miércoles, 18 de febrero de 2026

Alta alcurnia


Miguel Expósito de Dios prosperó en la vida gracias al negocio de ultramarinos que, como hijo único que era, heredó de sus padres. Aunque no tenía completados los estudios primarios, hacía ostentación ante los demás de poderío económico, estilo refinado y nivel cultural. Entre otras medidas, forró la librería del salón con varios metros de libros encuadernados en piel roja y marrón, colocó en el centro de su jardín una fuente rodeada de los enanos de Blancanieves y mandó poner en la fachada de su chalet de seiscientos metros construidos el blasón familiar.

El escudo se lo mandó hacer de encargo a una de esas empresas que se dedican a la heráldica de pago y que dicen indagar en el origen de los apellidos. Y que todas coinciden en que los solicitantes de sus servicios tienen un origen nobiliario o ilustre, cuando todo el mundo sabe que el noventa por ciento de la población medieval española eran destripaterrones, campesinos sin tierra o siervos analfabetos y muertos de hambre que trabajaban de sol a sol para los señoritos de entonces. Nobles había, pero pocos.

De esta forma, fue citado por la empresa de heráldica para informarle de cómo iban las investigaciones sobre el origen de sus apellidos.

Señor Expósito. El trabajo nuestro está casi a punto. Solo queda que nos dé el visto bueno para ultimarlo. Aquí tiene el boceto de cómo quedaría el escudo: sobre campo de gules, una torre flanqueada a izquierda y derecha por un árbol y un león rampante, símbolos inequívocos de la grandeza de sus apellidos. La torre o castillo viene a ser la versión medieval de su casa, esa espléndida mansión que según usted mismo nos contó se hizo construir en su localidad; el león es el símbolo de la fuerza, de la determinación y del arrojo, como corresponde en justicia a su familia por su carácter emprendedor; y el árbol, una especie de metáfora sobre la semilla de la fortuna que crece y se convierte en árbol frondoso si sabemos ser constantes en lo nuestro.

Así que poco después, para envidia de paseantes y vecinos, la fachada de su mansión lucía el escudo familiar.

Lo que ignoraba Miguel era que, lejos de su pretendido origen medieval, sus apellidos debían su existencia al hecho de que sus abuelos varones, tanto el paterno como el materno, se criaron sin padres en sendos orfanatos.

Un día que estaba aburrido de ver tanto la televisión, se acercó por primera vez a la librería del salón con ánimo lector, escogió un volumen sobre etimologías y decidió echarle un vistazo.

Mientras cogía el libro, se decía para sus adentros que los apellidos familiares eran sonoros y contundentes y con mucho significado. "Expósito" vendría de persona que se expone al peligro, a los retos que plantea la vida. "De Dios" expresaría la solidez de sus ideas cristianas. Él era un hombre de orden, de misa semanal, temeroso de Dios.

¡Joder, mira que suenan bien! Me encantan mis apellidos. Voy a ver qué pone aquí sobre ellos.

Abrió por fin el tomo aquel cuyo título era "Antroponimia y onomástica", se sentó en el sillón de lectura que nunca usaba. Mientras leía, su semblante se ensombreció. Después tiró el libro y decidió no volver a consultar ningún otro en su vida.




sábado, 14 de febrero de 2026

Propuestas de amor


Previamente a la lectura es fundamental oír a Brassens o a Javier Krahe y la canción sobre Marieta (Marinette en la original).

En el fondo es un homenaje a ellos.




La otra tarde quise invitar a cenar a la bella Enriqueta, pero ella prefirió irse al burguer con un idiota más guapo que el que lo cuenta.

Y yo, con mi cena preparada en casa, con velas aromáticas y todo, hice el gilipollas. Había preparado medallones de solomillo al roquefort con un Ribera del Duero estupendo y acabé cenando solo, llorando luego en la bañera y bebiendo el vino a morro directamente de la botella, en calzoncillos y con el gato mirándome con curiosidad.

