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lunes, 19 de octubre de 2026

Un día de suerte



—Dame una razón por la que no deba volarte ahora mismo la tapa de los sesos.

Lo dijo sin titubear, de un tirón, con la mirada seria y clavando en su víctima los ojos, como los toreros clavan su estoque en el toro, ablandado después del castigo infligido por picadores y banderilleros.

—Una sola razón, pero que sea buena. Cualquier cosa, menos lloriquear e implorar por tu vida. Venga, échale imaginación. Convénceme. Hoy estoy de buenas.

Dicen que, cuando estás a punto de morir, pasa por tu mente como una ráfaga en unos segundos buena parte de tu existencia. Una película a cámara rápida. Un mecanismo incontrolado que parece más un examen veloz de conciencia para no irnos de este barrio definitivamente sin haber hecho un buen repaso de lo malo y lo bueno.
El pistolero, un hombre de facciones duras esculpidas a cuchillo, se estaba divirtiendo con la escena, repantigado en la butaca, con el pitillo entre los labios y con esa mueca de hombre rudo que tiene el que está seguro de sí mismo porque esgrime un arma que controla la situación. Sabe por experiencia que, de un momento a otro, su víctima va a empezar a sudar, a tragar saliva, a desmoronarse e incluso a llorar y que va a perder del todo la compostura, por lo que -era su señal convenida- no dudará en descerrajarle un tiro en ese momento. La situación le divertía.


—Te voy a dar una razón— dijo de forma tajante el que estaba a punto de emprender en un instante el viaje sin retorno—. Sé quién es y dónde vive el chulo que se tira a tu mujer cada vez que sales de caza para hacerte el tipo duro y distraer así el peso que te provoca la cornamenta.


El pistolero está a punto de vaciar el cargador sobre su víctima, pero le tiembla el labio inferior y sus ojos se enrojecen levemente...


—Maldito hijodeputa. Vas a venir conmigo y me vas a llevar a donde tú sabes. A ver si es verdad lo que dices.  ¡Ay de ti como todo sea una manera de ganar tiempo!


Salen por la puerta. Se meten los dos en el coche que aguarda abajo con un compinche al volante que mantiene el motor encendido. Y el que tenía la vida colgando de un hilo le dice al conductor una dirección. El sedán negro hace chirriar sus neumáticos y se lanza en busca de la dirección convenida. Seis o siete calles más allá y el coche aparca junto a la acera. Se bajan ahora los tres. Entran en un portal. Suben sigilosamente las escaleras. Pegan la consabida patada en la puerta y pillan in fraganti a los tortolitos. Se oyen gritos y varias detonaciones. Las que corresponden a dos revólveres Smith Wesson que acaban de vaciar sus respectivos cargadores. Terminada la faena y tras dejar la habitación con abundantes salpicaduras de flores de un rojo de muerte, se largan de allí sin más. Al pasar junto al delator, el hombre duro dice sin hacer un gesto:

—Vete. Hoy es tu día de suerte. La próxima vez que me encuentre contigo te mataré.

martes, 21 de julio de 2026

En camino

 


Miércoles 12 de abril

9:00

Ante la tesitura de salir a andar o quedarme en casa tan ricamente leyendo, echo mis dados de la suerte aquella mañana y me sale paseo, una buena decisión puesto que el día, radiante y primaveral, promete. Así que me pongo una ropa cómoda y unas zapatillas apropiadas y me dispongo a caminar. Salgo de casa. Enfilo por la calle que me conduce a las afueras del pueblo. Tras rebasar las últimas viviendas me adentro en el campo. Recibo con sumo agrado el olor a mieses recién segadas. Llego a una arboleda. Tras ella se abre un estanque natural de aguas tranquilas. Una oca de plumaje blanco se desliza por ellas majestuosamente.

9:20

Me embarga una sensación de paz que, unida a la caricia de esta mañana soleada, dibuja en mi interior algo muy parecido a la felicidad. Respiro hondo y tomo un sendero serpenteante que me aleja cada vez más de Villazarcillos del Tiétar. El sol se va elevando y por su posición deduzco que camino en dirección norte.

Por el camino me entretengo mucho con el paisaje y sus cosas: una ardilla curiosona, con una bellota en la boca, asomando tras un árbol; el cráneo de una vaca muerta como en los poblados del oeste; el torreón medio derruido de lo que fue un viejo castillo (hasta me pareció ver un enano de cuento observándome desde lo alto); un perro pachón, de aspecto  pacífico, ladrando desde su cercado por exigencias del guión; una pareja de conejos atenta a mis movimientos, con las orejas alerta como radares...

9:30

A unos dos kilómetros del pueblo comienzo a oír el sonido inconfundible del riachuelo que discurre algo más allá, por debajo del puente de madera que me dispongo a atravesar. Las tablas crujen bajo mi peso, como emitiendo una leve queja por haber roto el encanto de la música del agua que se desliza entre las piedras del fondo. De nuevo ante mí, el sendero culebreando entre pequeñas lomas atestadas de chopos.

En mi caminar me topo con otro puente idéntico al anterior, con la misma queja al pasar sobre sus maderas gastadas y otro riachuelo gemelo del primero. Me quedo realmente extrañado. Sigo por el sendero y al cabo de unos minutos me encuentro con una bifurcación. Dos direcciones. Tomo la de la izquierda, un camino angosto invadido parcialmente por la maleza que crece en sus márgenes.

