lunes, 8 de junio de 2026

Escritor sombrío

 

Reciclando un viejo texto de hace ya muchos años.


No sabemos en qué momento preciso la sombra que proyectaba Félix Duarte decidió independizarse y vivir por su cuenta. Hasta ese día era normal verla en la pared trasera del estudio donde solía trabajar su propietario, a horas intempestivas de la noche, removiéndose levemente y en silencio cada vez que Félix se movía, en una perfecta imitación del original, pero en negro sobre fondo blanco, como siluetas chinescas sobre una pantalla gracias a la luz del potente flexo que en su camino se encontraba siempre con un obstáculo: el cuerpo sedentario de un hombre de mediana edad, ligeramente inclinado sobre la mesa de su despacho, tecleando en un ordenador.

Sí, la sombra le acompañó siempre, hasta que un buen día se hartó de su papel de subordinada fiel y decidió largarse en silencio, como esos maridos de hábitos nocturnos que se quitan los zapatos al entrar para no hacer ruido y caminan de puntillas por el pasillo hasta llegar a su dormitorio. Se fue sigilosamente, sin avisar ni nada. Su propietario no se percató en absoluto de la desaparición porque hay muy pocos seres humanos que miren hacia atrás para ver qué hacen sus sombras, y menos un escritor.

Desde ese día, la sombra dejó de tener dueño, emancipada como estaba, decidió emprender un nuevo camino en solitario, alejada de la rutina que la obligaba a ceñirse siempre a un guión que escribían otros. No volvería a ser jamás el reflejo de nada, no sería nunca más la actriz secundaria en la película de la vida de nadie.

En días radiantes, se la veía moverse por el suelo, trepar por las paredes encaladas, doblarse en las esquinas… Daba gusto verla serpentear entre los adoquines de la calle, alargarse infinitamente cuando el sol declinaba o cuando las luces de las farolas nocturnas estiraban su silueta, para luego encogerse caprichosamente como si fuera de goma. Ella era la sombra, la oscuridad perfecta, la libertad absoluta.

La gente andaba como loca cada vez que Carmencita —pues de alguna manera habrá que llamarla— salía a la calle, pues se acercaba siempre donde más personas había y se dedicaba a enredar entre los pies del personal. Los niños jugaban a pisarla, pero ella era más ágil y se escurría de sus pequeños perseguidores y enseguida acababa trepando por los muros de las casas, las tapias de los huertos o las vallas del cementerio. Y desde allí, desde lo alto, contemplaba a chicos y grandes, dominando la situación. Lo malo eran las otras sombras, las que proyectaban los demás. No veían con buenos ojos los movimientos de Carmencita. En realidad la odiaban por esa capacidad suya de adoptar libremente cualquier forma por caprichosa que fuera. Y la criticaban: que qué se había creído que era, que si no tenía formalidad, que si era una casquivana. La verdad es que sentían una envidia tremenda cada vez que el sol estaba en lo más alto, haciendo que sus rayos cayeran perpendicularmente, convirtiéndolas a ellas en poco más que unos diminutos círculos alrededor de los árboles del parque, mientras que Carmencita se deslizaba a su aire, llenándolo todo con su presencia y su libertad de movimientos, eclipsando, ensombreciendo a las demás, nunca mejor dicho. Y es que la envidia es muy mala.

¿Y que fue del antiguo propietario, de ese autor de piezas teatrales por encargo llamado Félix Duarte?

Pues simplemente decir que desde que su sombra le abandonó, decayó su inspiración, pues se le había ido para siempre su mitad imaginativa, ocurrente y aventurera. Carmencita había sido durante mucho tiempo su musa, la que le dictaba calladamente cada noche mil situaciones ingeniosas. Por eso sus textos se volvieron opacos, lacios, insulsos y hasta amargados. No hablaban más que de crímenes y de amores  traicionados. Y él se volvió huraño, solitario, antipático…

—Mira que tienes mala sombra —le dijo un día una amiga.

lunes, 25 de mayo de 2026

Nada nuevo bajo el sol

 Había un chiste centrado en la Prehistoria en el que un niño entregaba a su padre las notas del cole, muy malas por cierto. El hombre de las cavernas, echando un vistazo al trozo de piel seca de mamut (el boletín de calificaciones de su hijo), meneaba la cabeza con un evidente gesto de reprobación:


—Vamos a ver, hijo, que suspendas las matemáticas y el dibujo tiene un pase, pero la Historia, que tan solo llevamos dos páginas, eso no tiene perdón.

