Reciclando un viejo texto.
Así podría empezar una novela a mitad de camino entre lo autobiográfico y la pura ficción.
La juventud, qué tiempos.
Reciclando un viejo texto.
Nunca tuve suerte con las mujeres. Todas acabaron abandonándome. ¿Razones? Las desconozco. Objetivamente creo que soy un tipo resultón, cortés, educado y detalloso a más no poder.
Año 2065. Planeta Tierra.
Alex se desplaza desde Ganimedes y visita a su amigo Olex, al que no ve desde hace tiempo.
Al visitante le llama la atención lo mucho que ha cambiado el planeta y sus gentes.
—¿De
qué se ríen los abuelos?
—No,
si no se ríen. Son los nuevos dentitarios.
Así se les llama coloquialmente. Te lo explico: enseñan a todo el
mundo sus dientes recién estrenados. Tras su jubilación a los 75
años, nuestros mayores reciben un premio en forma de lote de
artículos de salud. La verdad es que gracias a que los alienígenas
asumieron desinteresadamente las competencias en materia sanitaria,
hemos ganado mucho: dentadura nueva para los jubilados y tarjeta
sanitaria con grandes descuentos en prótesis mamarias,
liposucciones, sesiones de fisioterapia, aquagym y zumba.
—Todo ello valdrá un pastón -comenta Alex mientras observa una gigantesca pantalla de plasma donde no paran de sucederse anuncios publicitarios.
—Los meten en grupos en un aerocar —continúa diciendo Olex— , como cuando los viajes del Imserso, y los llevan a una de las naves espaciales que fondean encima de nuestras cabezas. Allí les someten a un chequeo exhaustivo, les pasan una ITV (Inspección Técnica de Vejestorios) muy completa: les arreglan articulaciones, tendones y ligamentos, les curan las hernias, la artrosis y el lumbago, les ponen ropa interior limpia y salen como los chavales del cole cuando empiezan las vacaciones, con ganas de largarse para Benidorm, estrenando sonrisa con sus dientes nuevos y con una vitalidad que te cagas. La mayoría de las intervenciones se realizan con sofisticadas técnicas indoloras y nada invasivas. Todo ello sin cargar el coste de los arreglos a las arcas del estado, con lo que nos ahorramos una pasta los contribuyentes. A los jubiletas les colocan además una pulsera en la muñeca que registra sus constantes vitales, de manera que estén controlados las veinticuatro horas.
—¿Y qué sacan los alienígenas de todo ello?
—Aunque no se habla mucho de ese tema, se cree que una vez los vejetes han cumplido su periplo vital en la Tierra, es decir, cuando la han palmado, los alienígenas se llevan los cuerpos de los difuntos a Titán y allí disponen de ellos a su antojo. Me imagino que los usarán para investigar o para la docencia, como siempre hizo aquí el Instituto Anatómico Forense. Y yo me digo, qué más les dará a los abuelos y a sus familias que se los lleven y no los incineren si a cambio han vivido sanos, felices y bien alimentados sus últimos años y no se han gastado un duro en residencias, cuidados médicos, entierro, etc. Un chollo para todos. A los fallecidos lo mismo les dará que les entierren aquí o que allí hagan con ellos mortadela.
—Muy curioso —dice Alex mientras su mirada se pierde en las alturas, tratando de calcular el número de plantas del enorme rascacielos que se alza delante de sus narices, sobre el que planea una flotilla de naves espaciales.
—Por cierto, hablando de embutidos, acaban de abrir un nueva casa de comida rápida en la plaza: Titanfood. Últimamente nuestros amigos los alienígenas también se han sumado al carro de la restauración. Son únicos. ¿Te apetece un perrito o una hamburguesa?
—¡Ah, vaya! Con la conversación se me olvidó comentarte que soy vegano. Lo siento. Yo tomaré tan solo una ensalada.
Como en el mar las redes,
el tiempo nos arrastra sin clemencia.
Ricardo y Carmen.
Ambos estudiaban en el mismo instituto. Eran compañeros del antiguo bachillerato superior de letras. Creían que la década de los 70 la estrenaron ellos, también las ilusiones y el optimismo de los que saben que tienen todo el futuro por delante, muchos proyectos por cumplir y, sobre todo, aunque lo ignoraban, demasiados pájaros en la cabeza.
