miércoles, 19 de junio de 2019

El tren



Hay vidas tan vacías como algunas estaciones de madrugada, vidas tan grises como las frías mañanas de invierno. Vidas anodinas, prescindibles, banales, insulsas, de gentes que pasan por el mundo desapercibidas, sin un destello. Vidas sombrías.
La de aquel viajero era así. Una vida inútil, sin sentido.
Era muy temprano cuando apareció aquella mañana arrastrando su maleta por el andén vacío. Una niebla gris y densa envolvía los objetos y lograba desdibujarlos, hasta tal punto de que no era fácil distinguir sus contornos.
La estación aparecía desierta y silenciosa, como algunos pasillos de hospital durante la noche.
Una mano en el bolsillo, la otra tirando de la maleta, recorriendo una y otra vez el andén, haciendo tiempo, mientras esperaba la llegada del tren, el primero del día. Como única compañía, la luz mortecina de las farolas, arrojando sobre el pavimento una luz amarillenta. El viajero arrastraba su maleta y su vida. Pensaba en su soledad, en su existencia sin brújula, vacía de contenido.
Como en las viejas películas en blanco y negro, llegaba el tren, bufando y resoplando, envuelto en vapor, haciendo chirriar las ruedas metálicas sobre los rieles. El viajero subió, colocó su maleta en el altillo y tomó asiento.
Le gustaba desde siempre situarse en sentido contrario, de espaldas a la marcha del tren. De esta manera veía los objetos alejarse, recreando la vista en lo que dejaba atrás, mientras se iban empequeñeciendo y finalmente desapareciendo.
Desde la ventanilla, mientras despuntaba tímidamente el día, medio adormilado, dejaba vagar los ojos por el paisaje ceniciento y tristón. Casi prefería no pensar en nada. Dejarse llevar por los árboles, las vallas y los edificios que circulaban ante sus ojos y se perdían a lo lejos.
Recuerdos, pocos. Un par de pensamientos con los que entretener el tiempo del viaje. No llevaba a mano ninguna lectura. No le apetecía.
No huía de nada. No huye quien abandona un destino por otro que no conoce. De hecho sacó un billete para el primer tren que pasara aquella mañana.
No tenía ninguna preferencia. Tampoco nadie que le esperara, al igual que nadie fue a despedirle a la estación.
Partió solo y solo llegará a quién sabe dónde.
Le daba igual su destino. Tal vez confiaba en el azar más que en sí mismo.
De hecho siempre decía que la casualidad está detrás de casi todo lo importante que te puede ocurrir en la vida. Nacemos por casualidad. Por casualidad vivimos en este o en aquel lugar. Conocemos a las personas casualmente. En ninguna parte está escrito cuándo, dónde y cómo vas a conocer a la persona que te dará trabajo, que vivirá contigo o que te complicará la existencia para siempre.
Por eso, a partir de ahora, el destino marcaría su existencia.
Echó los dados aquella mañana y el azar decidió por él.

Estaba en sus manos.

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"El tren" es un capítulo del libro "Ida y vuelta" que te puedes descargar en este enlace:
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view
Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

