martes, 14 de noviembre de 2017

El gran Julio


Julios de prestigio  hubo muchos en la historia: Julio César, Julio Cortázar, Julio Verne. Hoy hablamos del escritor francés...

Sí, me refiero al que siempre estuvo disponible, como un inseparable amigo, durante esos años de infancia y juventud. El que me ayudaba a conciliar el sueño cuando me iba a la cama, el que me entretenía las largas tardes de invierno mientras caía la lluvia tras la ventana, incluso el que me acompañaba sin una queja cuando tuve que guardar cama en alguna ocasión por motivo de una enfermedad pasajera. 

Nunca me falló. Y recibí mucho a cambio: el placer de la lectura, participar en aventuras y viajes imposibles contrarreloj, disfrutar de las peripecias de personajes como Phileas Fogg, el profesor Lidenbrock o el Capitán Nemo, luchar contra animales prehistóricos, dar la vuelta al mundo en 80 días, pelear contra los piratas próximos al faro del fin del mundo, viajar a la Luna, sumergirme en las profundidades del océano a bordo del Nautilus, descender hasta el corazón mismo del planeta introduciéndome por el cráter del Sneffels e internándome por ese dédalo de oscuras y frías galerías…



Con este escritor podía viajar, traspasar fronteras, visitar países y gentes sin ayuda del televisor y sin moverme de mi casa. Porque para eso estaba el globo, protagonista de más de una novela, que me servía para alejarme del mundo prosaico y anodino que me tocó vivir en aquellos días sin libertad, en una España plomiza, gris, llena de prohibiciones. Una España en blanco y negro, como la tele o el Nodo de aquellos tiempos terribles…Y la lectura obraba el milagro de trasladarme a otros remotos lugares, llenos de islas fantásticas, enemigos despiadados, animales salvajes, expediciones peligrosas. Y así, con la ayuda del globo, conseguir evadirme, elevarme, alejarme y, de mano de  vientos favorables, poder llegar a tantos sitios sin necesidad de pasaporte ni de aduanas. El mundo, con todas sus maravillas, quedaba al alcance de mi mano.

martes, 7 de noviembre de 2017

Sirenas




Hijas de Calíope y de Aqueloo, híbridos de mujer y ave, ninfas del agua, de canto mágico, su música llegaba directamente al corazón de los que se aventuraran por el mar. Según la mitología tradicional recogida por la Odisea, se trataba de seres fabulosos que habitaban en el estrecho de Sicilia. El que oía el dulce canto de las sirenas estaba perdido irremediablemente, porque estos monstruos atraían a los incautos hacia las rocas, donde encallaban o se estrellaban con sus naves y eran ahogados o devorados.

Ulises, advertido por la diosa Circe, quiso oír el dulce y letal canto. Obligó a sus marineros a que se tapasen los oídos con cera y que a él lo amarraran al mástil mayor del barco. Cuando atravesaron la zona donde estaban las sirenas y la melodía comenzó a surgir con su poder hipnótico y fatal, Ulises pidió a los suyos que lo desataran, pero éstos no lo podían oír. Gracias a esto salvó su vida.

Posteriormente, el imaginario colectivo dotó a estos seres de cola de pez y de gran belleza. Es decir que de monstruos alados, peligrosos y terribles se convirtieron en hermosos seres delicados y gráciles. Muchos pescadores solitarios sueñan todavía con pescar en alta mar una bella sirena que les proporcione compañía y solaz. Aunque dudo mucho de que les pueda servir de alguna utilidad dada su condición de “semipez” o de “semimujer”, según se mire. En todo caso, una situación engorrosa.

Sean animales alados o con cola de pez, oír cantos de sirena no vaticina nada bueno.

Hay sirenas hoy entre nosotros disfrazadas de padres de la patria (la grande, la mediana y la chica), de personajes influyentes, de políticos incorruptibles… que intentan llevarnos a la perdición para que nuestra nave se estrelle contra las rocas de los farallones y los acantilados y después hacerse con nuestros despojos y devorarnos impunemente.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Carta para enviar desde el otro lado de la valla


Cuento publicado el 2 de noviembre de 2017 en La Charca Literaria


Querida familia: espero que por la presente os encontréis bien de salud. Yo, dentro de lo que cabe, aquí estoy bien, relajado, tranquilo, sin los sobresaltos a los que estaba acostumbrado en los últimos tiempos, siempre estresado, angustiado por esto, por lo otro.  Ahora tengo tiempo para mí, para pensar, para hacer memoria, para reflexionar sobre lo humano y lo divino.

Desde el otro lado de la valla las cosas se aprecian de otra manera. Aunque no acabe de acostumbrarme a estar aquí, no voy a quejarme.  No sería justo.