9:50

El sendero desemboca en otro más amplio, tomo la dirección norte, la de la izquierda, orientándome por la posición del sol. Me lleno de extrañeza al comprobar que ese recorrido ya lo había andado antes: árboles, el estanque con la oca elegante incluida, el sendero, el puente, nuevo tramo de camino serpenteante, el otro puente y, de nuevo, la bifurcación de antes. He debido andar en círculo. Tomo ahora el ramal que se abre a la derecha.

10:00

Llevo una hora andando y estoy algo cansado. Sobre todo tengo sed. Debería hacer una pequeña parada y luego proseguir. En un recodo aparece ante mí una edificación de dos plantas con tejado a dos aguas, parece un albergue rústico, una posada para caminantes, un hostal o algo parecido. Sobre la puerta un cartel anuncia una conocida marca de bebida refrescante. Se ve que hay servicio de bar. Entro, me pido un bocadillo de tortilla y una botella de agua. Me siento en un taburete de los de la barra. Me sabe a gloria tanto lo ingerido como el descanso. Pago y decido marcharme.

Salgo, ando un poco y enseguida recobro la velocidad de marcha. Oigo voces. Alguien anda en apuros. Miro a mi alrededor y no veo a nadie. Tan solo veo el brocal de un pozo. Parece abandonado. Y los gritos vienen de esa dirección. Me acerco y me asomo. Hay un hombre allí dentro. Con ayuda de la cuerda le ayudo a salir. Es un hombre mayor. Me cuenta que un tío gamberro lo metió en aquel oscuro lugar. Casi acaba allí sus días. Le propongo ir a denunciarlo.




10:25

Llegamos al cuartel de la Guardia Civil. Dentro hay otros dos guardias. Uno, más joven, sentado frente a un ordenador; el otro, de mayor edad, el sargento, que debe ser el que está al mando y se pasea por las dependencias con cara de circunstancias.
Aquello p
arece una caricatura de un cuartel, desde los uniformes de los guardias y sus enormes tricornios, modelos antiguos más acordes con la época de Isabel II, hasta el uso chocante de las instalaciones, como ese calabozo enrejado, ahora vacío, a la vista del público en medio de todo, que recuerda en mucho las dependencias del sheriff de cualquier película del oeste. Incluso el sargento, con esa enorme barriga y el uniforme en el que aparece embutido, dos tallas más pequeño y a punto de reventar, parece sacado de una película de dibujos animados.

Decimos que queremos poner una denuncia. El más joven pide nuestros datos. El denunciante declara lo que pasó. Luego nos vamos de allí. El vejete, al centro de salud para hacerse una revisión; yo, al camino.

10:45

Dejo atrás el cuartel de la Guardia Civil y me dispongo a continuar unos minutos más mi marcha. Me encuentro con un cartel que lleva pintada una flecha que parece indicar algo: nada menos que un recinto ajardinado, pero de dudoso gusto ornamental. Hay un estanque lleno de ánades y cisnes con una fuente hortera en medio de esas de sirena y chorritos. Parece el jardín del chalet de un nuevo rico. Todo está lleno de figuras pintadas de hiriente colorido. Allí se congregan Blancanieves y sus correspondientes enanos, un dragón, un caballero medieval con su ballesta cargada, unas setas gigantes, etc. Como sacado todo de un cuento de hadas. Entro en él, doy como cincuenta pasos y, al fondo, me topo con otro cartel que pone 

LLEGADA.

Soy el primero en llegar a la meta.

Me hace ilusión. No todos los días gana uno al Juego de La Oca.



miércoles, 8 de julio de 2026

Laura



Al final decidí que fuera una mujer la protagonista de la novela. Me fascinaba el reto de diseñar un personaje femenino. Toda una osadía por mi parte. En el momento en que creé a Laura, una joven treintañera de fuerte personalidad, la suerte estaba echada. No había marcha atrás. Ahora me veía obligado a pensar, ya no como el autor de la trama, sino como la mujer que había creado. Mi libertad como escritor quedaba supeditada a la mentalidad de mi criatura, a su forma peculiar de comprender el mundo y de enfrentarse a él. En un principio no resultó una tarea fácil; pero luego, mientras el personaje se iba perfilando con cada párrafo y crecía en tamaño y en importancia, el relato de los hechos fue saliendo solo, fluyendo con naturalidad, como si alguien me dictara lo que tenía que escribir en cada momento.

Cuando llegaba a casa después de mi jornada laboral en la consultoría, me sentaba frente al ordenador y retomaba el texto. Escribir era el momento de máximo disfrute del día. Y urdir tramas por donde transitaba la joven protagonista se había convertido casi en una necesidad, además de constituir un auténtico placer.

La mimaba demasiado, la protegía de todo mal. En el desarrollo de la narración no quise que mantuviera relación alguna con nadie, en este caso con ningún hombre. Me desazonaba la idea de que sufriera por ello. Y me carcomía aún más por dentro la posibilidad de que alguien pudiera disfrutar de su cuerpo. No quería compartirla y la reservaba tan solo para mí.

La novela me tenía absorbido, atrapado, hasta el punto de robar horas al sueño. Aquella mañana, tras llamar a un compañero y fingir que estaba indispuesto, encendí el ordenador y abrí el texto por donde lo dejé la noche anterior. Laura ya se había levantado. Compartimos un café. Yo, en mi mesa de trabajo; ella, en la cocina, después de tomar una ducha ligera y vestirse para salir a la calle. Su objetivo de la jornada: buscar empleo acorde con su formación de gestión empresarial.

