lunes, 18 de septiembre de 2017

A vueltas con el Nacionalismo

Bandera marciana
Imagen tomada de aquí

Hace casi tres años y medio escribía esto. Creo que  hoy sigue estando de actualidad.
Una vieja entrada que hoy recupero.
Con los comentarios que se hicieron en su día



(Una reflexión que no va a gustar a más de uno)

Me echo a temblar cuando los ciudadanos son capaces de movilizarse más por los símbolos identitarios que por los recortes en sus derechos. Ahí es cuando aparece el agujero negro del nacionalismo, con ese poder terrible para absorberlo y manipularlo todo. 
Cuando hablo de nacionalismo no sólo me refiero al independentista sino también al centralizador. Y no sólo me refiero a España.
Un “invento” ya antiguo que permite canalizar energías en una sola dirección y lograr que afloren los sentimientos más escondidos, donde prevalece la emotividad frente al raciocinio. Miedo me da un pueblo que se mueve por simple visceralidad y que aparca la sensatez, el diálogo, la negociación y la convivencia. Ello nace de un problema de empatía: la capacidad o la incapacidad para ponernos en la piel del otro. Y si no hay diálogo, las acciones sustituyen a las palabras. La violencia es el siguiente paso. No es la primera vez que ocurre. Y siempre hay alguien detrás que obtiene buenos réditos con ello. No hay más que echar un vistazo a la historia. Los ejemplos sobran. 

UN PRODUCTO DE LA CRISIS 

Habría que plantearse por qué siempre que hay crisis se agudizan estos sentimientos nacionales identitarios, a la par que aumenta el racismo y la xenofobia (Véase por ejemplo el aumento de apoyo en Francia del grupo ultra de la señorita Le Pen). Es un mal síntoma: el raciocinio se ve desplazado por la pasión y la emotividad. Eso en política no debe ocurrir. Es un camino muy peligroso. Los impulsos viscerales hay que dejarlos para el arte y la poesía. La pasión desbordada traducida en términos estéticos se puede denominar Romanticismo, pero a nivel político y en los tiempos actuales no es otra cosa que una forma de fascismo. 

UNA MANIOBRA DE DISTRACCIÓN 

El mensaje siempre es parecido: la culpa de que nos vaya mal la tiene el vecino -o el inmigrante- , no una política global equivocada. Es más sencillo buscar culpables en los de al lado aprovechando algún agravio reciente o del pasado. Y si no lo hay, nos lo inventamos. Es fácil. La gente quiere carnaza, chivos expiatorios que paguen los platos rotos. Y el mensaje cala enseguida entre la población. Con esto del nacionalismo los dirigentes tienen entretenida a la gente, a la de allí y a la de aquí, una cortina de humo para que no vean que los problemas verdaderos no son de banderas sino de trabajo, sanidad, vivienda y educación. Los problemas cotidianos de la gente son muy similares en todas partes. Cuanto más viajas más cuenta te das de las similitudes. Todos respiramos, amamos a los nuestros, luchamos para llegar a fin de mes… Hay más cosas que nos unen que las que nos separan. 
Las banderas y los himnos están muy bien como parte de nuestra cultura, del folclore, como la fiesta de los toros, la ikurriña o el baile de la sardana, pero no debe convertirse en material arrojadizo para agredir a los que no los comparten. Porque precisamente eso sería hacer el juego a los que quieren que busquemos al enemigo fuera de casa, evitando así que reclamemos soluciones a los de dentro. 

¿PARA QUÉ MÁS FRONTERAS? 

Los que se quejan de falta de libertad colectiva no deben proponerme a cambio levantar nuevos muros de incomunicación entre las personas. Ya tenemos demasiadas fronteras. Te puedes sentir vasco o andaluz o catalán y a la vez español o europeo o ciudadano del mundo o de la Vía Láctea o de ninguna parte. Y no pasa nada. No vas a ser mejor ni peor por ello. No hay que avergonzarse necesariamente de la pertenencia a colectivos que no te excluyen. 

Y ya puestos, ¿qué sentido tiene hoy el hablar de "nación", de democracia y de pueblo soberano -independientemente del color de tu bandera-, cuando los que toman de verdad las decisiones no son nuestros políticos electos locales, sino en realidad gente que está lejos, en sus despachos, dictando órdenes a diestro y siniestro y moviendo a su antojo los hilos del mundo? ¿Qué es lo prioritario que cambiemos? ¿Qué pesada losa nos tendremos que quitar de encima para ser de verdad libres?

martes, 12 de septiembre de 2017

Delirios de grandeza

La Mole Littoria, proyecto de Mussolini.

Una entrada recuperada
Fragmentos de un cap. de "Historias que no son cuentos"


Algo propio de dictadores y autócratas, acostumbrados a la obediencia sin rechistar y a ser considerados en su entorno como dioses. Caudillos por la gracia de Dios o del destino, padres salvadores de la patria o de la revolución, que llenan calles y plazas de estatuas propagandísticas de su ego, algo frecuente en la saga norcoreana de los Kim, propulsores de una nueva religión llena de imágenes colosales ante las que sus súbditos obedientes y devotos han de postrarse. Estos tiranos acometen obras faraónicas, expresión de su grandeza como el Valle de los Caídos o el rascacielos que proyectaba Mussolini, o también el “Palacio de los Soviets” de Stalin, una idea aprobada en 1934 que no llegó a hacerse porque la Segunda Guerra impuso otras prioridades, o la megaciudad que pretendía construir Hitler, proyecto encomendado a Albert Speer, más conocido como “arquitecto del tercer Reich”, designado por el führer para llevar a cabo la construcción de Germania, la que iba a ser la capital del mundo.