Como sabéis, me vine por propia voluntad, porque las cosas se estaban poniendo allí muy difíciles. La crisis, la falta de trabajo, mi fracaso personal con aquella mujer, la separación… Me costó mucho trabajo tomar esa decisión. No fue fácil: dejar toda una vida para emprender un camino incierto sin saber lo que te espera al otro lado. Porque se cuentan cosas, pero siempre te queda la duda de si serán o no verdad.

Lo malo de todo son los cambios. Acostumbrado a un país donde el bullicio, el hablar alto y la luz son sus señas de identidad, no me resulta fácil habituarme a otra realidad que supone en la práctica vivir en un riguroso silencio y donde la luz se te escatima. Aquí todo es muy tranquilo. Nadie te molesta a horas intempestivas…

Os echo de menos. Aquí me encuentro bastante solo. El lugar donde vivo es pequeño, húmedo, frío, silencioso…  Demasiado, tal vez. Lo peor de todo es que no me acostumbro a dormir en un lecho tan duro. No me resulta cómoda la caja de madera de pino donde reposo ni pasar las veinticuatro horas del día bajo tierra, mientras las bacterias y los gusanos siguen haciendo su trabajo, ajenos a todo.

_______________


Texto publicado originariamente en  "Desde el laberinto", cedido hoy a La Charca Literaria.

jueves, 26 de octubre de 2017

Cuento



Científicos norteamericanos han llegado a la conclusión de que muchos delincuentes actuales no habrían llegado a serlo si, cuando eran niños, sus educadores hubieran utilizado técnicas pedagógicas modernas... 

Como la silla de pensar.

—Fulanito, ¿qué has hecho? No se tiran piedras a las viejecitas. ¡Castigado a la silla de pensar!
—Menganita. Está muy feo que insultes a tus profesores. ¡A la silla de pensar!
—Zutanito, no se tira la dentadura del abuelito a la taza del váter. ¡Vete inmediatamente a la silla de pensar!

El mundo actual sería mucho mejor si hubiéramos utilizado a tiempo esta y otras técnicas…

—Lo que has hecho ha estado muy mal. Así que…  castigado.  Vete a la silla de pensar.

Y  se fue a la silla.

Pero ya era tarde.
Por eso, cuando Aaron Tanner, de treinta y ocho años de edad, estuvo convenientemente sentado y preparado, el responsable del asunto accionó la llave permitiendo que dos mil quinientos voltios circularan de golpe por el cuerpo del condenado a muerte.

___________

P. D.: el autor de este cuento es contrario a la pena de muerte. Solo que, esto de la silla, da que pensar.

domingo, 22 de octubre de 2017

La Ignorancia


Inicios de 2015: se estrena un nuevo proyecto cultural de la mano de Javier Herrero, una revista de creación a la que se le da el nombre de “La Ignorancia”

http://www.lapublicidad.net/descubre-la-nueva-revista-digital-la-ignorancia/ 

En el enlace de arriba se habla precisamente de ella, con motivo de la aparición de su número CERO, que tiene connotaciones de inicio, semilla, punto de partida u origen de algo: 

“Además de una extensa entrevista al músico Charles Lavaigne, incluye un dossier con el Cero y sus ideas derivadas, en el que ha participado una buena cantidad de colaboradores, entre los que hay físicos, filósofos, poetas, ilustradores, fotógrafos, actores, artistas, diseñadores… 
Además, la revista reserva una sección fija para las reseñas de novedades literarias, de ensayo, ilustración, cómic o cine. Para terminar, se recupera la antigua costumbre de publicar novelas por entregas, y en su número de presentación, la revista empieza con la primera parte de dos novelas, “El sueño de la gacela derribada por el león”, de Antonio Pastora y “La historia del Niño Cabrón que siempre decía NO”, cuyo autor es el propio Javier Herrero. 
La periodicidad de la revista será bimensual y variará el tema del dossier en cada número, así como el mismo diseño de la revista, que quiere ser creativa hasta en su puesta en escena. Accesible para todo tipo de públicos, y de forma gratuita, Javier deposita toda su ilusión en este nuevo proyecto y desde El Periódico de la Publicidad le deseamos mucha suerte.” 

Enlace al número nueve

Como se puede leer en su página de Facebook, se trata de una “revista cultural, colaborativa, temática y gratuita. Cada estación, un nuevo argumento centra las ocurrencias de los participantes de esta publicación.” 
Géneros diversos: ideas, opinión, literatura, música, cine, arte, fotografía, poesía… Todo ello enmarcado dentro de un diseño gráfico de gran calidad, con una cuidada maquetación y un indudable buen gusto estético. 

