Las historias nacionales se construyen con frecuencia con una buena dosis de leyenda que contribuye a resaltar la realidad pasada, frecuentemente menos gloriosa y mucho más sucia y vergonzante. Se abandona el rigor histórico y se acude a la exageración y a la visión épica y romántica, disfrazando la verdad y convirtiendo en historia lo que a veces es fruto de la imaginación cuando no de ocultos intereses inconfesables. Así surgen por doquier hazañas y héroes como Viriato, azote de los romanos, o El Cid, que ganó una batalla después de muerto, o Don Pelayo y su Batalla de Covadonga, donde la Virgen ayudó milagrosamente a los cristianos, o, sin ir más lejos, el mito de la invasión árabe en nuestra península.
Verano de 711, una expedición al mando de Tarik cruza el estrecho y con apenas 8000 hombres entró y derrotó a los visigodos. Luego, Muza, con 18.000 soldados conquistó casi la totalidad de la Península Ibérica en poco más de diez años.
¿Cómo pudo ser posible esto?
¿Cómo un puñado de hombres pudieron someter un territorio tan grande y tan poblado en tan poco tiempo cuando a los romanos les llevó dos siglos?
La cosa no se entiende si no hubo un pacto por medio, un entendimiento de buena parte de los visigodos con los invasores.
Sabemos a ciencia cierta que en los últimos tiempos se habían ido formando dos clanes o familias opuestas con intereses sucesorios, el clan Wamba- Égica, al que estaba vinculado Witiza y el clan Chindasvinto- Recesvinto, con el que se identificaba don Rodrigo. Al morir Witiza, sus partidarios no querían a don Rodrigo como sucesor y por ello hubo petición de ayuda a los árabes para que echaran una mano a Agila II, hijo de Witiza, en su lucha por el trono. De ahí el entablamiento de conversaciones y negociaciones con los musulmanes por parte del conde Don Julián, o sea una traición en toda regla …Y también un pacto con los “invasores”. Lo que ocurrió inesperadamente para todos es que luego los que vinieron ya no quisieron irse.
Se quedaron ocho siglos.
Y crearon Al- Ándalus.
Y la cultura árabe impregnó de forma importante la vida y las costumbres de los habitantes peninsulares.
Los descendientes de Witiza no recuperaron el trono, pero recibieron grandes propiedades en la península.

