Mostrando entradas con la etiqueta De judíos y chivos expiatorios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De judíos y chivos expiatorios. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de mayo de 2012

De judíos y chivos expiatorios y III


El régimen nazi que llegó al poder en Alemania tenía la clara determinación de acabar con los judíos.

El primer paso sería el boicot a sus negocios, a su posición, con el fin de arrinconarlos, arruinarlos, segregarlos y expulsarlos desde el punto de vista económico, social y espacial.

En 1934, todos los establecimientos judíos fueron marcados con la estrella de David amarilla o señalados con la palabra "Jude" bien visible en los escaparates. En la puerta de acceso, matones de las SA, con su atuendo paramilitar, exhibían una actitud chulesca para disuadir a posibles compradores.

En los transportes públicos y en los bancos de los parques, los judíos debían sentarse en los asientos marcados para ellos.

En algunas tiendas y farmacias se les negaba la compra  de alimentos y medicinas.

A los médicos y abogados judíos se les hizo el boicot, alentando a los alemanes a no usar sus servicios. En consecuencia, muchos maestros y otros empleados públicos fueron despedidos.

En las escuelas a los niños se les inculcaban ideas antisemitas, delante de los niños judíos que reiteradamente eran ridiculizados sin miramiento alguno por sus propios profesores. En los patios de recreo, el acoso de los niños judíos por parte de sus compañeros quedaba en la más absoluta impunidad. Maneras de conseguir que estos abandonaran la escuela y después acusarles de indolentes y perezosos.

En 1935 se promulgan las Leyes de Nuremberg de pureza racial, por las que los judios dejaban de ser considerados ciudadanos alemanes y se prohibió el matrimonio entre judíos y no judíos.

El siguiente paso era expulsarlos, echarlos de Alemania.
Muchos, como hizo Albert Einstein, abandonaron el país y se dirigieron a naciones como Inglaterra o los EEUU.

Cuando alguien se  alegra de las desgracias ajenas
es que la perversidad se ha instalado en la sociedad como principio moral.


La noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, con el asalto a los domicilios, sinagogas y propiedades de los judíos, fue una maniobra para deshacerse de ellos.

Se calcula que más de siete mil establecimientos fueron destruidos, unas cuatrocientas sinagogas incendiadas. Dos centenares de judios fueron asesinados y unos veinte mil fueron enviados a campos de concentración. Las únicas personas no judías que fueron castigadas por las atrocidades que se cometieron aquella noche fueron delincuentes que habían violado a mujeres judías, no por ese delito precisamente sino por haber contravenido las leyes de pureza racial sobre las relaciones sexuales entre arios y judíos.
Tras este suceso, el número de judíos que deseaba salir de Alemania aumentó drásticamente. Se calcula que, aproximadamente, la mitad de la población judía abandonó Alemania entre 1933 y 1939. ¿Por qué no huyeron muchos más?
Salir del país no era tarea fácil.
Una norma sobre transferencias de capitales entre países evitaba que los judíos pudieran llevarse gran parte de su dinero fuera. El impuesto sobre la emigración, despojando a los judíos de la riqueza que necesitaban para el pasaje a otros países, actuaba de factor disuasorio. Muchas naciones se negaban a acoger a inmigrantes sin dinero porque ello suponía una carga para el Estado de acogida.
Así que muchos quedaron atrapados en una Alemania hostil que cada vez se asemejaba más a una ratonera.


Y esto fue el inicio del exterminio masivo de judíos, del holocausto, una palabra de origen griego que significa "sacrificio por el fuego", nunca mejor dicho puesto que una abrumadora mayoría terminó en los hornos crematorios de los campos de exterminio.
De la aniquilación sistemática tampoco se libraron otros colectivos, también considerados inferiores racialmente, como los romaníes (gitanos), los testigos de Jehová, los homosexuales, los discapacitados. Tampoco se libraron los disidentes políticos, los socialistas, los comunistas y algunos de los pueblos eslavos, como polacos o rusos.

