lunes, 16 de marzo de 2026

El incendio

 


Apenas eran las siete de la mañana cuando el teléfono le sobresaltó, deshaciendo de un manotazo las últimas telarañas del sueño. Era el jefe.

Escúchame bien, Antonio. Coge el coche y sal echando leches hacia el norte. Ha habido un terrible incendio en Vega de Taracedo, un pueblecito perdido en medio de la sierra. Te llevará unas cuatro horas llegar hasta allí. Quiero que lo investigues. Ya sabes: reportaje, fotos y entrevistas a los del lugar. A la tarde quiero material jugoso para preparar la edición de la mañana. Me envías por guasap o por email lo que vayas consiguiendo. Date prisa en salir. Espero que hagas un buen trabajo.

Nada más colgar se metió en la ducha; después se vistió, cogió su mochila, introdujo en ella cuatro cosas, sin olvidarse del cargador del móvil, la documentación y el ordenador portátil; tomó apresurado un café y salió en busca del coche. Una vez en él, preparó la ruta a través del GPS del móvil y echó cuentas mentalmente del tiempo disponible: al mediodía podria estar ya por el lugar indicado, darse una vuelta, hacer algunas entrevistas a la gente del entorno, intentar contactar con alguna autoridad local... Luego tendría tiempo para comer algo, redactar la noticia, hacer fotos... Le sobraría tiempo.


Hizo el viaje sin contratiempos, salvo aquella espesa niebla a medio camino que surgió de repente rodeando el coche como un túnel de color gris oscuro que no permitía ver nada a los lados y apenas treinta metros por delante de él. Afortunadamente aquello duró tan solo un par de minutos. Y cuando el día volvió con su luz y disipó la niebla, se percató de que los testigos luminosos del salpicadero se habían vuelto locos, destellaban o mostraban falsos avisos de avería, incluso la fecha aparecía equivocada,  figurando la del día anterior.

—En cuanto pare tengo que configurar de nuevo los datos —. Se dijo. Y no le dio más importancia.

A la entrada del pueblo paró a repostar en una gasolinera. Allí mismo aprovechó para preguntar al encargado:

Parece que han tenido una noche movidita. ¿Qué tal fueron las labores de extinción?

—¿Cómo dice?

—Sí, hombre, el incendio.

—Perdone, pero aquí no ha habido ningún incendio. Creo que se confunde.
Pero... No puede ser. Me han informado hace poco de ello.
Debe ser una equivocación. Que yo sepa, ni aquí ni en los pueblos de alrededor hemos tenido en las últimas semanas incendio alguno.


Tras pagar y sin bajarse del coche se dio una vuelta por los alrededores de aquella localidad. Ni en los campos ni en los montes se veía nada parecido a un incendio: nada quemado, ningún olor característico que lo delatara. De regreso al pueblo, lo atravesó y aparcó en las afueras, donde acababa la carretera, en una especie de parking al aire libre con vallado de madera, una especie de mirador o terraza rodeada de  robles y castaños, colgada frente al acantilado. Desde ella se podía ver al fondo el curso del río serpenteando entre árboles frondosos, perdiéndose a lo lejos camino del mar. La vista era impresionante, pero imponía mucho.
Entró al pueblo andando. A eso de las dos paró en un restaurante. Su aspecto era algo cutre y descuidado. En una pared había un viejo calendario de los antiguos, de esos de bloque de hoja por hoja con santoral. Se fijó en un detalle: nadie había pasado la hoja del día anterior. Pensó que eran algo dejados, sin embargo la comida olía muy bien. Se sentó en una mesa y pidió el menú del día. Mientras le servían intentó interrogar al camarero. Nada. Él no sabía nada. Tampoco parecía nadie estar allí preocupado, ni siquiera los clientes que se agolpaban junto a la barra del bar. Tras comer, nuevo paseo mitad en coche y mitad andando por los alrededores.
De pronto fue invadido por un mezcla de hastío y cansancio, la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Más tarde, en el bar del pueblo, intentó entablar conversación con el dueño del establecimiento. Pidió un café. 

—Un cortado, por favor. Tengo entendido que han sufrido un incendio.

El que le atendió puso cara de extrañeza, se encogió de hombros y dijo no saber nada.