Carmen y Ricardo.
Despertaban a la vida al unísono mientras el franquismo agonizaba y entraba en su recta final. Entre clase y clase, las volutas de arte jónico se mezclaban con la filosofía de Kant; las oraciones subordinadas, con las asambleas de clase y los poemas amorosos de Catulo; la bella sonrisa de Carmen, malinterpretada mil veces, se entrelazaba con las novelas existencialistas de Sartre o de Camus o con las letras del alfabeto griego, un código secreto con el que intercambiaban frases cómplices, mensajes indescifrables para el resto de los mortales del Instituto, es decir, para los alumnos de ciencias. Y en esa especie de batiburrillo se mezclaban caprichosamente el materialismo dialéctico con las canciones de Los Beatles, el arte visigodo con la lucha de clases, la poesía social de Celaya con las oraciones copulativas...
Ciencias o letras.
No había
comparación posible.
No les cabía en la cabeza que los de
ciencias prefiriesen la aridez del álgebra o de la química orgánica
a las aventuras o desventuras del Buscón don Pablos.
Letras o ciencias.
Ellos eran felices con la Odisea de Homero, las excentricidades de Diógenes el Cínico o las Comedias Bárbaras de Valle Inclán. Donde estuviera el Romancero Gitano que se quitara la tabla periódica de elementos. No experimentaban placer alguno con los números primos, pero se morían de gusto cuando eran capaces de analizar y entender un soneto del Marqués de Santillana, fecho al itálico modo, o el Carpe Diem de Garcilaso.
Aquello
duró poco, si es que alguna vez hubo algo.
Porque
dos no se aman si uno no quiere.
Y
Carmen no quería a Ricardo. Como amigo y compañero de clase sí,
pero nada más.
Todo
fue un espejismo, una ensoñación en la mente de él.
El amor unilateral entró de repente en su vida. Y se evaporó igual de deprisa que vino. Pues solo hubo intención de ello por una sola de las partes implicadas. Y para el amor compartido se necesitan al menos dos personas.
Acabó el curso. Emprendieron caminos diferentes y de aquel fuego juvenil solo quedaron las cenizas. Luego llegó la ventisca de los años de universidad, el servicio militar... y las cenizas se aventaron sin dejar rastro.
Mientras tanto, en el viejo tocadiscos sonaba una y otra vez aquella canción de Kansas:
I
close my eyes
Only
for a moment
And
the moment's gone
All
my dreams
Pass
before my eyes
That
curiosity
Dust
in the wind
All
they are is dust in the wind.
Porque al final, de los espejismos y de las ilusiones, tan solo queda un puñado de polvo arrastrado por el viento.
Miguel Expósito de Dios prosperó en la vida gracias al negocio de ultramarinos que, como hijo único que era, heredó de sus padres. Aunque no tenía completados los estudios primarios, hacía ostentación ante los demás de poderío económico, estilo refinado y nivel cultural. Entre otras medidas, forró la librería del salón con varios metros de libros encuadernados en piel roja y marrón, colocó en el centro de su jardín una fuente rodeada de los enanos de Blancanieves y mandó poner en la fachada de su chalet de seiscientos metros construidos el blasón familiar.
El escudo se lo mandó hacer de encargo a una de esas empresas que se dedican a la heráldica de pago y que dicen indagar en el origen de los apellidos. Y que todas coinciden en que los solicitantes de sus servicios tienen un origen nobiliario o ilustre, cuando todo el mundo sabe que el noventa por ciento de la población medieval española eran destripaterrones, campesinos sin tierra o siervos analfabetos y muertos de hambre que trabajaban de sol a sol para los señoritos de entonces. Nobles había, pero pocos.
De esta forma, fue citado por la empresa de heráldica para informarle de cómo iban las investigaciones sobre el origen de sus apellidos.
