Conozco a varias personas con el nombre de Julio.
Algunas de ellas, pocas, han pasado por la vida, por la historia y por la literatura dejando su huella de forma imborrable, con un legado importante para la humanidad.
Uno es Julio César, más conocido entre sus soldados por el mote de “el adúltero calvo”; otro es Julio Cortázar, gran “Cronopio” a quien desde estas páginas rindo homenaje, otro es mi compañero de la infancia, mi gran amigo siempre fiel, a quien debo, junto a otros pocos, mi afición por la lectura: Julio Verne.
Sí, este Julio me acompañó siempre, como un inseparable amigo. El que me ayudaba a conciliar el sueño cuando me iba a la cama, el que me entretenía las largas tardes de invierno mientras caía la lluvia tras las ventanas, incluso el que me acompañaba sin una queja cuando tuve que guardar cama en alguna ocasión por motivo de una enfermedad pasajera. Nunca me falló. Y recibí mucho a cambio: el placer de la lectura, participar en aventuras y viajes imposibles contrarreloj, disfrutar de las peripecias de sus personajes como Phileas Fogg, el profesor Lidenbrock o el Capitán Nemo, luchar contra animales prehistóricos, viajar a la Luna, sumergirme en las profundidades del océano a bordo del Nautilus descender hasta el corazón mismo del planeta introduciéndome por el cráter del Sneffels e internándome por ese dédalo de oscuras y frías galerías…
Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamente sobre la mesa un trozo de pergamino de unas cinco pulgadas de largo por tres de ancho, en el que había trazados, en líneas transversales, unos caracteres mágicos. Era un facsímil exacto. Quiero dar a conocer al lector estos signos extraños, que llevarán al profesor Lidenbrock y a su sobrino a emprender la expedición más extraña del siglo XIX:
El profesor miró por un rato esta secuencia de caracteres; luego dijo, levantando sus gafas "Esto es rúnico; estos tipos son exactamente iguales a los del manuscrito de Snorre Turleson. Pero... ¿qué significan?» (1)
Y luego estaba el globo, protagonista de más de una novela, que me servía para alejarme del mundo prosaico y anodino que me tocó vivir en tiempos del funeralísimo. Tiempos sin libertad, en una España plomiza, gris, llena de prohibiciones. Una España en blanco y negro, como la tele o el Nodo de aquellos tiempos terribles…Y la lectura obraba el milagro de trasladarme a otros remotos lugares, llenos de islas fantásticas, enemigos despiadados, animales salvajes, expediciones peligrosas. Y así, con la ayuda del globo, conseguir evadirme, elevarme, alejarme y, de mano de vientos favorables, poder llegar a tantos sitios sin necesidad de pasaporte ni de aduanas. El mundo, con todas sus maravillas, quedaba al alcance de mi mano. Con Julio viajabas por el mundo y no había frontera que se resistiera al empuje de sus aventureros personajes. El capitán Nemo, un apátrida que renegó del mundo entero y que rompió relaciones con la humanidad, se convirtió en un pirata moderno a bordo del Nautilus y no conocía más patria ni bandera que las profundidades del mar. El globo de Verne sobrevolaba los territorios sin detenerse en las aduanas. El profesor Lidenbrock no tuvo que presentar pasaporte para entrar por el Sneffels en Islandia y salir por el Estrómboli en Italia, a 1200 leguas del otro. O emprender la búsqueda del capitán Grant a través de la Patagonia, Australia y el Pacífico. O recorrer el continente africano viajando cinco semanas en globo. Y qué pequeñas se ven nuestras naciones y nuestras miserias, qué diminuto el mundo con sus fronteras, cuando viajas rumbo a la Luna. ¿Cómo no estar agradecido a Julio, al gran Julio, y sobre todo a su globo el haber podido trasladarme a otros lugares, aunque tan sólo fuera por el poder mágico de la lectura y de la imaginación?
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(1) Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra
El único Julio que recuerdo con cariño,es cuando ya comenzaban las vacaciones y me iba a Sitges a pescar pulpos y mejillones de roca.