Germania, capital del mundo

Ese mismo delirio que les lleva a celebraciones multitudinarias para darse un baño de masas o a rebuscar en la historia nombres altisonantes que poner a sus vástagos como hizo Pinochet -“Augusto” Pinochet- con su hijo "Marco Antonio".
O el ansia por emparentar con la familia real, como las maniobras de doña Carmen para que su nieta, al casarse con Alfonso de Borbón Dampierre, aspirara a entroncar su familia con la realeza española.
Los delirios de grandeza, propios de personajes como Mussolini, Adolf Hitler, Stalin, Pinochet, Kim il Sung o Franco, forman parte de un trastorno psicológico que en ocasiones esconde un complejo de inferioridad. 

Delirios de grandeza que les hace sentirse imbuidos de autoridad para “investir” y otorgar cargos y títulos como los viejos monarcas absolutos, como hizo Franco quien, merced a la ley de 4 de mayo de 1948, asumió la potestad de poder conceder títulos nobiliarios, algo que había abolido la II República. Un total de 39 títulos concedidos a sus amigos de la “cruzada” contra los “rojos”. De esta forma los nietos de los que colaboraron con el golpe militar y con la dictadura reclaman esos títulos como un derecho hereditario, exigiendo que en plena democracia se les siga renovando, lo que levanta las lógicas protestas de diversas entidades que exigen la supresión de los títulos concedidos por Franco a todos aquellos “que participaron y colaboraron en el sostenimiento de la dictadura”.
La inmensa mayoría de los nombramientos que hizo el “Caudillo” son mirados con desprecio por parte de la aristocracia española quien considera en primer lugar que deben ser otorgados por un rey, opinando por otra parte que una guerra civil seguida de una dictadura no es el escenario adecuado para recompensar a nadie con un nombramiento de ese tipo.

Fallido Palacio de los Sóviets, proyecto de la era Stalin

El dictador no tuvo escrúpulo alguno en nombrar duques, condes o marqueses a militares sublevados, renombrados falangistas y empresarios colaboradores o afines al régimen.

Entre otros, Franco otorgó los siguientes títulos:

Al general Mola, golpista como él, le concedió el título de Duque de Mola.

Al general Queipo de Llano, autor de importantes estragos en Sevilla, el título de Marqués de Queipo de Llano. Y eso que ambos no se tragaban. El de Tordesillas llamaba a Franco, “Paca la Culona.”

Al general Yagüe, más conocido como el carnicero de Badajoz, tristemente famoso por la matanza de miles de civiles, el título de marqués de San Leonardo de Yagüe.

Al falangista Onésimo Redondo, el de Conde de Labajos.

A Pilar Primo de Rivera, delegada nacional de la Sección Femenina, el Condado del Castillo de la Mota.

A Pedro Barrié de la Maza, fundador de una compañía eléctrica, el de Conde de FENOSA, o sea: “Conde de las Fuerzas eléctricas del Noroeste”. Si no fuera ridículo, hasta tendría su gracia.

¿Se imaginan otros títulos nobiliarios parecidos como el Marqués de ENSIDESA, el Duque de Azucarera Española o el Conde de Renfe? Suena, cuando menos, cómico, casposo y paleto.



martes, 5 de septiembre de 2017

Los felices y locos años veinte


Felices, optimistas, locos... un espejismo, una necesidad de intentar ser dichosos tras el trauma de la Primera Guerra Mundial y tras la inmediata posguerra, unos años duros caracterizados por un marcado afán de revanchismo, "el espíritu de Versalles", que prolongó psicológicamente el conflicto con el asunto de los tratados de paz que las potencias aliadas firmaron -o simplemente dictaron- con los países derrotados. Y Alemania fue la gran derrotada, la gran humillada, con esas reparaciones e indemnizaciones de guerra imposibles de pagar.

Lo cierto es que tras 1925 se dio por saldada una etapa negra y se abrió un periodo de progreso, de concordia, de esperanza. La economía parecía reactivarse. Se inició un ciclo expansivo con epicentro en los EEUU que fue contagiando a los países europeos, una especie de clima de euforia y de fe en el futuro. 



Los Acuerdos de Locarno de 1925  trajeron un aire nuevo a Europa que dejó en el cajón de los agravios las diferencias entre vencedores y vencidos. Y de esa nueva etapa de la posguerra surgió un nuevo espíritu más amigable, más positivo y más optimista. La sombra negra de la guerra parecía alejarse. La pesadilla vivida iba quedando atrás.





Pero el tiempo nos dijo que aquello era, en realidad, un espejismo, un trampantojo. Apenas un paréntesis entre dos guerras. Tal vez una pausa entre dos partes de un mismo conflicto, con una Alemania dispuesta a cobrar cara la humillación sufrida en Versalles.




