lunes, 22 de junio de 2026

Zurdos

 


Escribir con la mano izquierda era algo que se rechazaba en ciertos lugares y en determinadas épocas. Se consideraba  propio de gente de baja estofa y de personas torpes.  Socialmente, en círculos demasiado pacatos y tradicionales, estaba mal visto. Incluso hubo algún maestro que obligaba a los chicos a escribir con la derecha, por lo que siempre nos encontrábamos con algún “zurdo contrariado”, que es como se les llama en el mundo de la pedagogía. Y luego venían, claro está, los problemas de aprendizaje.

Escribir con la izquierda era para algunos algo tan repugnante como, en el ámbito político,  el ser de izquierdas. No en vano, en el juicio final, Dios sentaría a los buenos a la derecha y a los condenados a la izquierda, que más tienen que ver con el diablo que con los ángeles. De hecho, en latín, izquierda es “sinister”, de donde parece provenir siniestro, como el demonio o los malos espíritus.
Los revoltosos y más radicales  de la Revolución Francesa se sentaban en la parte izquierda de la asamblea.
En el Islam se come y se da la mano con la derecha, la izquierda se reserva para otros menesteres de aseo como limpiarse el trasero.

Hoy todo es muy diferente.
Se han ido abandonando los viejos prejuicios.
Sobre todo cuando llegamos a conocer que a lo largo de la historia hubo zurdos famosos, como Napoleón Bonaparte, Madame Curie, Aristóteles, Da Vinci, Chaplin, Jimmi Hendrix, Kennedy, Barac Obama o Bill Gates, ninguno de ellos sospechoso, que yo sepa, de zafio, burdo o lelo.
Y es que, según se comenta en el Huffington Post, cuyo enlace incluyo, parece ser que los zurdos son más imaginativos, sensibles y creativos, les gusta la música más alternativa como el reggae o el jazz; son menos propensos a padecer ciertas enfermedades, como la artritis o la esquizofrenia, aunque son más proclives a padecer ataques de ira y a desarrollar dislexia, déficit de atención e hiperactividad.

En los últimos tiempos algún líder ultraderechista -como Miley en Argentina- usa el término "zurdos" con carácter peyorativo para referirse a gente de la izquierda política.

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Hablan de ello:

lunes, 15 de junio de 2026

Soñar, tal vez vivir

 


Y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.

 La vida es sueñoCalderón de la Barca.


Pesadilla tremenda la vivida aquella noche.

Yo formaba parte de la tripulación de un barco pesquero que regresaba tras pasar varias horas faenando en alta mar. La pesca había sido excelente. Ningún incidente reseñable.

Tras la maniobra de virado del aparejo, una vez izadas las redes, se habían abierto y depositado en cubierta las capturas. Luego se procedió a clasificar y guardar la pesca en la bodega.

Todo se desarrollaba con normalidad cuando, de repente, las cosas cambiaron. El estallido de un relámpago anunció el inicio del temporal, paulatinamente aumentó la fuerza del viento y la lluvia hizo acto de presencia. El barco comenzó a cabecear y a balancearse de babor a estribor.

Todavía estábamos muy lejos de la costa, a unas cuarenta millas. Y ahora se nos presentaba un escenario de tempestad. Un oleaje tremendo comenzó a zarandear la nave como si estuviera hecha de papel. Por si fuera poco, llovía cada vez con mayor intensidad y, lo peor de todo, no había luna ni estrellas que alumbraran un poco la escena, con lo que la sensación de miedo y desamparo eran enormes. Parecía que el abismo había abierto sus fauces y amenazaba con tragarnos en un santiamén. La angustia, transformada en auténtico pavor, nos oprimía el pecho a los que formábamos parte de aquella tripulación.

Al final, de tanto desesperarme y removerme, desperté angustiado y, durante un segundo tan solo, disfruté del alivio que supone haber dejado la pesadilla atrás.

Había regresado a mi mundo real.

Nada había cambiado.

Me di cuenta de mi lamentable situación.

Seguía tumbado en el suelo, frío y duro como una lápida. Seguía allí, encadenado al muro y con grilletes en los tobillos. No sé qué hacía yo soñando ocupar el lugar de un pescador del primer mundo cuando no dejaba de ser un simple esclavo del tercero y que sería subastado en el mercado esa misma mañana al mejor postor. 



lunes, 8 de junio de 2026

Escritor sombrío

 

Reciclando un viejo texto de hace ya muchos años.


No sabemos en qué momento preciso la sombra que proyectaba Félix Duarte decidió independizarse y vivir por su cuenta. Hasta ese día era normal verla en la pared trasera del estudio donde solía trabajar su propietario, a horas intempestivas de la noche, removiéndose levemente y en silencio cada vez que Félix se movía, en una perfecta imitación del original, pero en negro sobre fondo blanco, como siluetas chinescas sobre una pantalla gracias a la luz del potente flexo que en su camino se encontraba siempre con un obstáculo: el cuerpo sedentario de un hombre de mediana edad, ligeramente inclinado sobre la mesa de su despacho, tecleando en un ordenador.

Sí, la sombra le acompañó siempre, hasta que un buen día se hartó de su papel de subordinada fiel y decidió largarse en silencio, como esos maridos de hábitos nocturnos que se quitan los zapatos al entrar para no hacer ruido y caminan de puntillas por el pasillo hasta llegar a su dormitorio. Se fue sigilosamente, sin avisar ni nada. Su propietario no se percató en absoluto de la desaparición porque hay muy pocos seres humanos que miren hacia atrás para ver qué hacen sus sombras, y menos un escritor.

Desde ese día, la sombra dejó de tener dueño, emancipada como estaba, decidió emprender un nuevo camino en solitario, alejada de la rutina que la obligaba a ceñirse siempre a un guión que escribían otros. No volvería a ser jamás el reflejo de nada, no sería nunca más la actriz secundaria en la película de la vida de nadie.

