martes, 31 de marzo de 2026

El viejo libro de historia




Con mi viejo libro de historia de cuarto de bachillerato siempre mantuve una especial relación. Las fotos y su colorido suponían un refugio donde se evadía mi imaginación de vez en cuando en aquella España gris de los años 60, tan dada al adoctrinamiento en los principios ideológicos del nacionalcatolicismo.

Hace unos años hicimos mi mujer y yo un viaje a Oviedo.
Me resultó grato y emocionante tener ante mis ojos las iglesias de Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y San Julián de los Prados. Tantas veces las
había contemplado
en mi libro con esas ilustraciones a color... Y ahora estaban ahí, frente a mí, compartiendo su espacio conmigo, como si yo también formara parte de esas imágenes que conocí por primera vez siendo un niño.

Otra vez, asistiendo a una función nocturna en el teatro romano de Mérida, me vino a la memoria el tema sobre la romanización, con sus monumentos representativos, la resistencia del héroe lusitano Viriato y la vil traición de sus generales y esos tres emperadores nacidos en Hispania: Trajano, Adriano y Teodosio.

Algo parecido me ocurrió de viaje por Menorca, con las taulas, los talayots y las navetas megalíticas. Allí, en medio del campo, cerca de Ciudadela, se alzaba solitaria la naveta des Tudons, con cierto aire de abandono. Era emocionante contemplarla in situ, sintiéndola más cercana y de alguna manera mía.

Siempre me fascinó la cara de pasmarote de Carlos IV de Borbón y la jeta de tunante de su hijo Fernandito, el rey felón, tal y como los retrató magistralmente Goya. Por eso me entusiasmó tanto la visita que hicimos al Museo del Prado. Allí comprobamos que aquellos personajes no habían cambiado con el paso de los años. Seguían en el lienzo, tan incólumes como innecesarios para la historia de España.

Revisitar en vivo las ilustraciones de mi viejo libro de historia era como cerrar el círculo de un camino que se había iniciado siendo yo un niño y que se completaba, ya adulto, con estos viajes por la geografía española. Como si el encuentro formara parte de un periplo que había empezado en la pubertad y concluía a una edad donde ya no era posible la marcha atrás. Una carrera con línea de salida y de llegada , coincidente en el mismo lugar pero en tiempos diferentes.

Por esa misma necesidad de completar el ciclo o la ceremonia del reencuentro evitaba a toda costa los episodios desagradables o violentos. Procuré pues no visitar Guernica ni Paracuellos del Jarama ni las tapias de los cementerios. De Granada me quedé tan solo con el recuerdo de La Alhambra y con los textos de Federico, obvié el destierro de Boabdil y la inútil e infame ejecución del poeta. Huir de la sombra de la muerte y del ruido de las bombas era necesario para que mi reencuentro con el pasado fuera un episodio feliz.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, de visita al centro de Madrid, me topé sin quererlo con una concentración de simpatizantes de una formación ultra. Caminábamos por la Puerta del Sol para coger el metro en Ópera cuando nos dimos de bruces con ellos. Me estremecí cuando vi a toda esa gente con banderas, vociferando con la mano en alto haciendo el saludo fascista y cantando el Cara al Sol. Saludo e himno desgraciadamente muy en boga en mis años escolares. Nos fuimos de allí rápido. No fuera que se cerrara también el círculo y quedáramos atrapados en aquella España bárbara, en blanco y negro, como esos personajes anónimos que salían en el Nodo.



Ya cerca del metro, al doblar una esquina me topé con el vivo retrato de Garibaldi, con esa pinta entre hippie y revolucionario. Por un momento pensé que era un clochard, un vagabundo, uno de tantos que tienen la calle como casa. Barba larga, melena descuidada… Estaba sentado en la acera, sobre cartones, apoyada su espalda en la pared. Se me quedó mirando no sé si para pedirme una moneda o para contarme su papel en la unificación de Italia. La verdad es que, tras la sorpresa inicial, no le hice después mucho caso. Tal vez por eso, mientras me alejaba en dirección a la boca del metro, aquel individuo, con un cartón de vino en la mano, me despidió diciendo en voz alta:

¡Baco ha ahogado más hombres que Neptuno!



sábado, 28 de marzo de 2026

Esto no es una entrada


En efecto, esto no es una entrada.

Es un alto en el camino para reflexionar sobre un par de cosas.

En primer lugar, una "felicitación".

Sí,  una especie de felicitación dedicada a todos aquellos valientes que hacen una entrada diaria. Los hay, incluso, que publican dos o tres... ¡Cada día! 

Hay que tener capacidad de inventiva, tiempo y , sobre todo, bemoles.

Lo dice uno que como mucho publica una o dos entradas a la semana.

La verdad es que me cuesta mucho seguir este ritmo alocado de " lectura y comentario" de todo lo que publican los seguidores de este blog. 

Lo intento, sobre todo por cortesía; pero a veces "no me da la vida", no puedo estar enganchado todo el santo día al blog, porque entonces puede ocurrir que en vez de una afición divertida  y atrayente se convierta en una obligación penosa y  cansada.

También me pasa con los blogs de fuerte carga ideológica que se dedican todo el rato a lanzar sus mensajes y consignas, que seguro gustan a unos cuantos, pero que con toda probabilidad disgustan a otros muchos. Blogs que admiten comentarios cargados de insultos y descalificaciones al contrario. 

¡Uf! ¡Qué cansancio!

Que me perdonen si no les comento, pero yo vengo aquí a pasármelo bien no a discutir con nadie.

Pues lo dicho.

