lunes, 21 de noviembre de 2016

El chivo de Azazel (y 2)



Aquella noche fue terrible y dantesca. La peor de las pesadillas inimaginables para muchos ciudadanos inocentes.

Camisas pardas de las Secciones de Asalto, las SA, entraban violentamente en los hogares, arrancaban cortinas, rajaban tapicerías, destrozaban los muebles,  tiraban la vajilla por los suelos. A una anciana que estaba enferma desde hacía semanas la hicieron levantarse de su cama para destrozársela. Muchos de los asaltantes eran adolescentes. ¿Dónde habían aprendido esa violencia, esos gestos airados, ese odio que se reflejaba en sus miradas decididas, serias y torvas? Era imposible que la vida les hubiera maltratado tanto y que  les hubiera enseñado a odiar ya tan jóvenes. No era posible que acumularan tanta inquina despiadada, tanto resentimiento contra gente que no les había hecho nada, salvo que les hubieran inculcado toda esa ira en la peor escuela posible, la de la xenofobia fascista y en su propia casa.

“A ti alzo mi voz, Yahvé…
Oye la voz de mi súplica
cuando te pido socorro
cuando levanto mis manos
hacia tu santo templo…”

Se calcula que más de siete mil establecimientos fueron destruidos, unas cuatrocientas sinagogas incendiadas. Dos centenares de judíos fueron asesinados y unos veinte mil fueron enviados a campos de concentración. Las únicas personas no judías que fueron castigadas por las atrocidades que se cometieron aquella noche fueron delincuentes que habían violado a mujeres judías, no por ese delito precisamente sino por haber contravenido las leyes de pureza racial sobre las relaciones sexuales entre arios y judíos.

Tras este suceso, el número de judíos que deseaba salir de Alemania aumentó drásticamente. Se calcula que, aproximadamente, la mitad de la población semita abandonó Alemania entre 1933 y 1939. ¿Por qué no huyeron muchos más?
Salir del país no era tarea fácil.

Una norma sobre transferencias de capitales entre países evitaba que los judíos pudieran llevarse gran parte de su dinero fuera. El impuesto sobre la emigración, despojando a los judíos de la riqueza que necesitaban para el pasaje a otros países, actuaba de factor disuasorio. Muchas naciones se negaban a acoger a inmigrantes sin dinero porque ello suponía una carga para el Estado de acogida.

Así que muchos quedaron atrapados en una Alemania hostil que cada vez se asemejaba más a una ratonera.



         Algunos se quedaron por propia voluntad, asustados pero indecisos ante la perspectiva de emprender una nueva aventura lejos del hogar, esperaban que amainara la tormenta. Pensaban que esa situación no se iba a instalar como definitiva, que los nazis no iban a estar allí siempre. Cómo iban a abandonar todo lo que tenían, trabajo, casa, propiedades, dinero, amigos…

            El caso es que hasta 1941 se fomentó la emigración por parte de las autoridades alemanas. A partir de esa fecha se consideró un acto ilegal. Hasta ese momento habían abandonando el país aproximadamente 280.000 judíos, algunos con la mala fortuna de que lo hicieron a países que luego fueron invadidos por las tropas germanas, como Polonia o Países Bajos.

Y esto fue el inicio del exterminio masivo de judíos, del holocausto, una palabra de origen griego que significa "sacrificio por el fuego", nunca mejor dicho puesto que una abrumadora mayoría terminó en los hornos crematorios de los campos de exterminio.

De la aniquilación sistemática tampoco se libraron otros colectivos, también considerados inferiores racialmente, como los romaníes (gitanos), los testigos de Jehová, los homosexuales, los discapacitados. Tampoco se libraron los disidentes políticos, los socialistas, los comunistas y algunos de los pueblos eslavos, como polacos o rusos, que llegaron a caer en sus manos una vez que se inició la guerra mundial.