miércoles, 12 de junio de 2019

Los fondos abisales de la noche




Lo normal al acostarte es un sueño tranquilo o, en el peor de los casos, la pesadilla de libro, el asunto descabellado, la rareza onírica sin pies ni cabeza, la tontería absurda, fruto casi siempre de una mala digestión, donde los jugos gástricos dominan la escena e imponen su ley mientras duermes. El abuso de queso curado o de caracoles picantes en la cena, regada con un buen vino de la tierra, tinto en este caso, pueden tener la culpa. También un día agitado, el exceso de estrés… Sobre esto hay muchas opiniones.
Lo malo es cuando en el sueño no hay nada, solo la oscuridad como protagonista. Una especie de sueño para invidentes.
Eso le pasó a Serafín, el pescadero.
Todo el día limpiando boquerones, eviscerando salmonetes, quitando escamas, cortando pescadillas en rodajas…
Y esa noche, la oscuridad tan solo.
Cerrar los ojos y hundirse en un sopor profundo. Y enseguida, la sensación de flotar en una masa fría y pesada. Sentirse una especie de ameba ingrávida en medio de la nada: una oscuridad silenciosa, sin esquinas, sin límites. Una oscuridad densa. Un vacío perfecto. Como si el tiempo se hubiera detenido y la vida se quedara congelada en un instante preciso de duración indeterminada e imposible de medir. Y en esa aparente quietud, flotar o casi levitar.
Y es que Serafín, sin saberlo, se había convertido durante la noche no en un escarabajo, como el personaje de Kafka; no en un ajolote, como en el cuento de Cortázar; sino en un horrendo animal de la fauna marina, en un extraño pez de los fondos abisales.
Feo con ganas.
Eso es una pesadilla; y lo demás, tonterías.


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Trabajo publicado originariamente en La Charca Literaria

miércoles, 29 de mayo de 2019

Homeopatía literaria




De todos es conocido que la homeopatía se basa -supuestamente, claro- en administrar a un enfermo una dosis pequeña de una sustancia que en cantidades normales produciría el mal que se quiere combatir.
Una dosis elevada de mala literatura produciría en la persona embrutecimiento, desinformación, enajenación (véase el caso de Alonso Quijano); pero si administramos una cantidad pequeña podríamos curarla de su ignorancia, de su zafiedad, de su incultura, etc.
Supongamos que se somete usted a un tratamiento de homeopatía literaria.
El tratamiento a seguir sería el siguiente.
Primero va usted a leer Mis estudios solo me daban para limpiar escaleras. Por eso preferí salir en la tele y vivir del cuento. Solo cuatro páginas de las memorias de la petarda o del petardo de turno. Le vendrá muy bien, además, para hacer amigos y mejorar su autoestima.
La semana que viene leerá esto otro: el prólogo -nada más que el prólogo- de un libro de autoayuda que se titula Imprescindible para triunfar en los negocios y que la gente le admire.
A la otra semana, del ex presidente jubilado que vive de sus conferencias, libros y negocios familiares, disfrutará la página 124 de sus Memorias I, aunque no las haya escrito él.
A continuación, cuatro días después, toca el best seller de moda. Leerá tan solo de la página 16 a la 18. Hay mucho donde elegir: E. L. James, Danielle Steel, Nicholas Sparks o Paulo Coelho, por ejemplo.
Llegados a este punto, siempre que haya sobrevivido a las lecturas, tendrá buena capacidad para enfrentarte al siguiente reto: adquirir sensibilidad poética.
Cada día degustará una poesía distinta de las que vienen en los libros de las fiestas de los pueblos, hechas por septuagenarios sin estudios. Dignas de leer. ¡Pero solo una al día, más puede ser perjudicial!
La mala ortografía la curaremos con algunos recortes de prensa, cuando algunos expertos en redacción hablan de “detrás tuyo”, “absorver” o “preveer”.
Luego ya solo hay que esperar a que la terapia haga efecto.
Si ello es posible.


Texto publicado en La Charca Literaria

lunes, 20 de mayo de 2019

Una historia cotidiana


—¿Quieres un emparedado? 