Nos vemos, leemos y comentamos. Si lo creemos oportuno.


lunes, 23 de marzo de 2026

El hueso ya no se lleva

 


Cuando vemos alguna película antigua basada en fantasías tipo Julio Verne, por citar un ejemplo archiconocido, no deja de sorprendernos el diseño de los artilugios, como en el caso del Nautilus, que recuerda mucho la arquitectura orgánica de moda en su día, ese submarino que tiene más de edificio de Gaudí, tan modernista y futurista él, que de sumergible. Uno viaja con el capitán Nemo y cree que está dentro de La Casa Batlló. O viceversa. Para mucha gente de cine de los sesenta el mañana estaría lleno de naves con aspecto de cafetera volante y personajes —de pelo corto, afiladas patillas y orejas puntiagudas— con trajes de papel aluminio, digo yo que para conservar el calor, como el pollo al horno, que en Marte hace un frío del copón.

El diseño del cuerpo humano también está anticuado, es fruto de la mentalidad de otra época, como la terracota, los muros de piedra sin tallar, los ladrillos secados al sol o las techumbres de ramas y cañas entrelazadas.

Sí, ya sé —me diréis cargados de razón— , que el señor Jahvé hizo su primer hombre hace la tira, pero como la época en la que lo fabricó era bárbara y atrasada y lo más moderno, si me apuráis, llegarían a ser las vasijas de barro y las casas también de ese material, prefirió adelantarse a su tiempo y fabricar nuestra especie —aparentemente también de barro— a partir de los diseños modernistas, dado que su mente clarividente y omnisciente podía elegir la época. Faltaría más.

Pues bien, y ya llego al meollo de la cuestión: el cuerpo humano es decimonónico y está obsoleto. Basta mirar unas láminas de esas de anatomía humana, llenas de huesos y de músculos, que los fisioterapeutas y los traumatólogos tienen en sus consultas, para darte cuenta de que el tiempo no ha pasado en vano. Los huesos son rígidos y se fracturan. Los músculos se adhieren a los huesos mediante tendones que sufren desgarros, inflamaciones y roturas. Así, cuando más tranquilos estamos, nos viene a visitar una legión de dolencias donde no faltan los esguinces, las torceduras, las contracturas musculares, la artrosis, la osteoporosis…

De diseñarse hoy, el cuerpo humano sería más maleable y acomodaticio, mucho más flexible ante accidentes y caídas. Se evitarían luxaciones y fracturas, con lo que no se perderían tantas jornadas de trabajo y se paliaría el colapso de los hospitales, reduciendo los gastos destinados a sanidad.

Si la creación del mundo comenzara ahora en pleno siglo XXI, con la proliferación de los nuevos materiales como el poliuretano, el PVC, la fibra de carbono, la silicona, el titanio o el hormigón pretensado, estoy convencido de que el sumo hacedor del mundo —o la propia naturaleza, según la creencia de cada cual— modelaría a sus criaturas a partir de un concepto innovador donde los nuevos materiales reemplazarían a los viejos.

Ahora que no estoy del todo seguro si nos libraríamos de los achaques o, por el contrario, habría otros nuevos:

¿Dónde vas tan deprisa, Mariano?

Voy al médico. Me toca revisión anual de la junta de culata, las válvulas y los amortiguadores. Con un poco de suerte paso la ITV (Inspección Técnica de Varones).

Que tengas suerte. A mí, el especialista me diagnosticó aluminosis y ando inyectándome fibra de carbono a tutiplén.


lunes, 16 de marzo de 2026

El incendio

 


Apenas eran las siete de la mañana cuando el teléfono le sobresaltó, deshaciendo de un manotazo las últimas telarañas del sueño. Era el jefe.

Escúchame bien, Antonio. Coge el coche y sal echando leches hacia el norte. Ha habido un terrible incendio en Vega de Taracedo, un pueblecito perdido en medio de la sierra. Te llevará unas cuatro horas llegar hasta allí. Quiero que lo investigues. Ya sabes: reportaje, fotos y entrevistas a los del lugar. A la tarde quiero material jugoso para preparar la edición de la mañana. Me envías por guasap o por email lo que vayas consiguiendo. Date prisa en salir. Espero que hagas un buen trabajo.

Nada más colgar se metió en la ducha; después se vistió, cogió su mochila, introdujo en ella cuatro cosas, sin olvidarse del cargador del móvil, la documentación y el ordenador portátil; tomó apresurado un café y salió en busca del coche. Una vez en él, preparó la ruta a través del GPS del móvil y echó cuentas mentalmente del tiempo disponible: al mediodía podria estar ya por el lugar indicado, darse una vuelta, hacer algunas entrevistas a la gente del entorno, intentar contactar con alguna autoridad local... Luego tendría tiempo para comer algo, redactar la noticia, hacer fotos... Le sobraría tiempo.


Hizo el viaje sin contratiempos, salvo aquella espesa niebla a medio camino que surgió de repente rodeando el coche como un túnel de color gris oscuro que no permitía ver nada a los lados y apenas treinta metros por delante de él. Afortunadamente aquello duró tan solo un par de minutos. Y cuando el día volvió con su luz y disipó la niebla, se percató de que los testigos luminosos del salpicadero se habían vuelto locos, destellaban o mostraban falsos avisos de avería, incluso la fecha aparecía equivocada,  figurando la del día anterior.

—En cuanto pare tengo que configurar de nuevo los datos —. Se dijo. Y no le dio más importancia.

A la entrada del pueblo paró a repostar en una gasolinera. Allí mismo aprovechó para preguntar al encargado:

Parece que han tenido una noche movidita. ¿Qué tal fueron las labores de extinción?

—¿Cómo dice?

—Sí, hombre, el incendio.

—Perdone, pero aquí no ha habido ningún incendio. Creo que se confunde.
Pero... No puede ser. Me han informado hace poco de ello.
Debe ser una equivocación. Que yo sepa, ni aquí ni en los pueblos de alrededor hemos tenido en las últimas semanas incendio alguno.


