lunes, 18 de mayo de 2026

Santo Cristo del Espeto

 


Dedicado a los ya desaparecidos y queridos Les Luthiers.


Mar adentro. Un barco frente a la costa de Fuentepona (Málaga). El grupo de esforzados pescadores lleva faenando desde altas horas de la madrugada. No ha ido mal la cosa. La red está llena, a punto de reventar. Ha sido una buena jornada de pesca.
La red se abre sobre la cubierta y derrama su generoso contenido: centenares de kilos de sardinas. Hay algo de morralla entre ellas, unos cuantos salmonetes, una estrella de mar y algún pulpo despistado. También hay un objeto entre los peces que reluce y llama poderosamente la atención: un viejo crucifijo de hierro oxidado con su Cristo y todo.
L
os pescadores, la mayoría malagueños y algún que otro gaditano, personas por lo común bulliciosas, han enmudecido llenos de asombro. Y como son devotos creyentes, aunque a veces juren en arameo y se caguen en todo lo cagable, piensan que están ante un prodigio de origen divino, una especie de señal especial que les quieren enviar los cielos.

El hallazgo del crucifijo supone un acontecimiento en Fuentepona. La gente habla ya de milagro. El párroco de la villa, como no podía ser de otra manera, aprovecha el asunto, reúne a las fuerzas vivas del lugar y en pocos días se organiza una procesión con la colaboración de la cofradía de pescadores y el consistorio en pleno. La comitiva, encabezada por el párroco don Genaro y el alcalde, recorre el centro de la localidad y se dirige hacia una vieja ermita medio derruida, situada en medio del campo.

En un tiempo breve, si los ingresos lo permiten, será convenientemente restaurada y rebautizada con el nombre de Ermita del Santo Cristo del Espeto. El crucifijo, flanqueado a izquierda y derecha por dos sardinas esculpidas en mármol negro de Carrara, como si fueran los dos ladrones del Gólgota que acompañaron a Jesús, se pondrá en un lugar bien visible, para admiración de propios y visitantes. En ningún caso resulta descabellado plantear este tipo de iconografía dentro de un recinto religioso, máxime en un pueblo de pescadores. Al fin y al cabo, las sardinas posibilitaron el hallazgo milagroso y también son peces, y un pez era el símbolo entre los primeros cristianos cuando compartían su credo en clandestinidad.

Miguelito, el poeta local, a sueldo del ayuntamiento y gran amigo del cura, creará un himno religioso, una plegaria que se cantará en procesión cada 20 de mayo, en el aniversario del sacro acontecimiento:


Al Cristo de las sardinas


Ampara a tus pescadores,  

Santo Cristo de la mar. 

Que la pesca sea buena, 

que podamos faenar.  

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad.

No te olvides de los fieles, 

ni del cura del lugar, 

que si no pescamos nada 

no ganamos el jornal. 

Que vengan muchos devotos 

de fuera o de la ciudad, 

y que pueda don Genaro 

su ermita restaurar. 

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad. 

Que si la pesca no es buena, 

-cosa que no ha de pasar-, 

 que si la pesca no es buena... 

¡ te devolvemos al mar!



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