viernes, 9 de octubre de 2026

Revista Almiar


Margen Cero y su revista Almiar han tenido a bien publicar y difundir este relato mío que a muchos de vosotros os sonará.

Os animo a que visitéis el sitio. Allí podéis leer y descargar lo que creáis conveniente.

Os pongo el enlace de lo que aparece hoy en portada.

Revista Almiar, portada del número 148


miércoles, 30 de septiembre de 2026

Cuatro caminos

 

Imagen de uso libre de Pixabay

Había llegado el momento de elegir uno de los cuatro caminos que se cruzaban en aquel páramo reseco y despoblado. Solo uno. Y no debía equivocarse. Era un lujo que no se podía permitir. Le iba la dignidad en ello. Y quién sabe si el propio pellejo.

Todo empezó aquella mañana de octubre en que Cipriano Cedeño se encontró con aquel viejo misterioso de cabellos largos y barba canosa. Estaba sentado en un banco del parque y se entretenía en echar migas de pan a los pájaros. El hombre aquel, con un aspecto a mitad de camino entre un mendigo y un filósofo antiguo, se le quedó mirando fijamente y le dijo:

—¿Te gusta cómo doy de comer a estos animalitos? A mí no. Simplemente lo hago porque creo que debo hacerlo. En la vida has de tomar decisiones, te gusten o no. Y hay que procurar hacerlo con acierto. Tarde o temprano todos tenemos la ocasión de comprobarlo. Hay que usar siempre la inteligencia. Lo mejor no tiene por qué ser necesariamente lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás. Acuérdate de lo que te digo.

Luego el viejo desapareció.

Y Cipriano, que era un poco corto de mollera, se quedó rascándose la cabeza y meditando un poco esas palabras.

Pasados unos días llegó el momento de comprobarlo. Esa mañana había salido a andar al campo, sin ninguna dirección concreta.

Y al cabo de un rato se encontró con aquella encrucijada de caminos. ¿Por dónde tirar?

El que se abría a su izquierda estaba limpio de rocas y era bastante llano, cómodo para andar por él, lleno de árboles a izquierda y derecha que aseguraban buena sombra a los caminantes, fuentes de agua cristalina aparecían aquí y allá para calmar la sed del viajero. Enseguida lo descartó: para conseguir algo en la vida hay que hacerlo con cierto sacrificio. Un camino tan bueno es una tentación pero seguro que no te lleva a buen lugar. Es una trampa. Debía ser sagaz.

El que estaba a sus espaldas lo descartó también: era el camino que le había llevado hasta allí, el camino a su casa, un sendero sin cuestas, algo que ya pertenecía al pasado. No le aportaba nada a una vida marcada ya de por sí por la rutina. Volver ahora sería como claudicar. Ya lo tomaría al regreso, ahora no era el momento.

El de enfrente era tortuoso, enmarañado de zarzas y abrojos, repleto de peñascos; en algunos tramos estaba encharcado, embarrado, parecía más una ciénaga que un camino, lleno de mosquitos, sabandijas y bichejos inmundos típicos de las charcas y de los terrenos pantanosos.

El de la derecha era una carretera con carteles chillones donde se anunciaban clubs de alterne, casas de juegos, bares, restaurantes, casinos y moteles. Una chicas ligeras de ropa hacían autoestop en la cuneta y sonreían de forma encantadora. Una invitación al goce y al pecado. Aquello era claramente un anzuelo para que picaran los amigos de los placeres mundanos.

Enseguida le vinieron a la mente las palabras del viejo aquel de las barbas blancas y mirada firme:

—Lo mejor no tiene por qué ser lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás.

Estaba claro cuál tenía que elegir.

Y el muy gilipollas se puso de fango, arañazos y picaduras de mosquitos hasta las cejas.


miércoles, 23 de septiembre de 2026

Cartas

 


Nunca persona alguna le mandó una carta.
Hoy, esta afirmación no sorprendería a nadie, por la sencilla razón de que nadie escribe cartas. A lo sumo, algún email por correo electrónico, algún mensaje por facebook o algún whatsapp; pero cartas, lo que se dice cartas… estos son otros tiempos donde eso no se estila. Pero Ernesto Ortigueira era de otra época, de un tiempo donde no había esos artilugios modernos y la gente, si quería comunicarse, debía tirar de llamada telefónica o del servicio de correos. Escribir cartas era lo normal: a la familia que estaba lejos, a los amigos que se iban de vacaciones, a la novia o al ligue ocasional que conocimos en aquella playa aquel verano…
Y él jamás recibió una sola de esas cartas. Lo cierto es que nunca tuvo novia ni amigos ni familiares que le escribieran nada.
La verdad es que era un hombre poco sociable. Vivía solo. Y sus aficiones tampoco le permitían relacionarse mucho con otras personas.  Corrían los primeros años 70.
Una de sus aficiones favoritas era la de leer libros. Un vicio solitario. Otra era la de pescar. Levantarse muy temprano; coger los aperos, la caña, los anzuelos, los cebos; acercarse al puerto y, alejado de la zona donde se amarraban las barcas,  si el viento le era propicio, soltar el sedal y esperar a la suerte.
Pasaba mucho tiempo solo, tal vez demasiado.

Por eso, un buen día, urdió un plan: escribir mensajes, meterlos en una botella, irse al espigón de aquel puerto y lanzar su mercancía, en espera de que quien se encontrara la botella respondiera a su solicitud:
“Hola, me llamo Ernesto Ortigueira. Por favor, quien encuentre este mensaje, comuníquelo a esta dirección: Rúa Castelao 15, etc., etc.”
Primero, empezó su cometido tímidamente. Escribía un mensaje. Lo metía en su envase de cristal correspondiente, lo lanzaba al mar y esperaba. Cada vez que recibía contestación, se apresuraba a repetir la operación y volvía a mandar un nuevo mensaje. Al principio los escribía a mano, en plan artesanal; luego, los pasó a máquina, llegando a enviar anualmente cerca de medio centenar de misivas.



Todo lo preparó meticulosamente desde el principio. Elegía botellas preferentemente pequeñas y de cierta dureza con el fin de que resistieran mejor los embates del mar. Sus favoritas eran las de Mirinda, las de Mahou (las de tercio) y las de agua mineral Mondariz. Desechó desde el comienzo las de Cocacola porque el exceso de publicidad y frivolidad que suele acompañar a este brebaje podría dañar la efectividad y la seriedad de su cometido. Además no le gustaba la Cocacola. Para cerrar las botellas convenientemente usaba tapones de corcho ajustados a presión en la embocadura y rematados por una densa capa de betún o brea fundida a prueba de agua y de cambios térmicos.
Y así fue cómo empezó todo. Era raro el mes en que no recibía dos o tres cartas de gente que, entre sorprendida y emocionada, respondía a su demanda con entusiasmo. Para muchos, aquello era algo parecido a descubrir el mapa del tesoro.

En poco tiempo consiguió tener más amigos que en toda su vida anterior. De vez en cuando se reunían las personas que lograron contactar y se lo pasaban francamente  bien. Fundaron un club, el de “Unidos por la botella”. En las reuniones nadie usaba vaso. Todos bebían a morro. Unos tomaban cerveza, otros agua y algunos, refrescos de limón o de naranja. Cocacola nadie.

martes, 22 de septiembre de 2026

Leo



 Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, aunque leer, lo que se dice leer, leía más bien poco:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.

—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.

—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?

—No sé. Pregúntale a Leo.

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si tal cosa.