Tras pagar y sin bajarse del coche se dio una vuelta por los alrededores de aquella localidad. Ni en los campos ni en los montes se veía nada parecido a un incendio: nada quemado, ningún olor característico que lo delatara. De regreso al pueblo, lo atravesó y aparcó en las afueras, donde acababa la carretera, en una especie de parking al aire libre con vallado de madera, una especie de mirador o terraza rodeada de  robles y castaños, colgada frente al acantilado. Desde ella se podía ver al fondo el curso del río serpenteando entre árboles frondosos, perdiéndose a lo lejos camino del mar. La vista era impresionante, pero imponía mucho.
Entró al pueblo andando. A eso de las dos paró en un restaurante. Su aspecto era algo cutre y descuidado. En una pared había un viejo calendario de los antiguos, de esos de bloque de hoja por hoja con santoral. Se fijó en un detalle: nadie había pasado la hoja del día anterior. Pensó que eran algo dejados, sin embargo la comida olía muy bien. Se sentó en una mesa y pidió el menú del día. Mientras le servían intentó interrogar al camarero. Nada. Él no sabía nada. Tampoco parecía nadie estar allí preocupado, ni siquiera los clientes que se agolpaban junto a la barra del bar. Tras comer, nuevo paseo mitad en coche y mitad andando por los alrededores.
De pronto fue invadido por un mezcla de hastío y cansancio, la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Más tarde, en el bar del pueblo, intentó entablar conversación con el dueño del establecimiento. Pidió un café. 

—Un cortado, por favor. Tengo entendido que han sufrido un incendio.

El que le atendió puso cara de extrañeza, se encogió de hombros y dijo no saber nada.

Falsa alarma pues. Entre decepcionado y aburrido, el periodista pagó y se fue.

Se dirigió a buen paso hacia el aparcamiento solitario al aire libre donde había dejado el coche. Abandonó el camino de acceso al pueblo y llegó a la explanada donde lo había aparcado. Estaba al fondo del todo.

 Cuando esté sentado al volante     —pensó—, le mandaré un mensaje de voz al jefe para explicarle todo con pelos y señales. 

Según abría la puerta para acceder al interior del vehículo, percibió una especie de fragor o rugido a sus espaldas, un olor a leña quemada se apoderó del lugar. Giró la cabeza y vio el enorme resplandor y el crepitar del fuego que, como una muralla devastadora, bloqueba la carretera que comunicaba con el pueblo que acababa de abandonar. Al otro lado, donde terminaba la carretera, el terreno quedaba cortado a pico abruptamente y por allí era imposible la salida. El fuego avanzaba amenazadoramente y se iba extendiendo por los flancos del camino. Estaba acorralado. Nervioso y empapado de sudor, casi le entró un ataque de histérica alegría al verse envuelto por aquellas llamas que acabarían por calcinarlo o asfixiarlo. ¡Había incendio! ¡Y a tiempo para contarlo! Antes de que el calor se hiciera insoportable, a la luz siniestra de las llamaradas, tecleó un par de frases y hizo unas cuantas fotos y se lo mandó todo a su jefe por guasap. Seguro que le gustaría.

viernes, 13 de marzo de 2026

El tiempo vuela

 Reciclando un viejo texto.



Quedan lejos aquellos tiempos de universidad en los que en mi país no había libertad; pero éramos jóvenes, estábamos llenos de vitalidad, teníamos muchos pájaros en la cabeza  y toda una vida por delante.
Así podría empezar una novela a mitad de camino entre lo autobiográfico y la pura ficción.
La juventud, qué tiempos.
Unos años felices y despreocupados, donde la palabra cáncer era tan solo un signo del zodiaco; el corazón, un asunto personal o siete casillas del crucigrama; la enfermedad, eso que pasaba a los mayores; y el futuro, algo que no existía porque quedaba todavía lejos. Un tiempo en el que un día de lluvia no era un fastidio, sino una excusa para estar en casa con los amigos o con tu chica, oír música, fumar, beber algo, hacer el amor, arreglar el mundo... No teníamos un duro, pero éramos dichosos. No sabíamos nada de la vida, pero no nos importaba. Pensábamos que ese tiempo había venido a instalarse en nuestras vidas para siempre. Y que los viejos nunca fueron jóvenes, que ya nacieron así. Y que la cosa del paso del tiempo no iba con nosotros.
Un día ocurrió algo que lo cambió todo: fue cuando nos planteamos tomarnos la vida como adultos, buscarnos un trabajo, formalizar nuestra relación, planificar el futuro... Fue el momento bisagra de nuestra existencia, aún estábamos en plena juventud. No habíamos consumido un tercio del total, pero el cambio que se avecinaba era imparable.
A partir de ese momento, la vida pasó en un soplo. Cuando nos quisimos dar cuenta habíamos llegado a la mitad de nuestro camino. Buena parte de la otra mitad que nos quedaba se nos iría también en un suspiro.
Ahora, cuando nos vamos acercando a la recta final de nuestra existencia, reparamos en dos cosas: tenemos más estabilidad económica y emocional y mucha más experiencia que entonces. Y, sobre todo, recuerdos. De regresar al pasado, posiblemente no volveríamos a cometer los errores que cometimos; pero de qué nos sirve eso si la juventud se fue definitivamente de viaje. Se fue con otros, para no volver. Dentro de nada, para los jóvenes, nosotros seremos los viejos, los que siempre fuimos viejos. Y vuelta a empezar.

lunes, 9 de marzo de 2026

Las Marías

 


Política. Así llamábamos los chicos a esa " maría" de asignatura que llevaba el ostentoso nombre de Formación del Espíritu Nacional. Toma ya.

