lunes, 21 de septiembre de 2026

¿De quién fue la culpa?

 


—¡Dios mío! ¡Se están saliendo! ¿Qué hago?
La expresión de terror, teñida con una sensación de angustia, brotaba de los labios de Adela, mientras Tomás la animaba a actuar sin dilación:
—¡Ciérralo! ¡No lo dejes abierto! ¡Lo estás poniendo todo perdido!
—Pesa mucho, Tomás. ¡Ayúdame! ¡Por lo que más quieras!
Y entre los dos lograron a base de esfuerzo, mover la tapa del libro y conseguir por fin cerrarlo. Ya no se saldría nada más. El problema era ahora qué hacer con toda la habitación llena de arena del desierto, beduinos por todas partes, la jaima encima de la cama y el camello que se había apoderado de la papelera y se disponía a comerse todo su contenido, mientras miraba a los chicos con un aire burlón.
—Cuando venga mamá—añadió Adela compungida— nos la vamos a cargar.
—La culpa es solo tuya. Te dije que no leyeras novelas de aventuras. Si me hubieras hecho caso, habrías elegido alguna rima tranquila de Bécquer. La del arpa, por ejemplo. Pero tú, erre que erre— ya conciliador—. Bueno, podría haber sido peor. Ni me imagino la que habrías liado si llegas a leer La canción del pirata. Anda, dame la escoba que barra un poco todo esto.
—¡Mira quién habla!— respondió su hermana algo más calmada—. El señorito que se puso a leer Veinte mil leguas de viaje submarino y lo puso todo perdido de agua. Menos mal que estabas en el baño, que si no…

Leo



 Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, aunque leer, lo que se dice leer, leía más bien poco:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.

—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.

—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?

—No sé. Pregúntale a Leo.

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si tal cosa.

jueves, 10 de septiembre de 2026

La Movida Madrileña

 


En lo que vino a llamarse la “movida”, que se inició en Madrid y luego se extendió por todo el país, la actitud general de los jóvenes era en general frívola y pasota, con actitudes provocativas, pero poco dañinas para el orden establecido. El fenómeno juvenil fue enseguida deglutido, metabolizado y encauzado por el sistema, convertido rápidamente en un movimiento superficial que por su actitud no resultaba en absoluto lesivo para el poder. 

La presunta rebeldía era sólo una cuestión de estética y de lenguaje, no de ideas arraigadas. Era todo fachada, maquillaje y pelos cardados de colores. Lo importante no eran las ideas sino la simple y llana provocación. El mercado discográfico vio una buena oportunidad de hacer dinero y llenó tiendas, bares y discotecas de música facilona y vacía. Nunca un movimiento generacional como el de la “movida” ha contado con una cobertura mediática, comercial y hasta política tan importante. De todos son conocidas las imágenes del antiguo alcalde de Madrid, el señor Tierno Galván, diciendo aquello tan populista de “y el que no esté colocado, que se coloque”, entre aplausos y vítores de la gente en fiestas. 

Salvo honrosas excepciones musicales y plásticas, y aquí pienso en gente como Ceesepe, el fotógrafo García- Alix o en algunas letras de Auserón, el de Radio Futura, las manifestaciones culturales dejaban mucho que desear. Tal vez porque se trataba en líneas generales de un movimiento muy superficial donde más que calidad se buscaba simple y llanamente provocar. No hay más que leer algunas letras bobaliconas de algunas canciones o algunos comentarios de sus más genuinos representantes. Grupos con nombres como Kaka de Luxe, Zombies o Alaska y los Pegamoides. Con letras que nos hablan de “bellos y trascendentales” temas como… “Terror en el supermercado, horror en el ultramarinos”, “Quiero ser un bote de colón”, “Te mataré con mis zapatos de claqué”, “Me paso el día bailando, y los vecinos no paran de molestar”, “Bailaré sobre tu tumba” o “No me lavo en la vida” (Siniestro Total). 

Ya lo dijeron precisamente los componentes de Golpes Bajos, aquellos eran “Malos tiempos para la lírica.” Digamos que de un padre rebelde y contestatario nació un hijo frívolo y pasota. Y que los sueños encaminados a cambiar el mundo de momento quedaron relegados para mejor ocasión.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

Nueva identidad

 

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Me llamo Antonio Mollinedo, pero no sé bien quién soy.
Mi cuerpo ya no me pertenece. Me di cuenta enseguida aquella fatídica mañana cuando fui al baño. Es sabido que todos tenemos nuestro olor característico. Al asearme me percaté de que los efluvios que emanaban de mis sobacos no eran los de siempre. Hasta ese día, mi olor corporal era un leve aroma, poco concentrado, suave, nada molesto. Ahora era muy distinto: mucho más rancio, más agrio y fuerte. No era el mío.
Mi cuerpo parecía estar siendo suplantado por un intruso invisible.
Me sentía mal. Una especie de vacío existencial se fue apoderando de mí.
Las dudas se convirtieron en certeza cuando me vi desayunar. No era yo el que desayunaba, sino un hombre hambriento, grosero y desaforado que engullía a toda velocidad tazas de café y montañas de tostadas con mantequilla y mermelada.
El chorretón generoso de brandy en el último café, que me serví maquinalmente como si se tratara de un ritual cotidiano, vino a confirmar mi sospecha: yo era abstemio, por lo tanto alguien se había apoderado de mi cuerpo y lo manejaba a su antojo. Cogí el periódico de la mañana y no entendí el gesto mío al saltarme las noticias importantes del día para ver los resultados de los partidos del fin de semana, la quiniela ganadora y la foto de la chica ligera de ropa que solía venir en la penúltima página, sin percatarme de que aquel no era un diario deportivo.
Luego me dispuse a salir a la calle. Entré en el ascensor y pegué el chicle en el botón del bajo. Cogí el coche y me dediqué a insultar a todo el que se me ponía por delante. Aparqué de cualquier manera en el parking, ocupando dos sitios en vez de uno.  Antes de bajar, vacié el contenido del cenicero en el suelo. En el trabajo discutí de fútbol con todo el mundo. Yo, que siempre odié el fútbol. Esa misma mañana, por un comentario que no me gustó, me cagué en el padre del jefe y le tiré los informes a la cara. “¡Está usted despedido!” Le oí gritar mientras, levantándome enfurecido del sillón, pegaba una patada a la papelera que se interpuso en mi camino.
Me quedé sin trabajo y mi mujer me abandonó.
Caminaba hacia el abismo.
¿Quién era yo? ¿En qué me había convertido?
Acudí al médico, al psicólogo, al psiquiatra. No encontraron solución a mi problema. Sólo se empeñaban en inflarme a pastillas o en torturarme haciéndome preguntas, indagando en mi pasado las posibles causas del trastorno que me aquejaba. Recurrí a la cartomancia, a la quiromancia, visité incluso a un sacerdote experto en exorcismos que no logró expulsar al diablo que, según él, habitaba en mí.
Estaba desesperado.
Decidí poner fin a mi vida, una vida que no me pertenecía. Me dirigí una noche al barrio de peor fama de la ciudad y desafié al grupo de matones que fumaban porros en la puerta de aquel tugurio. Después de pegarle un cabezazo en la nariz al más grande de todos, les dije: “Yo, desarmado, y vosotros no tenéis ninguno cojones de acabar conmigo.”
Me nombraron jefe de la banda.

Una nueva vida se abría ante mí, la que realmente me correspondía.