—Señor Expósito. El trabajo nuestro está casi a punto. Solo queda que nos dé el visto bueno para ultimarlo. Aquí tiene el boceto de cómo quedaría el escudo: sobre campo de gules, una torre flanqueada a izquierda y derecha por un árbol y un león rampante, símbolos inequívocos de la grandeza de sus apellidos. La torre o castillo viene a ser la versión medieval de su casa, esa espléndida mansión que según usted mismo nos contó se hizo construir en su localidad; el león es el símbolo de la fuerza, de la determinación y del arrojo, como corresponde en justicia a su familia por su carácter emprendedor; y el árbol, una especie de metáfora sobre la semilla de la fortuna que crece y se convierte en árbol frondoso si sabemos ser constantes en lo nuestro.
Así que poco después, para envidia de paseantes y vecinos, la fachada de su mansión lucía el escudo familiar.
Lo que ignoraba Miguel era que, lejos de su pretendido origen medieval, sus apellidos debían su existencia al hecho de que sus abuelos varones, tanto el paterno como el materno, se criaron sin padres en sendos orfanatos.
Un día que estaba aburrido de ver tanto la televisión, se acercó por primera vez a la librería del salón con ánimo lector, escogió un volumen sobre etimologías y decidió echarle un vistazo.
Mientras cogía el libro, se decía para sus adentros que los apellidos familiares eran sonoros y contundentes y con mucho significado. "Expósito" vendría de persona que se expone al peligro, a los retos que plantea la vida. "De Dios" expresaría la solidez de sus ideas cristianas. Él era un hombre de orden, de misa semanal, temeroso de Dios.
—¡Joder, mira que suenan bien! Me encantan mis apellidos. Voy a ver qué pone aquí sobre ellos.
Abrió por fin el tomo aquel cuyo título era "Antroponimia y onomástica", se sentó en el sillón de lectura que nunca usaba. Mientras leía, su semblante se ensombreció. Después tiró el libro y decidió no volver a consultar ningún otro en su vida.
Previamente a la lectura es fundamental oír a Brassens o a Javier Krahe y la canción sobre Marieta (Marinette en la original).
En
el fondo es un homenaje a ellos.
La
otra tarde quise invitar a cenar a la bella Enriqueta, pero ella
prefirió irse al burguer con un idiota más guapo que el que lo
cuenta.
Y yo, con mi cena preparada en casa, con velas aromáticas y todo, hice el gilipollas. Había preparado medallones de solomillo al roquefort con un Ribera del Duero estupendo y acabé cenando solo, llorando luego en la bañera y bebiendo el vino a morro directamente de la botella, en calzoncillos y con el gato mirándome con curiosidad.
Pensé que quizás lo mío había sido muy clásico, demasiado convencional, y que a la enamorada siempre hay que sorprenderla, así que al día siguiente me presenté en su puerta con una cachorrita bóxer con un gorrito rosa. Toqué el timbre, la perra se cagó en mi pantalón mientras yo ensayaba un discurso romántico, y Enriqueta me abrió la puerta con cara de lunes por la mañana:
—Oh,
qué mona— dijo
con cara de asco—,
pero justo me voy a una orgía en Albacete con un grupo de nudistas
que conocí ayer en el burguer. ¿Lo dejamos para otro día?— Y
me dio literalmente con la puerta en las narices. Y yo con mi perrita
me quedé pasmado, como un gilipollas.
Tercer intento: le
escribí un poema. Ciento veinte versos en endecasílabos, arte mayor
como mandan los cánones, con su rima consonante y todo, con
referencias a Garcilaso, a Catulo y a los griegos antiguos. Me
aprendí el poema de memoria, con sus pausas y sus gestos. Me
presenté en su trabajo, duchado, afeitado y repeinado con
brillantina. Y con ella delante empecé mi recitado:
—Oh
Enriqueta, volcán de mi deseo,
trinchera de ternura,
ensaladilla
rusa de mis pasiones, maravilla...
Y
justo cuando iba por el verso dieciséis...ella me interrumpió:
—Lo
siento, Hipólito. No me gustan los clásicos. Lo mío es el
reguetón. Precisamente esta tarde voy con mi entrenador del gimnasio
a un concierto de Bad Bunny. ¡Eso sí que son letras chulas y no las
del Bodeler ese de los cojones!— Yo
asentí con dignidad, me di la vuelta y salí de allí, no sin antes
tropezar con una papelera, darme una hostia con una esquina y abrirme
una ceja. El poema se lo quedó su jefe, que me lo pidió para
envolver el bocadillo.