Y así fueron pasando los capítulos, las horas y los días. La novela copaba todo mi tiempo, incluso el necesario para cumplir con mis obligaciones laborales.

El personaje me había salido rotundo y coherente: una joven resuelta, capaz de enfrentarse a los retos cotidianos, segura de sí misma, potente y definida, y menos cobarde que su propio autor.

Estaba fascinado por una mujer que había sacado de la nada. Tenía cierto grado de dependencia hacia ella. Quizás había también algo de enamoramiento, como Pigmalión hacia Galatea; pero sobre todo existía un sentimiento de hermano menor que busca protección. Con Laura me sentía bien. Ya me hubiera gustado que el personaje fuera real, de carne y hueso. Esa idea me llegó a obsesionar, hasta el punto de buscar por la calle a gente con sus rasgos: una joven de unos treinta años, de pelo lacio castaño, ojos negros expresivos y profundos, atractiva, con esa belleza que irradian las personas seguras de sí mismas.

La novela estaba prácticamente terminada: faltaría tan solo añadirle una o dos páginas más, a modo de conclusión o broche final. Luego vendría la fase de corrección. Decidí aparcar un tiempo lo escrito para releerlo pasados unos días. El personaje quedó ahí, como hibernando, guardado en un archivo, en el desván del ordenador.

Hasta que llegó aquel día en el que se destapó la caja de los truenos.

Regresaba yo a casa tras comer algo por ahí con unos amigos y tomarme un par de copas. Iba algo bebido. Nada más llegar llamaron al timbre. El cartero me traía una carta certificada. Firmé el acuse de recibo y, tras cerrar la puerta, rasgué el sobre con un cúter. Era un comunicado de la consultoría en la que trabajaba, donde, con un lenguaje burocrático típico de los abogados, se me informaba de mi despido por causas procedentes y de que pasara a recoger el cheque con la liquidación. Palidecí. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Tras la sorpresa inicial, monté en cólera. Me desahogué pegando un par de voces. Luego vino la resignación y la calma. Por la mañana temprano iría a la oficina y recogería la carta de despido. ¿Debería firmarla? ¿Debería aceptar la liquidación? Estaba confundido. No sabía qué paso dar primero ni cómo darlo.

¿Qué habría hecho ella en esa situación?

Encendí el ordenador. Volví al archivo de la novela y comencé a teclear. Ofuscado por el alcohol, las palabras me venían a los dedos sin ningún control de mi mente. Como si alguien me dictara. No alcanzaba a filtrar lo que iba apareciendo en la pantalla:

Laura llegó a su domicilio. Apenas le dio tiempo a desvestirse cuando sonó el timbre. Alguien traía una carta certificada a su nombre. La cogió y la abrió. Su cara se iluminó y sus ojos se tiñeron de alegría: una empresa le ofrecía la posibilidad de un trabajo. Debería presentarse al día siguiente a primera hora para la entrevista, pues había un puesto vacante acorde con su perfil: la persona que lo ocupó hasta la fecha causaba baja en Henckel & Johnson Consulting.


lunes, 29 de junio de 2026

Amor a los animales

 


Ayer quedé con una efemeróptera.
Puede que alguien piense que hablo de una mujer extranjera o perteneciente al sector sanitario. Nada más lejos en su significado. A nivel genérico, los efemerópteros, conocidos también como efímeros o cachipollas, son un orden de insectos acuáticos. Este orden también incluye a las libélulas y a los caballitos del diablo.
Pues bien, quedé ayer con una efemeróptera en el estanque del Retiro madrileño. Era una tarde radiente típica de finales de primavera. Y lo nuestro fue una cita rápida, una relación fugaz, pues todo el mundo sabe que las hembras adultas viven apenas un día, lo suficiente como para realizar la última muda, aparearse y poner huevos. Pero fue imposible que ella completara su ciclo vital. Ni siquiera pudimos intimar, pues al ser sábado el estanque estaba a rebosar de gente, jóvenes con sus monopatines, abuelos echando migas de pan al agua y nenes dando por saco, y no hubiera quedado bonito hacerlo con tanto público. Así que hubo cita, pero improductiva. Apenas nos dio tiempo para dirigirnos una furtiva mirada, entablar una conversación en profundidad, conocernos más... No sé por qué razón abrí mi mano derecha, pero ella aprovechó la maniobra para acercarse volando y posarse con delicadeza. No le dio tiempo a más. Se me murió enseguida de un patatús y yo me quedé un rato como un gilipollas con la palma de mi mano hacia arriba sin saber qué hacer con el bicho muerto. Un señor se acercó y me dejó una moneda de cincuenta céntimos. Le di las gracias. Pensé que esa era su peculiar forma de darme el pésame. Luego reaccioné. Soplé para que el aire se llevara al insecto, cerré la mano, me guardé la moneda en el bolsillo y me fui de allí, resuelto a coger el tren de cercanías en Atocha.