Las " marías" eran esas pseudo materias, como la religión o la gimnasia, que casi nadie suspendía por ser consideradas complementarias,  preparatorias para ser un buen español, temeroso de Dios, de "mens sana  in córpore sano". Hoy las llamaríamos transversales, pues la vida escolar de entonces estaba llena de rituales que mamaban de las tres mencionadas: partidos de fútbol en el campo respectivo, baloncesto o minibásquet en el patio, misas y otras celebraciones religiosas, adoctrinamiento en el aula en los principios del nacionalcatolicismo por parte del "padre espiritual" (en el caso de mi colegio por ser religioso), canto de himnos patrióticos en clase o en el salón de actos...
Es decir, lo que hay llamaríamos "Educación en valores del sistema educativo nacionalcatólico".
Las marías pues daban rango académico  a todo ello, pero nadie se las tomaba en serio,  ni los alumnos ni siquiera parte del profesorado, pues cualquiera podría impartir aquello: curas, militares, falangistas retirados o en activo...

En España la denominación podría venir de las tres marías del evangelio, tres seguidoras de Jesús: María Magdalena, María de Cleofás y María Salomé, aunque también una de ellas podría ser María, la madre de Jesús.

Pero no en todas partes tiene ese significado. En Venezuela, por ejemplo, hacen referencia coloquialmente a tres asignaturas: física, química y matemáticas, que se consideran las más difíciles de aprobar en el bachillerato.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Por qué las mujeres siempre me abandonan

Nunca tuve suerte con las mujeres. Todas acabaron abandonándome. ¿Razones? Las desconozco. Objetivamente creo que soy un tipo resultón, cortés, educado y detalloso a más no poder.


Guapo, lo que se dice guapo, no soy, pero no paso desapercibido: patilargo y larguirucho, algo cargado de espaldas, velludo y cejijunto, de aspecto agitanado, con un ojo estrábico que va por libre como camaleón africano buscando mosquitos en la espesura. Siempre tuve un atractivo entre exótico y salvaje.

Mi primera novia era gordita y con gafas, de esas antiguas de culo de botella (la chica no, las lentes). Fue la que más me duró. Un año. No llegamos a convivir, salvo algún fin de semana loco, en el que dábamos rienda suelta a nuestro desenfreno en cualquier hotelucho de carretera o en mi propia habitación. Me dejó por una tontería. Me descubrió la colección completa del Penthouse con lamparones sospechosos que guardaba en una caja de cartón bajo la cama.

La segunda era una dama distinguida, elegante y delgada. Me duró cuatro meses tras la boda. Era muy tiquismiquis. No soportaba mis largas disertaciones acerca de la influencia intrínseca de los poderes fácticos durante el tardofranquismo. Tampoco le agradaban mis abundantes muestras de aerofagia explícita ni mis ronquidos cotidianos.

Que yo sea un poco pesado y algo guarro no creo que constituyeran motivos decisivos en los sucesivos abandonos que sufrí, aunque pudiera entender que mi manera de comportarme no resultase la idónea para cierto tipo de gente.

La última que me abandonó fue la enfermera que me atendía tras ser operado urgentemente de una apendicitis. Cuando procedió a ponerme la sonda para ayudarme a expulsar la anestesia suministrada, de la manipulación consiguiente sobre mi miembro dormido me sobrevino una excitación incontrolable que se tradujo en una potente erección, por lo que ella, temblando como un flan, comenzó a ponerse de los nervios y, soltando bruscamente el miembro viril como si hubiera tocado una rata, se negó en redondo a terminar de introducirme la sonda. Y tras llamarme guarro cuatro veces se fue corriendo, dando voces como una loca por los pasillos del hospital mientras, enrabietada, tiraba al suelo con energía el fonendoscopio, el aparato de la tensión y daba patadas a todo lo que se le atravesaba en su camino, a la par que exclamaba: ¡Renuncio! No puedo más. ¡Me voy a mi casa!

Todos esos abandonos no puedo considerarlos justos, pero comprendo que determinadas sensibilidades puedan verse impelidas a llevarlos a cabo. Lo que no es de recibo es que mi propia madre me dejase recién nacido en la puerta del convento de las Carmelitas Descalzas cuando todavía no me había dado tiempo a desarrollar ninguna habilidad molesta para nadie.

¡Ah, se me olvidaba!: las monjitas también me abandonaron poco después en las puertas de la inclusa. Llamaron al timbre y salieron corriendo. Desconozco el motivo.

viernes, 27 de febrero de 2026

Titán

 


Año 2065. Planeta Tierra.

Alex se desplaza desde Ganimedes y visita a su amigo Olex, al que no ve desde hace tiempo.

Al visitante le llama la atención lo mucho que ha cambiado el planeta y sus gentes.

¿De qué se ríen los abuelos?
No, si no se ríen. Son los nuevos dentitarios. Así se les llama coloquialmente. Te lo explico: enseñan a todo el mundo sus dientes recién estrenados. Tras su jubilación a los 75 años, nuestros mayores reciben un premio en forma de lote de artículos de salud. La verdad es que gracias a que los alienígenas asumieron desinteresadamente las competencias en materia sanitaria, hemos ganado mucho: dentadura nueva para los jubilados y tarjeta sanitaria con grandes descuentos en prótesis mamarias, liposucciones, sesiones de fisioterapia, aquagym y zumba.

Todo ello valdrá un pastón -comenta Alex mientras observa una gigantesca pantalla de plasma donde no paran de sucederse anuncios publicitarios.

