martes, 14 de julio de 2026

La subasta

 


Buenas tardes, bienvenidos a la subasta. Vamos a proceder en primer lugar a la puja del lote número 35 —decía la encargada ante el micro, con un tono poco natural, forzado e impostado, algo nasal, seguramente como se le demandaba por parte de sus jefes—. Como habrán podido comprobar se trata de un lote muy interesante, pues hablamos nada y más y nada menos que del kit de la felicidad.

La encargada de la subasta se dirigía a un público numeroso y variopinto, ávido de llevarse para casa alguna pieza única por un precio razonable.

El lote sale con un precio de salida de 7500 estroncios de vellón. Empezamos. Hay ya una puja online por 7700. ¿Alguna oferta más? Se trata, como habrán podido comprobar en la información que figura al pie de cada lote, de algo único y de un valor real incalculable. El caballero del fondo que ocupa la silla 42 ofrece 7750 ¿Alguna oferta más? 7750 a la una, a las dos y a las tres. Adjudicado el lote por puja final o de remate de 7750 estroncios de vellón al señor de la silla 42.

De vuelta a casa, Gustavo Pérez abre la puerta con su llave. Va a dar una gran sorpresa a su mujer.

Parece que llegas algo tarde. ¿Dónde se supone que vas con ese baúl?

Era Matilde quien preguntaba, entre extrañada y mosqueada, cuando su marido entró por la puerta aquella tarde arrastrando lo que parecía un enorme maletón con ruedas.

¿No irás a meter eso en nuestra habitación?

No te preocupes, Mati —respondió Gustavo, su marido—. Solo voy a enseñártelo. Luego lo guardaré en el garaje.

¿Enseñar? ¿Qué es lo que hay que enseñar, Gus?

Pues lo que compré en la subasta.

No me digas que te has gastado el dinero del mes en una subasta. ¿Se puede saber qué es lo que hay en ese contenedor, que parece un ataúd con ruedas?

Ha costado una minucia si lo comparamos con los beneficios que vamos a obtener. 7750 estroncios de nada, en efecto, mi sueldo del mes.

Tú no estás bien de la cabeza. Me vas a explicar ahora cómo vamos a hacer para pagar la luz y el gas y para comer este mes?

No te preocupes mujer, que todo va a ir bien. Sé lo que me hago. Como dice un proverbio hindú, cuanto más adversas sean para ti las circunstancias que te rodeen, mejor se manifestará tu poder interior. Pasa a la habitación y te lo enseñaré.

Y, con aire triunfal, como el que va a descubrir la octava maravilla del mundo ante un público fascinado, Gustavo abrió el maletón aquel y mostró a Matilde su reciente adquisición.

Aquí lo tienes —dijo Gus—. Te presento a… ¡tatacháááán! ¡El kit de la felicidad!

Y lo que ella pudo ver fue una estatuilla horrible del dios Indra, como de un metro de alta, y una serie de sacos, siete en total, cada uno de un color, como de un kilo de peso cada uno, que contenían en su interior, en unos casos, arena y, en otros, piedrecitas de un tamaño regular como de dos, tres o más centímetros de largo cada una. Eso sí, cada saquito llevaba atada una cinta de distinto colorido y una etiqueta para saber su procedencia.

Matilde abrió la boca de asombro. Quedó estupefacta. Los ojos a punto de salirse de sus órbitas. No podía articular palabra alguna. Al final, cuando ya se repuso levemente de la sorpresa, pudo, a duras penas, balbucear:

Pero… pero esto… esto es ¡horrible! ¿Cómo has podido…?

Mira. Son piedras de los distintos ríos sagrados de la India. En total son siete. Como puedes leer en las etiquetas, los ríos son el Ganges, el Kaveri, el Indo, el Narmadá, el Yamuna, el Godavari y el Sarasuati. En los textos vedas de hace milenios ya se hablaba de ello. Solo hay que llevar cada saco a su origen, depositar en el agua de cada río todas las piedrecitas menos una, o toda la arena menos un montoncito, que guardaremos como un talismán. Luego hemos de mojarnos los pies en cada uno de ellos. Haremos un largo viaje a la India para visitar todos los ríos. A la vuelta construiremos en el centro del salón como una especie de altar. En él pondremos la estatuilla de Indra, colocaremos cada piedrecita y cada montoncito de arena que nos sobró alrededor de la estatua como si fuera un ritual. Ya no hay que hacer nada más. Luego solo hay que esperar que la felicidad nos llegue a raudales. Según los expertos en temas de hinduismo, no falla. Creo que la adquisición del lote en la subasta y el viaje que vamos a realizar tú y yo va a ser de lo más fructífero.

No tengo la menor duda de que el viaje va a ser del todo necesario. Lo de fructífero depende de para quién, porque ahora mismo te vas a coger la estatuilla, los sacos de arena y grava, lo vas a meter todo en el maletón ese que has traído y te vas, de viaje o a donde tú quieras, pero fuera de esta casa y lejos de mí. Al menos hasta que te deshagas de lo que has traído y recuperes lo que te has gastado. Luego ya hablaremos. Como dice otro pensamiento hindú, la más larga caminata comienza con un paso. Y yo ya lo di. Cuando vuelva mañana del trabajo no quiero verte por aquí, ni a ti ni a tus sacos.

