—Buenas tardes, bienvenidos a la subasta. Vamos a proceder en primer lugar a la puja del lote número 35 —decía la encargada ante el micro, con un tono poco natural, forzado e impostado, algo nasal, seguramente como se le demandaba por parte de sus jefes—. Como habrán podido comprobar se trata de un lote muy interesante, pues hablamos nada y más y nada menos que del kit de la felicidad.
La encargada de la subasta se dirigía a un público numeroso y variopinto, ávido de llevarse para casa alguna pieza única por un precio razonable.
—El lote sale con un precio de salida de 7500 estroncios de vellón. Empezamos. Hay ya una puja online por 7700. ¿Alguna oferta más? Se trata, como habrán podido comprobar en la información que figura al pie de cada lote, de algo único y de un valor real incalculable. El caballero del fondo que ocupa la silla 42 ofrece 7750 ¿Alguna oferta más? 7750 a la una, a las dos y a las tres. Adjudicado el lote por puja final o de remate de 7750 estroncios de vellón al señor de la silla 42.
De vuelta a casa, Gustavo Pérez abre la puerta con su llave. Va a dar una gran sorpresa a su mujer.
—Parece que llegas algo tarde. ¿Dónde se supone que vas con ese baúl?
Era Matilde quien preguntaba, entre extrañada y mosqueada, cuando su marido entró por la puerta aquella tarde arrastrando lo que parecía un enorme maletón con ruedas.
—¿No irás a meter eso en nuestra habitación?
—No te preocupes, Mati —respondió Gustavo, su marido—. Solo voy a enseñártelo. Luego lo guardaré en el garaje.
—¿Enseñar? ¿Qué es lo que hay que enseñar, Gus?
—Pues lo que compré en la subasta.
—No me digas que te has gastado el dinero del mes en una subasta. ¿Se puede saber qué es lo que hay en ese contenedor, que parece un ataúd con ruedas?
—Ha costado una minucia si lo comparamos con los beneficios que vamos a obtener. 7750 estroncios de nada, en efecto, mi sueldo del mes.
—Tú no estás bien de la cabeza. Me vas a explicar ahora cómo vamos a hacer para pagar la luz y el gas y para comer este mes?
—No te preocupes mujer, que todo va a ir bien. Sé lo que me hago. Como dice un proverbio hindú, cuanto más adversas sean para ti las circunstancias que te rodeen, mejor se manifestará tu poder interior. Pasa a la habitación y te lo enseñaré.
Y, con aire triunfal, como el que va a descubrir la octava maravilla del mundo ante un público fascinado, Gustavo abrió el maletón aquel y mostró a Matilde su reciente adquisición.
—Aquí lo tienes —dijo Gus—. Te presento a… ¡tatacháááán! ¡El kit de la felicidad!
Y lo que ella pudo ver fue una estatuilla horrible del dios Indra, como de un metro de alta, y una serie de sacos, siete en total, cada uno de un color, como de un kilo de peso cada uno, que contenían en su interior, en unos casos, arena y, en otros, piedrecitas de un tamaño regular como de dos, tres o más centímetros de largo cada una. Eso sí, cada saquito llevaba atada una cinta de distinto colorido y una etiqueta para saber su procedencia.
Matilde abrió la boca de asombro. Quedó estupefacta. Los ojos a punto de salirse de sus órbitas. No podía articular palabra alguna. Al final, cuando ya se repuso levemente de la sorpresa, pudo, a duras penas, balbucear:
—Pero… pero esto… esto es ¡horrible! ¿Cómo has podido…?
—Mira. Son piedras de los distintos ríos sagrados de la India. En total son siete. Como puedes leer en las etiquetas, los ríos son el Ganges, el Kaveri, el Indo, el Narmadá, el Yamuna, el Godavari y el Sarasuati. En los textos vedas de hace milenios ya se hablaba de ello. Solo hay que llevar cada saco a su origen, depositar en el agua de cada río todas las piedrecitas menos una, o toda la arena menos un montoncito, que guardaremos como un talismán. Luego hemos de mojarnos los pies en cada uno de ellos. Haremos un largo viaje a la India para visitar todos los ríos. A la vuelta construiremos en el centro del salón como una especie de altar. En él pondremos la estatuilla de Indra, colocaremos cada piedrecita y cada montoncito de arena que nos sobró alrededor de la estatua como si fuera un ritual. Ya no hay que hacer nada más. Luego solo hay que esperar que la felicidad nos llegue a raudales. Según los expertos en temas de hinduismo, no falla. Creo que la adquisición del lote en la subasta y el viaje que vamos a realizar tú y yo va a ser de lo más fructífero.
—No tengo la menor duda de que el viaje va a ser del todo necesario. Lo de fructífero depende de para quién, porque ahora mismo te vas a coger la estatuilla, los sacos de arena y grava, lo vas a meter todo en el maletón ese que has traído y te vas, de viaje o a donde tú quieras, pero fuera de esta casa y lejos de mí. Al menos hasta que te deshagas de lo que has traído y recuperes lo que te has gastado. Luego ya hablaremos. Como dice otro pensamiento hindú, la más larga caminata comienza con un paso. Y yo ya lo di. Cuando vuelva mañana del trabajo no quiero verte por aquí, ni a ti ni a tus sacos.
Y que te vayan dando por… el idem.
A eso se le llama ser un malincomprendido .
ResponderEliminarYa te digo. Incomprendido y tonto a la vez.
EliminarSalud.
Contundente:"que te den por...."Lo esperaba desde que vio la estatua.En este escrito te libro a ti de tamaño caprichito de gastarte el sueldo de un mes.
ResponderEliminarSaludos
La compra de chorradas es peor que la ludopatía.
EliminarSaludos.
Indra, Indra... ¿De que me suena eso? Ah, sí, de la bolsa, que creo que ha subido. Pues mira, a lo mejor hasta gana algo con la estatuilla sin ir a la India.
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