miércoles, 16 de septiembre de 2015

Un hereje del siglo XIX


Cayetano Antonio Ripoll, nacido en Solsona en 1778, maestro de escuela en Valencia, fue sentenciado por la Junta de Fe de la Diócesis de Valencia, considerado culpable de herejía y condenado a morir en la horca. No se atrevieron a condenarlo a la hoguera. El cadáver, por orden del Tribunal, fue metido en una cuba donde pintaron unas llamas y enterrado fuera del cementerio. Mientras, Europa despertaba y progresaba haciendo suyas las ideas de la Ilustración francesa. 
Corría el año 1826. Era la época de Fernando VII, la “Década Ominosa”. 
España no era entonces un país moderno, avanzado, donde se respetase la libertad de opinión y credo. Antes al contrario, era un país atrasado, con un sistema político, el absolutismo, donde las libertades eran inexistentes, porque tras derrotar a los franceses que invadieron España, todo lo relacionado con el liberalismo, con la existencia de constituciones escritas, quedaba automáticamente conculcado, prohibido, perseguido… 
Lo curioso de todo esto es que Cayetano no podía ser sospechoso de “afrancesado”, porque precisamente había luchado contra el enemigo invasor en la guerra de la independencia. Fue oficial de infantería. Fue hecho prisionero y pasó una temporada encarcelado en Francia. 
Sí es cierto que en aquel país se relacionó con un grupo de cuáqueros y se hizo un seguidor del deísmo. La idea era encontrar la espiritualidad dentro de cada uno sin necesidad de intermediarios o sacerdotes, vividores a expensas de las creencias ajenas. Lógicamente toda esta manera peculiar de entender la religiosidad chocaba abiertamente con ese concepto rígido y oscurantista de la religión en nuestro país, donde el dogma era incuestionable y cualquier desviación del mismo era perseguido y condenado. 


Parece que incomodó a muchos de sus vecinos, a quienes les molestaba sobremanera no verle frecuentar la iglesia, ni seguir los rituales litúrgicos a los que estaban todos acostumbrados. Nunca le vieron rezar, ni arrodillarse, ni participar en las procesiones, ni confesarse, ni comulgar. Parece que les molestaba que fuera por libre. Y le señalaron con el dedo. 
Y así, poco a poco, fueron todos atando cabos. Y finalmente, por iniciativa de los curas de Valencia, presentaron un escrito en el obispado. Y del obispo al arzobispo. Y de la diócesis de Valencia al nuncio del Papa. 
Y en el escrito figuraban las acusaciones. 
Según estas, el “hereje” no creía en Jesucristo, ni en la Santísima Trinidad, ni en la Encarnación del Hijo de Dios, ni en el sacramento de la Eucaristía, ni en los Evangelios, ni en el papel rector e infalible de la Iglesia. Desaconsejaba a sus alumnos que hiciesen la señal de la cruz y les adoctrinaba en graves errores como que no era obligatoria la asistencia a misa para salvar sus almas. En el aula sustituía la expresión “Ave María” por “alabado sea Dios”. Además se le acusaba de comer carne el viernes santo. 
Por todo ello, un buen día, estando impartiendo sus clases en esa especie de choza que llamaban escuela, vinieron a prenderle y le condujeron a prisión donde le tuvieron dos años. Antes de encarcelarle le pasearon atado de manos por la ciudad como un vulgar criminal para que los vecinos le insultasen y escupiesen.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Cuando te envían a hacer puñetas, a la porra o al carajo.

A HACER PUÑETAS 


Mandar a alguien a hacer puñetas es desear perderle de vista y que nos deje en paz durante un tiempo. Las puñetas son los encajes que llevan algunas mangas de algunas prendas, como por ejemplo las togas que utilizan algunos miembros de la judicatura. 
Su nombre proviene de la tendencia que tienen dichos encajes a caer sobre el puño. 
En su día, los detalles de los bordados eran de tal envergadura que la confección de cada puñeta, realizada a mano, suponía un arduo y laborioso trabajo y que llevaba mucho tiempo, por lo que mandar a uno a “hacer puñetas” se convertía en una forma de desear a una persona una larga ausencia y quitársela de encima durante una buena temporada.