Recuerdo que en la estación antigua hubo hasta hace poco una especie de invernadero donde instalaron un estanque tropical en el que se congregaban cientos -tal vez miles- de tortugas. Daba gusto verlas, con esos movimientos tan graciosos como torpes, amontonándose unas encima de otras. Algunas veces me quedaba embobado mucho tiempo mirándolas, incluso se me caía la baba. Me hubiera mezclado con ellas gustosamente. Lástima que se las llevaran. Echo de menos aquellos tiempos. También echo de menos a las tortugas. Dicen que algunas viven más de cien años.



viernes, 10 de abril de 2026

COVI

 

Obra de Nicolae Grigorescu

Se llamaba Covadonga, pero todos la llamaban Covi. Cuando el coronavirus irrumpió en nuestras vidas pasó a ser identificada como Covi Diecinueve, porque era tóxica y complicada como persona. Sí, Covadonga era mala gente. Su situación se agravaba porque empinaba el codo de mala manera. Y cuando bebía —o sea, casi siempre— perdía el control y la vergüenza. Se juntó con otro borracho y compartieron su afición por el trago. Empezaban a beber nada más levantarse: copa de aguardiente con el café, varias cervezas a lo largo de la mañana, vino para comer, copa tras el postre, más cervezas por la tarde, vino para cenar y algún cubata tras la cena. Mientras compartían sus vicios todo iba medianamente bien. Alguna vez hasta tuvieron sexo. Se reían mucho cuando estaban cocidos, sobre todo de los demás. Les encantaba encontrar en los otros algún defecto. Si aquella estaba gorda, si aquella era flaca, si qué feo es ese señor, si aquel pedía una cocacola y no un coñac... Y se lo pasaban en grande buscando motes a los que entraban en el bar: el gafotas, el mariquita, la bollera, etc. Un día, saliendo del garito que frecuentaban, casi pisan una mierda de perro que estaba reciente en la acera.

—Miiira, una mieeeerda —decía él señalando con el dedo y con la voz pastosa típica del que va hasta arriba de morapio.

—Qué va a ser una mierda, hombre —respondía ella, también con la dicción perezosa del borracho.

—Que sí, mujer, que es una miiiierda.

—Que no —insistía ella y cogió un palo del suelo con el que empezó a hurgar en el truño, todavía humeante. Y con el palo, como si jugara al golf, empezó a golpear de refilón el zurullo perruno aquel salpicando de particulas fecales a todo el que pasara a menos de cinco metros, incluidos ellos.

—¿Lo ves?

—Joder —dijo ella, oliendo un fragmento que se le había adherido a la manga del jersey—. Pues es verdad. ¡Menos mal que no la hemos pisao!

Cuando él desapareció por culpa de la cirrosis hepática que se lo llevó al otro barrio, ella se quedó sola y se reconvirtió en bebedora solitaria. Y la soledad la llevó a la amargura, a odiar a los demás, a las peleas en los tugurios que frecuentaba. Le faltaban no sé cuántos dientes, algunos perdidos por sus aficiones etílicas y la falta de higiene; los más, por las trifulcas que mantuvo con otros borrachos y borrachas de su nivel. Una tía con mal rollo. Mejor no toparte con ella. Los que la conocían la llamaban así: Covi Diecinueve. Un bicho. Un virus de los peores.

lunes, 6 de abril de 2026

Amor a medida

  

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.





martes, 31 de marzo de 2026

El viejo libro de historia




Con mi viejo libro de historia de cuarto de bachillerato siempre mantuve una especial relación. Las fotos y su colorido suponían un refugio donde se evadía mi imaginación de vez en cuando en aquella España gris de los años 60, tan dada al adoctrinamiento en los principios ideológicos del nacionalcatolicismo.

Hace unos años hicimos mi mujer y yo un viaje a Oviedo.
Me resultó grato y emocionante tener ante mis ojos las iglesias de Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y San Julián de los Prados. Tantas veces las
había contemplado
en mi libro con esas ilustraciones a color... Y ahora estaban ahí, frente a mí, compartiendo su espacio conmigo, como si yo también formara parte de esas imágenes que conocí por primera vez siendo un niño.

Otra vez, asistiendo a una función nocturna en el teatro romano de Mérida, me vino a la memoria el tema sobre la romanización, con sus monumentos representativos, la resistencia del héroe lusitano Viriato y la vil traición de sus generales y esos tres emperadores nacidos en Hispania: Trajano, Adriano y Teodosio.

Algo parecido me ocurrió de viaje por Menorca, con las taulas, los talayots y las navetas megalíticas. Allí, en medio del campo, cerca de Ciudadela, se alzaba solitaria la naveta des Tudons, con cierto aire de abandono. Era emocionante contemplarla in situ, sintiéndola más cercana y de alguna manera mía.

Siempre me fascinó la cara de pasmarote de Carlos IV de Borbón y la jeta de tunante de su hijo Fernandito, el rey felón, tal y como los retrató magistralmente Goya. Por eso me entusiasmó tanto la visita que hicimos al Museo del Prado. Allí comprobamos que aquellos personajes no habían cambiado con el paso de los años. Seguían en el lienzo, tan incólumes como innecesarios para la historia de España.

Revisitar en vivo las ilustraciones de mi viejo libro de historia era como cerrar el círculo de un camino que se había iniciado siendo yo un niño y que se completaba, ya adulto, con estos viajes por la geografía española. Como si el encuentro formara parte de un periplo que había empezado en la pubertad y concluía a una edad donde ya no era posible la marcha atrás. Una carrera con línea de salida y de llegada , coincidente en el mismo lugar pero en tiempos diferentes.

