lunes, 18 de mayo de 2026

Santo Cristo del Espeto

 


Dedicado a los ya desaparecidos y queridos Les Luthiers.


Mar adentro. Un barco frente a la costa de Fuentepona (Málaga). El grupo de esforzados pescadores lleva faenando desde altas horas de la madrugada. No ha ido mal la cosa. La red está llena, a punto de reventar. Ha sido una buena jornada de pesca.
La red se abre sobre la cubierta y derrama su generoso contenido: centenares de kilos de sardinas. Hay algo de morralla entre ellas, unos cuantos salmonetes, una estrella de mar y algún pulpo despistado. También hay un objeto entre los peces que reluce y llama poderosamente la atención: un viejo crucifijo de hierro oxidado con su Cristo y todo.
L
os pescadores, la mayoría malagueños y algún que otro gaditano, personas por lo común bulliciosas, han enmudecido llenos de asombro. Y como son devotos creyentes, aunque a veces juren en arameo y se caguen en todo lo cagable, piensan que están ante un prodigio de origen divino, una especie de señal especial que les quieren enviar los cielos.

El hallazgo del crucifijo supone un acontecimiento en Fuentepona. La gente habla ya de milagro. El párroco de la villa, como no podía ser de otra manera, aprovecha el asunto, reúne a las fuerzas vivas del lugar y en pocos días se organiza una procesión con la colaboración de la cofradía de pescadores y el consistorio en pleno. La comitiva, encabezada por el párroco don Genaro y el alcalde, recorre el centro de la localidad y se dirige hacia una vieja ermita medio derruida, situada en medio del campo.

En un tiempo breve, si los ingresos lo permiten, será convenientemente restaurada y rebautizada con el nombre de Ermita del Santo Cristo del Espeto. El crucifijo, flanqueado a izquierda y derecha por dos sardinas esculpidas en mármol negro de Carrara, como si fueran los dos ladrones del Gólgota que acompañaron a Jesús, se pondrá en un lugar bien visible, para admiración de propios y visitantes. En ningún caso resulta descabellado plantear este tipo de iconografía dentro de un recinto religioso, máxime en un pueblo de pescadores. Al fin y al cabo, las sardinas posibilitaron el hallazgo milagroso y también son peces, y un pez era el símbolo entre los primeros cristianos cuando compartían su credo en clandestinidad.

Miguelito, el poeta local, a sueldo del ayuntamiento y gran amigo del cura, creará un himno religioso, una plegaria que se cantará en procesión cada 20 de mayo, en el aniversario del sacro acontecimiento:


Al Cristo de las sardinas


Ampara a tus pescadores,  

Santo Cristo de la mar. 

Que la pesca sea buena, 

que podamos faenar.  

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad.

No te olvides de los fieles, 

ni del cura del lugar, 

que si no pescamos nada 

no ganamos el jornal. 

Que vengan muchos devotos 

de fuera o de la ciudad, 

y que pueda don Genaro 

su ermita restaurar. 

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad. 

Que si la pesca no es buena, 

-cosa que no ha de pasar-, 

 que si la pesca no es buena... 

¡ te devolvemos al mar!



lunes, 11 de mayo de 2026

El malo de la película


 


De pequeño siempre me gustaron los malos. Los malos de ficción, claro, los de las películas. Porque los de verdad, los del telediario, ya eran otra cosa, pertenecían solo al mundo de los adultos. Y esos no eran de los míos.

¡Ah, los malos! ¡Qué atractivos resultaban! ¿Seria yo acaso un malo en potencia? Ya lo decía una tía mía: este chico no roba ni mata, pero bueno, lo que se dice bueno, no es.
Porque yo, además de travieso, era:
El verdugo de la capucha y el hacha tamaño familiar en las películas de acción de la Edad Media.
El pistolero urbano con funda sobaquera que espera escondido su momento en El hombre que sabía demasiado.
Era Víctor Mature, cuando solo hacía de indio o de Aníbal.
O Jack Palance, cuando solo hacía de forajido o de mongol.
O Boris Karloff cuando solo hacía de monstruo. O sea, casi siempre.

Mi madre era la sufrida encargada del atrezzo cada vez que en mi infancia se me antojaba personaje nuevo:

"Mamá, quiero una capucha de verdugo...
Mamá, quiero una funda sobaquera para la pistola.
O un traje de romano de la guardia pretoriana.
O unos dientes de Drácula...
¡Ah! Y si vas a Sepu, cómprame un indio" .

(Un indio de los de plástico, evidentemente, porque en temas del antiguo oeste mi preferencia eran los indios, ya fueran sioux, apaches, semínolas, navajos o arapahoes, esos que montaban a pelo sus caballos, se pasaban el día medio en pelotas, vivían en tiendas y llevaban la cara pintada y decían "por Manitú").

Además de los indios, me gustaba ser Mesala en Benhur, Datán (Edward G. Robinson) con su látigo en Los Diez Mandamientos, Nerón (Peter Ustinov) en Quo Vadis, John Hurt en Calígula.
Confieso que lo más atrayente, aunque políticamente incorrecto, sería imitar a Polifemo en su cueva y comerme
vivos a los intrusos que se cuelan en mi casa sin permiso del propietario. Hoy esos intrusos no serían héroes de la guerra de Troya de regreso a Ítaca, sino cruceristas aborregados con su pulserita de “todo incluido” que llegan en masa con sus barcos e invaden las islas del Egeo. No hay derecho. Habría que devorarlos. Qué pena que ya no queden cíclopes, porque estos turistas... ¡qué se habrán creído! Empezaron por Miconos, Paros, Creta, luego Santorini y ahora... ¿la isla de los cíclopes? ¡Ojo con ellos!


lunes, 4 de mayo de 2026

Mi amigo Julio



Conozco a varias personas con el nombre de Julio.