En efecto, tras la llegada al poder de Adolf Hitler en 1933, se fue preparando el terreno para un conflicto todavía peor que el anterior. La crisis de los años 30, tras el crack bursátil que se inició en Wall Street, trajo a toda Europa y especialmente al país germano, tan castigado por el asunto de las reparaciones, más miseria, más rencor. Y el discurso populista y agresivo del führer caló entre la población y encendió la mecha del conflicto.

lunes, 10 de julio de 2017

Echando el cierre al blog

Tema estival

martes, 27 de junio de 2017

Miserias de la posguerra española



Tras la Guerra Civil y el triunfo del general Franco, los años cuarenta y parte de los cincuenta fueron muy duros para los españoles. Años de aislamiento internacional, privaciones, censura, represión, miedo y hambre. Años terribles de penurias y cartillas de racionamiento. 
Con el hambre y la escasez floreció el estraperlo, o mercado negro, del que se beneficiaron algunos desaprensivos que hicieron fortuna con la miseria ajena. Artículos como el aceite, el bacalao o el tocino se convertían en artículos de lujo. El chocolate que se comía estaba hecho de una pasta terrosa a base de algarrobas, el pan era negro y las lentejas estaban pobladas de bichos y piedras. El café era como el caviar, escaso y caro. En su lugar se tostaba algún cereal o se consumía achicoria, un sucedáneo infame. Desde 1939 hasta 1952 estuvieron presentes en la vida de los españoles estas cartillas de racionamiento que obligaban a muchos a una dieta obligada. 
Vuelve a hacerse presente esa España del hambre y del atraso tan conocida durante nuestra Edad Moderna, la España del Lazarillo, la de Rinconete y Cortadillo, la del Siglo de Oro con su procesión de pícaros y de siniestros personajes como el Dómine Cabra de Quevedo. 
Y como en toda época de privaciones, reaparece el humor negro. Ese humor que hacía que Lázaro de Tormes estrellara al ciego contra el pilar de piedra o que pintaba una imagen del hidalgo escarbándose los dientes en la puerta de su casa para que lo vieran los vecinos, como si hubiera acabado de comer, regresa ahora en forma de pluriempleado padre de familia que sueña con llevar a su familia a la playa a comer marisco y su sueldo no le da más que para unas sardinas de lata, en forma de bocadillo envuelto en papel de periódico, que era el envoltorio típico, y poder pagar la radio comprada a plazos. 
Si en el Siglo de Oro fueron la pintura y la literatura los vehículos encargados de contarnos las penalidades de nuestros paisanos, ahora son el cine, la radio y el cómic, llamado entonces tebeo, los que nos dan cuenta de ello. Y así nos encontramos, por ejemplo, con la figura de Carpanta, de José Escobar, siempre pasando hambre y soñando con un pollo asado bajo el puente donde vive. O las penurias de las chicas de pueblo que se van a servir a la ciudad: Petra, criada para todo, también de Escobar. No faltan ni el autoritarismo del “pater familias” en Zipi y Zape, de Escobar, ni las agresiones verbales y físicas o las familias mal avenidas: Las hermanas Gilda, La familia Cebolleta, ambas de Manuel Vázquez.  



En la radio, una serie de gran audiencia, Matilde, Perico y Periquín, siempre terminaba con castigo físico del progenitor hacia el niño travieso. Recuerdo siempre que finalizaba cada episodio con el llanto de Periquín diciendo aquello de “¡Nooo, a nene pupa nooo!” Hoy hablaríamos de malos tratos. 
En nuestro cine, muy influenciados por el neorrealismo italiano, nos encontramos a Juan Antonio Bardem o a Luis García Berlanga y a un guionista de excepción: Rafael Azcona. Y de esta forma nos topamos con películas como Plácido, de Berlanga con guión de Azcona, o siente a un pobre en su mesa esta Navidad y deje su conciencia tranquila, el atraso rural y confiado de Bienvenido, Mister Marshall, también de Berlanga. Guiones de Azcona para las películas El pisito, El cochecito, El verdugo, etc., son espejo y denuncia de una época, su atraso y su miseria moral. Paralelamente se desarrolló una filmografía nacional dirigida o auspiciada por el régimen donde se resaltaran las cualidades del auténtico español o las virtudes patrias: “Raza”; “A mí la legión”; “Franco, ese hombre” o “Marcelino, pan y vino”. 


Capítulo perteneciente a “Historias que no son cuentos”, ed. Art Gerust

Pedidos a la editorial.
pedidos@artgerust.com


martes, 20 de junio de 2017

La Belle Époque



La Belle Époque fue un periodo de nuestra historia cuyos extremos cronológicos estarían marcados por dos fechas significativas: 1871, fin de la Guerra Franco-Prusiana y 1914, el estallido de la Primera Guerra Mundial. Tras la primera, que dio lugar a la aparición de la Alemania contemporánea, Europa comenzó a vivir una etapa de paz que posibilitó que muchas naciones entraran en una senda de avances y desarrollo económico.