Por esa misma necesidad de completar el ciclo o la ceremonia del reencuentro evitaba a toda costa los episodios desagradables o violentos. Procuré pues no visitar Guernica ni Paracuellos del Jarama ni las tapias de los cementerios. De Granada me quedé tan solo con el recuerdo de La Alhambra y con los textos de Federico, obvié el destierro de Boabdil y la inútil e infame ejecución del poeta. Huir de la sombra de la muerte y del ruido de las bombas era necesario para que mi reencuentro con el pasado fuera un episodio feliz.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, de visita al centro de Madrid, me topé sin quererlo con una concentración de simpatizantes de una formación ultra. Caminábamos por la Puerta del Sol para coger el metro en Ópera cuando nos dimos de bruces con ellos. Me estremecí cuando vi a toda esa gente con banderas, vociferando con la mano en alto haciendo el saludo fascista y cantando el Cara al Sol. Saludo e himno desgraciadamente muy en boga en mis años escolares. Nos fuimos de allí rápido. No fuera que se cerrara también el círculo y quedáramos atrapados en aquella España bárbara, en blanco y negro, como esos personajes anónimos que salían en el Nodo.



Ya cerca del metro, al doblar una esquina me topé con el vivo retrato de Garibaldi, con esa pinta entre hippie y revolucionario. Por un momento pensé que era un clochard, un vagabundo, uno de tantos que tienen la calle como casa. Barba larga, melena descuidada… Estaba sentado en la acera, sobre cartones, apoyada su espalda en la pared. Se me quedó mirando no sé si para pedirme una moneda o para contarme su papel en la unificación de Italia. La verdad es que, tras la sorpresa inicial, no le hice después mucho caso. Tal vez por eso, mientras me alejaba en dirección a la boca del metro, aquel individuo, con un cartón de vino en la mano, me despidió diciendo en voz alta:

—¡Baco ha ahogado más hombres que Neptuno!



lunes, 9 de marzo de 2026

Amor a medida

 

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.





miércoles, 18 de febrero de 2026

Alta alcurnia


Miguel Expósito de Dios prosperó en la vida gracias al negocio de ultramarinos que, como hijo único que era, heredó de sus padres. Aunque no tenía completados los estudios primarios, hacía ostentación ante los demás de poderío económico, estilo refinado y nivel cultural. Entre otras medidas, forró la librería del salón con varios metros de libros encuadernados en piel roja y marrón, colocó en el centro de su jardín una fuente rodeada de los enanos de Blancanieves y mandó poner en la fachada de su chalet de seiscientos metros construidos el blasón familiar.

El escudo se lo mandó hacer de encargo a una de esas empresas que se dedican a la heráldica de pago y que dicen indagar en el origen de los apellidos. Y que todas coinciden en que los solicitantes de sus servicios tienen un origen nobiliario o ilustre, cuando todo el mundo sabe que el noventa por ciento de la población medieval española eran destripaterrones, campesinos sin tierra o siervos analfabetos y muertos de hambre que trabajaban de sol a sol para los señoritos de entonces. Nobles había, pero pocos.

De esta forma, fue citado por la empresa de heráldica para informarle de cómo iban las investigaciones sobre el origen de sus apellidos.

—Señor Expósito. El trabajo nuestro está casi a punto. Solo queda que nos dé el visto bueno para ultimarlo. Aquí tiene el boceto de cómo quedaría el escudo: sobre campo de gules, una torre flanqueada a izquierda y derecha por un árbol y un león rampante, símbolos inequívocos de la grandeza de sus apellidos. La torre o castillo viene a ser la versión medieval de su casa, esa espléndida mansión que según usted mismo nos contó se hizo construir en su localidad; el león es el símbolo de la fuerza, de la determinación y del arrojo, como corresponde en justicia a su familia por su carácter emprendedor; y el árbol, una especie de metáfora sobre la semilla de la fortuna que crece y se convierte en árbol frondoso si sabemos ser constantes en lo nuestro.

Así que poco después, para envidia de paseantes y vecinos, la fachada de su mansión lucía el escudo familiar.

Lo que ignoraba Miguel era que, lejos de su pretendido origen medieval, sus apellidos debían su existencia al hecho de que sus abuelos varones, tanto el paterno como el materno, se criaron sin padres en sendos orfanatos.

Un día que estaba aburrido de ver tanto la televisión, se acercó por primera vez a la librería del salón con ánimo lector, escogió un volumen sobre etimologías y decidió echarle un vistazo.

Mientras cogía el libro, se decía para sus adentros que los apellidos familiares eran sonoros y contundentes y con mucho significado. "Expósito" vendría de persona que se expone al peligro, a los retos que plantea la vida. "De Dios" expresaría la solidez de sus ideas cristianas. Él era un hombre de orden, de misa semanal, temeroso de Dios.

—¡Joder, mira que suenan bien! Me encantan mis apellidos. Voy a ver qué pone aquí sobre ellos.

Abrió por fin el tomo aquel cuyo título era "Antroponimia y onomástica", se sentó en el sillón de lectura que nunca usaba. Mientras leía, su semblante se ensombreció. Después tiró el libro y decidió no volver a consultar ningún otro en su vida.




lunes, 26 de enero de 2026

Un cotilla venido a menos

 


Ceferino Hernández era un cotilla, un mirón, lo que se dice un auténtico voyeur.

Siempre andaba espiando por la mirilla de la puerta o pegando la oreja al tabique que le separaba de los vecinos.

Las nuevas tecnologías le facilitaron su afición al fisgoneo.

Se aficionó a leer lo que algunos publicaban en prestigiosas publicaciones digitales como La Charca Literaria o La Ignorancia. Disfrutaba con las agudezas, las mentiras y los disparates de sus colaboradores. Decidió abrir un blog y también una página en Facebook para cotillear sobre la vida y los pensamientos de los demás, parapetado tras la pantalla del ordenador, en la oscuridad, con la impunidad que da observar sin ser visto, como cuando se contempla el mundo tras el visillo de la ventana.

