viernes, 31 de julio de 2026

El muro



Nunca imaginó que acabaría marchándose, pero las cosas se habían puesto realmente mal y al final tuvo que tomar una determinación.

Se fue sin un adiós. No quiso despedirse de nadie. Le resultaba realmente doloroso tener que pasar por el mal trago de la despedida.

Se fue al anochecer, al amparo de las sombras. La noche era especialmente fría, solo que había luna y el cielo aparecía cuajado de estrellas —¡Nunca vio tantas en toda su vida!—. Ello le permitía orientarse en medio de la oscuridad.

Un silencio absoluto reinaba, solo roto de vez en cuando por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía, un canto lúgubre en medio de la inmensidad de aquella noche.

El aire estaba tan frío que cortaba la piel.

El hombre se puso a caminar. Decidió resueltamente tomar una ruta, la que tal vez le conduciría a su propio destino.

Mirando hacia el horizonte de aquel campo, tan llano que parecía un inmenso mar, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde acabaría. Tomó pues la decisión de saltarlo. Era un muro de piedra y podría tener una altura de ocho o diez metros. No era demasiado elevado y se dispuso a iniciar la escalada.

Al ser de piedra, la pared aquella ofrecía algunos pequeños entrantes o hendiduras que podrían servir para ir metiendo los dedos y la punta de las botas en el ascenso. Se puso a la tarea. Estaba más ágil de lo que pensaba y en pocos minutos logró coronar la cima. Al llegar, tomó un respiro y se sentó allí a horcajadas contemplando el paisaje que se abría al otro lado. Ante él se mostraba, hasta donde la vista se perdía, un bosque frondoso. La bajada se anunciaba más sencilla. Solo tendría que repetir la operación de ir metiendo pies y manos en las hendiduras que encontrase e ir descolgándose poco a poco. Bajó. De nuevo emprendió la caminata, ahora a través de la espesura.

Según andaba entre los árboles, recordaba imágenes de los días anteriores. Las escenas se apelotonaban en su mente de forma caótica e inconexa: las tensiones, el hartazgo, los problemas, los preparativos para la marcha... Era del todo necesario emprender una nueva vida lejos y sin condicionantes. El tiempo se iba y había que aprovecharlo.

Tenía por delante un largo camino, muchas horas de marcha a través del bosque. Y cuando el bosque se acabó, apareció de nuevo el campo. Los árboles empezaron a escasear y en su lugar fueron apareciendo arbustos y matorrales.

Amaneció. Caminó y caminó incansablemente, hasta que no pudo más y se detuvo a reponer fuerzas sentándose en una piedra enorme bañada por los rayos del sol de la mañana. Agotado, logró vislumbrar a través de los matorrales que tenía delante un sendero. Cuando descansó un poco, se levantó de allí y lo tomó. Tenía el cuerpo molido. Le dolían las piernas; pero había que seguir. “El mundo es para los que no se rinden”, recordaba entonces las palabras de su abuelo.

Siguió aquel camino. Se extrañó de que en ningún momento se cruzara con nadie. Ninguna persona, ningún animal en todo el recorrido, como si el mundo se dispusiera antes sus ojos para él solo, como si lo estrenara a cada paso.

Así pasó el día: andando y descansando a ratos.

Y al final, cuando la tarde declinaba y el sol volvía a ocultarse en el horizonte, cuando ya no podía con su cuerpo y sus piernas pesaban cada una como una losa de cemento, cuando ya estaba a punto de desfallecer y se preguntaba qué demonios hacía allí, andando sin norte, sin saber dónde ir, en medio del silencio de una nueva noche, roto tan solo por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde acabaría.

Y tomó la decisión de saltarlo.

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Y un servidor toma otra decisión: unos días de asueto, de cambio de aires, de holganza, de cierre vacacional... o como se quiera decir. ¡Hasta la vuelta!

martes, 21 de julio de 2026

En camino

 


Miércoles 12 de abril

9:00

Ante la tesitura de salir a andar o quedarme en casa tan ricamente leyendo, echo mis dados de la suerte aquella mañana y me sale paseo, una buena decisión puesto que el día, radiante y primaveral, promete. Así que me pongo una ropa cómoda y unas zapatillas apropiadas y me dispongo a caminar. Salgo de casa. Enfilo por la calle que me conduce a las afueras del pueblo. Tras rebasar las últimas viviendas me adentro en el campo. Recibo con sumo agrado el olor a mieses recién segadas. Llego a una arboleda. Tras ella se abre un estanque natural de aguas tranquilas. Una oca de plumaje blanco se desliza por ellas majestuosamente.

9:20

Me embarga una sensación de paz que, unida a la caricia de esta mañana soleada, dibuja en mi interior algo muy parecido a la felicidad. Respiro hondo y tomo un sendero serpenteante que me aleja cada vez más de Villazarcillos del Tiétar. El sol se va elevando y por su posición deduzco que camino en dirección norte.

Por el camino me entretengo mucho con el paisaje y sus cosas: una ardilla curiosona, con una bellota en la boca, asomando tras un árbol; el cráneo de una vaca muerta como en los poblados del oeste; el torreón medio derruido de lo que fue un viejo castillo (hasta me pareció ver un enano de cuento observándome desde lo alto); un perro pachón, de aspecto  pacífico, ladrando desde su cercado por exigencias del guión; una pareja de conejos atenta a mis movimientos, con las orejas alerta como radares...

9:30

A unos dos kilómetros del pueblo comienzo a oír el sonido inconfundible del riachuelo que discurre algo más allá, por debajo del puente de madera que me dispongo a atravesar. Las tablas crujen bajo mi peso, como emitiendo una leve queja por haber roto el encanto de la música del agua que se desliza entre las piedras del fondo. De nuevo ante mí, el sendero culebreando entre pequeñas lomas atestadas de chopos.

