Poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi había constituido con Italia y Japón un eje o alianza para repartirse sus zonas de influencia, espacio vital o áreas de expansión imperial: el eje Roma- Berlín- Tokio.
Con la invasión de Polonia por las tropas de Hitler, la virulencia y contundencia de sus ataques obedecieron a una estrategia de guerra- relámpago, encaminada a golpear duramente al enemigo en el menor tiempo posible, eludiendo la táctica de la guerra de desgaste, tan empleada en el conflicto mundial anterior, que resultó ser letal para las tropas alemanas.
En un principio, las victorias se sucedieron una tras otra a favor del Reich: campaña de Noruega, ofensiva oeste sobre Bélgica y los Países Bajos, ocupación de Francia... En la batalla de Inglaterra, la Luftwaffe alemana no pudo abatir la superioridad aérea británica, dejando el asunto pendiente para mejor ocasión. Después, junto a Mussolini, se inició con éxito la campaña de África. A continuación, la ocupación de Grecia y Yugoslavia. Después, el ataque a Rusia, la “Operación Barbarroja”. Y a partir de ahí, la suerte cambió para el Führer: derrota en Stalingrado, derrotas del Afrika Korps del general Rommel en el Alamein (Egipto), derrotas en el Pacífico del aliado nipón...
Los desembarcos aliados en Normandía y Provenza, junto al avance decisivo del ejército soviético en el Este, actuaron a modo de rodillo y, poco a poco, los enemigos del Reich se hicieron dueños de la situación. Hitler, arrinconado en su búnker de Berlín, se suicidó ante la inminente llegada del ejército rojo.
Tras la derrota de Mussolini y Hitler por los aliados, los norteamericanos pusieron punto final a la Segunda Guerra Mundial con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, Japón se rindió y los aliados ganaron la guerra.