Algunas de ellas, pocas, han pasado por la vida, por la historia y por la literatura dejando su huella de forma imborrable, con un legado importante para la humanidad.

Uno es Julio César, más conocido entre sus soldados por el mote de “el adúltero calvo”; otro es Julio Cortázar, gran “Cronopio” a quien desde estas páginas rindo homenaje, otro es mi compañero de la infancia, mi gran amigo siempre fiel, a quien debo, junto a otros pocos, mi afición por la lectura: Julio Verne.

Sí, este Julio me acompañó siempre, como un inseparable amigo. El que me ayudaba a conciliar el sueño cuando me iba a la cama, el que me entretenía las largas tardes de invierno mientras caía la lluvia tras las ventanas, incluso el que me acompañaba sin una queja cuando tuve que guardar cama en alguna ocasión por motivo de una enfermedad pasajera. Nunca me falló. Y recibí mucho a cambio: el placer de la lectura, participar en aventuras y viajes imposibles contrarreloj, disfrutar de las peripecias de sus personajes como Phileas Fogg, el profesor Lidenbrock o el Capitán Nemo, luchar contra animales prehistóricos, viajar a la Luna, sumergirme en las profundidades del océano a bordo del Nautilus descender hasta el corazón mismo del planeta introduciéndome por el cráter del Sneffels e internándome por ese dédalo de oscuras y frías galerías…

Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamente sobre la mesa un trozo de pergamino de unas cinco pulgadas de largo por tres de ancho, en el que había trazados, en líneas transversales, unos caracteres mágicos. Era un facsímil exacto. Quiero dar a conocer al lector estos signos extraños, que llevarán al profesor Lidenbrock y a su sobrino a emprender la expedición más extraña del siglo XIX:




El profesor miró por un rato esta secuencia de caracteres; luego dijo, levantando sus gafas "Esto es rúnico; estos tipos son exactamente iguales a los del manuscrito de Snorre Turleson. Pero... ¿qué significan?» (1)

Y luego estaba el globo, protagonista de más de una novela, que me servía para alejarme del mundo prosaico y anodino que me tocó vivir en tiempos del funeralísimo. Tiempos sin libertad, en una España plomiza, gris, llena de prohibiciones. Una España en blanco y negro, como la tele o el Nodo de aquellos tiempos terribles…Y la lectura obraba el milagro de trasladarme a otros remotos lugares, llenos de islas fantásticas, enemigos despiadados, animales salvajes, expediciones peligrosas. Y así, con la ayuda del globo, conseguir evadirme, elevarme, alejarme y, de mano de vientos favorables, poder llegar a tantos sitios sin necesidad de pasaporte ni de aduanas. El mundo, con todas sus maravillas, quedaba al alcance de mi mano. Con Julio viajabas por el mundo y no había frontera que se resistiera al empuje de sus aventureros personajes. El capitán Nemo, un apátrida que renegó del mundo entero y que rompió relaciones con la humanidad, se convirtió en un pirata moderno a bordo del Nautilus y no conocía más patria ni bandera que las profundidades del mar. El globo de Verne sobrevolaba los territorios sin detenerse en las aduanas. El profesor Lidenbrock no tuvo que presentar pasaporte para entrar por el Sneffels en Islandia y salir por el Estrómboli en Italia, a 1200 leguas del otro. O emprender la búsqueda del capitán Grant a través de la Patagonia, Australia y el Pacífico. O recorrer el continente africano viajando cinco semanas en globo. Y qué pequeñas se ven nuestras naciones y nuestras miserias, qué diminuto el mundo con sus fronteras, cuando viajas rumbo a la Luna. ¿Cómo no estar agradecido a Julio, al gran Julio, y sobre todo a su globo el haber podido trasladarme a otros lugares, aunque tan sólo fuera por el poder mágico de la lectura y de la imaginación?

_______________

(1) Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra



 


lunes, 27 de abril de 2026

Sísifo

 


De lunes a viernes trabajo en una gestoría.
Las jornadas se reparten entre el ordenador y los papeles, el hastío y el desencanto, las malas caras y las labores reiterativas. Trabajo no falta. Siempre hay gente, a título particular o de empresa, que precisa de nuestros servicios: gestión de nóminas, facturación, alta y baja de trabajadores, contrataciones, despidos, contabilidad... A pesar de la diversidad de funciones, los protocolos se repiten y la rutina se impone y, lo que es más importante, pasan lentas las horas. Los días discurren monótonos y grises.


Para colmo de males, esta semana se ha averiado el ascensor y hay que subir y bajar a pie las nueve plantas.

El jefe de sección me la tiene jurada y su deporte favorito es putearme haciéndome bajar a otras plantas con montones de carpetas de archivos. Y luego vuelta a subir. Y así me paso el día en las escaleras.

Tras acabar la jornada del viernes, me despido hasta el lunes y regreso al hogar.
Parece llegar la felicidad, pero la alegría dura poco.
El fin de semana pasa veloz. Siempre la misma historia: comprar, meter la ropa sucia en la lavadora, preparar la comida de la semana, limpiar la casa, poner el lavaplatos, ayudar a los chicos con sus deberes, ver la tele y comer con los suegros o con los amigos de siempre. Y entre unas cosas y otras los días de ¿descanso? se consumen rápidamente.