Pensé que quizás lo mío había sido muy clásico, demasiado convencional, y que a la enamorada siempre hay que sorprenderla, así que al día siguiente me presenté en su puerta con una cachorrita bóxer con un gorrito rosa. Toqué el timbre, la perra se cagó en mi pantalón mientras yo ensayaba un discurso romántico, y Enriqueta me abrió la puerta con cara de lunes por la mañana:

Oh, qué mona— dijo con cara de asco, pero justo me voy a una orgía en Albacete con un grupo de nudistas que conocí ayer en el burguer. ¿Lo dejamos para otro día?— Y me dio literalmente con la puerta en las narices. Y yo con mi perrita me quedé pasmado, como un gilipollas.

Tercer intento: le escribí un poema. Ciento veinte versos en endecasílabos, arte mayor como mandan los cánones, con su rima consonante y todo, con referencias a Garcilaso, a Catulo y a los griegos antiguos. Me aprendí el poema de memoria, con sus pausas y sus gestos. Me presenté en su trabajo, duchado, afeitado y repeinado con brillantina. Y con ella delante empecé mi recitado:

Oh Enriqueta, volcán de mi deseo,
trinchera de ternura, ensaladilla
rusa de mis pasiones, maravilla...

Y justo cuando iba por el verso dieciséis...ella me interrumpió:


Lo siento, Hipólito. No me gustan los clásicos. Lo mío es el reguetón. Precisamente esta tarde voy con mi entrenador del gimnasio a un concierto de Bad Bunny. ¡Eso sí que son letras chulas y no las del Bodeler ese de los cojones!— Yo asentí con dignidad, me di la vuelta y salí de allí, no sin antes tropezar con una papelera, darme una hostia con una esquina y abrirme una ceja. El poema se lo quedó su jefe, que me lo pidió para envolver el bocadillo.

Último recurso: una serenata. Contraté una Tuna y me planté bajo su ventana. Y, pandereta en ristre, comenzamos a dar la turra con asómate al balcón, carita de azucena. Y luego seguimos con otro tema.

Pero Enriqueta se había mudado esa misma mañana. El nuevo inquilino era un rumano de dos metros que, de malos modos, se asomó al balcón y gritó sumamente enfadado:


¿Ce-i cu scandalul ăsta? ¡Algunos dormim, que aquí no es garajul vostru, e un bloc cu genti normali, coño!
¡Como baje, os meto una hostia que vă trimit la București, cabrones!

Y nos arrojó un cubo de agua. Los de la Tuna dejaron de cantar clavelitos de mi corazón y huyeron, y yo acabé yéndome también de allí, triste y cabizbajo, con mi capa de tuno y mi pandereta. Como un gilipollas, madre, como un gilipollas.


lunes, 9 de febrero de 2026

El final de la cuenta atrás

 


Los noticiarios de todo el mundo no dejan de lanzar sus mensajes sensacionalistas llenos de pesimismo. Se ve que hablar de catástrofes resulta rentable en términos de audiencia. Y es que el miedo vende. Repaso las principales noticias de los últimos días que llenan las cabeceras de los informativos de TV y los titulares de prensa.

El calentamiento global.

(Varias semanas antes del desastre):

La mayor parte de la comunidad científica señala que el cambio climático es irreversible. A partir de ahora, los veranos asfixiantes, las lluvias torrenciales, alternándose con grandes períodos de sequía, que convertirán el problema de la escasez de agua en algo generalizado, serán algo habitual, agudizando el problema del hambre a escala mundial y disparando los movimientos migratorios.


El meteorito.
(Veintinueve días antes del desastre):

Científicos de la Nasa confirman que la trayectoria del meteorito 2P2 es la que se temía hace unos meses: se dirige hacia La Tierra a 20 km por segundo. De no fragmentarse en mil pedazos al entrar en nuestra atmósfera, hay un 60 por ciento de probabilidades de que el impacto sobre nuestro planeta tenga lugar.



Llega una nueva época oscura.

(Ocho días antes del desastre):

Nueva modalidad de guerra silenciosa: crece el riesgo de un sabotaje por parte de Rusia y China a los sistemas informáticos y de telecomunicaciones a escala planetaria. Corre peligro el cableado submarino. El mundo dejaría de funcionar tal y como ahora lo concebimos. El caos que se originaria haría retroceder al mundo varios siglos. ¿Se avecina una nueva Edad Media?



La crisis humanitaria.

