Mostrando entradas con la etiqueta Tebeos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tebeos. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de mayo de 2011

Tebeos


Hoy se llaman cómics. En aquellos tiempos recibían el nombre de “tebeos” y eran publicaciones para niños y jóvenes. No las había para adultos. Eso vino más tarde, con la democracia. El nombre de “tebeo” se generalizó por influencia de una publicación que precisamente se llamaba así.
El gran Carlos Giménez, el autor de Todo Paracuellos, sí, el de los niños orejones de posguerra, se niega a llamar a los cómics así, para él siempre son y serán tebeos.
Los chicos españoles que vivimos los años del franquismo, crecimos con las aventuras de El Capitán Trueno, El Guerrero del antifaz, El Cachorro, Roberto Alcázar y Pedrín, y con las historietas del Pulgarcito, Tiovivo o el Tebeo (TBO), con ilustres personajes como la familia Ulises, Carpanta o Mortadelo y Filemón, del gran Francisco Ibáñez. Luego estaban las publicaciones sólo para chicas, algo lógico y normal en aquella España franquista en la que se quería educar de distinta forma a las niñas para que de mayores fuesen virtuosas amas de casa obedientes y abnegadas: Azucena, Florita, Mis chicas, Mariló, Sissí…
El tebeo era un medio de entretenimiento, pero también un retrato de la época, una expresión de la ideología oficial y en ocasiones un reflejo crítico de la sociedad, como el hambriento Carpanta, de Escobar, un vagabundo que vivía bajo un puente y siempre tenía un hambre canina (un espejo de la España de la escasez y el racionamiento)
Los tebeos se convertían a menudo en una radiografía de los arquetipos sociales que pululaban por la España de aquellos años. Un claro ejemplo lo encontramos en 13 rúe del Percebe del inefable Ibáñez. En la colección de personas no faltaba el caco, ni la patrona de pensión que mataba de hambre a sus inquilinos, ni la solterona y sus mascotas, ni el sastre sin escrúpulos, ni el comerciante que hacía trampas con el peso, ni el moroso, ni la portera cotilla…


También encontramos tebeos parecidos aparentemente pero opuestos ideológicamente.
Roberto Alcázar y Pedrín.
Con dibujos de Eduardo Vañó y guiones de Puerto, Quesada, Amorós...



Impecablemente vestidos y peinados en su lucha contra el mal, traje con corbata y jersey de pico respectivamente, católicos de misa dominical y amor patrio, nuestros personajes mostraban una apariencia políticamente correcta en aquel momento. Dicen por ahí que los rasgos de Roberto Alcázar (apellido de resonancias castrenses y gestas imperiales, así como nombre de una patriótica publicación de la época, aunque según los autores parece ser que el apellido iba a ser en un primer momento “Alcaraz” y que luego se cambió) estaban inspirados en los del fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera. Pedrín parecía un chico de barrio, ganado para la causa, de esos de la OJE (Organización Juvenil Española, los alevines de la Falange) que luego pasarían a engrosar las filas de los Guerrilleros de Cristo Rey para defender a España de "rojos y separatistas". Sus métodos en la lucha contra el mal eran, como corresponde a los salvapatrias, violentos, incluyendo palizas y torturas “a los malos”.

El Capitán Trueno.
Autores: el guionista Víctor Mora y el dibujante Ambrós - para mí el mejor- entre otros.


Paladín de la justicia y defensor de los débiles, este caballero español, que participó en la III Cruzada y conoció al mismísimo Ricardo Corazón de León, según se nos cuenta en el primer cuadernillo, que por cierto conservo en edición facsímil, siempre va acompañado de sus fieles amigos Crispín y Goliath, quienes comparten un importante protagonismo secundario. El caballero tiene una novia, Sigrid de Thule, a la que ve sólo de vez en cuando y con la que no mantiene ningún tipo de trato carnal, un amor asexuado para que no hubiera problemas con la censura. Víctor Mora, un hombre con inquietudes sociales en aquella España represora e intransigente, diseña unos guiones que pretenden huir de la visión oficial y maniquea de “buenos y malos”: hay extranjeros que son amigos, aunque tengan otra cultura u otra religión, ya sean chinos, indios americanos, negros africanos o vikingos... En sus historias no hay racismo ni xenofobia. También hay buenos y malos entre los españoles y los propios cristianos.
Según el propio autor: “Siempre soñé con escribir las aventuras de un caballero andante, y Editorial Bruguera me brindó la ocasión. Este caballero es fuerte, simpático, lucha con noble idealismo moral por la justicia, la libertad, la fraternidad, la paz (…) Su papel fue a menudo el de hacer que masas de gentes tomaran conciencia de la bestial explotación a que eran sometidas por un grupo de vampiros.”