Nosotros tuvimos una gran suerte porque logramos escapar muy pronto, a Palestina, el “mandato”  británico,  antes de que el conflicto llegara a más. Tuvimos que dejar casi todo en Berlín, merced al Acuerdo Haavara entre bancos sionistas y las autoridades nazis.

Y eludir así un final terrible del que no pudieron librarse muchos de nuestros compatriotas.

Y pudimos empezar una nueva vida lejos de nuestra casa.

Espero fervientemente que mis hijos, mis nietos y los hijos de mis nietos no olviden nunca esta lección que la historia  nos brinda y que jamás ningún otro pueblo, de la raza o el credo que sea,  se vea obligado a una humillación semejante.


Eisech Sandler, en Jaffa, tierra de Israel, verano de 1946.

lunes, 14 de noviembre de 2016

El chivo de Azazel



Aquello se había convertido en una ratonera. 
La vida era difícil, pero escapar de ella lo era todavía más. 
¿Cómo se había llegado hasta esa situación insoportable? ¿Qué habíamos hecho nosotros para merecer ese castigo? 
La respuesta era muy sencilla: se hacía necesario buscar un colectivo que contara con pocas simpatías y que cargara con las culpas de todo lo malo que estaba pasando en Alemania: la crisis económica, la afrenta de Versalles tras la guerra anterior, la ruina de muchos alemanes, el desempleo, la prostitución, la pornografía, el comunismo, el capitalismo, el arte moderno… Éramos el chivo de Azazel, el sacrificio necesario para aplacar la ira del demonio, encarnado terrenalmente por lo peor de un pueblo humillado, irritado y deseoso de venganza. 
El método empleado: la bola de nieve que rueda por la ladera y se va haciendo cada vez más grande hasta convertirse en un alud poderoso capaz de sepultarnos para siempre. De eso sabía mucho el ministro de propaganda del Reich, el doctor Goebbels… Un experto en el arte de la manipulación colectiva. 
El proceso que se siguió fue el siguiente: 
El primer paso fue el boicot a nuestros trabajos, actividades y negocios con el fin de arrinconarnos, arruinarnos, segregarnos y expulsarnos desde el punto de vista económico, social y espacial. 



En 1934, todos los establecimientos judíos fueron marcados con la estrella de David amarilla o señalados con la palabra "Jude" bien visible en los escaparates. En las puertas de acceso, matones de las SA, con su atuendo paramilitar, exhibían una actitud chulesca para disuadir a posibles compradores. Muchos alemanes optaron por no entrar en esos establecimientos, bien por no complicarse la vida, bien porque estaban de acuerdo con el boicot. Y eso suponía la ruina para muchos propietarios. En los transportes públicos y en los bancos de los parques, los judíos debíamos sentarnos en los asientos marcados para nosotros. Si alguien no lo hacía era increpado por cualquier usuario. En algunas tiendas y farmacias se nos negaba la compra de alimentos y medicinas. A nuestros médicos, docentes y abogados se les hizo el boicot, alentando a los alemanes a no usar sus servicios. En consecuencia, muchos maestros y otros empleados públicos fueron despedidos. En las escuelas, a los niños se les inculcaban ideas antisemitas, delante de los niños judíos que reiteradamente eran ridiculizados sin miramiento alguno por sus propios profesores. En los patios de recreo, el acoso de los niños judíos por parte de sus compañeros quedaba en la más absoluta impunidad. Maneras de conseguir que estos abandonaran la escuela y después acusarles de indolentes y perezosos. 
En 1935 se promulgan las Leyes de Nuremberg de pureza racial, por las que los judíos dejábamos de ser considerados ciudadanos alemanes y se prohibió el matrimonio entre judíos y no judíos… 

 “Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes del 15 de septiembre de 1935 
 Artículo 1° Quedan prohibidos los matrimonios entre judíos y ciudadanos de sangre alemana. Artículo 2° Queda prohibido el comercio carnal extramatrimonial entre judíos y ciudadanos de sangre alemana o afín. 
 Artículo 3° Los judíos no podrán emplear en su hogar a ciudadanas de sangre alemana o afín menores a los 45 años.” 