(Cuatro días antes del desastre):

Se recrudece el movimiento de inmigrantes entre África y Europa. Esta madrugada han naufragado dos pateras frente a las costas de Lampedusa en Italia. Los supervivientes han sido recogidos por los equipos de salvamento. En lo que va año han intentado llegar a nuestro continente por este método unas diez mil personas. Huyen de la guerra y del hambre, pero no todos lo consiguen.



El desastre cada vez más cerca.

(Cuarenta y ocho horas antes):

Últimas noticias sobre la guerra entre Ucrania y Rusia. Parece que las posturas se enconan. La OTAN y China toman partido y perfilan sus estrategias. ¿Habrá guerra generalizada? Se habla ya de una inminente e inevitable Tercera Guerra Mundial.



Crece el extremismo en toda Europa y en los EEUU

(Veinticuatro horas antes):

Las recientes victorias en EEUU y en media Europa de partidos de ideología ultra abre la puerta a la gobernabilidad de una gran parte del mundo a fuerzas de la extrema derecha. En diversos países de la Unión Europea se producen manifestaciones de apoyo por parte de formaciones radicales.  Hay disturbios en los EEUU. Cada vez se habla menos de paz y más de alambradas y rechazo al diferente. Vuelven las botas, las banderas identitarias y las cabezas rapadas. Parece que la historia no nos ha enseñado nada.



Hartazgo.

(Doce horas antes):

Cada día que pasa estoy más harto de las noticias. Cambio de canal a ver si encuentro consuelo en alguna parte, pero es imposible:


Nueva amenaza mundial a nivel sanitario. El virus de la oruga saltarina salta fronteras y se instala en occidente. Se multiplican los casos y se habla de un posible colapso de la asistencia sanitaria en los hospitales. ¿Asistimos acaso a un nuevo tipo de guerra biológica?


No hay salida.

(Seis horas antes):

Imposible eludir las noticias.

A pesar de que he tirado los periódicos al contenedor de la basura, he destrozado la radio a martillazos y he lanzado el televisor por la ventana, no puedo evitar que las malas noticias me lleguen. Ahora es mi móvil quien me avisa. Hay un mensaje de texto de mi mujer.
Se confirma el desastre. Es terrible. No hay escapatoria posible:
La hermana de mi mujer, con el plasta de su marido y sus terroríficos niños malcriados vienen a pasar las vacaciones de navidad a mi casa.

Como diría Guillermo Brown: el fin del mundo está cerca pero seguro que no será hoy. Yo nunca tengo suerte.




lunes, 2 de febrero de 2026

Primero se me cayó una oreja

 


Dedicado a Lázaro Covadlo por su formidable relato Nadie desaparece del todo,
que recomiendo y al que debo la inspiración para esta fechoría mía en forma de cuento.

A la gente normal se le cae generalmente el pelo o los dientes. A las señoras de cierta edad se les caen las tetas. Hay personas que pierden peso, las ilusiones o la virginidad.

Yo desde muy joven fui especialista en perder partes de mi cuerpo.

Primero se me cayó una oreja. Era la hora del desayuno. Mi madre me había servido el café y unas tostadas. Era una madre-gallina de esas que siempre están pendientes de que a sus polluelos no les falte de nada. Fue al ir a untar la tostada con mantequilla cuando ocurrió. Todos pensaron que lo que cayó al suelo de la cocina era el pan untado y que, por la inevitable ley de Murphy, caería con la parte pringada hacia abajo. Como los de mi familia eran muy despistados —o simplemente pasaban de mí—, nadie se dio cuenta de lo que había ocurrido realmente. Hice como que no le daba importancia, con el pie la aproximé un poco, me agaché y me la guardé discretamente en el bolsillo trasero del pantalón. Acabé el desayuno y me fui a mi cuarto. Allí, frente al espejo, comprobé que en efecto me faltaba uno de mis pabellones auditivos, concretamente el derecho. Intenté recolocármelo de nuevo, incluso usando pegamento del fuerte, pero fue inútil.

Bueno, qué le vamos a hacer —me resigné, guardando la oreja en una caja del altillo del armario—. Para las tonterías que hay que oír.

