma que iban llegando a las Indias gente de toda índole. 
Se entiende pues que, dada la situación, el Cardenal Cisneros concediera a los prelados de aquellas tierras la potestad de convertirse en inquisidores delegados del Santo Oficio, con todas sus atribuciones. 
Pronto comenzó a funcionar la maquinaria inquisitorial, al extremo de darse en un solo año (1527) hasta diecinueve causas, en su mayor parte por el pecado de blasfemia, llegando en México a condenar a algún encausado con el castigo del pago de hasta 500 pesos de oro. También hubo muertos en la hoguera: algunos indios e incluso dos soldados de Cortés (auto de fe de 1528) 




La Inquisición exportada por España a América llevó a efecto su cometido a partir de tres tribunales: el de Lima, el de México y el de Cartagena de Indias. En el resto de territorios americanos funcionaba un sistema de "familiares" o delatores oficiales que actuaban en cooperación con los tres tribunales citados. 
Durante todo el siglo XVI, los monarcas españoles siguieron con esa labor de vigilancia encomendada publicando cédulas que conminaban a las autoridades religiosas a no abandonar su labor como inquisidores en aquellas tierras. Como en el caso de la real cédula de 13 de julio de 1559, donde se daban instrucciones al arzobispo de Lima y a los obispos del Perú para que en el caso de que hubiesen entrado en aquellos lugares "algunos hombres luteranos o de casta de moros o judíos, los castigasen". 

En este contexto tiene lugar la Real Cédula de Felipe II que señalábamos en el comienzo, la de 1570 y que afectó a Perú. 

En octubre de ese mismo año llega a Lima el nuevo inquisidor Antonio Gutiérrez de Ulloa y comienzan a estudiarse las causas abiertas contra reos provenientes de todas partes.

"Jerónimo de Ocampo, natural de Zamora, (...) preso porque con ocasión de haber mandado decir unas misas ciertos indios por un compañero difunto, sostuvo que no les aprovechaban ni vivos ni muertos; fue absuelto de la instancia por haber probado que sus acusadores eran enemigos capitales suyos." 

"Hernán Álvarez de Carmona, vecino de Arequipa, sobre que dijo algunas palabras opuestas a la doctrina del sexto mandamiento, oyó una misa rezada, con vela, y pagó doscientos cincuenta pesos de plata ensayada y marcada." 

"Diego de Magaña, de Valladolid, que negaba la resurrección de la carne en el día del juicio final por ser hombre de corto entendimiento, fue condenado sólo a oír una misa rezada, con vela y sin gorra." 

(Citado por José Toribio Medina en su obra sobre la Inquisición en Lima, ver bibliografía en la siguiente entrada)
 






miércoles, 16 de septiembre de 2015

Un hereje del siglo XIX


Cayetano Antonio Ripoll, nacido en Solsona en 1778, maestro de escuela en Valencia, fue sentenciado por la Junta de Fe de la Diócesis de Valencia, considerado culpable de herejía y condenado a morir en la horca. No se atrevieron a condenarlo a la hoguera. El cadáver, por orden del Tribunal, fue metido en una cuba donde pintaron unas llamas y enterrado fuera del cementerio. Mientras, Europa despertaba y progresaba haciendo suyas las ideas de la Ilustración francesa. 
Corría el año 1826. Era la época de Fernando VII, la “Década Ominosa”. 
España no era entonces un país moderno, avanzado, donde se respetase la libertad de opinión y credo. Antes al contrario, era un país atrasado, con un sistema político, el absolutismo, donde las libertades eran inexistentes, porque tras derrotar a los franceses que invadieron España, todo lo relacionado con el liberalismo, con la existencia de constituciones escritas, quedaba automáticamente conculcado, prohibido, perseguido… 
Lo curioso de todo esto es que Cayetano no podía ser sospechoso de “afrancesado”, porque precisamente había luchado contra el enemigo invasor en la guerra de la independencia. Fue oficial de infantería. Fue hecho prisionero y pasó una temporada encarcelado en Francia. 
Sí es cierto que en aquel país se relacionó con un grupo de cuáqueros y se hizo un seguidor del deísmo. La idea era encontrar la espiritualidad dentro de cada uno sin necesidad de intermediarios o sacerdotes, vividores a expensas de las creencias ajenas. Lógicamente toda esta manera peculiar de entender la religiosidad chocaba abiertamente con ese concepto rígido y oscurantista de la religión en nuestro país, donde el dogma era incuestionable y cualquier desviación del mismo era perseguido y condenado. 


