Ceferino Hernández era un cotilla, un mirón, lo que se dice un auténtico voyeur.
Siempre andaba espiando por la mirilla de la puerta o pegando la oreja al tabique que le separaba de los vecinos.
Las nuevas tecnologías le facilitaron su afición al fisgoneo.
Se aficionó a leer lo que algunos publicaban en prestigiosas publicaciones digitales como La Charca Literaria o La Ignorancia. Disfrutaba con las agudezas, las mentiras y los disparates de sus colaboradores. Decidió abrir un blog y también una página en Facebook para cotillear sobre la vida y los pensamientos de los demás, parapetado tras la pantalla del ordenador, en la oscuridad, con la impunidad que da observar sin ser visto, como cuando se contempla el mundo tras el visillo de la ventana.
Como quería pasar desapercibido, aunque leía con delectación lo que los otros escribían, rara vez daba su opinión. No comentaba nunca nada, ni siquiera utilizaba un tímido “me gusta”.
Prefería leer a ser leído, observar a ser observado.
Un día se dio cuenta de la dificultad de mantener ese juego.
La gente se fue cansando de su mutismo. Le relegaron a un segundo plano.
Dejaron poco a poco de seguirle. Alguno lo eliminó. Los más decidieron marginarle y no permitir que viera sus publicaciones.
Pronto no tuvo Ceferino dónde cotillear.
Un día decidió darse de baja de las redes sociales.
Pero no pudo. O no supo.
En este mundo hay dos cosas especialmente complicadas: darte de baja de la compañía telefónica y del Facebook.
Desesperado, se compró en el Mercadona cuatro cajas de botellas de whisky del malo y, así, abotargado por el alcohol y derrotado sobre el sillón de la sala de estar, se hizo teleadicto de todos los programas basura y de cotilleo barato de la tele.
Al final se murió. No sabemos si lo mató la cirrosis, el aburrimiento o una sobredosis de porquería.