En días radiantes, se la veía moverse por el suelo, trepar por las paredes encaladas, doblarse en las esquinas… Daba gusto verla serpentear entre los adoquines de la calle, alargarse infinitamente cuando el sol declinaba o cuando las luces de las farolas nocturnas estiraban su silueta, para luego encogerse caprichosamente como si fuera de goma. Ella era la sombra, la oscuridad perfecta, la libertad absoluta.

La gente andaba como loca cada vez que Carmencita —pues de alguna manera habrá que llamarla— salía a la calle, pues se acercaba siempre donde más personas había y se dedicaba a enredar entre los pies del personal. Los niños jugaban a pisarla, pero ella era más ágil y se escurría de sus pequeños perseguidores y enseguida acababa trepando por los muros de las casas, las tapias de los huertos o las vallas del cementerio. Y desde allí, desde lo alto, contemplaba a chicos y grandes, dominando la situación. Lo malo eran las otras sombras, las que proyectaban los demás. No veían con buenos ojos los movimientos de Carmencita. En realidad la odiaban por esa capacidad suya de adoptar libremente cualquier forma por caprichosa que fuera. Y la criticaban: que qué se había creído que era, que si no tenía formalidad, que si era una casquivana. La verdad es que sentían una envidia tremenda cada vez que el sol estaba en lo más alto, haciendo que sus rayos cayeran perpendicularmente, convirtiéndolas a ellas en poco más que unos diminutos círculos alrededor de los árboles del parque, mientras que Carmencita se deslizaba a su aire, llenándolo todo con su presencia y su libertad de movimientos, eclipsando, ensombreciendo a las demás, nunca mejor dicho. Y es que la envidia es muy mala.

¿Y que fue del antiguo propietario, de ese autor de piezas teatrales por encargo llamado Félix Duarte?

Pues simplemente decir que desde que su sombra le abandonó, decayó su inspiración, pues se le había ido para siempre su mitad imaginativa, ocurrente y aventurera. Carmencita había sido durante mucho tiempo su musa, la que le dictaba calladamente cada noche mil situaciones ingeniosas. Por eso sus textos se volvieron opacos, lacios, insulsos y hasta amargados. No hablaban más que de crímenes y de amores  traicionados. Y él se volvió huraño, solitario, antipático…

—Mira que tienes mala sombra —le dijo un día una amiga.

lunes, 25 de mayo de 2026

Nada nuevo bajo el sol

 Había un chiste centrado en la Prehistoria en el que un niño entregaba a su padre las notas del cole, muy malas por cierto. El hombre de las cavernas, echando un vistazo al trozo de piel seca de mamut (el boletín de calificaciones de su hijo), meneaba la cabeza con un evidente gesto de reprobación:


—Vamos a ver, hijo, que suspendas las matemáticas y el dibujo tiene un pase, pero la Historia, que tan solo llevamos dos páginas, eso no tiene perdón.

La “ventaja” de aquellos tiempos era, evidentemente, que había poca materia para estudiar puesto que la humanidad iniciaba su andadura. La antigüedad tenía otra gran ventaja, y con esto nos acercamos al tema que quiero plantear, y es que estaba todo por inventar: la rueda, las vasijas, la ropa, el arco y la flecha… Por dicho motivo, antiguamente se inventaba o se innovaba mucho. Y esto se podría aplicar también al ámbito del arte y de la literatura: todo o casi todo lo que iba apareciendo era nuevo, inédito, original. No había antecedentes. Luego, fue pasando el tiempo. Y ahora, tras un montón de siglos de andadura, cada vez que se te ocurre escribir algo, siempre hay alguien que, bienintencionado sin duda o por dárselas de leído, te comenta:

—Esto tuyo tiene referencias a Kafka.
—¡Qué bueno! Un relato de detectives. Me recuerda mucho a Conan Doyle, a Eduardo Mendoza y a Vázquez Montalbán .
—Esto de mezclar literatura y vida ya lo escribieron antes Cervantes, Unamuno, Pirandello y Bradbury.
—Tu personaje bohemio me recuerda, salvando las distancias, al de Max Estrella de Valle Inclán.

Los anteriores a nosotros lo inventaron todo.
Si bien recuerdo -que es posible que me equivoque y lo hayan inventado otros-, Julio Verne creó el Nautilus; Wells, la máquina del tiempo; Shakespeare, el amor imposible cuando las familias andan enfrentadas; Cervantes, el antihéroe que complementa al héroe; en Grecia, Aristófanes, con su “Lisístrata”, los primeros textos de literatura erótica; sin hablar del Kamasutra de Vatsyayana Mallanaga, en la India… A ver quién es el guapo que trata temas como la avaricia, los celos, la ambición, la duda, etc. sin que le acusen de basarse en Shakespeare. O asuntos como el parricidio, la traición, el adulterio, el destino… sin que te tachen de copiar a los clásicos griegos.
Los que vivimos en el siglo XXI arrastramos una pesada carga, la de los que tuvieron antes que nosotros la ocurrencia de contar cosas.  Y entonces, echando la vista atrás, solo podemos aspirar a relatar asuntos parecidos procurando, en el mejor de los casos, dar un enfoque distinto, añadir algunos matices, modificar el punto de vista, el estilo… Y poco más. 
Basarse en obras anteriores, copiando ideas o técnicas, también lo hacen los grandes autores.

