viernes, 16 de enero de 2026

Ruidos 2


El ruido siempre comienza a la hora de dormir, justo cuando las persianas de los ojos han decidido echar el cierre, como cada noche. En ese momento exacto en el que tengo un pie todavía despierto y el otro entrando ya en el reino de Morfeo, es cuando la realidad se diluye y se va mezclando, caprichosamente, en una combinación absurda, con los disparates propios del sueño.


La casa nunca fue ruidosa. Todo hay que decirlo. Si acaso, cuando estaban los chicos, había el trasiego normal propio de cuando en ella habita gente joven. Pero eso fue hace mucho tiempo. Demasiado. Luego me fui quedando solo.

Desde que Marta se fue lo habitual es el silencio, casi siempre absoluto, rotundo, roto de vez en cuando por alguna llamada telefónica de alguno que quiere venderme cosas o por causa del ajetreo propio que viene de la calle durante el día. Y al llegar la noche reina la quietud, si no fuera por esos ruidos inexplicables que, de cuando en cuando, vienen a visitarme a la hora de dormir…

—¡Crack! —Un crujido que se repite varias veces, tal vez algo que se rompe…

—¡Crick! —Más leve, sugiere un movimiento de algo pequeño, pero no por ello menos inquietante.

—¡Sssspp! —Podría tratarse de un cuerpo sinuoso que se desliza… Se me eriza la piel de pensar que podría deberse al movimiento de alguna culebra.

¿Será tal vez un roedor que se esconde? ¿Serán acaso dos ratoncillos que cuchichean entre ellos por lo bajo?
Y si hay un intruso, ¿ dónde se esconde?

Es en ese preciso momento, una vez aparcado el descanso para más tarde, cuando viene la rutina de cada noche: me levanto del lecho, enciendo luces, inicio una búsqueda infructuosa bajo la cama, tras la mesilla de noche o tras las cortinas, echo una ojeada al cuarto de baño…  Nada. Regreso a la piltra. Como un ritual, se producen unos minutos de espera hasta apagar de nuevo la luz. A veces vuelven los ruiditos, cada vez más apagados. Otras no. En todo caso, el incidente acaba con el regreso del silencio, mi respiración que se va haciendo más lenta y acompasada y la inmersión definitiva en el sueño.

Así muchas noches. Siempre a la hora de dormir. 

Necesito creer que deben ser los crujidos de los muebles, o de las plaquetas del suelo que se enfrían y contraen. Eso me digo a mí mismo. Pero, en el fondo, sé que no es esa la razón, que la casa ha sido poseída por algo o alguien que me acompañará ya para siempre. Y viene con banda sonora. Como en las películas de misterio o de terror psicológico. Un okupa que se esconde muy bien, imposible de localizar, pero al que no se le olvida nunca darme las buenas noches.

lunes, 12 de enero de 2026

Ruidos 1

Lo normal eran los crujidos. Aquella vieja mansión de techos altos, destartalada y fría, comprada a destiempo y sin reformar, de vez en cuando se quejaba. Y el lamento solía proceder de los goznes de las puertas, de las cañerías, de las baldosas de la cocina o del baño, de las tablas que formaban la tarima del suelo, de alguna teja movida por el viento…


A veces, en medio de la noche, un golpe seco, como de rotura, partía en dos el silencio que hasta ese momento nos acompañaba. Aquello nos sobrecogía al principio, aunque luego nos íbamos acostumbrando. Es más, yo diría que pasó a formar parte de nuestra existencia, suavizando y dando un toque de color a una relación en la que la rutina y la falta de comunicación se habían erigido como condimentos únicos de un aliño inevitable tras más de cincuenta años de convivencia.

Sí, ya sé que lo suyo hubiera sido invertir treinta o cuarenta mil euros en hacer ciertas reformas, pero la falta de ganas por un lado y las escasas perspectivas de futuro que se tienen cuando se van a cumplir ochenta años no contribuían a emprender acción alguna. Por esa misma razón fue por la que eché con cajas destempladas al mozalbete aquel que se presentó en mi casa empecinado en instalar en el tejado placas fotovoltaicas.

—En diez años puede usted recuperar el dinero invertido.
—A saber dónde estaré yo para entonces.

Y le cerré la puerta en las narices.

Sea como fuere, el caso es que, debido a la edad de la edificación, los achaques propios de una casa casi centenaria habían decidido instalarse y compartir sus quejidos junto a nosotros.

—Parece que crujen las lamas de madera del somier —me decía Elisa una mañana de invierno según nos levantábamos de la cama.
—Son mis huesos, cabrona, que ya vamos también teniendo una edad.


miércoles, 7 de enero de 2026

Impostura

 


Nadie me conoce.

Nadie sabe de qué pasta estoy hecho realmente.

Con toda seguridad soy yo el único responsable de ese desconocimiento ajeno hacia mi persona, pues me he dedicado durante toda mi vida a representar diferentes papeles que no corresponden en realidad con lo que pienso ni con lo que hago. Para mis allegados y conocidos fui siempre el amigo o el pariente perfecto; para mi mujer, el esposo fiel; para mis hijos, el padre atento, generoso y comprensivo; para el cura de mi parroquia, el feligrés devoto; para mis vecinos, un hombre solidario y majete; para el alcalde de mi localidad, el ciudadano ejemplar; para Hacienda, la Guardia Civil y los juzgados de Villaberzas de Abajo, una persona que nunca se metió en problemas, que no tiene antecedentes delictivos y que siempre pagó sus impuestos.

