LA TINAJA DE DIÓGENES
HISTORIAS Y CUENTOS
miércoles, 2 de septiembre de 2026
Nueva identidad
viernes, 31 de julio de 2026
El muro
Nunca imaginó que acabaría marchándose, pero las cosas se habían puesto realmente mal y al final tuvo que tomar una determinación.
Se fue sin un adiós. No quiso despedirse de nadie. Le resultaba realmente doloroso tener que pasar por el mal trago de la despedida.Se fue al anochecer, al amparo de las sombras. La noche era especialmente fría, solo que había luna y el cielo aparecía cuajado de estrellas —¡Nunca vio tantas en toda su vida!—. Ello le permitía orientarse en medio de la oscuridad.
Un silencio absoluto reinaba, solo roto de vez en cuando por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía, un canto lúgubre en medio de la inmensidad de aquella noche.
El aire estaba tan frío que cortaba la piel.
El hombre se puso a caminar. Decidió resueltamente tomar una ruta, la que tal vez le conduciría a su propio destino.
Mirando hacia el horizonte de aquel campo, tan llano que parecía un inmenso mar, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde acabaría. Tomó pues la decisión de saltarlo. Era un muro de piedra y podría tener una altura de ocho o diez metros. No era demasiado elevado y se dispuso a iniciar la escalada.
Al ser de piedra, la pared aquella ofrecía algunos pequeños entrantes o hendiduras que podrían servir para ir metiendo los dedos y la punta de las botas en el ascenso. Se puso a la tarea. Estaba más ágil de lo que pensaba y en pocos minutos logró coronar la cima. Al llegar, tomó un respiro y se sentó allí a horcajadas contemplando el paisaje que se abría al otro lado. Ante él se mostraba, hasta donde la vista se perdía, un bosque frondoso. La bajada se anunciaba más sencilla. Solo tendría que repetir la operación de ir metiendo pies y manos en las hendiduras que encontrase e ir descolgándose poco a poco. Bajó. De nuevo emprendió la caminata, ahora a través de la espesura.
Según andaba entre los árboles, recordaba imágenes de los días anteriores. Las escenas se apelotonaban en su mente de forma caótica e inconexa: las tensiones, el hartazgo, los problemas, los preparativos para la marcha... Era del todo necesario emprender una nueva vida lejos y sin condicionantes. El tiempo se iba y había que aprovecharlo.
Tenía por delante un largo camino, muchas horas de marcha a través del bosque. Y cuando el bosque se acabó, apareció de nuevo el campo. Los árboles empezaron a escasear y en su lugar fueron apareciendo arbustos y matorrales.
Amaneció. Caminó y caminó incansablemente, hasta que no pudo más y se detuvo a reponer fuerzas sentándose en una piedra enorme bañada por los rayos del sol de la mañana. Agotado, logró vislumbrar a través de los matorrales que tenía delante un sendero. Cuando descansó un poco, se levantó de allí y lo tomó. Tenía el cuerpo molido. Le dolían las piernas; pero había que seguir. “El mundo es para los que no se rinden”, recordaba entonces las palabras de su abuelo.
Siguió aquel camino. Se extrañó de que en ningún momento se cruzara con nadie. Ninguna persona, ningún animal en todo el recorrido, como si el mundo se dispusiera antes sus ojos para él solo, como si lo estrenara a cada paso.
Así pasó el día: andando y descansando a ratos.
Y al final, cuando la tarde declinaba y el sol volvía a ocultarse en el horizonte, cuando ya no podía con su cuerpo y sus piernas pesaban cada una como una losa de cemento, cuando ya estaba a punto de desfallecer y se preguntaba qué demonios hacía allí, andando sin norte, sin saber dónde ir, en medio del silencio de una nueva noche, roto tan solo por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde acabaría.
Y tomó la decisión de saltarlo.
martes, 21 de julio de 2026
En camino
Miércoles 12 de abril
9:00
Ante la tesitura de salir a andar o quedarme en casa tan ricamente leyendo, echo mis dados de la suerte aquella mañana y me sale paseo, una buena decisión puesto que el día, radiante y primaveral, promete. Así que me pongo una ropa cómoda y unas zapatillas apropiadas y me dispongo a caminar. Salgo de casa. Enfilo por la calle que me conduce a las afueras del pueblo. Tras rebasar las últimas viviendas me adentro en el campo. Recibo con sumo agrado el olor a mieses recién segadas. Llego a una arboleda. Tras ella se abre un estanque natural de aguas tranquilas. Una oca de plumaje blanco se desliza por ellas majestuosamente.
9:20
Me embarga una sensación de paz que, unida a la caricia de esta mañana soleada, dibuja en mi interior algo muy parecido a la felicidad. Respiro hondo y tomo un sendero serpenteante que me aleja cada vez más de Villazarcillos del Tiétar. El sol se va elevando y por su posición deduzco que camino en dirección norte.
