viernes, 12 de febrero de 2021

Regalos de enamorados



Ya solo te falta la prótesis mental.

Eso le dije a Marisole aquella tarde ante el televisor, mientras veíamos al unísono un nuevo programa del "Sálvame".

La verdad es que, de un tiempo a esta parte, mi novia le había cogido afición a aquello de la estética. Primero fue la dentadura completa, para sustituir las cuatro piezas pochas que le quedaban, y de paso se implantó cuatro incisivos adicionales porque todo el mundo le decía que cantaba muy bien con su vocecita aguda imitando a Fredy Mercuri: "Mamaaaa, just killed a man".

Luego vino el tabique de platino que sustituyó al perforado por su adicción inconfesable a la farlopa.

A continuación, el trasplante de hígado por su cirrosis hepática originada por el abuso de alcohol mezclado con ansiolíticos.

Tras su aparatoso accidente de moto, llegaron los hierros en cadera y fémur derecho y la pierna izquierda postiza.

Como fue perdiendo pelo, se agenció también una peluca que disimulara su alopecia.

Debo reconocer que al principio no hubo más remedio. No había elección. No era solo por estética, sino por necesidad dadas las circunstancias.

Pero luego fue por vicio que cogiera gusto al quirófano.

Primero se puso un par de tetas de la talla noventa y cinco.

A los seis meses llegaron los morros de bótox muy adecuados para cantar "Only you" a lo solista afroamericana.

Más tarde vino la silicona a sus glúteos para aparentar más culo.

No contenta con su transformación paulatina, que corría inversamente proporcional a nuestro saldo en el banco, se empeñó en que yo entrara en el juego aquel. Me pidió que me pusiera el cipote de titanio, recubierto de rugosa piel de serpiente pitón. Y sabe Dios que lo hice por satisfacerla, claro está.

Luego, tras mi caída por las escaleras, como consecuencia de aquella cogorza que pillamos, y dadas mis múltiples fracturas, me convenció para que reemplazara mis ya quebrados huesos por otros flexibles hechos de tuberías de pvc.

Después llegaron las prótesis para aumentar el grosor de mis brazos y hombros que quedaron recauchutados simulando un mayor volumen muscular.

Ella, por su parte, se sometió al cabo de un tiempo a darle la vuelta a su cara como el que se la da a un guante o a un calcetín. Parecía otra. Salvo una oreja que quedó descolocada y los ojos mal alineados, creo que estaba hasta más guapa.

Por mi cumpleaños me tuve que operar de hemorroides. De paso mi novia me regaló un agrandamiento de ojete para realizar con ella fantasías anales y, ya que estábamos, aprovechar para teñírmelo de blanco, que molaba mucho.

Por su santo le regalé algo que le hizo mucha ilusión: quitarse la papada y las bolsas bajo los ojos y con todo ello hacerse un monedero...

Así que para el día de los enamorados tuve el detalle de regalarle el implante definitivo: la prótesis mental. Era una intervención muy sencilla: anestesia local, escoplo y martillo, un par de golpes para levantarle la tapa y reemplazarle parte de su masa gris, a todas luces inservible, por bolas de poliestireno expandido.

El caso era rellenar el hueco.

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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com


lunes, 1 de febrero de 2021

Los Monty Python o el humor como método

 


El humor en un buen método motivador para el aprendizaje y para el entretenimiento. Hace que prestemos interés por lo que se nos cuenta. Y si además es humor inteligente, mucho mejor. Pues el que recibe el mensaje siente que le tratan con respeto y consideración, y ha de participar desentrañando el contenido que queda oculto pero insinuado tras el juego de las bromas y las segundas lecturas. El oyente deja de ser un mero receptor para pasar a ser cómplice del juego que se le propone...
Esa es la diferencia, a mi modo de ver, entre el humor inteligente y el humor simplón y burdo que busca la carcajada fácil y que no permite leer entre líneas. Sobran ejemplos que no tienen cabida aquí.