ResponderEliminarSaludos
Ese julio nunca se olvida.
EliminarSaludos.
Tienes razón en lo que cuentas y podría añadir que mi historia es paralela. Ya adulto, trabajando en un hotel de Madrid, tuve el honor de hospedar y atender a Julio Cortázar, de paso le llevé los libros suyos que había leído para que me los firmara, y tras admirarse de que tuviera tanto suyo me añadió: "Pero este, el que voy a presentar mañana en Madrid, no lo tiene". Y me lo regaló igualmente firmado.
ResponderEliminarUn abrazo.
Qué bueno. Uno de mis favoritos. Y qué suerte la tuya. Creo que era muy majo, alto y desgarbado.
EliminarAbrazo.
Siempre me gustó Verne; hoy, al traerlo por aquí, me lo has vuelto a recordar porque a decir verda no lo he vuelto a releer. Quizá la del viaje submarino fue la que me causó más espectación.
ResponderEliminarPD: Decirte que como a otros blogers, en ocasiones, esta es una, no se me actualiza tu entrada, siendo esta la primera vez. Creo que tienen problemas, pues no eres el único. Hace ya una semana que hay páginas que no actualizan y hay que buscarlas, como he hecho hoy con tu entrada, pues me ha parecido raro que el lunes no pusieras nada.
Un saludo
Gracias, Miquel. Creo que es un problema que nos va afectando a muchos.
EliminarSalud.
Mis libros de Verne... Ahí están todavía, pero hace muchos años que no los repaso. Por cierto, que eran bastante densos y los niños de ahora no pueden con ellos. Leen, quizá, adaptaciones o dibujos de las películas, pero no las traducciones tal cual.
ResponderEliminarYo de vez en cuando releo alguno. Me siguen encantando.
EliminarSaludos.
La novela que más veces he leído en mi vida ha sido La isla misteriosa. Creo que la leí una docena de veces en un verano de mi adolescencia. No has mencionado una novela magnífica que es Miguel Strogoff, y añadiría otras como La casa de vapor y Kerabán el testarudo. Verne sigue siendo una lectura apasionante, por más veces que lo hayas leído. Saludos.
ResponderEliminarUna mente privilegiada, enorme cultura y estupenda capacidad de inventiva. Un lujo para los chavales de los años 60 y 70.
EliminarLa mía era Viaje al centro de la Tierra.
Saludos, Joselu.
Creo que es el Julio que más me gusta, aparte del mes, claro, que es mi cumplevida. De jovencita y de no tan jovencita, siempre me entusiasmaba. Hace tiempo que no los he desempolvado de la estantería. Igual, el siguiente libro que lea es uno de él. Gracias por recordármelo. Un abrazo
ResponderEliminarSiempre acabamos volviendo a los clásicos. Y Julio para mí ya lo es.
EliminarUn abrazo, Arantza.
Julio Verne fue la lectura de mi primera adolescencia, junto con Zane Grey y James Oliver Curwood. Y tambien añoro a otro Julio, don Julio Anguita
ResponderEliminarMucho Julio bueno.
EliminarSaludos, Francesc.
Cayetano:
ResponderEliminartambién disfruté mucho leyendo las aventuras de Julio Verne. Y para mí siempre será Julio, no Jules.
Esta misma mañana he escuchado por la radio que quieren hacer una campaña o algo así para que los nuevos "universitarios" lean libros largos.
¡Se te ha olvidado nombrar a Julio Romero de Torres, que pintó a la mujer morena, como dice la copla...
Salu2 julianos.
Se ve que hay más Julios que veranos.
EliminarUn saludo, Dyhego.
Julio Verne siempre me ha acompañado. Viajaba desde pequeño, yo creo que me hice amigo de Phileas Fogg.
ResponderEliminarSalud.
Buena compañía llevabas.
EliminarSaludos, Francesc.
Beautiful blog
ResponderEliminarPlease read my post
ResponderEliminarSí, creo que quien más o quien menos de aquella lejana infancia nos hicimos amigos (o enemigos en su caso) que citas y que eran a su vez de Jules.