La “ventaja” de aquellos tiempos era, evidentemente, que había poca materia para estudiar puesto que la humanidad iniciaba su andadura. La antigüedad tenía otra gran ventaja, y con esto nos acercamos al tema que quiero plantear, y es que estaba todo por inventar: la rueda, las vasijas, la ropa, el arco y la flecha… Por dicho motivo, antiguamente se inventaba o se innovaba mucho. Y esto se podría aplicar también al ámbito del arte y de la literatura: todo o casi todo lo que iba apareciendo era nuevo, inédito, original. No había antecedentes. Luego, fue pasando el tiempo. Y ahora, tras un montón de siglos de andadura, cada vez que se te ocurre escribir algo, siempre hay alguien que, bienintencionado sin duda o por dárselas de leído, te comenta:

—Esto tuyo tiene referencias a Kafka.
—¡Qué bueno! Un relato de detectives. Me recuerda mucho a Conan Doyle, a Eduardo Mendoza y a Vázquez Montalbán .
—Esto de mezclar literatura y vida ya lo escribieron antes Cervantes, Unamuno, Pirandello y Bradbury.
—Tu personaje bohemio me recuerda, salvando las distancias, al de Max Estrella de Valle Inclán.

Los anteriores a nosotros lo inventaron todo.
Si bien recuerdo -que es posible que me equivoque y lo hayan inventado otros-, Julio Verne creó el Nautilus; Wells, la máquina del tiempo; Shakespeare, el amor imposible cuando las familias andan enfrentadas; Cervantes, el antihéroe que complementa al héroe; en Grecia, Aristófanes, con su “Lisístrata”, los primeros textos de literatura erótica; sin hablar del Kamasutra de Vatsyayana Mallanaga, en la India… A ver quién es el guapo que trata temas como la avaricia, los celos, la ambición, la duda, etc. sin que le acusen de basarse en Shakespeare. O asuntos como el parricidio, la traición, el adulterio, el destino… sin que te tachen de copiar a los clásicos griegos.
Los que vivimos en el siglo XXI arrastramos una pesada carga, la de los que tuvieron antes que nosotros la ocurrencia de contar cosas.  Y entonces, echando la vista atrás, solo podemos aspirar a relatar asuntos parecidos procurando, en el mejor de los casos, dar un enfoque distinto, añadir algunos matices, modificar el punto de vista, el estilo… Y poco más. 
Basarse en obras anteriores, copiando ideas o técnicas, también lo hacen los grandes autores.

Virginia Woolf


“En esa luz, todo lo que estaba a su alrededor se destacaba con extrema nitidez. Vio girar dos moscas y notó el azulado brillo de sus cuerpos; vio un nudo en la madera donde pisaba, y el temblor de la oreja de su perro. Al mismo tiempo oyó el crujido de una rama en la quinta, unas ovejas tosiendo en el parque, un agudo chillido por las ventanas (…) Las sombras de las plantas eran de una nitidez milagrosa. Percibió cada grano de polvo en los canteros como si tuviera un microscopio aplicado al ojo. Vio la complejidad de los gajos de cada árbol. Cada brizna de pasto era definida, y cada nervio y cada pétalo. Vio a Stubbs, el jardinero, bajando por el camino, y era visible cada botón de sus polainas; vio a Betty y a Prince, los percherones, y nunca distinguió con más claridad la estrella blanca en la frente de Betty y las tres largas cerdas que sobrepasaban las otras en la cola de Prince.”

Fragmento de “Orlando”, de Virginia Woolf, 1928.  Traducción al castellano de Jorge Luis Borges.


¿Os recuerda este fragmento a alguna obra -por supuesto, posterior- del escritor argentino?
Pues eso.



"Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo…" 

Jorge Luis Borges, fragmento de "El Aleph". Buenos Aires, 1949.

lunes, 18 de mayo de 2026

Santo Cristo del Espeto

 


Dedicado a los ya desaparecidos y queridos Les Luthiers.


Mar adentro. Un barco frente a la costa de Fuentepona (Málaga). El grupo de esforzados pescadores lleva faenando desde altas horas de la madrugada. No ha ido mal la cosa. La red está llena, a punto de reventar. Ha sido una buena jornada de pesca.
La red se abre sobre la cubierta y derrama su generoso contenido: centenares de kilos de sardinas. Hay algo de morralla entre ellas, unos cuantos salmonetes, una estrella de mar y algún pulpo despistado. También hay un objeto entre los peces que reluce y llama poderosamente la atención: un viejo crucifijo de hierro oxidado con su Cristo y todo.
L
os pescadores, la mayoría malagueños y algún que otro gaditano, personas por lo común bulliciosas, han enmudecido llenos de asombro. Y como son devotos creyentes, aunque a veces juren en arameo y se caguen en todo lo cagable, piensan que están ante un prodigio de origen divino, una especie de señal especial que les quieren enviar los cielos.