Último recurso: una serenata.
Contraté una Tuna y me planté bajo su ventana. Y, pandereta en
ristre, comenzamos a dar la turra con asómate al balcón, carita de
azucena. Y luego seguimos con otro tema.
Pero Enriqueta se había mudado esa misma mañana. El nuevo inquilino era un rumano de dos metros que, de malos modos, se asomó al balcón y gritó sumamente enfadado:
—¿Ce-i
cu scandalul ăsta? ¡Algunos
dormim, que aquí no es garajul vostru, e un bloc cu genti normali,
coño!
¡Como baje, os meto una hostia que vă trimit la
București, cabrones!
Y nos arrojó un cubo de agua. Los de la Tuna dejaron de cantar clavelitos de mi corazón y huyeron, y yo acabé yéndome también de allí, triste y cabizbajo, con mi capa de tuno y mi pandereta. Como un gilipollas, madre, como un gilipollas.
Los
noticiarios de todo el mundo no dejan de lanzar sus mensajes
sensacionalistas llenos de pesimismo. Se ve que hablar de catástrofes
resulta rentable en términos de audiencia. Y es que el miedo vende.
Repaso las principales noticias de los últimos días que llenan las
cabeceras de los informativos de TV y los titulares de prensa.
El
calentamiento global.
(Varias semanas antes del desastre):
La mayor parte de la comunidad científica señala que el cambio climático es irreversible. A partir de ahora, los veranos asfixiantes, las lluvias torrenciales, alternándose con grandes períodos de sequía, que convertirán el problema de la escasez de agua en algo generalizado, serán algo habitual, agudizando el problema del hambre a escala mundial y disparando los movimientos migratorios.
El
meteorito.
(Veintinueve
días antes del desastre):
Científicos de la Nasa confirman que la trayectoria del meteorito 2P2 es la que se temía hace unos meses: se dirige hacia La Tierra a 20 km por segundo. De no fragmentarse en mil pedazos al entrar en nuestra atmósfera, hay un 60 por ciento de probabilidades de que el impacto sobre nuestro planeta tenga lugar.
Llega
una nueva época oscura.
(Ocho días antes del desastre):
Nueva modalidad de guerra silenciosa: crece el riesgo de un sabotaje por parte de Rusia y China a los sistemas informáticos y de telecomunicaciones a escala planetaria. Corre peligro el cableado submarino. El mundo dejaría de funcionar tal y como ahora lo concebimos. El caos que se originaria haría retroceder al mundo varios siglos. ¿Se avecina una nueva Edad Media?
La
crisis
humanitaria.
(Cuatro días antes del desastre):
Se recrudece el movimiento de inmigrantes entre África y Europa. Esta madrugada han naufragado dos pateras frente a las costas de Lampedusa en Italia. Los supervivientes han sido recogidos por los equipos de salvamento. En lo que va año han intentado llegar a nuestro continente por este método unas diez mil personas. Huyen de la guerra y del hambre, pero no todos lo consiguen.
El
desastre cada vez más cerca.
(Cuarenta y ocho horas antes):
Últimas noticias sobre la guerra entre Ucrania y Rusia. Parece que las posturas se enconan. La OTAN y China toman partido y perfilan sus estrategias. ¿Habrá guerra generalizada? Se habla ya de una inminente e inevitable Tercera Guerra Mundial.
Crece
el extremismo en toda Europa y en los EEUU
(Veinticuatro horas antes):
Las recientes victorias en EEUU y en media Europa de partidos de ideología ultra abre la puerta a la gobernabilidad de una gran parte del mundo a fuerzas de la extrema derecha. En diversos países de la Unión Europea se producen manifestaciones de apoyo por parte de formaciones radicales. Hay disturbios en los EEUU. Cada vez se habla menos de paz y más de alambradas y rechazo al diferente. Vuelven las botas, las banderas identitarias y las cabezas rapadas. Parece que la historia no nos ha enseñado nada.