Por el camino me entretengo mucho con el paisaje y sus cosas: una ardilla curiosona, con una bellota en la boca, asomando tras un árbol; el cráneo de una vaca muerta como en los poblados del oeste; el torreón medio derruido de lo que fue un viejo castillo (hasta me pareció ver un enano de cuento observándome desde lo alto); un perro pachón, de aspecto pacífico, ladrando desde su cercado por exigencias del guión; una pareja de conejos atenta a mis movimientos, con las orejas alerta como radares...
9:30
A unos dos kilómetros del pueblo comienzo a oír el sonido inconfundible del riachuelo que discurre algo más allá, por debajo del puente de madera que me dispongo a atravesar. Las tablas crujen bajo mi peso, como emitiendo una leve queja por haber roto el encanto de la música del agua que se desliza entre las piedras del fondo. De nuevo ante mí, el sendero culebreando entre pequeñas lomas atestadas de chopos.
En mi caminar me topo con otro puente idéntico al anterior, con la misma queja al pasar sobre sus maderas gastadas y otro riachuelo gemelo del primero. Me quedo realmente extrañado. Sigo por el sendero y al cabo de unos minutos me encuentro con una bifurcación. Dos direcciones. Tomo la de la izquierda, un camino angosto invadido parcialmente por la maleza que crece en sus márgenes.
9:50
El sendero desemboca en otro más amplio, tomo la dirección norte, la de la izquierda, orientándome por la posición del sol. Me lleno de extrañeza al comprobar que ese recorrido ya lo había andado antes: árboles, el estanque con la oca elegante incluida, el sendero, el puente, nuevo tramo de camino serpenteante, el otro puente y, de nuevo, la bifurcación de antes. He debido andar en círculo. Tomo ahora el ramal que se abre a la derecha.
10:00
Llevo una hora andando y estoy algo cansado. Sobre todo tengo sed. Debería hacer una pequeña parada y luego proseguir. En un recodo aparece ante mí una edificación de dos plantas con tejado a dos aguas, parece un albergue rústico, una posada para caminantes, un hostal o algo parecido. Sobre la puerta un cartel anuncia una conocida marca de bebida refrescante. Se ve que hay servicio de bar. Entro, me pido un bocadillo de tortilla y una botella de agua. Me siento en un taburete de los de la barra. Me sabe a gloria tanto lo ingerido como el descanso. Pago y decido marcharme.
Salgo, ando un poco y enseguida recobro la velocidad de marcha. Oigo voces. Alguien anda en apuros. Miro a mi alrededor y no veo a nadie. Tan solo veo el brocal de un pozo. Parece abandonado. Y los gritos vienen de esa dirección. Me acerco y me asomo. Hay un hombre allí dentro. Con ayuda de la cuerda le ayudo a salir. Es un hombre mayor. Me cuenta que un tío gamberro lo metió en aquel oscuro lugar. Casi acaba allí sus días. Le propongo ir a denunciarlo.
10:25
Llegamos
al cuartel de la Guardia Civil. Dentro hay otros dos guardias. Uno,
más joven, sentado frente a un ordenador; el otro, de mayor edad, el
sargento, que debe ser el que está al mando y se pasea por las
dependencias con cara de circunstancias.
Aquello
parece
una caricatura de un cuartel, desde los uniformes de los guardias y
sus enormes tricornios, modelos antiguos más acordes con la época
de Isabel II, hasta el uso chocante de las instalaciones, como ese
calabozo enrejado, ahora vacío, a la vista del público en medio de
todo, que recuerda en mucho las dependencias del sheriff de cualquier
película del oeste. Incluso el sargento, con esa enorme barriga y el
uniforme en el que aparece embutido, dos tallas más pequeño y a
punto de reventar, parece sacado de una película de dibujos
animados.
Decimos que queremos poner una denuncia. El más joven pide nuestros datos. El denunciante declara lo que pasó. Luego nos vamos de allí. El vejete, al centro de salud para hacerse una revisión; yo, al camino.
10:45
Dejo atrás el cuartel de la Guardia Civil y me dispongo a continuar unos minutos más mi marcha. Me encuentro con un cartel que lleva pintada una flecha que parece indicar algo: nada menos que un recinto ajardinado, pero de dudoso gusto ornamental. Hay un estanque lleno de ánades y cisnes con una fuente hortera en medio de esas de sirena y chorritos. Parece el jardín del chalet de un nuevo rico. Todo está lleno de figuras pintadas de hiriente colorido. Allí se congregan Blancanieves y sus correspondientes enanos, un dragón, un caballero medieval con su ballesta cargada, unas setas gigantes, etc. Como sacado todo de un cuento de hadas. Entro en él, doy como cincuenta pasos y, al fondo, me topo con otro cartel que pone
LLEGADA.
Soy el primero en llegar a la meta.
Me hace ilusión. No todos los días gana uno al Juego de La Oca.
martes, 14 de julio de 2026
La subasta
—Buenas tardes, bienvenidos a la subasta. Vamos a proceder en primer lugar a la puja del lote número 35 —decía la encargada ante el micro, con un tono poco natural, forzado e impostado, algo nasal, seguramente como se le demandaba por parte de sus jefes—. Como habrán podido comprobar se trata de un lote muy interesante, pues hablamos nada y más y nada menos que del kit de la felicidad.