Fue en efecto una época caracterizada por el optimismo, la confianza en el futuro y la fe en el progreso. Europa, de la mano del capitalismo imperialista, fortalecida tras su expansión colonial por Asia y África, iniciaba una etapa decisiva donde la tecnología, la ciencia, la economía y la cultura parecían ir de la mano prometiendo un futuro mejor para las siguientes generaciones.










La electricidad y el petróleo tomaron el relevo del carbón y del vapor. Se desarrollaron los ferrocarriles, el teléfono, el telégrafo, los automóviles, el avión…. Aparecieron los rayos X, los antibióticos, las vacunas. Todo aquello constituía una auténtica revolución tecnológica, un tiempo de bienestar que prometía no tener fin.

Se denominó posteriormente así, “Belle Époque”, con esa expresión francesa, por pura nostalgia: una manera de bautizar a un tiempo de esperanza que se volatilizó en el aire, una especie de sueño frustrado o de paraíso perdido tras el terrible shock que supuso el estallido de la Gran Guerra.



El desastre del Titánic, además de constituir por sí mismo un presagio, se convirtió en la metáfora del hundimiento de todo un continente, el europeo.


¿Estaremos viviendo ahora los últimos años de una nueva “Belle Époque”?

martes, 13 de junio de 2017

Atila no murió en el campo de batalla


Publicado originariamente el 28 de mayo de 2012.

Resulta paradójico que Atila, el rey de los Hunos que tantos campos de batalla pisó (1), no muriera precisamente en el combate sino en su propia cama y la noche de bodas.

Atila ha pasado a la historia de occidente como un bárbaro sin escrúpulos, el "Azote de Dios", un rey despiadado y cruel. Sus guerras tenían fama de sangrientas y donde pisaba su caballo "no volvía a crecer la hierba"; sin embargo todo parece fruto de una leyenda negra sobre su persona. No es la primera vez que los romanos cargan las tintas sobre los enemigos de Roma, como ya hicieron en su día sobre Aníbal y los cartagineses.

El historiador bizantino Prisco (*) nos habla de él y resalta con frecuencia su cultura y su sensibilidad. De sus relatos se deduce que Atila hablaba perfectamente el latín, y además sabía escribirlo; por añadidura también dominaba el griego. Se trataba de un hombre de gran cultura teniendo en cuenta su época.

Aunque probablemente no se tratase de un santo varón, la fama de hombre sanguinario y cruel no se corresponde con algunos hechos históricos, pues no es comportamiento de un bárbaro despiadado el detenerse y no invadir Roma cuando un séquito encabezado por el Papa León I le rogó que no lo hiciera.

Sobre su muerte se han ofrecido diversas interpretaciones. Todas coinciden en que murió en su lecho tras la noche de bodas. Unos apuntan a que murió por causas naturales, otros afirman que murió envenenado por su propia esposa Ildico. Parece ser que durante el banquete comió y bebió más de la cuenta y que luego se fue a la cama y quedó dormido boca arriba. Tuvo una fuerte hemorragia nasal y se ahogó con su propia sangre. Un rey, victorioso en mil batallas, fue vencido por su propia sangre víctima de una letal borrachera.
_______________________
(*) Prisco de Panio, historiador del Imperio Romano de Oriente del siglo V. Conoció a Atila personalmente. Lo describe como un individuo robusto pero de talla pequeña, chato de nariz y de cabeza grande. De vida un tanto austera, no fue tan cruel como se le pinta normalmente. 
(1)El 20 de junio del año 451 d.C, tuvo lugar la Batalla de los Campos Cataláunicos que supuso una gran victoria de Atila frente a los romanos.

martes, 6 de junio de 2017

Literatura para gente con prisa




Mi nueva aportación a La Charca Literaria.


Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra. 

Principio y final de la historia.
Es un hecho innegable: la gente tiene prisa y no lee. Vivimos en un mundo agitado donde no hay lugar para los libros. Porque la buena lectura requiere su tiempo. ¿Qué hacer entonces? ¿Resignación? ¿Renunciar a disfrutar las grandes obras? ¿O tal vez buscar un camino intermedio entre la lectura y la no lectura?

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. 

Ana volvió a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba náuseas. Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

En la sección de librería de La Charca Literaria hemos encontrado la solución: literatura para los que tienen prisa. Versiones muy cortitas de grandes obras de la literatura universal, con principio y final. Pero solo con principio y final. Cada una en una página. Una esmerada selección. Todo en un solo volumen. Eso sí, con un estupendo diseño de cubierta, contraportada y un listado de las obras condensadas, a modo de índice. (*) No me dirán que la idea es mala.

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. 

Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.

Una solución también para los que tienen en sus casas poco espacio para libros.

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer. 

Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.

Solo principio y final de cada obra.



