lunes, 28 de julio de 2025

Fruta pocha


Por aquellos días atravesaba yo un mal momento económico, sin trabajo y sin un euro en el banco; por eso, cuando iba a la tienda del barrio o al mercadillo que ponían los martes en la plaza, me buscaba la vida haciendo acopio de productos en mal estado que algunos tenderos me daban, compadecidos al ver mi penuria, o que yo conseguía por mis propios medios rebuscando en la basura, donde no faltaban peras, patatas, manzanas o tomates con mala presencia para ser vendidos, medio pochos o con marcas de haber sido golpeados.

Y de esta manera me las agenciaba para hacerme con todo tipo de frutas, hortalizas, verduras, yogures pasados de fecha, salchichas caducadas, morcillas reventadas, barras de pan rotas, etc.

El objetivo era prepararme un bocadillo o una macedonia a base de retales tras haber quitado lo negro y marchito de las piezas con tara.

La necesidad me convirtió en un especialista en este tipo de busca o rebusca.

Cuando mejoró mi situación económica, al no faltarme dinero para alimentarme decentemente, orienté mis habilidades por otros derroteros. Me gustaban las máquinas de escribir antiguas, casi todas melladas, los muebles viejos o deslucidos, los libros de segunda mano con manchas de café en alguna página... Para escribir usaba siempre folios escritos por una cara, servilletas de los bares o recibos del banco o de la compañía de electricidad, ahora que ya podía pagar la luz. Como mascota adquirí en la perrera un chucho mestizo sin pedigrí que iban a sacrificar. Me gustaban los coches de ocasión, la ropa usada, los cachivaches de segunda mano, los trastos y achiperres que venden en el Rastro, como los teléfonos de rueda o las radios viejas. Inicié también la búsqueda de gente maltratada, marcada por la vida o con alguna tara física —como la fruta—, personas medio acabadas, mujeres rotas, empleados despedidos, jóvenes desesperados, viejos achacosos desahuciados, carteristas medio honrados, toxicómanos de medio pelo... Todos ellos guardaban cierta similitud con aquellas piezas de fruta o las natillas caducadas que aparecían en los cubos de basura: zarandeados por la vida, vapuleados por la indiferencia o destrozados por las circunstancias, algunos estaban en riesgo de cometer cualquier locura, pero resultaban aprovechables. De ellos siempre era posible sacar algo.

Así que Lupe la peluquera, cojitranca por culpa de los fórceps que usaron con ella al nacer, fue la primera en iniciar el listado de los nuevos amigos; luego llegó Margarita, tuerta de un ojo, tara que disimulaba con unas gafas negras; después vino Pepe, el de los chistes, un tipo la mar de simpático, calvo y con gafas de culo de botella. Luego arribaron a puerto Antonio, el tartaja parlanchín, y Pepa, la muda de los ojos grandes, la que se separó de su marido porque se lo gastaba todo en el bingo y en putas. Más tarde se incorporó Luis, el carterista estiloso — "ya no hay educación en este oficio, se han perdido los buenos modales", solía decir— ; también Sebas, el vejete achacoso y prostático, y Merche, amiga de tertulias y de empinar el codo... Poco a poco fueron formando el selecto grupo de mis amigos. No me puedo olvidar de María, quien se convirtió muy pronto en algo más que una buena amiga. Cuando aquella tarde en su casa se quitó la ropa y me mostró sin pudor su oronda desnudez de mujer madura, pude apreciar en sus nalgas los moratones de una historia de maltratos, como las marcas de la fruta ajada o golpeada.

¡Ah! Se me olvidaba incluirme a mí.

La gente me conoce como Paco el feo.

Todos somos fruta pocha, posiblemente gente prescindible, pero siempre la mejor en cualquier macedonia que se precie.

¿Y tú qué tara tienes?


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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com



26 comentarios:

  1. No somos imprescindibles pero todos, con nuestras taras, somos perfectos. porque ¿qué es la perfección?
    A mi también me gustan las máquinas de escribir antiguas y escribo en folios escritos por una cara. Contestando a tu pregunta. Un abrazo

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    1. Así es. Todos tenemos alguna cosa. Un abrazo, Aranza.

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  2. Ufff, convierto los monólogos delante el espejo en diálogos, y siempre pierdo.
    Salut

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  3. Es bueno tener tener taras, nos hace humanos y nos ayuda a entender a los demás, sino seríamos unos soberbios. Me alegra volver a leerte. Un abrazo.

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  4. Tengo tantas taras que tantas taras tengo, pero debes saber que en la frutería de enfrente de mi casa, la gente siguen recogiendo la fruta pocha, que dejan en cajas por la noche fuera del contenedor para que sea más fácil la recogida.
    Saludos

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  5. Algunos se creen dioses, aunque sean fruta pocha. Un placer leerte. Un abrazo.

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  6. Cayetano, me ha gustado mucho el texto. Esa galería de personajes que la sociedad declararía anti estética o anti todo -¿hay alguien que no tenga en parte al menos una faceta feísta?- me ha parecido muy ilustrativa, he disfrutado el texto, mucho.

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    1. Me alegra mucho que te haya gustado el texto. Un abrazo, Fackel.

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  7. En realidad,la fruta madura,pasada,es la deliciosa,donde se muestran toda la gama de azucares.

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    1. Y puede incluso llegar a embriagar si fermenta un poco. Gracias por tu comentario.

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  8. La mía,
    en el
    bolsillo,
    aunque
    esa, es
    la de
    muchos.

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    1. Puede ser una púa olvidada que en su día tocó una guitarra a la que le faltaban dos cuerdas. También hay instrumentos con alguna tara.
      Gracias, Orlando, por tu comentario.

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  9. No tengo una tara, soy una! jajaja podría decir que una de mis taras es coleccionar blogueros ;) Bentornato compi!

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    1. Buena cosa esa de coleccionar blogueros. Un saludo Xurxo.

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  10. Fíjate que sin tener nada que ver, al final de tu texto, me he acordado de Los miserables. Aquellos desechados por la sociedad sin remedio alguno.
    Buen relato.
    SAludos.

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    1. Gracias, Manuela. Pues sí, no había caído: Jean Val Jean y compañía. Un honor para mí que te recuerde a Los Miserables.
      Un saludo.

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  11. Buenos lunes, no encuentro la manera de dejar un comentario en el escrito de hoy.

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