Hartazgo.
(Doce horas antes):
Cada día que pasa estoy más harto de las noticias. Cambio de canal a ver si encuentro consuelo en alguna parte, pero es imposible:
Nueva
amenaza mundial a nivel sanitario. El virus de la oruga saltarina salta fronteras
y se instala en occidente. Se multiplican los casos y se habla de un
posible colapso de la asistencia sanitaria en los hospitales.
¿Asistimos acaso a un nuevo tipo de guerra biológica?
No hay salida.
(Seis horas antes):
Imposible eludir las noticias.
A
pesar de que he tirado los periódicos al contenedor de la basura, he destrozado la radio a martillazos y
he lanzado el televisor por la ventana, no puedo evitar que las malas
noticias me lleguen. Ahora es mi móvil quien me avisa. Hay un
mensaje de texto de mi mujer.
Se
confirma el desastre. Es
terrible. No hay escapatoria posible:
La hermana de mi mujer,
con el plasta de su marido y sus terroríficos niños malcriados
vienen a pasar las vacaciones de navidad a mi casa.
Como diría Guillermo Brown: el fin del mundo está cerca pero seguro que no será hoy. Yo nunca tengo suerte.
A la gente normal se le cae generalmente el pelo o los dientes. A las señoras de cierta edad se les caen las tetas. Hay personas que pierden peso, las ilusiones o la virginidad.
Yo desde muy joven fui especialista en perder partes de mi cuerpo.
Primero se me cayó una oreja. Era la hora del desayuno. Mi madre me había servido el café y unas tostadas. Era una madre-gallina de esas que siempre están pendientes de que a sus polluelos no les falte de nada. Fue al ir a untar la tostada con mantequilla cuando ocurrió. Todos pensaron que lo que cayó al suelo de la cocina era el pan untado y que, por la inevitable ley de Murphy, caería con la parte pringada hacia abajo. Como los de mi familia eran muy despistados —o simplemente pasaban de mí—, nadie se dio cuenta de lo que había ocurrido realmente. Hice como que no le daba importancia, con el pie la aproximé un poco, me agaché y me la guardé discretamente en el bolsillo trasero del pantalón. Acabé el desayuno y me fui a mi cuarto. Allí, frente al espejo, comprobé que en efecto me faltaba uno de mis pabellones auditivos, concretamente el derecho. Intenté recolocármelo de nuevo, incluso usando pegamento del fuerte, pero fue inútil.
—Bueno, qué le vamos a hacer —me resigné, guardando la oreja en una caja del altillo del armario—. Para las tonterías que hay que oír.
Después vino lo del ojo. Una noche tras acabar la cena, viendo la tele con mis padres y mis hermanas, pegué un estornudo y uno de los globos oculares salió disparado de su cuenca, dio un rebote encima de la mesa y rodó por la tarima del suelo del salón, como una canica de esas de cristal: toc toc toc toc... Tampoco nadie se percató del asunto. Yo me agaché, cogí el bolindre aquel, le quité una pelusa, le eché un poco de mi aliento, lo froté con un clínex para desempañarlo, como se hace con las gafas, y me lo guardé en el bolsillo delantero de la camisa como el que se guarda una moneda. Cuando me fui a mi cuarto tras desear a todos las buenas noches, me di cuenta del desaguisado. La caja del altillo fue su destino.
—Bueno, gafas de sol y listo —me dije— . Creo que con uno solo me apañaré, como los cíclopes.
Unos días más tarde, en la clase de literatura , mientras el profesor hablaba de Cervantes y de la Batalla de Lepanto y mi mano derecha tomaba apuntes a toda velocidad, a esta le dio por independizarse del brazo y sin soltar el bolígrafo salió disparada hacia delante como un proyectil, con la punta del bic naranja abriéndose paso en el aire cual misil intercontinental, con tanta puntería que cayó en la papelera que estaba junto al encerado, donde el profesor impartía docencia. Como no quise interrumpir la sesión por esta nadería, no fuera que alguien me tildara de oportunista, esperé a que terminara y, una vez hubieron desalojado todos el aula, fui a recuperarla. Allí estaba sujetando el boli y en buena compañía rodeada de papeles llenos de garabatos, pañuelos usados y chuletas de otros compañeros. Me guardé la mano en la mochila—y el boli también, que estaba nuevo— para darle acomodo una vez llegara a casa:
—Tomar apuntes está sobrevalorado. Ahora con esto del correo electrónico y los archivos de texto te ahorras mucho trabajo.