Falsa alarma pues. Entre decepcionado y aburrido, el periodista pagó y se fue.

Se dirigió a buen paso hacia el aparcamiento solitario al aire libre donde había dejado el coche. Abandonó el camino de acceso al pueblo y llegó a la explanada donde lo había aparcado. Estaba al fondo del todo.

 Cuando esté sentado al volante     —pensó—, le mandaré un mensaje de voz al jefe para explicarle todo con pelos y señales. 

Según abría la puerta para acceder al interior del vehículo, percibió una especie de fragor o rugido a sus espaldas, un olor a leña quemada se apoderó del lugar. Giró la cabeza y vio el enorme resplandor y el crepitar del fuego que, como una muralla devastadora, bloqueba la carretera que comunicaba con el pueblo que acababa de abandonar. Al otro lado, donde terminaba la carretera, el terreno quedaba cortado a pico abruptamente y por allí era imposible la salida. El fuego avanzaba amenazadoramente y se iba extendiendo por los flancos del camino. Estaba acorralado. Nervioso y empapado de sudor, casi le entró un ataque de histérica alegría al verse envuelto por aquellas llamas que acabarían por calcinarlo o asfixiarlo. ¡Había incendio! ¡Y a tiempo para contarlo! Antes de que el calor se hiciera insoportable, a la luz siniestra de las llamaradas, tecleó un par de frases y hizo unas cuantas fotos y se lo mandó todo a su jefe por guasap. Seguro que le gustaría.

viernes, 13 de marzo de 2026

El tiempo vuela

 Reciclando un viejo texto.



Quedan lejos aquellos tiempos de universidad en los que en mi país no había libertad; pero éramos jóvenes, estábamos llenos de vitalidad, teníamos muchos pájaros en la cabeza  y toda una vida por delante.
Así podría empezar una novela a mitad de camino entre lo autobiográfico y la pura ficción.
La juventud, qué tiempos.
Unos años felices y despreocupados, donde la palabra cáncer era tan solo un signo del zodiaco; el corazón, un asunto personal o siete casillas del crucigrama; la enfermedad, eso que pasaba a los mayores; y el futuro, algo que no existía porque quedaba todavía lejos. Un tiempo en el que un día de lluvia no era un fastidio, sino una excusa para estar en casa con los amigos o con tu chica, oír música, fumar, beber algo, hacer el amor, arreglar el mundo... No teníamos un duro, pero éramos dichosos. No sabíamos nada de la vida, pero no nos importaba. Pensábamos que ese tiempo había venido a instalarse en nuestras vidas para siempre. Y que los viejos nunca fueron jóvenes, que ya nacieron así. Y que la cosa del paso del tiempo no iba con nosotros.
Un día ocurrió algo que lo cambió todo: fue cuando nos planteamos tomarnos la vida como adultos, buscarnos un trabajo, formalizar nuestra relación, planificar el futuro... Fue el momento bisagra de nuestra existencia, aún estábamos en plena juventud. No habíamos consumido un tercio del total, pero el cambio que se avecinaba era imparable.
A partir de ese momento, la vida pasó en un soplo. Cuando nos quisimos dar cuenta habíamos llegado a la mitad de nuestro camino. Buena parte de la otra mitad que nos quedaba se nos iría también en un suspiro.
Ahora, cuando nos vamos acercando a la recta final de nuestra existencia, reparamos en dos cosas: tenemos más estabilidad económica y emocional y mucha más experiencia que entonces. Y, sobre todo, recuerdos. De regresar al pasado, posiblemente no volveríamos a cometer los errores que cometimos; pero de qué nos sirve eso si la juventud se fue definitivamente de viaje. Se fue con otros, para no volver. Dentro de nada, para los jóvenes, nosotros seremos los viejos, los que siempre fuimos viejos. Y vuelta a empezar.

lunes, 9 de marzo de 2026

Las Marías

 


Política. Así llamábamos los chicos a esa " maría" de asignatura que llevaba el ostentoso nombre de Formación del Espíritu Nacional. Toma ya.

