martes, 14 de enero de 2020

La calle


             Llevaba viviendo en la misma calle más de sesenta años.
            Y en todo ese tiempo ella había experimentado cambios profundos, como la sociedad misma. De tal manera que se podría afirmar que, aun siendo la misma de siempre, esta calle era a su vez muchas calles diferentes. Desde un punto de vista urbanístico y de equipamiento había sufrido varias remodelaciones. De ser un barrizal inhóspito en días de lluvia se había convertido con el tiempo en un espacio pavimentado, con papeleras, bancos de madera y setos recortados.
            Pero la edad también impone una peculiar visión de las cosas. El estado de ánimo también influye, el cambio estacional... Con la llegada de la primavera, la luz y el colorido de los días radiantes tienen la propiedad de insuflar vida a la calle; por el contrario, los días tristes de otoño, con la caída de la hoja o los días fríos o lluviosos  de invierno, la depresión se adueña de ella.   Entonces se la ve gris y apagada.
            Al principio de todo, cuando era un niño, la calle era un espacio para el juego. Y eso que cuando llovía se embarraba con facilidad por la escasa pavimentación y porque, junto a la acera, había un espacio arbolado lleno de tierra y matojos, un sitio ideal para jugar al escondite.
        De adolescente se convirtió en el sitio donde solía quedar con aquella muchacha del barrio, su primer amor. Cuando la veía desde la ventana de su habitación, su corazón se agitaba de contento. Entonces la calle se llenaba de bellos pájaros, de mariposas de palpitante colorido y de dominio del arco iris. Nunca el azul del cielo era tan intenso. En ese momento, bajaba las escaleras apresuradamente o, mejor, flotaba sobre ellas para el encuentro con la chica de su vida.
            Con la madurez, la calle empezó a convertirse en una molestia, en un tema de preocupación... que si no había sitio para aparcar, que si los pájaros cagaban el coche, que si el ruido, que si la inseguridad ciudadana, que si esto que si lo otro. La música de los vecinos en noches de verano y ventanas abiertas se convertía en una pesadilla, y lo mejor era instalar un aparato de aire acondicionado, cerrar ventanas y aislarse de la calle y del mundo.
            Y ya de mayor, con achaques y problemas de movilidad, lo cotidiano era bajar a dar un paseo con ayuda del bastón. Se agradecía ese banco situado al sol algunas mañanas donde sentarse y entablar alguna pequeña conversación con alguno de parecida edad, disfrutando de la calle que, a pesar de las apariencias, seguía siendo la misma de siempre, con sus niños jugando, sus adolescentes enamoradizos, sus personas maduras criticando todo lo humano y lo divino y los viejos como él, sentados en el banco, tomando el sol, viendo pasar la vida mientras consumían la suya propia.

martes, 7 de enero de 2020

Después del desastre



Todavía recuerda María el día en que se topó con el viejo vagón de ferrocarril en medio del bosque, la emoción que sintió al ver aquel artefacto metálico enorme, oxidado, con las ventanillas rotas y la vegetación trepando por todas partes, invadiendo al intruso aquel y apoderándose de todo su interior.

María nunca había visto nada parecido. Mejor dicho: jamás había visto un vehículo del tipo que fuera. Ningún coche, ningún avión, ninguna bicicleta... y mucho menos un vagón de ferrocarril. Y todo porque ella había nacido en otro tiempo, cuando ya no había máquinas, ni para vivir se necesitaban artilugios que funcionaran con energía artificial. Cuando llegó al mundo, la gente se calentaba y alumbraba con leña del bosque y se aseaba como buenamente podía con agua calentada directamente en el mismo hogar donde se cocía la comida.

Y fue en la cueva cuando, emocionada por el hallazgo, su abuelo le contó cómo era el mundo antes de que ella naciera. El abuelo era muy sabio y explicaba pacientemente a la niña cómo era esto y cómo era lo otro. Y la niña atendía con los ojos muy abiertos.

Todo lo que relataba el abuelo se le antojaba como algo fantástico que ocurrió mucho antes de la gran destrucción, antes de que la estupidez humana acabara con la humanidad misma; bueno, con buena parte de ella. El día del apocalipsis. María no llegó a vivirlo, aunque algo notaría pues su madre andaba embarazada de ella cuando todo acabó.

Pero aquello ya pasó. Y ella y los suyos lograron sobrevivir.
La civilización se derrumbó de la noche a la mañana como un castillo de naipes.
Y allí estaba el testigo de aquel tiempo pasado: el viejo vagón comido por la vegetación. Una evidencia de que la naturaleza se había impuesto sobre las ruinas de un mundo que terminó devorándose a sí mismo.
Y aquel era el lugar de juegos preferido de María, donde daba rienda a su imaginación e inventaba mil y una aventuras. Para la niña, aquel artefacto oxidado hacía el papel que, para otros niños de otros tiempos, representaba el castillo encantado o la casita de muñecas.