Ya puede usted presumir de haber leído a Camus, a García Márquez, a Vargas Llosa…

-Despierta, Panta -dice Pochita-. Ya son las ocho. Panta, Pantita. 
-¿Las ocho ya? Caramba, que sueño tengo -bosteza Pantita-. ¿Me cosiste mi galón? 
-Sí, mi teniente -se cuadra Pochita-. Huy, perdón, mi capitán. Hasta que me acostumbre vas a seguir de tenientito, amor. Si, ya, se ve regio. Pero levántate de una vez, ¿tu cita no es a…? 
-Las nueve, si -se jabona Pantita-. ¿Dónde nos mandarán, Pocha? Pásame la toalla, por favor. ¿Dónde se te ocurre, chola? 
-Aquí, a Lima -contempla el cielo gris, las azoteas, los autos, los transeúntes Pochita-. Huy, se me hace agua la boca: Lima, Lima, Lima... 

-Brrrr, que frío, qué frío -se estremece Pochita-. Dónde están los fósforos, dónde la maldita vela, qué horrible vivir sin luz eléctrica. Panta, despierta, ya son las cinco. No sé por qué tienes que ir tú mismo a ver los desayunos de los soldados, maniático. Es muy temprano, me muero de frío. Ay, idiota, me arañaste otra vez con esa esclava, por qué no te la quitas en las noches. Te he dicho que son las cinco. Despierta, Panta.

Si usted no lee, es porque no quiere.

 (*)  Reserve su ejemplar. Encuadernación esmerada con lomos en piel, nervios y dorados… También en rústica, formato bolsillo, precios populares.

lunes, 5 de junio de 2017

En la frontera



Hasta aquí llegó el cuento.
Acabamos un largo periplo que iniciamos el 21 de febrero de 2016.
En todo este tiempo ha ido apareciendo el texto por entregas, con una periodicidad semanal, salvo algunas excepciones.
Los personajes que por aquí desfilaron los puso la historia, la literatura, la filosofía...
Yo tan solo le eché un poquito de imaginación para juntarlos a todos y dejar que ellos mismos nos fueran contando sus cuitas, sus pesares, sus amores, sus pasiones, sus luchas, sus debilidades, sus miserias...

Descansen todos en paz, ya que se merecieron sobradamente el sueño de los justos.
Espero que todos ellos me perdonen por haber puesto en sus labios palabras que la ocasión me propició. Aunque he de decir que el largo epílogo final, cuando todos se reúnen, salió sin ningún esfuerzo, casi de un tirón, como si yo escribiera al dictado. No sé si fue cosa de las musas o de la propia magia de la literatura. ¡Quién sabe!  Esa "voz" interior que, según dicen algunos, te va guiando. 






























Por si alguno se perdió algo, les recuerdo que pueden bajarse gratuitamente el texto completo pinchando en el siguiente enlace:


Yo nada gano con ello, salvo conseguir el objetivo que me propuse al escribir este libro: compartirlo con los demás, que fuera leído por el mayor número de personas posible. Y eso ya es suficiente.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Una reunión inesperada ( y 8)


"No es cosa baladí acabar mejor que se empezó. Y ahorrar amarguras de viejo, que bastante tiene uno con los achaques propios de la edad. Tristezas, las justas. Y ya puestos- apunta Cervantes-, mi buen Sancho Panza, que era un sabio y un filósofo a pesar de ser duro de mollera, bien recomendó a su señor Don Quijote cuando le dijo aquellas sensatas palabras: “Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias.”

Continuó diciendo Cervantes: 

"Amigos míos: ha sido un placer conocerles, que el mucho andar por la vida y recorrer tierras y frecuentar gentes hacen a los hombres, no solo sabios, sino también discretos. 
Como todos deben saber, yo fui quien les convocó y les invité a venir a esta reunión. Aunque la mayoría de ustedes aceptó de buen grado, algunos, los menos, rechazaron la invitación. Sus razones tendrán. En todo caso, perdónenme el atrevimiento, pero creo que era una cuestión de justicia permitirles a todos que pudieran ofrecer una explicación de sus actos y un justo desahogo que la historia muchas veces les negó. 
Ahora ya es tarde. La clepsidra sigue marcando inexorablemente el tiempo. Y vendrán para los que quedan en este mundo días gratos y noches oscuras, que a las penas no hay que llamarlas, que saben venir solas. Y hablando de tiempo, el nuestro terminó en su día, que todo pasa y a todos nos llega nuestra hora. Y hay que descansar, pues después de tan largas andaduras bien merecen nuestros cuerpos y, con mayor motivo, nuestras almas reposar largamente. Y para siempre. 
Como decía Quevedo, todos queremos llegar a viejos; pero todos lo negamos cuando hemos llegado. 
Espero que la historia nos juzgue con benevolencia y ponga a cada uno en el sitio que se merece. Por las obras nos reconocerán. Queda dicho. Ahora vayámonos a dormir, que tenemos ganado nuestro descanso. No olvidemos que ”El sueño es el alivio de las miserias para los que las sufren despiertos.” 
Y aquí paz y después gloria. "

 Y ahora sí, por fin, termina esta historia.

