viernes, 17 de abril de 2026

Una raza superior

  



A título individual valoro mucho que nos respetéis, que mostréis buena educación, que haya intentos por vuestra parte de aceptar nuestras costumbres... ¿Cómo llamarlo?¿Capacidad de adaptación? ¿Maniobras interesadas? Algunas mentes bien pensantes y cándidas lo llaman integración. ¡Ilusos!

Digamos que eso de integrarse me parece bien. Pero en este caso suena a cuento chino.
Por mucho que os esforcéis resulta difícil ocultar vuestra verdadera naturaleza. Esos gestos, esas muecas, esas carcajadas, esas exclamaciones exageradas, la forma peculiar de comunicaros con los demás, de celebrar vuestros rituales, de sonreír o de abrazar...
No, no podéis disimular vuestro auténtico origen, aunque hagáis un poco de teatro…

Considero que hay algo fingido cada vez que usáis algunas expresiones coloquiales, como por ejemplo “tener huevos”, para presumir de hombría, o “tener pluma”, para indicar cierta afectación o delicadeza en la condición del homosexual. Puro teatrillo de impostada integración para regalarnos el oído —sois conscientes de que eso nos halaga— , pero a estas alturas es difícil engañarnos.

No nos gusta que mastiquéis a dos carrillos, que habléis en voz alta o que discutáis con los demás por cualquier tontería. Tampoco nos gustan esas fiestas ruidosas ni esos atracones que os dais a base de carne grasienta, todo bien regado con alcohol y cafeína. No resulta agradable veros devorar, en un ritual gastronómico insufrible y voraz, esos cadáveres de inocentes animales. ¡Puaj!

Sois ruidosos, prepotentes, pendencieros, narcisistas, egoístas. Os creéis el centro del universo. Carecéis de empatía: el resto del mundo os importa un pito. Os gusta que os adulen. No soportáis pasar desapercibidos.

Hasta ahí todo lo sobrellevamos con resignación. Pero lo que verdaderamente nos repugna es que inventéis la historia, que vayáis de víctimas, cuando siempre fuisteis verdugos. Hay que tener memoria. No podemos ni debemos olvidar el hacinamiento de nuestros antepasados en cárceles que parecían jaulas, esas hileras de seres desnudos preparados para el sacrificio, en una calculada operación de exterminio... ¡Todavía guardo en mi memoria el nauseabundo olor a piel chamuscada y a carne quemada! ¿Puede haber algo más horrible e indecente que todo eso?

Nos habéis dado muestras sobradas de lo que realmente sois.

Y tú, lo quieras o no, perteneces a ese colectivo. Así que te lo digo bien alto y claro: no, no eres uno de los nuestros.
No tienes cabida en nuestra sociedad. Ni tú ni ninguno como tú.
Porque por mucho que lo intentéis ocultar, nosotros no olvidamos. No olvidamos que durante siglos fuisteis nuestros perseguidores y torturadores.
Y solo nosotros podemos decir con orgullo que en esta era que ahora se inicia, la del Postantropoceno, y en este año glorioso de 4.525, somos por fin la raza superior: la elegida por la evolución de las especies para gobernar el planeta.

Porque afortunadamente no descendemos de los estúpidos primates como vosotros, sino de los primigenios e inteligentes pollos del Jurásico.


martes, 14 de abril de 2026

La corrección

Ser correcto en el trato con los demás. Ser educado y cortés. Ceder el paso cuando vas andando por la calle o circulando con el coche. Ser amable y considerado. Pensar de vez en cuando que no eres el único ser que habita el planeta.

La educación se puede derrochar. Es un bien que no cuesta dinero.
Si todo esto lo practicamos o, al menos, nos parece apropiado... ¿ por qué no aplicarlo también a la corrección en el lenguaje? Al menos en la expresión escrita, que lo escrito queda y perdura.
Por respeto a los demás, y con el fin de comunicarnos mejor y sin equívocos, hemos de cuidar nuestra ortografía y nuestra sintaxis, porque, ¿qué demonios queremos decir cuando escribimos cosas como estas?:

Haber si bienes.
El compañero de alado.
Roger Moore fue embestido por la reina Isabel II.


O cuando leemos:

Fallece por segundo día consecutivo una mujer de 103 años.

¡Parece que le cogió gusto la señora a eso de morirse!

Un avión español se estrella en Turquía por tercera vez en un año.

¡Cómo quedaría el pobre de tanto estrellarse!

Luego está la llamada "coma criminal", la que con frecuencia se cuela indebidamente entre sujeto y verbo:

Los alumnos de la clase de Geografía, aprobaron todos.

Por una comunicación sin equívocos, en la medida de nuestras capacidades, seamos correctos al escribir.

viernes, 10 de abril de 2026

COVI

 

Obra de Nicolae Grigorescu

Se llamaba Covadonga, pero todos la llamaban Covi. Cuando el coronavirus irrumpió en nuestras vidas pasó a ser identificada como Covi Diecinueve, porque era tóxica y complicada como persona. Sí, Covadonga era mala gente. Su situación se agravaba porque empinaba el codo de mala manera. Y cuando bebía —o sea, casi siempre— perdía el control y la vergüenza. Se juntó con otro borracho y compartieron su afición por el trago. Empezaban a beber nada más levantarse: copa de aguardiente con el café, varias cervezas a lo largo de la mañana, vino para comer, copa tras el postre, más cervezas por la tarde, vino para cenar y algún cubata tras la cena. Mientras compartían sus vicios todo iba medianamente bien. Alguna vez hasta tuvieron sexo. Se reían mucho cuando estaban cocidos, sobre todo de los demás. Les encantaba encontrar en los otros algún defecto. Si aquella estaba gorda, si aquella era flaca, si qué feo es ese señor, si aquel pedía una cocacola y no un coñac... Y se lo pasaban en grande buscando motes a los que entraban en el bar: el gafotas, el mariquita, la bollera, etc. Un día, saliendo del garito que frecuentaban, casi pisan una mierda de perro que estaba reciente en la acera.

Miiira, una mieeeerda —decía él señalando con el dedo y con la voz pastosa típica del que va hasta arriba de morapio.

Qué va a ser una mierda, hombre —respondía ella, también con la dicción perezosa del borracho.

Que sí, mujer, que es una miiiierda.

Que no —insistía ella y cogió un palo del suelo con el que empezó a hurgar en el truño, todavía humeante. Y con el palo, como si jugara al golf, empezó a golpear de refilón el zurullo perruno aquel salpicando de particulas fecales a todo el que pasara a menos de cinco metros, incluidos ellos.

¿Lo ves?

Joder —dijo ella, oliendo un fragmento que se le había adherido a la manga del jersey—. Pues es verdad. ¡Menos mal que no la hemos pisao!

Cuando él desapareció por culpa de la cirrosis hepática que se lo llevó al otro barrio, ella se quedó sola y se reconvirtió en bebedora solitaria. Y la soledad la llevó a la amargura, a odiar a los demás, a las peleas en los tugurios que frecuentaba. Le faltaban no sé cuántos dientes, algunos perdidos por sus aficiones etílicas y la falta de higiene; los más, por las trifulcas que mantuvo con otros borrachos y borrachas de su nivel. Una tía con mal rollo. Mejor no toparte con ella. Los que la conocían la llamaban así: Covi Diecinueve. Un bicho. Un virus de los peores.

lunes, 6 de abril de 2026

Amor a medida

  

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.