Virginia Woolf


“En esa luz, todo lo que estaba a su alrededor se destacaba con extrema nitidez. Vio girar dos moscas y notó el azulado brillo de sus cuerpos; vio un nudo en la madera donde pisaba, y el temblor de la oreja de su perro. Al mismo tiempo oyó el crujido de una rama en la quinta, unas ovejas tosiendo en el parque, un agudo chillido por las ventanas (…) Las sombras de las plantas eran de una nitidez milagrosa. Percibió cada grano de polvo en los canteros como si tuviera un microscopio aplicado al ojo. Vio la complejidad de los gajos de cada árbol. Cada brizna de pasto era definida, y cada nervio y cada pétalo. Vio a Stubbs, el jardinero, bajando por el camino, y era visible cada botón de sus polainas; vio a Betty y a Prince, los percherones, y nunca distinguió con más claridad la estrella blanca en la frente de Betty y las tres largas cerdas que sobrepasaban las otras en la cola de Prince.”

Fragmento de “Orlando”, de Virginia Woolf, 1928.  Traducción al castellano de Jorge Luis Borges.


¿Os recuerda este fragmento a alguna obra -por supuesto, posterior- del escritor argentino?
Pues eso.



"Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo…" 

Jorge Luis Borges, fragmento de "El Aleph". Buenos Aires, 1949.

lunes, 18 de mayo de 2026

Santo Cristo del Espeto

 


Dedicado a los ya desaparecidos y queridos Les Luthiers.


Mar adentro. Un barco frente a la costa de Fuentepona (Málaga). El grupo de esforzados pescadores lleva faenando desde altas horas de la madrugada. No ha ido mal la cosa. La red está llena, a punto de reventar. Ha sido una buena jornada de pesca.
La red se abre sobre la cubierta y derrama su generoso contenido: centenares de kilos de sardinas. Hay algo de morralla entre ellas, unos cuantos salmonetes, una estrella de mar y algún pulpo despistado. También hay un objeto entre los peces que reluce y llama poderosamente la atención: un viejo crucifijo de hierro oxidado con su Cristo y todo.
L
os pescadores, la mayoría malagueños y algún que otro gaditano, personas por lo común bulliciosas, han enmudecido llenos de asombro. Y como son devotos creyentes, aunque a veces juren en arameo y se caguen en todo lo cagable, piensan que están ante un prodigio de origen divino, una especie de señal especial que les quieren enviar los cielos.

El hallazgo del crucifijo supone un acontecimiento en Fuentepona. La gente habla ya de milagro. El párroco de la villa, como no podía ser de otra manera, aprovecha el asunto, reúne a las fuerzas vivas del lugar y en pocos días se organiza una procesión con la colaboración de la cofradía de pescadores y el consistorio en pleno. La comitiva, encabezada por el párroco don Genaro y el alcalde, recorre el centro de la localidad y se dirige hacia una vieja ermita medio derruida, situada en medio del campo.

En un tiempo breve, si los ingresos lo permiten, será convenientemente restaurada y rebautizada con el nombre de Ermita del Santo Cristo del Espeto. El crucifijo, flanqueado a izquierda y derecha por dos sardinas esculpidas en mármol negro de Carrara, como si fueran los dos ladrones del Gólgota que acompañaron a Jesús, se pondrá en un lugar bien visible, para admiración de propios y visitantes. En ningún caso resulta descabellado plantear este tipo de iconografía dentro de un recinto religioso, máxime en un pueblo de pescadores. Al fin y al cabo, las sardinas posibilitaron el hallazgo milagroso y también son peces, y un pez era el símbolo entre los primeros cristianos cuando compartían su credo en clandestinidad.

Miguelito, el poeta local, a sueldo del ayuntamiento y gran amigo del cura, creará un himno religioso, una plegaria que se cantará en procesión cada 20 de mayo, en el aniversario del sacro acontecimiento:


Al Cristo de las sardinas


Ampara a tus pescadores,  

Santo Cristo de la mar. 

Que la pesca sea buena, 

que podamos faenar.  

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad.

No te olvides de los fieles, 

ni del cura del lugar, 

que si no pescamos nada 

no ganamos el jornal. 

Que vengan muchos devotos 

de fuera o de la ciudad, 

y que pueda don Genaro 

su ermita restaurar. 

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad. 

Que si la pesca no es buena, 

-cosa que no ha de pasar-, 

 que si la pesca no es buena... 

¡ te devolvemos al mar!



lunes, 11 de mayo de 2026

El malo de la película


 


De pequeño siempre me gustaron los malos. Los malos de ficción, claro, los de las películas. Porque los de verdad, los del telediario, ya eran otra cosa, pertenecían solo al mundo de los adultos. Y esos no eran de los míos.

¡Ah, los malos! ¡Qué atractivos resultaban! ¿Seria yo acaso un malo en potencia? Ya lo decía una tía mía: este chico no roba ni mata, pero bueno, lo que se dice bueno, no es.
Porque yo, además de travieso, era:
El verdugo de la capucha y el hacha tamaño familiar en las películas de acción de la Edad Media.
El pistolero urbano con funda sobaquera que espera escondido su momento en El hombre que sabía demasiado.
Era Víctor Mature, cuando solo hacía de indio o de Aníbal.
O Jack Palance, cuando solo hacía de forajido o de mongol.
O Boris Karloff cuando solo hacía de monstruo. O sea, casi siempre.

Mi madre era la sufrida encargada del atrezzo cada vez que en mi infancia se me antojaba personaje nuevo:

"Mamá, quiero una capucha de verdugo...
Mamá, quiero una funda sobaquera para la pistola.
O un traje de romano de la guardia pretoriana.
O unos dientes de Drácula...
¡Ah! Y si vas a Sepu, cómprame un indio" .

(Un indio de los de plástico, evidentemente, porque en temas del antiguo oeste mi preferencia eran los indios, ya fueran sioux, apaches, semínolas, navajos o arapahoes, esos que montaban a pelo sus caballos, se pasaban el día medio en pelotas, vivían en tiendas y llevaban la cara pintada y decían "por Manitú").