En mi caminar me topo con otro puente idéntico al anterior, con la misma queja al pasar sobre sus maderas gastadas y otro riachuelo gemelo del primero. Me quedo realmente extrañado. Sigo por el sendero y al cabo de unos minutos me encuentro con una bifurcación. Dos direcciones. Tomo la de la izquierda, un camino angosto invadido parcialmente por la maleza que crece en sus márgenes.

9:50

El sendero desemboca en otro más amplio, tomo la dirección norte, la de la izquierda, orientándome por la posición del sol. Me lleno de extrañeza al comprobar que ese recorrido ya lo había andado antes: árboles, el estanque con la oca elegante incluida, el sendero, el puente, nuevo tramo de camino serpenteante, el otro puente y, de nuevo, la bifurcación de antes. He debido andar en círculo. Tomo ahora el ramal que se abre a la derecha.

10:00

Llevo una hora andando y estoy algo cansado. Sobre todo tengo sed. Debería hacer una pequeña parada y luego proseguir. En un recodo aparece ante mí una edificación de dos plantas con tejado a dos aguas, parece un albergue rústico, una posada para caminantes, un hostal o algo parecido. Sobre la puerta un cartel anuncia una conocida marca de bebida refrescante. Se ve que hay servicio de bar. Entro, me pido un bocadillo de tortilla y una botella de agua. Me siento en un taburete de los de la barra. Me sabe a gloria tanto lo ingerido como el descanso. Pago y decido marcharme.

Salgo, ando un poco y enseguida recobro la velocidad de marcha. Oigo voces. Alguien anda en apuros. Miro a mi alrededor y no veo a nadie. Tan solo veo el brocal de un pozo. Parece abandonado. Y los gritos vienen de esa dirección. Me acerco y me asomo. Hay un hombre allí dentro. Con ayuda de la cuerda le ayudo a salir. Es un hombre mayor. Me cuenta que un tío gamberro lo metió en aquel oscuro lugar. Casi acaba allí sus días. Le propongo ir a denunciarlo.




10:25

Llegamos al cuartel de la Guardia Civil. Dentro hay otros dos guardias. Uno, más joven, sentado frente a un ordenador; el otro, de mayor edad, el sargento, que debe ser el que está al mando y se pasea por las dependencias con cara de circunstancias.
Aquello p
arece una caricatura de un cuartel, desde los uniformes de los guardias y sus enormes tricornios, modelos antiguos más acordes con la época de Isabel II, hasta el uso chocante de las instalaciones, como ese calabozo enrejado, ahora vacío, a la vista del público en medio de todo, que recuerda en mucho las dependencias del sheriff de cualquier película del oeste. Incluso el sargento, con esa enorme barriga y el uniforme en el que aparece embutido, dos tallas más pequeño y a punto de reventar, parece sacado de una película de dibujos animados.

Decimos que queremos poner una denuncia. El más joven pide nuestros datos. El denunciante declara lo que pasó. Luego nos vamos de allí. El vejete, al centro de salud para hacerse una revisión; yo, al camino.

10:45

Dejo atrás el cuartel de la Guardia Civil y me dispongo a continuar unos minutos más mi marcha. Me encuentro con un cartel que lleva pintada una flecha que parece indicar algo: nada menos que un recinto ajardinado, pero de dudoso gusto ornamental. Hay un estanque lleno de ánades y cisnes con una fuente hortera en medio de esas de sirena y chorritos. Parece el jardín del chalet de un nuevo rico. Todo está lleno de figuras pintadas de hiriente colorido. Allí se congregan Blancanieves y sus correspondientes enanos, un dragón, un caballero medieval con su ballesta cargada, unas setas gigantes, etc. Como sacado todo de un cuento de hadas. Entro en él, doy como cincuenta pasos y, al fondo, me topo con otro cartel que pone 

LLEGADA.

Soy el primero en llegar a la meta.

Me hace ilusión. No todos los días gana uno al Juego de La Oca.



martes, 14 de julio de 2026

La subasta

 


Buenas tardes, bienvenidos a la subasta. Vamos a proceder en primer lugar a la puja del lote número 35 —decía la encargada ante el micro, con un tono poco natural, forzado e impostado, algo nasal, seguramente como se le demandaba por parte de sus jefes—. Como habrán podido comprobar se trata de un lote muy interesante, pues hablamos nada y más y nada menos que del kit de la felicidad.

La encargada de la subasta se dirigía a un público numeroso y variopinto, ávido de llevarse para casa alguna pieza única por un precio razonable.

El lote sale con un precio de salida de 7500 estroncios de vellón. Empezamos. Hay ya una puja online por 7700. ¿Alguna oferta más? Se trata, como habrán podido comprobar en la información que figura al pie de cada lote, de algo único y de un valor real incalculable. El caballero del fondo que ocupa la silla 42 ofrece 7750 ¿Alguna oferta más? 7750 a la una, a las dos y a las tres. Adjudicado el lote por puja final o de remate de 7750 estroncios de vellón al señor de la silla 42.

De vuelta a casa, Gustavo Pérez abre la puerta con su llave. Va a dar una gran sorpresa a su mujer.

Parece que llegas algo tarde. ¿Dónde se supone que vas con ese baúl?

Era Matilde quien preguntaba, entre extrañada y mosqueada, cuando su marido entró por la puerta aquella tarde arrastrando lo que parecía un enorme maletón con ruedas.

¿No irás a meter eso en nuestra habitación?

No te preocupes, Mati —respondió Gustavo, su marido—. Solo voy a enseñártelo. Luego lo guardaré en el garaje.

¿Enseñar? ¿Qué es lo que hay que enseñar, Gus?

Pues lo que compré en la subasta.

No me digas que te has gastado el dinero del mes en una subasta. ¿Se puede saber qué es lo que hay en ese contenedor, que parece un ataúd con ruedas?