El humor es universal pero cada país lo elabora de forma peculiar, teniendo en cuenta el tipo de sociedad, sus intereses, su forma de ser — su idiosincrasia, que dicen algunos, su cultura... Y si echamos una mirada hacia las islas británicas vemos cómo destaca el humor de los Monty Python.
 
Este grupo comenzó como formación teatral y estaba integrado por Terry Jones, Graham Chapman, Terry Gilliam, Eric Idle, John Cleese y Michael Palin.
 
En 1969 tuvieron su gran oportunidad para ser conocidos por el gran público. Y lo lograron. Se trataba de un programa televisivo donde entrevistaban a personajes famosos y parodiaban situaciones históricas. El éxito fue absoluto y el grupo cómico empezó de esta manera a ser conocido más allá de sus fronteras.
 
Después de la televisión iniciaron el asalto de la gran pantalla. Y allí comenzó su carrera cinematográfica que los consagraría definitivamente. El largometraje que les dio el espaldarazo fue "Los caballeros de la mesa cuadrada", un film de bajo presupuesto que ellos mismos autofinanciaron, donde se narraban las disparatadas peripecias del rey Arturo y sus caballeros en busca del Santo Grial. 

El largometraje funcionó y posibilitó al grupo la realización de su película más emblemática: "La vida de Brian".

A pesar de ser considerado un film incorrecto desde un punto de vista de la ortodoxia religiosa, constituyó todo un éxito de taquilla y crítica.
 
La última gran película de ellos fue "El sentido de la vida", donde parodiaban y reescribían, a su manera, los episodios importantes que, a su juicio, formaban parte del ciclo de la vida, desde el nacimiento a la muerte. 

Luego vino el declive de la formación. La muerte de Graham Chapman (Brian, Arturo...) supuso un duro golpe. Se disolvieron como grupo aunque algunas veces volvieron a juntarse. 

La romanización como recurso humorístico 

La romanización fue el proceso de expansión y de asimilación de la cultura y de las instituciones romanas por parte de los territorios conquistados. De esta manera, los pueblos sometidos a Roma adoptaron su lengua, su adelantos, su arte... su cultura en definitiva. 

A pesar de ello, siempre hubo alguna resistencia por parte de la población que no quiso someterse. De ahí la escena de "La Vida de Brian", en la que el protagonista realiza una pintada en un muro de la ciudad con la invitación expresa a los romanos para que se larguen; pero en vez de poner "Romani ite domum", que sería lo correcto: "romanos (marchaos) a casa", en el grafiti callejero se puede leer "Romanes eunt domus". 


Al centurión de la patrulla de vigilancia parece que le preocupa más la mala traducción al latín que la intención de independencia de los ciudadanos rebeldes, por eso adopta el papel de profesor severo  y castiga al infractor a copiar cien veces la frase correcta. 

 — ¿Has comprendido? Si no está escrito al amanecer, te corto los cojones. 

Otra escena memorable de la misma película se produce cuando los diferentes grupos de resistencia a la dominación romana: el Frente Popular de Judea, el Frente del Pueblo Judaico, el Frente Popular del Pueblo Judaico y la Unión Popular, se plantean en asamblea responder a la siguiente pregunta: 

¿Qué han hecho los romanos por nosotros? 


Y van descubriendo que los opresores les han dado cosas como las obras de infraestructura: acueductos, alcantarillado, vías públicas..., la seguridad ciudadana, los baños públicos, la educación, la sanidad, el vino o la paz. 

