Con
mi viejo libro de historia de cuarto de bachillerato siempre mantuve
una especial relación. Las fotos y su colorido suponían un refugio
donde se evadía mi imaginación de vez en cuando en aquella España
gris de los años 60, tan dada al adoctrinamiento en los principios
ideológicos del nacionalcatolicismo.
Hace
unos años hicimos mi mujer y yo un viaje a Oviedo.
Me
resultó grato y emocionante tener ante mis ojos las iglesias de
Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y San Julián de los
Prados. Tantas veces las
había
contemplado
en mi libro con esas ilustraciones a color... Y ahora estaban ahí,
frente a mí, compartiendo su espacio conmigo, como si yo también
formara parte de esas imágenes que conocí por primera vez siendo un
niño.
Otra vez, asistiendo a una función nocturna en el teatro romano de Mérida, me vino a la memoria el tema sobre la romanización, con sus monumentos representativos, la resistencia del héroe lusitano Viriato y la vil traición de sus generales y esos tres emperadores nacidos en Hispania: Trajano, Adriano y Teodosio.
Algo
parecido me ocurrió de viaje por Menorca, con las taulas, los
talayots y las navetas megalíticas. Allí, en medio del campo, cerca
de Ciudadela, se alzaba solitaria la naveta des Tudons, con cierto
aire de abandono. Era emocionante contemplarla in situ, sintiéndola
más cercana y de alguna manera mía.
Siempre
me fascinó la cara de pasmarote de Carlos IV de Borbón y la jeta de
tunante de su hijo Fernandito, el rey felón, tal y como los retrató
magistralmente Goya. Por eso me entusiasmó tanto la visita que
hicimos al Museo del Prado. Allí comprobamos que aquellos personajes
no habían cambiado con el paso de los años. Seguían en el lienzo,
tan incólumes como innecesarios para la historia de España.
Revisitar en vivo las ilustraciones de mi viejo libro de historia era como cerrar el círculo de un camino que se había iniciado siendo yo un niño y que se completaba, ya adulto, con estos viajes por la geografía española. Como si el encuentro formara parte de un periplo que había empezado en la pubertad y concluía a una edad donde ya no era posible la marcha atrás. Una carrera con línea de salida y de llegada , coincidente en el mismo lugar pero en tiempos diferentes.
Por esa misma necesidad de completar el ciclo o la ceremonia del reencuentro evitaba a toda costa los episodios desagradables o violentos. Procuré pues no visitar Guernica ni Paracuellos del Jarama ni las tapias de los cementerios. De Granada me quedé tan solo con el recuerdo de La Alhambra y con los textos de Federico, obvié el destierro de Boabdil y la inútil e infame ejecución del poeta. Huir de la sombra de la muerte y del ruido de las bombas era necesario para que mi reencuentro con el pasado fuera un episodio feliz.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, de visita al centro de Madrid, me topé sin quererlo con una concentración de simpatizantes de una formación ultra. Caminábamos por la Puerta del Sol para coger el metro en Ópera cuando nos dimos de bruces con ellos. Me estremecí cuando vi a toda esa gente con banderas, vociferando con la mano en alto haciendo el saludo fascista y cantando el Cara al Sol. Saludo e himno desgraciadamente muy en boga en mis años escolares. Nos fuimos de allí rápido. No fuera que se cerrara también el círculo y quedáramos atrapados en aquella España bárbara, en blanco y negro, como esos personajes anónimos que salían en el Nodo.
Ya cerca del metro, al doblar una esquina me topé con el vivo retrato de Garibaldi, con esa pinta entre hippie y revolucionario. Por un momento pensé que era un clochard, un vagabundo, uno de tantos que tienen la calle como casa. Barba larga, melena descuidada… Estaba sentado en la acera, sobre cartones, apoyada su espalda en la pared. Se me quedó mirando no sé si para pedirme una moneda o para contarme su papel en la unificación de Italia. La verdad es que, tras la sorpresa inicial, no le hice después mucho caso. Tal vez por eso, mientras me alejaba en dirección a la boca del metro, aquel individuo, con un cartón de vino en la mano, me despidió diciendo en voz alta:
—¡Baco ha ahogado más hombres que Neptuno!
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