miércoles, 30 de septiembre de 2026

Cuatro caminos

 

Imagen de uso libre de Pixabay

Había llegado el momento de elegir uno de los cuatro caminos que se cruzaban en aquel páramo reseco y despoblado. Solo uno. Y no debía equivocarse. Era un lujo que no se podía permitir. Le iba la dignidad en ello. Y quién sabe si el propio pellejo.

Todo empezó aquella mañana de octubre en que Cipriano Cedeño se encontró con aquel viejo misterioso de cabellos largos y barba canosa. Estaba sentado en un banco del parque y se entretenía en echar migas de pan a los pájaros. El hombre aquel, con un aspecto a mitad de camino entre un mendigo y un filósofo antiguo, se le quedó mirando fijamente y le dijo:

—¿Te gusta cómo doy de comer a estos animalitos? A mí no. Simplemente lo hago porque creo que debo hacerlo. En la vida has de tomar decisiones, te gusten o no. Y hay que procurar hacerlo con acierto. Tarde o temprano todos tenemos la ocasión de comprobarlo. Hay que usar siempre la inteligencia. Lo mejor no tiene por qué ser necesariamente lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás. Acuérdate de lo que te digo.

Luego el viejo desapareció.

Y Cipriano, que era un poco corto de mollera, se quedó rascándose la cabeza y meditando un poco esas palabras.

Pasados unos días llegó el momento de comprobarlo. Esa mañana había salido a andar al campo, sin ninguna dirección concreta.

Y al cabo de un rato se encontró con aquella encrucijada de caminos. ¿Por dónde tirar?

El que se abría a su izquierda estaba limpio de rocas y era bastante llano, cómodo para andar por él, lleno de árboles a izquierda y derecha que aseguraban buena sombra a los caminantes, fuentes de agua cristalina aparecían aquí y allá para calmar la sed del viajero. Enseguida lo descartó: para conseguir algo en la vida hay que hacerlo con cierto sacrificio. Un camino tan bueno es una tentación pero seguro que no te lleva a buen lugar. Es una trampa. Debía ser sagaz.

El que estaba a sus espaldas lo descartó también: era el camino que le había llevado hasta allí, el camino a su casa, un sendero sin cuestas, algo que ya pertenecía al pasado. No le aportaba nada a una vida marcada ya de por sí por la rutina. Volver ahora sería como claudicar. Ya lo tomaría al regreso, ahora no era el momento.

El de enfrente era tortuoso, enmarañado de zarzas y abrojos, repleto de peñascos; en algunos tramos estaba encharcado, embarrado, parecía más una ciénaga que un camino, lleno de mosquitos, sabandijas y bichejos inmundos típicos de las charcas y de los terrenos pantanosos.

El de la derecha era una carretera con carteles chillones donde se anunciaban clubs de alterne, casas de juegos, bares, restaurantes, casinos y moteles. Una chicas ligeras de ropa hacían autoestop en la cuneta y sonreían de forma encantadora. Una invitación al goce y al pecado. Aquello era claramente un anzuelo para que picaran los amigos de los placeres mundanos.

Enseguida le vinieron a la mente las palabras del viejo aquel de las barbas blancas y mirada firme:

—Lo mejor no tiene por qué ser lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás.

Estaba claro cuál tenía que elegir.

Y el muy gilipollas se puso de fango, arañazos y picaduras de mosquitos hasta las cejas.


martes, 22 de septiembre de 2026

Leo



 Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, aunque leer, lo que se dice leer, leía más bien poco:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.

—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.

—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?

—No sé. Pregúntale a Leo.

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si tal cosa.

lunes, 21 de septiembre de 2026

¿De quién fue la culpa?

 


—¡Dios mío! ¡Se están saliendo! ¿Qué hago?
La expresión de terror, teñida con una sensación de angustia, brotaba de los labios de Adela, mientras Tomás la animaba a actuar sin dilación:
—¡Ciérralo! ¡No lo dejes abierto! ¡Lo estás poniendo todo perdido!
—Pesa mucho, Tomás. ¡Ayúdame! ¡Por lo que más quieras!
Y entre los dos lograron a base de esfuerzo, mover la tapa del libro y conseguir por fin cerrarlo. Ya no se saldría nada más. El problema era ahora qué hacer con toda la habitación llena de arena del desierto, beduinos por todas partes, la jaima encima de la cama y el camello que se había apoderado de la papelera y se disponía a comerse todo su contenido, mientras miraba a los chicos con un aire burlón.
—Cuando venga mamá—añadió Adela compungida— nos la vamos a cargar.
—La culpa es solo tuya. Te dije que no leyeras novelas de aventuras. Si me hubieras hecho caso, habrías elegido alguna rima tranquila de Bécquer. La del arpa, por ejemplo. Pero tú, erre que erre— ya conciliador—. Bueno, podría haber sido peor. Ni me imagino la que habrías liado si llegas a leer La canción del pirata. Anda, dame la escoba que barra un poco todo esto.
—¡Mira quién habla!— respondió su hermana algo más calmada—. El señorito que se puso a leer Veinte mil leguas de viaje submarino y lo puso todo perdido de agua. Menos mal que estabas en el baño, que si no…

jueves, 10 de septiembre de 2026

La Movida Madrileña

 


En lo que vino a llamarse la “movida”, que se inició en Madrid y luego se extendió por todo el país, la actitud general de los jóvenes era en general frívola y pasota, con actitudes provocativas, pero poco dañinas para el orden establecido. El fenómeno juvenil fue enseguida deglutido, metabolizado y encauzado por el sistema, convertido rápidamente en un movimiento superficial que por su actitud no resultaba en absoluto lesivo para el poder. 

La presunta rebeldía era sólo una cuestión de estética y de lenguaje, no de ideas arraigadas. Era todo fachada, maquillaje y pelos cardados de colores. Lo importante no eran las ideas sino la simple y llana provocación. El mercado discográfico vio una buena oportunidad de hacer dinero y llenó tiendas, bares y discotecas de música facilona y vacía. Nunca un movimiento generacional como el de la “movida” ha contado con una cobertura mediática, comercial y hasta política tan importante. De todos son conocidas las imágenes del antiguo alcalde de Madrid, el señor Tierno Galván, diciendo aquello tan populista de “y el que no esté colocado, que se coloque”, entre aplausos y vítores de la gente en fiestas. 

Salvo honrosas excepciones musicales y plásticas, y aquí pienso en gente como Ceesepe, el fotógrafo García- Alix o en algunas letras de Auserón, el de Radio Futura, las manifestaciones culturales dejaban mucho que desear. Tal vez porque se trataba en líneas generales de un movimiento muy superficial donde más que calidad se buscaba simple y llanamente provocar. No hay más que leer algunas letras bobaliconas de algunas canciones o algunos comentarios de sus más genuinos representantes. Grupos con nombres como Kaka de Luxe, Zombies o Alaska y los Pegamoides. Con letras que nos hablan de “bellos y trascendentales” temas como… “Terror en el supermercado, horror en el ultramarinos”, “Quiero ser un bote de colón”, “Te mataré con mis zapatos de claqué”, “Me paso el día bailando, y los vecinos no paran de molestar”, “Bailaré sobre tu tumba” o “No me lavo en la vida” (Siniestro Total). 

Ya lo dijeron precisamente los componentes de Golpes Bajos, aquellos eran “Malos tiempos para la lírica.” Digamos que de un padre rebelde y contestatario nació un hijo frívolo y pasota. Y que los sueños encaminados a cambiar el mundo de momento quedaron relegados para mejor ocasión.