A LA PORRA  

Cuando alguien te molesta o quieres que te deje tranquilo, es muy recurrente acudir a esta expresión un tanto fuerte. 
El origen de la expresión tiene que ver con el mundo castrense. 
La porra es esa especie de garrote o bastón de mando que en los desfiles solía exhibir el sargento mayor. Cuando se acampaba, el bastón solía clavarse en un punto determinado que marcaba el lugar al que tenía que acudir el soldado cuando era castigado para esperar allí el correspondiente correctivo o un arresto. 
La frase típica era una orden que decía: "¡Vaya usted a la porra!" 
Muchas veces la falta era castigada simplemente con la permanencia del soldado al lado del bastón hasta que el mando consideraba oportuno levantar el arresto. 



AL CARAJO 


En los barcos antiguos a vela, los marineros llamaban coloquialmente “carajo” a la cofa o canastilla que se situaba en la parte superior del palo mayor y servía como punto de observación para atisbar tierra o barcos enemigos. 
El lugar no era desde luego uno de los mejores de la embarcación, pues estaba a la intemperie y sujeto a las inclemencias del tiempo y al caprichoso oleaje del mar. 
Aunque la RAE no recoge esa acepción, parece ser que en términos populares náuticos sí era frecuente esa denominación, tal vez por la semejanza del mástil con el miembro viril masculino. 
Al ser la canastilla citada un lugar tremendamente desagradable, pues los vaivenes del barco allí se perciben de una manera mucho más intensa, hasta el punto de que los marineros que allí subían – muchas veces como castigo- solían bajar fuertemente mareados, mandar a uno al “carajo” es enviarle a un lugar poco recomendable e inhóspito. 

El amigo José Antonio nos hace un buen despliegue de expresiones coloquiales en relación con el “carajo".









miércoles, 9 de septiembre de 2015

La gran afición de María Luisa de Parma



Es cosa conocida que los Borbones siempre sintieron debilidad por el sexo: María Luisa de Parma, Fernando VII, su hija Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII, tuvieron cada uno respectivamente una buena colección de amantes. Y como consecuencia de ello, una considerable descendencia de hijos bastardos. 
Ahora bien –y aquí viene lo curioso del caso-, mientras las “actividades” de infidelidad de las reinas dieron como fruto una legión de bastardos “dentro” de palacio, a expensas de los cornudos o consentidores maridos, las de los reyes tuvieron su fruto “fuera” de palacio, con lo que sus descendientes quedaban en clara desventaja. De esta forma, se dio curiosamente una larga lista de “reyes que no tuvieron que serlo y, sin embargo, lo fueron” (*), como por ejemplo Alfonso XII. Y por el contrario, hijos ilegítimos de los reyes varones que “pudieron ser herederos de la corona y no lo fueron”, como por ejemplo Leandro de Borbón, hijo bastardo de Alfonso XIII y la actriz Carmen Ruiz Moragas. 
En otras ocasiones, hablamos largo y tendido de las promiscuidades de Isabel II y de las aficiones eróticas de Alfonso XIII. 
Hoy nos quedamos, brevemente, con María Luisa de Parma, la mujer de Carlos IV, quien en una confesión al fraile Juan de Almaraz, llegó a revelar que ninguno de los hijos habidos durante su matrimonio fueron engendrados con su esposo. 
Si fuera cierta esa revelación, toda la descendencia posterior tendría el calificativo de ilegítima y la saga borbónica se habría detenido en aquel preciso momento, por lo que todos los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos habidos a continuación, desde Fernando VII hasta Felipe VI, tendrían que ser considerados como “no legítimos”, al llevar sangre plebeya mezclada en sus genes reales. Sobre todo, si tenemos en cuenta que, tras los escarceos amorosos de María Luisa, las aficiones sexuales de sus herederos siguieron por los mismos derroteros, por lo que la ilegitimidad de los nuevos descendientes se iba acrecentando generación tras generación. Isabel II, por ejemplo, obligada a contraer matrimonio con su primo Francisco de Asís, más aficionado a los bordados e incluso a los hombres que su propia esposa, tuvo una larga lista de hijos habidos fuera de sus relaciones conyugales, por otra parte prácticamente inexistentes. 


