martes, 21 de julio de 2026

En camino

 


Miércoles 12 de abril

9:00

Ante la tesitura de salir a andar o quedarme en casa tan ricamente leyendo, echo mis dados de la suerte aquella mañana y me sale paseo, una buena decisión puesto que el día, radiante y primaveral, promete. Así que me pongo una ropa cómoda y unas zapatillas apropiadas y me dispongo a caminar. Salgo de casa. Enfilo por la calle que me conduce a las afueras del pueblo. Tras rebasar las últimas viviendas me adentro en el campo. Recibo con sumo agrado el olor a mieses recién segadas. Llego a una arboleda. Tras ella se abre un estanque natural de aguas tranquilas. Una oca de plumaje blanco se desliza por ellas majestuosamente.

9:20

Me embarga una sensación de paz que, unida a la caricia de esta mañana soleada, dibuja en mi interior algo muy parecido a la felicidad. Respiro hondo y tomo un sendero serpenteante que me aleja cada vez más de Villazarcillos del Tiétar. El sol se va elevando y por su posición deduzco que camino en dirección norte.

Por el camino me entretengo mucho con el paisaje y sus cosas: una ardilla curiosona, con una bellota en la boca, asomando tras un árbol; el cráneo de una vaca muerta como en los poblados del oeste; el torreón medio derruido de lo que fue un viejo castillo (hasta me pareció ver un enano de cuento observándome desde lo alto); un perro pachón, de aspecto  pacífico, ladrando desde su cercado por exigencias del guión; una pareja de conejos atenta a mis movimientos, con las orejas alerta como radares...

9:30

A unos dos kilómetros del pueblo comienzo a oír el sonido inconfundible del riachuelo que discurre algo más allá, por debajo del puente de madera que me dispongo a atravesar. Las tablas crujen bajo mi peso, como emitiendo una leve queja por haber roto el encanto de la música del agua que se desliza entre las piedras del fondo. De nuevo ante mí, el sendero culebreando entre pequeñas lomas atestadas de chopos.

En mi caminar me topo con otro puente idéntico al anterior, con la misma queja al pasar sobre sus maderas gastadas y otro riachuelo gemelo del primero. Me quedo realmente extrañado. Sigo por el sendero y al cabo de unos minutos me encuentro con una bifurcación. Dos direcciones. Tomo la de la izquierda, un camino angosto invadido parcialmente por la maleza que crece en sus márgenes.

9:50

El sendero desemboca en otro más amplio, tomo la dirección norte, la de la izquierda, orientándome por la posición del sol. Me lleno de extrañeza al comprobar que ese recorrido ya lo había andado antes: árboles, el estanque con la oca elegante incluida, el sendero, el puente, nuevo tramo de camino serpenteante, el otro puente y, de nuevo, la bifurcación de antes. He debido andar en círculo. Tomo ahora el ramal que se abre a la derecha.

10:00

Llevo una hora andando y estoy algo cansado. Sobre todo tengo sed. Debería hacer una pequeña parada y luego proseguir. En un recodo aparece ante mí una edificación de dos plantas con tejado a dos aguas, parece un albergue rústico, una posada para caminantes, un hostal o algo parecido. Sobre la puerta un cartel anuncia una conocida marca de bebida refrescante. Se ve que hay servicio de bar. Entro, me pido un bocadillo de tortilla y una botella de agua. Me siento en un taburete de los de la barra. Me sabe a gloria tanto lo ingerido como el descanso. Pago y decido marcharme.

Salgo, ando un poco y enseguida recobro la velocidad de marcha. Oigo voces. Alguien anda en apuros. Miro a mi alrededor y no veo a nadie. Tan solo veo el brocal de un pozo. Parece abandonado. Y los gritos vienen de esa dirección. Me acerco y me asomo. Hay un hombre allí dentro. Con ayuda de la cuerda le ayudo a salir. Es un hombre mayor. Me cuenta que un tío gamberro lo metió en aquel oscuro lugar. Casi acaba allí sus días. Le propongo ir a denunciarlo.




10:25

Llegamos al cuartel de la Guardia Civil. Dentro hay otros dos guardias. Uno, más joven, sentado frente a un ordenador; el otro, de mayor edad, el sargento, que debe ser el que está al mando y se pasea por las dependencias con cara de circunstancias.
Aquello p
arece una caricatura de un cuartel, desde los uniformes de los guardias y sus enormes tricornios, modelos antiguos más acordes con la época de Isabel II, hasta el uso chocante de las instalaciones, como ese calabozo enrejado, ahora vacío, a la vista del público en medio de todo, que recuerda en mucho las dependencias del sheriff de cualquier película del oeste. Incluso el sargento, con esa enorme barriga y el uniforme en el que aparece embutido, dos tallas más pequeño y a punto de reventar, parece sacado de una película de dibujos animados.

