viernes, 13 de marzo de 2026

El tiempo vuela

 Reciclando un viejo texto.



Quedan lejos aquellos tiempos de universidad en los que en mi país no había libertad; pero éramos jóvenes, estábamos llenos de vitalidad, teníamos muchos pájaros en la cabeza  y toda una vida por delante.
Así podría empezar una novela a mitad de camino entre lo autobiográfico y la pura ficción.
La juventud, qué tiempos.
Unos años felices y despreocupados, donde la palabra cáncer era tan solo un signo del zodiaco; el corazón, un asunto personal o siete casillas del crucigrama; la enfermedad, eso que pasaba a los mayores; y el futuro, algo que no existía porque quedaba todavía lejos. Un tiempo en el que un día de lluvia no era un fastidio, sino una excusa para estar en casa con los amigos o con tu chica, oír música, fumar, beber algo, hacer el amor, arreglar el mundo... No teníamos un duro, pero éramos dichosos. No sabíamos nada de la vida, pero no nos importaba. Pensábamos que ese tiempo había venido a instalarse en nuestras vidas para siempre. Y que los viejos nunca fueron jóvenes, que ya nacieron así. Y que la cosa del paso del tiempo no iba con nosotros.
Un día ocurrió algo que lo cambió todo: fue cuando nos planteamos tomarnos la vida como adultos, buscarnos un trabajo, formalizar nuestra relación, planificar el futuro... Fue el momento bisagra de nuestra existencia, aún estábamos en plena juventud. No habíamos consumido un tercio del total, pero el cambio que se avecinaba era imparable.
A partir de ese momento, la vida pasó en un soplo. Cuando nos quisimos dar cuenta habíamos llegado a la mitad de nuestro camino. Buena parte de la otra mitad que nos quedaba se nos iría también en un suspiro.
Ahora, cuando nos vamos acercando a la recta final de nuestra existencia, reparamos en dos cosas: tenemos más estabilidad económica y emocional y mucha más experiencia que entonces. Y, sobre todo, recuerdos. De regresar al pasado, posiblemente no volveríamos a cometer los errores que cometimos; pero de qué nos sirve eso si la juventud se fue definitivamente de viaje. Se fue con otros, para no volver. Dentro de nada, para los jóvenes, nosotros seremos los viejos, los que siempre fuimos viejos. Y vuelta a empezar.

5 comentarios:

  1. Comparto toda tu reflexión, creo que son recuerdos que a la mayoría nos llevan a pensar en las malas decisiones que con la experiencia actual no volveríamos a cometer, también en el tiempo perdido inútilmente.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. posiblemente no volveríamos a cometer los errores que cometimos;"
    Seguro, pero seguro que cometeríamos otros.
    Cada día entiendo más a Calderón y su obra, Cayetano
    Salut

    ResponderEliminar
  3. Ahora toca prepararse, si vas a una iglesia, ves como bastantes viejos, rezan Rosario tras Rosario, quieren asegurarse una buena butaca,de donde ver el partido bien. De como Guardiola cabreado, no puede con la Real
    Saludos

    ResponderEliminar
  4. Una síntesis testimonial que ratifico. El tiempo de la niñez y de la juventud era lento, sobre todo el primero. Ahora es vertiginoso, el día semanal de limpieza doméstica parece que fue ayer y no hace una semana. Debemos asumir frustraciones, errores, deslices, enconos y cuentas pendientes. Porque en cada situación vivida, en cada grupo o individuo que conocimos, en cada espacio que ocupamos siquiera circunstancialmente pusimos nuestra "alma". Es decir nuestras ganas de conocer, de dialogar, de comprobar, de saber lo que iba a dar de sí nuestro cuerpo (incluida la mente, por supuesto) Todo fue y mereció la pena, y no es fácil decir esto de vivencias menos gratas que nos deparó el régimen ominoso que reprimía tantas facetas de nuestras vidas. Al cual sorteábamos divertidamente, pero con angustia también.

    ResponderEliminar
  5. Recuerdo haber pensado que los viejos nacían ya así. Ahora soy uno de ellos. Un beso

    ResponderEliminar