Ha costado una minucia si lo comparamos con los beneficios que vamos a obtener. 7750 estroncios de nada, en efecto, mi sueldo del mes.

Tú no estás bien de la cabeza. Me vas a explicar ahora cómo vamos a hacer para pagar la luz y el gas y para comer este mes?

No te preocupes mujer, que todo va a ir bien. Sé lo que me hago. Como dice un proverbio hindú, cuanto más adversas sean para ti las circunstancias que te rodeen, mejor se manifestará tu poder interior. Pasa a la habitación y te lo enseñaré.

Y, con aire triunfal, como el que va a descubrir la octava maravilla del mundo ante un público fascinado, Gustavo abrió el maletón aquel y mostró a Matilde su reciente adquisición.

Aquí lo tienes —dijo Gus—. Te presento a… ¡tatacháááán! ¡El kit de la felicidad!

Y lo que ella pudo ver fue una estatuilla horrible del dios Indra, como de un metro de alta, y una serie de sacos, siete en total, cada uno de un color, como de un kilo de peso cada uno, que contenían en su interior, en unos casos, arena y, en otros, piedrecitas de un tamaño regular como de dos, tres o más centímetros de largo cada una. Eso sí, cada saquito llevaba atada una cinta de distinto colorido y una etiqueta para saber su procedencia.

Matilde abrió la boca de asombro. Quedó estupefacta. Los ojos a punto de salirse de sus órbitas. No podía articular palabra alguna. Al final, cuando ya se repuso levemente de la sorpresa, pudo, a duras penas, balbucear:

Pero… pero esto… esto es ¡horrible! ¿Cómo has podido…?

Mira. Son piedras de los distintos ríos sagrados de la India. En total son siete. Como puedes leer en las etiquetas, los ríos son el Ganges, el Kaveri, el Indo, el Narmadá, el Yamuna, el Godavari y el Sarasuati. En los textos vedas de hace milenios ya se hablaba de ello. Solo hay que llevar cada saco a su origen, depositar en el agua de cada río todas las piedrecitas menos una, o toda la arena menos un montoncito, que guardaremos como un talismán. Luego hemos de mojarnos los pies en cada uno de ellos. Haremos un largo viaje a la India para visitar todos los ríos. A la vuelta construiremos en el centro del salón como una especie de altar. En él pondremos la estatuilla de Indra, colocaremos cada piedrecita y cada montoncito de arena que nos sobró alrededor de la estatua como si fuera un ritual. Ya no hay que hacer nada más. Luego solo hay que esperar que la felicidad nos llegue a raudales. Según los expertos en temas de hinduismo, no falla. Creo que la adquisición del lote en la subasta y el viaje que vamos a realizar tú y yo va a ser de lo más fructífero.

No tengo la menor duda de que el viaje va a ser del todo necesario. Lo de fructífero depende de para quién, porque ahora mismo te vas a coger la estatuilla, los sacos de arena y grava, lo vas a meter todo en el maletón ese que has traído y te vas, de viaje o a donde tú quieras, pero fuera de esta casa y lejos de mí. Al menos hasta que te deshagas de lo que has traído y recuperes lo que te has gastado. Luego ya hablaremos. Como dice otro pensamiento hindú, la más larga caminata comienza con un paso. Y yo ya lo di. Cuando vuelva mañana del trabajo no quiero verte por aquí, ni a ti ni a tus sacos.

Y que te vayan dando por… el idem.


miércoles, 8 de julio de 2026

Laura



Al final decidí que fuera una mujer la protagonista de la novela. Me fascinaba el reto de diseñar un personaje femenino. Toda una osadía por mi parte. En el momento en que creé a Laura, una joven treintañera de fuerte personalidad, la suerte estaba echada. No había marcha atrás. Ahora me veía obligado a pensar, ya no como el autor de la trama, sino como la mujer que había creado. Mi libertad como escritor quedaba supeditada a la mentalidad de mi criatura, a su forma peculiar de comprender el mundo y de enfrentarse a él. En un principio no resultó una tarea fácil; pero luego, mientras el personaje se iba perfilando con cada párrafo y crecía en tamaño y en importancia, el relato de los hechos fue saliendo solo, fluyendo con naturalidad, como si alguien me dictara lo que tenía que escribir en cada momento.

Cuando llegaba a casa después de mi jornada laboral en la consultoría, me sentaba frente al ordenador y retomaba el texto. Escribir era el momento de máximo disfrute del día. Y urdir tramas por donde transitaba la joven protagonista se había convertido casi en una necesidad, además de constituir un auténtico placer.

La mimaba demasiado, la protegía de todo mal. En el desarrollo de la narración no quise que mantuviera relación alguna con nadie, en este caso con ningún hombre. Me desazonaba la idea de que sufriera por ello. Y me carcomía aún más por dentro la posibilidad de que alguien pudiera disfrutar de su cuerpo. No quería compartirla y la reservaba tan solo para mí.

La novela me tenía absorbido, atrapado, hasta el punto de robar horas al sueño. Aquella mañana, tras llamar a un compañero y fingir que estaba indispuesto, encendí el ordenador y abrí el texto por donde lo dejé la noche anterior. Laura ya se había levantado. Compartimos un café. Yo, en mi mesa de trabajo; ella, en la cocina, después de tomar una ducha ligera y vestirse para salir a la calle. Su objetivo de la jornada: buscar empleo acorde con su formación de gestión empresarial.

Y así fueron pasando los capítulos, las horas y los días. La novela copaba todo mi tiempo, incluso el necesario para cumplir con mis obligaciones laborales.

El personaje me había salido rotundo y coherente: una joven resuelta, capaz de enfrentarse a los retos cotidianos, segura de sí misma, potente y definida, y menos cobarde que su propio autor.