 — ¿La paz? ¡Que te folle un pez!

lunes, 18 de enero de 2021

Relato de un relato

 


Horror vacui

La casa aparece llena de objetos, el despacho atiborrado de carpetas y papeles desordenados, manuales de esto y de lo otro. Piezas varias: estatuillas falsamente africanas, un elefantito de alabastro, una colección de moais, una reproducción del santo prepucio dentro de una cajita de cristal, un candelabro de siete brazos... Prescindibles o no, ahí están: una pareja de leones en piedra, una estatuilla de Buda, fotos de familia, discos de vinilo, un viejo tocadiscos, cómics, las estanterías atiborradas de libros amenazando con un derrumbe inminente, dos enanos de Blancanieves de tamaño real 1,15 metros flanqueando la puerta...

Reconozco que siempre he padecido de horror vacui y que soy incapaz de vivir sin estar rodeado de objetos. Me acompañan siempre, me dan abrigo, protección y calor.

Sin embargo, a pesar de la compañía, en este preciso momento mi mente está vacía. ¡Horror! Trabajo en un relato desde hace un buen puñado de días y no se me ocurre el final.

Y de nuevo, ante mí, en el escritorio, el papel pavorosamente en blanco. Terriblemente inmaculado.

No encuentro el desenlace —pienso angustiado—. No tengo forma de darle un final a esta historia.

Y acto seguido hago un gurruño con el folio que tengo delante y, como viene siendo habitual desde hace varias semanas, lo tiro por delante de la mesa donde trabajo y, como pasa en el noventa por ciento de las veces, la bola de papel, tras describir en el aire una breve trayectoria parabólica, cae irremediablemente fuera de la caja que está preparada en el suelo para tal fin. La caja está casi llena, pero alrededor de ella siempre hay una buena colección de lanzamientos fallidos en forma de papeles arrugados, todos fuera de la diana.

Llevo trabajando en mi nuevo relato algo más de un mes. Y lo que pensaba que era tarea fácil —solo falta concluir todo con una especie de epílogo, el colofón, el broche final—, se estaba convirtiendo en un reto casi imposible que amenaza con mandarlo todo al garete.

Me gusta trabajar a la vieja usanza. Nada de ordenador. Tan solo papeles y bolígrafo. Casi siempre folios a medio usar, comunicados del banco, recibos, propaganda del buzón… impresos solo por un lado que voy amontonando en cualquier parte. Así me siento más cómodo. Me provoca un cierto rechazo el folio cuando está virgen por las dos caras. ¿Horror al vacío? Tal vez una manía sin fundamento o un producto de mi propia inseguridad: cierto temor a defraudar al papel impoluto que se ofrece ante mis ojos.

A no ser que…

De pronto, un destello relampaguea en mi mente. Como una sacudida eléctrica, una idea ocurrente parece abrirse paso entre las tinieblas de mi cerebro y, sacudiendo las telarañas que amenazan con imponerse a mis neuronas, ya de por sí escasas, sale a la luz un pensamiento.

—¡Ya lo tengo! Mira que estaba dormido para no darme cuenta. Es más fácil de lo que pensaba.

Y acto seguido, entusiasmado por la ocurrencia, cojo el recibo de la luz del mes de mayo y en su reverso, blanco como un campo nevado, limpio como una patena, escribo las últimas líneas.

—Ahora sí —me digo, contemplando con satisfacción el resultado—. Esto ya es otra cosa.

Y retomo la historia aquella del urólogo y la esposa infiel que le engañaba con este:

Así comienza el desenlace:

A las dos semanas volví a mi médico para las pruebas urológicas. Me tocaba revisión anual, pura rutina. No sé por qué después de lo ocurrido no cambié de especialista. Quizá porque estaba acostumbrado a él.

Nunca lo hacía, pero aquella vez quiso explorarme:

—Bájese los pantalones, abra las piernas y apóyese aquí. Es cuestión de un momento. Relájese.

Antes de darme la vuelta para someterme al tacto rectal, me pareció vislumbrar un extraño brillo en sus ojos y una leve sonrisa, casi una mueca, mientras se ponía un guante desechable y agitaba en el aire los dedos. Luego me aplicó vaselina...