Como quería pasar desapercibido, aunque leía con delectación lo que los otros escribían, rara vez daba su opinión. No comentaba nunca nada, ni siquiera utilizaba un tímido “me gusta”.

Prefería leer a ser leído, observar a ser observado.

Un día se dio cuenta de la dificultad de mantener ese juego.

La gente se fue cansando de su mutismo. Le relegaron a un segundo plano.

Dejaron poco a poco de seguirle. Alguno lo eliminó. Los más decidieron marginarle y no permitir que viera sus publicaciones.

Pronto no tuvo Ceferino dónde cotillear.

Un día decidió darse de baja de las redes sociales.

Pero no pudo. O no supo.

En este mundo hay dos cosas especialmente complicadas: darte de baja de la compañía telefónica y del Facebook.

Desesperado, se compró en el Mercadona cuatro cajas de botellas de whisky del malo y, así, abotargado por el alcohol y derrotado sobre el sillón de la sala de estar, se hizo teleadicto de todos los programas basura y de cotilleo barato de la tele.

Al final se murió. No sabemos si lo mató la cirrosis, el aburrimiento o una sobredosis de porquería.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Nochebuena en un OVNI

 


Evaristo Valcárcel caminaba sin rumbo fijo aquella fría noche por las afueras de la ciudad. Era un 24 de diciembre. Iba distraído, pensando en sus cosas, con las manos en los bolsillos. En la derecha llevaba una navaja cerrada. Se debatía entre atracar a alguien, asaltar algún chalet desprotegido o irse a casa a ver el programa especial de Nochebuena y de paso beberse un cartón de vino.

En esas cavilaciones andaba cuando, de pronto, una luz blanca intensísima le vino desde lo alto. Evaristo, sorprendido y confuso, se quedó paralizado.

—¡Ostras, tú! —exclamó— ¡Vaya nivel de voltios que se gastan algunos!

Descartando enseguida, por su posición, que se tratara de las luces de un coche patrulla, no podía dar crédito a sus ojos cuando vio que, encima de su cabeza, como a diez o doce metros, había un artefacto ovalado de cuyo centro inferior emanaba la potente luz. Súbitamente notó que tiraban de él hacia arriba. Una fuerza extraña, a modo de imán, lo absorbía y le hizo despegar del suelo como si se elevara en un ascensor invisible. La panza del cacharro aquel se abrió para acoger a Evaristo que, como el lector ya habrá imaginado, acababa de ser abducido.

Nada más subir, le llamó la atención una enorme sala circular llena de aparatos extraños y cachivaches nunca vistos. En ella, un diminuto ser, un hombrecillo de color azulado, de cabeza gorda, un solo ojo y una especie de trompetilla a modo de nariz, parecía darle la bienvenida en un castellano metálico y monocorde, sin alma ni entonación, como si hablara un robot. Estaba claro que aquel individuo había activado el traductor simultáneo:

—Bienvenido, amigo. Considérese en su casa.
—¡Vaya chabolo más guapo, tronco! Esto debe costar una pasta.
—No comprendo. La palabra «chabolo» no figura en nuestros registros. Tampoco soy un tronco. Eso es madera de árbol: abeto, nogal, pino, abedul, alcornoque… Pasta, tampoco: macarrones, fideos, espaguetis… No entiendo.
—No importa. Son cosas mías. ¿Aquí qué se bebe?
—Tenemos bebida energética —le ofreció un vaso con un líquido color naranja.

Evaristo echó un trago de aquel brebaje mientras miraba al hombrecillo azul entre asombrado y divertido. Aunque la bebida aquella no tenía contenido alcohólico le resultaba grata y relajante y le impelía a decir sandeces.

—¿La trompetilla que tienes bajo el ojo es de las que suenan? A ver, déjame soplar…
—Hable usted con un poco más de respeto cuando se refiera a mis órganos sexuales. No es una trompetilla. ¡Se trata de mi pene!
—¡Qué tío más cachondo! Yo es que me meo.
—Bueno, terrícola, vamos al grano, que dicen ustedes. Le hemos hecho subir a nuestra nave para hacer un estudio completo de sus constantes vitales, tomar mediciones, comprobar sus niveles y detectar posibles problemas. Puede tomárselo si quiere como nuestro peculiar regalo de Navidad.
—¿Me vais a pasar la ITV?
—Está de suerte. Le haremos un chequeo gratuito sin tener que ir al hospital y aguantar listas de espera. Todo rápido, de forma indolora, nada invasiva, gracias a nuestra avanzada tecnología. Sin duda se beneficiará de ello. Y nosotros también, porque somos científicos que estamos estudiando la fauna del sistema solar. Y usted parece un buen ejemplar de mamífero bípedo. Luego, cuando hayamos terminado, le devolveremos al lugar donde le recogimos. ¡Y ya está! Ese es nuestro regalo. ¿No está mal, verdad?

A todo esto, Evaristo no se había percatado de que, mientras hablaba con el extraterrestre, la trampilla inferior se había cerrado y el artefacto volador aquel había partido del lugar a toda velocidad hasta desaparecer en la noche. Tampoco se había dado cuenta de que la bebida energética que le habían proporcionado llevaba disuelto un narcótico que le dejó inconsciente el equivalente a un par de horas terrestres.

Cuando despertó, estaba reclinado en una especie de butacón. Delante de él el hombrecillo azulado no le quitaba ojo.

