miércoles, 20 de octubre de 2021

Encrucijada

Imagen de uso libre de Pixabay

Había llegado el momento de elegir uno de los cuatro caminos que se cruzaban en aquel páramo reseco y despoblado. Solo uno. Y no debía equivocarse. Era un lujo que no se podía permitir. Le iba la dignidad en ello. Y quién sabe si el propio pellejo.

Todo empezó aquella mañana de octubre en que Cipriano Cedeño se encontró con aquel viejo misterioso de cabellos largos y barba canosa. Estaba sentado en un banco del parque y se entretenía en echar migas de pan a los pájaros. El hombre aquel, con un aspecto a mitad de camino entre un mendigo y un filósofo antiguo, se le quedó mirando fijamente y le dijo:

¿Te gusta cómo doy de comer a estos animalitos? A mí no. Simplemente lo hago porque creo que debo hacerlo. En la vida has de tomar decisiones, te gusten o no. Y hay que procurar hacerlo con acierto. Tarde o temprano todos tenemos la ocasión de comprobarlo. Hay que usar siempre la inteligencia. Lo mejor no tiene por qué ser necesariamente lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás. Acuérdate de lo que te digo.

Luego el viejo desapareció.

Y Cipriano, que era un poco corto de mollera, se quedó rascándose la cabeza y meditando un poco esas palabras.

Pasados unos días llegó el momento de comprobarlo. Esa mañana había salido a andar al campo, sin ninguna dirección concreta.

Y al cabo de un rato se encontró con aquella encrucijada de caminos. ¿Por dónde tirar?

El que se abría a su izquierda estaba limpio de rocas y era bastante llano, cómodo para andar por él, lleno de árboles a izquierda y derecha que aseguraban buena sombra a los caminantes, fuentes de agua cristalina aparecían aquí y allá para calmar la sed del viajero. Enseguida lo descartó: para conseguir algo en la vida hay que hacerlo con cierto sacrificio. Un camino tan bueno es una tentación pero seguro que no te lleva a buen lugar. Es una trampa. Debía ser sagaz.

El que estaba a sus espaldas lo descartó también: era el camino que le había llevado hasta allí, el camino a su casa, un sendero sin cuestas, algo que ya pertenecía al pasado. No le aportaba nada a una vida marcada ya de por sí por la rutina. Volver ahora sería como claudicar. Ya lo tomaría al regreso, ahora no era el momento.

El de enfrente era tortuoso, enmarañado de zarzas y abrojos, repleto de peñascos; en algunos tramos estaba encharcado, embarrado, parecía más una ciénaga que un camino, lleno de mosquitos, sabandijas y bichejos inmundos típicos de las charcas y de los terrenos pantanosos.

El de la derecha era una carretera con carteles chillones donde se anunciaban clubs de alterne, casas de juegos, bares, restaurantes, casinos y moteles. Una chicas ligeras de ropa hacían autoestop en la cuneta y sonreían de forma encantadora. Una invitación al goce y al pecado. Aquello era claramente un anzuelo para que picaran los amigos de los placeres mundanos.

Enseguida le vinieron a la mente las palabras del viejo aquel de las barbas blancas y mirada firme:

Lo mejor no tiene por qué ser lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás.

Estaba claro cuál tenía que elegir.

Y el muy gilipollas se puso de fango, arañazos y picaduras de mosquitos hasta las cejas.


___________

Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com

lunes, 4 de octubre de 2021

De profesión, docente

 


Cuando empecé en esto de la docencia tenía poco más de veinte años. Los alumnos mayores eran casi de mi edad, lo cual suponía un problema a la hora de hacerme respetar por ellos. Me costó un tiempo. Los padres eran poco menos de la edad de los míos. Curiosamente se mostraban en general bastante respetuosos y aceptaban la autoridad del docente como algo natural, tal vez aprendido durante las décadas de la dictadura: la autoridad no se discute. Se asume, se acata y santas pascuas.

Según fui cogiendo tablas, experiencia y habilidades propias del oficio —a enseñar se aprende enseñando—, fui percibiendo cómo la edad de los padres se iba acercando a la mía, hasta tal punto de que mis alumnos y mis hijos se llegaron a equiparar en años. Luego empezaron los progenitores a ser más jóvenes que yo. Primero vino la que algunos denominamos como generación Mecano, la de los años 60. Estos ya no sufrieron apenas la dictadura, pues les pilló de muy niños pero en las últimas. Cuando llegaron a la adolescencia vivieron en un espacio de libertades. Tal vez por eso fueron los primeros en no poner límites a sus hijos y consentirles más de lo debido. Era solo el principio de una moda que se prolongaría hasta nuestros días. Entonces ya había quejas por el ejercicio de la autoridad de los docentes. La verdad es que entre los compañeros más veteranos algunos habían adquirido hábitos en exceso autoritarios desde tiempos de la dictadura, otros habíamos sufrido ese rigor por parte de nuestros padres en nuestras propias casas. La técnica de los capones y de los castigos humillantes pasaron a la historia. Eran otros tiempos y había que adaptarse a ellos.