Los meten en grupos en un aerocar —continúa diciendo Olex— , como cuando los viajes del Imserso, y los llevan a una de las naves espaciales que fondean encima de nuestras cabezas. Allí les someten a un chequeo exhaustivo, les pasan una ITV (Inspección Técnica de Vejestorios) muy completa: les arreglan articulaciones, tendones y ligamentos, les curan las hernias, la artrosis y el lumbago, les ponen ropa interior limpia y salen como los chavales del cole cuando empiezan las vacaciones, con ganas de largarse para Benidorm, estrenando sonrisa con sus dientes nuevos y con una vitalidad que te cagas. La mayoría de las intervenciones se realizan con sofisticadas técnicas indoloras y nada invasivas. Todo ello sin cargar el coste de los arreglos a las arcas del estado, con lo que nos ahorramos una pasta los contribuyentes. A los jubiletas les colocan además una pulsera en la muñeca que registra sus constantes vitales, de manera que estén controlados las veinticuatro horas.

¿Y qué sacan los alienígenas de todo ello?

Aunque no se habla mucho de ese tema, se cree que una vez los vejetes han cumplido su periplo vital en la Tierra, es decir, cuando la han palmado, los alienígenas se llevan los cuerpos de los difuntos a Titán y allí disponen de ellos a su antojo. Me imagino que los usarán para investigar o para la docencia, como siempre hizo aquí el Instituto Anatómico Forense. Y yo me digo, qué más les dará a los abuelos y a sus familias que se los lleven y no los incineren si a cambio han vivido sanos, felices y bien alimentados sus últimos años y no se han gastado un duro en residencias, cuidados médicos, entierro, etc. Un chollo para todos. A los fallecidos lo mismo les dará que les entierren aquí o que allí hagan con ellos mortadela.

Muy curioso —dice Alex mientras su mirada se pierde en las alturas, tratando de calcular el número de plantas del enorme rascacielos que se alza delante de sus narices, sobre el que planea una flotilla de naves espaciales.

Por cierto, hablando de embutidos, acaban de abrir un nueva casa de comida rápida en la plaza: Titanfood. Últimamente nuestros amigos los alienígenas también se han sumado al carro de la restauración. Son únicos. ¿Te apetece un perrito o una hamburguesa?

¡Ah, vaya! Con la conversación se me olvidó comentarte que soy vegano. Lo siento. Yo tomaré tan solo una ensalada.

lunes, 23 de febrero de 2026

Dust in the wind

 


Como en el mar las redes,

el tiempo nos arrastra sin clemencia.


Ricardo y Carmen.

Ambos estudiaban en el mismo instituto. Eran compañeros del antiguo bachillerato superior de letras. Creían que la década de los 70 la estrenaron ellos, también las ilusiones y el optimismo de los que saben que tienen todo el futuro por delante, muchos proyectos por cumplir y, sobre todo, aunque lo ignoraban, demasiados pájaros en la cabeza.

Carmen y Ricardo.

Despertaban a la vida al unísono mientras el franquismo agonizaba y entraba en su recta final. Entre clase y clase, las volutas de arte jónico se mezclaban con la filosofía de Kant; las oraciones subordinadas, con las asambleas de clase y los poemas amorosos de Catulo; la bella sonrisa de Carmen, malinterpretada mil veces, se entrelazaba con las novelas existencialistas de Sartre o de Camus o con las letras del alfabeto griego, un código secreto con el que intercambiaban frases cómplices, mensajes indescifrables para el resto de los mortales del Instituto, es decir, para los alumnos de ciencias. Y en esa especie de batiburrillo se mezclaban caprichosamente el materialismo dialéctico con las canciones de Los Beatles, el arte visigodo con la lucha de clases, la poesía social de Celaya con las oraciones copulativas...

Ciencias o letras.

No había comparación posible.
No les cabía en la cabeza que los de ciencias prefiriesen la aridez del álgebra o de la química orgánica a las aventuras o desventuras del Buscón don Pablos.

Letras o ciencias.

Ellos eran felices con la Odisea de Homero, las excentricidades de Diógenes el Cínico o las Comedias Bárbaras de Valle Inclán. Donde estuviera el Romancero Gitano que se quitara la tabla periódica de elementos. No experimentaban placer alguno con los números primos, pero se morían de gusto cuando eran capaces de analizar y entender un soneto del Marqués de Santillana, fecho al itálico modo, o el Carpe Diem de Garcilaso.

Aquello duró poco, si es que alguna vez hubo algo.
Porque dos no se aman si uno no quiere.
Y Carmen no quería a Ricardo. Como amigo y compañero de clase sí, pero nada más.
Todo fue un espejismo, una ensoñación en la mente de él.

El amor unilateral entró de repente en su vida. Y se evaporó igual de deprisa que vino. Pues solo hubo intención de ello por una sola de las partes implicadas. Y para el amor compartido se necesitan al menos dos personas.

Acabó el curso. Emprendieron caminos diferentes y de aquel fuego juvenil solo quedaron las cenizas. Luego llegó la ventisca de los años de universidad, el servicio militar... y las cenizas se aventaron sin dejar rastro.

Mientras tanto, en el viejo tocadiscos sonaba una y otra vez aquella canción de Kansas:

I close my eyes
Only for a moment
And the moment's gone
All my dreams
Pass before my eyes
That curiosity

Dust in the wind
All they are is dust in the wind.

Porque al final, de los espejismos y de las ilusiones, tan solo queda un puñado de polvo arrastrado por el viento.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Alta alcurnia


Miguel Expósito de Dios prosperó en la vida gracias al negocio de ultramarinos que, como hijo único que era, heredó de sus padres. Aunque no tenía completados los estudios primarios, hacía ostentación ante los demás de poderío económico, estilo refinado y nivel cultural. Entre otras medidas, forró la librería del salón con varios metros de libros encuadernados en piel roja y marrón, colocó en el centro de su jardín una fuente rodeada de los enanos de Blancanieves y mandó poner en la fachada de su chalet de seiscientos metros construidos el blasón familiar.