__________
"En la frontera" es un libro en pdf de descarga gratuita al que puedes acceder pinchando en el enlace. 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Una reunión inesperada (7)


El Vaquero Anónimo aprovecha que la intervención del jefe sioux ha tenido lugar justo antes del comentario del morisco español, para contar algo de sí mismo:

-La vida es dura en este lado de la frontera. Sueldo escaso. Trabajo agotador con el ganado. Lugar de paso de gente de poco fiar, demasiados buscavidas y pendencieros, indios que te la tienen jurada porque invadimos sus tierras con engaños, calor sofocante… Muchas veces es difícil encontrar a alguien que esté dispuesto a ponerse la estrella de sheriff.  La gente llega con sus carretas esperando establecerse y echar raíces, pero prosperar es complicado en una tierra reseca donde no es fácil que crezca el cereal y donde abundan los escorpiones. Por eso es frecuente que, hartos y desesperanzados, se vayan marchando en busca de oportunidades a otro lugar, a tierras menos inhóspitas. Y empezar allí de nuevo. Lo peor de todo es cuando el poblado solo está habitado por fantasmas y lo único que te acompaña es el viento, el zumbido de las moscas o el aullido del coyote. Llegados a este punto hay que largarse de allí, al galope, sin mirar atrás, porque si la tierra está maldita tú puedes convertirte en una nueva víctima y acabar formando parte del decorado de un pueblo fantasma.

Luis de Córdoba, vestido con sus mejores ropas: casaca y golilla, calzas a media pierna y medias, pelo largo, perilla y bigotes atusados, sostiene su sombrero entre las manos, toma el turno de palabra:



-Yo llegué a pensar que era el más desgraciado de los hombres por haber nacido más pequeño que los demás. Lo cual me imposibilitaba para hacer muchas cosas, entre otras la de poder alistarme en los tercios para servir a mi país. Y ganar prestigio y honores. Un orgullo muy grande para un súbdito del rey. Tampoco podía dedicarme al oficio de mi padre, porque aparte de las dificultades para manejar con soltura el arado, las caballerías o la guadaña, no soportaría como otros estar siempre bajo la maldición de las plagas, la sequía y los impuestos. Lo tenía pues complicado. Pero después de oír aquí las penalidades por las que muchos de los presentes habéis tenido que sufrir, creo que lo mío era una nimiedad.  Y que en el fondo fui un hombre afortunado. No obstante yo también tuve lo mío, sobre todo al principio, y tuve que aguantar las burlas y las imposiciones de la gente que me tenía a su servicio, incluyendo los antojos de una niña malcriada que luego me abandonó en un rincón como quien se cansa de su muñeco.



-Es lo que tiene ser bufón- bromeó Espronceda, quien pensaba que un poco de humor podría venir bien para rebajar el tono grave que estaba adoptando aquella reunión-; pero seguro que también hay secretos de alcoba de ciertas damas encaprichadas con su juguete preferido que los mantienes en sitio oculto, pero que, dado el tiempo que ha pasado, y teniendo en cuenta que nadie se va a molestar a estas alturas, no tendrías reparo alguno en hacernos partícipes de ellos. Siempre he tenido curiosidad por saber qué esconden ciertas señoras debajo del “guardainfantes”. Seguro que muchas no pasaban frío en las largas noches de invierno si tenían a mano a un complaciente amigo.

-Aunque pequeño de tamaño, y no por ello de inferior hombría, siempre he sido grande como caballero y de mis labios jamás salieron ni saldrán palabras que puedan poner en entredicho el honor de las damas a las que serví- replicó cortésmente con una sonrisa Luis de Córdoba-. En todo caso, no me puedo quejar en este sentido- guiñó el ojo con picardía-. Ni en ninguno en general. Y, volviendo a lo anterior, que no es bueno salirse del comedimiento del que suelo hacer gala, en líneas generales he de decir que todo terminó mejor que empezó: abandonar mi casa para irme a otras a servir de entretenimiento a los demás a costa de mi pequeñez no fue un plato de gusto; pero… ¿podría dedicarme en aquellos tiempos a otra cosa? Y debo reconocer que el oficio que tomé me permitió vivir con tranquilidad y sin privaciones los últimos años de mi vida.


Fragmento del epílogo de "En la frontera"


lunes, 22 de mayo de 2017

Un actor malogrado



Nueva colaboración en La Charca Literaria

Cuando vivía en Carabanchel, tenía un vecino al que todos llamábamos “el garrapata”. El alias se lo pusimos nosotros. En realidad, la culpa la tuvo un desafortunado comentario que el propio Sebas, que era así como realmente se llamaba, hizo una vez que andábamos jugando en un herbazal: “Me pica mucho la pierna. Seguro que he pillado una garrapata.” Y de ahí le vino el mote.

-¿Está “el garrapata”? ¿Sale “el garrapata”?- preguntábamos a su madre indistintamente cuando unos u otros llamábamos a su puerta.

- Está muy feo eso de que los chicos os pongáis motes- decía siempre la madre con cierto enojo.

Un tipo peculiar: nervioso, intranquilo… Hoy diríamos que hiperactivo, algo que no se estilaba en aquellos tiempos.