¿Nunca se os ha dormido un pie? Es una sensación extraña, como una falta de sensibilidad acompañada de hormigueo. Me pasó en el autobús de regreso a casa. Cuando me levanté del asiento para bajar en mi parada, me di cuenta de que el pie dormido no despertó, y tampoco se movió. Mi pierna había comenzado a andar sin él. Lo cogí, lo guardé en la mochila junto a los apuntes de Filosofía y salí de allí a la pata coja.
Según iba cumpliendo años, mi madre se iba poniendo pesada con el tema de la búsqueda de la novia ideal:
—Hijo mío, ya va siendo hora de que asientes la cabeza, deja de picar aquí o allá, busca una mujer que sea maja y de buena familia.
Por fin me eché una novia. A mí me gustaba, pero a mi madre no. Decía que era poca cosa, tirando a fea, que su padre era peón de albañil y de pueblo y que no tenían un duro.
El día de la boda mi madre tenía un gran disgusto y no dejaba de repetir que yo estaba equivocado.
Tras pronunciar frente al cura el sí quiero y al ir a poner el anillo en el dedo de mi novia, mi cabeza se desprendió del cuello y salió rodando por el suelo como una absurda bola de billar. Mientras rodaba por el pasillo central iba saludando educadamente a los invitados.
—Qué contrariedad —exclamé—. Para una vez que me decidí a asentar la cabeza...
La boda no pudo acabar de celebrarse por ausencia parcial del novio, porque sin cabeza no había beso, quedando la ceremonia incompleta.
Así que cada uno se fue a su casa. Mi novia a llorar desconsoladamente y yo a seguir coleccionando cosas para mi caja del altillo.
Ceferino Hernández era un cotilla, un mirón, lo que se dice un auténtico voyeur.
Siempre andaba espiando por la mirilla de la puerta o pegando la oreja al tabique que le separaba de los vecinos.
Las nuevas tecnologías le facilitaron su afición al fisgoneo.
Se aficionó a leer lo que algunos publicaban en prestigiosas publicaciones digitales como La Charca Literaria o La Ignorancia. Disfrutaba con las agudezas, las mentiras y los disparates de sus colaboradores. Decidió abrir un blog y también una página en Facebook para cotillear sobre la vida y los pensamientos de los demás, parapetado tras la pantalla del ordenador, en la oscuridad, con la impunidad que da observar sin ser visto, como cuando se contempla el mundo tras el visillo de la ventana.
Como quería pasar desapercibido, aunque leía con delectación lo que los otros escribían, rara vez daba su opinión. No comentaba nunca nada, ni siquiera utilizaba un tímido “me gusta”.
Prefería leer a ser leído, observar a ser observado.
Un día se dio cuenta de la dificultad de mantener ese juego.
La gente se fue cansando de su mutismo. Le relegaron a un segundo plano.
Dejaron poco a poco de seguirle. Alguno lo eliminó. Los más decidieron marginarle y no permitir que viera sus publicaciones.
Pronto no tuvo Ceferino dónde cotillear.
Un día decidió darse de baja de las redes sociales.
Pero no pudo. O no supo.
En este mundo hay dos cosas especialmente complicadas: darte de baja de la compañía telefónica y del Facebook.
Desesperado, se compró en el Mercadona cuatro cajas de botellas de whisky del malo y, así, abotargado por el alcohol y derrotado sobre el sillón de la sala de estar, se hizo teleadicto de todos los programas basura y de cotilleo barato de la tele.
Al final se murió. No sabemos si lo mató la cirrosis, el aburrimiento o una sobredosis de porquería.
