lunes, 27 de abril de 2026

Sísifo

 


De lunes a viernes trabajo en una gestoría.
Las jornadas se reparten entre el ordenador y los papeles, el hastío y el desencanto, las malas caras y las labores reiterativas. Trabajo no falta. Siempre hay gente, a título particular o de empresa, que precisa de nuestros servicios: gestión de nóminas, facturación, alta y baja de trabajadores, contrataciones, despidos, contabilidad... A pesar de la diversidad de funciones, los protocolos se repiten y la rutina se impone y, lo que es más importante, pasan lentas las horas. Los días discurren monótonos y grises.


Para colmo de males, esta semana se ha averiado el ascensor y hay que subir y bajar a pie las nueve plantas.

El jefe de sección me la tiene jurada y su deporte favorito es putearme haciéndome bajar a otras plantas con montones de carpetas de archivos. Y luego vuelta a subir. Y así me paso el día en las escaleras.

Tras acabar la jornada del viernes, me despido hasta el lunes y regreso al hogar.
Parece llegar la felicidad, pero la alegría dura poco.
El fin de semana pasa veloz. Siempre la misma historia: comprar, meter la ropa sucia en la lavadora, preparar la comida de la semana, limpiar la casa, poner el lavaplatos, ayudar a los chicos con sus deberes, ver la tele y comer con los suegros o con los amigos de siempre. Y entre unas cosas y otras los días de ¿descanso? se consumen rápidamente.

Lunes de nuevo. Toca madrugar, coger el coche y regresar a la oficina. Hay retenciones en la autovía de acceso a la ciudad. El tráfico va endemoniadamente lento. Parece ser que ha habido un accidente. Se me hace tarde. Llego por fin. Consigo aparcar de milagro no muy lejos de la oficina. Saco del maletero del coche una pequeña mochila con cosas personales y un maletín con mi portátil. Resoplo. Voy sudando. Llego al portal del edificio donde trabajo.
En la puerta del ascensor hay un cartel que pone AVERIADO.

Así que vuelta a empezar.

Empezamos el lunes con buen pie: nueve pisos me esperan con sus escalones respectivos. Y mi amado jefe.



martes, 21 de abril de 2026

Miradas

 


No perdamos la perspectiva, decía doña Rosa, la dueña del café aquel de La Colmena.
Mira que te lo advertí —opinaba tu madre—. Esa mujer no te conviene.
Mira, dijo un ciego.
Ya veremos, dijo otro.
Mirando el mar soñé que estabas junto a mí, entonaba Jorge Sepúlveda con mucho sentimiento.

¡Y tú, qué miras! (provocando).
¿Y tú, cómo miras, con qué miras? El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas. Es ojo porque te ve (en plan machadiano).

Luego está la literatura. El relato es una mirada literaria sobre la realidad.

Y las hay seductoras, inquisitivas, penetrantes, vagas, terribles, profundas, esquivas...
Miradas tristes, furtivas, ardientes, frías, recelosas, escrutadoras...

La mirada de la mujer de Lot cuando contempla Sodoma desde una distancia prudencial y se queda de piedra (algo salada, creo).
No mires atrás, decían los componentes de Boston.
Sebastián, el solterón mironcete encargado de la mercería, daba siempre un repaso visual a las clientas que entraban en su tienda a comprar botones o cosas de lencería.

Joan también Miró.

Por una mirada, un mundo. Por una sonrisa, un cielo, decía Gustavo.
Mira qué eres canalla. Eso no se hace a quien te quiere bien, nos cantaba el Aute.
Regardez la gilopolluá, decían Tip y Coll en el numerito de la jarra con agua y el vaso.
Y al volver la vista atrás —el amigo Antonio, premonitoriamente, mucho antes de abandonar España— se ve la senda que nunca has de volver a pisar.
El niño —que está en la luna, muy lorquiana por cierto— la mira, mira, el niño la está mirando.
Mira qué eres linda, qué bonita eres... El piropo con aire de bolero. Bolero debe ser el que hace bolos en las fiestas de los pueblos o el mentiroso compulsivo que te mete una bola. Muchos mentirososo son incapaces de aguantarte la mirada.

En los viajes en tren me gusta ir sentado junto a la ventanilla de espaldas al sentido de la marcha. Ir viendo como se van empequeñeciendo en la distancia hasta desaparecer las casas, los prados, los postes... perdiéndose a lo lejos. Muy evocador y poético todo. Pues no deja de ser una mirada al pasado, a lo que se va, a lo que se fue. En ese momento la nostalgia se apodera del que no tiene otro entretenimiento que mirar, soñoliento o tal vez aburrido, por la ventanilla.