Estaba fascinado por una mujer que había sacado de la nada. Tenía cierto grado de dependencia hacia ella. Quizás había también algo de enamoramiento, como Pigmalión hacia Galatea; pero sobre todo existía un sentimiento de hermano menor que busca protección. Con Laura me sentía bien. Ya me hubiera gustado que el personaje fuera real, de carne y hueso. Esa idea me llegó a obsesionar, hasta el punto de buscar por la calle a gente con sus rasgos: una joven de unos treinta años, de pelo lacio castaño, ojos negros expresivos y profundos, atractiva, con esa belleza que irradian las personas seguras de sí mismas.

La novela estaba prácticamente terminada: faltaría tan solo añadirle una o dos páginas más, a modo de conclusión o broche final. Luego vendría la fase de corrección. Decidí aparcar un tiempo lo escrito para releerlo pasados unos días. El personaje quedó ahí, como hibernando, guardado en un archivo, en el desván del ordenador.

Hasta que llegó aquel día en el que se destapó la caja de los truenos.

Regresaba yo a casa tras comer algo por ahí con unos amigos y tomarme un par de copas. Iba algo bebido. Nada más llegar llamaron al timbre. El cartero me traía una carta certificada. Firmé el acuse de recibo y, tras cerrar la puerta, rasgué el sobre con un cúter. Era un comunicado de la consultoría en la que trabajaba, donde, con un lenguaje burocrático típico de los abogados, se me informaba de mi despido por causas procedentes y de que pasara a recoger el cheque con la liquidación. Palidecí. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Tras la sorpresa inicial, monté en cólera. Me desahogué pegando un par de voces. Luego vino la resignación y la calma. Por la mañana temprano iría a la oficina y recogería la carta de despido. ¿Debería firmarla? ¿Debería aceptar la liquidación? Estaba confundido. No sabía qué paso dar primero ni cómo darlo.

¿Qué habría hecho ella en esa situación?

Encendí el ordenador. Volví al archivo de la novela y comencé a teclear. Ofuscado por el alcohol, las palabras me venían a los dedos sin ningún control de mi mente. Como si alguien me dictara. No alcanzaba a filtrar lo que iba apareciendo en la pantalla:

Laura llegó a su domicilio. Apenas le dio tiempo a desvestirse cuando sonó el timbre. Alguien traía una carta certificada a su nombre. La cogió y la abrió. Su cara se iluminó y sus ojos se tiñeron de alegría: una empresa le ofrecía la posibilidad de un trabajo. Debería presentarse al día siguiente a primera hora para la entrevista, pues había un puesto vacante acorde con su perfil: la persona que lo ocupó hasta la fecha causaba baja en Henckel & Johnson Consulting.


lunes, 29 de junio de 2026

Amor a los animales

 


Ayer quedé con una efemeróptera.
Puede que alguien piense que hablo de una mujer extranjera o perteneciente al sector sanitario. Nada más lejos en su significado. A nivel genérico, los efemerópteros, conocidos también como efímeros o cachipollas, son un orden de insectos acuáticos. Este orden también incluye a las libélulas y a los caballitos del diablo.
Pues bien, quedé ayer con una efemeróptera en el estanque del Retiro madrileño. Era una tarde radiente típica de finales de primavera. Y lo nuestro fue una cita rápida, una relación fugaz, pues todo el mundo sabe que las hembras adultas viven apenas un día, lo suficiente como para realizar la última muda, aparearse y poner huevos. Pero fue imposible que ella completara su ciclo vital. Ni siquiera pudimos intimar, pues al ser sábado el estanque estaba a rebosar de gente, jóvenes con sus monopatines, abuelos echando migas de pan al agua y nenes dando por saco, y no hubiera quedado bonito hacerlo con tanto público. Así que hubo cita, pero improductiva. Apenas nos dio tiempo para dirigirnos una furtiva mirada, entablar una conversación en profundidad, conocernos más... No sé por qué razón abrí mi mano derecha, pero ella aprovechó la maniobra para acercarse volando y posarse con delicadeza. No le dio tiempo a más. Se me murió enseguida de un patatús y yo me quedé un rato como un gilipollas con la palma de mi mano hacia arriba sin saber qué hacer con el bicho muerto. Un señor se acercó y me dejó una moneda de cincuenta céntimos. Le di las gracias. Pensé que esa era su peculiar forma de darme el pésame. Luego reaccioné. Soplé para que el aire se llevara al insecto, cerré la mano, me guardé la moneda en el bolsillo y me fui de allí, resuelto a coger el tren de cercanías en Atocha.

Recuerdo que en la estación antigua hubo hasta hace poco una especie de invernadero donde instalaron un estanque tropical en el que se congregaban cientos -tal vez miles- de tortugas. Daba gusto verlas, con esos movimientos tan graciosos como torpes, amontonándose unas encima de otras. Algunas veces me quedaba embobado mucho tiempo mirándolas, incluso se me caía la baba. Me hubiera mezclado con ellas gustosamente. Lástima que se las llevaran. Echo de menos aquellos tiempos. También echo de menos a las tortugas. Dicen que algunas viven más de cien años.



lunes, 22 de junio de 2026

Zurdos

 


Escribir con la mano izquierda era algo que se rechazaba en ciertos lugares y en determinadas épocas. Se consideraba  propio de gente de baja estofa y de personas torpes.  Socialmente, en círculos demasiado pacatos y tradicionales, estaba mal visto. Incluso hubo algún maestro que obligaba a los chicos a escribir con la derecha, por lo que siempre nos encontrábamos con algún “zurdo contrariado”, que es como se les llama en el mundo de la pedagogía. Y luego venían, claro está, los problemas de aprendizaje.

Escribir con la izquierda era para algunos algo tan repugnante como, en el ámbito político,  el ser de izquierdas. No en vano, en el juicio final, Dios sentaría a los buenos a la derecha y a los condenados a la izquierda, que más tienen que ver con el diablo que con los ángeles. De hecho, en latín, izquierda es “sinister”, de donde parece provenir siniestro, como el demonio o los malos espíritus.
Los revoltosos y más radicales  de la Revolución Francesa se sentaban en la parte izquierda de la asamblea.
En el Islam se come y se da la mano con la derecha, la izquierda se reserva para otros menesteres de aseo como limpiarse el trasero.