Hasta que llegó el día en que encontró la caja.
Era una caja preciosa, metálica, con mucho colorido, de esas de galletas inglesas.
Topó con ella por casualidad, jugando. La encontró debajo de uno de los asientos.
Y dentro de la caja, viejas fotografías. Casi todas con manchas y con ese aspecto mate de las fotos envejecidas o sometidas a cambios de temperatura o humedad. Y las fotos de aquella caja se convirtieron en su tesoro más preciado. Y las contemplaba una y otra vez, asombrada, con los ojos muy abiertos; como cuando el abuelo le contaba aquellas historias antiguas. Y en ellas pudo descubrir extraños artefactos nunca vistos hasta entonces. Y edificaciones de cuando las personas vivía en casas y no en cuevas o chozas hechas con ramas. Y gentes con ropas muy nuevas, no esos harapos con los que se cubrían ahora. Y mujeres muy guapas, arregladas y con bonitos peinados. Eso fue sin duda lo que más le impactó, porque ahora todo el mundo andaba con la cara sin maquillar y con el pelo muy corto o rapado, para evitar las colonias de piojos que pululaban por todas partes.

Y había fotos de niñas como ella, con aspecto sano y feliz. Pero solo una era su preferida: la de la mujer joven de la bonita sonrisa. Una chica, como de veinte o veintidós años, con una mirada clara, limpia, la de un ser que todavía no ha sufrido en su vida ni en la de sus seres queridos la pena o la enfermedad; una sonrisa franca y amable, nada impostada. Y esa mirada y ese gesto de la boca iban dirigidos solamente a María. ¡Cuánto tiempo hacía que no encontraba en su entorno algo parecido! Los gestos de sus familiares eran serios, graves, las miradas ligeramente acuosas pero sin brillo, el tono apagado... Estaban tristes. Se percibía que algo tremendo había ocurrido para que eso fuese así. Por esa razón, la foto era como encontrar otro mundo, otra gente que vivía su tiempo de otra manera, con alegría y esperanza en un futuro prometedor. Y María se aferraba a la imagen como si le fuera en ello la vida. Por eso, la sacó de la caja y la guardó entre sus pobres ropas. Era su secreto. La llevaría siempre consigo, como una reliquia, como un amuleto protector, como la estampa de una diosa de una nueva religión que fundaría ella y a la que cada noche le dedicaría sus últimos pensamientos pidiéndole que a los suyos nunca les faltara alimento y salud.


sábado, 28 de diciembre de 2019

La Sagrada Familia


Amenaza inminente de derrumbamiento en La Sagrada Familia. 

Según la opinión de técnicos solventes, el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, obra cumbre del arquitecto Gaudí, está afectado por aluminosis, una enfermedad propia de edificios que usan materiales poco recomendables es su contrucción. 

La aluminosis es una patología del hormigón, que se vuelve más poroso y menos resistente. Por desgracia es algo bastante frecuente en climas marítimos con ambientes salinos. A esto hay que añadir la responsabilidad de las empresas suministradoras de materiales de construcción, la mayoría ubicadas en Barcelona, que sitúan en primer lugar la obtención de beneficios por encima de la idoneidad de los materiales suministrados. 

Si antes las obras del AVE amenazaban seriamente con afectar la cimentación del templo barcelonés, ahora el peligro viene de su propia estructura. Según expertos consultados, el problema es muy grave e inmediato por causa de los deficientes materiales utilizados en la construcción de la famosa obra.

La Generalitat catalana ha convocado para el próximo lunes día 30 una reunión extraordinaria para debatir las medidas urgentes a tomar ante esta catástrofe sin precedentes en la historia del patrimonio artístico catalán.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Por el sumidero



No hace falta subir al Himalaya, ni atravesar los océanos, ni recorrer de cabo a rabo la muralla china, para comprender que en cualquier recodo cercano podemos dejarnos jirones de piel o del alma en el intento, por el mero hecho de existir.

La vida es peligrosa por ser vida. Desde el momento en que sales de casa  -incluso si no sales- estás en grave riesgo de ir perdiendo por el camino pedazos de ti. Es un viaje peligroso. De él nadie saldrá vivo.

Caminas despreocupado, sin darte cuenta de que en cada meandro, en cada recoveco, en cada ocasión que se presente, nos vamos dejando por el camino fragmentos de los que somos y de lo que fuimos, retales de vida, jirones de nuestra existencia… Tan frágil siempre.