 Así, poco a poco, nos fuimos convirtiendo en los “subhumanos”, los seres inferiores, los “untermensch”. 
El siguiente paso era expulsarnos definitivamente, echarnos de Alemania. 
La noche de los cristales rotos, del 9 al 10 de noviembre de 1938, con el asalto a los domicilios, sinagogas y propiedades de los judíos, fue un gran salto cualitativo, una maniobra perfecta para deshacerse de nosotros. 



¿Qué hicimos mal, ¡oh, Jahvé!, para merecer ese castigo? ¿Acaso era una prueba más a la que nos sometiste para comprobar la solidez de nuestra fidelidad hacia ti? 

Contaba mi sobrina Edith que aquella noche se oían gritos en la calle. Asustada se asomó por la ventana de su habitación y vio una turbamulta de gente enloquecida que corría en grupos de un lado para otro. Sacaron de un establecimiento a un hombre ya mayor y la emprendieron a golpes con él, derribándolo al suelo y pateándolo, mientras le chillaban, le escupían y le increpaban. 
Luego, con el corazón en un puño latiendo sobresaltado, vio desde esa misma ventana cómo ardía la sinagoga que estaba en frente de su casa, mientras algunos viandantes aplaudían. 
Ella tan sólo tenía diez años y aquellas imágenes se le quedaron grabadas en la mente para toda la vida. Seguía contando que posteriormente un grupo de gente vociferante y violenta entró en la casa vaciando los armarios y la despensa, tirándolo todo por el suelo. Y pisoteándolo. También tiraron libros y cuadros a la calle por el balcón. Y que luego se llevaron a su padre, a mi hermano… 
No lo volvimos a ver. A mi sobrina finalmente la pude sacar del país. 
Después que pasó todo, ella misma contaba que tuvo durante mucho tiempo miedo a quedarse sola y que por la noche tenía pesadillas, gente gritando aporreando la puerta, fuego y humo por todos lados…

Continúa...

Fragmento de un capítulo de EN LA FRONTERA
Un libro en formato pdf de descarga gratuita. 



lunes, 7 de noviembre de 2016

Katia (y 2)



Al principio pensaste que te morías, que no ibas a ser capaz de aguantarlo. Luego te tragaste las lágrimas y haciendo de tripas corazón intentaste sobreponerte y no caer en la desesperación. Debías mantener la cabeza fría y pensar en una manera de salir de allí. Te lo propusiste como un objetivo para no perder la calma. Sólo de esa manera era posible conservar la cordura en aquella situación tan injusta y demencial. Te habían secuestrado y tu meta a partir de ahora era buscar una salida a ese problema.
Pero el tiempo pasaba y no atisbabas ningún  resquicio para acabar con todo aquello. Estabas asqueada de todo, de la vida, de tu mala suerte, de los clientes babosos, esa turba de borrachos malolientes y sudorosos que se decidían al final a ir donde se les ofreciera carne fresca y joven, parapetados en la osadía que proporciona el dinero y el ir atiborrados de alcohol hasta las cejas, con esas solicitudes de servicios sexuales especiales que hacían que se te revolviera el estómago sólo de pensar en lo que te tocaba hacer. Y, ay de ti, si el cliente se quejaba del servicio. Había que aguantar la falta de aseo, la mala educación, los insultos, las humillaciones… Si el cliente no quedaba conforme  te imponían una multa, con lo que tu deuda se iba incrementando, haciendo cada vez más difícil que pudieras amortizarla. Luego estaba la droga. Ellos intentaban por todos los medios que os engancharais a la cocaína para que vuestra dependencia hacia esos matones fuera cada vez mayor y teneros así más controladas, manejables y obedientes.
Cuando ya estabas al borde de la desesperación y no atisbabas por ningún lado la salida de ese oscuro túnel, se obró el milagro: la denuncia de un cliente y el inicio de la investigación policial.
Casi no podías creer que la pesadilla estuviera llegando a su término.
Todo fue muy rápido. Entraron a saco en el local y les pillaron con un montón de dinero y con droga. Los empapelaron a base de bien.