Este es su enlace de Facebook: https://www.facebook.com/laignoracia/ 

Este otro es el enlace a la Revista: http://www.laignoranciacrea.com/ 

Enlace al número 16 dedicado al ruido

Y aquí podrás encontrar los números disponibles hasta la fecha. : http://www.laignoranciacrea.com/portfolio/


domingo, 15 de octubre de 2017

Un hombre imprescindible


No hay animales más inmundos que las rastreras y sucias cucarachas…
En la sección de personal, el engominado cuarentón, encorbatado y estirado, obediente y servicial, embadurnado de colonia y after shave de supermercado, esboza una forzada sonrisa ante su jefa y asiente con la cabeza. Comunicará las órdenes a los empleados.
Al despedirse, sólo le ha faltado cuadrarse y hacer una reverencia. Silencioso y servil, avanza cauteloso y desapercibido con su traje oscuro por el pasillo hacia su cubil y allí frente al ordenador preparará el escrito con los ajustes que afectan a los trabajadores de la empresa.
Son lentejas. Y lo que decide la superioridad no se discute.

La mantis de la oficina, Brenda, la Directora de Finanzas, la que te saca el jugo y luego te devora, la que te exige y te da órdenes de forma amable mientras te hace tragar algún sapo, alguna medida que caerá sobre ti o sobre los empleados de menor categoría que tú: esos pulgones que serán aniquilados de forma inmisericorde porque “así lo requiere la planificación de recursos humanos de la empresa, según los objetivos planteados a medio plazo en lo referente a la optimización de beneficios.” Es decir: despido objetivo, más gente en la cola del paro, empleados desechables, de usar y tirar. Al fin y al cabo nadie es imprescindible. Tú tampoco.

La jefa es una hembra de rompe y rasga; fría y calculadora; esbelta, atractiva y seductora; segura siempre de sí misma; de bellos labios rojos, con esa fragancia de perfume caro y esa blusa modelando sus sinuosas formas… Y él, su hombre de confianza en la empresa.
La jefa era la mantis y él, el jefe de recursos humanos, la sabandija rastrera y salida, el hombrecillo gris obediente, sigiloso y siniestro, incapaz de enfrentarse a ella, siempre arrastrándose a sus pies, lamiendo sus zapatos,  esperando la palmadita en la espalda: porque a fin de cuentas él es la persona de confianza, el hombre necesario, “para que la empresa siga a flote, porque esto es un barco donde sus tripulantes tienen un cometido para que no haya un naufragio y que el barco se hunda con todos dentro, etc., etc.”

Y al fin y al cabo qué mejor que una cucaracha para hacer el trabajo sucio.



martes, 3 de octubre de 2017

Poseído


Mi nueva aportación a La Charca Literaria


Me tomo unos días libres. Tengo que meditar sobre el tema.
Os dejo en buena compañía.


Me llamo Antonio Mollinedo, pero no sé bien quién soy.
Mi cuerpo ya no me pertenece. Me di cuenta enseguida aquella fatídica mañana cuando fui al baño. Es sabido que todos tenemos nuestro olor característico. Al asearme me percaté de que los efluvios que emanaban de mis sobacos no eran los de siempre. Hasta ese día, mi olor corporal era un leve aroma, poco concentrado, suave, nada molesto. Ahora era muy distinto: mucho más rancio, más agrio y fuerte. No era el mío.
Mi cuerpo parecía estar siendo suplantado por un intruso invisible.
Me sentía mal. Una especie de vacío existencial se fue apoderando de mí.
Las dudas se convirtieron en certeza cuando me vi desayunar. No era yo el que desayunaba, sino un hombre hambriento, grosero y desaforado que engullía a toda velocidad tazas de café y montañas de tostadas con mantequilla y mermelada.
El chorretón generoso de brandy en el último café, que me serví maquinalmente como si se tratara de un ritual cotidiano, vino a confirmar mi sospecha: yo era abstemio, por lo tanto alguien se había apoderado de mi cuerpo y lo manejaba a su antojo. Cogí el periódico de la mañana y no entendí el gesto mío al saltarme las noticias importantes del día para ver los resultados de los partidos del fin de semana, la quiniela ganadora y la foto de la chica ligera de ropa que solía venir en la penúltima página, sin percatarme de que aquel no era un diario deportivo.
Luego me dispuse a salir a la calle. Entré en el ascensor y pegué el chicle en el botón del bajo. Cogí el coche y me dediqué a insultar a todo el que se me ponía por delante. Aparqué de cualquier manera en el parking, ocupando dos sitios en vez de uno.  Antes de bajar, vacié el contenido del cenicero en el suelo. En el trabajo discutí de fútbol con todo el mundo. Yo, que siempre odié el fútbol. Esa misma mañana, por un comentario que no me gustó, me cagué en el padre del jefe y le tiré los informes a la cara. “¡Está usted despedido!” Le oí gritar mientras, levantándome enfurecido del sillón, pegaba una patada a la papelera que se interpuso en mi camino.
Me quedé sin trabajo y mi mujer me abandonó.
Caminaba hacia el abismo.
¿Quién era yo? ¿En qué me había convertido?
Acudí al médico, al psicólogo, al psiquiatra. No encontraron solución a mi problema. Sólo se empeñaban en inflarme a pastillas o en torturarme haciéndome preguntas, indagando en mi pasado las posibles causas del trastorno que me aquejaba. Recurrí a la cartomancia, a la quiromancia, visité incluso a un sacerdote experto en exorcismos que no logró expulsar al diablo que, según él, habitaba en mí.
Estaba desesperado.
Decidí poner fin a mi vida, una vida que no me pertenecía. Me dirigí una noche al barrio de peor fama de la ciudad y desafié al grupo de matones que fumaban porros en la puerta de aquel tugurio. Después de pegarle un cabezazo en la nariz al más grande de todos, les dije: “Yo, desarmado, y vosotros no tenéis ninguno cojones de acabar conmigo.”
Me nombraron jefe de la banda.