Lo cierto es que María Luisa, la que traemos hoy aquí, la bisabuela de Alfonso XII, era bastante fogosa. Y su amante predilecto, Godoy, el Príncipe de la Paz, también conocido por el Choricero. El hombre fuerte, el valido de Carlos IV, el que manejaba los hilos de la política de la nación. Deseado por la reina y necesitado por el rey. Un hombre de estado, poderoso e inteligente, maquinador y claro objeto sexual por parte de la reina. María Luisa tenía un carácter fuerte y dominante. Era fría, astuta y manipuladora. Seguramente una de las reinas españolas menos apreciadas por su pueblo. 
Goya sacó de ella, en su célebre retrato familiar, algunos de sus rasgos peculiares para que el espectador tuviera una información más fidedigna de su persona. 


Obsérvese en el cuadro un detalle: el protagonismo de su brazo, desnudo y omnipresente, ocupando el centro de la composición, que dota al retrato de cierta zafiedad u ordinariez, revelando claramente quién detenta la autoridad familiar y quién dispone en la corte. 

Godoy, por su parte, tuvo una carrera fulgurante. Pasó en poco tiempo de ser guardia de corps a asesor particular de la reina. Más tarde llegó a ser Primer Ministro con el beneplácito del rey quien, por otra parte, no tenía ninguna vocación política y delegaba un sinfín de funciones en el “príncipe de la paz”. 
Con la entrada del ejército francés en España, tras el “Tratado de Fontainebleau”, la popularidad del valido cayó en picado y el levantamiento popular en el Motín de Aranjuez forzó su caída. 
Pero, volvamos a las relaciones tórridas y pasionales que, tiempo atrás, protagonizaron la reina y su amante. Eran archiconocidas por sus súbditos. 
Sobre Godoy y María Luisa de Parma, una coplilla popular se hacía eco de las habladurías que circulaban por la villa y corte: 

Mi puesto de Almirante 
me lo dio Luisa Tonante, 
Ajipedobes la doy 
Considerad donde estoy. (...) 
Tengo con ella un enredo, 
soy yo más que Mazarredo. (...) 
Y siendo yo el que gobierna, 
todo va por la entrepierna. 

(Aclaraciones: 
Tonante: que truena. 
Mazarredo: un gran personaje de la Armada Española. 
Ajipedobes: léase la palabra al revés.)

(*) Los borbones que fueron y no fueron.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Fin de una era

Ulpiano Checa, La invasión de los bárbaros (1887)

4 de septiembre de 476:
Fin del Imperio romano de occidente. Inicio de la Edad Media.
Puro convencionalismo cronológico, una necesidad de datar, de acotar épocas dotándolas de cierta identidad.
Antigua, Media, Moderna, Contemporánea…

 ¿Habrá que poner nuevo nombre y fecha para la nueva era que se avecina?

Probabilidad nº 1.

Esperemos que el mundo reaccione y pare los pies a los que intentan crear una despiadada teocracia universal y volver a la Edad Media.
No tener que leer nunca en los libros de texto del futuro:

Año 2020: los nuevos bárbaros, tras provocar enormes oleadas de refugiados que se desplazaron a Europa y tras hacerse los dueños de media Asia y del norte de África, emprenden la conquista del sur del viejo continente.



Probabilidad nº 2.

Año 2020. Se avanza hacia una situación insostenible por parte del capitalismo financiero mundial. Descartada la guerra como método para "resetear" el mundo y empezar de nuevo, como pasó tras las dos guerras mundiales, se opta por el método más seguro: la consolidación de los poderes económicos frente a las democracias de los estados. Paralelamente a la proliferación de agrupaciones radicales, gracias a la sensación de inseguridad y al aumento del número de inmigrantes, logran llegar al poder grupos extremistas que se organizan en una especie de confederación a escala mundial. El fascismo ha resucitado. El capitalismo financiero brinda su apoyo económico a este nuevo orden mundial, sin derechos ni libertades, parecido al que profetizó Orwell en su "1984". Los ciudadanos pasan a ser de nuevo súbditos y productores- consumidores. Un mundo de semiesclavitud, con bajos salarios y nulos derechos sociales y laborales, donde la ciudadanía queda supeditada a la economía. Es la era del Gran Hermano.

Esperemos que al final no se cumpla ninguno de los dos vaticinios, que todo quede en un ejercicio de distopía histórica, en un mero pasatiempo y que las cosas sean mucho mejor en el futuro; sin embargo, los riesgos existen. Negarlo sería sencillamente mirar para otro lado.