—¿Qué tal se encuentra? Le hemos hecho una exploración completa. Muy interesante todo. Nos han sorprendido algunos hallazgos: los seis metros de intestino delgado, la doble circulación sanguínea, el tamaño reducido del cerebro, etc. Ya hemos registrado sus parámetros y solucionado algunas cosillas de poca importancia. Le hemos extirpado un testículo porque tenía un tumor que podría dar problemas en un futuro inmediato. También le hemos puesto un par de implantes dentales. Muy curioso su organismo. Con la sedación, su miembro se encoge y el glande se retrae como cabeza de tortuga ante el peligro. El hígado lo tiene un poco inflamado debido al alcohol. Debe dejarlo o tomarlo con moderación. De paso le hemos tirado a la basura la navaja y los calzoncillos con manchas marrones. Todo rápido y gratis. ¿Qué le parece?
—¿Que me habéis hecho qué? La madre que os parió. Como me levante, no vais a tener espacio sideral suficiente para correr. ¡Seréis capullos! ¿Quiénes sois vosotros para andar enredando en mi cuerpo?
—De desagradecidos está el mundo lleno. No se hizo la miel para la boca del asno… Hay muchos bonitos refranes en su lengua que explican su ingratitud. Pero no se preocupe que ya le llevamos de vuelta. Estamos llegando.
—¿Y qué hago yo ahora sin mi navaja y sin mis calzoncillos? Dejarme sin ellos es como quitarme media identidad.
—Los calzoncillos estaba cagados y la navaja mejor que no la vuelva a utilizar si no quiere complicarse más la vida. ¡Bueno, ya llegamos! Prepárese para bajar. Sitúese, por favor, en ese círculo luminoso.
—Por mí que os zurzan. Hasta nunca. Chao.
—Adiós. Y felices fiestas, que dirían ustedes los terrícolas.




jueves, 11 de diciembre de 2025

Espejos

 


El escritor está sentado frente a su mesa, como cada mañana, con una taza de café y una hoja inmaculadamente blanca en el centro. No es una blancura cualquiera: es el tipo de vacío que pesa, que zumba como un silencio tenso, que provoca un sudor frío, mientras alguien se empeña en llenarlo con palabras.

La mira inmóvil, como si esperara que la hoja hiciera el primer movimiento. Nada. Ni un susurro. Ni una sílaba furtiva.

Piensa, como otras veces, en escribir una historia. No una historia cualquiera. Esta vez sería una historia sobre un escritor, como él, que está sentado frente a una hoja en blanco. Le parece buena idea, incluso ingeniosa: un escritor que mira un folio sin saber qué escribir, y que entonces decide escribir sobre un escritor que, a su vez, no sabe qué escribir.

En su mente, lo percibe con claridad. El segundo escritor —el del cuento dentro del cuento— también estaría en su escritorio, quizás con otra taza de café, y también enfrentado al silencio blanco del papel. Y este segundo escritor, en su desesperación, tendría la vaga, pero firme, intención de contar la historia de un hombre —un tercero, ya— que, como ellos dos, se sienta frente a un folio en blanco, deseando profundamente escribir algo.

¿Llegaría a escribir algo este tercer hombre?
Ahí estaba la esencia, pensó el escritor. Tres hombres —o quizás uno solo, reflejado infinitamente— atrapados en la misma escena, en la misma lucha silenciosa con la blancura del papel. Una cadena de vacíos que se miran unos a otros, esperando que alguno dé el primer paso. Un eco que rebota desde la realidad hasta la ficción, y luego de regreso.

¿Qué pasaría si el escritor rompiera el último folio en mil pedazos como cuando se hace trizas un espejo?


Suspira.

La hoja sigue en blanco. Ni una palabra escrita.
Solo blancura.
Lo demás, silencio.

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Nota aclaratoria: esto fue lo que se me ocurrió escribir un día que no se me ocurría nada.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Cuestión de fe

 



Yo me lo creo todo.

De hecho soy sumamente religioso.

Pero no de una religión en concreto, no. De todas. Me confieso multicreyente o, si se prefiere, policrédulo o multipardillo.

Soy devoto del arrianismo, del confucianismo, del islamismo, de la iglesia evangélica... Soy asiduo asistente a diferentes ritos en iglesias, salones, templos, sinagogas y mezquitas.

Soy el creyente perfecto.

Mi vida religiosa es una gozada, porque voy de credo en credo. Los viernes asisto a la mezquita de la M30; los sábados, a la sinagoga judía; los domingos, a primera hora, a la parroquia católica del barrio, después al templo mormón; cualquier día de la semana me acerco un rato al salón de los Testigos de Jehová, que siempre hay alguien por allí para venderme alguna publicación de esas que hablan de los elegidos y ofrecen imágenes de un paraíso con personas, leones y cebras, todos juntos, felices y sin hambre.

El lunes me quedo en casa y antes de cenar hago meditación zen.

Los miércoles los reservo para esas religiones del pasado que no tuvieron la suerte de sobrevivir en el tiempo pero que dejaron su huella en los libros de historia y de arte. De los antiguos egipcios y de la mitología grecorromana siempre se aprende algo. En el salón de mi casa, junto a una espléndida foto de la Acrópolis de Atenas, que conseguí en una agencia de viajes tras hacerme pasar por un pope ortodoxo (mi poblada barba me ha salvado del apuro más de una vez), tengo un pequeño rincón donde venero a Osiris, a Horus, a Apolo y a Poseidón, con el fin de que me sean propicios.

Hago proselitismo desde facebook, desde mi blog y desde twitter. Voy casa por casa dando el coñazo e intentando vender catecismos y la revista Atalaya y convencer a la gente de que abandone su vida pecaminosa...

