lunes, 4 de mayo de 2026

Mi amigo Julio



Conozco a varias personas con el nombre de Julio.

Algunas de ellas, pocas, han pasado por la vida, por la historia y por la literatura dejando su huella de forma imborrable, con un legado importante para la humanidad.

Uno es Julio César, más conocido entre sus soldados por el mote de “el adúltero calvo”; otro es Julio Cortázar, gran “Cronopio” a quien desde estas páginas rindo homenaje, otro es mi compañero de la infancia, mi gran amigo siempre fiel, a quien debo, junto a otros pocos, mi afición por la lectura: Julio Verne.

Sí, este Julio me acompañó siempre, como un inseparable amigo. El que me ayudaba a conciliar el sueño cuando me iba a la cama, el que me entretenía las largas tardes de invierno mientras caía la lluvia tras las ventanas, incluso el que me acompañaba sin una queja cuando tuve que guardar cama en alguna ocasión por motivo de una enfermedad pasajera. Nunca me falló. Y recibí mucho a cambio: el placer de la lectura, participar en aventuras y viajes imposibles contrarreloj, disfrutar de las peripecias de sus personajes como Phileas Fogg, el profesor Lidenbrock o el Capitán Nemo, luchar contra animales prehistóricos, viajar a la Luna, sumergirme en las profundidades del océano a bordo del Nautilus descender hasta el corazón mismo del planeta introduciéndome por el cráter del Sneffels e internándome por ese dédalo de oscuras y frías galerías…

Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamente sobre la mesa un trozo de pergamino de unas cinco pulgadas de largo por tres de ancho, en el que había trazados, en líneas transversales, unos caracteres mágicos. Era un facsímil exacto. Quiero dar a conocer al lector estos signos extraños, que llevarán al profesor Lidenbrock y a su sobrino a emprender la expedición más extraña del siglo XIX:




El profesor miró por un rato esta secuencia de caracteres; luego dijo, levantando sus gafas "Esto es rúnico; estos tipos son exactamente iguales a los del manuscrito de Snorre Turleson. Pero... ¿qué significan?» (1)

Y luego estaba el globo, protagonista de más de una novela, que me servía para alejarme del mundo prosaico y anodino que me tocó vivir en tiempos del funeralísimo. Tiempos sin libertad, en una España plomiza, gris, llena de prohibiciones. Una España en blanco y negro, como la tele o el Nodo de aquellos tiempos terribles…Y la lectura obraba el milagro de trasladarme a otros remotos lugares, llenos de islas fantásticas, enemigos despiadados, animales salvajes, expediciones peligrosas. Y así, con la ayuda del globo, conseguir evadirme, elevarme, alejarme y, de mano de vientos favorables, poder llegar a tantos sitios sin necesidad de pasaporte ni de aduanas. El mundo, con todas sus maravillas, quedaba al alcance de mi mano. Con Julio viajabas por el mundo y no había frontera que se resistiera al empuje de sus aventureros personajes. El capitán Nemo, un apátrida que renegó del mundo entero y que rompió relaciones con la humanidad, se convirtió en un pirata moderno a bordo del Nautilus y no conocía más patria ni bandera que las profundidades del mar. El globo de Verne sobrevolaba los territorios sin detenerse en las aduanas. El profesor Lidenbrock no tuvo que presentar pasaporte para entrar por el Sneffels en Islandia y salir por el Estrómboli en Italia, a 1200 leguas del otro. O emprender la búsqueda del capitán Grant a través de la Patagonia, Australia y el Pacífico. O recorrer el continente africano viajando cinco semanas en globo. Y qué pequeñas se ven nuestras naciones y nuestras miserias, qué diminuto el mundo con sus fronteras, cuando viajas rumbo a la Luna. ¿Cómo no estar agradecido a Julio, al gran Julio, y sobre todo a su globo el haber podido trasladarme a otros lugares, aunque tan sólo fuera por el poder mágico de la lectura y de la imaginación?

_______________

(1) Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra



 


6 comentarios:

  1. El único Julio que recuerdo con cariño,es cuando ya comenzaban las vacaciones y me iba a Sitges a pescar pulpos y mejillones de roca.
    Saludos

    ResponderEliminar
  2. Tienes razón en lo que cuentas y podría añadir que mi historia es paralela. Ya adulto, trabajando en un hotel de Madrid, tuve el honor de hospedar y atender a Julio Cortázar, de paso le llevé los libros suyos que había leído para que me los firmara, y tras admirarse de que tuviera tanto suyo me añadió: "Pero este, el que voy a presentar mañana en Madrid, no lo tiene". Y me lo regaló igualmente firmado.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Qué bueno. Uno de mis favoritos. Y qué suerte la tuya. Creo que era muy majo, alto y desgarbado.
      Abrazo.

      Eliminar
  3. Siempre me gustó Verne; hoy, al traerlo por aquí, me lo has vuelto a recordar porque a decir verda no lo he vuelto a releer. Quizá la del viaje submarino fue la que me causó más espectación.

    PD: Decirte que como a otros blogers, en ocasiones, esta es una, no se me actualiza tu entrada, siendo esta la primera vez. Creo que tienen problemas, pues no eres el único. Hace ya una semana que hay páginas que no actualizan y hay que buscarlas, como he hecho hoy con tu entrada, pues me ha parecido raro que el lunes no pusieras nada.
    Un saludo

    ResponderEliminar
  4. Mis libros de Verne... Ahí están todavía, pero hace muchos años que no los repaso. Por cierto, que eran bastante densos y los niños de ahora no pueden con ellos. Leen, quizá, adaptaciones o dibujos de las películas, pero no las traducciones tal cual.

    ResponderEliminar