Nunca
imaginó que tuviera que irse de allí, pero las cosas se habían
puesto realmente mal y al final tuvo que tomar una determinación.
Se
fue sin un adiós. No quiso despedirse de nadie. Le resultaba
realmente doloroso tener que pasar por el mal trago de la despedida.
Se
fue al anochecer, al amparo de las sombras. La noche era
especialmente fría, solo que había luna y el cielo aparecía
cuajado de estrellas —¡Nunca vio tantas en toda su vida!—. Ello
le permitía orientarse en medio de la oscuridad.
Un
silencio absoluto reinaba, solo roto de vez en cuando por el canto
del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía,
un canto lúgubre en medio de la inmensidad de aquella noche.
El
aire estaba tan frío que cortaba la piel.
El
hombre se puso a caminar. Decidió resueltamente tomar un camino, el
que le conduciría a su destino.
Mirando
hacia el horizonte de aquel campo tan llano que parecía un inmenso
mar, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba
del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de
muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un
lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde
acabaría. Tomó pues la decisión de saltarlo. Era un muro de piedra
y podría tener una altura de seis o siete metros. No era de altura
excesiva.
Se
dispuso a iniciar la escalada. Su futuro y tal vez la felicidad
dependían de ello.
Al
ser de piedra, la pared aquella ofrecía algunos pequeños entrantes
o hendiduras que podrían servir para ir metiendo los dedos y la
punta de las botas en el ascenso. Se puso a la tarea. Estaba más
ágil de lo que pensaba y en pocos minutos logró coronar la cima. Al
llegar, tomó un respiro y se sentó allí a horcajadas contemplando
el paisaje que se abría al otro lado. Ante él aparecía, hasta
donde la vista se perdía, un bosque frondoso. La bajada se anunciaba
más sencilla. Solo tendría que repetir la operación de ir metiendo
pies y manos en las hendiduras que encontrase e ir descolgándose
poco a poco. Bajó. De nuevo emprendió la caminata, ahora a través
de la espesura. Según andaba entre los árboles, recordaba imágenes
de los días anteriores. Los preparativos para la marcha. Los
problemas que le llevaron a tomar la decisión de irse. Los asuntos
personales no andaban bien. Debía emprender una nueva vida lejos,
sin condicionantes. Había estado viviendo una vida que no era la
suya. Era la de otros. Ocupaciones alienantes para sacar adelante a
los demás. No se arrepentía de ello. Era lo que tenía que hacer
entonces; pero ahora el momento era otro. El tiempo se iba y había
que aprovecharlo.
Tenía
por delante un largo camino, muchas horas de marcha a través del
bosque. Y cuando el bosque se acabó, apareció de nuevo el campo.
Los árboles empezaron a escasear y en su lugar fueron apareciendo
arbustos y matorrales.
Amaneció.
Caminó y caminó incansablemente, hasta que no pudo más y se detuvo
a descansar sentado en una piedra enorme bañada por los rayos del
sol de la mañana. Agotado, logró vislumbrar a través de los
matorrales que tenía delante un camino. Cuando se repuso un poco, se
levantó de allí y lo tomó. Tenía el cuerpo molido. Le dolían las
piernas; pero había que seguir. “El mundo es para los que no se
rinden”, recordaba entonces las palabras de su abuelo.
Siguió
aquel camino. Se extrañó de que en ningún momento se cruzara con
nadie. Ninguna persona, ningún animal en todo el recorrido, como si
el mundo se dispusiera antes sus ojos para él solo, como si lo
estrenara él a cada paso.
Así
pasó el día: caminando y descansando a ratos.
Y
al final, cuando la tarde declinaba y el sol volvía a ocultarse en
el horizonte, cuando ya no podía más y sus piernas pesaban cada una
como una losa de cemento, cuando ya estaba a punto de desfallecer y
se preguntaba qué demonios hacía allí, andando sin norte, sin
saber dónde ir, en medio del silencio de una nueva noche, roto tan
solo por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su
monótona letanía, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo
que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un
muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba
el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a
saber dónde acabaría.
Y
tomó la decisión de saltarlo.
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