lunes, 10 de julio de 2017

Echando el cierre al blog

Tema estival

martes, 27 de junio de 2017

Miserias de la posguerra española



Tras la Guerra Civil y el triunfo del general Franco, los años cuarenta y parte de los cincuenta fueron muy duros para los españoles. Años de aislamiento internacional, privaciones, censura, represión, miedo y hambre. Años terribles de penurias y cartillas de racionamiento. 
Con el hambre y la escasez floreció el estraperlo, o mercado negro, del que se beneficiaron algunos desaprensivos que hicieron fortuna con la miseria ajena. Artículos como el aceite, el bacalao o el tocino se convertían en artículos de lujo. El chocolate que se comía estaba hecho de una pasta terrosa a base de algarrobas, el pan era negro y las lentejas estaban pobladas de bichos y piedras. El café era como el caviar, escaso y caro. En su lugar se tostaba algún cereal o se consumía achicoria, un sucedáneo infame. Desde 1939 hasta 1952 estuvieron presentes en la vida de los españoles estas cartillas de racionamiento que obligaban a muchos a una dieta obligada. 
Vuelve a hacerse presente esa España del hambre y del atraso tan conocida durante nuestra Edad Moderna, la España del Lazarillo, la de Rinconete y Cortadillo, la del Siglo de Oro con su procesión de pícaros y de siniestros personajes como el Dómine Cabra de Quevedo. 
Y como en toda época de privaciones, reaparece el humor negro. Ese humor que hacía que Lázaro de Tormes estrellara al ciego contra el pilar de piedra o que pintaba una imagen del hidalgo escarbándose los dientes en la puerta de su casa para que lo vieran los vecinos, como si hubiera acabado de comer, regresa ahora en forma de pluriempleado padre de familia que sueña con llevar a su familia a la playa a comer marisco y su sueldo no le da más que para unas sardinas de lata, en forma de bocadillo envuelto en papel de periódico, que era el envoltorio típico, y poder pagar la radio comprada a plazos. 
Si en el Siglo de Oro fueron la pintura y la literatura los vehículos encargados de contarnos las penalidades de nuestros paisanos, ahora son el cine, la radio y el cómic, llamado entonces tebeo, los que nos dan cuenta de ello. Y así nos encontramos, por ejemplo, con la figura de Carpanta, de José Escobar, siempre pasando hambre y soñando con un pollo asado bajo el puente donde vive. O las penurias de las chicas de pueblo que se van a servir a la ciudad: Petra, criada para todo, también de Escobar. No faltan ni el autoritarismo del “pater familias” en Zipi y Zape, de Escobar, ni las agresiones verbales y físicas o las familias mal avenidas: Las hermanas Gilda, La familia Cebolleta, ambas de Manuel Vázquez.  



En la radio, una serie de gran audiencia, Matilde, Perico y Periquín, siempre terminaba con castigo físico del progenitor hacia el niño travieso. Recuerdo siempre que finalizaba cada episodio con el llanto de Periquín diciendo aquello de “¡Nooo, a nene pupa nooo!” Hoy hablaríamos de malos tratos. 
En nuestro cine, muy influenciados por el neorrealismo italiano, nos encontramos a Juan Antonio Bardem o a Luis García Berlanga y a un guionista de excepción: Rafael Azcona. Y de esta forma nos topamos con películas como Plácido, de Berlanga con guión de Azcona, o siente a un pobre en su mesa esta Navidad y deje su conciencia tranquila, el atraso rural y confiado de Bienvenido, Mister Marshall, también de Berlanga. Guiones de Azcona para las películas El pisito, El cochecito, El verdugo, etc., son espejo y denuncia de una época, su atraso y su miseria moral. Paralelamente se desarrolló una filmografía nacional dirigida o auspiciada por el régimen donde se resaltaran las cualidades del auténtico español o las virtudes patrias: “Raza”; “A mí la legión”; “Franco, ese hombre” o “Marcelino, pan y vino”. 