Una nueva vida se abría ante mí, la que realmente me correspondía.


Texto publicado en La Charca Literaria

jueves, 28 de septiembre de 2017

Basura en la red



Resulta que miro en internet, para quedarme tranquilo, no diera la casualidad de que el título que elegí para aquel relato al que bauticé con el nombre de “Fusión” no fuera el más apropiado para esa antología de “Escritores Recónditos”. Y en vez de toparme con las acepciones típicas relacionadas con el mundo de la física, me doy de bruces con propaganda de no sé qué compañía telefónica donde te proponen un contrato por el que además de disfrutar de llamadas nacionales e internacionales, podrás llamar desde tu móvil a cualquier otro y tener megas de sobra para tu ordenador, etc. etc. 

Luego, a propósito de que retomé hace poco la lectura de 1984, tecleo “Gran hermano” y en vez de salirme la obra de Orwell, como sería lo lógico, aparece un programa basura de televisión lleno de niñatos de escaso cociente intelectual haciendo el chorra. 

Asqueado del ordenador, lo aparto y cojo el periódico para ver la cartelera. No salgo de mi asombro al comprobar que los teatros de mi localidad, aparte de ofertar en su inmensa mayoría obras de poca categoría dramática, han perdido el nombre que tenían para pasar a llamarse de una forma un tanto esperpéntica. ¿Cómo es posible que esos templos de la cultura, al cambiar de propietarios, hayan sido rebautizados zafiamente, pasando a llamarse ahora “Teatro Häagen- Dazs”, como si allí se vendieran tarrinas de helado; Teatro “Cofidis” ¿te obligarán a pedir un crédito?; “Teatro Compaq Gran Via”, como una vulgar tienda de “cedés”, hoy reconvertido en el Teatro Philips, donde solo deben actuar rutilantes estrellas ¿Venderán seguros del hogar, además de entradas, los del teatro Caser de Atocha? 



Hastiado de todo, tras cagarme convenientemente en el padre de más de uno, tiro el periódico y salgo a la calle. Me apetece urgentemente una cerveza. Busco y no encuentro aquel bar donde no hace mucho ponían unos estupendos bocatas de calamares acompañados de unas cañas de barril bien tiradas, con maestría, como “debe de ser”. Pero el bar no está. En su lugar han abierto un local de esos de comida rápida. También desapareció otro bar, el de la esquina, donde ponían unas exquisitas patatas ali-oli. Ahora es un Mc Donalds. 

Visiblemente cabreado, me acerco al centro comercial del barrio y compruebo que todas las tiendas de ropa y todos los bares y restaurantes son copias exactas de otros establecimientos de centros comerciales que ya conocíamos. Calcos, fotocopias, versiones clónicas... Creo que ahora las llaman franquicias. Para ser "franco", no lo entiendo o no lo quiero entender. ¿A dónde se fueron esas tiendas, esos bares con sello personal? 

O nos han colonizado sin darnos cuenta o es que nos hemos vuelto totalmente imbéciles.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Cuentos

Gustave Doré

Los cuentos infantiles son esas cosas que entre “érase una vez” y “comieron perdices” se puede rellenar lo de dentro al antojo del autor. Eso sí, en todo cuento que se precie debe haber una buena dosis de misterio, sensiblería, intriga, penas, seres malvados… Y hasta una moraleja para el lector, faltaría más. Que lo leído, además de entretener, debe ofrecernos alguna enseñanza.

¿Quién no recuerda el impacto emocional de algún cuento de la infancia? Rememoro ahora la historia de una ballenita perdida por su madre despistada en medio del océano y el berrinche que me llevé según me contaba el asunto la tata Antonia, una mujer mayor que se regodeaba sádicamente de mis pucheros. Porque antes de venir a menos yo fui un señorito de los de tata en casa. Y ella debía cobrar poco y se vengaba haciéndome rabiar.