Decimos que queremos poner una denuncia. El más joven pide nuestros datos. El denunciante declara lo que pasó. Luego nos vamos de allí. El vejete, al centro de salud para hacerse una revisión; yo, al camino.

10:45

Dejo atrás el cuartel de la Guardia Civil y me dispongo a continuar unos minutos más mi marcha. Me encuentro con un cartel que lleva pintada una flecha que parece indicar algo: nada menos que un recinto ajardinado, pero de dudoso gusto ornamental. Hay un estanque lleno de ánades y cisnes con una fuente hortera en medio de esas de sirena y chorritos. Parece el jardín del chalet de un nuevo rico. Todo está lleno de figuras pintadas de hiriente colorido. Allí se congregan Blancanieves y sus correspondientes enanos, un dragón, un caballero medieval con su ballesta cargada, unas setas gigantes, etc. Como sacado todo de un cuento de hadas. Entro en él, doy como cincuenta pasos y, al fondo, me topo con otro cartel que pone 

LLEGADA.

Soy el primero en llegar a la meta.

Me hace ilusión. No todos los días gana uno al Juego de La Oca.



martes, 14 de julio de 2026

La subasta

 


Buenas tardes, bienvenidos a la subasta. Vamos a proceder en primer lugar a la puja del lote número 35 —decía la encargada ante el micro, con un tono poco natural, forzado e impostado, algo nasal, seguramente como se le demandaba por parte de sus jefes—. Como habrán podido comprobar se trata de un lote muy interesante, pues hablamos nada y más y nada menos que del kit de la felicidad.

La encargada de la subasta se dirigía a un público numeroso y variopinto, ávido de llevarse para casa alguna pieza única por un precio razonable.

El lote sale con un precio de salida de 7500 estroncios de vellón. Empezamos. Hay ya una puja online por 7700. ¿Alguna oferta más? Se trata, como habrán podido comprobar en la información que figura al pie de cada lote, de algo único y de un valor real incalculable. El caballero del fondo que ocupa la silla 42 ofrece 7750 ¿Alguna oferta más? 7750 a la una, a las dos y a las tres. Adjudicado el lote por puja final o de remate de 7750 estroncios de vellón al señor de la silla 42.

De vuelta a casa, Gustavo Pérez abre la puerta con su llave. Va a dar una gran sorpresa a su mujer.

Parece que llegas algo tarde. ¿Dónde se supone que vas con ese baúl?

Era Matilde quien preguntaba, entre extrañada y mosqueada, cuando su marido entró por la puerta aquella tarde arrastrando lo que parecía un enorme maletón con ruedas.

¿No irás a meter eso en nuestra habitación?

No te preocupes, Mati —respondió Gustavo, su marido—. Solo voy a enseñártelo. Luego lo guardaré en el garaje.

¿Enseñar? ¿Qué es lo que hay que enseñar, Gus?

Pues lo que compré en la subasta.

No me digas que te has gastado el dinero del mes en una subasta. ¿Se puede saber qué es lo que hay en ese contenedor, que parece un ataúd con ruedas?

Ha costado una minucia si lo comparamos con los beneficios que vamos a obtener. 7750 estroncios de nada, en efecto, mi sueldo del mes.

Tú no estás bien de la cabeza. Me vas a explicar ahora cómo vamos a hacer para pagar la luz y el gas y para comer este mes?

No te preocupes mujer, que todo va a ir bien. Sé lo que me hago. Como dice un proverbio hindú, cuanto más adversas sean para ti las circunstancias que te rodeen, mejor se manifestará tu poder interior. Pasa a la habitación y te lo enseñaré.

Y, con aire triunfal, como el que va a descubrir la octava maravilla del mundo ante un público fascinado, Gustavo abrió el maletón aquel y mostró a Matilde su reciente adquisición.

Aquí lo tienes —dijo Gus—. Te presento a… ¡tatacháááán! ¡El kit de la felicidad!

Y lo que ella pudo ver fue una estatuilla horrible del dios Indra, como de un metro de alta, y una serie de sacos, siete en total, cada uno de un color, como de un kilo de peso cada uno, que contenían en su interior, en unos casos, arena y, en otros, piedrecitas de un tamaño regular como de dos, tres o más centímetros de largo cada una. Eso sí, cada saquito llevaba atada una cinta de distinto colorido y una etiqueta para saber su procedencia.

Matilde abrió la boca de asombro. Quedó estupefacta. Los ojos a punto de salirse de sus órbitas. No podía articular palabra alguna. Al final, cuando ya se repuso levemente de la sorpresa, pudo, a duras penas, balbucear:

Pero… pero esto… esto es ¡horrible! ¿Cómo has podido…?

