lunes, 26 de enero de 2026

Un cotilla venido a menos

 


Ceferino Hernández era un cotilla, un mirón, lo que se dice un auténtico voyeur.

Siempre andaba espiando por la mirilla de la puerta o pegando la oreja al tabique que le separaba de los vecinos.

Las nuevas tecnologías le facilitaron su afición al fisgoneo.

Se aficionó a leer lo que algunos publicaban en prestigiosas publicaciones digitales como La Charca Literaria o La Ignorancia. Disfrutaba con las agudezas, las mentiras y los disparates de sus colaboradores. Decidió abrir un blog y también una página en Facebook para cotillear sobre la vida y los pensamientos de los demás, parapetado tras la pantalla del ordenador, en la oscuridad, con la impunidad que da observar sin ser visto, como cuando se contempla el mundo tras el visillo de la ventana.

Como quería pasar desapercibido, aunque leía con delectación lo que los otros escribían, rara vez daba su opinión. No comentaba nunca nada, ni siquiera utilizaba un tímido “me gusta”.

Prefería leer a ser leído, observar a ser observado.

Un día se dio cuenta de la dificultad de mantener ese juego.

La gente se fue cansando de su mutismo. Le relegaron a un segundo plano.

Dejaron poco a poco de seguirle. Alguno lo eliminó. Los más decidieron marginarle y no permitir que viera sus publicaciones.

Pronto no tuvo Ceferino dónde cotillear.

Un día decidió darse de baja de las redes sociales.

Pero no pudo. O no supo.

En este mundo hay dos cosas especialmente complicadas: darte de baja de la compañía telefónica y del Facebook.

Desesperado, se compró en el Mercadona cuatro cajas de botellas de whisky del malo y, así, abotargado por el alcohol y derrotado sobre el sillón de la sala de estar, se hizo teleadicto de todos los programas basura y de cotilleo barato de la tele.

Al final se murió. No sabemos si lo mató la cirrosis, el aburrimiento o una sobredosis de porquería.

miércoles, 21 de enero de 2026

Para qué escribimos

 


Escribimos sobre lo que vemos y oímos, sobre lo que leemos, sobre lo que sentimos, amamos y odiamos, sobre nuestras propias experiencias, sobre las experiencias ajenas. Nos ponemos en la piel de otros para amar, sentir y actuar. Escribimos sobre nuestras neuras y obsesiones…

Escribir es una necesidad, un desahogo, una forma de exteriorizar las fobias, las inquietudes y las preocupaciones.

Escribimos para expulsar y compartir nuestros demonios; pero también lo hacemos para pasarlo bien, como el que va de pesca o es aficionado a los deportes de invierno.

Escribimos porque nos lo pide el cuerpo, porque da gustirrinín, como el sexo, como la procreación: gestamos una idea, nos lanzamos en brazos de las musas cuando ellas quieren, plantamos una semilla que va creciendo y desarrollándose, y al cabo de unos días o de unos meses o de unos años parimos nuestra obra. Y luego da gusto ver nuestras creaciones adornando las estanterías propias y ajenas. 

Sobre todo las propias.

viernes, 16 de enero de 2026

Ruidos 2


El ruido siempre comienza a la hora de dormir, justo cuando las persianas de los ojos han decidido echar el cierre, como cada noche. En ese momento exacto en el que tengo un pie todavía despierto y el otro entrando ya en el reino de Morfeo, es cuando la realidad se diluye y se va mezclando, caprichosamente, en una combinación absurda, con los disparates propios del sueño.


La casa nunca fue ruidosa. Todo hay que decirlo. Si acaso, cuando estaban los chicos, había el trasiego normal propio de cuando en ella habita gente joven. Pero eso fue hace mucho tiempo. Demasiado. Luego me fui quedando solo.

Desde que Marta se fue lo habitual es el silencio, casi siempre absoluto, rotundo, roto de vez en cuando por alguna llamada telefónica de alguno que quiere venderme cosas o por causa del ajetreo propio que viene de la calle durante el día. Y al llegar la noche reina la quietud, si no fuera por esos ruidos inexplicables que, de cuando en cuando, vienen a visitarme a la hora de dormir…

—¡Crack! —Un crujido que se repite varias veces, tal vez algo que se rompe…

—¡Crick! —Más leve, sugiere un movimiento de algo pequeño, pero no por ello menos inquietante.

—¡Sssspp! —Podría tratarse de un cuerpo sinuoso que se desliza… Se me eriza la piel de pensar que podría deberse al movimiento de alguna culebra.

¿Será tal vez un roedor que se esconde? ¿Serán acaso dos ratoncillos que cuchichean entre ellos por lo bajo?
Y si hay un intruso, ¿ dónde se esconde?

Es en ese preciso momento, una vez aparcado el descanso para más tarde, cuando viene la rutina de cada noche: me levanto del lecho, enciendo luces, inicio una búsqueda infructuosa bajo la cama, tras la mesilla de noche o tras las cortinas, echo una ojeada al cuarto de baño…  Nada. Regreso a la piltra. Como un ritual, se producen unos minutos de espera hasta apagar de nuevo la luz. A veces vuelven los ruiditos, cada vez más apagados. Otras no. En todo caso, el incidente acaba con el regreso del silencio, mi respiración que se va haciendo más lenta y acompasada y la inmersión definitiva en el sueño.

Así muchas noches. Siempre a la hora de dormir. 

Necesito creer que deben ser los crujidos de los muebles, o de las plaquetas del suelo que se enfrían y contraen. Eso me digo a mí mismo. Pero, en el fondo, sé que no es esa la razón, que la casa ha sido poseída por algo o alguien que me acompañará ya para siempre. Y viene con banda sonora. Como en las películas de misterio o de terror psicológico. Un okupa que se esconde muy bien, imposible de localizar, pero al que no se le olvida nunca darme las buenas noches.

lunes, 12 de enero de 2026

Ruidos 1

Lo normal eran los crujidos. Aquella vieja mansión de techos altos, destartalada y fría, comprada a destiempo y sin reformar, de vez en cuando se quejaba. Y el lamento solía proceder de los goznes de las puertas, de las cañerías, de las baldosas de la cocina o del baño, de las tablas que formaban la tarima del suelo, de alguna teja movida por el viento…


A veces, en medio de la noche, un golpe seco, como de rotura, partía en dos el silencio que hasta ese momento nos acompañaba. Aquello nos sobrecogía al principio, aunque luego nos íbamos acostumbrando. Es más, yo diría que pasó a formar parte de nuestra existencia, suavizando y dando un toque de color a una relación en la que la rutina y la falta de comunicación se habían erigido como condimentos únicos de un aliño inevitable tras más de cincuenta años de convivencia.

Sí, ya sé que lo suyo hubiera sido invertir treinta o cuarenta mil euros en hacer ciertas reformas, pero la falta de ganas por un lado y las escasas perspectivas de futuro que se tienen cuando se van a cumplir ochenta años no contribuían a emprender acción alguna. Por esa misma razón fue por la que eché con cajas destempladas al mozalbete aquel que se presentó en mi casa empecinado en instalar en el tejado placas fotovoltaicas.

—En diez años puede usted recuperar el dinero invertido.
—A saber dónde estaré yo para entonces.

Y le cerré la puerta en las narices.

Sea como fuere, el caso es que, debido a la edad de la edificación, los achaques propios de una casa casi centenaria habían decidido instalarse y compartir sus quejidos junto a nosotros.

—Parece que crujen las lamas de madera del somier —me decía Elisa una mañana de invierno según nos levantábamos de la cama.
—Son mis huesos, cabrona, que ya vamos también teniendo una edad.