El escudo se lo mandó hacer de encargo a una de esas empresas que se dedican a la heráldica de pago y que dicen indagar en el origen de los apellidos. Y que todas coinciden en que los solicitantes de sus servicios tienen un origen nobiliario o ilustre, cuando todo el mundo sabe que el noventa por ciento de la población medieval española eran destripaterrones, campesinos sin tierra o siervos analfabetos y muertos de hambre que trabajaban de sol a sol para los señoritos de entonces. Nobles había, pero pocos.

De esta forma, fue citado por la empresa de heráldica para informarle de cómo iban las investigaciones sobre el origen de sus apellidos.

Señor Expósito. El trabajo nuestro está casi a punto. Solo queda que nos dé el visto bueno para ultimarlo. Aquí tiene el boceto de cómo quedaría el escudo: sobre campo de gules, una torre flanqueada a izquierda y derecha por un árbol y un león rampante, símbolos inequívocos de la grandeza de sus apellidos. La torre o castillo viene a ser la versión medieval de su casa, esa espléndida mansión que según usted mismo nos contó se hizo construir en su localidad; el león es el símbolo de la fuerza, de la determinación y del arrojo, como corresponde en justicia a su familia por su carácter emprendedor; y el árbol, una especie de metáfora sobre la semilla de la fortuna que crece y se convierte en árbol frondoso si sabemos ser constantes en lo nuestro.

Así que poco después, para envidia de paseantes y vecinos, la fachada de su mansión lucía el escudo familiar.

Lo que ignoraba Miguel era que, lejos de su pretendido origen medieval, sus apellidos debían su existencia al hecho de que sus abuelos varones, tanto el paterno como el materno, se criaron sin padres en sendos orfanatos.

Un día que estaba aburrido de ver tanto la televisión, se acercó por primera vez a la librería del salón con ánimo lector, escogió un volumen sobre etimologías y decidió echarle un vistazo.

Mientras cogía el libro, se decía para sus adentros que los apellidos familiares eran sonoros y contundentes y con mucho significado. "Expósito" vendría de persona que se expone al peligro, a los retos que plantea la vida. "De Dios" expresaría la solidez de sus ideas cristianas. Él era un hombre de orden, de misa semanal, temeroso de Dios.

¡Joder, mira que suenan bien! Me encantan mis apellidos. Voy a ver qué pone aquí sobre ellos.

Abrió por fin el tomo aquel cuyo título era "Antroponimia y onomástica", se sentó en el sillón de lectura que nunca usaba. Mientras leía, su semblante se ensombreció. Después tiró el libro y decidió no volver a consultar ningún otro en su vida.




sábado, 14 de febrero de 2026

Propuestas de amor


Previamente a la lectura es fundamental oír a Brassens o a Javier Krahe y la canción sobre Marieta (Marinette en la original).

En el fondo es un homenaje a ellos.




La otra tarde quise invitar a cenar a la bella Enriqueta, pero ella prefirió irse al burguer con un idiota más guapo que el que lo cuenta.

Y yo, con mi cena preparada en casa, con velas aromáticas y todo, hice el gilipollas. Había preparado medallones de solomillo al roquefort con un Ribera del Duero estupendo y acabé cenando solo, llorando luego en la bañera y bebiendo el vino a morro directamente de la botella, en calzoncillos y con el gato mirándome con curiosidad.

Pensé que quizás lo mío había sido muy clásico, demasiado convencional, y que a la enamorada siempre hay que sorprenderla, así que al día siguiente me presenté en su puerta con una cachorrita bóxer con un gorrito rosa. Toqué el timbre, la perra se cagó en mi pantalón mientras yo ensayaba un discurso romántico, y Enriqueta me abrió la puerta con cara de lunes por la mañana:

Oh, qué mona— dijo con cara de asco, pero justo me voy a una orgía en Albacete con un grupo de nudistas que conocí ayer en el burguer. ¿Lo dejamos para otro día?— Y me dio literalmente con la puerta en las narices. Y yo con mi perrita me quedé pasmado, como un gilipollas.

Tercer intento: le escribí un poema. Ciento veinte versos en endecasílabos, arte mayor como mandan los cánones, con su rima consonante y todo, con referencias a Garcilaso, a Catulo y a los griegos antiguos. Me aprendí el poema de memoria, con sus pausas y sus gestos. Me presenté en su trabajo, duchado, afeitado y repeinado con brillantina. Y con ella delante empecé mi recitado:

Oh Enriqueta, volcán de mi deseo,
trinchera de ternura, ensaladilla
rusa de mis pasiones, maravilla...

Y justo cuando iba por el verso dieciséis...ella me interrumpió:


Lo siento, Hipólito. No me gustan los clásicos. Lo mío es el reguetón. Precisamente esta tarde voy con mi entrenador del gimnasio a un concierto de Bad Bunny. ¡Eso sí que son letras chulas y no las del Bodeler ese de los cojones!— Yo asentí con dignidad, me di la vuelta y salí de allí, no sin antes tropezar con una papelera, darme una hostia con una esquina y abrirme una ceja. El poema se lo quedó su jefe, que me lo pidió para envolver el bocadillo.

Último recurso: una serenata. Contraté una Tuna y me planté bajo su ventana. Y, pandereta en ristre, comenzamos a dar la turra con asómate al balcón, carita de azucena. Y luego seguimos con otro tema.

Pero Enriqueta se había mudado esa misma mañana. El nuevo inquilino era un rumano de dos metros que, de malos modos, se asomó al balcón y gritó sumamente enfadado:


¿Ce-i cu scandalul ăsta? ¡Algunos dormim, que aquí no es garajul vostru, e un bloc cu genti normali, coño!
¡Como baje, os meto una hostia que vă trimit la București, cabrones!

