lunes, 19 de octubre de 2026

Un día de suerte



—Dame una razón por la que no deba volarte ahora mismo la tapa de los sesos.

Lo dijo sin titubear, de un tirón, con la mirada seria y clavando en su víctima los ojos, como los toreros clavan su estoque en el toro, ablandado después del castigo infligido por picadores y banderilleros.

—Una sola razón, pero que sea buena. Cualquier cosa, menos lloriquear e implorar por tu vida. Venga, échale imaginación. Convénceme. Hoy estoy de buenas.

Dicen que, cuando estás a punto de morir, pasa por tu mente como una ráfaga en unos segundos buena parte de tu existencia. Una película a cámara rápida. Un mecanismo incontrolado que parece más un examen veloz de conciencia para no irnos de este barrio definitivamente sin haber hecho un buen repaso de lo malo y lo bueno.
El pistolero, un hombre de facciones duras esculpidas a cuchillo, se estaba divirtiendo con la escena, repantigado en la butaca, con el pitillo entre los labios y con esa mueca de hombre rudo que tiene el que está seguro de sí mismo porque esgrime un arma que controla la situación. Sabe por experiencia que, de un momento a otro, su víctima va a empezar a sudar, a tragar saliva, a desmoronarse e incluso a llorar y que va a perder del todo la compostura, por lo que -era su señal convenida- no dudará en descerrajarle un tiro en ese momento. La situación le divertía.


—Te voy a dar una razón— dijo de forma tajante el que estaba a punto de emprender en un instante el viaje sin retorno—. Sé quién es y dónde vive el chulo que se tira a tu mujer cada vez que sales de caza para hacerte el tipo duro y distraer así el peso que te provoca la cornamenta.


El pistolero está a punto de vaciar el cargador sobre su víctima, pero le tiembla el labio inferior y sus ojos se enrojecen levemente...


—Maldito hijodeputa. Vas a venir conmigo y me vas a llevar a donde tú sabes. A ver si es verdad lo que dices.  ¡Ay de ti como todo sea una manera de ganar tiempo!


Salen por la puerta. Se meten los dos en el coche que aguarda abajo con un compinche al volante que mantiene el motor encendido. Y el que tenía la vida colgando de un hilo le dice al conductor una dirección. El sedán negro hace chirriar sus neumáticos y se lanza en busca de la dirección convenida. Seis o siete calles más allá y el coche aparca junto a la acera. Se bajan ahora los tres. Entran en un portal. Suben sigilosamente las escaleras. Pegan la consabida patada en la puerta y pillan in fraganti a los tortolitos. Se oyen gritos y varias detonaciones. Las que corresponden a dos revólveres Smith Wesson que acaban de vaciar sus respectivos cargadores. Terminada la faena y tras dejar la habitación con abundantes salpicaduras de flores de un rojo de muerte, se largan de allí sin más. Al pasar junto al delator, el hombre duro dice sin hacer un gesto:

—Vete. Hoy es tu día de suerte. La próxima vez que me encuentre contigo te mataré.

5 comentarios:

  1. Pensé por un momento que al que le pendía la vida de un hilo lo iba a llevar hasta el portal de su casa...
    Un abrazo
    Salut

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  2. Muy listo el Evaristo, le carga el muerto a la pareja al quedarse sin balas los malos.
    Saludos

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  3. Seguramente más allá de ese humor negro del relato la realidad se empeña en contar casos como el citado. Y sin humor alguno y sí con harta desgracia.

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  4. Pues sí que fue su día de suerte. Un abrazo

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  5. Desconcertante final, yo pensaba que al encontrase todos juntitos se irían a comer una pizza calzone cada uno para celebrar el encuentro.
    salud.

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