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domingo, 16 de septiembre de 2012

De manías y extrañas fobias



De carne y hueso, gente normal y a veces hasta más vulnerable que el resto de los mortales, los grandes personajes de la historia tenían debilidades, flaquezas y manías como todo el mundo. O tal vez más. Quién iba a decir que personajes que han pasado a la historia por sus valerosas hazañas o por su ferocidad, a nivel de fobias personales no dejan de ser simples ratoncillos, porque 
- Alejandro Magno 
- Julio César 
- Genghis Khan 
- Napoleón Bonaparte 
- Adolf Hitler 
- Benito Mussolini ...
 padecían nada menos que Ailurofobia.
 La ailurofobia, del griego “ailuros” (gato) y “fobia” (temor) se define como un trastorno psicológico que provoca que una persona tenga un miedo cerval persistente, irracional e injustificado hacia los gatos, hasta tal punto que se le hace difícil estar cerca de un animal de estos, sufriendo problemas respiratorios, sudores, ataques de pánico y taquicardias. 
 Según los expertos es una fobia muy normal a lo largo de la historia. En la Edad Media, donde era frecuente que la superstición suplantara a la razón, se asociaba su imagen a la brujería, a lo sobrenatural y al demonio. El carácter solitario, silencioso y poco sociable de los gatos contribuía a aumentar su carga de misterio. Y si el gato era negro, la cosa se complicaba todavía más. 

Por la razón que sea, el caso es que los gatos y los dictadores parecen no llevarse nada bien. ¿Habrá alguna relación? 
No sé lo que dirán de esto psicólogos y psiquiatras. 
En todo caso, parece que es un animal con personalidad que no ha pasado nunca desapercibido. Tema frecuente en el Antiguo Egipto y en escritores que le han dedicado buenas páginas como Edgar Allan Poe o Julio Cortázar.

También nos habla de ello:
http://www.gatosdomesticos.com/2011/la-ailurofobia-miedo-a-los-gatos/

lunes, 11 de junio de 2012

Manías, obsesiones y aficiones reales

Felipe V

Carlos II el Hechizado, el último de los Austrias, el rey que murió sin descendencia y que según la leyenda quedó maldito por beber un chocolate donde habían desleído los sesos de un cadáver, tenía la fea costumbre de ir al Panteón de El Escorial y hacer abrir los féretros de sus parientes para abrazarlos. Heredó esa manía tal vez de su antepasada Juana la Loca que, cuando murió Felipe el Hermoso, iba camino de Granada por tierras castellanas a pie, como alma en pena, y siempre junto al féretro de su marido. Por cierto que esta reina, si cabe más enamorada que loca, tenía otra afición que era la de parir como una coneja y en cualquier parte. A su hijo Carlos, el futuro emperador de España y de Alemania, lo parió en un retrete en Gante, durante una fiesta a la que había asistido, a pesar de su avanzado estado de gestación, para vigilar al calavera de su marido. Así que se puede decir que Carlos V, todo un emperador, nació en el váter. Muchos pobres han tenido un nacimiento más decente. 
 Felipe V de Borbón, el nieto de Luis XIV, que tras la guerra de sucesión inició esa dinastía en nuestro país, enfermó de “melancolía” y tenía depresiones. Y eso que de la melancolía a veces lo aliviaba Farinelli, “il castrato”, con su maravillosa voz. Pero la cosa se fue agudizando y el monarca se fue desentendiendo de los asuntos de gobierno, algo que recayó en manos de sus ministros y de su propia mujer -la segunda-  Isabel de Farnesio. Un día que salió a cabalgar por la mañana regresó diciendo que el sol le había atacado. Tal era su creciente enfermedad mental que llegó a tener serias dudas de si estaba vivo o muerto y enterrado. Y preguntaba sobre ello a sus guardias. Confundía el día con la noche. Mandaba servir el desayuno tras la puesta del sol y la comida a las 12 de la noche. A las ocho de la mañana disponía que trajeran la cena. Por la noche encendía todas las luces y no dormía. De día mandaba cerrar todas las ventanas y echaba las cortinas para que no entrara la luz del sol. En verano se arropaba con mantas y en invierno abría las ventanas. Apenas se cambiaba de ropa y no se lavaba ni afeitaba. No se cortaba las uñas. Se mordía los brazos de ansiedad. Parte de sus manías y de sus depresiones las heredó su hijo Fernando VI, quien cuando murió su esposa Bárbara de Braganza, se pasaba las noches aullando como un lobo por los pasillos del castillo de Villaviciosa de Odón.
 Los borbones en general tenían una afición común: satisfacer su voraz apetito sexual y con frecuencia engendrar o parir hijos habidos en relaciones con plebeyos. Un deporte al que se sumaron entusiastamente prácticamente todos, empezando por Fernando VII quien, aparte de las cuatro esposas consecutivas que tuvo, frecuentaba también la casa de Pepa La Malagueña; siguiendo con Isabel II y su numerosa prole atribuida oficialmente a Francisco de Asís, alias Paquita, y continuando con su hijo y su nieto, ambos Alfonsos, aficionados a hacer escapadas por el Madrid nocturno y también a echarse amantes del mundo del espectáculo. Alfonso XIII, por su parte, era muy aficionado al erotismo y tenía una buena colección de cine pornográfico, empleando al conde de Romanones como intermediario para hacerse grabar películas de alta calidad, las primeras en España en los años 20, algo muy novedoso en aquellos tiempos. Y hablando de aficiones y deportes, hasta tenemos un caso de rey “cazador” por tierras lejanas; aunque, según él mismo ha comentado, fue una equivocación y  “no volverá a ocurrir.”