Apenas eran las siete de la mañana cuando el teléfono le sobresaltó, deshaciendo de un manotazo las últimas telarañas del sueño. Era el jefe.
—Escúchame
bien, Antonio. Coge el coche y sal echando leches hacia el norte. Ha
habido un terrible incendio en Vega de Taracedo, un pueblecito
perdido en medio de la sierra. Te llevará unas cuatro horas llegar
hasta allí. Quiero que lo investigues. Ya sabes: reportaje, fotos y
entrevistas a los del lugar. A la tarde quiero material jugoso para
preparar la edición de la mañana. Me envías por guasap o
por email lo que vayas consiguiendo. Date prisa en salir.
Espero que hagas un buen trabajo.
Nada más colgar se metió
en la ducha; después se vistió, cogió su mochila, introdujo en
ella cuatro cosas, sin olvidarse del cargador del móvil, la
documentación y el ordenador portátil; tomó apresurado un café y
salió en busca del coche. Una vez en él, preparó la ruta a través
del GPS del móvil y echó cuentas mentalmente del tiempo
disponible: al mediodía podria estar ya por el lugar indicado, darse
una vuelta, hacer algunas entrevistas a la gente del entorno,
intentar contactar con alguna autoridad local... Luego tendría
tiempo para comer algo, redactar la noticia, hacer fotos... Le
sobraría tiempo.
Hizo el viaje sin contratiempos, salvo aquella
espesa niebla a medio camino que surgió de repente rodeando el coche
como un túnel de color gris oscuro que no permitía ver nada a los
lados y apenas treinta metros por delante de él. Afortunadamente
aquello duró tan solo un par de minutos. Y cuando el día volvió
con su luz y disipó la niebla, se percató de que los testigos luminosos del salpicadero se habían vuelto locos, destellaban o mostraban falsos avisos de avería, incluso la fecha aparecía equivocada, figurando la del día anterior.
—En cuanto pare tengo que configurar de nuevo los datos —. Se dijo. Y no le dio más importancia.
A la entrada del pueblo paró a repostar en una gasolinera. Allí mismo aprovechó para preguntar al encargado:
—Parece que han tenido una noche movidita. ¿Qué tal fueron las labores de extinción?
—¿Cómo dice?
—Sí, hombre, el incendio.
—Perdone, pero
aquí no ha habido ningún incendio. Creo que se confunde.
—Pero...
No puede ser. Me han informado hace poco de ello.
—Debe
ser una equivocación. Que yo sepa, ni aquí ni en los pueblos de
alrededor hemos tenido en las últimas semanas incendio alguno.
Tras
pagar y sin bajarse del coche se dio una vuelta por los alrededores
de aquella localidad. Ni en los campos ni en los montes se veía nada
parecido a un incendio: nada quemado, ningún olor característico
que lo delatara. De regreso al pueblo, lo atravesó y aparcó en las
afueras, donde acababa la carretera, en una especie de parking al
aire libre con vallado de madera, una especie de mirador o terraza rodeada de robles y castaños, colgada frente al acantilado. Desde ella se podía ver al fondo el
curso del río serpenteando entre árboles frondosos, perdiéndose a
lo lejos camino del mar. La vista era impresionante, pero imponía
mucho.
Entró al pueblo andando. A eso de las dos paró en un
restaurante. Su aspecto era algo cutre y descuidado. En una pared
había un viejo calendario de los antiguos, de esos de bloque de hoja
por hoja con santoral. Se fijó en un detalle: nadie había pasado la
hoja del día anterior. Pensó que eran algo dejados, sin embargo la
comida olía muy bien. Se sentó en una mesa y pidió el menú del
día. Mientras le servían intentó interrogar al camarero. Nada. Él
no sabía nada. Tampoco parecía nadie estar allí preocupado, ni
siquiera los clientes que se agolpaban junto a la barra del bar.
Tras comer, nuevo paseo mitad en coche y mitad andando por los
alrededores.
De pronto fue invadido por un mezcla de hastío y
cansancio, la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Más tarde,
en el bar del pueblo, intentó entablar conversación con el dueño
del establecimiento. Pidió un café.
—Un cortado, por favor. Tengo entendido que han sufrido un incendio.
El que le atendió puso cara de extrañeza, se encogió de hombros y dijo no saber nada.
Falsa alarma pues. Entre decepcionado y aburrido, el periodista pagó y se fue.
Se dirigió a buen paso hacia el aparcamiento solitario al aire libre donde había dejado el coche. Abandonó el camino de acceso al pueblo y llegó a la explanada donde lo había aparcado. Estaba al fondo del todo.
Cuando esté sentado al volante —pensó—, le mandaré un mensaje de voz al jefe para explicarle todo con pelos y señales.
Según abría la puerta para acceder al interior del vehículo, percibió una especie de fragor o rugido a sus espaldas, un olor a leña quemada se apoderó del lugar. Giró la cabeza y vio el enorme resplandor y el crepitar del fuego que, como una muralla devastadora, bloqueba la carretera que comunicaba con el pueblo que acababa de abandonar. Al otro lado, donde terminaba la carretera, el terreno quedaba cortado a pico abruptamente y por allí era imposible la salida. El fuego avanzaba amenazadoramente y se iba extendiendo por los flancos del camino. Estaba acorralado. Nervioso y empapado de sudor, casi le entró un ataque de histérica alegría al verse envuelto por aquellas llamas que acabarían por calcinarlo o asfixiarlo. ¡Había incendio! ¡Y a tiempo para contarlo! Antes de que el calor se hiciera insoportable, a la luz siniestra de las llamaradas, tecleó un par de frases y hizo unas cuantas fotos y se lo mandó todo a su jefe por guasap. Seguro que le gustaría.
Eso se llama llegar antes de la noticia. Acaso no ha sido solo una ficción. Siempre tan gratos e irónicos y bien escritos tus cuentos. Buena jornada grata.
ResponderEliminarInquietante. Parece un cuento de Lovecraft
ResponderEliminarDesde luego lo contó desde primera línea.
ResponderEliminarMuy original. Consiguió su incendio. Un beso
ResponderEliminarRelato que mantiene el interés por más que preveamos el desenlace inevitable.
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