En las décadas siguientes, según me iba haciendo mayor, aumentaba esa distancia cronológica no solo respecto a mis alumnos, sino que también ocurría esto con sus padres. Los chicos cada vez tenían más derechos y menos responsabilidades. Era frecuente ver cómo en casa se les daba la razón en todo, no se les imponían límites y frecuentemente se cuestionaba la autoridad del profesor incluso delante de los propios hijos. Se fue creando un tipo de padres en exceso permisivos que no ejercían como padres sino como colegas o amiguetes. Muchos lo lamentarían después.

Mis últimos años de docencia fueron como profesor de adultos. Ese era otro mundo. Tuve alumnos mayores que yo y compañeros de trabajo que podían ser mis hijos. Lo nunca visto antes por mí en el ejercicio de la docencia.

Recuerdo algo que me ocurrió sumamente curioso y que está relacionado con el exceso de proteccionismo por parte de los padres, pero no con los padres de los alumnos, como ocurría antes, sino en este caso con el padre de una profesora. Resulta que siendo yo jefe de estudios y recibiendo a principios de curso al nuevo profesorado destinado al centro, se presentó una joven interina, que venía a ocupar durante un curso académico la plaza de otra compañera que estaba en comisión de servicios. Venía acompañada de su padre, un señor de mi edad o algo mayor (yo estaba a punto de jubilarme). El señor decidió darse una vuelta por el pueblo y luego esperar en el vestíbulo de entrada a que saliera su hija, pues entendía que ese día los profesores poco tendrían que hacer, salvo alguna reunión de bienvenida del equipo directivo, reparto de horarios, calendario de actividades para los próximos días y poco más al no haber todavía alumnos. Se equivocaba. Había más cosas, pero a ese progenitor no le entraba en la cabeza. Por eso, preso de su impaciencia, se decidió a abrir la puerta del despacho donde el director y yo hablábamos con ella tras darle su horario y explicarle el funcionamiento del centro y nos espetó:

—Bueno, para ser el primer día, yo creo que ha estado bien. Lo digo por si ya la dejáis salir, que nos vamos a casa a comer.

Le dijimos que los profesores, con clase o sin ella, tenemos un horario que cumplir. Y que, por favor, esperara fuera. La joven interina se puso colorada de vergüenza ajena. No sabía qué decir ni dónde meterse, del apuro tan grande que pasó: una profesora tratada como una niña que necesita protección.

_____________

(Tal vez continúe)


jueves, 23 de septiembre de 2021

DANA


Cielo gris, encapotado, amenazante. 
El retumbar de un trueno se deja oír tras el resplandor blanquecino que deja el rayo con su culebreo. 
Luz y estruendo: un espectáculo bello en las alturas. La tormenta es perfecta. La escenografía también. 

El momento fascinante es aprovechado por el padre de los mortales para hacer de las suyas. Su voz se cuela por una rendija entre las nubes y tras proyectar su foco hacia abajo, inundando de luz la escena, como si estuviéramos en una representación teatral, amenaza con desatar su furia sobre la humanidad que, embobada, contempla el espectáculo de rayos, truenos, luces y sombras. 

—"Sus" vais a cagar, cabrones— proclama con esa voz gruesa con la que suelen dotar a los dioses en las películas. 

 Mientras, en la tele, la presentadora del tiempo dice: 

"Se esperan abundantes lluvias en las próximas horas. Estamos a comienzos del otoño meteorológico y, con él, se abre tradicionalmente la temporada de danas con mayor potencial para dejar lluvias torrenciales, aunque no siempre sea así. Los expertos del tiempo apuntan su posible relación con el contexto climático."

viernes, 17 de septiembre de 2021

Mr Hayd a ratos



Por mi preparación académica y por mis aficiones a la lectura y a escribir relatos, dada mi proverbial corrección sintáctica y ortográfica en la expresión escrita, yo tendría que ser definido como una persona culta, de verbo fluido y exquisita en el trato cotidiano con el resto de los mortales; pero, hete aquí, que viví mi infancia y juventud en diversos barrios del extrarradio madrileño, concretamente en Valdezarza y en Opañel, y que, por una mera cuestión de supervivencia y de adaptación al medio, tuve que tener trato con personas zafias de baja estofa, incluso gente golfa, macarra, pandillera y pseudodelincuente, por lo que mi aprendizaje cotidiano en la calle hizo que mi oralidad se llenara de tacos, improperios, expresiones soeces, muletillas y demás, en el mejor estilo barriobajero. No había que desentonar si querías seguir vivo.