Además de los indios, me gustaba ser Mesala en Benhur, Datán (Edward G. Robinson) con su látigo en Los Diez Mandamientos, Nerón (Peter Ustinov) en Quo Vadis, John Hurt en Calígula.
Confieso que lo más atrayente, aunque políticamente incorrecto, sería imitar a Polifemo en su cueva y comerme
vivos a los intrusos que se cuelan en mi casa sin permiso del propietario. Hoy esos intrusos no serían héroes de la guerra de Troya de regreso a Ítaca, sino cruceristas aborregados con su pulserita de “todo incluido” que llegan en masa con sus barcos e invaden las islas del Egeo. No hay derecho. Habría que devorarlos. Qué pena que ya no queden cíclopes, porque estos turistas... ¡qué se habrán creído! Empezaron por Miconos, Paros, Creta, luego Santorini y ahora... ¿la isla de los cíclopes? ¡Ojo con ellos!


lunes, 4 de mayo de 2026

Mi amigo Julio



Conozco a varias personas con el nombre de Julio.

Algunas de ellas, pocas, han pasado por la vida, por la historia y por la literatura dejando su huella de forma imborrable, con un legado importante para la humanidad.

Uno es Julio César, más conocido entre sus soldados por el mote de “el adúltero calvo”; otro es Julio Cortázar, gran “Cronopio” a quien desde estas páginas rindo homenaje, otro es mi compañero de la infancia, mi gran amigo siempre fiel, a quien debo, junto a otros pocos, mi afición por la lectura: Julio Verne.

Sí, este Julio me acompañó siempre, como un inseparable amigo. El que me ayudaba a conciliar el sueño cuando me iba a la cama, el que me entretenía las largas tardes de invierno mientras caía la lluvia tras las ventanas, incluso el que me acompañaba sin una queja cuando tuve que guardar cama en alguna ocasión por motivo de una enfermedad pasajera. Nunca me falló. Y recibí mucho a cambio: el placer de la lectura, participar en aventuras y viajes imposibles contrarreloj, disfrutar de las peripecias de sus personajes como Phileas Fogg, el profesor Lidenbrock o el Capitán Nemo, luchar contra animales prehistóricos, viajar a la Luna, sumergirme en las profundidades del océano a bordo del Nautilus descender hasta el corazón mismo del planeta introduciéndome por el cráter del Sneffels e internándome por ese dédalo de oscuras y frías galerías…

Y al mismo tiempo desplegaba cuidadosamente sobre la mesa un trozo de pergamino de unas cinco pulgadas de largo por tres de ancho, en el que había trazados, en líneas transversales, unos caracteres mágicos. Era un facsímil exacto. Quiero dar a conocer al lector estos signos extraños, que llevarán al profesor Lidenbrock y a su sobrino a emprender la expedición más extraña del siglo XIX:




El profesor miró por un rato esta secuencia de caracteres; luego dijo, levantando sus gafas "Esto es rúnico; estos tipos son exactamente iguales a los del manuscrito de Snorre Turleson. Pero... ¿qué significan?» (1)

Y luego estaba el globo, protagonista de más de una novela, que me servía para alejarme del mundo prosaico y anodino que me tocó vivir en tiempos del funeralísimo. Tiempos sin libertad, en una España plomiza, gris, llena de prohibiciones. Una España en blanco y negro, como la tele o el Nodo de aquellos tiempos terribles…Y la lectura obraba el milagro de trasladarme a otros remotos lugares, llenos de islas fantásticas, enemigos despiadados, animales salvajes, expediciones peligrosas. Y así, con la ayuda del globo, conseguir evadirme, elevarme, alejarme y, de mano de vientos favorables, poder llegar a tantos sitios sin necesidad de pasaporte ni de aduanas. El mundo, con todas sus maravillas, quedaba al alcance de mi mano. Con Julio viajabas por el mundo y no había frontera que se resistiera al empuje de sus aventureros personajes. El capitán Nemo, un apátrida que renegó del mundo entero y que rompió relaciones con la humanidad, se convirtió en un pirata moderno a bordo del Nautilus y no conocía más patria ni bandera que las profundidades del mar. El globo de Verne sobrevolaba los territorios sin detenerse en las aduanas. El profesor Lidenbrock no tuvo que presentar pasaporte para entrar por el Sneffels en Islandia y salir por el Estrómboli en Italia, a 1200 leguas del otro. O emprender la búsqueda del capitán Grant a través de la Patagonia, Australia y el Pacífico. O recorrer el continente africano viajando cinco semanas en globo. Y qué pequeñas se ven nuestras naciones y nuestras miserias, qué diminuto el mundo con sus fronteras, cuando viajas rumbo a la Luna. ¿Cómo no estar agradecido a Julio, al gran Julio, y sobre todo a su globo el haber podido trasladarme a otros lugares, aunque tan sólo fuera por el poder mágico de la lectura y de la imaginación?

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(1) Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra



 


lunes, 27 de abril de 2026

Sísifo

 


De lunes a viernes trabajo en una gestoría.
Las jornadas se reparten entre el ordenador y los papeles, el hastío y el desencanto, las malas caras y las labores reiterativas. Trabajo no falta. Siempre hay gente, a título particular o de empresa, que precisa de nuestros servicios: gestión de nóminas, facturación, alta y baja de trabajadores, contrataciones, despidos, contabilidad... A pesar de la diversidad de funciones, los protocolos se repiten y la rutina se impone y, lo que es más importante, pasan lentas las horas. Los días discurren monótonos y grises.


Para colmo de males, esta semana se ha averiado el ascensor y hay que subir y bajar a pie las nueve plantas.

