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martes, 4 de diciembre de 2012

Espadones en el callejero



El siglo XIX español fue una época de inestabilidad política y social con profusión de golpes de estado o cuartelazos que encumbraron a militares en puestos de responsabilidad  de gobierno por obra y gracia de las armas. Multitud de calles de Madrid llevan nombres de esos “espadones” que escribieron algunas páginas de nuestra historia pasada, la mayor parte de ellos son de la época isabelina.

Calles como...

Narváez, perpendicular con
O’Donnell que sale de la calle de Alcalá y se convierte en carretera.
Serrano, desde Alcalá, paralela al Paseo de la Castellana.
Prim, entre Chueca y Banco de España.

Espartero (Príncipe de Vergara), calle enorme, de más de cuatro kilómetros, desde la Plaza del Perú  hasta la calle de Alcalá, perpendicular a
Diego de León.
Manuel Pavía, cerca de la avenida de la Albufera en Vallecas.
Topete, en Alvarado, cerca de Bravo Murillo y próxima a Cuatro Caminos.
Rafael de Riego, de Méndez Álvaro a la calle del Ferrocarril, entre la estación de Atocha y la de Delicias.
Martínez Campos, (Metro Iglesia).

Pues empecemos por esta misma calle.

Paseo del General Martínez Campos.  
Nunca mejor dicho... Ni calle ni avenida: "paseo". Eso fue lo que el general se dio en 1874 desde su pronunciamiento en Sagunto para proclamar como rey a Alfonso XII, hijo de Isabel II, puesto que el gobierno provisional dirigido por Serrano decidió no enfrentarse al militar.

Francisco Serrano.
El "general bonito", como lo llamaba Isabel II.

Serrano
El que abrió a la reina el camino del amor y otro camino, el del exilio. Equidistante en el plano entre los extremos como Pavía o Topete. El lugar que ocupa Serrano en el plano de Madrid está bien centrado y situado, cerca de todo, tanto de posturas drásticas, hasta el punto de participar en la expulsión de Isabel II, como de posiciones más moderadas, aceptando presidir un gobierno de concentración nacional tras el golpe del general Pavía.

Pavía y Topete
Buena situación. Vallecas y Alvarado. De todos los citados son los más distantes en el callejero y tal vez en posiciones. Uno terminó con el sexenio democrático y el otro colaboró en su inicio. Aunque bien mirado, a Topete habría que haberle puesto en Chueca, cerca de Prim, compañero de fatigas, y no precisamente en el barrio de Tetuán de las Victorias en donde, por el contrario, habría que haber situado en justicia a

O’Donnell, quien casualmente acampó allí con sus tropas, cuando todavía era campo, tras regresar victorioso de África en espera de su entrada triunfal en Madrid. Lo que no llegó a suceder. Con el tiempo, el campamento atrajo a comerciantes y se fue formando un nuevo barrio. A pesar de no estar allí su calle, es una buena idea poner la auténtica enfilando la radial 3 para luego enlazar con la carretera de Valencia, así el trajín de soldados, el ruido de sables y las boñigas de caballo quedan relegados casi al extrarradio, donde menos molesten.
Cuentan  que en una ocasión que marchaba el general para tierras africanas, Isabel II le dijo que si ella fuera hombre se iría con él, a lo que el consorte Francisco de Asís, más conocido popularmente como "Paquita", le dijo aquello de... "Lo mismo digo, O'Donnell. Lo mismo digo."

Rafael de Riego, el que se sublevó en Cabezas de San Juan (Sevilla) contra Fernando VII, y al que obligó a respetar la Constitución de Cádiz, tiene su calle cerca de la estación de Atocha, como si hubiera venido desde tierras andaluzas en tren para la ocasión. Y por si las cosas se dieran mal, no sea que hubierque salir corriendo con las maletas -en caso de que El Felón decidiera pasarse La Pepa por el forro, como así pasó-, era preferible, por si las moscas, andar cerca de los andenes y lo más lejos posible de la plaza de la Cebada.

En el meollo de Madrid, en pleno ensanche, nos encontramos con Narváez, Diego de León y Espartero (Príncipe de Vergara).
Narváez entrecruzándose con O'Donnell, como pasó en la historia real.
También ocupan una posición perpendicular Príncipe de Vergara, o sea el general Espartero, y Diego de León. Dos calles que se cruzan. Es como si uno de los dos cortara la trayectoria del otro. Como si se estorbaran mutuamente. Y así fue. A punto estuvo Diego de León de truncar la carrera del señor Baldomero cuando, en plena regencia de éste, participando en una maniobra desestabilizadora, colaboró en 1841 en una aparatosa intentona golpista, pero le salió mal la jugada. Fue detenido y mandado fusilar. O sea que fue el “Príncipe de Vergara” el que cortó el paso al otro y no al revés, como estaba previsto.


Atentado de Prim

Juan Prim y Prats deberían haberle cambiado la calle, haber puesto su nombre a la calle del Turco -que hoy no se llamaría Marqués de Cubas-, porque fue allí donde sufrió el atentado que le costó la vida (Aunque según las últimas investigaciones, no murió de esas heridas, sino estrangulado en su propia casa unos días después). El general tenía más enemigos que amigos y la autoría del asesinato sigue siendo hoy un misterio sin resolver, aunque hay claras sospechas de que pudo ser alguien, republicano o monárquico, que no quería que Amadeo de Saboya, más conocido por los españoles como "Macarronini I", fuera el rey de España (*). Y Prim era el principal valedor de éste tras el derrocamiento de Isabel II. De todos maneras no gozaba de muchas simpatías entre los borbónicos, por declaraciones del estilo de "Es tal la convicción que tengo de que la dinastía borbónica se ha hecho imposible para España, que no vacilo en decir que no volverá jamás, jamás, jamás." 

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(*) Uno de los implicados en el atentado de Prim pudo ser con casi toda seguridad el Duque de Montpensier, quien tenía pretensiones de ocupar el trono de España y al que Prim había rechazado de plano, entre otras cosas porque había matado a un hombre en un duelo.