miércoles, 30 de septiembre de 2026

Cuatro caminos

 

Imagen de uso libre de Pixabay

Había llegado el momento de elegir uno de los cuatro caminos que se cruzaban en aquel páramo reseco y despoblado. Solo uno. Y no debía equivocarse. Era un lujo que no se podía permitir. Le iba la dignidad en ello. Y quién sabe si el propio pellejo.

Todo empezó aquella mañana de octubre en que Cipriano Cedeño se encontró con aquel viejo misterioso de cabellos largos y barba canosa. Estaba sentado en un banco del parque y se entretenía en echar migas de pan a los pájaros. El hombre aquel, con un aspecto a mitad de camino entre un mendigo y un filósofo antiguo, se le quedó mirando fijamente y le dijo:

—¿Te gusta cómo doy de comer a estos animalitos? A mí no. Simplemente lo hago porque creo que debo hacerlo. En la vida has de tomar decisiones, te gusten o no. Y hay que procurar hacerlo con acierto. Tarde o temprano todos tenemos la ocasión de comprobarlo. Hay que usar siempre la inteligencia. Lo mejor no tiene por qué ser necesariamente lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás. Acuérdate de lo que te digo.

Luego el viejo desapareció.

Y Cipriano, que era un poco corto de mollera, se quedó rascándose la cabeza y meditando un poco esas palabras.

Pasados unos días llegó el momento de comprobarlo. Esa mañana había salido a andar al campo, sin ninguna dirección concreta.

Y al cabo de un rato se encontró con aquella encrucijada de caminos. ¿Por dónde tirar?

El que se abría a su izquierda estaba limpio de rocas y era bastante llano, cómodo para andar por él, lleno de árboles a izquierda y derecha que aseguraban buena sombra a los caminantes, fuentes de agua cristalina aparecían aquí y allá para calmar la sed del viajero. Enseguida lo descartó: para conseguir algo en la vida hay que hacerlo con cierto sacrificio. Un camino tan bueno es una tentación pero seguro que no te lleva a buen lugar. Es una trampa. Debía ser sagaz.

El que estaba a sus espaldas lo descartó también: era el camino que le había llevado hasta allí, el camino a su casa, un sendero sin cuestas, algo que ya pertenecía al pasado. No le aportaba nada a una vida marcada ya de por sí por la rutina. Volver ahora sería como claudicar. Ya lo tomaría al regreso, ahora no era el momento.

El de enfrente era tortuoso, enmarañado de zarzas y abrojos, repleto de peñascos; en algunos tramos estaba encharcado, embarrado, parecía más una ciénaga que un camino, lleno de mosquitos, sabandijas y bichejos inmundos típicos de las charcas y de los terrenos pantanosos.

El de la derecha era una carretera con carteles chillones donde se anunciaban clubs de alterne, casas de juegos, bares, restaurantes, casinos y moteles. Una chicas ligeras de ropa hacían autoestop en la cuneta y sonreían de forma encantadora. Una invitación al goce y al pecado. Aquello era claramente un anzuelo para que picaran los amigos de los placeres mundanos.

Enseguida le vinieron a la mente las palabras del viejo aquel de las barbas blancas y mirada firme:

—Lo mejor no tiene por qué ser lo más tentador. Elige bien o te arrepentirás.

Estaba claro cuál tenía que elegir.

Y el muy gilipollas se puso de fango, arañazos y picaduras de mosquitos hasta las cejas.


martes, 22 de septiembre de 2026

Leo



 Leocadio era su auténtico nombre, según la inscripción en el registro civil tras su nacimiento. Para los amigos y conocidos era simplemente Leo, aunque leer, lo que se dice leer, leía más bien poco:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Cualquiera que no lo conociera pensaría de él que era un pedante; pero no, nada más lejos. Simplemente no le gustaba demostrar su desconocimiento de casi todo y reconocer que no sabía apenas nada. Estudios tenía los primarios, porque su padre lo secuestró muy tempranamente y, por razones de necesidad familiar, se lo llevó a los doce años consigo para que le echara una mano en la finca con las vacas. Trabajo duro el que había en aquella España rural de principios de los años cincuenta. Su padre, Eulalio, pensaba que eran muchas las bocas que había que alimentar en la familia, que hacían falta más manos en el establo y que el colegio era un lujo que no se podían permitir. Por eso, un buen día se presentó en la escuela, entró en el aula donde estaba Leo, se quitó la gorra respetuosamente y, sin dar siquiera los buenos días al maestro, más por timidez que por mala educación, se dirigió visualmente a su hijo y, sin mediar palabra, ladeó la cabeza hacia la puerta,  de tal forma que el niño interpretó correctamente aquel gesto como un "venga, recoge y vámonos". Todos enmudecieron,  los alumnos y también el maestro, quien se quedó haciendo cábalas mentales sobre quién sería el siguiente en desertar de las filas escolares. Y, desde ese día, Leo cambió los libros por la faena con las vacas. Pronto se especializó en repartir el forraje a los animales, darles de beber, limpiar el establo y ordeñar las ubres en esos cubos de zinc. Y la escuela, lo aprendido en sus años de niñez, fue quedando lejos, en el recuerdo, como algo propio de la infancia. Y Leo creció y se hizo un hombre. Y después, cuando los padres se fueron haciendo mayores, heredó el establo y las vacas. Y de vez en cuando iba a la taberna del pueblo a tomar un chato de vino o a echar una partida con los amigos. Y siempre que salía un tema, él invariablemente decía:

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia.