Y esos pedazos perdidos jamás se recuperarán.
Y de esta forma, segundo tras segundo, día tras día, se irán por el sumidero del tiempo, como el agua desaparece por el desagüe, girando alocadamente como en un torbellino, recortes de nuestro yo, hasta acabar desapareciendo.



sábado, 14 de diciembre de 2019

El fantasma del Parador de Turismo



Todo castillo que se precie ha de tener un fantasma. Y aquel Parador de Turismo, que otrora fue castillo, no podía ser una excepción. En el caso que nos ocupa, el espectro era la doliente sombra de don Bermudo, un antiguo conde que fue mandado emparedar por don Guzmán de Uribe, marqués del Silo Seco, allá por el siglo XI.

Al parecer, el conde se beneficiaba a Veremunda, la señora del lugar, en ausencia de su marido, quien de vez en cuando se enfrascaba en batallas que le hacían estar lejos de su morada algunas temporadas, sobre todo cuando hacía buen tiempo y el exceso de testosterona propio de la edad le llevaba a buscar el natural desfogue fuera de casa mediante el uso de las armas, descuidando lo que dejaba en su hogar. El caso es que una buena mañana los tortolitos fueron pillados in fraganti dándose un homenaje en la torre del ídem. Y el noble fue condenado a morir de hambre y de sed, desnudo y con grilletes,  confinado en una lóbrega mazmorra excavada  en los sótanos, sin más compañía que los grandes bloques de piedra que hacían las veces de bocadillo. Y él era el fiambre en este emparedado macabro.

Y durante siglos, el fantasma del conde vagó errante por las galerías del lugar, un castillo medieval que, con el tiempo, fue reconvertido en Parador de Turismo, para admiración de lugareños y solaz de visitantes. Aunque era difícil dar con él porque, discreto y silencioso, solo salía por las noches cuando todos dormían. El motivo de sus paseos no era otro que redimir su condena y lograr el descanso eterno tras cumplir su misión: dar con un descendiente para relatarle los hechos tal como acaecieron, porque de sus efusivas muestras de amor hacia Veremunda nació un varón que, por razones de discreción y con el fin de no hacer un ridículo espantoso, el amo del castillo tuvo que reconocer como propio, máxime cuando no fue capaz de conseguir otra descendencia. Y la gente, que era muy dada a cortar trajes, comenzaba ya con habladurías sobre su presunta incapacidad.
            
Así que don Bermudo andaba de aquí para allá, errante y desazonado, buscando cada noche en el listado del registro de clientes el nombre de un posible descendiente.
Hasta que dio conmigo.
            
Sí, amigos. Yo soy Bernaldo de Uribe, último sucesor directo del marqués del Silo Seco. Precisamente me alojé unos días en el Parador porque sabía que aquellas piedras habían servido de morada a mis antepasados. Eso creía entonces, hasta que el fantasma me contó la historia. Y lo hizo en el salón de armas, una noche que no podía dormir y acudí allí en compañía de un libro:
            
—¡Bernaldo de Uribe! —me dijo con voz cavernosa aquella sombra que apareció de repente al fondo del salón, atravesando las paredes como si fueran de mantequilla, dándome un susto de muerte—. Y me imagino que de los Uribe del Silo Seco. ¿Me equivoco?
—No, no se equivoca —respondí asombrado por la repentina aparición de aquel anciano de barba blanca y vestimenta parecida a la de un monje de otros tiempos—. ¿Quién es usted?
—Antes de contarte quién soy, voy a relatarte una pequeña historia…
            
Y aquella aparición procedió, con pelos y señales, a ponerme al corriente de todo lo que aconteció en aquellos bárbaros tiempos. Y según narraba, yo iba abriendo la boca y los ojos cada vez más, atónito, estupefacto…. Al principio dudé de sus palabras, pero era tal la cantidad de información que me estaba suministrando que me convencí, muy a mi pesar, de que todo lo que decía era la pura verdad. Ese estrafalario vejestorio era realmente mi antepasado, el que engendró un hijo que pudo perpetuar la saga familiar  hasta llegar a mí y al que en definitiva le debía el hecho de estar vivo. 
            
Cuando me incorporé para abrazarle, se desvaneció en el aire como una bocanada de humo. Era la prueba definitiva de que estaba ante un fantasma. A partir de ahora ya podría descansar en paz. El fantasma, no yo. Yo no pude pegar ojo en toda la noche. Compréndanlo. En unos minutos había descubierto que mis antepasados fueron otros. Y lo que es más grave, me habían degradado de marqués a conde.

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Relato perteneciente a "Ida y vuelta", libro en pdf que te puedes descargar gratuitamente en el siguiente enlace:
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view