Que los de un credo me dicen no sé qué del pecado original o del espíritu santo, pues yo voy y me lo creo; que otros me hablan de la reencarnación o de las huríes del paraíso, pues muy bien también.

De pequeño me hicieron la circuncisión, a los nueve años asistí a una lapidación como parte del público asistente al acto, luego hice la primera comunión, me bauticé ya cumplidos los treinta según el rito de inmersión de los de Jehová, luego cogí un kalasnikov y me fui a pegar tiros a Afganistán en nombre de Alá. Allí conocí a Bin Laden.

Asistí a catequesis, a una madraza y a un cursillo del Opus y me aprendí varios libros sagrados de memoria: La Biblia, El Corán, la Epopeya de Gilgamesh, el libro tibetano de los muertos...

Me gustan las procesiones, pero no asisto a ellas porque tanto protestantes como musulmanes las consideran un pecado de idolatría. Así que, como se dice comunmente, mi procesión va por dentro.

No fumo, no bebo, no tomo bebidas con cafeína, no practico la poligamia ni la sodomía, rezo varias veces al día, doy limosna a los necesitados, follo poco, no como cerdo, solo consumo pollo y cordero si se ha sacrificado según los rituales y mirando a La Meca o a Jerusalén, o a la mujer del carnicero, que está de buen ver.

Me casé con mi esposa según varios ritos. A eso dediqué todo un mes de mis vacaciones: a casarme. No hubo viaje de novios, pero sí mucho trajín. Del Palmar de Troya en Sevilla a La Almudena de Madrid, de La Almudena a la Sinagoga del Tránsito en Toledo, de Toledo a la mezquita de Lavapiés, de Lavapiés al Salón del Reino de los Testigos de Jehová de Alcorcón, de Alcorcón a un monasterio tibetano budista. Y así.

A veces me hago algunos pequeños líos. Por ejemplo, el imán de Alcobendas andaba terminando su plática y yo me acerqué a él con intención de comulgar. Comunión no hubo, pero casi me soltó una leche, eso sí. La semana pasada, en la iglesia evangelista de Chamberí, pregunté al pastor que por qué no ponían un cuadro de la virgen o de algún santo para tapar una mancha de humedad que había salido en la pared. Creo que no entendieron bien mi gesto desprendido. Un domingo me presenté en la iglesia católica de mi barrio vestido con mis mejores galas: una chilaba limpita y el kufi nuevo. Las señoras endomingadas no me miraron con simpatía. Ni el cura. Tampoco entendieron en la sinagoga otro día que recitara una sura del Corán. La gente me miró con cara de pocos amigos, incluido el rabino, cuando acabé mi rezo con un Allahu Akbar. 

Y es que los hay con la piel muy fina.


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Os recomiendo que echéis un vistazo a esto que publicó en su blog el amigo Miquel:

http://totbarcelona.blogspot.com/2025/11/el-infinito-multiplo-de-dios.html


lunes, 1 de diciembre de 2025

Por prescripción facultativa

 

Imagen de Pixabay

—Tómese estas pastillas para la memoria cada veinticuatro horas. Mejor al acostarse.

Fue lo que me recetó el neurólogo. Ya va teniendo uno cierta edad y los despistes están a la orden del día.

—Importante lavarse la herida con los puntos con un jabón neutro, secar bien la zona con una toalla limpia y darse betadine los tres primeros días. Luego, con el jabón ya es suficiente. En dos semanas se viene por aquí y le quitamos los puntos.

Eso me dijo el cirujano tras la operación de hernia inguinal.

—Dos veces al día te lavas bien la zona del prepucio y te untas con la pomada antihongos. Lo tuyo es una candidiasis, que también afecta a los hombres.

Fue lo que me indicó el médico de atención primaria que pasaba consulta por la mañana tras verme la zona irritada.

—Este preparado lleva diltiazem al 2% y lidocaína al 3%, el resto es vaselina. Se da usted dos veces al día, una de ellas tras la defecación. En un mes notará la mejoría. Si no, vuelva por aquí.

Me dijo el proctólogo tras inspeccionarme el ano y comprobar que mis molestias provenían de una fisura que me había salido tras un periodo de estreñimiento.

—Después de cada comida debes cepillarte con cuidado con este dentrífico para dientes sensibles y enjuagarte con el colutorio que te pongo en la nota. Es muy importante la higiene en esa zona. En seis meses vuelves.

Me dijo la higienista dental tras la última revisión.

—Tómate este jarabe cada ocho horas y se te calmarán los ataques de tos.

Me indicó la doctora de atención primaria del turno de tarde.

Aquella noche se me olvidó tomarme la pastilla para la memoria.

Dormí inquieto y mal.

Por la mañana me levanté medio sonámbulo, fui al baño y me tragué el betadine como si fuera el jarabe para la tos, puse la crema antihongos en mi cepillo dental y froté con ganas dientes y encías, me embadurné el pito con la pasta dentrífica, me unté la zona de los puntos con la fórmula magistral para la fisura anal y me enjuagué el ano con el jarabe para las tos.

Mis vecinos dicen que oyeron gritos.



lunes, 10 de noviembre de 2025

Los bonitos cuentos de la infancia 1

 Caperucita Roja



Caperucita aguardaba sentada junto a la mesa camilla. La abuelita seguía en la cama y parecía dormida, ajena a todo.

La niña sujetaba entre sus piernas la escopeta, todavía humeante. Mientras, en la cocina, el lobo preparaba el café.