El jefe de sección me la tiene jurada y su deporte favorito es putearme haciéndome bajar a otras plantas con montones de carpetas de archivos. Y luego vuelta a subir. Y así me paso el día en las escaleras.

Tras acabar la jornada del viernes, me despido hasta el lunes y regreso al hogar.
Parece llegar la felicidad, pero la alegría dura poco.
El fin de semana pasa veloz. Siempre la misma historia: comprar, meter la ropa sucia en la lavadora, preparar la comida de la semana, limpiar la casa, poner el lavaplatos, ayudar a los chicos con sus deberes, ver la tele y comer con los suegros o con los amigos de siempre. Y entre unas cosas y otras los días de ¿descanso? se consumen rápidamente.

Lunes de nuevo. Toca madrugar, coger el coche y regresar a la oficina. Hay retenciones en la autovía de acceso a la ciudad. El tráfico va endemoniadamente lento. Parece ser que ha habido un accidente. Se me hace tarde. Llego por fin. Consigo aparcar de milagro no muy lejos de la oficina. Saco del maletero del coche una pequeña mochila con cosas personales y un maletín con mi portátil. Resoplo. Voy sudando. Llego al portal del edificio donde trabajo.
En la puerta del ascensor hay un cartel que pone AVERIADO.

Así que vuelta a empezar.

Empezamos el lunes con buen pie: nueve pisos me esperan con sus escalones respectivos. Y mi amado jefe.



martes, 21 de abril de 2026

Miradas

 


No perdamos la perspectiva, decía doña Rosa, la dueña del café aquel de La Colmena.
Mira que te lo advertí —opinaba tu madre—. Esa mujer no te conviene.
Mira, dijo un ciego.
Ya veremos, dijo otro.
Mirando el mar soñé que estabas junto a mí, entonaba Jorge Sepúlveda con mucho sentimiento.

¡Y tú, qué miras! (provocando).
¿Y tú, cómo miras, con qué miras? El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas. Es ojo porque te ve (en plan machadiano).

Luego está la literatura. El relato es una mirada literaria sobre la realidad.

Y las hay seductoras, inquisitivas, penetrantes, vagas, terribles, profundas, esquivas...
Miradas tristes, furtivas, ardientes, frías, recelosas, escrutadoras...

La mirada de la mujer de Lot cuando contempla Sodoma desde una distancia prudencial y se queda de piedra (algo salada, creo).
No mires atrás, decían los componentes de Boston.
Sebastián, el solterón mironcete encargado de la mercería, daba siempre un repaso visual a las clientas que entraban en su tienda a comprar botones o cosas de lencería.

Joan también Miró.

Por una mirada, un mundo. Por una sonrisa, un cielo, decía Gustavo.
Mira qué eres canalla. Eso no se hace a quien te quiere bien, nos cantaba el Aute.
Regardez la gilopolluá, decían Tip y Coll en el numerito de la jarra con agua y el vaso.
Y al volver la vista atrás —el amigo Antonio, premonitoriamente, mucho antes de abandonar España— se ve la senda que nunca has de volver a pisar.
El niño —que está en la luna, muy lorquiana por cierto— la mira, mira, el niño la está mirando.
Mira qué eres linda, qué bonita eres... El piropo con aire de bolero. Bolero debe ser el que hace bolos en las fiestas de los pueblos o el mentiroso compulsivo que te mete una bola. Muchos mentirososo son incapaces de aguantarte la mirada.

En los viajes en tren me gusta ir sentado junto a la ventanilla de espaldas al sentido de la marcha. Ir viendo como se van empequeñeciendo en la distancia hasta desaparecer las casas, los prados, los postes... perdiéndose a lo lejos. Muy evocador y poético todo. Pues no deja de ser una mirada al pasado, a lo que se va, a lo que se fue. En ese momento la nostalgia se apodera del que no tiene otro entretenimiento que mirar, soñoliento o tal vez aburrido, por la ventanilla.

Siempre la ventanilla es mejor ocupación, amigo lector, que mirar el mundo a través de una pantalla como esta.










viernes, 17 de abril de 2026

Una raza superior

  



A título individual valoro mucho que nos respetéis, que mostréis buena educación, que haya intentos por vuestra parte de aceptar nuestras costumbres... ¿Cómo llamarlo?¿Capacidad de adaptación? ¿Maniobras interesadas? Algunas mentes bien pensantes y cándidas lo llaman integración. ¡Ilusos!

Digamos que eso de integrarse me parece bien. Pero en este caso suena a cuento chino.
Por mucho que os esforcéis resulta difícil ocultar vuestra verdadera naturaleza. Esos gestos, esas muecas, esas carcajadas, esas exclamaciones exageradas, la forma peculiar de comunicaros con los demás, de celebrar vuestros rituales, de sonreír o de abrazar...
No, no podéis disimular vuestro auténtico origen, aunque hagáis un poco de teatro…

Considero que hay algo fingido cada vez que usáis algunas expresiones coloquiales, como por ejemplo “tener huevos”, para presumir de hombría, o “tener pluma”, para indicar cierta afectación o delicadeza en la condición del homosexual. Puro teatrillo de impostada integración para regalarnos el oído —sois conscientes de que eso nos halaga— , pero a estas alturas es difícil engañarnos.

No nos gusta que mastiquéis a dos carrillos, que habléis en voz alta o que discutáis con los demás por cualquier tontería. Tampoco nos gustan esas fiestas ruidosas ni esos atracones que os dais a base de carne grasienta, todo bien regado con alcohol y cafeína. No resulta agradable veros devorar, en un ritual gastronómico insufrible y voraz, esos cadáveres de inocentes animales. ¡Puaj!