Carmen.
La compañera de piso y de infortunios, la amiga con derecho a roce desde hacía ya varios años. Primero fue amiga a secas, pero cuando ocurrió lo de Mercedes, la amiga común y esposa de Andrés, que acabó fugándose con un colombiano veinte años más joven que ella, que le descubrió repentinamente un nuevo mundo y la deslumbró a base de juventud, tez morena, metro ochenta de estatura, sexo desenfrenado y salidas nocturnas a tutiplén, además de chulearla y vivir a sus expensas, entonces Carmen acabó volcándose con el más débil, con el amigo abandonado, con el perdedor, y porque, en el fondo, muy en el fondo, Andrés le hacía cosquillas en el alma, siempre le gustó un poquitito y acabó medio enamorándose de él. Mientras Mercedes era la pareja de Andrés, Carmen nunca se le insinuó, a pesar de ser asidua visitante de la casa, de compartir cientos de horas con ellos, de participar en sus penas y en sus alegrías. Nunca hubo un gesto ni de ella ni de él que revelara que allí, en el fondo, había algo más que amistad. Pero cuando Mercedes enseñó sus cartas y descubrió su nueva relación, todo cambió. Carmen, de entrada, no fue imparcial y se puso del lado de Andrés. Y luego, despejado el camino, no dudó en reemplazar el sitio que la esposa infiel había dejado vacante. Por eso decidió irse a vivir con él y convertirse en una especie de amante, protectora, asesora, administradora, madre y amiga desinteresada, todo a la vez, compartidora de casa, despensa, habitación y cama.

 —¿Te vas a hacer otro para ti? 

Andrés.
El marido abandonado. La víctima de una relación fallida. El perdedor en esta historia. Pero eso era tan solo lo aparente. Al final resultó ser el verdadero ganador. No fue él el que lo urdió todo, pero sí el experto navegante que supo aprovechar la fuerza del viento para que esta no derribara su nave sino que la empujara gracias a que logró desplegar las velas en su momento. Desde hacía tiempo comenzó una andadura paulatina de desinterés hacia Mercedes, mientras que paralelamente iba creciendo el interés por Carmen, la amiga común. Supo esperar el momento adecuado. Por eso, cuando tras aquel viaje por el Caribe, descubrió que su mujer iniciaba un acercamiento a terreno peligroso, él facilitó el camino: al enemigo, puente de plata. Mercedes vino de aquel crucero transformada en otra persona. Digamos que había descubierto nuevas formas de diversión relacionadas con los bailes y el inevitable roce con muchachos más jóvenes que su marido y, por supuesto, más vitales y atractivos, con la próstata seguramente en condiciones óptimas. Vino deslumbrada por ese nuevo mundo lleno de sensaciones que acababa de descubrir. Para su marido no pasó inadvertida esa nueva vía de escape descubierta por Mercedes. Por ello promovió e impulsó que su adorable esposa, la cual amaba el reguetón, el vallenato, la salsa, el merengue, la bachata y todas las demás variedades latinas de moda, ya de regreso del viaje, se apuntara a todo tipo de salones donde enseñaban a perfeccionar los distintos bailes y donde, a la caza siempre de maduras insatisfechas con solvencia económica, se concentraban avispados tiburones caribeños. Y al final picó cuando cayó rendida ante los encantos de un pipiolo colombiano de bellas facciones y gestos achulados, cuenta corriente en números rojos y oscuras intenciones. En resumen, que ir de víctima le vino de perlas a Andrés para quedarse con la casa, al menos en usufructo. Qué menos que esa pequeña recompensa para el que había perdido lo más importante: un matrimonio estable. El síndrome de culpabilidad de su ex mujer ayudó mucho. Y además salió ganando con el cambio de pareja. Carmen era -y estaba- mejor que la anterior.

—Sí. Me apetece un emparedado. Y, ya que me pongo, lo mismo me da hacer uno que dos. 
—Vale. El mío lo quiero de jamón y tomate Y una cerveza. Si no te supone demasiada molestia.  
—En absoluto, tesoro. 

 En este cuento ganan todos. Me encantan las historias que terminan bien.

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Una historia cotidiana pertenece al libro "Ida y vuelta". Te puedes descargar un ejemplar en el siguiente enlace:  
https://drive.google.com/file/d/1qaq_V-Mh9yR5hql9k_9sIwHXYPxTgJ-R/view


Relato registrado en Safe Creative, bajo licencia

lunes, 13 de mayo de 2019

Leo



Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, un tipo peculiar:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Lo decía y se quedaba tan pancho. Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios creo que, como mucho, tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta, a la vez que hacía un movimiento con el pulgar de la mano derecha señalándola,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.
—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.
—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?
—No sé. Pregúntale a Leo.
—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si nada.