¿Será por eso que la inmensa mayoría de los cuentos infantiles son terribles, rozando algunos el sadismo? Blancanieves, Cenicienta, Caperucita Roja, la Bella Durmiente, Pulgarcito, Rapunzel o Hansel y Gretel. Niños abandonados, mocita que debe atravesar el bosque oscuro para ir al encuentro de su abuelita, niña maltratada por su madrastra y por las harpías de sus hermanastras, jovenzuela envenenada y que entra en coma por una manzana en mal estado, una bruja que se quiere comer a los hermanos abandonados por sus padres, un ogro que idem de lo mismo… Y detrás de todo ello - posiblemente empleados mal pagados-, sádicos vengativos que perseguían asustar a los nenes para que se quedaran paralizados de miedo. Como la tata Antonia.

lunes, 18 de septiembre de 2017

A vueltas con el Nacionalismo

Bandera marciana
Imagen tomada de aquí

Hace casi tres años y medio escribía esto. Creo que  hoy sigue estando de actualidad.
Una vieja entrada que hoy recupero.
Con los comentarios que se hicieron en su día



(Una reflexión que no va a gustar a más de uno)

Me echo a temblar cuando los ciudadanos son capaces de movilizarse más por los símbolos identitarios que por los recortes en sus derechos. Ahí es cuando aparece el agujero negro del nacionalismo, con ese poder terrible para absorberlo y manipularlo todo. 
Cuando hablo de nacionalismo no sólo me refiero al independentista sino también al centralizador. Y no sólo me refiero a España.
Un “invento” ya antiguo que permite canalizar energías en una sola dirección y lograr que afloren los sentimientos más escondidos, donde prevalece la emotividad frente al raciocinio. Miedo me da un pueblo que se mueve por simple visceralidad y que aparca la sensatez, el diálogo, la negociación y la convivencia. Ello nace de un problema de empatía: la capacidad o la incapacidad para ponernos en la piel del otro. Y si no hay diálogo, las acciones sustituyen a las palabras. La violencia es el siguiente paso. No es la primera vez que ocurre. Y siempre hay alguien detrás que obtiene buenos réditos con ello. No hay más que echar un vistazo a la historia. Los ejemplos sobran. 

UN PRODUCTO DE LA CRISIS 

Habría que plantearse por qué siempre que hay crisis se agudizan estos sentimientos nacionales identitarios, a la par que aumenta el racismo y la xenofobia (Véase por ejemplo el aumento de apoyo en Francia del grupo ultra de la señorita Le Pen). Es un mal síntoma: el raciocinio se ve desplazado por la pasión y la emotividad. Eso en política no debe ocurrir. Es un camino muy peligroso. Los impulsos viscerales hay que dejarlos para el arte y la poesía. La pasión desbordada traducida en términos estéticos se puede denominar Romanticismo, pero a nivel político y en los tiempos actuales no es otra cosa que una forma de fascismo. 

UNA MANIOBRA DE DISTRACCIÓN 

El mensaje siempre es parecido: la culpa de que nos vaya mal la tiene el vecino -o el inmigrante- , no una política global equivocada. Es más sencillo buscar culpables en los de al lado aprovechando algún agravio reciente o del pasado. Y si no lo hay, nos lo inventamos. Es fácil. La gente quiere carnaza, chivos expiatorios que paguen los platos rotos. Y el mensaje cala enseguida entre la población. Con esto del nacionalismo los dirigentes tienen entretenida a la gente, a la de allí y a la de aquí, una cortina de humo para que no vean que los problemas verdaderos no son de banderas sino de trabajo, sanidad, vivienda y educación. Los problemas cotidianos de la gente son muy similares en todas partes. Cuanto más viajas más cuenta te das de las similitudes. Todos respiramos, amamos a los nuestros, luchamos para llegar a fin de mes… Hay más cosas que nos unen que las que nos separan. 
Las banderas y los himnos están muy bien como parte de nuestra cultura, del folclore, como la fiesta de los toros, la ikurriña o el baile de la sardana, pero no debe convertirse en material arrojadizo para agredir a los que no los comparten. Porque precisamente eso sería hacer el juego a los que quieren que busquemos al enemigo fuera de casa, evitando así que reclamemos soluciones a los de dentro. 

¿PARA QUÉ MÁS FRONTERAS? 

Los que se quejan de falta de libertad colectiva no deben proponerme a cambio levantar nuevos muros de incomunicación entre las personas. Ya tenemos demasiadas fronteras. Te puedes sentir vasco o andaluz o catalán y a la vez español o europeo o ciudadano del mundo o de la Vía Láctea o de ninguna parte. Y no pasa nada. No vas a ser mejor ni peor por ello. No hay que avergonzarse necesariamente de la pertenencia a colectivos que no te excluyen. 

Y ya puestos, ¿qué sentido tiene hoy el hablar de "nación", de democracia y de pueblo soberano -independientemente del color de tu bandera-, cuando los que toman de verdad las decisiones no son nuestros políticos electos locales, sino en realidad gente que está lejos, en sus despachos, dictando órdenes a diestro y siniestro y moviendo a su antojo los hilos del mundo? ¿Qué es lo prioritario que cambiemos? ¿Qué pesada losa nos tendremos que quitar de encima para ser de verdad libres?

martes, 12 de septiembre de 2017

Delirios de grandeza

La Mole Littoria, proyecto de Mussolini.