Sois ruidosos, prepotentes, pendencieros, narcisistas, egoístas. Os creéis el centro del universo. Carecéis de empatía: el resto del mundo os importa un pito. Os gusta que os adulen. No soportáis pasar desapercibidos.

Hasta ahí todo lo sobrellevamos con resignación. Pero lo que verdaderamente nos repugna es que inventéis la historia, que vayáis de víctimas, cuando siempre fuisteis verdugos. Hay que tener memoria. No podemos ni debemos olvidar el hacinamiento de nuestros antepasados en cárceles que parecían jaulas, esas hileras de seres desnudos preparados para el sacrificio, en una calculada operación de exterminio... ¡Todavía guardo en mi memoria el nauseabundo olor a piel chamuscada y a carne quemada! ¿Puede haber algo más horrible e indecente que todo eso?

Nos habéis dado muestras sobradas de lo que realmente sois.

Y tú, lo quieras o no, perteneces a ese colectivo. Así que te lo digo bien alto y claro: no, no eres uno de los nuestros.
No tienes cabida en nuestra sociedad. Ni tú ni ninguno como tú.
Porque por mucho que lo intentéis ocultar, nosotros no olvidamos. No olvidamos que durante siglos fuisteis nuestros perseguidores y torturadores.
Y solo nosotros podemos decir con orgullo que en esta era que ahora se inicia, la del Postantropoceno, y en este año glorioso de 4.525, somos por fin la raza superior: la elegida por la evolución de las especies para gobernar el planeta.

Porque afortunadamente no descendemos de los estúpidos primates como vosotros, sino de los primigenios e inteligentes pollos del Jurásico.


martes, 14 de abril de 2026

La corrección

Ser correcto en el trato con los demás. Ser educado y cortés. Ceder el paso cuando vas andando por la calle o circulando con el coche. Ser amable y considerado. Pensar de vez en cuando que no eres el único ser que habita el planeta.

La educación se puede derrochar. Es un bien que no cuesta dinero.
Si todo esto lo practicamos o, al menos, nos parece apropiado... ¿ por qué no aplicarlo también a la corrección en el lenguaje? Al menos en la expresión escrita, que lo escrito queda y perdura.
Por respeto a los demás, y con el fin de comunicarnos mejor y sin equívocos, hemos de cuidar nuestra ortografía y nuestra sintaxis, porque, ¿qué demonios queremos decir cuando escribimos cosas como estas?:

Haber si bienes.
El compañero de alado.
Roger Moore fue embestido por la reina Isabel II.


O cuando leemos:

Fallece por segundo día consecutivo una mujer de 103 años.

¡Parece que le cogió gusto la señora a eso de morirse!

Un avión español se estrella en Turquía por tercera vez en un año.

¡Cómo quedaría el pobre de tanto estrellarse!

Luego está la llamada "coma criminal", la que con frecuencia se cuela indebidamente entre sujeto y verbo:

Los alumnos de la clase de Geografía, aprobaron todos.

Por una comunicación sin equívocos, en la medida de nuestras capacidades, seamos correctos al escribir.

viernes, 10 de abril de 2026

COVI

 

Obra de Nicolae Grigorescu

Se llamaba Covadonga, pero todos la llamaban Covi. Cuando el coronavirus irrumpió en nuestras vidas pasó a ser identificada como Covi Diecinueve, porque era tóxica y complicada como persona. Sí, Covadonga era mala gente. Su situación se agravaba porque empinaba el codo de mala manera. Y cuando bebía —o sea, casi siempre— perdía el control y la vergüenza. Se juntó con otro borracho y compartieron su afición por el trago. Empezaban a beber nada más levantarse: copa de aguardiente con el café, varias cervezas a lo largo de la mañana, vino para comer, copa tras el postre, más cervezas por la tarde, vino para cenar y algún cubata tras la cena. Mientras compartían sus vicios todo iba medianamente bien. Alguna vez hasta tuvieron sexo. Se reían mucho cuando estaban cocidos, sobre todo de los demás. Les encantaba encontrar en los otros algún defecto. Si aquella estaba gorda, si aquella era flaca, si qué feo es ese señor, si aquel pedía una cocacola y no un coñac... Y se lo pasaban en grande buscando motes a los que entraban en el bar: el gafotas, el mariquita, la bollera, etc. Un día, saliendo del garito que frecuentaban, casi pisan una mierda de perro que estaba reciente en la acera.

Miiira, una mieeeerda —decía él señalando con el dedo y con la voz pastosa típica del que va hasta arriba de morapio.

Qué va a ser una mierda, hombre —respondía ella, también con la dicción perezosa del borracho.

Que sí, mujer, que es una miiiierda.

Que no —insistía ella y cogió un palo del suelo con el que empezó a hurgar en el truño, todavía humeante. Y con el palo, como si jugara al golf, empezó a golpear de refilón el zurullo perruno aquel salpicando de particulas fecales a todo el que pasara a menos de cinco metros, incluidos ellos.

¿Lo ves?

Joder —dijo ella, oliendo un fragmento que se le había adherido a la manga del jersey—. Pues es verdad. ¡Menos mal que no la hemos pisao!

