martes, 9 de junio de 2020

Escala de Richter



Había dormido mal y tenía el estómago revuelto. Su vida había dado un vuelco hacía apenas un puñado de horas. Justo cuando descubrió que su mujer le estaba siendo infiel. El teléfono móvil olvidado por descuido sobre el aparador, con esos mensajes… Imposible no echar una mirada furtiva a su contenido. Y allí estaban las pruebas de todo: esas frases llenas de guiños de complicidad con un hombre que no era él. Planes para hacer cosas juntos. Palabras de amor. Todo demasiado evidente. ¡Cómo pudo estar tan ciego!

Estaba claro que esto suponía el fin. Él no era el culpable de aquella situación. Eso era evidente.

Últimamente la comunicación no había sido buena. Algún desencuentro también; pero era imperdonable la traición.

Dirigiéndose al trabajo, Takahiro condujo su vehículo distraído y confuso, de forma mecánica, como un robot programado, sin reparar demasiado en lo que ocurría a su alrededor, sin apenas mirar por el espejo retrovisor, porque la cabeza la tenía llena tan solo de una pregunta que quedaba allí, solitaria, resonando una y otra vez, machaconamente, como un maldito eco: por qué, por qué, por qué…

Luego dejó el coche en el parking del edificio y tomó el ascensor hasta la planta donde estaba su oficina. Todo de forma automática. La vista se ocupaba de guiarle sin necesidad de que su cerebro se encargara de otra cosa que no fuera el monotema, las preguntas que una y otra vez le martirizaban, como una obsesión: por qué yo, qué hice mal, cómo no me di cuenta antes… Un sudor frío se apoderó de él. Llevaba sin dormir y sin probar bocado demasiadas horas. Sentía mareos. Por momentos parecía desfallecer. Debía tener un bajón de azúcar y, seguramente, la tensión por los suelos. Por eso, cuando empezó la sacudida y todo el edificio comenzó a temblar, las sillas desplazándose, los montones de folios resbalando de las mesas al suelo y la gente gritando presa del pánico, buscando una salida a la desesperada, Takahiro se apoyó un instante en una mesa para no perder el equilibrio y llegó a pensar que el epicentro del terremoto estaba tan solo bajo sus pies, que todo se tambaleaba, las mesas, los ordenadores, su propia vida… debido a ese cataclismo personal que estaba viviendo en primera persona.

La sacudida sísmica alcanzó la magnitud 7,2 en la escala de Richter.

Al día siguiente, opinaba al respecto un prestigioso experto:

Los efectos del terremoto en las zonas próximas al epicentro dependen de la duración, de la profundidad, del grado de ocupación humana, de la calidad de las edificaciones y de las condiciones geológicas, dado que algunos terrenos son extremadamente sensibles a este tipo de fenómenos y su respuesta es más inestable en unos casos que en otros.”

37 comentarios:

  1. Vaya uno a saber si fue la mezcla de todo y la imaginación hizo el resto; si lo anímico superó a lo físico o si fue un sueño convertido en realidad.
    Salut

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cualquiera sabe. Posiblemente, de todo un poco.
      Saludos.

      Eliminar
  2. Incluso pudo haber producido el terremoto con sus pensamientos... La mente es terrible a veces...

    Muy bueno Cayetano.

    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Realmente era cierto que el mundo se rajaba a sus pies
      Desesperación.
      Saludos, Manuel.

      Eliminar
  3. Los mensajes en el telefonillo son lo de menos. El malestar, los mareos, el hacerse demasiadas preguntas... todo esto pueden ser señales de lo que vendrá después. Hay seres sensibles que predicen el terremoto.
    Abrazos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cada uno tenemos el nuestro particular.
      Un abrazo, Francesc.

      Eliminar
  4. Muy buen relato, Cayetano. Un placer volver a leerte. Un saludo

    ResponderEliminar
  5. Si a algunos nos dan una buena sacudida puede que echemos bellotas, pero lo que echar cuernos... ¡Madre mía, cómo está el personal de soliviantado con el confinamiento! ¡Pobre Takahiro!
    Un abrazo, Cayetano.

