LA TINAJA DE DIÓGENES
HISTORIAS Y CUENTOS
lunes, 8 de junio de 2026
Escritor sombrío
lunes, 25 de mayo de 2026
Nada nuevo bajo el sol
Había un chiste centrado en la Prehistoria en el que un niño entregaba a su padre las notas del cole, muy malas por cierto. El hombre de las cavernas, echando un vistazo al trozo de piel seca de mamut (el boletín de calificaciones de su hijo), meneaba la cabeza con un evidente gesto de reprobación:
lunes, 18 de mayo de 2026
Santo Cristo del Espeto
Dedicado a los ya desaparecidos y queridos Les Luthiers.
Mar
adentro. Un barco frente a la costa de Fuentepona (Málaga). El grupo
de esforzados pescadores lleva faenando desde altas horas de la
madrugada. No ha ido mal la cosa. La red está llena, a punto de
reventar. Ha sido una buena jornada de pesca.
La
red se abre sobre la cubierta y derrama su generoso contenido:
centenares de kilos de sardinas. Hay algo de morralla entre ellas,
unos cuantos salmonetes, una estrella de mar y algún pulpo
despistado. También hay un objeto entre los peces que reluce y llama
poderosamente la atención: un viejo crucifijo de hierro oxidado con
su Cristo y todo.
Los
pescadores, la mayoría malagueños y algún que otro gaditano,
personas por lo común bulliciosas, han enmudecido llenos de asombro.
Y como son devotos creyentes, aunque a veces juren en arameo y se
caguen en todo lo cagable, piensan que están ante un prodigio de
origen divino, una especie de señal especial que les quieren enviar
los cielos.
El
hallazgo del crucifijo supone un acontecimiento en Fuentepona. La
gente habla ya de milagro. El párroco de la villa, como no podía
ser de otra manera, aprovecha el asunto, reúne a las fuerzas vivas
del lugar y en pocos días se organiza una procesión con la
colaboración de la cofradía de pescadores y el consistorio en
pleno. La comitiva, encabezada por el párroco don Genaro y el
alcalde, recorre el centro de la localidad y se dirige hacia una
vieja ermita medio derruida, situada en medio del campo.
En un tiempo breve, si los ingresos lo permiten, será convenientemente restaurada y rebautizada con el nombre de Ermita del Santo Cristo del Espeto. El crucifijo, flanqueado a izquierda y derecha por dos sardinas esculpidas en mármol negro de Carrara, como si fueran los dos ladrones del Gólgota que acompañaron a Jesús, se pondrá en un lugar bien visible, para admiración de propios y visitantes. En ningún caso resulta descabellado plantear este tipo de iconografía dentro de un recinto religioso, máxime en un pueblo de pescadores. Al fin y al cabo, las sardinas posibilitaron el hallazgo milagroso y también son peces, y un pez era el símbolo entre los primeros cristianos cuando compartían su credo en clandestinidad.
Miguelito, el poeta local, a sueldo del ayuntamiento y gran amigo del cura, creará un himno religioso, una plegaria que se cantará en procesión cada 20 de mayo, en el aniversario del sacro acontecimiento:
Al Cristo de las sardinas
Ampara a tus pescadores,
Santo Cristo de la mar.
Que la pesca sea buena,
que podamos faenar.
Santo Cristo del Espeto,
ilumina nuestro andar.
Te rezamos con respeto,
imploramos tu bondad.
No te olvides de los fieles,
ni del cura del lugar,
que si no pescamos nada
no ganamos el jornal.
Que vengan muchos devotos
de fuera o de la ciudad,
y que pueda don Genaro
su ermita restaurar.
Santo Cristo del Espeto,
ilumina nuestro andar.
Te rezamos con respeto,
imploramos tu bondad.
Que si la pesca no es buena,
-cosa que no ha de pasar-,
que si la pesca no es buena...
¡ te devolvemos al mar!
lunes, 11 de mayo de 2026
El malo de la película
De
pequeño siempre me gustaron los malos. Los malos de ficción, claro,
los de las películas. Porque los de verdad, los del telediario, ya
eran otra cosa, pertenecían solo al mundo de los adultos. Y esos no
eran de los míos.
¡Ah, los malos! ¡Qué atractivos
resultaban! ¿Seria yo acaso un malo en potencia? Ya lo decía una
tía mía: este chico no roba ni mata, pero bueno, lo que se dice
bueno, no es.
Porque yo, además de travieso, era:
El
verdugo de la capucha y el hacha tamaño familiar en las películas
de acción de la Edad Media.
El pistolero urbano con funda
sobaquera que espera escondido su momento en El hombre que sabía
demasiado.
Era Víctor Mature, cuando solo hacía de indio o de
Aníbal.
O Jack Palance, cuando solo hacía de forajido o de
mongol.
O Boris Karloff cuando solo hacía de monstruo. O sea,
casi siempre.
Mi madre era la sufrida encargada del atrezzo cada vez que en mi infancia se me antojaba personaje nuevo:
"Mamá,
quiero una capucha de verdugo...
Mamá, quiero una funda
sobaquera para la pistola.
O un traje de romano de la guardia
pretoriana.
O unos dientes de Drácula...
¡Ah! Y si vas a
Sepu, cómprame un indio" .
(Un
indio de los de plástico, evidentemente, porque en temas del antiguo
oeste mi preferencia eran los indios, ya fueran sioux, apaches,
semínolas, navajos o arapahoes, esos que montaban a pelo sus
caballos, se pasaban el día medio en pelotas, vivían en tiendas y
llevaban la cara pintada y decían "por Manitú").
Además
de los indios, me gustaba ser Mesala en Benhur, Datán (Edward G.
Robinson) con su látigo en Los Diez Mandamientos, Nerón (Peter
Ustinov) en Quo Vadis, John Hurt en Calígula.
Confieso que lo
más atrayente, aunque políticamente incorrecto, sería imitar a
Polifemo en su cueva y comerme vivos
a
los intrusos que se cuelan en mi casa sin permiso del propietario.
Hoy esos intrusos no serían héroes de la guerra de Troya de
regreso a Ítaca, sino cruceristas aborregados con su pulserita de
“todo incluido” que llegan en masa con sus barcos e invaden las
islas del Egeo. No hay derecho. Habría que devorarlos. Qué pena que
ya no queden cíclopes, porque estos turistas... ¡qué se habrán
creído! Empezaron por Miconos, Paros, Creta, luego Santorini y
ahora... ¿la
isla de los cíclopes? ¡Ojo con ellos!



