martes, 30 de diciembre de 2025

Cena de Nochevieja en familia


Era tradición celebrar cada año la cena de Nochevieja en casa de mis suegros.

La casa, una mezcla de luces navideñas, espumillón, decoración de mercadillo medieval y olor a fritanga, nos recibía como cada 31 de diciembre, con las ventanas cerradas, el pollo relleno en el horno y la mesa de tres metros repleta de platos y bandejas con los aperitivos y entrantes ya dispuestos.

Al evento anual estábamos invitados un total de doce personas: diez de familia y un par de vecinos de mis suegros. 

Mi cuñado Paco, ese experto en todo que no ha leído un libro en su vida, empezó la velada dándonos consejos sobre cómo mejorar la digestión tomando yogur de cabra fermentado en luna menguante. Hablaba sentando cátedra. Su tema favorito era él mismo.

Mi suegra, doña Mercedes, una señora charlatana con risa cacareante de gallina, llevaba hablando desde que entramos. Relataba cómo en su época todo era mejor: los turrones más duros, los niños más educados y las mujeres más recatadas. Mientras tanto, rociaba su monólogo con partículas de saliva que iban decorando la ensaladilla rusa por aquello de añadir sustancia a la mayonesa.

El sobrino —un pequeño dictador con camiseta de Pikachu y mandíbula incansable— arrasaba la bandeja de entremeses con la misma elegancia con la que un jabalí arrasa un huerto. Escupía los huesos de aceituna en el cenicero de cristal con una puntería inquietante. A los diez minutos, ya había derramado el refresco, reventado una silla plegable y pisado el rabo al perro, que huía de él como de la peste.

Mi suegro Miguel consideraba el anís seco como fuente de la sabiduría ancestral, brindaba con todos, incluyendo el espejo del pasillo al que confundió con su primo Ernesto, muerto desde 1997.

La tía Elvira, seca como un sarmiento, prima de mi suegra, que había venido por no tener nada mejor que hacer, se limitaba a criticarlo todo: la decoración, la comida, el volumen de los eructos del niño, y el hecho de que yo no participara en las conversaciones. “Callado y rarito, como todos los yernos”, sentenció, mientras rebañaba la cazuela de las gambas al ajillo.

Lola, la prima de mi mujer, que venía siempre sola y perfumada como para seducir a toda la Legión, se sentó a mi lado, con un escote tan profundo que podía verse su ombligo. Cada vez que mi mujer se levantaba a por algo, ella me susurraba chistes verdes y me rozaba la rodilla como quien no quiere la cosa. Yo sudaba. No de pasión, sino de pánico.

El perro faldero, un chihuahua con complejo de león que se llamaba Filiberto, ladraba sin parar, se subía a las sillas, intentaba copular con el árbol de Navidad y casi se orina en mis zapatos nuevos.

Y entonces, como en una comedia griega, pero con más colesterol, llegó el incidente.

El pollo relleno llevaba horas en el horno. Demasiadas. Olía a incendio disfrazado de receta. Cuando lo sacaron, era un bloque de carbón ahumado con forma aviar.

El sobrino, pensando que se quedaba sin el segundo plato, se abalanzó sobre la fuente de las croquetas, tropezó con el cable del calefactor portátil. Este voló como un misil ruso, impactó en la botella de anís, que estalló. El alcohol empapó el mantel, que ardió con una alegría casi pirotécnica. El suegro, en un acto de heroísmo absurdo, trató de apagarlo con brandy. La tía seca chilló, el perro ladró, el niño gritó “¡Fuegoooo!”, y los vecinos gorrones, ya borrachos, aplaudían como si fuera fin de año en directo.

Yo, parapetado tras una bandeja de langostinos, marqué el 112 con manos temblorosas.

Cuando llegaron los bomberos, el suegro quiso brindar con ellos. La suegra les ofreció uvas. Filiberto les ladró. Yo salí al balcón, respiré hondo y pensé en las cosas que uno hace por amor.

A las tres de la mañana nos fuimos. En el coche, mi mujer me preguntó qué tal lo había pasado. 

Le dije:

—Genial, cariño. Como siempre.

Pero, por dentro, ya estaba pensando en fingir una neumonía, una fuga de gas o un secuestro exprés para el año siguiente.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Nochebuena en un OVNI

 


Evaristo Valcárcel caminaba sin rumbo fijo aquella fría noche por las afueras de la ciudad. Era un 24 de diciembre. Iba distraído, pensando en sus cosas, con las manos en los bolsillos. En la derecha llevaba una navaja cerrada. Se debatía entre atracar a alguien, asaltar algún chalet desprotegido o irse a casa a ver el programa especial de Nochebuena y de paso beberse un cartón de vino.

En esas cavilaciones andaba cuando, de pronto, una luz blanca intensísima le vino desde lo alto. Evaristo, sorprendido y confuso, se quedó paralizado.

—¡Ostras, tú! —exclamó— ¡Vaya nivel de voltios que se gastan algunos!

Descartando enseguida, por su posición, que se tratara de las luces de un coche patrulla, no podía dar crédito a sus ojos cuando vio que, encima de su cabeza, como a diez o doce metros, había un artefacto ovalado de cuyo centro inferior emanaba la potente luz. Súbitamente notó que tiraban de él hacia arriba. Una fuerza extraña, a modo de imán, lo absorbía y le hizo despegar del suelo como si se elevara en un ascensor invisible. La panza del cacharro aquel se abrió para acoger a Evaristo que, como el lector ya habrá imaginado, acababa de ser abducido.

Nada más subir, le llamó la atención una enorme sala circular llena de aparatos extraños y cachivaches nunca vistos. En ella, un diminuto ser, un hombrecillo de color azulado, de cabeza gorda, un solo ojo y una especie de trompetilla a modo de nariz, parecía darle la bienvenida en un castellano metálico y monocorde, sin alma ni entonación, como si hablara un robot. Estaba claro que aquel individuo había activado el traductor simultáneo:

—Bienvenido, amigo. Considérese en su casa.
—¡Vaya chabolo más guapo, tronco! Esto debe costar una pasta.
—No comprendo. La palabra «chabolo» no figura en nuestros registros. Tampoco soy un tronco. Eso es madera de árbol: abeto, nogal, pino, abedul, alcornoque… Pasta, tampoco: macarrones, fideos, espaguetis… No entiendo.
—No importa. Son cosas mías. ¿Aquí qué se bebe?
—Tenemos bebida energética —le ofreció un vaso con un líquido color naranja.

Evaristo echó un trago de aquel brebaje mientras miraba al hombrecillo azul entre asombrado y divertido. Aunque la bebida aquella no tenía contenido alcohólico le resultaba grata y relajante y le impelía a decir sandeces.

—¿La trompetilla que tienes bajo el ojo es de las que suenan? A ver, déjame soplar…
—Hable usted con un poco más de respeto cuando se refiera a mis órganos sexuales. No es una trompetilla. ¡Se trata de mi pene!
—¡Qué tío más cachondo! Yo es que me meo.
—Bueno, terrícola, vamos al grano, que dicen ustedes. Le hemos hecho subir a nuestra nave para hacer un estudio completo de sus constantes vitales, tomar mediciones, comprobar sus niveles y detectar posibles problemas. Puede tomárselo si quiere como nuestro peculiar regalo de Navidad.
—¿Me vais a pasar la ITV?
—Está de suerte. Le haremos un chequeo gratuito sin tener que ir al hospital y aguantar listas de espera. Todo rápido, de forma indolora, nada invasiva, gracias a nuestra avanzada tecnología. Sin duda se beneficiará de ello. Y nosotros también, porque somos científicos que estamos estudiando la fauna del sistema solar. Y usted parece un buen ejemplar de mamífero bípedo. Luego, cuando hayamos terminado, le devolveremos al lugar donde le recogimos. ¡Y ya está! Ese es nuestro regalo. ¿No está mal, verdad?

A todo esto, Evaristo no se había percatado de que, mientras hablaba con el extraterrestre, la trampilla inferior se había cerrado y el artefacto volador aquel había partido del lugar a toda velocidad hasta desaparecer en la noche. Tampoco se había dado cuenta de que la bebida energética que le habían proporcionado llevaba disuelto un narcótico que le dejó inconsciente el equivalente a un par de horas terrestres.

Cuando despertó, estaba reclinado en una especie de butacón. Delante de él el hombrecillo azulado no le quitaba ojo.

—¿Qué tal se encuentra? Le hemos hecho una exploración completa. Muy interesante todo. Nos han sorprendido algunos hallazgos: los seis metros de intestino delgado, la doble circulación sanguínea, el tamaño reducido del cerebro, etc. Ya hemos registrado sus parámetros y solucionado algunas cosillas de poca importancia. Le hemos extirpado un testículo porque tenía un tumor que podría dar problemas en un futuro inmediato. También le hemos puesto un par de implantes dentales. Muy curioso su organismo. Con la sedación, su miembro se encoge y el glande se retrae como cabeza de tortuga ante el peligro. El hígado lo tiene un poco inflamado debido al alcohol. Debe dejarlo o tomarlo con moderación. De paso le hemos tirado a la basura la navaja y los calzoncillos con manchas marrones. Todo rápido y gratis. ¿Qué le parece?
—¿Que me habéis hecho qué? La madre que os parió. Como me levante, no vais a tener espacio sideral suficiente para correr. ¡Seréis capullos! ¿Quiénes sois vosotros para andar enredando en mi cuerpo?
—De desagradecidos está el mundo lleno. No se hizo la miel para la boca del asno… Hay muchos bonitos refranes en su lengua que explican su ingratitud. Pero no se preocupe que ya le llevamos de vuelta. Estamos llegando.
—¿Y qué hago yo ahora sin mi navaja y sin mis calzoncillos? Dejarme sin ellos es como quitarme media identidad.
—Los calzoncillos estaba cagados y la navaja mejor que no la vuelva a utilizar si no quiere complicarse más la vida. ¡Bueno, ya llegamos! Prepárese para bajar. Sitúese, por favor, en ese círculo luminoso.
—Por mí que os zurzan. Hasta nunca. Chao.
—Adiós. Y felices fiestas, que dirían ustedes los terrícolas.




lunes, 22 de diciembre de 2025

Canción de Navidad

  


Ilustración de John Leech (1843)


De pequeño siempre me fascinó este cuento de Dickens.

No recuerdo bien la editorial cuando lo leí por primera vez, tal vez Bruguera, allá por los años 60, pero era un libro de esos ilustrados, mitad novela, mitad "tebeo", con profusión de dibujos en blanco y negro, y esos interiores lóbregos y la luz trémula de las velas proyectando en las paredes sombras misteriosas, lo que daba al relato un aire frío e inquietante, muy acorde con la noche de pesadilla que iba a vivir su principal protagonista, un viejo avaro, Ebenezer Scrooge. Un personaje inolvidable, antipático, mezquino y tacaño hasta consigo mismo. Lo recuerdo muy bien.

El cuento apareció en 1843. La época era la Inglaterra victoriana, en plena revolución industrial. Por el relato desfila todo un elenco de personajes de clase modesta. Muchos de ellos apenas disponen de unos cuantos chelines para comprarse algo de abrigo en esa fría Navidad. Gentes humildes que, sin embargo, a su modo, son felices con poco; mientras que el avaro no disfruta con nada, ni siquiera esos días de fiesta: “¿Navidad? ¡Bah, paparruchas!”


(Si alguien no ha leído el cuento y lo piensa leer en breve, no siga leyendo a partir de aquí  para evitar el efecto espóiler).

El cuento se inicia el día de Nochebuena con Scrooge trabajando en su negocio, tal vez de prestamista usurero, donde explota a su pobre empleado Bob Cratchit al que paga una miseria y al que concede a regañadientes el "privilegio" de no tener que venir a trabajar el día de Navidad. Al avaro le visita su sobrino Fred, 
quien invita a su tío a pasar la noche con él y su familia, proposición que el viejo tacaño rechaza.
Al final, Scrooge se va a su casa donde decide pasar la noche solo tomándose unas gachas antes de acostarse. Allí recibe la visita del fantasma de su difunto socio, Jacob Marley, quien le dice que va cargado de cadenas, condenado a llevarlas eternamente, por haber sido en vida una mala persona y que la que se está forjando Scrooge es mucho más larga y pesada. Le anuncia que vendrán a verle tres espíritus: del pasado, del presente y del futuro. Entre los tres se encargarán de recordarle su triste niñez, el presente que bulle a su alrededor, lo que la gente piensa de él y lo que el futuro le depara. Así, de la mano de los tres espíritus, el viejo avaro rememorará y revivirá a la fuerza escenas dolorosas de su vida: la infancia solitaria de un niño sin amigos, su juventud  desdichada, con esa novia que lo abandonó por anteponer los negocios a su relación, los comentarios críticos, despectivos y duros de sus conocidos, su ruina, su casa saqueada por los pobres y su propia muerte, con esa imagen final del espectro de las navidades futuras señalando con el índice la fría lápida de su tumba...

Y tras la visita de los tres espíritus -o tras despertar de una horrible pesadilla, quién sabe- se obró el milagro: el señor Scrooge aprendió la lección y cambió de actitud radicalmente. De ser un tacaño insociable se convirtió en una persona amable, llena de vitalidad y optimismo, risueña y generosa.

Es lo que tienen los cuentos. Y más los de Navidad.



jueves, 18 de diciembre de 2025

Cuento al estilo de Monterroso

 




Cuando desperté, mi habitación seguía allí.
Algo realmente increíble, difícil de entender, puesto que durante la noche había desaparecido materialmente. Podría jurarlo. Se había disuelto, evaporado, desintegrado en las primeras horas de la madrugada. Las paredes, el techo, la puerta, las ventanas... todo se había esfumado. Resultado de un torbellino inexplicable que surgió en medio de la oscuridad.

Pues lo dicho. Yo tendría nueve o diez años, y estaba con el embozo de la sábana hasta la nariz, dejándome caer en el vacío, adentrándome en la nebulosa de Morfeo, gracias al poder narcótico del sueño, cuando todo sobrevino: la cama comenzó primero a mecerse como una cuna, leve y suavemente, cabeceando como una barca sobre un mar ligeramente ondulado, de la proa hasta la popa; y, luego, de izquierda a derecha, como si dijéramos, de babor a estribor. Más tarde, el movimiento aumentó, se hizo más  pronunciado, casi violento, como si me adentrara en un mar tempestuoso. La barca -perdón, quise decir la cama-  subía y bajaba en medio de aquella galerna como si estuviera en una montaña rusa. Paralelamente, la habitación se fue despojando de techo y paredes. El viento agitaba mi lecho en medio de la negrura del temporal. Y sin embargo logró aguantar milagrosamente. Sin siquiera deshacerse. La cama era fortín y refugio. Allí me parapeté yo, abrigado con el embozo hasta los ojos, y logré transitar el proceloso mar de las pesadillas nocturnas. Pero cuando la noche remitió y todo acabó y los primeros haces de luz se colaron por las rendijas de las contraventanas, y mi madre entró en el cuarto para que me levantara para ir al cole, pude comprobar que la habitación seguía allí, intacta pese a todo, tal y como estaba antes de conciliar el sueño.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Furibunda Chimpún


Historia para compradores pelmazos



Pues érase una vez una señora de armas tomar, desagradable, de genio iracundo, malas maneras y peores palabras, que hacía cola muy a su pesar frente a la caja número tres del súper del barrio, cuando, mire usted por dónde, los dos hombrecillos que estaban delante, posiblemente pareja, con dos carros atiborrados con la compra del mes, iban poniendo, con parsimonia suma, los artículos en la cinta transportadora, preguntando el precio de cada cosa antes de que fuera contabilizada:

Esto no, esto tampoco... ¡Uf, qué caro! ¡Quita, quita!

Furibunda Chimpún se mostraba impaciente, mirando nerviosa hacia las otras cajas y pensando que de haber llegado cinco minutos antes no tendría que aguantar a estos plastas. Las otras cajas también estaban hasta arriba. Es lo que tiene comprar en fin de semana. Y más cuando se acercan  las fechas navideñas. Se cumplía así la ley de Murphy: tu cola siempre es la que menos gente tiene pero también la que menos corre.

¿Y estos cereales, Felipe Alberto? ¿Olvidaste que soy alérgico al gluten?
Es que estaban de oferta, Borja: tres por dos.
Anda, anda. Ve y cámbialos por unas galletitas de esas integrales para celíacos. Mientras tanto yo sigo colocando la compra.

Y lo decía mirando a Furibunda con una sonrisa estúpida que parecía una mueca, como buscando complicidad. Y ella le devolvía la mirada pero en plan asesino.

Y los hombrecillos dale que te pego con su tarea: esto es muy caro. Así que no. Este ron lo tenéis a un precio exagerado. Mucho más barato en el DIA. Dónde va a parar. Así que tampoco. La leche desnatada no es sin lactosa. Así que también la dejamos. Se nos ha olvidado el brócoli. Borja, acércate a por él.

Y la cajera, con paciencia infinita, propia de la empleada que no quiere problemas, no tenía otra opción que resignarse e ir amontonando en un rincón los productos rechazados.

A todo esto, el tiempo continuaba su curso en avance imparable. Y Furibunda, mirando con nerviosismo su reloj, se estaba poniendo colorada como un tomate por la ira. Parecía una olla a presión a punto de estallar.
Al cabo de un cuarto de hora, cuando ya no podía más, decidió colocar el contenido de su carro en la cinta, no más de ocho o diez cosas. Y como aquello no tenía trazas de avanzar, tiró por la calle de en medio. Lo primero que hizo fue abrir el bote de pepinillos agridulces, dar dos pasos hacia adelante y verter su contenido entre el cogote y el cuello de la camisa de uno de los pelmazos. A continuación, vació un envase entero de kepchut de doscientos mililitros en la cabeza del otro a modo de improvisado fez turco o de solideo cardenalicio. No contenta con esto les fue lanzando uno a uno, con calculada precisión y estupenda puntería, una docena de huevos calibre XL de gallinas de corral criadas en suelo:

¿Queréis saber también el precio de esto? dijo, mientras pudo apreciar con regocijo cómo la yema de uno de sus proyectiles resbalaba sinuosa tal que ameba gigante por el ojo de uno de los indigestos clientes. Pues, hala, todo vuestro. Llevaos también la huevera si queréis. Es gratis. Yo me largo sin nada. ¡Que os den!

Y, ante la mirada estupefacta y atónita de la cajera y de los hombrecillos, se fue como entró, de vacío, pero algo más cabreada que de costumbre, aunque con la cabeza alta y el paso firme. Mientras salía iba musitando: han tenido suerte de que no cogiera también unos tomates para hacer salmorejo; porque de haberlo hecho...¡catapún chimpún!



jueves, 11 de diciembre de 2025

Espejos

 


El escritor está sentado frente a su mesa, como cada mañana, con una taza de café y una hoja inmaculadamente blanca en el centro. No es una blancura cualquiera: es el tipo de vacío que pesa, que zumba como un silencio tenso, que provoca un sudor frío, mientras alguien se empeña en llenarlo con palabras.

La mira inmóvil, como si esperara que la hoja hiciera el primer movimiento. Nada. Ni un susurro. Ni una sílaba furtiva.

Piensa, como otras veces, en escribir una historia. No una historia cualquiera. Esta vez sería una historia sobre un escritor, como él, que está sentado frente a una hoja en blanco. Le parece buena idea, incluso ingeniosa: un escritor que mira un folio sin saber qué escribir, y que entonces decide escribir sobre un escritor que, a su vez, no sabe qué escribir.

En su mente, lo percibe con claridad. El segundo escritor —el del cuento dentro del cuento— también estaría en su escritorio, quizás con otra taza de café, y también enfrentado al silencio blanco del papel. Y este segundo escritor, en su desesperación, tendría la vaga, pero firme, intención de contar la historia de un hombre —un tercero, ya— que, como ellos dos, se sienta frente a un folio en blanco, deseando profundamente escribir algo.

¿Llegaría a escribir algo este tercer hombre?
Ahí estaba la esencia, pensó el escritor. Tres hombres —o quizás uno solo, reflejado infinitamente— atrapados en la misma escena, en la misma lucha silenciosa con la blancura del papel. Una cadena de vacíos que se miran unos a otros, esperando que alguno dé el primer paso. Un eco que rebota desde la realidad hasta la ficción, y luego de regreso.

¿Qué pasaría si el escritor rompiera el último folio en mil pedazos como cuando se hace trizas un espejo?


Suspira.

La hoja sigue en blanco. Ni una palabra escrita.
Solo blancura.
Lo demás, silencio.

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Nota aclaratoria: esto fue lo que se me ocurrió escribir un día que no se me ocurría nada.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Cuestión de fe

 



Yo me lo creo todo.

De hecho soy sumamente religioso.

Pero no de una religión en concreto, no. De todas. Me confieso multicreyente o, si se prefiere, policrédulo o multipardillo.

Soy devoto del arrianismo, del confucianismo, del islamismo, de la iglesia evangélica... Soy asiduo asistente a diferentes ritos en iglesias, salones, templos, sinagogas y mezquitas.

Soy el creyente perfecto.

Mi vida religiosa es una gozada, porque voy de credo en credo. Los viernes asisto a la mezquita de la M30; los sábados, a la sinagoga judía; los domingos, a primera hora, a la parroquia católica del barrio, después al templo mormón; cualquier día de la semana me acerco un rato al salón de los Testigos de Jehová, que siempre hay alguien por allí para venderme alguna publicación de esas que hablan de los elegidos y ofrecen imágenes de un paraíso con personas, leones y cebras, todos juntos, felices y sin hambre.

El lunes me quedo en casa y antes de cenar hago meditación zen.

Los miércoles los reservo para esas religiones del pasado que no tuvieron la suerte de sobrevivir en el tiempo pero que dejaron su huella en los libros de historia y de arte. De los antiguos egipcios y de la mitología grecorromana siempre se aprende algo. En el salón de mi casa, junto a una espléndida foto de la Acrópolis de Atenas, que conseguí en una agencia de viajes tras hacerme pasar por un pope ortodoxo (mi poblada barba me ha salvado del apuro más de una vez), tengo un pequeño rincón donde venero a Osiris, a Horus, a Apolo y a Poseidón, con el fin de que me sean propicios.

Hago proselitismo desde facebook, desde mi blog y desde twitter. Voy casa por casa dando el coñazo e intentando vender catecismos y la revista Atalaya y convencer a la gente de que abandone su vida pecaminosa...

Que los de un credo me dicen no sé qué del pecado original o del espíritu santo, pues yo voy y me lo creo; que otros me hablan de la reencarnación o de las huríes del paraíso, pues muy bien también.

De pequeño me hicieron la circuncisión, a los nueve años asistí a una lapidación como parte del público asistente al acto, luego hice la primera comunión, me bauticé ya cumplidos los treinta según el rito de inmersión de los de Jehová, luego cogí un kalasnikov y me fui a pegar tiros a Afganistán en nombre de Alá. Allí conocí a Bin Laden.

Asistí a catequesis, a una madraza y a un cursillo del Opus y me aprendí varios libros sagrados de memoria: La Biblia, El Corán, la Epopeya de Gilgamesh, el libro tibetano de los muertos...

Me gustan las procesiones, pero no asisto a ellas porque tanto protestantes como musulmanes las consideran un pecado de idolatría. Así que, como se dice comunmente, mi procesión va por dentro.

No fumo, no bebo, no tomo bebidas con cafeína, no practico la poligamia ni la sodomía, rezo varias veces al día, doy limosna a los necesitados, follo poco, no como cerdo, solo consumo pollo y cordero si se ha sacrificado según los rituales y mirando a La Meca o a Jerusalén, o a la mujer del carnicero, que está de buen ver.

Me casé con mi esposa según varios ritos. A eso dediqué todo un mes de mis vacaciones: a casarme. No hubo viaje de novios, pero sí mucho trajín. Del Palmar de Troya en Sevilla a La Almudena de Madrid, de La Almudena a la Sinagoga del Tránsito en Toledo, de Toledo a la mezquita de Lavapiés, de Lavapiés al Salón del Reino de los Testigos de Jehová de Alcorcón, de Alcorcón a un monasterio tibetano budista. Y así.

A veces me hago algunos pequeños líos. Por ejemplo, el imán de Alcobendas andaba terminando su plática y yo me acerqué a él con intención de comulgar. Comunión no hubo, pero casi me soltó una leche, eso sí. La semana pasada, en la iglesia evangelista de Chamberí, pregunté al pastor que por qué no ponían un cuadro de la virgen o de algún santo para tapar una mancha de humedad que había salido en la pared. Creo que no entendieron bien mi gesto desprendido. Un domingo me presenté en la iglesia católica de mi barrio vestido con mis mejores galas: una chilaba limpita y el kufi nuevo. Las señoras endomingadas no me miraron con simpatía. Ni el cura. Tampoco entendieron en la sinagoga otro día que recitara una sura del Corán. La gente me miró con cara de pocos amigos, incluido el rabino, cuando acabé mi rezo con un Allahu Akbar. 

Y es que los hay con la piel muy fina.


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Os recomiendo que echéis un vistazo a esto que publicó en su blog el amigo Miquel:

http://totbarcelona.blogspot.com/2025/11/el-infinito-multiplo-de-dios.html


jueves, 4 de diciembre de 2025

Titanfood

 


Año 2065. Planeta Tierra.

Álex se desplaza desde Ganimedes y visita a su amigo Ólex, al que no ve desde hace tiempo.

Al visitante le llama la atención lo mucho que ha cambiado el planeta y sus gentes.


¿De qué se ríen los abuelos?
No, si no se ríen. Son los nuevos dentitariosAsí se les llama coloquialmente. Están contentos y enseñan a todo el mundo sus dientes recién estrenados. Tras su jubilación a los 75 años, nuestros mayores reciben un premio en forma de lote de artículos de salud. La verdad es que gracias a que los alienígenas asumieron desinteresadamente las competencias en materia de sanidad, hemos ganado mucho: dentadura nueva para los jubilados y tarjeta sanitaria con grandes descuentos en  prótesis mamarias, penes postizos de quita y pon, liposucciones, sesiones de fisioterapia, aquagym y zumba.

—Todo ello valdrá un pastón -comenta Alex mientras observa una gigantesca pantalla de plasma donde no paran de sucederse anuncios publicitarios.

—Los meten en grupos en un aerocar —continúa diciendo Ólex— , como cuando los viajes del Imserso, y los llevan a una de las naves espaciales que fondean encima de nuestras cabezas. Allí les someten a un chequeo exhaustivo, les pasan una ITV (Inspección Técnica de Vejestorios) muy completa:  les arreglan articulaciones, tendones y ligamentos, les curan las hernias, la artrosis y el lumbago, les ponen ropa interior limpia y luego los sueltan: salen como los chavales del cole cuando empiezan las vacaciones, con ganas de largarse para Benidorm, estrenando sonrisa con sus dientes nuevos y con una vitalidad que te cagas. La mayoría de las intervenciones se realizan con sofisticadas técnicas indoloras y nada invasivas. Todo ello sin cargar el coste de los arreglos a las arcas del estado, con lo que nos ahorramos una pasta los contribuyentes. A los jubiletas les colocan además una pulsera en la muñeca que registra sus constantes vitales, de manera que estén controlados las veinticuatro horas.

—¿Y qué sacan los alienígenas de todo ello?

—Aunque no se habla mucho de ese tema, se cree que una vez los vejetes han cumplido su periplo vital en la Tierra, es decir, cuando la han palmado, los titánidos se llevan los cuerpos de los difuntos a Titán y allí disponen de ellos a su antojo. Me imagino que los usarán para investigar o para la docencia, como siempre hizo aquí el Instituto Anatómico Forense. Y yo me digo, qué más les dará a los abuelos y a sus familias que se los lleven y no los incineren si a cambio han vivido sanos, felices y bien alimentados sus últimos años y no se han gastado un duro en residencias, cuidados médicos, entierro, etc. Un chollo para todos. A los fallecidos lo mismo les dará que les entierren aquí o que allí hagan con ellos mortadela.

—Muy curioso —dice Alex mientras su mirada se pierde en las alturas, tratando de calcular el número de plantas del enorme rascacielos que se alza delante de sus narices, sobre el que planea una flotilla de naves espaciales.

—Por cierto, hablando de embutidos, acaban de abrir un nueva casa de comida rápida en la plaza: Titanfood.  Últimamente nuestros amigos los alienígenas también se han sumado al carro de la restauración. Son únicos.  ¿Te apetece un perrito o una hamburguesa?

—¡Ah, vaya! Con la conversación se me olvidó comentarte que soy vegano. No como carne. Lo siento. En todo caso tomaré tan solo una ensalada.


 

lunes, 1 de diciembre de 2025

Por prescripción facultativa

 

Imagen de Pixabay

—Tómese estas pastillas para la memoria cada veinticuatro horas. Mejor al acostarse.

Fue lo que me recetó el neurólogo. Ya va teniendo uno cierta edad y los despistes están a la orden del día.

—Importante lavarse la herida con los puntos con un jabón neutro, secar bien la zona con una toalla limpia y darse betadine los tres primeros días. Luego, con el jabón ya es suficiente. En dos semanas se viene por aquí y le quitamos los puntos.

Eso me dijo el cirujano tras la operación de hernia inguinal.

—Dos veces al día te lavas bien la zona del prepucio y te untas con la pomada antihongos. Lo tuyo es una candidiasis, que también afecta a los hombres.

Fue lo que me indicó el médico de atención primaria que pasaba consulta por la mañana tras verme la zona irritada.

—Este preparado lleva diltiazem al 2% y lidocaína al 3%, el resto es vaselina. Se da usted dos veces al día, una de ellas tras la defecación. En un mes notará la mejoría. Si no, vuelva por aquí.

Me dijo el proctólogo tras inspeccionarme el ano y comprobar que mis molestias provenían de una fisura que me había salido tras un periodo de estreñimiento.

—Después de cada comida debes cepillarte con cuidado con este dentrífico para dientes sensibles y enjuagarte con el colutorio que te pongo en la nota. Es muy importante la higiene en esa zona. En seis meses vuelves.

Me dijo la higienista dental tras la última revisión.

—Tómate este jarabe cada ocho horas y se te calmarán los ataques de tos.

Me indicó la doctora de atención primaria del turno de tarde.

Aquella noche se me olvidó tomarme la pastilla para la memoria.

Dormí inquieto y mal.

Por la mañana me levanté medio sonámbulo, fui al baño y me tragué el betadine como si fuera el jarabe para la tos, puse la crema antihongos en mi cepillo dental y froté con ganas dientes y encías, me embadurné el pito con la pasta dentrífica, me unté la zona de los puntos con la fórmula magistral para la fisura anal y me enjuagué el ano con el jarabe para las tos.

Mis vecinos dicen que oyeron gritos.