Después vino lo del ojo. Una noche tras acabar la cena, viendo la tele con mis padres y mis hermanas, pegué un estornudo y uno de los globos oculares salió disparado de su cuenca, dio un rebote encima de la mesa y rodó por la tarima del suelo del salón, como una canica de esas de cristal: toc toc toc toc... Tampoco nadie se percató del asunto. Yo me agaché, cogí el bolindre aquel, le quité una pelusa, le eché un poco de mi aliento, lo froté con un clínex para desempañarlo, como se hace con las gafas, y me lo guardé en el bolsillo delantero de la camisa como el que se guarda una moneda. Cuando me fui a mi cuarto tras desear a todos las buenas noches, me di cuenta del desaguisado. La caja del altillo fue su destino.

Bueno, gafas de sol y listo —me dije— . Creo que con uno solo me apañaré, como los cíclopes.

Unos días más tarde, en la clase de literatura , mientras el profesor hablaba de Cervantes y de la Batalla de Lepanto y mi mano derecha tomaba apuntes a toda velocidad, a esta le dio por independizarse del brazo y sin soltar el bolígrafo salió disparada hacia delante como un proyectil, con la punta del bic naranja abriéndose paso en el aire cual misil intercontinental, con tanta puntería que cayó en la papelera que estaba junto al encerado, donde el profesor impartía docencia. Como no quise interrumpir la sesión por esta nadería, no fuera que alguien me tildara de oportunista, esperé a que terminara y, una vez hubieron desalojado todos el aula, fui a recuperarla. Allí estaba sujetando el boli y en buena compañía rodeada de papeles llenos de garabatos, pañuelos usados y chuletas de otros compañeros. Me guardé la mano en la mochila—y el boli también, que estaba nuevo— para darle acomodo una vez llegara a casa:

Tomar apuntes está sobrevalorado. Ahora con esto del correo electrónico y los archivos de texto te ahorras mucho trabajo.

¿Nunca se os ha dormido un pie? Es una sensación extraña, como una falta de sensibilidad acompañada de hormigueo. Me pasó en el autobús de regreso a casa. Cuando me levanté del asiento para bajar en mi parada, me di cuenta de que el pie dormido no despertó, y tampoco se movió. Mi pierna había comenzado a andar sin él. Lo cogí, lo guardé en la mochila junto a los apuntes de Filosofía y salí de allí a la pata coja.

Según iba cumpliendo años, mi madre se iba poniendo pesada con el tema de la búsqueda de la novia ideal:

Hijo mío, ya va siendo hora de que asientes la cabeza, deja de picar aquí o allá, busca una mujer que sea maja y de buena familia.

Por fin me eché una novia. A mí me gustaba, pero a mi madre no. Decía que era poca cosa, tirando a fea, que su padre era peón de albañil y de pueblo y que no tenían un duro.

El día de la boda mi madre tenía un gran disgusto y no dejaba de repetir que yo estaba equivocado.

Tras pronunciar frente al cura el sí quiero y al ir a poner el anillo en el dedo de mi novia, mi cabeza se desprendió del cuello y salió rodando por el suelo como una absurda bola de billar. Mientras rodaba por el pasillo central iba saludando educadamente a los invitados.

Qué contrariedad —exclamé—. Para una vez que me decidí a asentar la cabeza...

La boda no pudo acabar de celebrarse por ausencia parcial del novio, porque sin cabeza no había beso, quedando la ceremonia incompleta.

Así que cada uno se fue a su casa. Mi novia a llorar desconsoladamente y yo a seguir coleccionando cosas para mi caja del altillo.



lunes, 26 de enero de 2026

Un cotilla venido a menos

 


Ceferino Hernández era un cotilla, un mirón, lo que se dice un auténtico voyeur.

Siempre andaba espiando por la mirilla de la puerta o pegando la oreja al tabique que le separaba de los vecinos.

Las nuevas tecnologías le facilitaron su afición al fisgoneo.

Se aficionó a leer lo que algunos publicaban en prestigiosas publicaciones digitales como La Charca Literaria o La Ignorancia. Disfrutaba con las agudezas, las mentiras y los disparates de sus colaboradores. Decidió abrir un blog y también una página en Facebook para cotillear sobre la vida y los pensamientos de los demás, parapetado tras la pantalla del ordenador, en la oscuridad, con la impunidad que da observar sin ser visto, como cuando se contempla el mundo tras el visillo de la ventana.