Siempre la ventanilla es mejor ocupación, amigo lector, que mirar el mundo a través de una pantalla como esta.










viernes, 17 de abril de 2026

Una raza superior

  



A título individual valoro mucho que nos respetéis, que mostréis buena educación, que haya intentos por vuestra parte de aceptar nuestras costumbres... ¿Cómo llamarlo?¿Capacidad de adaptación? ¿Maniobras interesadas? Algunas mentes bien pensantes y cándidas lo llaman integración. ¡Ilusos!

Digamos que eso de integrarse me parece bien. Pero en este caso suena a cuento chino.
Por mucho que os esforcéis resulta difícil ocultar vuestra verdadera naturaleza. Esos gestos, esas muecas, esas carcajadas, esas exclamaciones exageradas, la forma peculiar de comunicaros con los demás, de celebrar vuestros rituales, de sonreír o de abrazar...
No, no podéis disimular vuestro auténtico origen, aunque hagáis un poco de teatro…

Considero que hay algo fingido cada vez que usáis algunas expresiones coloquiales, como por ejemplo “tener huevos”, para presumir de hombría, o “tener pluma”, para indicar cierta afectación o delicadeza en la condición del homosexual. Puro teatrillo de impostada integración para regalarnos el oído —sois conscientes de que eso nos halaga— , pero a estas alturas es difícil engañarnos.

No nos gusta que mastiquéis a dos carrillos, que habléis en voz alta o que discutáis con los demás por cualquier tontería. Tampoco nos gustan esas fiestas ruidosas ni esos atracones que os dais a base de carne grasienta, todo bien regado con alcohol y cafeína. No resulta agradable veros devorar, en un ritual gastronómico insufrible y voraz, esos cadáveres de inocentes animales. ¡Puaj!

Sois ruidosos, prepotentes, pendencieros, narcisistas, egoístas. Os creéis el centro del universo. Carecéis de empatía: el resto del mundo os importa un pito. Os gusta que os adulen. No soportáis pasar desapercibidos.

Hasta ahí todo lo sobrellevamos con resignación. Pero lo que verdaderamente nos repugna es que inventéis la historia, que vayáis de víctimas, cuando siempre fuisteis verdugos. Hay que tener memoria. No podemos ni debemos olvidar el hacinamiento de nuestros antepasados en cárceles que parecían jaulas, esas hileras de seres desnudos preparados para el sacrificio, en una calculada operación de exterminio... ¡Todavía guardo en mi memoria el nauseabundo olor a piel chamuscada y a carne quemada! ¿Puede haber algo más horrible e indecente que todo eso?

Nos habéis dado muestras sobradas de lo que realmente sois.

Y tú, lo quieras o no, perteneces a ese colectivo. Así que te lo digo bien alto y claro: no, no eres uno de los nuestros.
No tienes cabida en nuestra sociedad. Ni tú ni ninguno como tú.
Porque por mucho que lo intentéis ocultar, nosotros no olvidamos. No olvidamos que durante siglos fuisteis nuestros perseguidores y torturadores.
Y solo nosotros podemos decir con orgullo que en esta era que ahora se inicia, la del Postantropoceno, y en este año glorioso de 4.525, somos por fin la raza superior: la elegida por la evolución de las especies para gobernar el planeta.

Porque afortunadamente no descendemos de los estúpidos primates como vosotros, sino de los primigenios e inteligentes pollos del Jurásico.


martes, 14 de abril de 2026

La corrección

Ser correcto en el trato con los demás. Ser educado y cortés. Ceder el paso cuando vas andando por la calle o circulando con el coche. Ser amable y considerado. Pensar de vez en cuando que no eres el único ser que habita el planeta.

La educación se puede derrochar. Es un bien que no cuesta dinero.
Si todo esto lo practicamos o, al menos, nos parece apropiado... ¿ por qué no aplicarlo también a la corrección en el lenguaje? Al menos en la expresión escrita, que lo escrito queda y perdura.
Por respeto a los demás, y con el fin de comunicarnos mejor y sin equívocos, hemos de cuidar nuestra ortografía y nuestra sintaxis, porque, ¿qué demonios queremos decir cuando escribimos cosas como estas?:

Haber si bienes.
El compañero de alado.
Roger Moore fue embestido por la reina Isabel II.


O cuando leemos:

Fallece por segundo día consecutivo una mujer de 103 años.

¡Parece que le cogió gusto la señora a eso de morirse!

Un avión español se estrella en Turquía por tercera vez en un año.

¡Cómo quedaría el pobre de tanto estrellarse!

Luego está la llamada "coma criminal", la que con frecuencia se cuela indebidamente entre sujeto y verbo:

Los alumnos de la clase de Geografía, aprobaron todos.

Por una comunicación sin equívocos, en la medida de nuestras capacidades, seamos correctos al escribir.