
Ahora que el miedo a una guerra nuclear se vuelve a poner en el tapete con el ascenso en el plano atómico de países potencialmente peligrosos como Irán o Corea del norte o que el terrorismo islamista de Al Qaeda sigue ahí con su amenaza latente, vuelve a cobrar protagonismo el mundo del espionaje. La captura de Bin Laden por parte de los servicios secretos ha vuelto a poner de moda la imagen de los espías, con toda esa carga de fascinación que produjo en su día la afición por las novelas y las películas del género.
Y entre todos los personajes de ficción destaca uno que trabaja al Servicio de su Majestad Británica.
El 4 de enero de 1900, tal día como hoy, nacía Bond, James Bond.
En realidad este hombre no era un agente al servicio de su Majestad Británica, sino un ornitólogo nacido en Filadelfia, un hombre pacífico que, según parece sirvió de inspiración a Ian Fleming para diseñar su personaje de ficción, un hombre aparentemente tranquilo y del montón, tantas veces llevado a las pantalla por apuestos galanes.
De hecho el auténtico James Bond no murió en ningún servicio arriesgado sino en el hospital y ya mayor, a la edad de 89 años.