Como quería pasar desapercibido, aunque leía con delectación lo que los otros escribían, rara vez daba su opinión. No comentaba nunca nada, ni siquiera utilizaba un tímido “me gusta”.

Prefería leer a ser leído, observar a ser observado.

Un día se dio cuenta de la dificultad de mantener ese juego.

La gente se fue cansando de su mutismo. Le relegaron a un segundo plano.

Dejaron poco a poco de seguirle. Alguno lo eliminó. Los más decidieron marginarle y no permitir que viera sus publicaciones.

Pronto no tuvo Ceferino dónde cotillear.

Un día decidió darse de baja de las redes sociales.

Pero no pudo. O no supo.

En este mundo hay dos cosas especialmente complicadas: darte de baja de la compañía telefónica y del Facebook.

Desesperado, se compró en el Mercadona cuatro cajas de botellas de whisky del malo y, así, abotargado por el alcohol y derrotado sobre el sillón de la sala de estar, se hizo teleadicto de todos los programas basura y de cotilleo barato de la tele.

Al final se murió. No sabemos si lo mató la cirrosis, el aburrimiento o una sobredosis de porquería.

miércoles, 21 de enero de 2026

Para qué escribimos

 


Escribimos sobre lo que vemos y oímos, sobre lo que leemos, sobre lo que sentimos, amamos y odiamos, sobre nuestras propias experiencias, sobre las experiencias ajenas. Nos ponemos en la piel de otros para amar, sentir y actuar. Escribimos sobre nuestras neuras y obsesiones…

Escribir es una necesidad, un desahogo, una forma de exteriorizar las fobias, las inquietudes y las preocupaciones.

Escribimos para expulsar y compartir nuestros demonios; pero también lo hacemos para pasarlo bien, como el que va de pesca o es aficionado a los deportes de invierno.

Escribimos porque nos lo pide el cuerpo, porque da gustirrinín, como el sexo, como la procreación: gestamos una idea, nos lanzamos en brazos de las musas cuando ellas quieren, plantamos una semilla que va creciendo y desarrollándose, y al cabo de unos días o de unos meses o de unos años parimos nuestra obra. Y luego da gusto ver nuestras creaciones adornando las estanterías propias y ajenas. 

Sobre todo las propias.

viernes, 16 de enero de 2026

Ruidos 2


El ruido siempre comienza a la hora de dormir, justo cuando las persianas de los ojos han decidido echar el cierre, como cada noche. En ese momento exacto en el que tengo un pie todavía despierto y el otro entrando ya en el reino de Morfeo, es cuando la realidad se diluye y se va mezclando, caprichosamente, en una combinación absurda, con los disparates propios del sueño.


La casa nunca fue ruidosa. Todo hay que decirlo. Si acaso, cuando estaban los chicos, había el trasiego normal propio de cuando en ella habita gente joven. Pero eso fue hace mucho tiempo. Demasiado. Luego me fui quedando solo.

Desde que Marta se fue lo habitual es el silencio, casi siempre absoluto, rotundo, roto de vez en cuando por alguna llamada telefónica de alguno que quiere venderme cosas o por causa del ajetreo propio que viene de la calle durante el día. Y al llegar la noche reina la quietud, si no fuera por esos ruidos inexplicables que, de cuando en cuando, vienen a visitarme a la hora de dormir…

—¡Crack! —Un crujido que se repite varias veces, tal vez algo que se rompe…

—¡Crick! —Más leve, sugiere un movimiento de algo pequeño, pero no por ello menos inquietante.

—¡Sssspp! —Podría tratarse de un cuerpo sinuoso que se desliza… Se me eriza la piel de pensar que podría deberse al movimiento de alguna culebra.

¿Será tal vez un roedor que se esconde? ¿Serán acaso dos ratoncillos que cuchichean entre ellos por lo bajo?
Y si hay un intruso, ¿ dónde se esconde?

