Al final decidí que fuera una mujer la protagonista de la novela. Me fascinaba el reto de diseñar un personaje femenino. Toda una osadía por mi parte. En el momento en que creé a Laura, una joven treintañera de fuerte personalidad, la suerte estaba echada. No había marcha atrás. Ahora me veía obligado a pensar, ya no como el autor de la trama, sino como la mujer que había creado. Mi libertad como escritor quedaba supeditada a la mentalidad de mi criatura, a su forma peculiar de comprender el mundo y de enfrentarse a él. En un principio no resultó una tarea fácil; pero luego, mientras el personaje se iba perfilando con cada párrafo y crecía en tamaño y en importancia, el relato de los hechos fue saliendo solo, fluyendo con naturalidad, como si alguien me dictara lo que tenía que escribir en cada momento.
Cuando llegaba a casa después de mi jornada laboral en la consultoría, me sentaba frente al ordenador y retomaba el texto. Escribir era el momento de máximo disfrute del día. Y urdir tramas por donde transitaba la joven protagonista se había convertido casi en una necesidad, además de constituir un auténtico placer.
La mimaba demasiado, la protegía de todo mal. En el desarrollo de la narración no quise que mantuviera relación alguna con nadie, en este caso con ningún hombre. Me desazonaba la idea de que sufriera por ello. Y me carcomía aún más por dentro la posibilidad de que alguien pudiera disfrutar de su cuerpo. No quería compartirla y la reservaba tan solo para mí.
La novela me tenía absorbido, atrapado, hasta el punto de robar horas al sueño. Aquella mañana, tras llamar a un compañero y fingir que estaba indispuesto, encendí el ordenador y abrí el texto por donde lo dejé la noche anterior. Laura ya se había levantado. Compartimos un café. Yo, en mi mesa de trabajo; ella, en la cocina, después de tomar una ducha ligera y vestirse para salir a la calle. Su objetivo de la jornada: buscar empleo acorde con su formación de gestión empresarial.
Y así fueron pasando los capítulos, las horas y los días. La novela copaba todo mi tiempo, incluso el necesario para cumplir con mis obligaciones laborales.
El personaje me había salido rotundo y coherente: una joven resuelta, capaz de enfrentarse a los retos cotidianos, segura de sí misma, potente y definida, y menos cobarde que su propio autor.
Estaba fascinado por una mujer que había sacado de la nada. Tenía cierto grado de dependencia hacia ella. Quizás había también algo de enamoramiento, como Pigmalión hacia Galatea; pero sobre todo existía un sentimiento de hermano menor que busca protección. Con Laura me sentía bien. Ya me hubiera gustado que el personaje fuera real, de carne y hueso. Esa idea me llegó a obsesionar, hasta el punto de buscar por la calle a gente con sus rasgos: una joven de unos treinta años, de pelo lacio castaño, ojos negros expresivos y profundos, atractiva, con esa belleza que irradian las personas seguras de sí mismas.
La novela estaba prácticamente terminada: faltaría tan solo añadirle una o dos páginas más, a modo de conclusión o broche final. Luego vendría la fase de corrección. Decidí aparcar un tiempo lo escrito para releerlo pasados unos días. El personaje quedó ahí, como hibernando, guardado en un archivo, en el desván del ordenador.
Hasta que llegó aquel día en el que se destapó la caja de los truenos.
Regresaba yo a casa tras comer algo por ahí con unos amigos y tomarme un par de copas. Iba algo bebido. Nada más llegar llamaron al timbre. El cartero me traía una carta certificada. Firmé el acuse de recibo y, tras cerrar la puerta, rasgué el sobre con un cúter. Era un comunicado de la consultoría en la que trabajaba, donde, con un lenguaje burocrático típico de los abogados, se me informaba de mi despido por causas procedentes y de que pasara a recoger el cheque con la liquidación. Palidecí. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Tras la sorpresa inicial, monté en cólera. Me desahogué pegando un par de voces. Luego vino la resignación y la calma. Por la mañana temprano iría a la oficina y recogería la carta de despido. ¿Debería firmarla? ¿Debería aceptar la liquidación? Estaba confundido. No sabía qué paso dar primero ni cómo darlo.
¿Qué habría hecho ella en esa situación?
Encendí el ordenador. Volví al archivo de la novela y comencé a teclear. Ofuscado por el alcohol, las palabras me venían a los dedos sin ningún control de mi mente. Como si alguien me dictara. No alcanzaba a filtrar lo que iba apareciendo en la pantalla:
Laura llegó a su domicilio. Apenas le dio tiempo a desvestirse cuando sonó el timbre. Alguien traía una carta certificada a su nombre. La cogió y la abrió. Su cara se iluminó y sus ojos se tiñeron de alegría: una empresa le ofrecía la posibilidad de un trabajo. Debería presentarse al día siguiente a primera hora para la entrevista, pues había un puesto vacante acorde con su perfil: la persona que lo ocupó hasta la fecha causaba baja en Henckel & Johnson Consulting.