Hoy todo es muy diferente.
Se han ido abandonando los viejos prejuicios.
Sobre todo cuando llegamos a conocer que a lo largo de la historia hubo zurdos famosos, como Napoleón Bonaparte, Madame Curie, Aristóteles, Da Vinci, Chaplin, Jimmi Hendrix, Kennedy, Barac Obama o Bill Gates, ninguno de ellos sospechoso, que yo sepa, de zafio, burdo o lelo.
Y es que, según se comenta en el Huffington Post, cuyo enlace incluyo, parece ser que los zurdos son más imaginativos, sensibles y creativos, les gusta la música más alternativa como el reggae o el jazz; son menos propensos a padecer ciertas enfermedades, como la artritis o la esquizofrenia, aunque son más proclives a padecer ataques de ira y a desarrollar dislexia, déficit de atención e hiperactividad.

En los últimos tiempos algún líder ultraderechista -como Miley en Argentina- usa el término "zurdos" con carácter peyorativo para referirse a gente de la izquierda política.

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Hablan de ello:

lunes, 15 de junio de 2026

Soñar, tal vez vivir

 


Y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.

 La vida es sueñoCalderón de la Barca.


Pesadilla tremenda la vivida aquella noche.

Yo formaba parte de la tripulación de un barco pesquero que regresaba tras pasar varias horas faenando en alta mar. La pesca había sido excelente. Ningún incidente reseñable.

Tras la maniobra de virado del aparejo, una vez izadas las redes, se habían abierto y depositado en cubierta las capturas. Luego se procedió a clasificar y guardar la pesca en la bodega.

Todo se desarrollaba con normalidad cuando, de repente, las cosas cambiaron. El estallido de un relámpago anunció el inicio del temporal, paulatinamente aumentó la fuerza del viento y la lluvia hizo acto de presencia. El barco comenzó a cabecear y a balancearse de babor a estribor.

Todavía estábamos muy lejos de la costa, a unas cuarenta millas. Y ahora se nos presentaba un escenario de tempestad. Un oleaje tremendo comenzó a zarandear la nave como si estuviera hecha de papel. Por si fuera poco, llovía cada vez con mayor intensidad y, lo peor de todo, no había luna ni estrellas que alumbraran un poco la escena, con lo que la sensación de miedo y desamparo eran enormes. Parecía que el abismo había abierto sus fauces y amenazaba con tragarnos en un santiamén. La angustia, transformada en auténtico pavor, nos oprimía el pecho a los que formábamos parte de aquella tripulación.

Al final, de tanto desesperarme y removerme, desperté angustiado y, durante un segundo tan solo, disfruté del alivio que supone haber dejado la pesadilla atrás.

Había regresado a mi mundo real.

Nada había cambiado.

Me di cuenta de mi lamentable situación.

Seguía tumbado en el suelo, frío y duro como una lápida. Seguía allí, encadenado al muro y con grilletes en los tobillos. No sé qué hacía yo soñando ocupar el lugar de un pescador del primer mundo cuando no dejaba de ser un simple esclavo del tercero y que sería subastado en el mercado esa misma mañana al mejor postor. 



lunes, 8 de junio de 2026

Escritor sombrío

 

Reciclando un viejo texto de hace ya muchos años.


No sabemos en qué momento preciso la sombra que proyectaba Félix Duarte decidió independizarse y vivir por su cuenta. Hasta ese día era normal verla en la pared trasera del estudio donde solía trabajar su propietario, a horas intempestivas de la noche, removiéndose levemente y en silencio cada vez que Félix se movía, en una perfecta imitación del original, pero en negro sobre fondo blanco, como siluetas chinescas sobre una pantalla gracias a la luz del potente flexo que en su camino se encontraba siempre con un obstáculo: el cuerpo sedentario de un hombre de mediana edad, ligeramente inclinado sobre la mesa de su despacho, tecleando en un ordenador.

Sí, la sombra le acompañó siempre, hasta que un buen día se hartó de su papel de subordinada fiel y decidió largarse en silencio, como esos maridos de hábitos nocturnos que se quitan los zapatos al entrar para no hacer ruido y caminan de puntillas por el pasillo hasta llegar a su dormitorio. Se fue sigilosamente, sin avisar ni nada. Su propietario no se percató en absoluto de la desaparición porque hay muy pocos seres humanos que miren hacia atrás para ver qué hacen sus sombras, y menos un escritor.

Desde ese día, la sombra dejó de tener dueño, emancipada como estaba, decidió emprender un nuevo camino en solitario, alejada de la rutina que la obligaba a ceñirse siempre a un guión que escribían otros. No volvería a ser jamás el reflejo de nada, no sería nunca más la actriz secundaria en la película de la vida de nadie.

En días radiantes, se la veía moverse por el suelo, trepar por las paredes encaladas, doblarse en las esquinas… Daba gusto verla serpentear entre los adoquines de la calle, alargarse infinitamente cuando el sol declinaba o cuando las luces de las farolas nocturnas estiraban su silueta, para luego encogerse caprichosamente como si fuera de goma. Ella era la sombra, la oscuridad perfecta, la libertad absoluta.