Mira. Son piedras de los distintos ríos sagrados de la India. En total son siete. Como puedes leer en las etiquetas, los ríos son el Ganges, el Kaveri, el Indo, el Narmadá, el Yamuna, el Godavari y el Sarasuati. En los textos vedas de hace milenios ya se hablaba de ello. Solo hay que llevar cada saco a su origen, depositar en el agua de cada río todas las piedrecitas menos una, o toda la arena menos un montoncito, que guardaremos como un talismán. Luego hemos de mojarnos los pies en cada uno de ellos. Haremos un largo viaje a la India para visitar todos los ríos. A la vuelta construiremos en el centro del salón como una especie de altar. En él pondremos la estatuilla de Indra, colocaremos cada piedrecita y cada montoncito de arena que nos sobró alrededor de la estatua como si fuera un ritual. Ya no hay que hacer nada más. Luego solo hay que esperar que la felicidad nos llegue a raudales. Según los expertos en temas de hinduismo, no falla. Creo que la adquisición del lote en la subasta y el viaje que vamos a realizar tú y yo va a ser de lo más fructífero.

No tengo la menor duda de que el viaje va a ser del todo necesario. Lo de fructífero depende de para quién, porque ahora mismo te vas a coger la estatuilla, los sacos de arena y grava, lo vas a meter todo en el maletón ese que has traído y te vas, de viaje o a donde tú quieras, pero fuera de esta casa y lejos de mí. Al menos hasta que te deshagas de lo que has traído y recuperes lo que te has gastado. Luego ya hablaremos. Como dice otro pensamiento hindú, la más larga caminata comienza con un paso. Y yo ya lo di. Cuando vuelva mañana del trabajo no quiero verte por aquí, ni a ti ni a tus sacos.

Y que te vayan dando por… el idem.


miércoles, 8 de julio de 2026

Laura



Al final decidí que fuera una mujer la protagonista de la novela. Me fascinaba el reto de diseñar un personaje femenino. Toda una osadía por mi parte. En el momento en que creé a Laura, una joven treintañera de fuerte personalidad, la suerte estaba echada. No había marcha atrás. Ahora me veía obligado a pensar, ya no como el autor de la trama, sino como la mujer que había creado. Mi libertad como escritor quedaba supeditada a la mentalidad de mi criatura, a su forma peculiar de comprender el mundo y de enfrentarse a él. En un principio no resultó una tarea fácil; pero luego, mientras el personaje se iba perfilando con cada párrafo y crecía en tamaño y en importancia, el relato de los hechos fue saliendo solo, fluyendo con naturalidad, como si alguien me dictara lo que tenía que escribir en cada momento.

Cuando llegaba a casa después de mi jornada laboral en la consultoría, me sentaba frente al ordenador y retomaba el texto. Escribir era el momento de máximo disfrute del día. Y urdir tramas por donde transitaba la joven protagonista se había convertido casi en una necesidad, además de constituir un auténtico placer.

La mimaba demasiado, la protegía de todo mal. En el desarrollo de la narración no quise que mantuviera relación alguna con nadie, en este caso con ningún hombre. Me desazonaba la idea de que sufriera por ello. Y me carcomía aún más por dentro la posibilidad de que alguien pudiera disfrutar de su cuerpo. No quería compartirla y la reservaba tan solo para mí.

La novela me tenía absorbido, atrapado, hasta el punto de robar horas al sueño. Aquella mañana, tras llamar a un compañero y fingir que estaba indispuesto, encendí el ordenador y abrí el texto por donde lo dejé la noche anterior. Laura ya se había levantado. Compartimos un café. Yo, en mi mesa de trabajo; ella, en la cocina, después de tomar una ducha ligera y vestirse para salir a la calle. Su objetivo de la jornada: buscar empleo acorde con su formación de gestión empresarial.

Y así fueron pasando los capítulos, las horas y los días. La novela copaba todo mi tiempo, incluso el necesario para cumplir con mis obligaciones laborales.

El personaje me había salido rotundo y coherente: una joven resuelta, capaz de enfrentarse a los retos cotidianos, segura de sí misma, potente y definida, y menos cobarde que su propio autor.

Estaba fascinado por una mujer que había sacado de la nada. Tenía cierto grado de dependencia hacia ella. Quizás había también algo de enamoramiento, como Pigmalión hacia Galatea; pero sobre todo existía un sentimiento de hermano menor que busca protección. Con Laura me sentía bien. Ya me hubiera gustado que el personaje fuera real, de carne y hueso. Esa idea me llegó a obsesionar, hasta el punto de buscar por la calle a gente con sus rasgos: una joven de unos treinta años, de pelo lacio castaño, ojos negros expresivos y profundos, atractiva, con esa belleza que irradian las personas seguras de sí mismas.