Lunes de nuevo. Toca madrugar, coger el coche y regresar a la oficina. Hay retenciones en la autovía de acceso a la ciudad. El tráfico va endemoniadamente lento. Parece ser que ha habido un accidente. Se me hace tarde. Llego por fin. Consigo aparcar de milagro no muy lejos de la oficina. Saco del maletero del coche una pequeña mochila con cosas personales y un maletín con mi portátil. Resoplo. Voy sudando. Llego al portal del edificio donde trabajo.
En la puerta del ascensor hay un cartel que pone AVERIADO.

Así que vuelta a empezar.

Empezamos el lunes con buen pie: nueve pisos me esperan con sus escalones respectivos. Y mi amado jefe.



martes, 21 de abril de 2026

Miradas

 


No perdamos la perspectiva, decía doña Rosa, la dueña del café aquel de La Colmena.
Mira que te lo advertí —opinaba tu madre—. Esa mujer no te conviene.
Mira, dijo un ciego.
Ya veremos, dijo otro.
Mirando el mar soñé que estabas junto a mí, entonaba Jorge Sepúlveda con mucho sentimiento.

¡Y tú, qué miras! (provocando).
¿Y tú, cómo miras, con qué miras? El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas. Es ojo porque te ve (en plan machadiano).

Luego está la literatura. El relato es una mirada literaria sobre la realidad.

Y las hay seductoras, inquisitivas, penetrantes, vagas, terribles, profundas, esquivas...
Miradas tristes, furtivas, ardientes, frías, recelosas, escrutadoras...

La mirada de la mujer de Lot cuando contempla Sodoma desde una distancia prudencial y se queda de piedra (algo salada, creo).
No mires atrás, decían los componentes de Boston.
Sebastián, el solterón mironcete encargado de la mercería, daba siempre un repaso visual a las clientas que entraban en su tienda a comprar botones o cosas de lencería.

Joan también Miró.

Por una mirada, un mundo. Por una sonrisa, un cielo, decía Gustavo.
Mira qué eres canalla. Eso no se hace a quien te quiere bien, nos cantaba el Aute.
Regardez la gilopolluá, decían Tip y Coll en el numerito de la jarra con agua y el vaso.
Y al volver la vista atrás —el amigo Antonio, premonitoriamente, mucho antes de abandonar España— se ve la senda que nunca has de volver a pisar.
El niño —que está en la luna, muy lorquiana por cierto— la mira, mira, el niño la está mirando.
Mira qué eres linda, qué bonita eres... El piropo con aire de bolero. Bolero debe ser el que hace bolos en las fiestas de los pueblos o el mentiroso compulsivo que te mete una bola. Muchos mentirososo son incapaces de aguantarte la mirada.

En los viajes en tren me gusta ir sentado junto a la ventanilla de espaldas al sentido de la marcha. Ir viendo como se van empequeñeciendo en la distancia hasta desaparecer las casas, los prados, los postes... perdiéndose a lo lejos. Muy evocador y poético todo. Pues no deja de ser una mirada al pasado, a lo que se va, a lo que se fue. En ese momento la nostalgia se apodera del que no tiene otro entretenimiento que mirar, soñoliento o tal vez aburrido, por la ventanilla.

Siempre la ventanilla es mejor ocupación, amigo lector, que mirar el mundo a través de una pantalla como esta.










viernes, 17 de abril de 2026

Una raza superior

  



A título individual valoro mucho que nos respetéis, que mostréis buena educación, que haya intentos por vuestra parte de aceptar nuestras costumbres... ¿Cómo llamarlo?¿Capacidad de adaptación? ¿Maniobras interesadas? Algunas mentes bien pensantes y cándidas lo llaman integración. ¡Ilusos!

Digamos que eso de integrarse me parece bien. Pero en este caso suena a cuento chino.
Por mucho que os esforcéis resulta difícil ocultar vuestra verdadera naturaleza. Esos gestos, esas muecas, esas carcajadas, esas exclamaciones exageradas, la forma peculiar de comunicaros con los demás, de celebrar vuestros rituales, de sonreír o de abrazar...
No, no podéis disimular vuestro auténtico origen, aunque hagáis un poco de teatro…

Considero que hay algo fingido cada vez que usáis algunas expresiones coloquiales, como por ejemplo “tener huevos”, para presumir de hombría, o “tener pluma”, para indicar cierta afectación o delicadeza en la condición del homosexual. Puro teatrillo de impostada integración para regalarnos el oído —sois conscientes de que eso nos halaga— , pero a estas alturas es difícil engañarnos.

No nos gusta que mastiquéis a dos carrillos, que habléis en voz alta o que discutáis con los demás por cualquier tontería. Tampoco nos gustan esas fiestas ruidosas ni esos atracones que os dais a base de carne grasienta, todo bien regado con alcohol y cafeína. No resulta agradable veros devorar, en un ritual gastronómico insufrible y voraz, esos cadáveres de inocentes animales. ¡Puaj!

Sois ruidosos, prepotentes, pendencieros, narcisistas, egoístas. Os creéis el centro del universo. Carecéis de empatía: el resto del mundo os importa un pito. Os gusta que os adulen. No soportáis pasar desapercibidos.