La gente andaba como loca cada vez que Carmencita —pues de alguna manera habrá que llamarla— salía a la calle, pues se acercaba siempre donde más personas había y se dedicaba a enredar entre los pies del personal. Los niños jugaban a pisarla, pero ella era más ágil y se escurría de sus pequeños perseguidores y enseguida acababa trepando por los muros de las casas, las tapias de los huertos o las vallas del cementerio. Y desde allí, desde lo alto, contemplaba a chicos y grandes, dominando la situación. Lo malo eran las otras sombras, las que proyectaban los demás. No veían con buenos ojos los movimientos de Carmencita. En realidad la odiaban por esa capacidad suya de adoptar libremente cualquier forma por caprichosa que fuera. Y la criticaban: que qué se había creído que era, que si no tenía formalidad, que si era una casquivana. La verdad es que sentían una envidia tremenda cada vez que el sol estaba en lo más alto, haciendo que sus rayos cayeran perpendicularmente, convirtiéndolas a ellas en poco más que unos diminutos círculos alrededor de los árboles del parque, mientras que Carmencita se deslizaba a su aire, llenándolo todo con su presencia y su libertad de movimientos, eclipsando, ensombreciendo a las demás, nunca mejor dicho. Y es que la envidia es muy mala.

¿Y que fue del antiguo propietario, de ese autor de piezas teatrales por encargo llamado Félix Duarte?

Pues simplemente decir que desde que su sombra le abandonó, decayó su inspiración, pues se le había ido para siempre su mitad imaginativa, ocurrente y aventurera. Carmencita había sido durante mucho tiempo su musa, la que le dictaba calladamente cada noche mil situaciones ingeniosas. Por eso sus textos se volvieron opacos, lacios, insulsos y hasta amargados. No hablaban más que de crímenes y de amores  traicionados. Y él se volvió huraño, solitario, antipático…

—Mira que tienes mala sombra —le dijo un día una amiga.

lunes, 25 de mayo de 2026

Nada nuevo bajo el sol

 Había un chiste centrado en la Prehistoria en el que un niño entregaba a su padre las notas del cole, muy malas por cierto. El hombre de las cavernas, echando un vistazo al trozo de piel seca de mamut (el boletín de calificaciones de su hijo), meneaba la cabeza con un evidente gesto de reprobación:


—Vamos a ver, hijo, que suspendas las matemáticas y el dibujo tiene un pase, pero la Historia, que tan solo llevamos dos páginas, eso no tiene perdón.

La “ventaja” de aquellos tiempos era, evidentemente, que había poca materia para estudiar puesto que la humanidad iniciaba su andadura. La antigüedad tenía otra gran ventaja, y con esto nos acercamos al tema que quiero plantear, y es que estaba todo por inventar: la rueda, las vasijas, la ropa, el arco y la flecha… Por dicho motivo, antiguamente se inventaba o se innovaba mucho. Y esto se podría aplicar también al ámbito del arte y de la literatura: todo o casi todo lo que iba apareciendo era nuevo, inédito, original. No había antecedentes. Luego, fue pasando el tiempo. Y ahora, tras un montón de siglos de andadura, cada vez que se te ocurre escribir algo, siempre hay alguien que, bienintencionado sin duda o por dárselas de leído, te comenta:

—Esto tuyo tiene referencias a Kafka.
—¡Qué bueno! Un relato de detectives. Me recuerda mucho a Conan Doyle, a Eduardo Mendoza y a Vázquez Montalbán .
—Esto de mezclar literatura y vida ya lo escribieron antes Cervantes, Unamuno, Pirandello y Bradbury.
—Tu personaje bohemio me recuerda, salvando las distancias, al de Max Estrella de Valle Inclán.

Los anteriores a nosotros lo inventaron todo.
Si bien recuerdo -que es posible que me equivoque y lo hayan inventado otros-, Julio Verne creó el Nautilus; Wells, la máquina del tiempo; Shakespeare, el amor imposible cuando las familias andan enfrentadas; Cervantes, el antihéroe que complementa al héroe; en Grecia, Aristófanes, con su “Lisístrata”, los primeros textos de literatura erótica; sin hablar del Kamasutra de Vatsyayana Mallanaga, en la India… A ver quién es el guapo que trata temas como la avaricia, los celos, la ambición, la duda, etc. sin que le acusen de basarse en Shakespeare. O asuntos como el parricidio, la traición, el adulterio, el destino… sin que te tachen de copiar a los clásicos griegos.
Los que vivimos en el siglo XXI arrastramos una pesada carga, la de los que tuvieron antes que nosotros la ocurrencia de contar cosas.  Y entonces, echando la vista atrás, solo podemos aspirar a relatar asuntos parecidos procurando, en el mejor de los casos, dar un enfoque distinto, añadir algunos matices, modificar el punto de vista, el estilo… Y poco más. 
Basarse en obras anteriores, copiando ideas o técnicas, también lo hacen los grandes autores.

Virginia Woolf


“En esa luz, todo lo que estaba a su alrededor se destacaba con extrema nitidez. Vio girar dos moscas y notó el azulado brillo de sus cuerpos; vio un nudo en la madera donde pisaba, y el temblor de la oreja de su perro. Al mismo tiempo oyó el crujido de una rama en la quinta, unas ovejas tosiendo en el parque, un agudo chillido por las ventanas (…) Las sombras de las plantas eran de una nitidez milagrosa. Percibió cada grano de polvo en los canteros como si tuviera un microscopio aplicado al ojo. Vio la complejidad de los gajos de cada árbol. Cada brizna de pasto era definida, y cada nervio y cada pétalo. Vio a Stubbs, el jardinero, bajando por el camino, y era visible cada botón de sus polainas; vio a Betty y a Prince, los percherones, y nunca distinguió con más claridad la estrella blanca en la frente de Betty y las tres largas cerdas que sobrepasaban las otras en la cola de Prince.”

Fragmento de “Orlando”, de Virginia Woolf, 1928.  Traducción al castellano de Jorge Luis Borges.


¿Os recuerda este fragmento a alguna obra -por supuesto, posterior- del escritor argentino?
Pues eso.



"Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo…" 

Jorge Luis Borges, fragmento de "El Aleph". Buenos Aires, 1949.

lunes, 18 de mayo de 2026

Santo Cristo del Espeto

 


Dedicado a los ya desaparecidos y queridos Les Luthiers.