Cuando él desapareció por culpa de la cirrosis hepática que se lo llevó al otro barrio, ella se quedó sola y se reconvirtió en bebedora solitaria. Y la soledad la llevó a la amargura, a odiar a los demás, a las peleas en los tugurios que frecuentaba. Le faltaban no sé cuántos dientes, algunos perdidos por sus aficiones etílicas y la falta de higiene; los más, por las trifulcas que mantuvo con otros borrachos y borrachas de su nivel. Una tía con mal rollo. Mejor no toparte con ella. Los que la conocían la llamaban así: Covi Diecinueve. Un bicho. Un virus de los peores.

lunes, 6 de abril de 2026

Amor a medida

  

Una historia urbana, de Chema Concellon (Flickr)


Cosme Sansegundo era un experto en esforzarse poco.
Era de esas personas que para mover un pie debían pedir permiso al otro pie.
Era tan sumamente vago que todo lo tenía que hacer cerca de su casa: la compra, los estudios, las aficiones… Por  no desplazarse un poco, fue capaz de renunciar al sueño académico de su vida, estudiar Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid,  y acabó matriculándose en la academia de su barrio,  en un curso de dibujo al carboncillo que lo impartía el mismo señor que daba las clases teóricas en la autoescuela Paco,  también de su barrio.
Por pura vagancia no cogía el metro para acercarse al centro de la ciudad donde podía ir al cine a ver películas de estreno, sentarse en buenas cafeterías, asistir a funciones de  teatro, conocer gente distinta, intentar ligar…
Trabajaba en su casa. Muchas veces sin quitarse el pijama. Hacía operaciones de una empresa para particulares desde el ordenador, el fax y el teléfono. Poca cosa. La suficiente para pagarse sus escasos gastos.
Prefería pasar la tarde sentado en un taburete del bar Manolo, acodado en la barra,  con el palillo en la boca, oyendo las mismas chorradas de todos los días a los solitarios borrachos de todos los días, tomándose el vino peleón de todos los días… mientras en la tele veía los programas patéticos de todos los días…

-Manolo, ponme un vino tinto y unas aceitunas.

Por la misma razón puso sus ojos en una vecina de su barrio. Ya iba siendo hora de asentar la cabeza. La vecina era mayor que él, rarita de narices y no muy agraciada físicamente. La ventaja es que vivía cerca y además frecuentaba el mismo bar. Y era bajita. Lo demás importaba poco. El amor es para pijos románticos. Al fin y al cabo, bajo la falda, todas las mujeres tienen las mismas cosas, se decía para sí. Y si te quieren engañar, da lo mismo que sea de aquí o que sea de allá. Total…
Así que el día de san Valentín fue al grano. Nada  más  que la vio entrar en el bar, se armó de valor, eligió cuidadosamente las palabras que iba a pronunciar y, tras quitarse el palillo de la boca, se lanzó al ruedo resueltamente. Ahora o nunca:

-Manolo, ponle un café a Pepita.
-Marchando, don Cosme ¿Otro vino?
-Sí, pero con aceitunas.

Se casaron por lo civil, en el ayuntamiento, no por pura convicción laica, sino porque quedaba más cerca de casa que la iglesia.





martes, 31 de marzo de 2026

El viejo libro de historia




Con mi viejo libro de historia de cuarto de bachillerato siempre mantuve una especial relación. Las fotos y su colorido suponían un refugio donde se evadía mi imaginación de vez en cuando en aquella España gris de los años 60, tan dada al adoctrinamiento en los principios ideológicos del nacionalcatolicismo.

Hace unos años hicimos mi mujer y yo un viaje a Oviedo.
Me resultó grato y emocionante tener ante mis ojos las iglesias de Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo y San Julián de los Prados. Tantas veces las
había contemplado
en mi libro con esas ilustraciones a color... Y ahora estaban ahí, frente a mí, compartiendo su espacio conmigo, como si yo también formara parte de esas imágenes que conocí por primera vez siendo un niño.

Otra vez, asistiendo a una función nocturna en el teatro romano de Mérida, me vino a la memoria el tema sobre la romanización, con sus monumentos representativos, la resistencia del héroe lusitano Viriato y la vil traición de sus generales y esos tres emperadores nacidos en Hispania: Trajano, Adriano y Teodosio.

Algo parecido me ocurrió de viaje por Menorca, con las taulas, los talayots y las navetas megalíticas. Allí, en medio del campo, cerca de Ciudadela, se alzaba solitaria la naveta des Tudons, con cierto aire de abandono. Era emocionante contemplarla in situ, sintiéndola más cercana y de alguna manera mía.

Siempre me fascinó la cara de pasmarote de Carlos IV de Borbón y la jeta de tunante de su hijo Fernandito, el rey felón, tal y como los retrató magistralmente Goya. Por eso me entusiasmó tanto la visita que hicimos al Museo del Prado. Allí comprobamos que aquellos personajes no habían cambiado con el paso de los años. Seguían en el lienzo, tan incólumes como innecesarios para la historia de España.

Revisitar en vivo las ilustraciones de mi viejo libro de historia era como cerrar el círculo de un camino que se había iniciado siendo yo un niño y que se completaba, ya adulto, con estos viajes por la geografía española. Como si el encuentro formara parte de un periplo que había empezado en la pubertad y concluía a una edad donde ya no era posible la marcha atrás. Una carrera con línea de salida y de llegada , coincidente en el mismo lugar pero en tiempos diferentes.

Por esa misma necesidad de completar el ciclo o la ceremonia del reencuentro evitaba a toda costa los episodios desagradables o violentos. Procuré pues no visitar Guernica ni Paracuellos del Jarama ni las tapias de los cementerios. De Granada me quedé tan solo con el recuerdo de La Alhambra y con los textos de Federico, obvié el destierro de Boabdil y la inútil e infame ejecución del poeta. Huir de la sombra de la muerte y del ruido de las bombas era necesario para que mi reencuentro con el pasado fuera un episodio feliz.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando, de visita al centro de Madrid, me topé sin quererlo con una concentración de simpatizantes de una formación ultra. Caminábamos por la Puerta del Sol para coger el metro en Ópera cuando nos dimos de bruces con ellos. Me estremecí cuando vi a toda esa gente con banderas, vociferando con la mano en alto haciendo el saludo fascista y cantando el Cara al Sol. Saludo e himno desgraciadamente muy en boga en mis años escolares. Nos fuimos de allí rápido. No fuera que se cerrara también el círculo y quedáramos atrapados en aquella España bárbara, en blanco y negro, como esos personajes anónimos que salían en el Nodo.