Hasta ahí todo lo sobrellevamos con resignación. Pero lo que verdaderamente nos repugna es que inventéis la historia, que vayáis de víctimas, cuando siempre fuisteis verdugos. Hay que tener memoria. No podemos ni debemos olvidar el hacinamiento de nuestros antepasados en cárceles que parecían jaulas, esas hileras de seres desnudos preparados para el sacrificio, en una calculada operación de exterminio... ¡Todavía guardo en mi memoria el nauseabundo olor a piel chamuscada y a carne quemada! ¿Puede haber algo más horrible e indecente que todo eso?

Nos habéis dado muestras sobradas de lo que realmente sois.

Y tú, lo quieras o no, perteneces a ese colectivo. Así que te lo digo bien alto y claro: no, no eres uno de los nuestros.
No tienes cabida en nuestra sociedad. Ni tú ni ninguno como tú.
Porque por mucho que lo intentéis ocultar, nosotros no olvidamos. No olvidamos que durante siglos fuisteis nuestros perseguidores y torturadores.
Y solo nosotros podemos decir con orgullo que en esta era que ahora se inicia, la del Postantropoceno, y en este año glorioso de 4.525, somos por fin la raza superior: la elegida por la evolución de las especies para gobernar el planeta.

Porque afortunadamente no descendemos de los estúpidos primates como vosotros, sino de los primigenios e inteligentes pollos del Jurásico.


martes, 14 de abril de 2026

La corrección

Ser correcto en el trato con los demás. Ser educado y cortés. Ceder el paso cuando vas andando por la calle o circulando con el coche. Ser amable y considerado. Pensar de vez en cuando que no eres el único ser que habita el planeta.

La educación se puede derrochar. Es un bien que no cuesta dinero.
Si todo esto lo practicamos o, al menos, nos parece apropiado... ¿ por qué no aplicarlo también a la corrección en el lenguaje? Al menos en la expresión escrita, que lo escrito queda y perdura.
Por respeto a los demás, y con el fin de comunicarnos mejor y sin equívocos, hemos de cuidar nuestra ortografía y nuestra sintaxis, porque, ¿qué demonios queremos decir cuando escribimos cosas como estas?:

Haber si bienes.
El compañero de alado.
Roger Moore fue embestido por la reina Isabel II.


O cuando leemos:

Fallece por segundo día consecutivo una mujer de 103 años.

¡Parece que le cogió gusto la señora a eso de morirse!

Un avión español se estrella en Turquía por tercera vez en un año.

¡Cómo quedaría el pobre de tanto estrellarse!

Luego está la llamada "coma criminal", la que con frecuencia se cuela indebidamente entre sujeto y verbo:

Los alumnos de la clase de Geografía, aprobaron todos.

Por una comunicación sin equívocos, en la medida de nuestras capacidades, seamos correctos al escribir.

viernes, 10 de abril de 2026

COVI

 

Obra de Nicolae Grigorescu

Se llamaba Covadonga, pero todos la llamaban Covi. Cuando el coronavirus irrumpió en nuestras vidas pasó a ser identificada como Covi Diecinueve, porque era tóxica y complicada como persona. Sí, Covadonga era mala gente. Su situación se agravaba porque empinaba el codo de mala manera. Y cuando bebía —o sea, casi siempre— perdía el control y la vergüenza. Se juntó con otro borracho y compartieron su afición por el trago. Empezaban a beber nada más levantarse: copa de aguardiente con el café, varias cervezas a lo largo de la mañana, vino para comer, copa tras el postre, más cervezas por la tarde, vino para cenar y algún cubata tras la cena. Mientras compartían sus vicios todo iba medianamente bien. Alguna vez hasta tuvieron sexo. Se reían mucho cuando estaban cocidos, sobre todo de los demás. Les encantaba encontrar en los otros algún defecto. Si aquella estaba gorda, si aquella era flaca, si qué feo es ese señor, si aquel pedía una cocacola y no un coñac... Y se lo pasaban en grande buscando motes a los que entraban en el bar: el gafotas, el mariquita, la bollera, etc. Un día, saliendo del garito que frecuentaban, casi pisan una mierda de perro que estaba reciente en la acera.

Miiira, una mieeeerda —decía él señalando con el dedo y con la voz pastosa típica del que va hasta arriba de morapio.

Qué va a ser una mierda, hombre —respondía ella, también con la dicción perezosa del borracho.

Que sí, mujer, que es una miiiierda.

Que no —insistía ella y cogió un palo del suelo con el que empezó a hurgar en el truño, todavía humeante. Y con el palo, como si jugara al golf, empezó a golpear de refilón el zurullo perruno aquel salpicando de particulas fecales a todo el que pasara a menos de cinco metros, incluidos ellos.

¿Lo ves?

Joder —dijo ella, oliendo un fragmento que se le había adherido a la manga del jersey—. Pues es verdad. ¡Menos mal que no la hemos pisao!

Cuando él desapareció por culpa de la cirrosis hepática que se lo llevó al otro barrio, ella se quedó sola y se reconvirtió en bebedora solitaria. Y la soledad la llevó a la amargura, a odiar a los demás, a las peleas en los tugurios que frecuentaba. Le faltaban no sé cuántos dientes, algunos perdidos por sus aficiones etílicas y la falta de higiene; los más, por las trifulcas que mantuvo con otros borrachos y borrachas de su nivel. Una tía con mal rollo. Mejor no toparte con ella. Los que la conocían la llamaban así: Covi Diecinueve. Un bicho. Un virus de los peores.

lunes, 6 de abril de 2026

Amor a medida

  

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.





martes, 31 de marzo de 2026

El viejo libro de historia




Con mi viejo libro de historia de cuarto de bachillerato siempre mantuve una especial relación. Las fotos y su colorido suponían un refugio donde se evadía mi imaginación de vez en cuando en aquella España gris de los años 60, tan dada al adoctrinamiento en los principios ideológicos del nacionalcatolicismo.