Es en ese preciso momento, una vez aparcado el descanso para más tarde, cuando viene la rutina de cada noche: me levanto del lecho, enciendo luces, inicio una búsqueda infructuosa bajo la cama, tras la mesilla de noche o tras las cortinas, echo una ojeada al cuarto de baño…  Nada. Regreso a la piltra. Como un ritual, se producen unos minutos de espera hasta apagar de nuevo la luz. A veces vuelven los ruiditos, cada vez más apagados. Otras no. En todo caso, el incidente acaba con el regreso del silencio, mi respiración que se va haciendo más lenta y acompasada y la inmersión definitiva en el sueño.

Así muchas noches. Siempre a la hora de dormir. 

Necesito creer que deben ser los crujidos de los muebles, o de las plaquetas del suelo que se enfrían y contraen. Eso me digo a mí mismo. Pero, en el fondo, sé que no es esa la razón, que la casa ha sido poseída por algo o alguien que me acompañará ya para siempre. Y viene con banda sonora. Como en las películas de misterio o de terror psicológico. Un okupa que se esconde muy bien, imposible de localizar, pero al que no se le olvida nunca darme las buenas noches.

lunes, 12 de enero de 2026

Ruidos 1

Lo normal eran los crujidos. Aquella vieja mansión de techos altos, destartalada y fría, comprada a destiempo y sin reformar, de vez en cuando se quejaba. Y el lamento solía proceder de los goznes de las puertas, de las cañerías, de las baldosas de la cocina o del baño, de las tablas que formaban la tarima del suelo, de alguna teja movida por el viento…


A veces, en medio de la noche, un golpe seco, como de rotura, partía en dos el silencio que hasta ese momento nos acompañaba. Aquello nos sobrecogía al principio, aunque luego nos íbamos acostumbrando. Es más, yo diría que pasó a formar parte de nuestra existencia, suavizando y dando un toque de color a una relación en la que la rutina y la falta de comunicación se habían erigido como condimentos únicos de un aliño inevitable tras más de cincuenta años de convivencia.

Sí, ya sé que lo suyo hubiera sido invertir treinta o cuarenta mil euros en hacer ciertas reformas, pero la falta de ganas por un lado y las escasas perspectivas de futuro que se tienen cuando se van a cumplir ochenta años no contribuían a emprender acción alguna. Por esa misma razón fue por la que eché con cajas destempladas al mozalbete aquel que se presentó en mi casa empecinado en instalar en el tejado placas fotovoltaicas.

—En diez años puede usted recuperar el dinero invertido.
—A saber dónde estaré yo para entonces.

Y le cerré la puerta en las narices.

Sea como fuere, el caso es que, debido a la edad de la edificación, los achaques propios de una casa casi centenaria habían decidido instalarse y compartir sus quejidos junto a nosotros.

—Parece que crujen las lamas de madera del somier —me decía Elisa una mañana de invierno según nos levantábamos de la cama.
—Son mis huesos, cabrona, que ya vamos también teniendo una edad.


miércoles, 7 de enero de 2026

Impostura

 


Nadie me conoce.

Nadie sabe de qué pasta estoy hecho realmente.

Con toda seguridad soy yo el único responsable de ese desconocimiento ajeno hacia mi persona, pues me he dedicado durante toda mi vida a representar diferentes papeles que no corresponden en realidad con lo que pienso ni con lo que hago. Para mis allegados y conocidos fui siempre el amigo o el pariente perfecto; para mi mujer, el esposo fiel; para mis hijos, el padre atento, generoso y comprensivo; para el cura de mi parroquia, el feligrés devoto; para mis vecinos, un hombre solidario y majete; para el alcalde de mi localidad, el ciudadano ejemplar; para Hacienda, la Guardia Civil y los juzgados de Villaberzas de Abajo, una persona que nunca se metió en problemas, que no tiene antecedentes delictivos y que siempre pagó sus impuestos.

Teatro. Todo ha sido siempre puro teatro.

Los textos que me publican en La Charca Literaria y en La Ignorancia no los he escrito yo. Los elabora en mi nombre un escritor anónimo, un negro, como dicen ahora, al que extorsiono con denunciarle si no lo hace, pues tengo una grabación de él robando botellas de whisky y donetes en el Mercadona.