Las " marías" eran esas pseudo materias, como la religión o la gimnasia, que casi nadie suspendía por ser consideradas complementarias,  preparatorias para ser un buen español, temeroso de Dios, de "mens sana  in córpore sano". Hoy las llamaríamos transversales, pues la vida escolar de entonces estaba llena de rituales que mamaban de las tres mencionadas: partidos de fútbol en el campo respectivo, baloncesto o minibásquet en el patio, misas y otras celebraciones religiosas, adoctrinamiento en el aula en los principios del nacionalcatolicismo por parte del "padre espiritual" (en el caso de mi colegio por ser religioso), canto de himnos patrióticos en clase o en el salón de actos...
Es decir, lo que hay llamaríamos "Educación en valores del sistema educativo nacionalcatólico".
Las marías pues daban rango académico  a todo ello, pero nadie se las tomaba en serio,  ni los alumnos ni siquiera parte del profesorado, pues cualquiera podría impartir aquello: curas, militares, falangistas retirados o en activo...

En España la denominación podría venir de las tres marías del evangelio, tres seguidoras de Jesús: María Magdalena, María de Cleofás y María Salomé, aunque también una de ellas podría ser María, la madre de Jesús.

Pero no en todas partes tiene ese significado. En Venezuela, por ejemplo, hacen referencia coloquialmente a tres asignaturas: física, química y matemáticas, que se consideran las más difíciles de aprobar en el bachillerato.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Por qué las mujeres siempre me abandonan

Nunca tuve suerte con las mujeres. Todas acabaron abandonándome. ¿Razones? Las desconozco. Objetivamente creo que soy un tipo resultón, cortés, educado y detalloso a más no poder.


Guapo, lo que se dice guapo, no soy, pero no paso desapercibido: patilargo y larguirucho, algo cargado de espaldas, velludo y cejijunto, de aspecto agitanado, con un ojo estrábico que va por libre como camaleón africano buscando mosquitos en la espesura. Siempre tuve un atractivo entre exótico y salvaje.

Mi primera novia era gordita y con gafas, de esas antiguas de culo de botella (la chica no, las lentes). Fue la que más me duró. Un año. No llegamos a convivir, salvo algún fin de semana loco, en el que dábamos rienda suelta a nuestro desenfreno en cualquier hotelucho de carretera o en mi propia habitación. Me dejó por una tontería. Me descubrió la colección completa del Penthouse con lamparones sospechosos que guardaba en una caja de cartón bajo la cama.

La segunda era una dama distinguida, elegante y delgada. Me duró cuatro meses tras la boda. Era muy tiquismiquis. No soportaba mis largas disertaciones acerca de la influencia intrínseca de los poderes fácticos durante el tardofranquismo. Tampoco le agradaban mis abundantes muestras de aerofagia explícita ni mis ronquidos cotidianos.

Que yo sea un poco pesado y algo guarro no creo que constituyeran motivos decisivos en los sucesivos abandonos que sufrí, aunque pudiera entender que mi manera de comportarme no resultase la idónea para cierto tipo de gente.

La última que me abandonó fue la enfermera que me atendía tras ser operado urgentemente de una apendicitis. Cuando procedió a ponerme la sonda para ayudarme a expulsar la anestesia suministrada, de la manipulación consiguiente sobre mi miembro dormido me sobrevino una excitación incontrolable que se tradujo en una potente erección, por lo que ella, temblando como un flan, comenzó a ponerse de los nervios y, soltando bruscamente el miembro viril como si hubiera tocado una rata, se negó en redondo a terminar de introducirme la sonda. Y tras llamarme guarro cuatro veces se fue corriendo, dando voces como una loca por los pasillos del hospital mientras, enrabietada, tiraba al suelo con energía el fonendoscopio, el aparato de la tensión y daba patadas a todo lo que se le atravesaba en su camino, a la par que exclamaba: ¡Renuncio! No puedo más. ¡Me voy a mi casa!

Todos esos abandonos no puedo considerarlos justos, pero comprendo que determinadas sensibilidades puedan verse impelidas a llevarlos a cabo. Lo que no es de recibo es que mi propia madre me dejase recién nacido en la puerta del convento de las Carmelitas Descalzas cuando todavía no me había dado tiempo a desarrollar ninguna habilidad molesta para nadie.

¡Ah, se me olvidaba!: las monjitas también me abandonaron poco después en las puertas de la inclusa. Llamaron al timbre y salieron corriendo. Desconozco el motivo.