Un famoso poema, atribuido tal vez erróneamente a Bertold Bretch, dice:


"Primero vinieron por los comunistas,
pero yo no dije nada
porque no era comunista.


Luego vinieron por los judíos,
y yo no dije nada
porque no era judío.


Después vinieron por los católicos,
y tampoco dije nada
porque yo era protestante.


Cuando vinieron por mí,
ya no había nadie
que dijera nada."

viernes, 11 de mayo de 2012

De judíos y chivos expiatorios II

Raza "superior" de Auschwitz

A lo largo de la historia, el pueblo judío ha sufrido varios episodios de persecuciones.
El más conocido, reciente y terrible tal vez sea el sufrido en Europa como consecuencia del ascenso del nazismo.
¿Por qué hubo una persecución encarnizada por parte del régimen nazi?
¿Qué razones, si las hubo, están detrás de un genocidio que afectó a dos de cada tres judíos?

De todos es sabido que Adolf Hitler odiaba a los judíos, a los que hacía responsable de todos los males que aquejaban a Alemania. Y que diseñó un terrorífico plan encaminado a aniquilar a esta población, un plan que lo definió como la "Solución Final", una especie de revolución racial que logró eliminar a seis de los más de nueve millones de judíos que vivían en Europa.
Para Hitler - y para sus seguidores- , los judios fueron los responsables de todo lo que no le gustaba, incluido el arte moderno, la pornografía y la prostitución. Tampoco le gustaba esa posibilidad de haber tenido un ascendiente judío en ese desconocido comerciante adinerado que sedujo a su abuela paterna cuyo fruto fue Alois Hitler, el despreciable padre de Adolf.
Hitler creía que los judíos estaban involucrados con los comunistas en una conspiración conjunta para apoderarse del mundo, afirmando que el 75% de todos los comunistas eran judios.

Entre las razones que se suelen dar para "justificar" -si es que la barbarie admite alguna justificación- la animadversión hacia este pueblo se encuentran:

- Las razones económicas: los judíos serían un colectivo privilegiado dentro de esa época crítica que abarcaría el periodo de entreguerras. Un colectivo con profusión de comerciantes, con un nivel de vida más elevado que la media de los alemanes. Algo que no es del todo cierto, porque entre los judíos había gente de todo tipo de oficios y también había pobres.
- Las razones religiosas: la inquina hacia ellos podría provenir del lado cristiano, por ser los judíos el pueblo que acabó con Jesús. También por considerarse "el pueblo elegido" por Dios entre todos los demás. Una actitud arrogante frente a otras creencias.
- Las razones raciales: aquí confluye el nacionalismo alemán con buenas dosis de racismo y xenofobia. Los judíos no son originariamente alemanes, son extranjeros y son inferiores. No se puede consentir que vivan en Alemania mejor que los propios alemanes.
- Las razones políticas e ideológicas: detrás del marxismo, detrás del comunismo, detrás de los traidores que firmaron la rendición de Alemania en la Primera Guerra Mundial, detrás del capitalismo que ha provocado varias crisis durante las últimas décadas, detrás de todos ellos está la mano negra del judaísmo internacional.
- La necesidad de buscar un chivo expiatorio, una cabeza de turco que pagara los platos rotos y que absorbiera todos los odios, todas las fobias de los alemanes. Hitler lo tenía fácil. Al elegirlos, canalizaba todo el odio del pueblo alemán hacia un colectivo que no gozaba de ninguna simpatía, porque al fin y al cabo fueron ellos los que crucificaron a Cristo.



Ahora solo hacía falta un plan bien trazado y dosificado que fuera creando un clima de opinión contrario a los judíos.
El ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels, fue el máximo encargado de ir haciendo rodar una bola de nieve que se convertiría con el paso del tiempo en un gigantesco alud. No en vano se le atribuye la frase "una mentira mil veces repetida, se convierte en una verdad".