La novela estaba prácticamente terminada: faltaría tan solo añadirle una o dos páginas más, a modo de conclusión o broche final. Luego vendría la fase de corrección. Decidí aparcar un tiempo lo escrito para releerlo pasados unos días. El personaje quedó ahí, como hibernando, guardado en un archivo, en el desván del ordenador.

Hasta que llegó aquel día en el que se destapó la caja de los truenos.

Regresaba yo a casa tras comer algo por ahí con unos amigos y tomarme un par de copas. Iba algo bebido. Nada más llegar llamaron al timbre. El cartero me traía una carta certificada. Firmé el acuse de recibo y, tras cerrar la puerta, rasgué el sobre con un cúter. Era un comunicado de la consultoría en la que trabajaba, donde, con un lenguaje burocrático típico de los abogados, se me informaba de mi despido por causas procedentes y de que pasara a recoger el cheque con la liquidación. Palidecí. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Tras la sorpresa inicial, monté en cólera. Me desahogué pegando un par de voces. Luego vino la resignación y la calma. Por la mañana temprano iría a la oficina y recogería la carta de despido. ¿Debería firmarla? ¿Debería aceptar la liquidación? Estaba confundido. No sabía qué paso dar primero ni cómo darlo.

¿Qué habría hecho ella en esa situación?

Encendí el ordenador. Volví al archivo de la novela y comencé a teclear. Ofuscado por el alcohol, las palabras me venían a los dedos sin ningún control de mi mente. Como si alguien me dictara. No alcanzaba a filtrar lo que iba apareciendo en la pantalla:

Laura llegó a su domicilio. Apenas le dio tiempo a desvestirse cuando sonó el timbre. Alguien traía una carta certificada a su nombre. La cogió y la abrió. Su cara se iluminó y sus ojos se tiñeron de alegría: una empresa le ofrecía la posibilidad de un trabajo. Debería presentarse al día siguiente a primera hora para la entrevista, pues había un puesto vacante acorde con su perfil: la persona que lo ocupó hasta la fecha causaba baja en Henckel & Johnson Consulting.


lunes, 29 de junio de 2026

Amor a los animales

 


Ayer quedé con una efemeróptera.
Puede que alguien piense que hablo de una mujer extranjera o perteneciente al sector sanitario. Nada más lejos en su significado. A nivel genérico, los efemerópteros, conocidos también como efímeros o cachipollas, son un orden de insectos acuáticos. Este orden también incluye a las libélulas y a los caballitos del diablo.
Pues bien, quedé ayer con una efemeróptera en el estanque del Retiro madrileño. Era una tarde radiente típica de finales de primavera. Y lo nuestro fue una cita rápida, una relación fugaz, pues todo el mundo sabe que las hembras adultas viven apenas un día, lo suficiente como para realizar la última muda, aparearse y poner huevos. Pero fue imposible que ella completara su ciclo vital. Ni siquiera pudimos intimar, pues al ser sábado el estanque estaba a rebosar de gente, jóvenes con sus monopatines, abuelos echando migas de pan al agua y nenes dando por saco, y no hubiera quedado bonito hacerlo con tanto público. Así que hubo cita, pero improductiva. Apenas nos dio tiempo para dirigirnos una furtiva mirada, entablar una conversación en profundidad, conocernos más... No sé por qué razón abrí mi mano derecha, pero ella aprovechó la maniobra para acercarse volando y posarse con delicadeza. No le dio tiempo a más. Se me murió enseguida de un patatús y yo me quedé un rato como un gilipollas con la palma de mi mano hacia arriba sin saber qué hacer con el bicho muerto. Un señor se acercó y me dejó una moneda de cincuenta céntimos. Le di las gracias. Pensé que esa era su peculiar forma de darme el pésame. Luego reaccioné. Soplé para que el aire se llevara al insecto, cerré la mano, me guardé la moneda en el bolsillo y me fui de allí, resuelto a coger el tren de cercanías en Atocha.

Recuerdo que en la estación antigua hubo hasta hace poco una especie de invernadero donde instalaron un estanque tropical en el que se congregaban cientos -tal vez miles- de tortugas. Daba gusto verlas, con esos movimientos tan graciosos como torpes, amontonándose unas encima de otras. Algunas veces me quedaba embobado mucho tiempo mirándolas, incluso se me caía la baba. Me hubiera mezclado con ellas gustosamente. Lástima que se las llevaran. Echo de menos aquellos tiempos. También echo de menos a las tortugas. Dicen que algunas viven más de cien años.