Y nos arrojó un cubo de agua. Los de la Tuna dejaron de cantar clavelitos de mi corazón y huyeron, y yo acabé yéndome también de allí, triste y cabizbajo, con mi capa de tuno y mi pandereta. Como un gilipollas, madre, como un gilipollas.


lunes, 9 de febrero de 2026

El final de la cuenta atrás

 


Los noticiarios de todo el mundo no dejan de lanzar sus mensajes sensacionalistas llenos de pesimismo. Se ve que hablar de catástrofes resulta rentable en términos de audiencia. Y es que el miedo vende. Repaso las principales noticias de los últimos días que llenan las cabeceras de los informativos de TV y los titulares de prensa.

El calentamiento global.

(Varias semanas antes del desastre):

La mayor parte de la comunidad científica señala que el cambio climático es irreversible. A partir de ahora, los veranos asfixiantes, las lluvias torrenciales, alternándose con grandes períodos de sequía, que convertirán el problema de la escasez de agua en algo generalizado, serán algo habitual, agudizando el problema del hambre a escala mundial y disparando los movimientos migratorios.


El meteorito.
(Veintinueve días antes del desastre):

Científicos de la Nasa confirman que la trayectoria del meteorito 2P2 es la que se temía hace unos meses: se dirige hacia La Tierra a 20 km por segundo. De no fragmentarse en mil pedazos al entrar en nuestra atmósfera, hay un 60 por ciento de probabilidades de que el impacto sobre nuestro planeta tenga lugar.



Llega una nueva época oscura.

(Ocho días antes del desastre):

Nueva modalidad de guerra silenciosa: crece el riesgo de un sabotaje por parte de Rusia y China a los sistemas informáticos y de telecomunicaciones a escala planetaria. Corre peligro el cableado submarino. El mundo dejaría de funcionar tal y como ahora lo concebimos. El caos que se originaria haría retroceder al mundo varios siglos. ¿Se avecina una nueva Edad Media?



La crisis humanitaria.

(Cuatro días antes del desastre):

Se recrudece el movimiento de inmigrantes entre África y Europa. Esta madrugada han naufragado dos pateras frente a las costas de Lampedusa en Italia. Los supervivientes han sido recogidos por los equipos de salvamento. En lo que va año han intentado llegar a nuestro continente por este método unas diez mil personas. Huyen de la guerra y del hambre, pero no todos lo consiguen.



El desastre cada vez más cerca.

(Cuarenta y ocho horas antes):

Últimas noticias sobre la guerra entre Ucrania y Rusia. Parece que las posturas se enconan. La OTAN y China toman partido y perfilan sus estrategias. ¿Habrá guerra generalizada? Se habla ya de una inminente e inevitable Tercera Guerra Mundial.



Crece el extremismo en toda Europa y en los EEUU

(Veinticuatro horas antes):

Las recientes victorias en EEUU y en media Europa de partidos de ideología ultra abre la puerta a la gobernabilidad de una gran parte del mundo a fuerzas de la extrema derecha. En diversos países de la Unión Europea se producen manifestaciones de apoyo por parte de formaciones radicales.  Hay disturbios en los EEUU. Cada vez se habla menos de paz y más de alambradas y rechazo al diferente. Vuelven las botas, las banderas identitarias y las cabezas rapadas. Parece que la historia no nos ha enseñado nada.



Hartazgo.

(Doce horas antes):

Cada día que pasa estoy más harto de las noticias. Cambio de canal a ver si encuentro consuelo en alguna parte, pero es imposible:


Nueva amenaza mundial a nivel sanitario. El virus de la oruga saltarina salta fronteras y se instala en occidente. Se multiplican los casos y se habla de un posible colapso de la asistencia sanitaria en los hospitales. ¿Asistimos acaso a un nuevo tipo de guerra biológica?


No hay salida.

(Seis horas antes):

Imposible eludir las noticias.

A pesar de que he tirado los periódicos al contenedor de la basura, he destrozado la radio a martillazos y he lanzado el televisor por la ventana, no puedo evitar que las malas noticias me lleguen. Ahora es mi móvil quien me avisa. Hay un mensaje de texto de mi mujer.
Se confirma el desastre. Es terrible. No hay escapatoria posible:
La hermana de mi mujer, con el plasta de su marido y sus terroríficos niños malcriados vienen a pasar las vacaciones de navidad a mi casa.

Como diría Guillermo Brown: el fin del mundo está cerca pero seguro que no será hoy. Yo nunca tengo suerte.




lunes, 2 de febrero de 2026

Primero se me cayó una oreja

 


Dedicado a Lázaro Covadlo por su formidable relato Nadie desaparece del todo,
que recomiendo y al que debo la inspiración para esta fechoría mía en forma de cuento.

A la gente normal se le cae generalmente el pelo o los dientes. A las señoras de cierta edad se les caen las tetas. Hay personas que pierden peso, las ilusiones o la virginidad.

Yo desde muy joven fui especialista en perder partes de mi cuerpo.

Primero se me cayó una oreja. Era la hora del desayuno. Mi madre me había servido el café y unas tostadas. Era una madre-gallina de esas que siempre están pendientes de que a sus polluelos no les falte de nada. Fue al ir a untar la tostada con mantequilla cuando ocurrió. Todos pensaron que lo que cayó al suelo de la cocina era el pan untado y que, por la inevitable ley de Murphy, caería con la parte pringada hacia abajo. Como los de mi familia eran muy despistados —o simplemente pasaban de mí—, nadie se dio cuenta de lo que había ocurrido realmente. Hice como que no le daba importancia, con el pie la aproximé un poco, me agaché y me la guardé discretamente en el bolsillo trasero del pantalón. Acabé el desayuno y me fui a mi cuarto. Allí, frente al espejo, comprobé que en efecto me faltaba uno de mis pabellones auditivos, concretamente el derecho. Intenté recolocármelo de nuevo, incluso usando pegamento del fuerte, pero fue inútil.