Y así fue como este pueblo se convirtió en los "Untermenschen", los "sub-humanos", apelativo cruel que serviría de justificación frente a cualquier medida drástica que se pudiera adoptar de aquí en adelante.

(Continúa)

lunes, 7 de mayo de 2012

De judíos y chivos expiatorios I


"Chivo”: macho joven de la cabra.
"Expiatorio": de “expiar”. Acción de purificar las culpas mediante un sacrificio.

Lo de “chivo expiatorio” es una invención del pueblo judío.
Un ritual doble que consistía en ofrecer un macho cabrío a Dios (Yaveh), mediante el sacrificio, una ofrenda por los pecados cometidos, y otro al Demonio (Azazel), abandonando otro macho cabrío en medio del desierto, quien cargaría simbólicamente con todas las culpas.
Así lo recoge el Levítico:

Aarón… recibirá de la asamblea de los hijos de Israel dos machos cabríos para el sacrificio por el pecado (…) Tomará después los dos machos cabríos, y presentándolos ante Yavé a la entrada del tabernáculo de la reunión, echará sobre ellos las suertes: una la de Yavé y otra la de Azazel. Aarón hará acercar el macho cabrío sobre el que recayó la suerte de Yavé, y lo ofrecerá en sacrificio por el pecado. El macho cabrío sobre el que recayó la suerte de Azazel lo presentará vivo ante Yavé para hacer la expiación y soltarlo después a Azazel.

Generalmente, y tanto a nivel metafórico como a nivel real, se busca un “animal” que ponga poca resistencia al sacrificio, un animal poco simpático o agraciado o escasamente apreciado por los del lugar. Así, aunque no fuera culpable de nada, será sacrificado por los miedos, la impotencia o las inseguridades de los demás. Y de esta manera nos sentiremos mejores, más seguros, aliviados y reconciliados con los “dioses” de turno.

Esa figura siempre estará vigente en el mundo mientras sigamos pensando que los problemas nos vienen impuestos desde fuera y no son algo que fabricamos nosotros mismos.

Se trata de un ejercicio de prestidigitación por el que alguien con intenciones ocultas  busca a un semejante o a todo un colectivo que cargue con las culpas de lo que está pasando, con el fin de desviar o canalizar la atención y para quedar los demás aliviados y libres de cargos, culpas o sospechas. Para esta tarea hace falta que haya todo un público fácilmente manipulable. También hace falta que haya una situación de desdicha, una crisis o un mal que nos aceche. Y por supuesto, es preciso que haya unanimidad en la elección de la víctima.

Solo hace falta ya encontrar la víctima propicia.

¿Hay algunas características para hacer esa selección?
Digamos que es necesario que la víctima reúna ciertas condiciones:

- Transgresión de las normas establecidas.
- Debilidad manifiesta (física o anímica)
- Posesión de bienes que los demás ansían.
- Deformidad física o moral. Un exceso de sensibilidad también sirve aquí.
- Hábitos o creencias diferentes a los normales del grupo.
- Enfermedad.

El siguiente paso es que esa persona o colectivo, que reúne algunos de los atributos mencionados, haga algo que pueda ser interpretado como origen del estallido de la indignación popular o de la violencia colectiva. Y ya tenemos una persecución en toda regla.

Un ejemplo antiguo fue culpar a los judíos europeos de la "peste negra" que asoló el continente a partir de 1348. Según este infundio la población judía se habría dedicado a envenenar los pozos. Hubo una persecución atroz.
Otro sería la expulsión de los moriscos en la época de Felipe III, una maquinación de una mente perversa: el Duque de Lerma. Cuando se dirigían a la costa mediterránea para embarcar y escapar de España, muchos fueron asaltados, robados y asesinados en los caminos por turbas del populacho airado y vengativo.

El ejemplo más representativo y actual, por las dimensiones de terror que alcanzó, fue el que sufrieron los judíos bajo el régimen nazi.
Es una tremenda paradoja que el pueblo que inventó la expresión fuera víctima de ella bajo ese régimen.
Sobre ello hablaremos en las dos entradas siguientes.