viernes, 10 de abril de 2026

COVI

 

Obra de Nicolae Grigorescu

Se llamaba Covadonga, pero todos la llamaban Covi. Cuando el coronavirus irrumpió en nuestras vidas pasó a ser identificada como Covi Diecinueve, porque era tóxica y complicada como persona. Sí, Covadonga era mala gente. Su situación se agravaba porque empinaba el codo de mala manera. Y cuando bebía —o sea, casi siempre— perdía el control y la vergüenza. Se juntó con otro borracho y compartieron su afición por el trago. Empezaban a beber nada más levantarse: copa de aguardiente con el café, varias cervezas a lo largo de la mañana, vino para comer, copa tras el postre, más cervezas por la tarde, vino para cenar y algún cubata tras la cena. Mientras compartían sus vicios todo iba medianamente bien. Alguna vez hasta tuvieron sexo. Se reían mucho cuando estaban cocidos, sobre todo de los demás. Les encantaba encontrar en los otros algún defecto. Si aquella estaba gorda, si aquella era flaca, si qué feo es ese señor, si aquel pedía una cocacola y no un coñac... Y se lo pasaban en grande buscando motes a los que entraban en el bar: el gafotas, el mariquita, la bollera, etc. Un día, saliendo del garito que frecuentaban, casi pisan una mierda de perro que estaba reciente en la acera.

Miiira, una mieeeerda —decía él señalando con el dedo y con la voz pastosa típica del que va hasta arriba de morapio.

Qué va a ser una mierda, hombre —respondía ella, también con la dicción perezosa del borracho.

Que sí, mujer, que es una miiiierda.

Que no —insistía ella y cogió un palo del suelo con el que empezó a hurgar en el truño, todavía humeante. Y con el palo, como si jugara al golf, empezó a golpear de refilón el zurullo perruno aquel salpicando de particulas fecales a todo el que pasara a menos de cinco metros, incluidos ellos.

¿Lo ves?

Joder —dijo ella, oliendo un fragmento que se le había adherido a la manga del jersey—. Pues es verdad. ¡Menos mal que no la hemos pisao!

Cuando él desapareció por culpa de la cirrosis hepática que se lo llevó al otro barrio, ella se quedó sola y se reconvirtió en bebedora solitaria. Y la soledad la llevó a la amargura, a odiar a los demás, a las peleas en los tugurios que frecuentaba. Le faltaban no sé cuántos dientes, algunos perdidos por sus aficiones etílicas y la falta de higiene; los más, por las trifulcas que mantuvo con otros borrachos y borrachas de su nivel. Una tía con mal rollo. Mejor no toparte con ella. Los que la conocían la llamaban así: Covi Diecinueve. Un bicho. Un virus de los peores.

lunes, 6 de abril de 2026

Amor a medida

  

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.





martes, 31 de marzo de 2026

El viejo libro de historia




Con mi viejo libro de historia de cuarto de bachillerato siempre mantuve una especial relación. Las fotos y su colorido suponían un refugio donde se evadía mi imaginación de vez en cuando en aquella España gris de los años 60, tan dada al adoctrinamiento en los principios ideológicos del nacionalcatolicismo.

Hace unos años hicimos mi mujer y yo un viaje a Oviedo.
Me resultó grato y emocionante tener ante mis ojos las iglesias de Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y San Julián de los Prados. Tantas veces las
había contemplado
en mi libro con esas ilustraciones a color... Y ahora estaban ahí, frente a mí, compartiendo su espacio conmigo, como si yo también formara parte de esas imágenes que conocí por primera vez siendo un niño.

Otra vez, asistiendo a una función nocturna en el teatro romano de Mérida, me vino a la memoria el tema sobre la romanización, con sus monumentos representativos, la resistencia del héroe lusitano Viriato y la vil traición de sus generales y esos tres emperadores nacidos en Hispania: Trajano, Adriano y Teodosio.

Algo parecido me ocurrió de viaje por Menorca, con las taulas, los talayots y las navetas megalíticas. Allí, en medio del campo, cerca de Ciudadela, se alzaba solitaria la naveta des Tudons, con cierto aire de abandono. Era emocionante contemplarla in situ, sintiéndola más cercana y de alguna manera mía.