Bueno, qué le vamos a hacer —me resigné, guardando la oreja en una caja del altillo del armario—. Para las tonterías que hay que oír.

Después vino lo del ojo. Una noche tras acabar la cena, viendo la tele con mis padres y mis hermanas, pegué un estornudo y uno de los globos oculares salió disparado de su cuenca, dio un rebote encima de la mesa y rodó por la tarima del suelo del salón, como una canica de esas de cristal: toc toc toc toc... Tampoco nadie se percató del asunto. Yo me agaché, cogí el bolindre aquel, le quité una pelusa, le eché un poco de mi aliento, lo froté con un clínex para desempañarlo, como se hace con las gafas, y me lo guardé en el bolsillo delantero de la camisa como el que se guarda una moneda. Cuando me fui a mi cuarto tras desear a todos las buenas noches, me di cuenta del desaguisado. La caja del altillo fue su destino.

Bueno, gafas de sol y listo —me dije— . Creo que con uno solo me apañaré, como los cíclopes.

Unos días más tarde, en la clase de literatura , mientras el profesor hablaba de Cervantes y de la Batalla de Lepanto y mi mano derecha tomaba apuntes a toda velocidad, a esta le dio por independizarse del brazo y sin soltar el bolígrafo salió disparada hacia delante como un proyectil, con la punta del bic naranja abriéndose paso en el aire cual misil intercontinental, con tanta puntería que cayó en la papelera que estaba junto al encerado, donde el profesor impartía docencia. Como no quise interrumpir la sesión por esta nadería, no fuera que alguien me tildara de oportunista, esperé a que terminara y, una vez hubieron desalojado todos el aula, fui a recuperarla. Allí estaba sujetando el boli y en buena compañía rodeada de papeles llenos de garabatos, pañuelos usados y chuletas de otros compañeros. Me guardé la mano en la mochila—y el boli también, que estaba nuevo— para darle acomodo una vez llegara a casa:

Tomar apuntes está sobrevalorado. Ahora con esto del correo electrónico y los archivos de texto te ahorras mucho trabajo.

¿Nunca se os ha dormido un pie? Es una sensación extraña, como una falta de sensibilidad acompañada de hormigueo. Me pasó en el autobús de regreso a casa. Cuando me levanté del asiento para bajar en mi parada, me di cuenta de que el pie dormido no despertó, y tampoco se movió. Mi pierna había comenzado a andar sin él. Lo cogí, lo guardé en la mochila junto a los apuntes de Filosofía y salí de allí a la pata coja.

Según iba cumpliendo años, mi madre se iba poniendo pesada con el tema de la búsqueda de la novia ideal:

Hijo mío, ya va siendo hora de que asientes la cabeza, deja de picar aquí o allá, busca una mujer que sea maja y de buena familia.

Por fin me eché una novia. A mí me gustaba, pero a mi madre no. Decía que era poca cosa, tirando a fea, que su padre era peón de albañil y de pueblo y que no tenían un duro.

El día de la boda mi madre tenía un gran disgusto y no dejaba de repetir que yo estaba equivocado.

Tras pronunciar frente al cura el sí quiero y al ir a poner el anillo en el dedo de mi novia, mi cabeza se desprendió del cuello y salió rodando por el suelo como una absurda bola de billar. Mientras rodaba por el pasillo central iba saludando educadamente a los invitados.

Qué contrariedad —exclamé—. Para una vez que me decidí a asentar la cabeza...

La boda no pudo acabar de celebrarse por ausencia parcial del novio, porque sin cabeza no había beso, quedando la ceremonia incompleta.

Así que cada uno se fue a su casa. Mi novia a llorar desconsoladamente y yo a seguir coleccionando cosas para mi caja del altillo.



lunes, 26 de enero de 2026

Un cotilla venido a menos

 


Ceferino Hernández era un cotilla, un mirón, lo que se dice un auténtico voyeur.

Siempre andaba espiando por la mirilla de la puerta o pegando la oreja al tabique que le separaba de los vecinos.

Las nuevas tecnologías le facilitaron su afición al fisgoneo.

Se aficionó a leer lo que algunos publicaban en prestigiosas publicaciones digitales como La Charca Literaria o La Ignorancia. Disfrutaba con las agudezas, las mentiras y los disparates de sus colaboradores. Decidió abrir un blog y también una página en Facebook para cotillear sobre la vida y los pensamientos de los demás, parapetado tras la pantalla del ordenador, en la oscuridad, con la impunidad que da observar sin ser visto, como cuando se contempla el mundo tras el visillo de la ventana.

Como quería pasar desapercibido, aunque leía con delectación lo que los otros escribían, rara vez daba su opinión. No comentaba nunca nada, ni siquiera utilizaba un tímido “me gusta”.

Prefería leer a ser leído, observar a ser observado.

Un día se dio cuenta de la dificultad de mantener ese juego.

La gente se fue cansando de su mutismo. Le relegaron a un segundo plano.

Dejaron poco a poco de seguirle. Alguno lo eliminó. Los más decidieron marginarle y no permitir que viera sus publicaciones.

Pronto no tuvo Ceferino dónde cotillear.

Un día decidió darse de baja de las redes sociales.

Pero no pudo. O no supo.

En este mundo hay dos cosas especialmente complicadas: darte de baja de la compañía telefónica y del Facebook.

Desesperado, se compró en el Mercadona cuatro cajas de botellas de whisky del malo y, así, abotargado por el alcohol y derrotado sobre el sillón de la sala de estar, se hizo teleadicto de todos los programas basura y de cotilleo barato de la tele.

Al final se murió. No sabemos si lo mató la cirrosis, el aburrimiento o una sobredosis de porquería.