Libre al fin tras la detención de toda la cúpula que operaba en España, y por haberte atrevido en el juicio a declarar en contra de los que te explotaron, no terminas de creer que vuelves a ser una persona libre tras obtener la residencia temporal por circunstancias excepcionales, gracias a tu colaboración para desmantelar esa red mafiosa, aunque lo más seguro es que acabes por regresar a tu país por lo menos para ver a los tuyos y contarles tu odisea. Y luego, a  seguir buscando de nuevo una salida digna que te aleje de la miseria, procurar mejorar tu suerte, aunque sea lejos de casa, en otras fronteras.


Fragmento de un capítulo de "En la frontera". Un pdf de descarga gratuita.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Katia




El último regalo que te dejó Alexei no fueron ni flores ni bombones, ni siquiera una frase educada, ni un gesto amable, ni un billete de cien euros,  ni el pasaporte que te había quitado para que no pudieras salir del país; el último regalo fue una paliza que se saldó con algunas magulladuras, el labio partido y un diente roto por haber intentado escaparte para ir con el cuento a la policía.

Habías llegado hasta allí engañada, como tantas otras compatriotas tuyas. Te habían prometido trabajo en España. En la hostelería. Y lo que encontraste fue el infierno. Secuestrada, maltratada, vejada, amenazada, obligada a ejercer la prostitución en aquellos pisos inmundos, en aquellos tugurios sucios y deprimentes, en esos sórdidos bares de carretera de mala muerte, de los que te cambiaban de vez en cuando no fuera que algún cliente encaprichado se enamorara de ti e intentara sacarte de allí. Por eso os sustituían por otras cada cierto tiempo. Y eran implacables con las que intentaban escapar o irse de la lengua con la policía. Lo normal, si no se obedecía, eran las palizas, las quemaduras con el cigarro, los cortes con navaja… Aquella gentuza mafiosa no tenía escrúpulos. Solo les interesaba el dinero. Y tú eras un objeto, una simple mercancía, no una persona.

La situación en tu país era mala. La caída del comunismo agrandó el abismo entre los ciudadanos. La mayoría perdió poder adquisitivo, mientras que una nueva clase de aprovechados dedicados a los negocios vio la ocasión propicia para forrarse. De las cenizas del socialismo soviético renació un ave fénix oportunista que se fue apoderando de los recursos naturales del país…



A partir de 1991 varios millones de rusos perdieron su trabajo y hubo un cambio salvaje en la estructura de la propiedad, privatizándose una multitud de empresas. Fue el inicio de un cambio terrible. La miseria creció de forma alarmante entre tus paisanos. Muchos no tenían ni para comer. Por eso, como muchos compatriotas tuyos, decidiste dar el paso e irte a buscar fortuna a Europa. Te prometieron esto y lo otro. Tú te lo creíste porque necesitabas creer en algo. Y te engañaron.

Una trama mafiosa compuesta por rusos y españoles tenía todo preparado. El falso contrato, el viaje, la casa donde ibas a residir… Al llegar a España cambiabais de propietario. Los mafiosos de aquí compraban a los que os habían secuestrado  la deuda contraída por vosotras y vuestra explotación cambiaba de manos. Los gastos originados por la compra de los billetes y de los visados, incrementados ahora por los derivados del alojamiento y la manutención, pasaban entonces a ser gestionados por otros nuevos amos. A través de la Embajada francesa en Moscú se habían expedido vuestros visados Schengen en 2003. El viaje se hacía primero en autobús hasta Varsovia. Una vez que se entraba en el espacio comunitario, el traslado era en avión hasta la ciudad de destino: Madrid, Barcelona o Málaga. El encargado de gestionarlo todo era un hombre al que no llegaste a conocer, propietario de varias agencias de viajes en tu país.


Continúa...

Fragmento de un capítulo de "En la frontera". Un pdf de descarga gratuita.