De esta forma, mientras me iba formando académicamente no me refiero solo a mi vida universitaria, sino que efectivamente mi bachillerato superior lo preparé en una academia y luego me examinaba por libre y en mi expresión escrita abundaban exclamaciones como córcholis y caramba, y era meticuloso y educadísimo en lo referente a mis análisis de conductas ajenas y en las opiniones sobre los demás, como cuando hice en mi cuaderno una semblanza de esa persona rarita, compañera de clase que no participaba de los juegos varoniles en el recreo junto a los demás, con calificativos como "Fulano es una persona especial, de aficiones poco frecuentes, algo introvertido; no le gusta el bullicio, ni los juegos violentos; prefiere entretenerse con el ajedrez e ir a conciertos de música clásica los domingos. Seguro que será un genio cuando sea mayor: los grandes genios de la humanidad siempre fueron gente poco corriente", etc., en mis comentarios verbales mi expresión daba un giro de 180 grados y decía, en este caso concreto, a los compañeros más revoltosos de clase que "el gordo gafón era un tontolaba, un gilipollas y un mimao, y que había que darle dos hostias a ver si espabilaba."

Cara y cruz en una misma persona. Casi diría que dos personalidades que afloraban según las circunstancias y la situación. Algo así como una especie de Doctor Jekyll que se transformaba prodigiosamente en Mr. Hyde según pintara la cosa. Y es que vivir en el extrarradio marcaba mucho. Apuntaba antes que el comportamiento de uno y la forma de expresarse en cada momento tenían mucho de adaptabilidad al medio e instinto de superviviencia. Si querías sobrevivir en un ambiente hostil y que no te comieran los demás, tenías que ser un poco malote, deslenguado y bronco:

—¡Amos, no me jodas! ¡Eso no mola, tío! ¿De qué vas tú, panoli? ¡Achanta el pico o te meto, Aniceto! ¡A que te pego dos leches!



Luego, subía a casa, y me ponía a hacer los deberes, traduciendo La Guerra de las Galias, de Julio César (Omnes hi differunt inter se lingua, institutis, legibus. Flumen Garunna dividit Gallos ab Aquitanis) o analizando una estrofa de Bécquer, distinguiendo perfectamente entre una metáfora y un hipérbaton: Volverán del amor en tus oídos/ las palabras ardientes a sonar.

No dejaba de ser todo ello una pura contradicción si lo miramos bien. Aunque era un aprendizaje válido para enfrentarte al mundo. Pero, claro, pasados los años, te das cuenta de que aquel bagaje sigue contigo. Y que, cuando te cabreas, puede salirte el monstruo que llevas dentro, como cuando vas en el coche y alguien te hace una jugarreta o un listillo se te quiere colar en la fila del supermercado o del cine:

—¡A ver, el listo ese! ¡Sí, tú, mendrugo, que se está rifando una leche y llevas todas las papeletas! ¡Como vaya a por ti, chaval, no vas a tener calle suficiente para correr!

____________________

Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com


miércoles, 1 de septiembre de 2021

Círculo

 


La puerta de la taberna se abrió repentinamente dando paso a un hombrecillo de mediana edad, de aspecto desaliñado, de cabellos largos y barba descuidada. En algunas partes de su pelambrera lucía mechones de canas. Tenia ojillos de borrachín y toda la pinta de ser uno de esos vagabundos sin techo que duermen entre cartones: un cartón como cama y, como compañero inseparable, un cartón de vino.
En el tugurio la iluminación era escasa, por lo que, al entrar, habituados los ojos a la luz de la calle del mediodía, pensó el recién llegado que ese sitio estaba vacío. Poco a poco, comprobó que sí había más gente dentro y que le observaban con curiosidad.

Buenos días —lanzó al aire con poco entusiasmo.

La mayoría guardó silencio. Casi todos estaban acodados en la barra del bar. Algunos contestaron a regañadientes.

Mi nombre es Bon, Jaime Bon. Y vengo a por vino.

La concurrencia recibió la noticia entre sonrisas y gestos de incredulidad.