Una entrada recuperada
Fragmentos de un cap. de "Historias que no son cuentos"


Algo propio de dictadores y autócratas, acostumbrados a la obediencia sin rechistar y a ser considerados en su entorno como dioses. Caudillos por la gracia de Dios o del destino, padres salvadores de la patria o de la revolución, que llenan calles y plazas de estatuas propagandísticas de su ego, algo frecuente en la saga norcoreana de los Kim, propulsores de una nueva religión llena de imágenes colosales ante las que sus súbditos obedientes y devotos han de postrarse. Estos tiranos acometen obras faraónicas, expresión de su grandeza como el Valle de los Caídos o el rascacielos que proyectaba Mussolini, o también el “Palacio de los Soviets” de Stalin, una idea aprobada en 1934 que no llegó a hacerse porque la Segunda Guerra impuso otras prioridades, o la megaciudad que pretendía construir Hitler, proyecto encomendado a Albert Speer, más conocido como “arquitecto del tercer Reich”, designado por el führer para llevar a cabo la construcción de Germania, la que iba a ser la capital del mundo.


Germania, capital del mundo

Ese mismo delirio que les lleva a celebraciones multitudinarias para darse un baño de masas o a rebuscar en la historia nombres altisonantes que poner a sus vástagos como hizo Pinochet -“Augusto” Pinochet- con su hijo "Marco Antonio".
O el ansia por emparentar con la familia real, como las maniobras de doña Carmen para que su nieta, al casarse con Alfonso de Borbón Dampierre, aspirara a entroncar su familia con la realeza española.
Los delirios de grandeza, propios de personajes como Mussolini, Adolf Hitler, Stalin, Pinochet, Kim il Sung o Franco, forman parte de un trastorno psicológico que en ocasiones esconde un complejo de inferioridad. 

Delirios de grandeza que les hace sentirse imbuidos de autoridad para “investir” y otorgar cargos y títulos como los viejos monarcas absolutos, como hizo Franco quien, merced a la ley de 4 de mayo de 1948, asumió la potestad de poder conceder títulos nobiliarios, algo que había abolido la II República. Un total de 39 títulos concedidos a sus amigos de la “cruzada” contra los “rojos”. De esta forma los nietos de los que colaboraron con el golpe militar y con la dictadura reclaman esos títulos como un derecho hereditario, exigiendo que en plena democracia se les siga renovando, lo que levanta las lógicas protestas de diversas entidades que exigen la supresión de los títulos concedidos por Franco a todos aquellos “que participaron y colaboraron en el sostenimiento de la dictadura”.
La inmensa mayoría de los nombramientos que hizo el “Caudillo” son mirados con desprecio por parte de la aristocracia española quien considera en primer lugar que deben ser otorgados por un rey, opinando por otra parte que una guerra civil seguida de una dictadura no es el escenario adecuado para recompensar a nadie con un nombramiento de ese tipo.

Fallido Palacio de los Sóviets, proyecto de la era Stalin

El dictador no tuvo escrúpulo alguno en nombrar duques, condes o marqueses a militares sublevados, renombrados falangistas y empresarios colaboradores o afines al régimen.

Entre otros, Franco otorgó los siguientes títulos:

Al general Mola, golpista como él, le concedió el título de Duque de Mola.

Al general Queipo de Llano, autor de importantes estragos en Sevilla, el título de Marqués de Queipo de Llano. Y eso que ambos no se tragaban. El de Tordesillas llamaba a Franco, “Paca la Culona.”

Al general Yagüe, más conocido como el carnicero de Badajoz, tristemente famoso por la matanza de miles de civiles, el título de marqués de San Leonardo de Yagüe.

Al falangista Onésimo Redondo, el de Conde de Labajos.

A Pilar Primo de Rivera, delegada nacional de la Sección Femenina, el Condado del Castillo de la Mota.

A Pedro Barrié de la Maza, fundador de una compañía eléctrica, el de Conde de FENOSA, o sea: “Conde de las Fuerzas eléctricas del Noroeste”. Si no fuera ridículo, hasta tendría su gracia.

¿Se imaginan otros títulos nobiliarios parecidos como el Marqués de ENSIDESA, el Duque de Azucarera Española o el Conde de Renfe? Suena, cuando menos, cómico, casposo y paleto.



martes, 5 de septiembre de 2017

Los felices y locos años veinte


Felices, optimistas, locos... un espejismo, una necesidad de intentar ser dichosos tras el trauma de la Primera Guerra Mundial y tras la inmediata posguerra, unos años duros caracterizados por un marcado afán de revanchismo, "el espíritu de Versalles", que prolongó psicológicamente el conflicto con el asunto de los tratados de paz que las potencias aliadas firmaron -o simplemente dictaron- con los países derrotados. Y Alemania fue la gran derrotada, la gran humillada, con esas reparaciones e indemnizaciones de guerra imposibles de pagar.