Teatro. Todo ha sido siempre puro teatro.

Los textos que me publican en La Charca Literaria y en La Ignorancia no los he escrito yo. Los elabora en mi nombre un escritor anónimo, un negro, como dicen ahora, al que extorsiono con denunciarle si no lo hace, pues tengo una grabación de él robando botellas de whisky y donetes en el Mercadona.

La verdad es que soy un ludópata y un putero, un bebedor clandestino y un tipo guarro que vacía el cenicero del coche en las aceras. No reciclo nunca nada, copio las ideas de los demás y las propago por las redes como si fueran mías. Con precaución y disimulo, pongo la zancadilla a las señoras mayores, blanqueo todos los ingresos que recibo de extranjis y no los declaro, pego chicles en las cerraduras, rayo los coches de los vecinos, me cuelo en la cola del supermercado, abono la compra con dinero falso y tengo un testaferro en las Islas Caimán que, previa comisión, asume como propia la autoria de mis inversiones y depósitos.

Nadie en realidad me conoce.

Solo yo me conozco.

Llevo representando la comedia de mi vida desde que era niño.

Fingiendo.

Mintiendo a espuertas.

Un duro aprendizaje, una manera de sobrevivir en un mundo hipócrita y despiadado.

De pequeño, cuando hacía una trastada, ponía cara de bueno o le echaba el muerto a alguno más tonto que yo.

Dicen que adaptarse al medio es un síntoma de inteligencia. En mi caso no lo sé. Tengo dos carreras y un máster con buenas calificaciones, pero ya que estoy sincerándome con los lectores he de confesar que copiaba siempre en los exámenes. Ah, y el máster me lo regalaron en una universidad privada cuando entré a formar parte de aquel partido político de derechas. Yo, que siempre he presumido de ser de izquierdas.


sábado, 3 de enero de 2026

La inspiración

  


 ¿Qué es la inspiración? ¿Algo que llueve del cielo? ¿Un regalo de las musas?
Dejar la ventana abierta, los ojos como platos y la boca de par en par, esperando la dádiva celeste que, como Zeus a Dánae, te fecunde la mente de ideas, no sirve de nada.
Sentarte en la mesa de trabajo todos los días varias horas ya es un buen principio. Hay que tener disciplina y ganas. Y tiempo.
Escribir es una necesidad, pero también un hábito.
En mi caso, la culpa la tuvo Kafka, ese inicio contundente de La Metamorfosis. Y también muchos otros: Cervantes, Sábato, Benedetti, García Márquez…
Cuando era más joven jugaba con un amigo a memorizar inicios de obras para ver si el otro era capaz de adivinarla:

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.
Inicio de "El túnel", de Ernesto Sábato.

Un inicio redondo da pie a toda una historia que viene detrás. Tal vez, la historia está ahí aguardando, agazapada como una fiera, como la música dormida en el alma del arpa esperando la “mano de nieve” que toque sus cuerdas o El David de Miguel Ángel dentro del bloque de mármol… Sólo hay que quitar la piedra exacta que sobra, pero la obra ya está allí,  latente, esperando que alguien la saque a la luz.
Por eso, un método que me encanta y practico a menudo es idear un principio de algo que podría convertirse en un texto, sin saber todavía qué voy a contar. Y de ese principio vamos sacando poco a poco una historia que se va haciendo ella sola. A veces me da la sensación de que yo tan solo soy el escribiente, un medio del que se vale una narración para ir haciéndose.  Muchos relatos los he escrito siguiendo esa técnica. Tiene mucho que ver con la escritura automática de los surrealistas.

Por ejemplo, sin saber muy bien por qué, se me ocurrió escribir esto: 

—De todos los sitios en donde estuve, los mejores fueron los que más odié —. Lo soltó serio, lacónico, sin inmutarse, muy seguro de lo que decía, Diego, unos cuarenta años, pelo largo, barba de una semana, ojos negros y profundos... 

O esto otro: 

El barrio aquel al que llegué, ese triste día de invierno, no era precisamente el edén. Charcos e inmundicias poblaban buena parte de las calles. La lluvia no había logrado disolver la basura que se amontonaba en algunas zonas por la desidia de sus habitantes y la dejadez de los encargados de su recogida. 



Luego, como de la madeja va saliendo el hilo, voy tirando y va asomando poco a poco una historia detrás. 
Este método me ha venido muy bien sobre todo si lo combino con una buena dosis de lectura diaria. Recomiendo siempre ir a los grandes, a los que han marcado un hito en la historia de la literatura: Kafka, Sartre, Woolf, Bukowski, Steinbeck, Joyce, Camus, Borges, Cortázar… La lectura de una buena obra siempre deja en el aire ideas, palabras -dichas o no-, sugerencias, lecturas ocultas que pueden dar pie a otras situaciones, a otras historias…