Eso es imposible — dijo un grandullón, de mejillas y nariz sonrosadas típicas de bebedor, desde la penumbra del fondo. Bon soy yo. Pero no te quedes ahí en la puerta, hombre. Pasa y tómate algo. Te invito. ¿Qué quieres tomar? ¿Vino? ¡Juan, ponle a este hombre un vaso de vino! Así que Jaime Bon, ¿no? Pues mira por donde te voy a contar una pequeña historia que te va a interesar. Resulta que en una pequeña localidad de Almería se rodaba una película. Me acerqué a curiosear. Había un poblado de casas de madera que imitaba muy bien el estilo del salvaje oeste. Entré en una especie de tienda o colmado, de esos que hay en todas las películas de vaqueros, con una barandilla de madera en el exterior donde amarrar los caballos. Y el encargado, detrás del mostrador, con un mandil y un gran parecido a Roger Moore, me apuntó con su escopeta mientras me decía:

Los forasteros no son aquí bienvenidos. ¡Cómo te llamas!

Me llamo Bon, Jaime Bon.

El hombre del mandil se echó a reir a carcajada limpia mientras bajaba la escopeta. Luego dijo:

No puede ser. Bon soy yo, pero me has caído bien. Anda pasa, que te voy a contar una historia. Te vas a reír. Resulta que me encontraba descargando cosas de mi carromato, en un callejón, junto a la puerta de servicio de un restaurante de comida rápida. Unos cuantos sacos de harina de trigo. En ese momento, salió del establecimiento un tipo malencarado con gorro de cocinero y clavadito a Sean Connery. Me dijo:

¿Quién eres tú, que vienes a importunar ahora con la de trabajo que tenemos en la cocina? No tengo todo el día. ¿Qué quieres?

Yo le contesté:

Vengo a traer la harina para que hagáis las malditas pizzas. No hace ni dos horas que alguien de esta casa se pasó por mi tienda y me hizo el encargo. Si tú tienes trabajo yo también tengo cosas que hacer. Mi nombre es Bon, Jaime Bon.

Y el cocinero, cambiando totalmente el semblante, comenzó a reirse mientras me decía:

Imposible. Bon soy yo, si lo sabré bien. Aunque puede que se trate de una coincidencia. Tiene gracia, ¿no? Pero pasa, hombre y siéntate un poco, que me has alegrado el día. ¿Quieres un poco de pizza? Está reciente. Y nada más que por eso te voy a contar una pequeña historia. Resulta que un buen día fui a un hotel de Manhattan, como sicario contratado, por un asunto de ajuste de cuentas, y allí en la recepción había un tipo malencarado con gran semejanza a Daniel Craig, sí ese de ojos claros que se da un aire a Putin. Y va el tipo y me dice:

¡Qué carajo quieres, con esa cara de lechuguino, que te pareces a mi psiquiatra!

Y yo le contesté:

Mi nombre es Bon. Jaime Bon. Y te traigo un regalo: vengo a matarte.

Matarme, dices. Mira: yo soy el verdadero. No me puedes matar. Mi final no está en tus manos. Ya lo ha decidido el guionista. Dentro de poco termina la saga. Todo tiene su fin. Eso al menos es lo que se comenta por ahí. Cerca de una treintena de películas. No está mal. O sea que 007 caput, c'est fini. Pero me has hecho reír y te voy a contar algo extraordinario: hace unos días anduve por la ciudad de Madrid . Era de noche y buscaba una dirección. Después de mucho caminar di con el lugar. Al entrar al portal casi me mato al tropezar con un bulto que estaba tirado en el suelo. Era un vagabundo que había decidido pasar allí la noche, de mala manera, sobre unos cartones. Me asusté y enseguida me di cuenta de la situación:

Vaya susto que me has dado —le espeté.

Y tú a mí. ¿Cómo te llamas? —me preguntó.

Y le dije:

Mi nombre es Bon, Jaime Bon.

El hombrecillo sacudió sus greñas y lanzó una carcajada:

Pero si ese soy yo. Ahora que si quieres, por una módica cantidad te quedas con el nombre y te regalo los cartones para que te eches un sueñecito. Verás mañana cuando vaya a por vino y lo cuente a los que anden por el bar. No se lo van a creer. Jajajaja.

Y, efectivamente, al día siguiente fue a la taberna. Empujó la puerta, que se abrió dándole paso. Los de dentro pudieron ver a un hombrecillo de mediana edad, de aspecto desaliñado, de cabellos largos y barba descuidada. En algunas partes de su pelambrera lucía mechones de canas. Tenía ojillos de borrachín y toda la pinta de ser uno de esos vagabundos sin techo que duermen entre cartones: un cartón como cama y, como compañero inseparable, un cartón de vino.

_____________

Inspirado en una historia de Dino Buzzati.