Hace unos años hicimos mi mujer y yo un viaje a Oviedo.
Me resultó grato y emocionante tener ante mis ojos las iglesias de Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y San Julián de los Prados. Tantas veces las
había contemplado
en mi libro con esas ilustraciones a color... Y ahora estaban ahí, frente a mí, compartiendo su espacio conmigo, como si yo también formara parte de esas imágenes que conocí por primera vez siendo un niño.

Otra vez, asistiendo a una función nocturna en el teatro romano de Mérida, me vino a la memoria el tema sobre la romanización, con sus monumentos representativos, la resistencia del héroe lusitano Viriato y la vil traición de sus generales y esos tres emperadores nacidos en Hispania: Trajano, Adriano y Teodosio.

Algo parecido me ocurrió de viaje por Menorca, con las taulas, los talayots y las navetas megalíticas. Allí, en medio del campo, cerca de Ciudadela, se alzaba solitaria la naveta des Tudons, con cierto aire de abandono. Era emocionante contemplarla in situ, sintiéndola más cercana y de alguna manera mía.

Siempre me fascinó la cara de pasmarote de Carlos IV de Borbón y la jeta de tunante de su hijo Fernandito, el rey felón, tal y como los retrató magistralmente Goya. Por eso me entusiasmó tanto la visita que hicimos al Museo del Prado. Allí comprobamos que aquellos personajes no habían cambiado con el paso de los años. Seguían en el lienzo, tan incólumes como innecesarios para la historia de España.

Revisitar en vivo las ilustraciones de mi viejo libro de historia era como cerrar el círculo de un camino que se había iniciado siendo yo un niño y que se completaba, ya adulto, con estos viajes por la geografía española. Como si el encuentro formara parte de un periplo que había empezado en la pubertad y concluía a una edad donde ya no era posible la marcha atrás. Una carrera con línea de salida y de llegada , coincidente en el mismo lugar pero en tiempos diferentes.

Por esa misma necesidad de completar el ciclo o la ceremonia del reencuentro evitaba a toda costa los episodios desagradables o violentos. Procuré pues no visitar Guernica ni Paracuellos del Jarama ni las tapias de los cementerios. De Granada me quedé tan solo con el recuerdo de La Alhambra y con los textos de Federico, obvié el destierro de Boabdil y la inútil e infame ejecución del poeta. Huir de la sombra de la muerte y del ruido de las bombas era necesario para que mi reencuentro con el pasado fuera un episodio feliz.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, de visita al centro de Madrid, me topé sin quererlo con una concentración de simpatizantes de una formación ultra. Caminábamos por la Puerta del Sol para coger el metro en Ópera cuando nos dimos de bruces con ellos. Me estremecí cuando vi a toda esa gente con banderas, vociferando con la mano en alto haciendo el saludo fascista y cantando el Cara al Sol. Saludo e himno desgraciadamente muy en boga en mis años escolares. Nos fuimos de allí rápido. No fuera que se cerrara también el círculo y quedáramos atrapados en aquella España bárbara, en blanco y negro, como esos personajes anónimos que salían en el Nodo.



Ya cerca del metro, al doblar una esquina me topé con el vivo retrato de Garibaldi, con esa pinta entre hippie y revolucionario. Por un momento pensé que era un clochard, un vagabundo, uno de tantos que tienen la calle como casa. Barba larga, melena descuidada… Estaba sentado en la acera, sobre cartones, apoyada su espalda en la pared. Se me quedó mirando no sé si para pedirme una moneda o para contarme su papel en la unificación de Italia. La verdad es que, tras la sorpresa inicial, no le hice después mucho caso. Tal vez por eso, mientras me alejaba en dirección a la boca del metro, aquel individuo, con un cartón de vino en la mano, me despidió diciendo en voz alta:

¡Baco ha ahogado más hombres que Neptuno!



sábado, 28 de marzo de 2026

Esto no es una entrada


En efecto, esto no es una entrada.

Es un alto en el camino para reflexionar sobre un par de cosas.

En primer lugar, una "felicitación".

Sí,  una especie de felicitación dedicada a todos aquellos valientes que hacen una entrada diaria. Los hay, incluso, que publican dos o tres... ¡Cada día! 

Hay que tener capacidad de inventiva, tiempo y , sobre todo, bemoles.

Lo dice uno que como mucho publica una o dos entradas a la semana.

La verdad es que me cuesta mucho seguir este ritmo alocado de " lectura y comentario" de todo lo que publican los seguidores de este blog. 

Lo intento, sobre todo por cortesía; pero a veces "no me da la vida", no puedo estar enganchado todo el santo día al blog, porque entonces puede ocurrir que en vez de una afición divertida  y atrayente se convierta en una obligación penosa y  cansada.

También me pasa con los blogs de fuerte carga ideológica que se dedican todo el rato a lanzar sus mensajes y consignas, que seguro gustan a unos cuantos, pero que con toda probabilidad disgustan a otros muchos. Blogs que admiten comentarios cargados de insultos y descalificaciones al contrario. 