Y que te vayan dando por… el idem.


miércoles, 8 de julio de 2026

Laura



Al final decidí que fuera una mujer la protagonista de la novela. Me fascinaba el reto de diseñar un personaje femenino. Toda una osadía por mi parte. En el momento en que creé a Laura, una joven treintañera de fuerte personalidad, la suerte estaba echada. No había marcha atrás. Ahora me veía obligado a pensar, ya no como el autor de la trama, sino como la mujer que había creado. Mi libertad como escritor quedaba supeditada a la mentalidad de mi criatura, a su forma peculiar de comprender el mundo y de enfrentarse a él. En un principio no resultó una tarea fácil; pero luego, mientras el personaje se iba perfilando con cada párrafo y crecía en tamaño y en importancia, el relato de los hechos fue saliendo solo, fluyendo con naturalidad, como si alguien me dictara lo que tenía que escribir en cada momento.

Cuando llegaba a casa después de mi jornada laboral en la consultoría, me sentaba frente al ordenador y retomaba el texto. Escribir era el momento de máximo disfrute del día. Y urdir tramas por donde transitaba la joven protagonista se había convertido casi en una necesidad, además de constituir un auténtico placer.

La mimaba demasiado, la protegía de todo mal. En el desarrollo de la narración no quise que mantuviera relación alguna con nadie, en este caso con ningún hombre. Me desazonaba la idea de que sufriera por ello. Y me carcomía aún más por dentro la posibilidad de que alguien pudiera disfrutar de su cuerpo. No quería compartirla y la reservaba tan solo para mí.

La novela me tenía absorbido, atrapado, hasta el punto de robar horas al sueño. Aquella mañana, tras llamar a un compañero y fingir que estaba indispuesto, encendí el ordenador y abrí el texto por donde lo dejé la noche anterior. Laura ya se había levantado. Compartimos un café. Yo, en mi mesa de trabajo; ella, en la cocina, después de tomar una ducha ligera y vestirse para salir a la calle. Su objetivo de la jornada: buscar empleo acorde con su formación de gestión empresarial.

Y así fueron pasando los capítulos, las horas y los días. La novela copaba todo mi tiempo, incluso el necesario para cumplir con mis obligaciones laborales.

El personaje me había salido rotundo y coherente: una joven resuelta, capaz de enfrentarse a los retos cotidianos, segura de sí misma, potente y definida, y menos cobarde que su propio autor.

Estaba fascinado por una mujer que había sacado de la nada. Tenía cierto grado de dependencia hacia ella. Quizás había también algo de enamoramiento, como Pigmalión hacia Galatea; pero sobre todo existía un sentimiento de hermano menor que busca protección. Con Laura me sentía bien. Ya me hubiera gustado que el personaje fuera real, de carne y hueso. Esa idea me llegó a obsesionar, hasta el punto de buscar por la calle a gente con sus rasgos: una joven de unos treinta años, de pelo lacio castaño, ojos negros expresivos y profundos, atractiva, con esa belleza que irradian las personas seguras de sí mismas.

La novela estaba prácticamente terminada: faltaría tan solo añadirle una o dos páginas más, a modo de conclusión o broche final. Luego vendría la fase de corrección. Decidí aparcar un tiempo lo escrito para releerlo pasados unos días. El personaje quedó ahí, como hibernando, guardado en un archivo, en el desván del ordenador.

Hasta que llegó aquel día en el que se destapó la caja de los truenos.

Regresaba yo a casa tras comer algo por ahí con unos amigos y tomarme un par de copas. Iba algo bebido. Nada más llegar llamaron al timbre. El cartero me traía una carta certificada. Firmé el acuse de recibo y, tras cerrar la puerta, rasgué el sobre con un cúter. Era un comunicado de la consultoría en la que trabajaba, donde, con un lenguaje burocrático típico de los abogados, se me informaba de mi despido por causas procedentes y de que pasara a recoger el cheque con la liquidación. Palidecí. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Tras la sorpresa inicial, monté en cólera. Me desahogué pegando un par de voces. Luego vino la resignación y la calma. Por la mañana temprano iría a la oficina y recogería la carta de despido. ¿Debería firmarla? ¿Debería aceptar la liquidación? Estaba confundido. No sabía qué paso dar primero ni cómo darlo.

¿Qué habría hecho ella en esa situación?