La encargada de la subasta se dirigía a un público numeroso y variopinto, ávido de llevarse para casa alguna pieza única por un precio razonable.
—El lote sale con un precio de salida de 7500 estroncios de vellón. Empezamos. Hay ya una puja online por 7700. ¿Alguna oferta más? Se trata, como habrán podido comprobar en la información que figura al pie de cada lote, de algo único y de un valor real incalculable. El caballero del fondo que ocupa la silla 42 ofrece 7750 ¿Alguna oferta más? 7750 a la una, a las dos y a las tres. Adjudicado el lote por puja final o de remate de 7750 estroncios de vellón al señor de la silla 42.
De vuelta a casa, Gustavo Pérez abre la puerta con su llave. Va a dar una gran sorpresa a su mujer.
—Parece que llegas algo tarde. ¿Dónde se supone que vas con ese baúl?
Era Matilde quien preguntaba, entre extrañada y mosqueada, cuando su marido entró por la puerta aquella tarde arrastrando lo que parecía un enorme maletón con ruedas.
—¿No irás a meter eso en nuestra habitación?
—No te preocupes, Mati —respondió Gustavo, su marido—. Solo voy a enseñártelo. Luego lo guardaré en el garaje.
—¿Enseñar? ¿Qué es lo que hay que enseñar, Gus?
—Pues lo que compré en la subasta.
—No me digas que te has gastado el dinero del mes en una subasta. ¿Se puede saber qué es lo que hay en ese contenedor, que parece un ataúd con ruedas?
—Ha costado una minucia si lo comparamos con los beneficios que vamos a obtener. 7750 estroncios de nada, en efecto, mi sueldo del mes.
—Tú no estás bien de la cabeza. Me vas a explicar ahora cómo vamos a hacer para pagar la luz y el gas y para comer este mes?
—No te preocupes mujer, que todo va a ir bien. Sé lo que me hago. Como dice un proverbio hindú, cuanto más adversas sean para ti las circunstancias que te rodeen, mejor se manifestará tu poder interior. Pasa a la habitación y te lo enseñaré.
Y, con aire triunfal, como el que va a descubrir la octava maravilla del mundo ante un público fascinado, Gustavo abrió el maletón aquel y mostró a Matilde su reciente adquisición.
—Aquí lo tienes —dijo Gus—. Te presento a… ¡tatacháááán! ¡El kit de la felicidad!
Y lo que ella pudo ver fue una estatuilla horrible del dios Indra, como de un metro de alta, y una serie de sacos, siete en total, cada uno de un color, como de un kilo de peso cada uno, que contenían en su interior, en unos casos, arena y, en otros, piedrecitas de un tamaño regular como de dos, tres o más centímetros de largo cada una. Eso sí, cada saquito llevaba atada una cinta de distinto colorido y una etiqueta para saber su procedencia.
Matilde abrió la boca de asombro. Quedó estupefacta. Los ojos a punto de salirse de sus órbitas. No podía articular palabra alguna. Al final, cuando ya se repuso levemente de la sorpresa, pudo, a duras penas, balbucear:
—Pero… pero esto… esto es ¡horrible! ¿Cómo has podido…?
—Mira. Son piedras de los distintos ríos sagrados de la India. En total son siete. Como puedes leer en las etiquetas, los ríos son el Ganges, el Kaveri, el Indo, el Narmadá, el Yamuna, el Godavari y el Sarasuati. En los textos vedas de hace milenios ya se hablaba de ello. Solo hay que llevar cada saco a su origen, depositar en el agua de cada río todas las piedrecitas menos una, o toda la arena menos un montoncito, que guardaremos como un talismán. Luego hemos de mojarnos los pies en cada uno de ellos. Haremos un largo viaje a la India para visitar todos los ríos. A la vuelta construiremos en el centro del salón como una especie de altar. En él pondremos la estatuilla de Indra, colocaremos cada piedrecita y cada montoncito de arena que nos sobró alrededor de la estatua como si fuera un ritual. Ya no hay que hacer nada más. Luego solo hay que esperar que la felicidad nos llegue a raudales. Según los expertos en temas de hinduismo, no falla. Creo que la adquisición del lote en la subasta y el viaje que vamos a realizar tú y yo va a ser de lo más fructífero.
—No tengo la menor duda de que el viaje va a ser del todo necesario. Lo de fructífero depende de para quién, porque ahora mismo te vas a coger la estatuilla, los sacos de arena y grava, lo vas a meter todo en el maletón ese que has traído y te vas, de viaje o a donde tú quieras, pero fuera de esta casa y lejos de mí. Al menos hasta que te deshagas de lo que has traído y recuperes lo que te has gastado. Luego ya hablaremos. Como dice otro pensamiento hindú, la más larga caminata comienza con un paso. Y yo ya lo di. Cuando vuelva mañana del trabajo no quiero verte por aquí, ni a ti ni a tus sacos.
Y que te vayan dando por… el idem.
