lunes, 22 de noviembre de 2021

La vida era eso

 


De joven me gustaba ir de campamento.

Lo pasaba bien junto a mis compañeros con los juegos y las canciones de noche junto a la hoguera.

También jugábamos a ser soldados.

¿Oyes el redoble del tambor? Me decía un monitor joven. ¿No se te eriza la piel de la emoción?

Algo después, ya mayor, cumplí con mis obligaciones militares.

Algunos de mis compañeros disfrutaban con las maniobras y los ejercicios de tiro.

Nos entrenábamos para ser soldados.

¿Oyes el redoble del tambor? Me decía un instructor joven. ¿No se te eriza la piel de la emoción?

Cuando estalló la guerra yo andaba ya en la treintena.

Hubo gente de mi edad que disfrutaba limpiando el fusil y disparando al enemigo.

Éramos soldados y debíamos ganar la guerra.

¿Oyes el redoble del tambor? Me decía un oficial joven. ¿No se te eriza la piel de la emoción?

Acabé tullido, sin las dos piernas, y en una residencia para soldados heridos en combate.

Tras la comida nos instalábamos en el salón y los internos jugábamos a las cartas o al dominó.

Aquel día en la tele ponían una película sobre la batalla del Marne.

¿Oyes el redoble del tambor? Me decía otro tullido desde su silla de ruedas.

¿No se te eriza la piel de la emoción?

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Redacté el texto pensando, como música de fondo, en la versión instrumental de Down Under, de Colin Hay. Ayuda a marcar el paso al desfilar.


https://youtu.be/RncZkvOWtIo








jueves, 4 de noviembre de 2021

El mal de Pau Gilabert


Pau Gilabert era de buena familia, perteneciente a la alta burguesía catalana. 
Siempre vivió en un confortable inmueble del Paseo de Gracia, esquina Carrer del Rosselló, del lado derecho según se sube. 
Pau Gilabert se pasaba el día paseando en paños menores o directamente en pelotas por su casa. No era exhibicionismo, sino un problema de la piel. Le picaba mucho. Siempre andaba rascándose. Era alérgico a casi todos los tejidos habidos y por haber. No solo los sintéticos como el poliéster o el nailon, sino también los de procedencia vegetal, como el lino y el algodón, o animal como la lana. Lo normal era que, al acabar un día de trabajo, llegara a casa y, tras quitarse la corbata, la camisa y el pantalón, descubriera ronchones en la piel escamada, erupciones masivas de granitos que le producían una irritante comezón y le hacían rascarse hasta llegar al punto de sadismo autocomplaciente, consistente en arañarse la piel con las uñas hasta que el picor se convertía en dolor y lograba hacerse sangre. Entonces acudía al dermatólogo o, en los últimos tiempos, ya consciente de su mal endémico, crónico y epidérmico, directamente iba a la farmacia en busca de corticoides locales que llevaran una buena dosis de calmante para aliviar la desazón. 
¿De dónde le venía este asunto? ¿Cuándo empezó todo? Pues viendo la tele o leyendo la prensa. Encendía el televisor o abría el periódico porque "le picaba" la curiosidad. Y ese picor no se calmaba porque intuía que en aquello que decían los medios había gato encerrado. Le escamaba tanta trola, tanta verdad a medias, y ello le conducía inconscientemente, de forma totalmente incontrolada, a rascarse.
 Primero se rascaba la cabeza, luego un brazo, luego una pierna y, finalmente, el paquete urológico externo, o sea la masa testicular. De esa forma encontraba cierto grado de alivio. 
Luego, la comezón aquella se le fue extendiendo por el resto del cuerpo. No quedando ni un centímetro cuadrado libre del prurito, como dicen convenientemente los prospectos farmacéuticos. 
Tuvo un perro y no le quedó otra opción que regalárselo a una amiga. No podía ver cómo levantaba la pata trasera y, cada dos por tres, se rascaba detrás de la oreja. Aquello le ponía muy nervioso e invitaba a imitarle. 
El problema es que lo de Pau es contagioso. Cada vez que me pongo a hablar de ello me entra la picazón. Ahora mismo me está pasando... ¡Dios, cómo me pica la pierna! 
Si mientras lees esto, en algún momento te entran ganas de rascarte, no lo dudes, amigo lector, tú también estás poseído por el mal de Pau Gilabert.

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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com

lunes, 25 de octubre de 2021

Pedazos de papel

 

Roberto Peñalba. A finales de los años setenta, todos los jóvenes escritores anhelábamos parecernos a él: alto, atractivo, carismático, con esa melena calculadamente desaliñada, la mirada inteligente y cautivadora y, sobre todo, con esa facilidad para convertir cualquier cosa que escribiera en una obra de calidad innegable y de éxito asegurado. Posiblemente era uno de los pocos autores españoles que podían vivir de lo que escribían. Un afortunado.

—Mira —me decía Luisa señalando con el índice la ventana de un sexto piso— . Ahí, donde hay luz y la persiana está levantada, es donde vive Peñalba. Precisamente esa ventana es la de su cuarto de trabajo.

Me quedé embobado mirando el lugar indicado, cuando, de pronto, un proyectil de papel hecho bola desechable salió desde la ventana del escritor y vino a caer a la calle justo delante de nuestros pies.

—¡Ostras, tú! —exclamé— . Lo acaba de tirar.

Y sí, lo acababa de tirar. Era en efecto un gurruño volandero y voladero, un ovillo de papel manuscrito que el destino nos brindaba en exclusiva.
Cuando lo recogimos del suelo y lo desenvolvimos, comprobamos que se trataba de fragmentos de un texto, tal vez poético, que el autor había hecho pedazos deliberadamente. El texto estaba escrito a mano con tinta negra. Ahora tan solo era una bola de papel, un batiburrillo inconexo de frases cortadas y palabras arrugadas.
Nos apresuramos a desenrollar los trozos para ver qué ponían.
Estuvimos un rato especulando sobre el contenido. Nos rompíamos la cabeza intentando adivinar su significado.


Acabamos en mi casa. En el suelo del comedor fuimos colocando desplegados los pedacitos que antes formaban parte de la bola de papel. Como si se tratara de un puzle, queríamos recomponer las palabras y luego buscábamos sentido a las mismas, combinándolas entre sí, formando posibles sintagmas u oraciones con ellas.


en forma de regalo              que espera del cie              te por tu te             mente me he

oso lect               ezas de este p                rece que h                pero no es

logrado                Curi               juntar todas las               són y             paci

trar a un pu               litera                es un poema               as div

. Ab                to ingenuo               lo un milagro               rio, pero los

arle sentido                milagros no e                bro por ello              nto, tampoco

una                uzle y d               . He                . Es

te hay              ur.                de felicitar              recompensa.

Simple               ni un cue                enido un ra                xisten y yo no re

or: pa               to con el fin de encon              galo nad              a sino que co

ertido                pero que               entret               encia;           as               pi               per             


¿Teniamos derecho a investigar su contenido, cuando había sido decisión de Roberto Peñalba que no se conociera?

¿Si un autor tira a la papelera su trabajo porque no le gusta, deja de ser propietario de lo creado?

¿Había que dejar el texto como estaba, hecho pedazos, pues esa era la decisión de su creador cuando lo convirtió en un proyectil que llegó hasta nuestros pies como un regalo caído del cielo?
¿Era un delito apropiarnos de su contenido o difundirlo en nombre del autor?

Estas y otras consideraciones nos venían a la mente.
En todo caso siempre nos quedaría la sensación de estar cometiendo algo prohibido, un robo o peor aún: un sacrilegio, una profanación.

Tras numerosos intentos infructuosos, al final llegamos a dar sentido a todo el conjunto. ¡Por fin! El texto decía:


Curioso lector: parece que has logrado juntar todas las piezas de este puzle y darle sentido. He de felicitarte por tu tesón y paciencia; pero no esperes un poema ni un cuento, tampoco una recompensa. Simplemente me he entretenido un rato con el fin de encontrar a un puto ingenuo que espera del cielo un milagro en forma de regalo literario, pero los milagros no existen y yo no regalo nada sino que cobro por ello. Espero que te hayas divertido. Abur.


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Relectura a modo de homenaje del relato de un clásico: Una bola de papel,  de Dino Buzzati. 

Un rendido tributo mío a este autor, como en su día hice lo propio con Julio Cortázar, Stevenson, Kafka, Monterroso, Homero, Dickens, Cervantes, Francisco Ibáñez... Y que me perdonen todos por el atrevimiento.





miércoles, 20 de octubre de 2021

Encrucijada

Imagen de uso libre de Pixabay

Había llegado el momento de elegir uno de los cuatro caminos que se cruzaban en aquel páramo reseco y despoblado. Solo uno. Y no debía equivocarse. Era un lujo que no se podía permitir. Le iba la dignidad en ello. Y quién sabe si el propio pellejo.

Todo empezó aquella mañana de octubre en que Cipriano Cedeño se encontró con aquel viejo misterioso de cabellos largos y barba canosa. Estaba sentado en un banco del parque y se entretenía en echar migas de pan a los pájaros. El hombre aquel, con un aspecto a mitad de camino entre un mendigo y un filósofo antiguo, se le quedó mirando fijamente y le dijo:

¿Te gusta cómo doy de comer a estos animalitos? A mí no. Simplemente lo hago porque creo que debo hacerlo. En la vida has de tomar decisiones, te gusten o no. Y hay que procurar hacerlo con acierto. Tarde o temprano todos tenemos la ocasión de comprobarlo. Hay que usar siempre la inteligencia. Lo mejor no tiene por qué ser necesariamente lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás. Acuérdate de lo que te digo.

Luego el viejo desapareció.

Y Cipriano, que era un poco corto de mollera, se quedó rascándose la cabeza y meditando un poco esas palabras.

Pasados unos días llegó el momento de comprobarlo. Esa mañana había salido a andar al campo, sin ninguna dirección concreta.

Y al cabo de un rato se encontró con aquella encrucijada de caminos. ¿Por dónde tirar?

El que se abría a su izquierda estaba limpio de rocas y era bastante llano, cómodo para andar por él, lleno de árboles a izquierda y derecha que aseguraban buena sombra a los caminantes, fuentes de agua cristalina aparecían aquí y allá para calmar la sed del viajero. Enseguida lo descartó: para conseguir algo en la vida hay que hacerlo con cierto sacrificio. Un camino tan bueno es una tentación pero seguro que no te lleva a buen lugar. Es una trampa. Debía ser sagaz.

El que estaba a sus espaldas lo descartó también: era el camino que le había llevado hasta allí, el camino a su casa, un sendero sin cuestas, algo que ya pertenecía al pasado. No le aportaba nada a una vida marcada ya de por sí por la rutina. Volver ahora sería como claudicar. Ya lo tomaría al regreso, ahora no era el momento.

El de enfrente era tortuoso, enmarañado de zarzas y abrojos, repleto de peñascos; en algunos tramos estaba encharcado, embarrado, parecía más una ciénaga que un camino, lleno de mosquitos, sabandijas y bichejos inmundos típicos de las charcas y de los terrenos pantanosos.

El de la derecha era una carretera con carteles chillones donde se anunciaban clubs de alterne, casas de juegos, bares, restaurantes, casinos y moteles. Una chicas ligeras de ropa hacían autoestop en la cuneta y sonreían de forma encantadora. Una invitación al goce y al pecado. Aquello era claramente un anzuelo para que picaran los amigos de los placeres mundanos.

Enseguida le vinieron a la mente las palabras del viejo aquel de las barbas blancas y mirada firme:

Lo mejor no tiene por qué ser lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás.

Estaba claro cuál tenía que elegir.

Y el muy gilipollas se puso de fango, arañazos y picaduras de mosquitos hasta las cejas.


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Texto publicado originariamente en lacharcaliteraria.com