lunes, 12 de octubre de 2026

El túnel



Luis Alberto echó una mirada a su móvil. Había un WhatsApp de Borja. Esa mañana tenían clase con el profe de Sociales y era preciso preparar un plan, una venganza por haberles dejado en evidencia a los dos tras ser pillados in fraganti copiando durante el examen de evaluación. 

—El Mortadelo es un pringao. Se va a cagar —le decía el amigo.

Se iban a divertir todos de lo lindo cuando al Mortadelo le cayera en la cocorota la papelera llena de porquería que colocarían estratégicamente encima de la puerta entreabierta del aula. La escena la iban a grabar con el móvil para luego colgarla en las redes sociales, seguro que se haría viral. Luis Alberto estaba muy animado sobre todo porque sus propios padres, lejos de recriminarle por su hazaña copiadora, se habían reído mucho con la ocurrencia de su nene y casi le habían disculpado, quitándole la autoridad al docente cuando este, telefónicamente, les explicó el porqué de la reprimenda y, en consecuencia, del posterior suspenso en la materia.

Luis Alberto tenía quince años y era un adolescente mimado y en exceso protegido por unos progenitores consentidores que jamás le habían puesto límites. Posiblemente por ello se sentía invencible, impune, respaldado por sus papis, quienes decían ser colegas de su vástago, y jaleado por sus compañeros de aula.

Su padre se llamaba Pelayo y creía que pagar un colegio privado le daba autoridad suficiente como para tratar al profesorado tal que si fueran sus sirvientes.

Pelayo era un político de esos que dividen a los ciudadanos en dos grupos: los verdaderamente españoles, como él, y el resto, formado por gentuza y malos patriotas. Para él, el patriotismo se reducía a ser un amante de las procesiones y los toros, hacer alarde de los colores de una bandera, odiar a los extranjeros que intentaban abrirse camino en nuestro país, etc. Clasista, homófobo y autoritario, no hizo el servicio militar, agotando prórroga tras prórroga hasta que la mili dejó de ser obligatoria, y su único trabajo había consistido en ocupar diversos puestos en su partido, bien pagados, tras sucesivos nombramientos a dedo.

Aquella mañana, Pelayo decidió llevar a su nene en el Audi al cole, y de paso decirle cuatro cosas al estúpido del profe de Sociales. 

—¿Qué se habrá creído ese tío? Se va a enterar de quién soy yo. No sabe con quién se la juega. 

Pero no contaba con el contratiempo que tuvieron durante el trayecto.

Al poco de arrancar el vehículo, una espesa niebla rodeó al coche, una especie de túnel de color gris ceniza que no permitía ver nada a tres
metros ni por delante ni por detrás, tampoco por los lados.

Cuando se disipó, los colores de la mañana habían desaparecido. Nada de cielo azul ni de árboles de copas verdes en la avenida. Nada del colorido llamativo que habitualmente tenían los rótulos de las tiendas. En su lugar, tonos grises, blancos y negros, como si se tratara de imágenes del No-Do aquel de los años 60. Hasta la ropa que llevaban había perdido su tonalidad habitual y ahora ofrecía un aspecto mucho más triste y apagado, como de vestimenta de gente modesta. Los ocupantes del coche no daban crédito a sus ojos. Un camión militar atestado de reclutas uniformados les bloqueaba el paso. Un cabo primero con cara de pocos amigos bajó del camión y se acercó al coche muy serio:

—Vaya, vaya. Ya tenemos al listillo queriéndose escaquear el primer día de instrucción —le espetó a Pelayo, quien, boquiabierto y estupefacto, no lograba articular palabra alguna—. Te va a caer un buen puro en cuanto lleguemos al campamento. De entrada, arresto todos los fines de semana. Te vas a hinchar a fregar perolas en la cocina. Y no te vas a salvar de la instrucción. Por listo. ¡Vamos, cojones! Sal del coche ya, que no tengo todo el día. Venga —le dijo pegándole una colleja en el cogote— : de frente, paso ligero. ¡Ar! Un, dos, un, dos…

Pelayo subió al camión donde le esperaba un nutrido grupo de reclutas recién rapados y con traje de faena, quienes no le quitaban ojo y parecían divertirse con la situación. El camión militar arrancó levantando tras de sí una enorme polvareda y dejando boquiabierto a un Luis Alberto, solo, confundido y perplejo. Nada más desaparecer el vehículo en el que se llevaban a su padre, un hombre delgado ataviado con una negrísima sotana, que más parecía cuervo que cura de internado, se acercó al coche y dijo, furioso, señalando al chico con el dedo:

—Conque haciendo novillos, ¿eh? ¿Nos has tomado por idiotas? Te vas a pasar media mañana de rodillas, frente a la pizarra y con los brazos en cruz, para que aprendas. Vas a estar castigado hasta que las ranas críen pelos. Y olvídate del recreo durante todo este mes. Eso de entrada. Y ahora a ver qué excusa le cuentas al director en su despacho. Vete preparando las manos, que hoy estrena regla de cuadradillo nueva. La anterior la partió ayer dándole en los nudillos a otro tan tonto como tú.

viernes, 9 de octubre de 2026

Revista Almiar


Margen Cero y su revista Almiar han tenido a bien publicar y difundir este relato mío que a muchos de vosotros os sonará.

Os animo a que visitéis el sitio. Allí podéis leer y descargar lo que creáis conveniente.

Os pongo el enlace de lo que aparece hoy en portada.

Revista Almiar, portada del número 148


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Cuatro caminos

 

Imagen de uso libre de Pixabay

Había llegado el momento de elegir uno de los cuatro caminos que se cruzaban en aquel páramo reseco y despoblado. Solo uno. Y no debía equivocarse. Era un lujo que no se podía permitir. Le iba la dignidad en ello. Y quién sabe si el propio pellejo.

Todo empezó aquella mañana de octubre en que Cipriano Cedeño se encontró con aquel viejo misterioso de cabellos largos y barba canosa. Estaba sentado en un banco del parque y se entretenía en echar migas de pan a los pájaros. El hombre aquel, con un aspecto a mitad de camino entre un mendigo y un filósofo antiguo, se le quedó mirando fijamente y le dijo:

—¿Te gusta cómo doy de comer a estos animalitos? A mí no. Simplemente lo hago porque creo que debo hacerlo. En la vida has de tomar decisiones, te gusten o no. Y hay que procurar hacerlo con acierto. Tarde o temprano todos tenemos la ocasión de comprobarlo. Hay que usar siempre la inteligencia. Lo mejor no tiene por qué ser necesariamente lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás. Acuérdate de lo que te digo.

Luego el viejo desapareció.

Y Cipriano, que era un poco corto de mollera, se quedó rascándose la cabeza y meditando un poco esas palabras.

Pasados unos días llegó el momento de comprobarlo. Esa mañana había salido a andar al campo, sin ninguna dirección concreta.

Y al cabo de un rato se encontró con aquella encrucijada de caminos. ¿Por dónde tirar?

El que se abría a su izquierda estaba limpio de rocas y era bastante llano, cómodo para andar por él, lleno de árboles a izquierda y derecha que aseguraban buena sombra a los caminantes, fuentes de agua cristalina aparecían aquí y allá para calmar la sed del viajero. Enseguida lo descartó: para conseguir algo en la vida hay que hacerlo con cierto sacrificio. Un camino tan bueno es una tentación pero seguro que no te lleva a buen lugar. Es una trampa. Debía ser sagaz.

El que estaba a sus espaldas lo descartó también: era el camino que le había llevado hasta allí, el camino a su casa, un sendero sin cuestas, algo que ya pertenecía al pasado. No le aportaba nada a una vida marcada ya de por sí por la rutina. Volver ahora sería como claudicar. Ya lo tomaría al regreso, ahora no era el momento.

El de enfrente era tortuoso, enmarañado de zarzas y abrojos, repleto de peñascos; en algunos tramos estaba encharcado, embarrado, parecía más una ciénaga que un camino, lleno de mosquitos, sabandijas y bichejos inmundos típicos de las charcas y de los terrenos pantanosos.

El de la derecha era una carretera con carteles chillones donde se anunciaban clubs de alterne, casas de juegos, bares, restaurantes, casinos y moteles. Una chicas ligeras de ropa hacían autoestop en la cuneta y sonreían de forma encantadora. Una invitación al goce y al pecado. Aquello era claramente un anzuelo para que picaran los amigos de los placeres mundanos.

Enseguida le vinieron a la mente las palabras del viejo aquel de las barbas blancas y mirada firme:

—Lo mejor no tiene por qué ser lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás.

Estaba claro cuál tenía que elegir.

Y el muy gilipollas se puso de fango, arañazos y picaduras de mosquitos hasta las cejas.


martes, 22 de septiembre de 2026

Leo



 Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, aunque leer, lo que se dice leer, leía más bien poco:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.

—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.

—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?

—No sé. Pregúntale a Leo.

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si tal cosa.