La historia de la humanidad se escribe gracias
a los artilugios que los grupos humanos han
sido capaces de fabricar en cada momento.
Es decir, gracias a sus “cacharros”.
Las hachas de piedra talladas a golpes o
pulimentadas, las puntas de flecha de piedra, los arpones de hueso, el arado,
el molino de mano, la rueda, la cestería, la cerámica, el telar, la máquina de
vapor, los ordenadores…
Inventos que marcan cada época.
Todo ello sumamente necesario para el progreso de la
humanidad.
No podríamos entender la historia sin sus inventos.
Útiles, utillaje, utensilios, herramientas, enseres y aperos que nos acompañan a
través de los tiempos.
Pero en pleno siglo XXI tengo mis dudas sobre la
verdadera “utilidad” de muchos “inventos” modernos…
Sí, esas cosas a las que denominamos cacharros,
trastos, cachivaches, cascajos, chismes, armatostes, achiperres…
La cantidad y el uso que hagamos de ellos son los
parámetros usados que marcan la diferencia entre lo realmente necesario y lo superfluo.
El consumismo de la sociedad actual ha hecho que
amontonemos en armarios, desvanes y trasteros muchas cosas que realmente no
necesitamos o que hemos utilizado a lo sumo un par de veces en nuestra vida:
La
yogurtera que nos regaló la tía Visitación cuando hizo honor
a su nombre y se nos presentó inesperadamente y a comer con el artilugio que
nos iba a proporcionar una fuente inagotable de vitaminas y de bienestar. No sé
si llegué a comerme tres o cuatro de esos yogures.
La
Fondue que usamos dos veces en cenas de amigos, con la que
estuvimos a punto de achicharrarnos y de paso prender fuego a toda la casa.
Aparte de la indigestión de tanto queso untado en pan, que actuó a modo de
engrudo en nuestros estómagos.
El
microondas viejo pero utilizable que guardamos por si el
nuevo se estropeara.
El
“cinexin” de los nenes con viejas películas que nadie
pone.
El vídeo
betamax y sus cintas correspondientes con películas grabadas de la
tele por si hubiera que volver a los
tiempos de las cavernas.
Esa
acuarela que nos regaló la amiga aprendiz de pintora y que
jamás pondremos en pared alguna. Horrible para más señas.
Una
impresora averiada.
La
vieja guitarra a la que le falta una clavija, una
cuerda y las demás están ya “sordas” y las de metal hasta crían verdín.
Carpetas
donde guardamos viejos apuntes de la Universidad, periódicos antiguos y
amarillos que no volveremos a mirar aunque en uno de ella venga la noticia de
la muerte de Franco.
¿No me creen? Ahí va...
¿No me creen? Ahí va...
Bolsas
con cables, viejos enchufes, casquillos, cinta aislante caducada, botes de
pintura seca…
Un
grifo que quitamos y sustituimos por otro y que no
tiramos por si hubiera alguna pieza que nos sirviera más adelante.
Unas
cuantas cacerolas de esas antiguas de porcelana que arrinconamos por
las de acero inoxidable, pero que no nos atrevimos a tirar por si nos hicieran
falta algún día.
La
barbacoa eléctrica con una bandeja para el agua y que
hacía las chuletas casi igual de ricas que la tradicional de carbón. La
humareda que desprendía sí que era similar. Eso al menos pude comprobar las
cuatro veces que la usé. Es matemático y no falla: el humo siempre va en
dirección al ojo del que hace la barbacoa. Se ponga donde se ponga.
El
reloj despertador del año la Tana y que dejó de funcionar.
El “superglú” con el que pegamos aquel juguete –y de
paso dos dedos- hace ya más de veinte años.
El traje del Real Madrid del “niño” que ahora tiene
más de 30 años (el traje y también el "niño")
Afortunadamente la lavadora vieja no nos cabe en el
trastero…
Luego hablarán de Diógenes y de su síndrome de acaparador compulsivo.