    ResponderEliminar
  6. Quién sabe cuál fue el epicentro real, para el protagonista está claro que es su Universo que se tambalea y si eso le calma el espíritu, quiénes somos nosotros para evitar su alivio SAludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El mundo resquebrajándose. Al menos para él.
      Saludos, Manuela.

      Eliminar
  7. Todos somos el centro del universo, sobre todo si estamos jodidos de forma intensa. Con razón este japonés solapaba seísmos en su mente y en sus tripas.

    Un saludo, Cayetano

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es. Cuando uno está mal no ve el mundo que le rodea.
      Saludos.

      Eliminar
  8. Hay terremotos interiores que son mucho peores que los que pueda marcar cualquier escala de Richter.

    Abrazote utópico.-

    ResponderEliminar
  9. Excelente relato, Cayetano!! Como siempre!!!
    Un gusto enorme leerte!!
    Lau.

    ResponderEliminar
  10. Muy bueno... Me gustó el final

    Besos al alma.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Paula. El terremoto particular de cada uno.
      Un saludo.

      Eliminar
  11. Los terremotos vitales aparecen de pronto, como los movimientos sísmicos, sin que apenas nos demos cuenta. O quizá sí, había indicios de ello pero no nos percatamos. En resumidas cuentas, al final apreciamos las causas cuando ya no hay remedio.
    Un saludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy cierto. Siempre encontramos remedio o explicación a las cosas a posteriori, cuando ya no hay solución.
      Saludos, Carmen.

      Eliminar
  12. ¡Ay, Takahiro, afortunado Takahiro!
    Qué sabia es la naturaleza. Y qué bondadosa.
    Mientras tú te desmoronabas ante la traición, ella tuvo la compasión de mostrarte algo infinitamente más duro. Para hacerte ver la relatividad de lo que nos preocupa...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ciertamente los grandes males tapan los pequeños.
      Un saludo, Ana.

      Eliminar
  13. Por el apellido supongo el sismo y el descalabro conyugal ocurrido en Japón, así que no estaría muy equivocado el experto; si el engañado se hubiera llamado García y la ciudad una construida sobre piedra berroqueña, igual ya dudábamos...
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, aquí las casas cuando se caen no es por terremoto, sino por aluminosis y chapuzas varias.
      Un saludo.

      Eliminar
  14. Se confundían los dos terremotos, el de afuera y el de adentro...

    Un saludillo.

    ResponderEliminar
  15. Pobre Kagamoto Takahiro, los apellidos primero como es costumbre en Extremo Oriente, con su terremoto particular y el externo. Será una buena oportunidad para crecer. Cuando la pareja se ha distanciado, la culpa suele ser de ambos. El tendrá que asumir su parte. Eso, si la brecha en la Tierra no lo tragó, claro. En este último caso pues, ha pasado a mejor vida y quizás hasta aprenda a tocar el arpa.

    Un Sayionara nipón

    y besos latinos.


    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí. Hay terremotos más graves. Una manera de reflexionar sobre el sentido de la vida.
      Un abrazo, Myriam.

      Eliminar
  16. Los humanos, siempre tan egocéntricos...

    Saludos,

    J.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Egocéntrico en el epicentro del seísmo.
      Un saludo, J.

      Eliminar
  17. ¿Se predicen? No siempre. magnifico relato.

    Salud, Cayetano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Los terremotos, como las rupturas de pareja, pueden sobrevenir bruscamente.
      Un saludo, Anna.

      Eliminar
  18. ¿Buenas tardes todo bien? Soy brasileño, de Río de Janeiro y busco nuevos seguidores para mi blog. Los nuevos amigos también son bienvenidos, sin importar la distancia.

    https://viagenspelobrasilerio.blogspot.com/?m=1

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿Nada que comentar de esta entrada?
      Visitaré su blog y dejaré alguna impresión.
      Un saludo.

      Eliminar
  19. ¿Hola buenos dias como estas? Empecé a seguir tu blog. ¿Me puedes seguir también?

    ResponderEliminar