Miércoles
12 de abril
9:00
Ante
la tesitura de salir a andar o quedarme en casa tan ricamente
leyendo, echo mis dados de la suerte aquella mañana y me sale paseo,
una buena decisión puesto que el día, radiante y primaveral,
promete. Así que me pongo una ropa cómoda y unas zapatillas
apropiadas y me dispongo a caminar. Salgo de casa. Enfilo por la
calle que me conduce a las afueras del pueblo. Tras rebasar las
últimas viviendas me adentro en el campo. Recibo con sumo agrado el
olor a mieses recién segadas. Llego a una arboleda. Tras ella
se abre un estanque natural de aguas tranquilas. Una oca de
plumaje blanco se desliza por ellas majestuosamente.
9:20
Me
embarga una sensación de paz que, unida a la caricia de esta mañana soleada, dibuja en mi interior algo muy parecido
a la felicidad. Respiro hondo y tomo un sendero serpenteante que me
aleja cada vez más de Villazarcillos del Tiétar. El sol se va
elevando y por su posición deduzco que camino en dirección norte.
Por
el camino me entretengo mucho con el paisaje y sus cosas: una ardilla
curiosona, con una bellota en la boca, asomando tras un árbol; el
cráneo de una vaca muerta como en los poblados del oeste; el torreón
medio derruido de lo que fue un viejo castillo (hasta me pareció ver
un enano de cuento observándome desde lo alto); un perro pachón, de aspecto pacífico, ladrando desde su cercado por exigencias del
guión; una pareja de conejos atenta a mis movimientos, con las
orejas alerta como radares...
9:30
A
unos dos kilómetros del pueblo comienzo a oír el sonido
inconfundible del riachuelo que discurre algo más allá, por debajo
del puente de madera que me dispongo a atravesar. Las tablas crujen
bajo mi peso, como emitiendo una leve queja por haber roto el encanto
de la música del agua que se desliza entre las piedras del fondo. De
nuevo ante mí, el sendero culebreando entre pequeñas
lomas atestadas de chopos.
En
mi caminar me topo con otro puente idéntico al anterior, con la
misma queja al pasar sobre sus maderas gastadas y otro riachuelo
gemelo del primero. Me quedo realmente extrañado. Sigo por el
sendero y al cabo de unos minutos me encuentro con una bifurcación.
Dos direcciones. Tomo la de la izquierda, un camino angosto invadido
parcialmente por la maleza que crece en sus márgenes.
9:50
El
sendero desemboca en otro más amplio, tomo la dirección norte, la
de la izquierda, orientándome por la posición del sol. Me lleno de
extrañeza al comprobar que ese recorrido ya lo había andado antes:
árboles, el estanque con la oca elegante incluida, el sendero, el
puente, nuevo tramo de camino serpenteante, el otro puente y, de
nuevo, la bifurcación de antes. He debido andar en círculo. Tomo
ahora el ramal que se abre a la derecha.
10:00
Llevo
una hora andando y estoy algo cansado. Sobre todo tengo sed. Debería
hacer una pequeña parada y luego proseguir. En un recodo aparece
ante mí una edificación de dos plantas con tejado a dos aguas,
parece un albergue rústico, una posada para caminantes, un hostal o
algo parecido. Sobre la puerta un cartel anuncia una conocida marca
de bebida refrescante. Se ve que hay servicio de bar. Entro, me pido
un bocadillo de tortilla y una botella de agua. Me siento en un
taburete de los de la barra. Me sabe a gloria tanto lo ingerido como
el descanso. Pago y decido marcharme.
Salgo,
ando un poco y enseguida recobro la velocidad de marcha. Oigo voces.
Alguien anda en apuros. Miro a mi alrededor y no veo a nadie. Tan
solo veo el brocal de un pozo. Parece abandonado. Y los gritos vienen
de esa dirección. Me acerco y me asomo. Hay un hombre allí dentro.
Con ayuda de la cuerda le ayudo a salir. Es un hombre mayor. Me
cuenta que un tío gamberro lo metió en aquel oscuro lugar. Casi acaba allí sus días. Le propongo ir a denunciarlo.
10:25
Llegamos
al cuartel de la Guardia Civil. Dentro hay otros dos guardias. Uno,
más joven, sentado frente a un ordenador; el otro, de mayor edad, el
sargento, que debe ser el que está al mando y se pasea por las
dependencias con cara de circunstancias.
Aquello
parece
una caricatura de un cuartel, desde los uniformes de los guardias y
sus enormes tricornios, modelos antiguos más acordes con la época
de Isabel II, hasta el uso chocante de las instalaciones, como ese
calabozo enrejado, ahora vacío, a la vista del público en medio de
todo, que recuerda en mucho las dependencias del sheriff de cualquier
película del oeste. Incluso el sargento, con esa enorme barriga y el
uniforme en el que aparece embutido, dos tallas más pequeño y a
punto de reventar, parece sacado de una película de dibujos
animados.
Decimos
que queremos poner una denuncia. El más joven pide nuestros datos.
El denunciante declara lo que pasó. Luego nos vamos de allí. El
vejete, al centro de salud para hacerse una revisión; yo, al camino.
10:45
Dejo
atrás el cuartel de la Guardia Civil y me dispongo a continuar unos
minutos más mi marcha. Me encuentro con un cartel que lleva pintada
una flecha que parece indicar algo: nada menos que un recinto
ajardinado, pero de dudoso gusto ornamental. Hay un
estanque lleno de ánades y cisnes con una fuente hortera en medio de
esas de sirena y chorritos.
Parece el jardín del chalet de un nuevo rico. Todo está lleno de
figuras pintadas de hiriente colorido. Allí se congregan
Blancanieves y sus correspondientes enanos, un dragón, un caballero
medieval con su ballesta cargada, unas setas gigantes, etc. Como
sacado todo de un cuento de hadas. Entro en él, doy como cincuenta
pasos y, al fondo, me topo con otro cartel que pone
LLEGADA.
Soy
el primero en llegar a la meta.
Me
hace ilusión. No todos los días gana uno al Juego de La Oca.