¡Uf! ¡Qué cansancio!

Que me perdonen si no les comento, pero yo vengo aquí a pasármelo bien no a discutir con nadie.

Pues lo dicho.

Nos vemos, leemos y comentamos. Si lo creemos oportuno.


lunes, 23 de marzo de 2026

El hueso ya no se lleva

 


Cuando vemos alguna película antigua basada en fantasías tipo Julio Verne, por citar un ejemplo archiconocido, no deja de sorprendernos el diseño de los artilugios, como en el caso del Nautilus, que recuerda mucho la arquitectura orgánica de moda en su día, ese submarino que tiene más de edificio de Gaudí, tan modernista y futurista él, que de sumergible. Uno viaja con el capitán Nemo y cree que está dentro de La Casa Batlló. O viceversa. Para mucha gente de cine de los sesenta el mañana estaría lleno de naves con aspecto de cafetera volante y personajes —de pelo corto, afiladas patillas y orejas puntiagudas— con trajes de papel aluminio, digo yo que para conservar el calor, como el pollo al horno, que en Marte hace un frío del copón.

El diseño del cuerpo humano también está anticuado, es fruto de la mentalidad de otra época, como la terracota, los muros de piedra sin tallar, los ladrillos secados al sol o las techumbres de ramas y cañas entrelazadas.

Sí, ya sé —me diréis cargados de razón— , que el señor Jahvé hizo su primer hombre hace la tira, pero como la época en la que lo fabricó era bárbara y atrasada y lo más moderno, si me apuráis, llegarían a ser las vasijas de barro y las casas también de ese material, prefirió adelantarse a su tiempo y fabricar nuestra especie —aparentemente también de barro— a partir de los diseños modernistas, dado que su mente clarividente y omnisciente podía elegir la época. Faltaría más.

Pues bien, y ya llego al meollo de la cuestión: el cuerpo humano es decimonónico y está obsoleto. Basta mirar unas láminas de esas de anatomía humana, llenas de huesos y de músculos, que los fisioterapeutas y los traumatólogos tienen en sus consultas, para darte cuenta de que el tiempo no ha pasado en vano. Los huesos son rígidos y se fracturan. Los músculos se adhieren a los huesos mediante tendones que sufren desgarros, inflamaciones y roturas. Así, cuando más tranquilos estamos, nos viene a visitar una legión de dolencias donde no faltan los esguinces, las torceduras, las contracturas musculares, la artrosis, la osteoporosis…

De diseñarse hoy, el cuerpo humano sería más maleable y acomodaticio, mucho más flexible ante accidentes y caídas. Se evitarían luxaciones y fracturas, con lo que no se perderían tantas jornadas de trabajo y se paliaría el colapso de los hospitales, reduciendo los gastos destinados a sanidad.

Si la creación del mundo comenzara ahora en pleno siglo XXI, con la proliferación de los nuevos materiales como el poliuretano, el PVC, la fibra de carbono, la silicona, el titanio o el hormigón pretensado, estoy convencido de que el sumo hacedor del mundo —o la propia naturaleza, según la creencia de cada cual— modelaría a sus criaturas a partir de un concepto innovador donde los nuevos materiales reemplazarían a los viejos.

Ahora que no estoy del todo seguro si nos libraríamos de los achaques o, por el contrario, habría otros nuevos:

¿Dónde vas tan deprisa, Mariano?

Voy al médico. Me toca revisión anual de la junta de culata, las válvulas y los amortiguadores. Con un poco de suerte paso la ITV (Inspección Técnica de Varones).

Que tengas suerte. A mí, el especialista me diagnosticó aluminosis y ando inyectándome fibra de carbono a tutiplén.


lunes, 16 de marzo de 2026

El incendio

 


Apenas eran las siete de la mañana cuando el teléfono le sobresaltó, deshaciendo de un manotazo las últimas telarañas del sueño. Era el jefe.

Escúchame bien, Antonio. Coge el coche y sal echando leches hacia el norte. Ha habido un terrible incendio en Vega de Taracedo, un pueblecito perdido en medio de la sierra. Te llevará unas cuatro horas llegar hasta allí. Quiero que lo investigues. Ya sabes: reportaje, fotos y entrevistas a los del lugar. A la tarde quiero material jugoso para preparar la edición de la mañana. Me envías por guasap o por email lo que vayas consiguiendo. Date prisa en salir. Espero que hagas un buen trabajo.

Nada más colgar se metió en la ducha; después se vistió, cogió su mochila, introdujo en ella cuatro cosas, sin olvidarse del cargador del móvil, la documentación y el ordenador portátil; tomó apresurado un café y salió en busca del coche. Una vez en él, preparó la ruta a través del GPS del móvil y echó cuentas mentalmente del tiempo disponible: al mediodía podria estar ya por el lugar indicado, darse una vuelta, hacer algunas entrevistas a la gente del entorno, intentar contactar con alguna autoridad local... Luego tendría tiempo para comer algo, redactar la noticia, hacer fotos... Le sobraría tiempo.


Hizo el viaje sin contratiempos, salvo aquella espesa niebla a medio camino que surgió de repente rodeando el coche como un túnel de color gris oscuro que no permitía ver nada a los lados y apenas treinta metros por delante de él. Afortunadamente aquello duró tan solo un par de minutos. Y cuando el día volvió con su luz y disipó la niebla, se percató de que los testigos luminosos del salpicadero se habían vuelto locos, destellaban o mostraban falsos avisos de avería, incluso la fecha aparecía equivocada,  figurando la del día anterior.

