De
lunes a viernes trabajo en una gestoría.
Las jornadas se
reparten entre el ordenador y los papeles, el hastío y el
desencanto, las malas caras y las labores reiterativas. Trabajo no
falta. Siempre hay gente, a título particular o de empresa, que
precisa de nuestros servicios: gestión de nóminas, facturación,
alta y baja de trabajadores, contrataciones, despidos,
contabilidad... A pesar de la diversidad de funciones, los protocolos
se repiten y la rutina se impone y, lo que es más importante, pasan
lentas las horas. Los días discurren monótonos y grises.
Para
colmo de males, esta semana se ha averiado el ascensor y hay que
subir y bajar a pie las nueve plantas.
El
jefe de sección me la tiene jurada y su deporte favorito es putearme
haciéndome bajar a otras plantas con montones de carpetas de
archivos. Y luego vuelta a subir. Y así me paso el día en las
escaleras.
Tras acabar la jornada del viernes, me despido
hasta el lunes y regreso al hogar.
Parece llegar la felicidad,
pero la alegría dura poco.
El fin de semana pasa veloz. Siempre
la misma historia: comprar, meter la ropa sucia en la lavadora,
preparar la comida de la semana, limpiar la casa, poner el
lavaplatos, ayudar a los chicos con sus deberes, ver la tele y comer
con los suegros o con los amigos de siempre. Y entre unas cosas y
otras los días de ¿descanso? se consumen rápidamente.
Lunes
de nuevo. Toca madrugar, coger el coche y regresar a la oficina. Hay
retenciones en la autovía de acceso a la ciudad. El tráfico va
endemoniadamente lento. Parece ser que ha habido un accidente. Se me
hace tarde. Llego por fin. Consigo aparcar de milagro no muy lejos de
la oficina. Saco del maletero del coche una pequeña mochila con
cosas personales y un maletín con mi portátil. Resoplo. Voy
sudando. Llego al portal del edificio donde trabajo.
En la
puerta del ascensor hay un cartel que pone AVERIADO.
Así que vuelta a empezar.
Empezamos el lunes con buen pie: nueve pisos me esperan con sus escalones respectivos. Y mi amado jefe.
La vida te está ayudando a mantenerte jovial y tú dando quejas solapadas, como quien no quiere la cosa... ¡No vas a cambiar nunca y así te va!
ResponderEliminarUn abrazo.
Para piedra la de los cálculos renales.
EliminarAbrazo.
Pero si tendrías que ser el tipo mas feliz del mundo¡...Tienes trabajo, casa, mujer e hijos....y además una linea gratuita de gimmnasio que te mantiene en forma ¡¡¡
ResponderEliminarQuejica...más que quejica ¡¡¡¡
A ver... De la mujer no se dice nada, lo que me escama.
EliminarSeguramente la mujer también tiene su pedrusco: el pedazo de marido que se echó.
EliminarEres guapo, joven y con dinero. ¿ Qué más quieres, Baldomero?
Eliminarjajajajaja¡¡¡¡¡
EliminarLa vida de Sísifo puede ser monótona y repetitiva pero bastante estresada.
ResponderEliminarY que no falte el pedrusco. Cada uno el suyo. Mejor una piedra que un Mihura.
EliminarCuidado: los pedruscos en el riñón o en la vejiga se cobran su precio. También mineral, también salvaje.
EliminarNo te quejes, imagínate subir los nueve pisos empujando la pIedra como Sísifo. Seria mucho peor.
ResponderEliminarEs verdad. Siempre se puede empeorar.
EliminarSalud.
NO ME GUSTA TRABAJAR de LOS REBELDES
ResponderEliminarQué lejos queda eso para los jubiletas como yo.
EliminarSaludos, Joselu.
No sé de qué se queja,no lleva una vida sedentaria,ya le tocará cuando se jubile.Escaleras,caminatas,pero si lo tiene todo gratis,para evitar los problemas de corazón
ResponderEliminarSaludos
De aeróbico va bien servido. En efecto.
EliminarSaludos.
La rutina se hace un poco pesada así que la novedad de subir las escaleras , hace que el día comience de una manera distinta. Un abrazo
ResponderEliminarNo, si al final va a tener que dar las gracias a su jefe.
EliminarUn abrazo.
Nueve pisos son muchos. Yo no podría. Un beso
ResponderEliminarNi yo. Menos mal que estoy jubilado.
EliminarSaludos.
Los del mantenimiento del ascensor son gente cruel.
ResponderEliminarSalud.
O unos zánganos e inútiles.
EliminarSaludos.
Describes muy bien tu trabajo con un fin de semana con demasiada actividad.
ResponderEliminarLos que hemos pasado por una situación similar lo entendemos, en mi caso fueron casi cuarenta años perdiendo dos horas diarias para llegar y volver del trabajo, un trabajo a veces difícil, otras complicado, por suerte no tenía que subir nueve pisos.
Saludos.
Bueno. Es un texto inventado. Aunque hay otros Sísifos y otros Calvarios que son de verdad.
EliminarSaludos.
Mira que a mí me era bastante duro dar clase a adolescentes desmotivados o gamberretes como los que solía tener. Pero, aun así, no había dos días iguales y durante las clases me era imposible pensar en otra cosa. Esto último a veces me venía bien, porque aunque tuviera problemas familiares o económicos o de salud, allí se olvidaban, pasaban a segundo plano, no podía distraerme ni un momento porque se te desmandaba el rebaño. En cuanto a las escaleras del instituto , las subía y bajaba muchas veces cada día, cambios de aula, bar, departamento, guardias de patio. Pero era "más joven" y mi aparato locomotor no estaba menoscabado todavía. [Lo malo es que era luego difícil desconectar, te contaminaba los fines de semana preparando clases, corrigiendo trabajos, todo eso. El domingo por la tarde era muy deprimente. Ahora, desde que me jubilé, no distingo un día de otro, pero el finde tiene la ventaja de que seguro que no tengo ninguna visita médica...].
ResponderEliminarSin embargo, yo creo que no hubiera soportado facilmente treinta y tantos años rutinarios en una oficina como la que describes. Claro que... hay trabajos peores.
Saludos cordiales
Te comprendo perfectamente porque yo también fui docente y tampoco habría aguantado la rutina horrible de una oficina como la del cuento.
EliminarSaludos.
Na vida nada se faz sem trabalho.
ResponderEliminarBoa sorte para o futuro.
Abraço de amizade.
Juvenal Nunes
Es trabajo es un castigo de los dioses. Habrá que asumirlo.
EliminarGracias, Juvenal.
Saludos.
Cayetano:
ResponderEliminarhasta que a Sísifo se le acabe la paciencia...
Salu2.