Siempre me fascinó la cara de pasmarote de Carlos IV de Borbón y la jeta de tunante de su hijo Fernandito, el rey felón, tal y como los retrató magistralmente Goya. Por eso me entusiasmó tanto la visita que hicimos al Museo del Prado. Allí comprobamos que aquellos personajes no habían cambiado con el paso de los años. Seguían en el lienzo, tan incólumes como innecesarios para la historia de España.

Revisitar en vivo las ilustraciones de mi viejo libro de historia era como cerrar el círculo de un camino que se había iniciado siendo yo un niño y que se completaba, ya adulto, con estos viajes por la geografía española. Como si el encuentro formara parte de un periplo que había empezado en la pubertad y concluía a una edad donde ya no era posible la marcha atrás. Una carrera con línea de salida y de llegada , coincidente en el mismo lugar pero en tiempos diferentes.

Por esa misma necesidad de completar el ciclo o la ceremonia del reencuentro evitaba a toda costa los episodios desagradables o violentos. Procuré pues no visitar Guernica ni Paracuellos del Jarama ni las tapias de los cementerios. De Granada me quedé tan solo con el recuerdo de La Alhambra y con los textos de Federico, obvié el destierro de Boabdil y la inútil e infame ejecución del poeta. Huir de la sombra de la muerte y del ruido de las bombas era necesario para que mi reencuentro con el pasado fuera un episodio feliz.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, de visita al centro de Madrid, me topé sin quererlo con una concentración de simpatizantes de una formación ultra. Caminábamos por la Puerta del Sol para coger el metro en Ópera cuando nos dimos de bruces con ellos. Me estremecí cuando vi a toda esa gente con banderas, vociferando con la mano en alto haciendo el saludo fascista y cantando el Cara al Sol. Saludo e himno desgraciadamente muy en boga en mis años escolares. Nos fuimos de allí rápido. No fuera que se cerrara también el círculo y quedáramos atrapados en aquella España bárbara, en blanco y negro, como esos personajes anónimos que salían en el Nodo.



Ya cerca del metro, al doblar una esquina me topé con el vivo retrato de Garibaldi, con esa pinta entre hippie y revolucionario. Por un momento pensé que era un clochard, un vagabundo, uno de tantos que tienen la calle como casa. Barba larga, melena descuidada… Estaba sentado en la acera, sobre cartones, apoyada su espalda en la pared. Se me quedó mirando no sé si para pedirme una moneda o para contarme su papel en la unificación de Italia. La verdad es que, tras la sorpresa inicial, no le hice después mucho caso. Tal vez por eso, mientras me alejaba en dirección a la boca del metro, aquel individuo, con un cartón de vino en la mano, me despidió diciendo en voz alta:

¡Baco ha ahogado más hombres que Neptuno!



sábado, 28 de marzo de 2026

Esto no es una entrada


En efecto, esto no es una entrada.

Es un alto en el camino para reflexionar sobre un par de cosas.

En primer lugar, una "felicitación".

Sí,  una especie de felicitación dedicada a todos aquellos valientes que hacen una entrada diaria. Los hay, incluso, que publican dos o tres... ¡Cada día! 

Hay que tener capacidad de inventiva, tiempo y , sobre todo, bemoles.

Lo dice uno que como mucho publica una o dos entradas a la semana.

La verdad es que me cuesta mucho seguir este ritmo alocado de " lectura y comentario" de todo lo que publican los seguidores de este blog. 

Lo intento, sobre todo por cortesía; pero a veces "no me da la vida", no puedo estar enganchado todo el santo día al blog, porque entonces puede ocurrir que en vez de una afición divertida  y atrayente se convierta en una obligación penosa y  cansada.

También me pasa con los blogs de fuerte carga ideológica que se dedican todo el rato a lanzar sus mensajes y consignas, que seguro gustan a unos cuantos, pero que con toda probabilidad disgustan a otros muchos. Blogs que admiten comentarios cargados de insultos y descalificaciones al contrario. 

¡Uf! ¡Qué cansancio!

Que me perdonen si no les comento, pero yo vengo aquí a pasármelo bien no a discutir con nadie.

Pues lo dicho.

Nos vemos, leemos y comentamos. Si lo creemos oportuno.