Cuando concluí el relato lo pasé a ordenador y lo mandé al editor Nicanor para que lo incluyera en La Charca Literaria. Se publicó el dieciséis de junio de 2020: https://lacharcaliteraria.com/todo-mentira/

Luego, Javier Herrero nos propuso a los colaboradores habituales de La Ignorancia escribir algo sobre "el horror vacui". De ahí el sentido de esta historia que también pude acabar felizmente y que ahora tienes entre tus manos. En el fondo: dos cuentos por el precio de uno. O sea, gratis.

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Este relato se incluyó en el número 29 de la revista digital La Ignorancia, dedicada monográficamente al "horror vacui": http://www.laignoranciacrea.com/



lunes, 11 de enero de 2021

El zar Nicolás II era gafe

 


El último zar de todas las Rusias parece que nació con mala estrella, es decir, coloquialmente hablando: estaba "gafado".

Del principio al fin de su mandato.

Y con él se extinguió la dinastía de los Romanov.

Nicolás sucedió a su padre Alejandro III por obligación, sin ningún interés, aptitud ni vocación por los asuntos de Estado.

Él mismo dijo:

No estoy preparado para ser zar, nunca quise serlo. No sé nada del arte de gobernar, ni siquiera sé la forma en que debo hablar a los ministros....

Ya en su ceremonia de coronación sucedió un hecho lamentable.

La ceremonia tuvo lugar en el campo de Khodynka (Moscú). Allí se dio un banquete a los presentes que se contaban por miles. Además de la comida se prepararon regalos para agasajar a los invitados al evento. Al parecer, según se cuenta, empezó a circular el rumor de que no había obsequios para tanta gente, con lo que la multitud empezó a ponerse nerviosa y se produjo una auténtica avalancha hacia las mesas donde estaban los regalos. Como resultado de la estampida, multitud de gente fue pisoteada y hubo muertos y heridos.

No sabemos si por incapacidad o falta de interés, sus decisiones de gobierno estaban influenciadas por la zarina Alexandra y por el impresentable de Rasputín, más conocido por “El monje loco”, quien ejercía un extraordinario dominio sobre la zarina. Mal aconsejado por unos y por otros, el zar dejó que se agudizaran los graves problemas: la miseria del campesinado, las tensiones sociales, el ansia de reformas y de libertades de todo un pueblo, etc.


Rasputín

En política exterior potenció la inestabilidad en los Balcanes y el enfrentamiento con el Imperio Austrohúngaro, por su política paneslavista y de apoyo al nacionalismo serbio, sumamente perturbador a nivel regional.

En 1905 llevó a su país a una guerra contra Japón, la cual perdió. El descontento de las masas por la derrota provocó oleadas de protestas, que fueron reprimidas duramente por el ejército.

Una de ellas fue la que tuvo lugar en febrero en el denominado “domingo sangriento”: una matanza de manifestantes , hambrientos y descontentos, que pedían pan frente al Palacio de Invierno en San Petersburgo.

Involucró en 1914 a su país en la Primera Guerra Mundial, un conflicto para el que no estaba preparado ni técnica ni económicamente hablando. A pesar de sus buenas relaciones con su primo el Kaiser alemán Wilhelm II (Guillermo II), movilizó tropas cuando Austria declaró la guerra a Serbia tras el atentado de Sarajevo, lo que supuso la declaración de guerra de Alemania. Las sucesivas derrotas infligidas por el ejército alemán, provocaron más descontento entre las masas y fue una de las causas de la revolución de 1917.

El final de su reinado tampoco acabó bien. La Revolución Rusa lo arrojó del poder, siendo detenidos él y toda su familia. En la medianoche del 17 de julio de 1918 fueron todos llevados al sótano de la casa donde los tenían recluidos y allí fueron ejecutados a tiros, incluyendo sus sirvientes más cercanos. Algunos fueron rematados con la bayoneta y a culatazos. Aunque no falta quienes opinan que las mujeres se libraron de la matanza y pudieron sobrevivir.