Encendí el ordenador. Volví al archivo de la novela y comencé a teclear. Ofuscado por el alcohol, las palabras me venían a los dedos sin ningún control de mi mente. Como si alguien me dictara. No alcanzaba a filtrar lo que iba apareciendo en la pantalla:

Laura llegó a su domicilio. Apenas le dio tiempo a desvestirse cuando sonó el timbre. Alguien traía una carta certificada a su nombre. La cogió y la abrió. Su cara se iluminó y sus ojos se tiñeron de alegría: una empresa le ofrecía la posibilidad de un trabajo. Debería presentarse al día siguiente a primera hora para la entrevista, pues había un puesto vacante acorde con su perfil: la persona que lo ocupó hasta la fecha causaba baja en Henckel & Johnson Consulting.


lunes, 29 de junio de 2026

Amor a los animales

 


Ayer quedé con una efemeróptera.
Puede que alguien piense que hablo de una mujer extranjera o perteneciente al sector sanitario. Nada más lejos en su significado. A nivel genérico, los efemerópteros, conocidos también como efímeros o cachipollas, son un orden de insectos acuáticos. Este orden también incluye a las libélulas y a los caballitos del diablo.
Pues bien, quedé ayer con una efemeróptera en el estanque del Retiro madrileño. Era una tarde radiente típica de finales de primavera. Y lo nuestro fue una cita rápida, una relación fugaz, pues todo el mundo sabe que las hembras adultas viven apenas un día, lo suficiente como para realizar la última muda, aparearse y poner huevos. Pero fue imposible que ella completara su ciclo vital. Ni siquiera pudimos intimar, pues al ser sábado el estanque estaba a rebosar de gente, jóvenes con sus monopatines, abuelos echando migas de pan al agua y nenes dando por saco, y no hubiera quedado bonito hacerlo con tanto público. Así que hubo cita, pero improductiva. Apenas nos dio tiempo para dirigirnos una furtiva mirada, entablar una conversación en profundidad, conocernos más... No sé por qué razón abrí mi mano derecha, pero ella aprovechó la maniobra para acercarse volando y posarse con delicadeza. No le dio tiempo a más. Se me murió enseguida de un patatús y yo me quedé un rato como un gilipollas con la palma de mi mano hacia arriba sin saber qué hacer con el bicho muerto. Un señor se acercó y me dejó una moneda de cincuenta céntimos. Le di las gracias. Pensé que esa era su peculiar forma de darme el pésame. Luego reaccioné. Soplé para que el aire se llevara al insecto, cerré la mano, me guardé la moneda en el bolsillo y me fui de allí, resuelto a coger el tren de cercanías en Atocha.

Recuerdo que en la estación antigua hubo hasta hace poco una especie de invernadero donde instalaron un estanque tropical en el que se congregaban cientos -tal vez miles- de tortugas. Daba gusto verlas, con esos movimientos tan graciosos como torpes, amontonándose unas encima de otras. Algunas veces me quedaba embobado mucho tiempo mirándolas, incluso se me caía la baba. Me hubiera mezclado con ellas gustosamente. Lástima que se las llevaran. Echo de menos aquellos tiempos. También echo de menos a las tortugas. Dicen que algunas viven más de cien años.



lunes, 22 de junio de 2026

Zurdos

 


Escribir con la mano izquierda era algo que se rechazaba en ciertos lugares y en determinadas épocas. Se consideraba  propio de gente de baja estofa y de personas torpes.  Socialmente, en círculos demasiado pacatos y tradicionales, estaba mal visto. Incluso hubo algún maestro que obligaba a los chicos a escribir con la derecha, por lo que siempre nos encontrábamos con algún “zurdo contrariado”, que es como se les llama en el mundo de la pedagogía. Y luego venían, claro está, los problemas de aprendizaje.

Escribir con la izquierda era para algunos algo tan repugnante como, en el ámbito político,  el ser de izquierdas. No en vano, en el juicio final, Dios sentaría a los buenos a la derecha y a los condenados a la izquierda, que más tienen que ver con el diablo que con los ángeles. De hecho, en latín, izquierda es “sinister”, de donde parece provenir siniestro, como el demonio o los malos espíritus.
Los revoltosos y más radicales  de la Revolución Francesa se sentaban en la parte izquierda de la asamblea.
En el Islam se come y se da la mano con la derecha, la izquierda se reserva para otros menesteres de aseo como limpiarse el trasero.

Hoy todo es muy diferente.
Se han ido abandonando los viejos prejuicios.
Sobre todo cuando llegamos a conocer que a lo largo de la historia hubo zurdos famosos, como Napoleón Bonaparte, Madame Curie, Aristóteles, Da Vinci, Chaplin, Jimmi Hendrix, Kennedy, Barac Obama o Bill Gates, ninguno de ellos sospechoso, que yo sepa, de zafio, burdo o lelo.
Y es que, según se comenta en el Huffington Post, cuyo enlace incluyo, parece ser que los zurdos son más imaginativos, sensibles y creativos, les gusta la música más alternativa como el reggae o el jazz; son menos propensos a padecer ciertas enfermedades, como la artritis o la esquizofrenia, aunque son más proclives a padecer ataques de ira y a desarrollar dislexia, déficit de atención e hiperactividad.

En los últimos tiempos algún líder ultraderechista -como Miley en Argentina- usa el término "zurdos" con carácter peyorativo para referirse a gente de la izquierda política.

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Hablan de ello: