lunes, 26 de octubre de 2026

El gurruño volador

 

 

Roberto Peñalba. A finales de los años setenta, todos los jóvenes escritores anhelábamos parecernos a él: alto, atractivo, carismático, con esa melena calculadamente desaliñada, la mirada inteligente y cautivadora y, sobre todo, con esa facilidad para convertir cualquier cosa que escribiera en una obra de calidad innegable y de éxito asegurado. Posiblemente era uno de los pocos autores españoles que podían vivir de lo que escribían. Un afortunado.

—Mira —me decía Luisa señalando con el índice la ventana de un sexto piso— . Ahí, donde hay luz y la persiana está levantada, es donde vive Peñalba. Precisamente esa ventana es la de su cuarto de trabajo.

Me quedé embobado mirando el lugar indicado, cuando, de pronto, un proyectil de papel hecho bola desechable salió desde la ventana del escritor y vino a caer a la calle justo delante de nuestros pies.

—¡Ostras, tú! —exclamé— . Lo acaba de tirar.

Y sí, lo acababa de tirar. Era en efecto un gurruño volandero y voladero, un ovillo de papel manuscrito que el destino nos brindaba en exclusiva.
Cuando lo recogimos del suelo y lo desenvolvimos, comprobamos que no era una hoja de papel arrugado. Más bien un montón de pedazos formando una pelota.  Se trataba de fragmentos de un texto, tal vez poético, que el autor había hecho trizas deliberadamente. El texto estaba escrito a mano con tinta negra. Ahora tan solo era una bola de papel, un batiburrillo inconexo de frases cortadas y palabras arrugadas.
Nos apresuramos a desenrollar los trozos para ver qué ponían.
Estuvimos un rato especulando sobre el contenido. Nos rompíamos la cabeza intentando adivinar su significado.


Acabamos en mi casa. En el suelo del comedor fuimos colocando desplegados los pedacitos que antes formaban parte de la bola de papel. Como si se tratara de un puzle, queríamos recomponer las palabras y luego buscábamos sentido a las mismas, combinándolas entre sí, formando posibles sintagmas u oraciones con ellas.


en forma de regalo              que espera del cie              te por tu te             mente me he

oso lect               ezas de este p                rece que h                pero no es

logrado                Curi               juntar todas las               són y             paci

trar a un pu               litera                es un poema               as div

. Ab                to ingenuo               lo un milagro               rio, pero los

arle sentido                milagros no e                bro por ello              nto, tampoco

una                uzle y d               . He                . Es

te hay              ur.                de felicitar              recompensa.

Simple               ni un cue                enido un ra                xisten y yo no re

or: pa               to con el fin de encon              galo nad              a sino que co

ertido                pero que               entret               encia;           as               pi               per             


¿Teniamos derecho a investigar su contenido, cuando había sido decisión de Roberto Peñalba que no se conociera?

¿Si un autor tira a la papelera su trabajo porque no le gusta, deja de ser propietario de lo creado?

¿Había que dejar el texto como estaba, hecho pedazos, pues esa era la decisión de su creador cuando lo convirtió en un proyectil que llegó hasta nuestros pies como un regalo caído del cielo?
¿Era un delito apropiarnos de su contenido o difundirlo en nombre del autor?

Estas y otras consideraciones nos venían a la mente.
En todo caso siempre nos quedaría la sensación de estar cometiendo algo prohibido, un robo o peor aún: un sacrilegio, una profanación.

Tras numerosos intentos infructuosos, al final llegamos a dar sentido a todo el conjunto. ¡Por fin! El texto decía:


Curioso lector: parece que has logrado juntar todas las piezas de este puzle y darle sentido. He de felicitarte por tu tesón y paciencia; pero no esperes un poema ni un cuento, tampoco una recompensa. Simplemente me he entretenido un rato con el fin de encontrar a un puto ingenuo que espera del cielo un milagro en forma de regalo literario, pero los milagros no existen y yo no regalo nada sino que cobro por ello. Espero que te hayas divertido. Abur.


___________

Relectura a modo de homenaje del relato de un clásico: Una bola de papel,  de Dino Buzzati. 

lunes, 19 de octubre de 2026

Un día de suerte



—Dame una razón por la que no deba volarte ahora mismo la tapa de los sesos.

Lo dijo sin titubear, de un tirón, con la mirada seria y clavando en su víctima los ojos, como los toreros clavan su estoque en el toro, ablandado después del castigo infligido por picadores y banderilleros.

—Una sola razón, pero que sea buena. Cualquier cosa, menos lloriquear e implorar por tu vida. Venga, échale imaginación. Convénceme. Hoy estoy de buenas.

Dicen que, cuando estás a punto de morir, pasa por tu mente como una ráfaga en unos segundos buena parte de tu existencia. Una película a cámara rápida. Un mecanismo incontrolado que parece más un examen veloz de conciencia para no irnos de este barrio definitivamente sin haber hecho un buen repaso de lo malo y lo bueno.
El pistolero, un hombre de facciones duras esculpidas a cuchillo, se estaba divirtiendo con la escena, repantigado en la butaca, con el pitillo entre los labios y con esa mueca de hombre rudo que tiene el que está seguro de sí mismo porque esgrime un arma que controla la situación. Sabe por experiencia que, de un momento a otro, su víctima va a empezar a sudar, a tragar saliva, a desmoronarse e incluso a llorar y que va a perder del todo la compostura, por lo que -era su señal convenida- no dudará en descerrajarle un tiro en ese momento. La situación le divertía.


—Te voy a dar una razón— dijo de forma tajante el que estaba a punto de emprender en un instante el viaje sin retorno—. Sé quién es y dónde vive el chulo que se tira a tu mujer cada vez que sales de caza para hacerte el tipo duro y distraer así el peso que te provoca la cornamenta.


El pistolero está a punto de vaciar el cargador sobre su víctima, pero le tiembla el labio inferior y sus ojos se enrojecen levemente...


—Maldito hijodeputa. Vas a venir conmigo y me vas a llevar a donde tú sabes. A ver si es verdad lo que dices.  ¡Ay de ti como todo sea una manera de ganar tiempo!


Salen por la puerta. Se meten los dos en el coche que aguarda abajo con un compinche al volante que mantiene el motor encendido. Y el que tenía la vida colgando de un hilo le dice al conductor una dirección. El sedán negro hace chirriar sus neumáticos y se lanza en busca de la dirección convenida. Seis o siete calles más allá y el coche aparca junto a la acera. Se bajan ahora los tres. Entran en un portal. Suben sigilosamente las escaleras. Pegan la consabida patada en la puerta y pillan in fraganti a los tortolitos. Se oyen gritos y varias detonaciones. Las que corresponden a dos revólveres Smith Wesson que acaban de vaciar sus respectivos cargadores. Terminada la faena y tras dejar la habitación con abundantes salpicaduras de flores de un rojo de muerte, se largan de allí sin más. Al pasar junto al delator, el hombre duro dice sin hacer un gesto:

—Vete. Hoy es tu día de suerte. La próxima vez que me encuentre contigo te mataré.

lunes, 12 de octubre de 2026

El túnel



Luis Alberto echó una mirada a su móvil. Había un WhatsApp de Borja. Esa mañana tenían clase con el profe de Sociales y era preciso preparar un plan, una venganza por haberles dejado en evidencia a los dos tras ser pillados in fraganti copiando durante el examen de evaluación. 

—El Mortadelo es un pringao. Se va a cagar —le decía el amigo.

Se iban a divertir todos de lo lindo cuando al Mortadelo le cayera en la cocorota la papelera llena de porquería que colocarían estratégicamente encima de la puerta entreabierta del aula. La escena la iban a grabar con el móvil para luego colgarla en las redes sociales, seguro que se haría viral. Luis Alberto estaba muy animado sobre todo porque sus propios padres, lejos de recriminarle por su hazaña copiadora, se habían reído mucho con la ocurrencia de su nene y casi le habían disculpado, quitándole la autoridad al docente cuando este, telefónicamente, les explicó el porqué de la reprimenda y, en consecuencia, del posterior suspenso en la materia.

Luis Alberto tenía quince años y era un adolescente mimado y en exceso protegido por unos progenitores consentidores que jamás le habían puesto límites. Posiblemente por ello se sentía invencible, impune, respaldado por sus papis, quienes decían ser colegas de su vástago, y jaleado por sus compañeros de aula.

Su padre se llamaba Pelayo y creía que pagar un colegio privado le daba autoridad suficiente como para tratar al profesorado tal que si fueran sus sirvientes.

Pelayo era un político de esos que dividen a los ciudadanos en dos grupos: los verdaderamente españoles, como él, y el resto, formado por gentuza y malos patriotas. Para él, el patriotismo se reducía a ser un amante de las procesiones y los toros, hacer alarde de los colores de una bandera, odiar a los extranjeros que intentaban abrirse camino en nuestro país, etc. Clasista, homófobo y autoritario, no hizo el servicio militar, agotando prórroga tras prórroga hasta que la mili dejó de ser obligatoria, y su único trabajo había consistido en ocupar diversos puestos en su partido, bien pagados, tras sucesivos nombramientos a dedo.

Aquella mañana, Pelayo decidió llevar a su nene en el Audi al cole, y de paso decirle cuatro cosas al estúpido del profe de Sociales. 

—¿Qué se habrá creído ese tío? Se va a enterar de quién soy yo. No sabe con quién se la juega. 

Pero no contaba con el contratiempo que tuvieron durante el trayecto.

Al poco de arrancar el vehículo, una espesa niebla rodeó al coche, una especie de túnel de color gris ceniza que no permitía ver nada a tres
metros ni por delante ni por detrás, tampoco por los lados.

Cuando se disipó, los colores de la mañana habían desaparecido. Nada de cielo azul ni de árboles de copas verdes en la avenida. Nada del colorido llamativo que habitualmente tenían los rótulos de las tiendas. En su lugar, tonos grises, blancos y negros, como si se tratara de imágenes del No-Do aquel de los años 60. Hasta la ropa que llevaban había perdido su tonalidad habitual y ahora ofrecía un aspecto mucho más triste y apagado, como de vestimenta de gente modesta. Los ocupantes del coche no daban crédito a sus ojos. Un camión militar atestado de reclutas uniformados les bloqueaba el paso. Un cabo primero con cara de pocos amigos bajó del camión y se acercó al coche muy serio:

—Vaya, vaya. Ya tenemos al listillo queriéndose escaquear el primer día de instrucción —le espetó a Pelayo, quien, boquiabierto y estupefacto, no lograba articular palabra alguna—. Te va a caer un buen puro en cuanto lleguemos al campamento. De entrada, arresto todos los fines de semana. Te vas a hinchar a fregar perolas en la cocina. Y no te vas a salvar de la instrucción. Por listo. ¡Vamos, cojones! Sal del coche ya, que no tengo todo el día. Venga —le dijo pegándole una colleja en el cogote— : de frente, paso ligero. ¡Ar! Un, dos, un, dos…

Pelayo subió al camión donde le esperaba un nutrido grupo de reclutas recién rapados y con traje de faena, quienes no le quitaban ojo y parecían divertirse con la situación. El camión militar arrancó levantando tras de sí una enorme polvareda y dejando boquiabierto a un Luis Alberto, solo, confundido y perplejo. Nada más desaparecer el vehículo en el que se llevaban a su padre, un hombre delgado ataviado con una negrísima sotana, que más parecía cuervo que cura de internado, se acercó al coche y dijo, furioso, señalando al chico con el dedo:

—Conque haciendo novillos, ¿eh? ¿Nos has tomado por idiotas? Te vas a pasar media mañana de rodillas, frente a la pizarra y con los brazos en cruz, para que aprendas. Vas a estar castigado hasta que las ranas críen pelos. Y olvídate del recreo durante todo este mes. Eso de entrada. Y ahora a ver qué excusa le cuentas al director en su despacho. Vete preparando las manos, que hoy estrena regla de cuadradillo nueva. La anterior la partió ayer dándole en los nudillos a otro tan tonto como tú.

viernes, 9 de octubre de 2026

Revista Almiar


Margen Cero y su revista Almiar han tenido a bien publicar y difundir este relato mío que a muchos de vosotros os sonará.

Os animo a que visitéis el sitio. Allí podéis leer y descargar lo que creáis conveniente.

Os pongo el enlace de lo que aparece hoy en portada.

Revista Almiar, portada del número 148