Has sacado una mujer de tu costilla imaginativa, diría el pseudoGénesis y esta vez no ha sido a imagen y semejanza precisamente. La has generado traidora. Cuidado con los personajes que al escribir se crean. Son proyecciones y deseos oscuros de noisotros mismos. Cuánto me ha gustado el relato, gracias.
ResponderEliminarLos personajes tienen una lógica propia. Y a veces te salen rebeldes.
EliminarGracias, Fackel.
No sé que pensar. El personaje no sólo se te rebelado, sino que también se te ha revelado.
ResponderEliminar!Tienes que darle final a la narración!...es peligrosa.
saludos
Un personaje peligroso/ a, pues se queda con el trabajo del autor.
EliminarSalud.
Si es que las mujeres no somos de fiar. Nos dais la mano y nos quedamos con el brazo. ¡A espabilarse, amigos, que somos más!
ResponderEliminarYa te digo...
EliminarSaludos.
No debería de sorprenderte, hay personajes que escapan al control del autor, que le dominan, que le marcan el camino a seguir, aun a su pesar, como Filomeno. Además, Laura, es un nombre de misterio, de aire a lo Hitchcock, aunque sea de Preminger. Fíjate, las tres mujeres que conozco de nombre Laura, son mujeres de mucho carácter.
ResponderEliminarSaludos.
Me gustaba ese nombre para la chica. Si se hubiera llamado Fuencisla no me habría resultado igual.
EliminarSaludos.
Conocí a una señora que se llamaba Fuencisla, vivía en Cervera del Río Alhama, el pueblo de las alpargatas, donde pase un verano hace 70 años.
EliminarMira por dónde.
EliminarCayetano, ¡te ha salido la niña como si fuera una fontanera y no una consultora corriente y moliente! ¿No te habrás equivocado al teclear y realmente la buena señora se llama Leire?
ResponderEliminarSalu2 consulta2.
;)
Vete a saber. Jejeje.
EliminarSaludos.
La ficción y la realidad dándose la mano. Una creación invasora. Un abrazo
ResponderEliminarGracias, Arantza.
EliminarUn abrazo.
Tú pierdes el empleo, por dedicarle demasiado tiempo a la novela y para consolarte, tu protagonista se queda con él. Mucho te gustaba ese empleo.
ResponderEliminarSaludos
Poco. Me iba más la literatura y empinar el codo.
EliminarSaludos.
Hombres que en sus novelas o cuentos toman como personaje central a mujeres es relativamente frecuente. Y lo mejor que uno puede hacer en esos casos es "dejarla bien", sobre todo si es actual.
ResponderEliminarMenos frecuente es el opuesto, o al menos me lo he encontrado menos; mujeres que escriben novelas tomando como personaje principal a un hombre, incluso visto desde el punto de vista del protagonista. Y las que me he encontrado lo suelen poner "de pasta de boniato". Acabo de leer un relato que me ha parecido muy bueno. Se llama Bien tarde en el día, de Claire Keegan (Ed. Eterna Cadencia). Tiene sólo 57 páginas y el propio protagonista es un misógino de nivel 5, pero él es primero en dibujarse a sí mismo con bastante con mala traza (o "mala baba"), aunque él se cree que no, que la "mala" es ella por invadirle su espacio.
No es el caso de la ilustración de Escher, la de Manos dibujando, muy adecuada al tema. La mano que crea el dibujo sólo se dibuja a sí misma y lo hace con un trazo que ya quisiera haberlo hecho yo. Es muy bueno Escher.
Saludos.
¿Será a lo mejor porque hemos copado tradicionalmente en los siglos anteriores a este el papel de narradores? Hoy la cosa está cambiando.
ResponderEliminarPuede incluso que alguien me señale por utilizar a una mujer joven y atractiva como personaje. Parece dar más morbo al asunto. Tal vez.
Saludos.
Estás hecho un Adán del siglo XXI, te has sacado de la costilla una mujer según tus ideales.
ResponderEliminarUn abrazo.
Algo así.
EliminarLa ficción es lo que tiene.
Un abrazo.
Un magnífico y original relato en el que realidad y fantasía van de la mano. Saludos
ResponderEliminarGracias, Antorelo. Muy amable.
EliminarUn saludo.
Laura es el segundo nombre de mi madre y el segundo también de mi abuela. Ambas gallegas... Laura se llama mi hija. Son tal para cual. Un abrazo, Cayetano.
ResponderEliminarUn nombre precioso.
EliminarSaludos, Gil.
What a fascinating insight into the creative process. It's amazing how a well-developed character can begin to guide the story rather than simply follow it. Laura sounds like she truly came to life on the page, and your description beautifully captures that magical moment when writing starts to flow almost effortlessly.
ResponderEliminarhttps://nanajee.com/2026/07/08/how-to-catch-connecting-flights-in-singapore/
Muchas gracias por su amable comentario.
ResponderEliminarSaludos.