—En cuanto pare tengo que configurar de nuevo los datos —. Se dijo. Y no le dio más importancia.

A la entrada del pueblo paró a repostar en una gasolinera. Allí mismo aprovechó para preguntar al encargado:

Parece que han tenido una noche movidita. ¿Qué tal fueron las labores de extinción?

—¿Cómo dice?

—Sí, hombre, el incendio.

—Perdone, pero aquí no ha habido ningún incendio. Creo que se confunde.
Pero... No puede ser. Me han informado hace poco de ello.
Debe ser una equivocación. Que yo sepa, ni aquí ni en los pueblos de alrededor hemos tenido en las últimas semanas incendio alguno.


Tras pagar y sin bajarse del coche se dio una vuelta por los alrededores de aquella localidad. Ni en los campos ni en los montes se veía nada parecido a un incendio: nada quemado, ningún olor característico que lo delatara. De regreso al pueblo, lo atravesó y aparcó en las afueras, donde acababa la carretera, en una especie de parking al aire libre con vallado de madera, una especie de mirador o terraza rodeada de  robles y castaños, colgada frente al acantilado. Desde ella se podía ver al fondo el curso del río serpenteando entre árboles frondosos, perdiéndose a lo lejos camino del mar. La vista era impresionante, pero imponía mucho.
Entró al pueblo andando. A eso de las dos paró en un restaurante. Su aspecto era algo cutre y descuidado. En una pared había un viejo calendario de los antiguos, de esos de bloque de hoja por hoja con santoral. Se fijó en un detalle: nadie había pasado la hoja del día anterior. Pensó que eran algo dejados, sin embargo la comida olía muy bien. Se sentó en una mesa y pidió el menú del día. Mientras le servían intentó interrogar al camarero. Nada. Él no sabía nada. Tampoco parecía nadie estar allí preocupado, ni siquiera los clientes que se agolpaban junto a la barra del bar. Tras comer, nuevo paseo mitad en coche y mitad andando por los alrededores.
De pronto fue invadido por un mezcla de hastío y cansancio, la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Más tarde, en el bar del pueblo, intentó entablar conversación con el dueño del establecimiento. Pidió un café. 

—Un cortado, por favor. Tengo entendido que han sufrido un incendio.

El que le atendió puso cara de extrañeza, se encogió de hombros y dijo no saber nada.

Falsa alarma pues. Entre decepcionado y aburrido, el periodista pagó y se fue.

Se dirigió a buen paso hacia el aparcamiento solitario al aire libre donde había dejado el coche. Abandonó el camino de acceso al pueblo y llegó a la explanada donde lo había aparcado. Estaba al fondo del todo.

 Cuando esté sentado al volante     —pensó—, le mandaré un mensaje de voz al jefe para explicarle todo con pelos y señales. 

Según abría la puerta para acceder al interior del vehículo, percibió una especie de fragor o rugido a sus espaldas, un olor a leña quemada se apoderó del lugar. Giró la cabeza y vio el enorme resplandor y el crepitar del fuego que, como una muralla devastadora, bloqueba la carretera que comunicaba con el pueblo que acababa de abandonar. Al otro lado, donde terminaba la carretera, el terreno quedaba cortado a pico abruptamente y por allí era imposible la salida. El fuego avanzaba amenazadoramente y se iba extendiendo por los flancos del camino. Estaba acorralado. Nervioso y empapado de sudor, casi le entró un ataque de histérica alegría al verse envuelto por aquellas llamas que acabarían por calcinarlo o asfixiarlo. ¡Había incendio! ¡Y a tiempo para contarlo! Antes de que el calor se hiciera insoportable, a la luz siniestra de las llamaradas, tecleó un par de frases y hizo unas cuantas fotos y se lo mandó todo a su jefe por guasap. Seguro que le gustaría.

viernes, 13 de marzo de 2026

El tiempo vuela

 Reciclando un viejo texto.



Quedan lejos aquellos tiempos de universidad en los que en mi país no había libertad; pero éramos jóvenes, estábamos llenos de vitalidad, teníamos muchos pájaros en la cabeza  y toda una vida por delante.
Así podría empezar una novela a mitad de camino entre lo autobiográfico y la pura ficción.
La juventud, qué tiempos.
Unos años felices y despreocupados, donde la palabra cáncer era tan solo un signo del zodiaco; el corazón, un asunto personal o siete casillas del crucigrama; la enfermedad, eso que pasaba a los mayores; y el futuro, algo que no existía porque quedaba todavía lejos. Un tiempo en el que un día de lluvia no era un fastidio, sino una excusa para estar en casa con los amigos o con tu chica, oír música, fumar, beber algo, hacer el amor, arreglar el mundo... No teníamos un duro, pero éramos dichosos. No sabíamos nada de la vida, pero no nos importaba. Pensábamos que ese tiempo había venido a instalarse en nuestras vidas para siempre. Y que los viejos nunca fueron jóvenes, que ya nacieron así. Y que la cosa del paso del tiempo no iba con nosotros.
Un día ocurrió algo que lo cambió todo: fue cuando nos planteamos tomarnos la vida como adultos, buscarnos un trabajo, formalizar nuestra relación, planificar el futuro... Fue el momento bisagra de nuestra existencia, aún estábamos en plena juventud. No habíamos consumido un tercio del total, pero el cambio que se avecinaba era imparable.
A partir de ese momento, la vida pasó en un soplo. Cuando nos quisimos dar cuenta habíamos llegado a la mitad de nuestro camino. Buena parte de la otra mitad que nos quedaba se nos iría también en un suspiro.
Ahora, cuando nos vamos acercando a la recta final de nuestra existencia, reparamos en dos cosas: tenemos más estabilidad económica y emocional y mucha más experiencia que entonces. Y, sobre todo, recuerdos. De regresar al pasado, posiblemente no volveríamos a cometer los errores que cometimos; pero de qué nos sirve eso si la juventud se fue definitivamente de viaje. Se fue con otros, para no volver. Dentro de nada, para los jóvenes, nosotros seremos los viejos, los que siempre fuimos viejos. Y vuelta a empezar.