La verdad es que soy un ludópata y un putero, un bebedor clandestino y un tipo guarro que vacía el cenicero del coche en las aceras. No reciclo nunca nada, copio las ideas de los demás y las propago por las redes como si fueran mías. Con precaución y disimulo, pongo la zancadilla a las señoras mayores, blanqueo todos los ingresos que recibo de extranjis y no los declaro, pego chicles en las cerraduras, rayo los coches de los vecinos, me cuelo en la cola del supermercado, abono la compra con dinero falso y tengo un testaferro en las Islas Caimán que, previa comisión, asume como propia la autoria de mis inversiones y depósitos.

Nadie en realidad me conoce.

Solo yo me conozco.

Llevo representando la comedia de mi vida desde que era niño.

Fingiendo.

Mintiendo a espuertas.

Un duro aprendizaje, una manera de sobrevivir en un mundo hipócrita y despiadado.

De pequeño, cuando hacía una trastada, ponía cara de bueno o le echaba el muerto a alguno más tonto que yo.

Dicen que adaptarse al medio es un síntoma de inteligencia. En mi caso no lo sé. Tengo dos carreras y un máster con buenas calificaciones, pero ya que estoy sincerándome con los lectores he de confesar que copiaba siempre en los exámenes. Ah, y el máster me lo regalaron en una universidad privada cuando entré a formar parte de aquel partido político de derechas. Yo, que siempre he presumido de ser de izquierdas.


sábado, 3 de enero de 2026

La inspiración

  


 ¿Qué es la inspiración? ¿Algo que llueve del cielo? ¿Un regalo de las musas?
Dejar la ventana abierta, los ojos como platos y la boca de par en par, esperando la dádiva celeste que, como Zeus a Dánae, te fecunde la mente de ideas, no sirve de nada.
Sentarte en la mesa de trabajo todos los días varias horas ya es un buen principio. Hay que tener disciplina y ganas. Y tiempo.
Escribir es una necesidad, pero también un hábito.
En mi caso, la culpa la tuvo Kafka, ese inicio contundente de La Metamorfosis. Y también muchos otros: Cervantes, Sábato, Benedetti, García Márquez…
Cuando era más joven jugaba con un amigo a memorizar inicios de obras para ver si el otro era capaz de adivinarla:

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.
Inicio de "El túnel", de Ernesto Sábato.

Un inicio redondo da pie a toda una historia que viene detrás. Tal vez, la historia está ahí aguardando, agazapada como una fiera, como la música dormida en el alma del arpa esperando la “mano de nieve” que toque sus cuerdas o El David de Miguel Ángel dentro del bloque de mármol… Sólo hay que quitar la piedra exacta que sobra, pero la obra ya está allí,  latente, esperando que alguien la saque a la luz.
Por eso, un método que me encanta y practico a menudo es idear un principio de algo que podría convertirse en un texto, sin saber todavía qué voy a contar. Y de ese principio vamos sacando poco a poco una historia que se va haciendo ella sola. A veces me da la sensación de que yo tan solo soy el escribiente, un medio del que se vale una narración para ir haciéndose.  Muchos relatos los he escrito siguiendo esa técnica. Tiene mucho que ver con la escritura automática de los surrealistas.

Por ejemplo, sin saber muy bien por qué, se me ocurrió escribir esto: 

—De todos los sitios en donde estuve, los mejores fueron los que más odié —. Lo soltó serio, lacónico, sin inmutarse, muy seguro de lo que decía, Diego, unos cuarenta años, pelo largo, barba de una semana, ojos negros y profundos... 

O esto otro: 

El barrio aquel al que llegué, ese triste día de invierno, no era precisamente el edén. Charcos e inmundicias poblaban buena parte de las calles. La lluvia no había logrado disolver la basura que se amontonaba en algunas zonas por la desidia de sus habitantes y la dejadez de los encargados de su recogida. 



Luego, como de la madeja va saliendo el hilo, voy tirando y va asomando poco a poco una historia detrás. 
Este método me ha venido muy bien sobre todo si lo combino con una buena dosis de lectura diaria. Recomiendo siempre ir a los grandes, a los que han marcado un hito en la historia de la literatura: Kafka, Sartre, Woolf, Bukowski, Steinbeck, Joyce, Camus, Borges, Cortázar… La lectura de una buena obra siempre deja en el aire ideas, palabras -dichas o no-, sugerencias, lecturas ocultas que pueden dar pie a otras situaciones, a otras historias…