Y hubo un día memorable en su currículum: cuando él solito se cargó una obra de teatro que habían montado y adaptado en su centro de FP, el Virgen de la Paloma, con sumo cuidado y dedicación. Logró un milagro que ningún dramaturgo consiguió hacer en vida: convertir un drama en una comedia de final hilarante.
Nada más y nada menos que “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca. Teníamos a Segismundo, a Rosaura, al rey Basilio, a la torre, donde, encadenado injustamente, el príncipe se quejaba del trato recibido, de su perra vida, de la falta de libertad…

 “Nace el pez, que no respira, 
aborto de ovas y lamas, 
y apenas, bajel de escamas, 
 sobre las ondas se mira, 
cuando a todas partes gira, 
midiendo la inmensidad 
de tanta capacidad 
como le da el centro frío; 
 ¿y yo, con más albedrío, 
tengo menos libertad?” 

 Y todo porque los adivinos habían vaticinado que destronaría a su padre y sería un rey despótico y cruel.
Sólo faltaba Clarín y para ese personaje, los de La Paloma pensaron en Sebas. Su papel, adaptado para la ocasión, era breve. Apenas una decena de intervenciones…
El caso es que la obra iba bien. Cada uno en su sitio. Un trabajo digno para estar hecho por chavales. Segismundo lo bordaba. Muy histriónico, como corresponde a un príncipe encadenado, castigado duramente…

 “¡Ay mísero de mí, ay, infelice!” 

 La obra estaba terminando. Todo marchaba sobre ruedas… Hasta llegar al desenlace. Hay un motín contra Basilio, el rey de Polonia que mandó encadenar a su primogénito. El pueblo logra liberar de las cadenas a Segismundo, a su amado príncipe. Todo se va resolviendo. El padre se da cuenta de su error y no le quedará más remedio que afrontar la realidad. Y en esto, llega el momento crucial: un disparo acaba con la vida de Clarín, el criado fiel de Rosaura, quien da con su cuerpo en tierra.
Se supone que tenía que quedarse quieto en el suelo haciéndose el muerto los últimos minutos de la obra, pero la ingrata fortuna hizo que, al caer, su ropaje quedara enganchado de la cabeza de un clavo mal clavado o tal vez de alguna tabla del escenario.
El amigo Sebas, puro nervio, en vez de apaciguarse y esperar unos minutos a que terminara todo y bajara el telón, pensando que al estar en el suelo nadie repararía en él, en lugar de quedarse quieto, como debe estar un muerto, empezó a hacer aspavientos tirando sin disimulo repetidas veces de la manga de su camisa para librarse, sin éxito, del impedimento que le enganchaba contra las tablas.
Y claro, la gente comenzó a reír, porque eso de que resucite un muerto da alegría, pero en este caso no estaba previsto que eso ocurriera.
La última imagen que tengo de la obra es la cara de estupefacción que tenían los personajes que de pie recitaban sus últimas líneas de texto, mientras bajaba el telón y el público se reía y aplaudía a rabiar.
Ya digo, un drama convertido en comedia. Y un actor frustrado que no volvió a pisar un escenario en su vida. Que yo sepa.

-Joder, la culpa no es mía. Es que me enganché. Me he hecho un siete en la manga. Hasta creo que tengo un arañazo en el brazo.

Historia verídica. Personaje real, aunque con nombre y mote inventados.

domingo, 21 de mayo de 2017

Nota informativa

Problemas con Blogger.
Últimamente me cuesta mucho acceder a mi blog y a los de los amigos cuyo servidor sea Blogger. No hay problemas de acceso a la parte de administración, a la "trastienda "para poner entradas nuevas o publicar comentarios de los amigos, sino que el problema reside en poder llegar al blog mismo, propio o ajeno, y dejar comentarios. Ni siquiera puedo acceder a través del móvil.
No sé si este problema es compartido por los demás, por mal funcionamiento de Blogger o es una cuestión que solamente me atañe a mí.
Espero encontrarle una solución.
De momento dejaré el blog en "espera".
Un saludo.

viernes, 19 de mayo de 2017

Aficiones de la realeza española


Los borbones en general tenían una afición común: satisfacer su voraz apetito sexual y con frecuencia engendrar o parir hijos habidos en relaciones con plebeyos. Un deporte al que se sumaron con entusiasmo prácticamente todos, empezando por Fernando VII quien, aparte de las cuatro esposas consecutivas que tuvo, frecuentaba también la casa de Pepa La Malagueña; siguiendo con Isabel II y su numerosa prole atribuida injusta pero oficialmente a Francisco de Asís, alias Paquita, y continuando con su hijo y su nieto, ambos Alfonsos, aficionados a hacer escapadas por el Madrid nocturno y también a echarse amantes del mundo del espectáculo. Alfonso XIII, por su parte, era muy aficionado al erotismo y tenía una buena colección de cine pornográfico, empleando al conde de Romanones como intermediario para hacerse grabar películas de alta calidad, las primeras en España en los años 20, algo muy novedoso en aquellos tiempos.


Texto retomado y refundido de una entrada del 6 de febrero de 2014



miércoles, 10 de mayo de 2017

Una reunión inesperada (6)



Volvió a intervenir el médico Francesco:
-La historia que nos cuenta el señor Sandler me ha venido a confirmar una idea que siempre ha rondado por mi cabeza: cuando una crisis terrible se abate sobre la población, siempre hay quien, de forma interesada, busca un culpable para que canalice el malestar y la ira popular, evitando que la población pida explicaciones a las autoridades. En el caso que yo viví, también fueron los judíos los elegidos para que pagaran los platos rotos. Se les acusó, entre otras razones, de haber envenenado los pozos. Hubo persecuciones y muchos murieron por ello.