Lo cierto es que tras 1925 se dio por saldada una etapa negra y se abrió un periodo de progreso, de concordia, de esperanza. La economía parecía reactivarse. Se inició un ciclo expansivo con epicentro en los EEUU que fue contagiando a los países europeos, una especie de clima de euforia y de fe en el futuro. 



Los Acuerdos de Locarno de 1925  trajeron un aire nuevo a Europa que dejó en el cajón de los agravios las diferencias entre vencedores y vencidos. Y de esa nueva etapa de la posguerra surgió un nuevo espíritu más amigable, más positivo y más optimista. La sombra negra de la guerra parecía alejarse. La pesadilla vivida iba quedando atrás.





Pero el tiempo nos dijo que aquello era, en realidad, un espejismo, un trampantojo. Apenas un paréntesis entre dos guerras. Tal vez una pausa entre dos partes de un mismo conflicto, con una Alemania dispuesta a cobrar cara la humillación sufrida en Versalles.




En efecto, tras la llegada al poder de Adolf Hitler en 1933, se fue preparando el terreno para un conflicto todavía peor que el anterior. La crisis de los años 30, tras el crack bursátil que se inició en Wall Street, trajo a toda Europa y especialmente al país germano, tan castigado por el asunto de las reparaciones, más miseria, más rencor. Y el discurso populista y agresivo del führer caló entre la población y encendió la mecha del conflicto.

lunes, 10 de julio de 2017

Echando el cierre al blog

Tema estival

martes, 27 de junio de 2017

Miserias de la posguerra española



Tras la Guerra Civil y el triunfo del general Franco, los años cuarenta y parte de los cincuenta fueron muy duros para los españoles. Años de aislamiento internacional, privaciones, censura, represión, miedo y hambre. Años terribles de penurias y cartillas de racionamiento. 
Con el hambre y la escasez floreció el estraperlo, o mercado negro, del que se beneficiaron algunos desaprensivos que hicieron fortuna con la miseria ajena. Artículos como el aceite, el bacalao o el tocino se convertían en artículos de lujo. El chocolate que se comía estaba hecho de una pasta terrosa a base de algarrobas, el pan era negro y las lentejas estaban pobladas de bichos y piedras. El café era como el caviar, escaso y caro. En su lugar se tostaba algún cereal o se consumía achicoria, un sucedáneo infame. Desde 1939 hasta 1952 estuvieron presentes en la vida de los españoles estas cartillas de racionamiento que obligaban a muchos a una dieta obligada. 
Vuelve a hacerse presente esa España del hambre y del atraso tan conocida durante nuestra Edad Moderna, la España del Lazarillo, la de Rinconete y Cortadillo, la del Siglo de Oro con su procesión de pícaros y de siniestros personajes como el Dómine Cabra de Quevedo. 
Y como en toda época de privaciones, reaparece el humor negro. Ese humor que hacía que Lázaro de Tormes estrellara al ciego contra el pilar de piedra o que pintaba una imagen del hidalgo escarbándose los dientes en la puerta de su casa para que lo vieran los vecinos, como si hubiera acabado de comer, regresa ahora en forma de pluriempleado padre de familia que sueña con llevar a su familia a la playa a comer marisco y su sueldo no le da más que para unas sardinas de lata, en forma de bocadillo envuelto en papel de periódico, que era el envoltorio típico, y poder pagar la radio comprada a plazos. 
Si en el Siglo de Oro fueron la pintura y la literatura los vehículos encargados de contarnos las penalidades de nuestros paisanos, ahora son el cine, la radio y el cómic, llamado entonces tebeo, los que nos dan cuenta de ello. Y así nos encontramos, por ejemplo, con la figura de Carpanta, de José Escobar, siempre pasando hambre y soñando con un pollo asado bajo el puente donde vive. O las penurias de las chicas de pueblo que se van a servir a la ciudad: Petra, criada para todo, también de Escobar. No faltan ni el autoritarismo del “pater familias” en Zipi y Zape, de Escobar, ni las agresiones verbales y físicas o las familias mal avenidas: Las hermanas Gilda, La familia Cebolleta, ambas de Manuel Vázquez.  