Mar adentro. Un barco frente a la costa de Fuentepona (Málaga). El grupo de esforzados pescadores lleva faenando desde altas horas de la madrugada. No ha ido mal la cosa. La red está llena, a punto de reventar. Ha sido una buena jornada de pesca.
La red se abre sobre la cubierta y derrama su generoso contenido: centenares de kilos de sardinas. Hay algo de morralla entre ellas, unos cuantos salmonetes, una estrella de mar y algún pulpo despistado. También hay un objeto entre los peces que reluce y llama poderosamente la atención: un viejo crucifijo de hierro oxidado con su Cristo y todo.
L
os pescadores, la mayoría malagueños y algún que otro gaditano, personas por lo común bulliciosas, han enmudecido llenos de asombro. Y como son devotos creyentes, aunque a veces juren en arameo y se caguen en todo lo cagable, piensan que están ante un prodigio de origen divino, una especie de señal especial que les quieren enviar los cielos.

El hallazgo del crucifijo supone un acontecimiento en Fuentepona. La gente habla ya de milagro. El párroco de la villa, como no podía ser de otra manera, aprovecha el asunto, reúne a las fuerzas vivas del lugar y en pocos días se organiza una procesión con la colaboración de la cofradía de pescadores y el consistorio en pleno. La comitiva, encabezada por el párroco don Genaro y el alcalde, recorre el centro de la localidad y se dirige hacia una vieja ermita medio derruida, situada en medio del campo.

En un tiempo breve, si los ingresos lo permiten, será convenientemente restaurada y rebautizada con el nombre de Ermita del Santo Cristo del Espeto. El crucifijo, flanqueado a izquierda y derecha por dos sardinas esculpidas en mármol negro de Carrara, como si fueran los dos ladrones del Gólgota que acompañaron a Jesús, se pondrá en un lugar bien visible, para admiración de propios y visitantes. En ningún caso resulta descabellado plantear este tipo de iconografía dentro de un recinto religioso, máxime en un pueblo de pescadores. Al fin y al cabo, las sardinas posibilitaron el hallazgo milagroso y también son peces, y un pez era el símbolo entre los primeros cristianos cuando compartían su credo en clandestinidad.

Miguelito, el poeta local, a sueldo del ayuntamiento y gran amigo del cura, creará un himno religioso, una plegaria que se cantará en procesión cada 20 de mayo, en el aniversario del sacro acontecimiento:


Al Cristo de las sardinas


Ampara a tus pescadores,  

Santo Cristo de la mar. 

Que la pesca sea buena, 

que podamos faenar.  

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad.

No te olvides de los fieles, 

ni del cura del lugar, 

que si no pescamos nada 

no ganamos el jornal. 

Que vengan muchos devotos 

de fuera o de la ciudad, 

y que pueda don Genaro 

su ermita restaurar. 

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad. 

Que si la pesca no es buena, 

-cosa que no ha de pasar-, 

 que si la pesca no es buena... 

¡ te devolvemos al mar!



lunes, 11 de mayo de 2026

El malo de la película


 


De pequeño siempre me gustaron los malos. Los malos de ficción, claro, los de las películas. Porque los de verdad, los del telediario, ya eran otra cosa, pertenecían solo al mundo de los adultos. Y esos no eran de los míos.

¡Ah, los malos! ¡Qué atractivos resultaban! ¿Seria yo acaso un malo en potencia? Ya lo decía una tía mía: este chico no roba ni mata, pero bueno, lo que se dice bueno, no es.
Porque yo, además de travieso, era:
El verdugo de la capucha y el hacha tamaño familiar en las películas de acción de la Edad Media.
El pistolero urbano con funda sobaquera que espera escondido su momento en El hombre que sabía demasiado.
Era Víctor Mature, cuando solo hacía de indio o de Aníbal.
O Jack Palance, cuando solo hacía de forajido o de mongol.
O Boris Karloff cuando solo hacía de monstruo. O sea, casi siempre.

Mi madre era la sufrida encargada del atrezzo cada vez que en mi infancia se me antojaba personaje nuevo:

"Mamá, quiero una capucha de verdugo...
Mamá, quiero una funda sobaquera para la pistola.
O un traje de romano de la guardia pretoriana.
O unos dientes de Drácula...
¡Ah! Y si vas a Sepu, cómprame un indio" .

(Un indio de los de plástico, evidentemente, porque en temas del antiguo oeste mi preferencia eran los indios, ya fueran sioux, apaches, semínolas, navajos o arapahoes, esos que montaban a pelo sus caballos, se pasaban el día medio en pelotas, vivían en tiendas y llevaban la cara pintada y decían "por Manitú").

Además de los indios, me gustaba ser Mesala en Benhur, Datán (Edward G. Robinson) con su látigo en Los Diez Mandamientos, Nerón (Peter Ustinov) en Quo Vadis, John Hurt en Calígula.
Confieso que lo más atrayente, aunque políticamente incorrecto, sería imitar a Polifemo en su cueva y comerme
vivos a los intrusos que se cuelan en mi casa sin permiso del propietario. Hoy esos intrusos no serían héroes de la guerra de Troya de regreso a Ítaca, sino cruceristas aborregados con su pulserita de “todo incluido” que llegan en masa con sus barcos e invaden las islas del Egeo. No hay derecho. Habría que devorarlos. Qué pena que ya no queden cíclopes, porque estos turistas... ¡qué se habrán creído! Empezaron por Miconos, Paros, Creta, luego Santorini y ahora... ¿la isla de los cíclopes? ¡Ojo con ellos!


lunes, 4 de mayo de 2026

Mi amigo Julio



Conozco a varias personas con el nombre de Julio.

Algunas de ellas, pocas, han pasado por la vida, por la historia y por la literatura dejando su huella de forma imborrable, con un legado importante para la humanidad.