Escribimos sobre lo que vemos y oímos, sobre lo que leemos, sobre lo que sentimos, amamos y odiamos, sobre nuestras propias experiencias, sobre las experiencias ajenas. Nos ponemos en la piel de otros para amar, sentir y actuar. Escribimos sobre nuestras neuras y obsesiones…
Escribir es una necesidad, un desahogo, una forma de exteriorizar las fobias, las inquietudes y las preocupaciones.
Escribimos para expulsar y compartir nuestros demonios; pero también lo hacemos para pasarlo bien, como el que va de pesca o es aficionado a los deportes de invierno.
Escribimos porque nos lo pide el cuerpo, porque da gustirrinín, como el sexo, como la procreación: gestamos una idea, nos lanzamos en brazos de las musas cuando ellas quieren, plantamos una semilla que va creciendo y desarrollándose, y al cabo de unos días o de unos meses o de unos años parimos nuestra obra. Y luego da gusto ver nuestras creaciones adornando las estanterías propias y ajenas.
Sobre todo las propias.
El ruido siempre comienza a la hora de dormir, justo cuando las persianas de los ojos han decidido echar el cierre, como cada noche. En ese momento exacto en el que tengo un pie todavía despierto y el otro entrando ya en el reino de Morfeo, es cuando la realidad se diluye y se va mezclando, caprichosamente, en una combinación absurda, con los disparates propios del sueño.
Lo normal eran los crujidos. Aquella vieja mansión de techos altos, destartalada y fría, comprada a destiempo y sin reformar, de vez en cuando se quejaba. Y el lamento solía proceder de los goznes de las puertas, de las cañerías, de las baldosas de la cocina o del baño, de las tablas que formaban la tarima del suelo, de alguna teja movida por el viento…
Nadie sabe de qué pasta estoy hecho realmente.
Con toda seguridad soy yo el único responsable de ese desconocimiento ajeno hacia mi persona, pues me he dedicado durante toda mi vida a representar diferentes papeles que no corresponden en realidad con lo que pienso ni con lo que hago. Para mis allegados y conocidos fui siempre el amigo o el pariente perfecto; para mi mujer, el esposo fiel; para mis hijos, el padre atento, generoso y comprensivo; para el cura de mi parroquia, el feligrés devoto; para mis vecinos, un hombre solidario y majete; para el alcalde de mi localidad, el ciudadano ejemplar; para Hacienda, la Guardia Civil y los juzgados de Villaberzas de Abajo, una persona que nunca se metió en problemas, que no tiene antecedentes delictivos y que siempre pagó sus impuestos.
Teatro. Todo ha sido siempre puro teatro.
Los textos que me publican en La Charca Literaria y en La Ignorancia no los he escrito yo. Los elabora en mi nombre un escritor anónimo, un negro, como dicen ahora, al que extorsiono con denunciarle si no lo hace, pues tengo una grabación de él robando botellas de whisky y donetes en el Mercadona.
La verdad es que soy un ludópata y un putero, un bebedor clandestino y un tipo guarro que vacía el cenicero del coche en las aceras. No reciclo nunca nada, copio las ideas de los demás y las propago por las redes como si fueran mías. Con precaución y disimulo, pongo la zancadilla a las señoras mayores, blanqueo todos los ingresos que recibo de extranjis y no los declaro, pego chicles en las cerraduras, rayo los coches de los vecinos, me cuelo en la cola del supermercado, abono la compra con dinero falso y tengo un testaferro en las Islas Caimán que, previa comisión, asume como propia la autoria de mis inversiones y depósitos.
Nadie en realidad me conoce.
Solo yo me conozco.
Llevo representando la comedia de mi vida desde que era niño.
Fingiendo.
Mintiendo a espuertas.
Un duro aprendizaje, una manera de sobrevivir en un mundo hipócrita y despiadado.
De pequeño, cuando hacía una trastada, ponía cara de bueno o le echaba el muerto a alguno más tonto que yo.
Dicen que adaptarse al medio es un síntoma de inteligencia. En mi caso no lo sé. Tengo dos carreras y un máster con buenas calificaciones, pero ya que estoy sincerándome con los lectores he de confesar que copiaba siempre en los exámenes. Ah, y el máster me lo regalaron en una universidad privada cuando entré a formar parte de aquel partido político de derechas. Yo, que siempre he presumido de ser de izquierdas.