Parece que incomodó a muchos de sus vecinos, a quienes les molestaba sobremanera no verle frecuentar la iglesia, ni seguir los rituales litúrgicos a los que estaban todos acostumbrados. Nunca le vieron rezar, ni arrodillarse, ni participar en las procesiones, ni confesarse, ni comulgar. Parece que les molestaba que fuera por libre. Y le señalaron con el dedo. 
Y así, poco a poco, fueron todos atando cabos. Y finalmente, por iniciativa de los curas de Valencia, presentaron un escrito en el obispado. Y del obispo al arzobispo. Y de la diócesis de Valencia al nuncio del Papa. 
Y en el escrito figuraban las acusaciones. 
Según estas, el “hereje” no creía en Jesucristo, ni en la Santísima Trinidad, ni en la Encarnación del Hijo de Dios, ni en el sacramento de la Eucaristía, ni en los Evangelios, ni en el papel rector e infalible de la Iglesia. Desaconsejaba a sus alumnos que hiciesen la señal de la cruz y les adoctrinaba en graves errores como que no era obligatoria la asistencia a misa para salvar sus almas. En el aula sustituía la expresión “Ave María” por “alabado sea Dios”. Además se le acusaba de comer carne el viernes santo. 
Por todo ello, un buen día, estando impartiendo sus clases en esa especie de choza que llamaban escuela, vinieron a prenderle y le condujeron a prisión donde le tuvieron dos años. Antes de encarcelarle le pasearon atado de manos por la ciudad como un vulgar criminal para que los vecinos le insultasen y escupiesen.

martes, 7 de diciembre de 2010

Prohibir la lectura

Nazis recogiendo libros para quemarlos

La costumbre de quemar libros, de secuestrar obras, de prohibir, de censurar… El miedo al saber, a la cultura, a la diversidad de opiniones… algo tan antiguo como la propia literatura y tan frecuente a veces por desgracia, dentro y fuera de nuestras fronteras.
Un producto de la cultura del fanatismo, de la intransigencia, de la estupidez, de la ignorancia, de la intolerancia, característico de sistemas sin libertades.
Son muchos los casos que han tenido lugar a lo largo de la historia. Algunos ejemplos:
En el siglo III, el emperador Diocleciano mandó quemar los libros de alquimia de la Biblioteca de Alejandría.
Girolamo Savonarola, el fraile dominico, hizo famosas sus “hogueras de las vanidades”.
También es archiconocida la quema de libros judíos y contrarios a la raza aria por parte de los nazis, acción que luego copiaron los militares chilenos bajo el mandato del general Pinochet. Cuentan que al parecer quemaron equivocadamente unos libros sobre arte cubista, pensando que eran libros comunistas cubanos. La cultura no era lo suyo, estaba claro.
En la ficción literaria también tenemos buenos ejemplos:
El expolio de la biblioteca del ingenioso pero enloquecido hidalgo don Quijote por parte del ama y la sobrina, con ayuda del cura y del barbero, episodio conocido más como el “donoso escrutinio”.
La labor de quemalibros de los “bomberos” de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, novela de ciencia ficción en cuyo título se habla de la temperatura a la que arde el papel, todo un clásico del género.
Manuel Vázquez Montalbán hace que su detectivesco personaje Pepe Carvalho encienda la chimenea quemando algún mal libro. ¿La mala literatura merece la hoguera? ¿Merece la hoguera la mala literatura?
Por su parte, Heinrich Heine, poeta y ensayista alemán del siglo XIX, escribió Ahí donde se queman libros se acaban quemando también seres humanos.
Otros, acostumbrados precisamente a quemar personas por cuestiones de controversia, prohibieron expresamente la lectura de ciertos libros y autores bajo amenaza de excomunión por considerar dicha lectura un grave pecado.
Así aparece el Index Librorum Prohibitorum o famoso Índice de Libros Prohibidos, catálogo de obras señaladas en su día por la Iglesia de Roma como perniciosas o contrarias a la fe.
Allí se dan cita obras supuestamente revolucionarias como “La Enciclopedia” francesa o “El contrato social” de J. J. Rousseau y otras más inocentes aparentemente, como “El lazarillo de Tormes”, “Los miserables” de Víctor Hugo o “Madame Bovary” de Gustave Flaubert. Autores malditos, señalados por el dedo acusador de la Santa Inquisición, como Zola, Voltaire, Clarín, Balzac, Copérnico, Descartes, Alejandro Dumas (padre e hijo), Erasmo de Rotterdam, Kant, Galileo, Montesquieu, Rabelais, etc., etc.
El “Index” fue fruto del clima de intransigencia desatado por la Contrarreforma del siglo XVI ante el empuje de la Reforma protestante, una manera de velar por la pureza de la fe y del credo católico, impulsado por el Papa Pio IV.
Tras el Concilio Vaticano II y el posterior papado de Pablo VI, se retiró el índice y la amenaza de excomunión que pesaba sobre los potenciales lectores.
Hay otros índices o listados de libros prohibidos, como el que cita Manuel Rivas hecho por el Opus Dei.
Hay un excelente artículo de Joseph Fontana sobre el tema, muy ocurrente, ameno y acertado, donde, refiriéndose a los listados de libros poco convenientes, se dicen cosas como ésta “Pero ninguno de ellos tiene la utilidad y el encanto de los índices de libros prohibidos, donde la estupidez de los censores resulta una guía segura para el hallazgo de la excelencia, que parecen oler igual que los cerdos descubren las trufas bajo tierra. ¡Benditos sean los censores que nos han descubierto tantos libros que merecía la pena leer! Y, de paso, gracias por haberme condenado. Son ya muchos los amigos que me han felicitado por esta distinción.”