lunes, 9 de marzo de 2026

Amor a medida

 

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.





Las Marías

 


Política. Así llamábamos los chicos a esa " maría" de asignatura que llevaba el ostentoso nombre de Formación del Espíritu Nacional. Toma ya.

Las " marías" eran esas pseudo materias, como la religión o la gimnasia, que casi nadie suspendía por ser consideradas complementarias,  preparatorias para ser un buen español, temeroso de Dios, de "mens sana  in córpore sano". Hoy las llamaríamos transversales, pues la vida escolar de entonces estaba llena de rituales que mamaban de las tres mencionadas: partidos de fútbol en el campo respectivo, baloncesto o minibásquet en el patio, misas y otras celebraciones religiosas, adoctrinamiento en el aula en los principios del nacionalcatolicismo por parte del "padre espiritual" (en el caso de mi colegio por ser religioso), canto de himnos patrióticos en clase o en el salón de actos...
Es decir, lo que hay llamaríamos "Educación en valores del sistema educativo nacionalcatólico".
Las marías pues daban rango académico  a todo ello, pero nadie se las tomaba en serio,  ni los alumnos ni siquiera parte del profesorado, pues cualquiera podría impartir aquello: curas, militares, falangistas retirados o en activo...

En España la denominación podría venir de las tres marías del evangelio, tres seguidoras de Jesús: María Magdalena, María de Cleofás y María Salomé, aunque también una de ellas podría ser María, la madre de Jesús.

Pero no en todas partes tiene ese significado. En Venezuela, por ejemplo, hacen referencia coloquialmente a tres asignaturas: física, química y matemáticas, que se consideran las más difíciles de aprobar en el bachillerato.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Por qué las mujeres siempre me abandonan

Nunca tuve suerte con las mujeres. Todas acabaron abandonándome. ¿Razones? Las desconozco. Objetivamente creo que soy un tipo resultón, cortés, educado y detalloso a más no poder.


Guapo, lo que se dice guapo, no soy, pero no paso desapercibido: patilargo y larguirucho, algo cargado de espaldas, velludo y cejijunto, de aspecto agitanado, con un ojo estrábico que va por libre como camaleón africano buscando mosquitos en la espesura. Siempre tuve un atractivo entre exótico y salvaje.

Mi primera novia era gordita y con gafas, de esas antiguas de culo de botella (la chica no, las lentes). Fue la que más me duró. Un año. No llegamos a convivir, salvo algún fin de semana loco, en el que dábamos rienda suelta a nuestro desenfreno en cualquier hotelucho de carretera o en mi propia habitación. Me dejó por una tontería. Me descubrió la colección completa del Penthouse con lamparones sospechosos que guardaba en una caja de cartón bajo la cama.

La segunda era una dama distinguida, elegante y delgada. Me duró cuatro meses tras la boda. Era muy tiquismiquis. No soportaba mis largas disertaciones acerca de la influencia intrínseca de los poderes fácticos durante el tardofranquismo. Tampoco le agradaban mis abundantes muestras de aerofagia explícita ni mis ronquidos cotidianos.

Que yo sea un poco pesado y algo guarro no creo que constituyeran motivos decisivos en los sucesivos abandonos que sufrí, aunque pudiera entender que mi manera de comportarme no resultase la idónea para cierto tipo de gente.

La última que me abandonó fue la enfermera que me atendía tras ser operado urgentemente de una apendicitis. Cuando procedió a ponerme la sonda para ayudarme a expulsar la anestesia suministrada, de la manipulación consiguiente sobre mi miembro dormido me sobrevino una excitación incontrolable que se tradujo en una potente erección, por lo que ella, temblando como un flan, comenzó a ponerse de los nervios y, soltando bruscamente el miembro viril como si hubiera tocado una rata, se negó en redondo a terminar de introducirme la sonda. Y tras llamarme guarro cuatro veces se fue corriendo, dando voces como una loca por los pasillos del hospital mientras, enrabietada, tiraba al suelo con energía el fonendoscopio, el aparato de la tensión y daba patadas a todo lo que se le atravesaba en su camino, a la par que exclamaba: ¡Renuncio! No puedo más. ¡Me voy a mi casa!

Todos esos abandonos no puedo considerarlos justos, pero comprendo que determinadas sensibilidades puedan verse impelidas a llevarlos a cabo. Lo que no es de recibo es que mi propia madre me dejase recién nacido en la puerta del convento de las Carmelitas Descalzas cuando todavía no me había dado tiempo a desarrollar ninguna habilidad molesta para nadie.

¡Ah, se me olvidaba!: las monjitas también me abandonaron poco después en las puertas de la inclusa. Llamaron al timbre y salieron corriendo. Desconozco el motivo.