ResponderEliminarEra lo que había. Leer era casi la única opción que podíamos hacer en casa. Eso o jugar al parchís o a la oca. Lo demás era jugar en la calle.
EliminarSaludos.
Júlio Verne marcou gerações e continua a interessar um vasto leque de leitores.
ResponderEliminarAbraço de amizade.
Juvenal Nunes
Gracias, Juvenal Nunes.
EliminarSaludos.
También a mi me pasaba al leer a Julio Verne, la imaginación cuando leemos no tiene límites Cayetano.
ResponderEliminarAbrazos.
Así es. La imaginación es muy libre.
EliminarSaludos.
Solo hay que ver el número de comentarios que manifiestan la compañía que les hizo Verne en su adolescencia para darse cuenta de la popularidad y el valor de ese gran novelista.
ResponderEliminarOtros Julios, sin menosprecio, pero que no son de mi devoción, ya se han mencionado: el gran Anguita, por supuesto. Y luego está ese capricho de la naturaleza; este sí con menosprecio y del que, al parecer, sería mejor olvidarse: Julio Iglesias.
Siempre hay algún garbanzo negro.
EliminarSaludos.
En fin,ahí va anécdota: cine de verano en Córdoba, finales de los cincuenta,proyectada en una enorme pantalla en la arena de la plaza de toros,una noche de verano.Veinte mil leguas de viaje submarino,de Julio Vernes,de Disney.
ResponderEliminarEn medio de la proyección, una fuerte tormenta de verano ,con relámpagos y cortina de agua.La gente corriendo a la calle,pero muchos nos quedamos aguantando el chaparrón,de la mejor forma posible.Parecia que formabamos parte de la película, en medio del océano.Impresionante,empapados.
Qué bueno. Un aguacero en medio del fondo submarino.
ResponderEliminarSaludos.
Me leí creo que todos los libros de Julio Verne. Conservo algunos de la editorial Saturnino Calleja. Uno de ellos lo recuerdo especialmente complementado por aquella inolvidable película de "Veinte mil leguas de viaje submarino", con James Mason, un inolvidable Kirk Douglas vestido de grumete bretón, con esa camiseta de rayas horizontales rojas, el pulpo, la foca esmeralda y la sopa de tortuga, manjar que me causó gran hilaridad entonces y luego se convirtió en un manjar "de culto". La ví en el cine Adriano de Barcelona unas cinco o seis veces.
ResponderEliminarMenos fortuna tuvo en sus versiones cinematográficas Emilio Salgari, del que también leí todos sus libros. Conservo algunos de la editorial Molino. Por cierto, está un poco ninguneado, ¡qué poco lo valoramos, un tipo que hizo más por la lectura de los jóvenes que mil directores generales de educación juntos! Hasta me ilusionaba estar enfermo porque, además de librarnos del odiado cole, nos solían comprar algún libro de Verne y Salgari, que junto con los de los Reyes y santos respectivos fue formando mi modesta biblioteca de entonces.
Yo, a diferencia de muchos de vosotros, no viví esos años en ByN, no los notaba grises y plomizos a causa del franquismo. Quizá era muy inocente entonces o muy pequeño, pero en mi infancia la dictadura era como si no existiera, vivía tan feliz jugando al fútbol, a las chapas, a los botones, yendo al cine Adriano y leyendo esas novelas. Cuando entré en la Universidad empecé a ver las cosas de modo diferente.
Saludos
Sandokán aparte, de Salgari recuerdo ahora una novela espeluznante, casi casi para adultos, Los solitarios del océano. Me sobrecogió cuando yo era casi un niño.
EliminarSaludos.
Lo bueno es que la imaginación no tiene límites, y eso es fantástico.
ResponderEliminarBien lo sabía Julio Verne.
Un saludo desde Segovia.
Feliz día, Cayetano.
Si le ponemos límites, adiós a la imaginación.
EliminarGracias, Marisa, por tu comentario.