
"El hombre es bueno por naturaleza, la sociedad lo corrompe"
A diferencia de Hobbes, para el que el hombre, en su estado natural, "es un lobo para el hombre", el filósofo ginebrino pensaba que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que lo pervierte. En este sentido el hombre no nace sino que se hace.
Hobbes y Rousseau son las dos caras, el anverso y el reverso, de la misma moneda humana. El primero justificaría un poder político fuerte que garantizara la seguridad, para defendernos de esa naturaleza perversa de "lobos" y sería el máximo teórico del absolutismo monárquico de su tiempo. En otras palabras, sería el equivalente hoy del pensador político favorable a las dictaduras, donde se prima más el orden que la libertad.
Rousseau, en cambio, mucho más optimista y filántropo, sería más partidario de la libertad del individuo y de una buena educación que garantizaran la felicidad y la consolidación de una sociedad más justa, igualitaria y participativa. Según él, para una comprensión del mundo se debe emplear la reflexión y la educación es la mejor forma de "fabricar" actitudes positivas para hacer frente a los retos continuos del mundo actual. Rousseau es sin duda alguna el padre de la democracia moderna, además de un pedagogo rompedor con los moldes educativos autoritarios de su tiempo. Rousseau era consciente de la importancia de la educación para formar una ciudadanía ilustrada, libre y preparada para asumir responsabilidades.
En los tiempos de crisis que vivimos, con esa tendencia de muchos políticos al ahorro en cuestiones básicas como la sanidad o la educación, se hace necesario más que nunca distinguir entre gasto e inversión. La atención educativa no puede ser entendida como un gasto sino como una inversión, ya que unos ciudadanos bien preparados aportarán en el futuro un beneficio indudable a toda la sociedad. Herido está de muerte un país que pretenda ahorrar en esa dirección. Y apoyan esta idea gente de ideología tan dispar como Patxi López o Emilio Botín.