Uno es Julio César, más conocido entre sus soldados por el mote de “el adúltero calvo”; otro es Julio Cortázar, gran “Cronopio” a quien desde estas páginas rindo homenaje, otro es mi compañero de la infancia, mi gran amigo siempre fiel, a quien debo, junto a otros pocos, mi afición por la lectura: Julio Verne.

Sí, este Julio me acompañó siempre, como un inseparable amigo. El que me ayudaba a conciliar el sueño cuando me iba a la cama, el que me entretenía las largas tardes de invierno mientras caía la lluvia tras las ventanas, incluso el que me acompañaba sin una queja cuando tuve que guardar cama en alguna ocasión por motivo de una enfermedad pasajera. Nunca me falló. Y recibí mucho a cambio: el placer de la lectura, participar en aventuras y viajes imposibles contrarreloj, disfrutar de las peripecias de sus personajes como Phileas Fogg, el profesor Lidenbrock o el Capitán Nemo, luchar contra animales prehistóricos, viajar a la Luna, sumergirme en las profundidades del océano a bordo del Nautilus descender hasta el corazón mismo del planeta introduciéndome por el cráter del Sneffels e internándome por ese dédalo de oscuras y frías galerías…

Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamente sobre la mesa un trozo de pergamino de unas cinco pulgadas de largo por tres de ancho, en el que había trazados, en líneas transversales, unos caracteres mágicos. Era un facsímil exacto. Quiero dar a conocer al lector estos signos extraños, que llevarán al profesor Lidenbrock y a su sobrino a emprender la expedición más extraña del siglo XIX:




El profesor miró por un rato esta secuencia de caracteres; luego dijo, levantando sus gafas "Esto es rúnico; estos tipos son exactamente iguales a los del manuscrito de Snorre Turleson. Pero... ¿qué significan?» (1)

Y luego estaba el globo, protagonista de más de una novela, que me servía para alejarme del mundo prosaico y anodino que me tocó vivir en tiempos del funeralísimo. Tiempos sin libertad, en una España plomiza, gris, llena de prohibiciones. Una España en blanco y negro, como la tele o el Nodo de aquellos tiempos terribles…Y la lectura obraba el milagro de trasladarme a otros remotos lugares, llenos de islas fantásticas, enemigos despiadados, animales salvajes, expediciones peligrosas. Y así, con la ayuda del globo, conseguir evadirme, elevarme, alejarme y, de mano de vientos favorables, poder llegar a tantos sitios sin necesidad de pasaporte ni de aduanas. El mundo, con todas sus maravillas, quedaba al alcance de mi mano. Con Julio viajabas por el mundo y no había frontera que se resistiera al empuje de sus aventureros personajes. El capitán Nemo, un apátrida que renegó del mundo entero y que rompió relaciones con la humanidad, se convirtió en un pirata moderno a bordo del Nautilus y no conocía más patria ni bandera que las profundidades del mar. El globo de Verne sobrevolaba los territorios sin detenerse en las aduanas. El profesor Lidenbrock no tuvo que presentar pasaporte para entrar por el Sneffels en Islandia y salir por el Estrómboli en Italia, a 1200 leguas del otro. O emprender la búsqueda del capitán Grant a través de la Patagonia, Australia y el Pacífico. O recorrer el continente africano viajando cinco semanas en globo. Y qué pequeñas se ven nuestras naciones y nuestras miserias, qué diminuto el mundo con sus fronteras, cuando viajas rumbo a la Luna. ¿Cómo no estar agradecido a Julio, al gran Julio, y sobre todo a su globo el haber podido trasladarme a otros lugares, aunque tan sólo fuera por el poder mágico de la lectura y de la imaginación?

_______________

(1) Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra



 


lunes, 27 de abril de 2026

Sísifo

 


De lunes a viernes trabajo en una gestoría.
Las jornadas se reparten entre el ordenador y los papeles, el hastío y el desencanto, las malas caras y las labores reiterativas. Trabajo no falta. Siempre hay gente, a título particular o de empresa, que precisa de nuestros servicios: gestión de nóminas, facturación, alta y baja de trabajadores, contrataciones, despidos, contabilidad... A pesar de la diversidad de funciones, los protocolos se repiten y la rutina se impone y, lo que es más importante, pasan lentas las horas. Los días discurren monótonos y grises.


Para colmo de males, esta semana se ha averiado el ascensor y hay que subir y bajar a pie las nueve plantas.

El jefe de sección me la tiene jurada y su deporte favorito es putearme haciéndome bajar a otras plantas con montones de carpetas de archivos. Y luego vuelta a subir. Y así me paso el día en las escaleras.

Tras acabar la jornada del viernes, me despido hasta el lunes y regreso al hogar.
Parece llegar la felicidad, pero la alegría dura poco.
El fin de semana pasa veloz. Siempre la misma historia: comprar, meter la ropa sucia en la lavadora, preparar la comida de la semana, limpiar la casa, poner el lavaplatos, ayudar a los chicos con sus deberes, ver la tele y comer con los suegros o con los amigos de siempre. Y entre unas cosas y otras los días de ¿descanso? se consumen rápidamente.

Lunes de nuevo. Toca madrugar, coger el coche y regresar a la oficina. Hay retenciones en la autovía de acceso a la ciudad. El tráfico va endemoniadamente lento. Parece ser que ha habido un accidente. Se me hace tarde. Llego por fin. Consigo aparcar de milagro no muy lejos de la oficina. Saco del maletero del coche una pequeña mochila con cosas personales y un maletín con mi portátil. Resoplo. Voy sudando. Llego al portal del edificio donde trabajo.
En la puerta del ascensor hay un cartel que pone AVERIADO.

Así que vuelta a empezar.

Empezamos el lunes con buen pie: nueve pisos me esperan con sus escalones respectivos. Y mi amado jefe.