El hallazgo del crucifijo supone un acontecimiento en Fuentepona. La gente habla ya de milagro. El párroco de la villa, como no podía ser de otra manera, aprovecha el asunto, reúne a las fuerzas vivas del lugar y en pocos días se organiza una procesión con la colaboración de la cofradía de pescadores y el consistorio en pleno. La comitiva, encabezada por el párroco don Genaro y el alcalde, recorre el centro de la localidad y se dirige hacia una vieja ermita medio derruida, situada en medio del campo.

En un tiempo breve, si los ingresos lo permiten, será convenientemente restaurada y rebautizada con el nombre de Ermita del Santo Cristo del Espeto. El crucifijo, flanqueado a izquierda y derecha por dos sardinas esculpidas en mármol negro de Carrara, como si fueran los dos ladrones del Gólgota que acompañaron a Jesús, se pondrá en un lugar bien visible, para admiración de propios y visitantes. En ningún caso resulta descabellado plantear este tipo de iconografía dentro de un recinto religioso, máxime en un pueblo de pescadores. Al fin y al cabo, las sardinas posibilitaron el hallazgo milagroso y también son peces, y un pez era el símbolo entre los primeros cristianos cuando compartían su credo en clandestinidad.

Miguelito, el poeta local, a sueldo del ayuntamiento y gran amigo del cura, creará un himno religioso, una plegaria que se cantará en procesión cada 20 de mayo, en el aniversario del sacro acontecimiento:


Al Cristo de las sardinas


Ampara a tus pescadores,  

Santo Cristo de la mar. 

Que la pesca sea buena, 

que podamos faenar.  

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad.

No te olvides de los fieles, 

ni del cura del lugar, 

que si no pescamos nada 

no ganamos el jornal. 

Que vengan muchos devotos 

de fuera o de la ciudad, 

y que pueda don Genaro 

su ermita restaurar. 

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad. 

Que si la pesca no es buena, 

-cosa que no ha de pasar-, 

 que si la pesca no es buena... 

¡ te devolvemos al mar!



lunes, 11 de mayo de 2026

El malo de la película


 


De pequeño siempre me gustaron los malos. Los malos de ficción, claro, los de las películas. Porque los de verdad, los del telediario, ya eran otra cosa, pertenecían solo al mundo de los adultos. Y esos no eran de los míos.

¡Ah, los malos! ¡Qué atractivos resultaban! ¿Seria yo acaso un malo en potencia? Ya lo decía una tía mía: este chico no roba ni mata, pero bueno, lo que se dice bueno, no es.
Porque yo, además de travieso, era:
El verdugo de la capucha y el hacha tamaño familiar en las películas de acción de la Edad Media.
El pistolero urbano con funda sobaquera que espera escondido su momento en El hombre que sabía demasiado.
Era Víctor Mature, cuando solo hacía de indio o de Aníbal.
O Jack Palance, cuando solo hacía de forajido o de mongol.
O Boris Karloff cuando solo hacía de monstruo. O sea, casi siempre.

Mi madre era la sufrida encargada del atrezzo cada vez que en mi infancia se me antojaba personaje nuevo:

"Mamá, quiero una capucha de verdugo...
Mamá, quiero una funda sobaquera para la pistola.
O un traje de romano de la guardia pretoriana.
O unos dientes de Drácula...
¡Ah! Y si vas a Sepu, cómprame un indio" .

(Un indio de los de plástico, evidentemente, porque en temas del antiguo oeste mi preferencia eran los indios, ya fueran sioux, apaches, semínolas, navajos o arapahoes, esos que montaban a pelo sus caballos, se pasaban el día medio en pelotas, vivían en tiendas y llevaban la cara pintada y decían "por Manitú").

Además de los indios, me gustaba ser Mesala en Benhur, Datán (Edward G. Robinson) con su látigo en Los Diez Mandamientos, Nerón (Peter Ustinov) en Quo Vadis, John Hurt en Calígula.
Confieso que lo más atrayente, aunque políticamente incorrecto, sería imitar a Polifemo en su cueva y comerme
vivos a los intrusos que se cuelan en mi casa sin permiso del propietario. Hoy esos intrusos no serían héroes de la guerra de Troya de regreso a Ítaca, sino cruceristas aborregados con su pulserita de “todo incluido” que llegan en masa con sus barcos e invaden las islas del Egeo. No hay derecho. Habría que devorarlos. Qué pena que ya no queden cíclopes, porque estos turistas... ¡qué se habrán creído! Empezaron por Miconos, Paros, Creta, luego Santorini y ahora... ¿la isla de los cíclopes? ¡Ojo con ellos!