A un amante de la historia no dejan de sorprenderle las imágenes y las declaraciones llenas de complicidades y de gestos amistosos entre los antiguos rivales desde finales del siglo XIX: Francia y Alemania.
Cuando repasamos la historia contemporánea del último siglo y medio escaso, nos encontramos a cada paso con enfrentamientos entre las dos grandes naciones.
Ya el nacimiento del gigante alemán, allá por 1871, vino acompañado por un agravio territorial que los franceses nunca perdonarían, me refiero a la pérdida de Alsacia y Lorena por parte gala. La guerra franco-prusiana culminó con la batalla de Sedán, donde hubo una humillante derrota por parte del ejército de Napoleón III. Allí, tras la firma del Tratado de Frankfurt, Francia tuvo que ceder esos dos territorios a la recién unificada Alemania. Fue el comienzo de una larga enemistad.
En el prólogo de la Primera Guerra Mundial, todo el entramado de alianzas que había diseñado estratégicamente el canciller Bismarck, verdadero artífice de la unificación, apuntaba en una sola dirección: mantener aislada a Francia para evitar la revancha. Luego vino el Kaiser Guillermo II metiendo la pata y ganándose a pulso y merecidamente la enemistad de todos los países que le rodeaban. Hasta que estalló la Gran Guerra, donde Alemania demostró una vez más sus escasa simpatía hacia los franceses con aquellas terribles y devastadoras batallas del Marne o de Verdún, con cientos de miles de muertos. Cuando terminó la guerra, una exhausta Alemania tuvo que firmar un dictado de paz donde, entre otras cosas, se le arrebataban los territorios de Alsacia y Lorena que eran devueltos a los franceses.

"¡Te toca, Alemania!"
Pero la cosa no quedará ahí: los alemanes jamás perdonarán a Francia la humillación de Versalles y las condiciones ominosas que los vencedores impusieron a Alemania. En eso llegó Adolf Hitler, mal pintor y peor amante, pero gran convencedor de masas en esos tiempos terribles de la crisis de la posguerra, y su mensaje de xenofobia caló hondo entre la ciudadanía, provocando a continuación una guerra con cincuenta millones de muertos. No logró la nación su propósito de construir un gran imperio a expensas de todos y se vio de nuevo derrotada pero no abandonada. Los aliados habían aprendido la lección de la pasada guerra: no había que volver a humillar al gigante caído, había que ayudarle a salir del bache para que recuperara su economía y su sistema democrático, abandonado en Weimar poco antes de la guerra.
Y así fue como, gracias a la labor de gente competente y nada radical como el señor Adenauer o los "padres" de Europa, como Monnet y Shuman, Alemania reencontró su camino, esta vez no de confrontación, sino de paz, desarrollo y armonía con Francia y con el proyecto colectivo de la construcción europea. ¿Durará siempre?