Habló también Víctor Hugo:
-Mi lucha por la libertad, más literaria que otra cosa, fue para restituir la dignidad a los desposeídos, a los  miserables, a los que nunca ganaron la revolución aunque fueron utilizados para pelear por ella, a los que nunca Francia les premió su sacrificio a pesar de que dieron la vida por la dignidad humana y por la libertad de todos. Faltaba un poco de sensibilidad social hacia los menos favorecidos.

-De eso también sé algo- intervino Espronceda-. Cuando se es joven con ideales se emprenden las más arriesgadas misiones aunque te vaya la vida en ello. Yo fui a Francia, acudiendo a la llamada de la revolución. Me encontré allí con un pueblo entusiasta que tenía muy claros sus ideales. Y me uní a su gloriosa causa. Allí conocí precisamente a este hombre que os acaba de hablar, a Víctor Hugo, y de él aprendí muchas cosas. No me arrepiento en nada de lo que hice allí, atendiendo más a mi corazón que a mis intereses.

En la pantalla se suceden cada dos o tres segundos imágenes relacionadas con los movimientos revolucionarios en Francia. La última de todas es un cuadro de Delacroix, “La libertad guiando al pueblo”. Después sobreviene un fundido de imagen y a continuación aparece un imponente barco pirata abriéndose camino entre la espuma del mar, con un texto sobreimpreso en la imagen: nada menos que un fragmento de “La canción del pirata” de José de Espronceda…


-Yo, en el fondo, fui un sentimental- apostilló Bart, quien no puede disimular una sonrisa de satisfacción-. Tenía que  mostrarme duro e implacable con mis hombres; pues no respetarían nunca a un capitán blando; pero lo mío era la música, las noches de luna llena desde la proa del barco, la poesía… ¿Pero qué podía hacer? Me metí en el mundo de la piratería porque me pusieron las cosas muy difíciles. Y lo único que conocía era el mar, el mundo de la navegación, luchar contra los elementos y contra nuestros enemigos. Elegir este camino fue el más fácil para mí, aunque sabía que mi vida iba a ser breve; pero, eso sí, muy entretenida. Y en la piratería me sentía libre, surcando los mares sin atarme ni a gobiernos ni a leyes. Yo era el amo. Y todos me temían. Y mis hombres me respetaban.

-Sin dignidad no hay libertad posible- apuntó Katia-. A mí me secuestraron y me quitaron lo más  preciado que puede tener una persona. Me convertí en una esclava en una época en la que se supone que estaba abolida la esclavitud. De una joven con sueños que pensaba en mejorar mi futuro lejos de casa, pasé a ser un objeto para satisfacer los deseos de otros. Afortunadamente para mí, aquello solo fue un capítulo desagradable de mi vida. Luego, las cosas me empezaron a ir mejor. Logré escapar de aquello. Conseguí un trabajo, una casa, formé una familia… Y lo más importante, morí de muerte natural, en mi cama, rodeada de los míos. La libertad para mí fue algo más que una bella palabra.

-Por la libertad debemos dar lo mejor de cada uno, incluso la vida, porque es un don que hemos recibido. No hay ningún tesoro en la Tierra que se le iguale. Yo sufrí cautiverio en Argel y sé lo que es vivir padeciendo su falta  -señaló Cervantes, tras acompañar con un movimiento de cabeza, asintiendo de corazón, las palabras de Katia, pues en la historia de la chica rusa vio reflejada, de alguna manera, la suya.


Se hizo un silencio denso, largo, que casi se podía palpar y que sólo se rompió cuando el sonido de unos tambores llenó la sala. En la pantalla, una panorámica de las llanuras americanas. Con tono tranquilo pero grave el gran jefe sioux comenzó a hablar:
-Vivíamos felices en nuestras praderas hasta que el hombre blanco, con argucias y falsas promesas, nos las arrebató. Quisieron incluso rendirnos por el hambre, matando las reservas de bisontes. Nosotros no pedíamos mucho. Sólo seguir siendo libres y ver crecer a nuestros hijos -dijo Toro Sentado-; pero el hombre blanco nos traicionó, nos engañó y después masacró a nuestra gente. Los  que nos echaron de nuestras tierras escribieron su historia con páginas de sangre. Hablaban de libertad, de derechos, de felicidad, de prosperidad, de paz… pero nosotros fuimos excluidos de esa fiesta. Les estorbábamos. Y según creo no fuimos los únicos.

-No, no fuisteis los únicos en ser engañados, en ser tratados como animales –ahora es el morisco Alí al Baari quien habla-. Nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos, todos nacimos en la tierra de la que nos expulsaron. Muchos no llegaron ni siquiera a coger el barco que nos llevaría a lejanas tierras. Algunos fueron asaltados por el camino y fueron robados y degollados como corderos por gente sedienta de sangre, con el consentimiento de los que gobernaban España. Tampoco se escribe la historia con la sangre de los inocentes si la historia pretende ser decente.

Fragmentos de "En la frontera", un pdf de descarga gratuita.