Ya cerca del metro, al doblar una esquina me topé con el vivo retrato de Garibaldi, con esa pinta entre hippie y revolucionario. Por un momento pensé que era un clochard, un vagabundo, uno de tantos que tienen la calle como casa. Barba larga, melena descuidada… Estaba sentado en la acera, sobre cartones, apoyada su espalda en la pared. Se me quedó mirando no sé si para pedirme una moneda o para contarme su papel en la unificación de Italia. La verdad es que, tras la sorpresa inicial, no le hice después mucho caso. Tal vez por eso, mientras me alejaba en dirección a la boca del metro, aquel individuo, con un cartón de vino en la mano, me despidió diciendo en voz alta:

¡Baco ha ahogado más hombres que Neptuno!



sábado, 28 de marzo de 2026

Esto no es una entrada


En efecto, esto no es una entrada.

Es un alto en el camino para reflexionar sobre un par de cosas.

En primer lugar, una "felicitación".

Sí,  una especie de felicitación dedicada a todos aquellos valientes que hacen una entrada diaria. Los hay, incluso, que publican dos o tres... ¡Cada día! 

Hay que tener capacidad de inventiva, tiempo y , sobre todo, bemoles.

Lo dice uno que como mucho publica una o dos entradas a la semana.

La verdad es que me cuesta mucho seguir este ritmo alocado de " lectura y comentario" de todo lo que publican los seguidores de este blog. 

Lo intento, sobre todo por cortesía; pero a veces "no me da la vida", no puedo estar enganchado todo el santo día al blog, porque entonces puede ocurrir que en vez de una afición divertida  y atrayente se convierta en una obligación penosa y  cansada.

También me pasa con los blogs de fuerte carga ideológica que se dedican todo el rato a lanzar sus mensajes y consignas, que seguro gustan a unos cuantos, pero que con toda probabilidad disgustan a otros muchos. Blogs que admiten comentarios cargados de insultos y descalificaciones al contrario. 

¡Uf! ¡Qué cansancio!

Que me perdonen si no les comento, pero yo vengo aquí a pasármelo bien no a discutir con nadie.

Pues lo dicho.

Nos vemos, leemos y comentamos. Si lo creemos oportuno.


lunes, 23 de marzo de 2026

El hueso ya no se lleva

 


Cuando vemos alguna película antigua basada en fantasías tipo Julio Verne, por citar un ejemplo archiconocido, no deja de sorprendernos el diseño de los artilugios, como en el caso del Nautilus, que recuerda mucho la arquitectura orgánica de moda en su día, ese submarino que tiene más de edificio de Gaudí, tan modernista y futurista él, que de sumergible. Uno viaja con el capitán Nemo y cree que está dentro de La Casa Batlló. O viceversa. Para mucha gente de cine de los sesenta el mañana estaría lleno de naves con aspecto de cafetera volante y personajes —de pelo corto, afiladas patillas y orejas puntiagudas— con trajes de papel aluminio, digo yo que para conservar el calor, como el pollo al horno, que en Marte hace un frío del copón.

El diseño del cuerpo humano también está anticuado, es fruto de la mentalidad de otra época, como la terracota, los muros de piedra sin tallar, los ladrillos secados al sol o las techumbres de ramas y cañas entrelazadas.

Sí, ya sé —me diréis cargados de razón— , que el señor Jahvé hizo su primer hombre hace la tira, pero como la época en la que lo fabricó era bárbara y atrasada y lo más moderno, si me apuráis, llegarían a ser las vasijas de barro y las casas también de ese material, prefirió adelantarse a su tiempo y fabricar nuestra especie —aparentemente también de barro— a partir de los diseños modernistas, dado que su mente clarividente y omnisciente podía elegir la época. Faltaría más.

Pues bien, y ya llego al meollo de la cuestión: el cuerpo humano es decimonónico y está obsoleto. Basta mirar unas láminas de esas de anatomía humana, llenas de huesos y de músculos, que los fisioterapeutas y los traumatólogos tienen en sus consultas, para darte cuenta de que el tiempo no ha pasado en vano. Los huesos son rígidos y se fracturan. Los músculos se adhieren a los huesos mediante tendones que sufren desgarros, inflamaciones y roturas. Así, cuando más tranquilos estamos, nos viene a visitar una legión de dolencias donde no faltan los esguinces, las torceduras, las contracturas musculares, la artrosis, la osteoporosis…

De diseñarse hoy, el cuerpo humano sería más maleable y acomodaticio, mucho más flexible ante accidentes y caídas. Se evitarían luxaciones y fracturas, con lo que no se perderían tantas jornadas de trabajo y se paliaría el colapso de los hospitales, reduciendo los gastos destinados a sanidad.

Si la creación del mundo comenzara ahora en pleno siglo XXI, con la proliferación de los nuevos materiales como el poliuretano, el PVC, la fibra de carbono, la silicona, el titanio o el hormigón pretensado, estoy convencido de que el sumo hacedor del mundo —o la propia naturaleza, según la creencia de cada cual— modelaría a sus criaturas a partir de un concepto innovador donde los nuevos materiales reemplazarían a los viejos.

Ahora que no estoy del todo seguro si nos libraríamos de los achaques o, por el contrario, habría otros nuevos:

¿Dónde vas tan deprisa, Mariano?

Voy al médico. Me toca revisión anual de la junta de culata, las válvulas y los amortiguadores. Con un poco de suerte paso la ITV (Inspección Técnica de Varones).

Que tengas suerte. A mí, el especialista me diagnosticó aluminosis y ando inyectándome fibra de carbono a tutiplén.