Capítulo perteneciente a “Historias que no son cuentos”, ed. Art Gerust

Pedidos a la editorial.
pedidos@artgerust.com


martes, 20 de junio de 2017

La Belle Époque



La Belle Époque fue un periodo de nuestra historia cuyos extremos cronológicos estarían marcados por dos fechas significativas: 1871, fin de la Guerra Franco-Prusiana y 1914, el estallido de la Primera Guerra Mundial. Tras la primera, que dio lugar a la aparición de la Alemania contemporánea, Europa comenzó a vivir una etapa de paz que posibilitó que muchas naciones entraran en una senda de avances y desarrollo económico.

Fue en efecto una época caracterizada por el optimismo, la confianza en el futuro y la fe en el progreso. Europa, de la mano del capitalismo imperialista, fortalecida tras su expansión colonial por Asia y África, iniciaba una etapa decisiva donde la tecnología, la ciencia, la economía y la cultura parecían ir de la mano prometiendo un futuro mejor para las siguientes generaciones.










La electricidad y el petróleo tomaron el relevo del carbón y del vapor. Se desarrollaron los ferrocarriles, el teléfono, el telégrafo, los automóviles, el avión…. Aparecieron los rayos X, los antibióticos, las vacunas. Todo aquello constituía una auténtica revolución tecnológica, un tiempo de bienestar que prometía no tener fin.

Se denominó posteriormente así, “Belle Époque”, con esa expresión francesa, por pura nostalgia: una manera de bautizar a un tiempo de esperanza que se volatilizó en el aire, una especie de sueño frustrado o de paraíso perdido tras el terrible shock que supuso el estallido de la Gran Guerra.



El desastre del Titánic, además de constituir por sí mismo un presagio, se convirtió en la metáfora del hundimiento de todo un continente, el europeo.


¿Estaremos viviendo ahora los últimos años de una nueva “Belle Époque”?

martes, 13 de junio de 2017

Atila no murió en el campo de batalla


Publicado originariamente el 28 de mayo de 2012.

Resulta paradójico que Atila, el rey de los Hunos que tantos campos de batalla pisó (1), no muriera precisamente en el combate sino en su propia cama y la noche de bodas.

Atila ha pasado a la historia de occidente como un bárbaro sin escrúpulos, el "Azote de Dios", un rey despiadado y cruel. Sus guerras tenían fama de sangrientas y donde pisaba su caballo "no volvía a crecer la hierba"; sin embargo todo parece fruto de una leyenda negra sobre su persona. No es la primera vez que los romanos cargan las tintas sobre los enemigos de Roma, como ya hicieron en su día sobre Aníbal y los cartagineses.

El historiador bizantino Prisco (*) nos habla de él y resalta con frecuencia su cultura y su sensibilidad. De sus relatos se deduce que Atila hablaba perfectamente el latín, y además sabía escribirlo; por añadidura también dominaba el griego. Se trataba de un hombre de gran cultura teniendo en cuenta su época.

Aunque probablemente no se tratase de un santo varón, la fama de hombre sanguinario y cruel no se corresponde con algunos hechos históricos, pues no es comportamiento de un bárbaro despiadado el detenerse y no invadir Roma cuando un séquito encabezado por el Papa León I le rogó que no lo hiciera.

Sobre su muerte se han ofrecido diversas interpretaciones. Todas coinciden en que murió en su lecho tras la noche de bodas. Unos apuntan a que murió por causas naturales, otros afirman que murió envenenado por su propia esposa Ildico. Parece ser que durante el banquete comió y bebió más de la cuenta y que luego se fue a la cama y quedó dormido boca arriba. Tuvo una fuerte hemorragia nasal y se ahogó con su propia sangre. Un rey, victorioso en mil batallas, fue vencido por su propia sangre víctima de una letal borrachera.
_______________________
(*) Prisco de Panio, historiador del Imperio Romano de Oriente del siglo V. Conoció a Atila personalmente. Lo describe como un individuo robusto pero de talla pequeña, chato de nariz y de cabeza grande. De vida un tanto austera, no fue tan cruel como se le pinta normalmente. 
(1)El 20 de junio del año 451 d.C, tuvo lugar la Batalla de los Campos Cataláunicos que supuso una gran victoria de Atila frente a los romanos.