En la radio, una serie de gran audiencia, Matilde, Perico y Periquín, siempre terminaba con castigo físico del progenitor hacia el niño travieso. Recuerdo siempre que finalizaba cada episodio con el llanto de Periquín diciendo aquello de “¡Nooo, a nene pupa nooo!” Hoy hablaríamos de malos tratos. 
En nuestro cine, muy influenciados por el neorrealismo italiano, nos encontramos a Juan Antonio Bardem o a Luis García Berlanga y a un guionista de excepción: Rafael Azcona. Y de esta forma nos topamos con películas como Plácido, de Berlanga con guión de Azcona, o siente a un pobre en su mesa esta Navidad y deje su conciencia tranquila, el atraso rural y confiado de Bienvenido, Mister Marshall, también de Berlanga. Guiones de Azcona para las películas El pisito, El cochecito, El verdugo, etc., son espejo y denuncia de una época, su atraso y su miseria moral. Paralelamente se desarrolló una filmografía nacional dirigida o auspiciada por el régimen donde se resaltaran las cualidades del auténtico español o las virtudes patrias: “Raza”; “A mí la legión”; “Franco, ese hombre” o “Marcelino, pan y vino”. 


Capítulo perteneciente a “Historias que no son cuentos”, ed. Art Gerust

Pedidos a la editorial.
pedidos@artgerust.com


martes, 20 de junio de 2017

La Belle Époque



La Belle Époque fue un periodo de nuestra historia cuyos extremos cronológicos estarían marcados por dos fechas significativas: 1871, fin de la Guerra Franco-Prusiana y 1914, el estallido de la Primera Guerra Mundial. Tras la primera, que dio lugar a la aparición de la Alemania contemporánea, Europa comenzó a vivir una etapa de paz que posibilitó que muchas naciones entraran en una senda de avances y desarrollo económico.

Fue en efecto una época caracterizada por el optimismo, la confianza en el futuro y la fe en el progreso. Europa, de la mano del capitalismo imperialista, fortalecida tras su expansión colonial por Asia y África, iniciaba una etapa decisiva donde la tecnología, la ciencia, la economía y la cultura parecían ir de la mano prometiendo un futuro mejor para las siguientes generaciones.










La electricidad y el petróleo tomaron el relevo del carbón y del vapor. Se desarrollaron los ferrocarriles, el teléfono, el telégrafo, los automóviles, el avión…. Aparecieron los rayos X, los antibióticos, las vacunas. Todo aquello constituía una auténtica revolución tecnológica, un tiempo de bienestar que prometía no tener fin.

Se denominó posteriormente así, “Belle Époque”, con esa expresión francesa, por pura nostalgia: una manera de bautizar a un tiempo de esperanza que se volatilizó en el aire, una especie de sueño frustrado o de paraíso perdido tras el terrible shock que supuso el estallido de la Gran Guerra.



El desastre del Titánic, además de constituir por sí mismo un presagio, se convirtió en la metáfora del hundimiento de todo un continente, el europeo.


¿Estaremos viviendo ahora los últimos años de una nueva “Belle Époque”?

martes, 13 de junio de 2017

Atila no murió en el campo de batalla


Publicado originariamente el 28 de mayo de 2012.

Resulta paradójico que Atila, el rey de los Hunos que tantos campos de batalla pisó (1), no muriera precisamente en el combate sino en su propia cama y la noche de bodas.

Atila ha pasado a la historia de occidente como un bárbaro sin escrúpulos, el "Azote de Dios", un rey despiadado y cruel. Sus guerras tenían fama de sangrientas y donde pisaba su caballo "no volvía a crecer la hierba"; sin embargo todo parece fruto de una leyenda negra sobre su persona. No es la primera vez que los romanos cargan las tintas sobre los enemigos de Roma, como ya hicieron en su día sobre Aníbal y los cartagineses.

El historiador bizantino Prisco (*) nos habla de él y resalta con frecuencia su cultura y su sensibilidad. De sus relatos se deduce que Atila hablaba perfectamente el latín, y además sabía escribirlo; por añadidura también dominaba el griego. Se trataba de un hombre de gran cultura teniendo en cuenta su época.

Aunque probablemente no se tratase de un santo varón, la fama de hombre sanguinario y cruel no se corresponde con algunos hechos históricos, pues no es comportamiento de un bárbaro despiadado el detenerse y no invadir Roma cuando un séquito encabezado por el Papa León I le rogó que no lo hiciera.

Sobre su muerte se han ofrecido diversas interpretaciones. Todas coinciden en que murió en su lecho tras la noche de bodas. Unos apuntan a que murió por causas naturales, otros afirman que murió envenenado por su propia esposa Ildico. Parece ser que durante el banquete comió y bebió más de la cuenta y que luego se fue a la cama y quedó dormido boca arriba. Tuvo una fuerte hemorragia nasal y se ahogó con su propia sangre. Un rey, victorioso en mil batallas, fue vencido por su propia sangre víctima de una letal borrachera.
_______________________
(*) Prisco de Panio, historiador del Imperio Romano de Oriente del siglo V. Conoció a Atila personalmente. Lo describe como un individuo robusto pero de talla pequeña, chato de nariz y de cabeza grande. De vida un tanto austera, no fue tan cruel como se le pinta normalmente. 
(1)El 20 de junio del año 451 d.C, tuvo lugar la Batalla de los Campos Cataláunicos que supuso una gran victoria de Atila frente a los romanos.