Daba igual de lo que hablaran: del tiempo, de la cosecha, de política (esto siempre en voz baja) o de lo que fuera. Y como todos le conocían de sobra, nunca se extrañaron de la atrevida salida de tono del amigo de partida. Ya estaban acostumbrados. Y es que Leo era un buen tipo. Muy bocazas y fanfarrón, pero buen tipo en el fondo.

—Dicen que van a mandar un cohete a la Luna —decía Matías mientras ponía la ficha del tres doble tras dar un golpecito con ella en la mesa.

—Sí, lo he oído en el parte por la radio. Cosa de los americanos —replicaba Leo.

—Y, digo yo, que si andan pinchando las nubes con tantos cohetes, que a lo mejor joroban el tiempo y luego ni llueve ni na —intervenía Paco—. ¿Tú qué dices, Matías?

—No sé. Pregúntale a Leo.

—Tú pregunta, pregunta, que soy una enciclopedia —contestaba el aludido sin levantar la vista de la mesa en la que jugaban al dominó.  Pero nunca respondía nada. Tampoco nadie esperaba una respuesta. Por eso seguían con la partida como si tal cosa.

lunes, 21 de septiembre de 2026

¿De quién fue la culpa?

 


—¡Dios mío! ¡Se están saliendo! ¿Qué hago?
La expresión de terror, teñida con una sensación de angustia, brotaba de los labios de Adela, mientras Tomás la animaba a actuar sin dilación:
—¡Ciérralo! ¡No lo dejes abierto! ¡Lo estás poniendo todo perdido!
—Pesa mucho, Tomás. ¡Ayúdame! ¡Por lo que más quieras!
Y entre los dos lograron a base de esfuerzo, mover la tapa del libro y conseguir por fin cerrarlo. Ya no se saldría nada más. El problema era ahora qué hacer con toda la habitación llena de arena del desierto, beduinos por todas partes, la jaima encima de la cama y el camello que se había apoderado de la papelera y se disponía a comerse todo su contenido, mientras miraba a los chicos con un aire burlón.
—Cuando venga mamá—añadió Adela compungida— nos la vamos a cargar.
—La culpa es solo tuya. Te dije que no leyeras novelas de aventuras. Si me hubieras hecho caso, habrías elegido alguna rima tranquila de Bécquer. La del arpa, por ejemplo. Pero tú, erre que erre— ya conciliador—. Bueno, podría haber sido peor. Ni me imagino la que habrías liado si llegas a leer La canción del pirata. Anda, dame la escoba que barra un poco todo esto.
—¡Mira quién habla!— respondió su hermana algo más calmada—. El señorito que se puso a leer Veinte mil leguas de viaje submarino y lo puso todo perdido de agua. Menos mal que estabas en el baño, que si no…

jueves, 10 de septiembre de 2026

La Movida Madrileña

 


En lo que vino a llamarse la “movida”, que se inició en Madrid y luego se extendió por todo el país, la actitud general de los jóvenes era en general frívola y pasota, con actitudes provocativas, pero poco dañinas para el orden establecido. El fenómeno juvenil fue enseguida deglutido, metabolizado y encauzado por el sistema, convertido rápidamente en un movimiento superficial que por su actitud no resultaba en absoluto lesivo para el poder. 

La presunta rebeldía era sólo una cuestión de estética y de lenguaje, no de ideas arraigadas. Era todo fachada, maquillaje y pelos cardados de colores. Lo importante no eran las ideas sino la simple y llana provocación. El mercado discográfico vio una buena oportunidad de hacer dinero y llenó tiendas, bares y discotecas de música facilona y vacía. Nunca un movimiento generacional como el de la “movida” ha contado con una cobertura mediática, comercial y hasta política tan importante. De todos son conocidas las imágenes del antiguo alcalde de Madrid, el señor Tierno Galván, diciendo aquello tan populista de “y el que no esté colocado, que se coloque”, entre aplausos y vítores de la gente en fiestas. 

Salvo honrosas excepciones musicales y plásticas, y aquí pienso en gente como Ceesepe, el fotógrafo García- Alix o en algunas letras de Auserón, el de Radio Futura, las manifestaciones culturales dejaban mucho que desear. Tal vez porque se trataba en líneas generales de un movimiento muy superficial donde más que calidad se buscaba simple y llanamente provocar. No hay más que leer algunas letras bobaliconas de algunas canciones o algunos comentarios de sus más genuinos representantes. Grupos con nombres como Kaka de Luxe, Zombies o Alaska y los Pegamoides. Con letras que nos hablan de “bellos y trascendentales” temas como… “Terror en el supermercado, horror en el ultramarinos”, “Quiero ser un bote de colón”, “Te mataré con mis zapatos de claqué”, “Me paso el día bailando, y los vecinos no paran de molestar”, “Bailaré sobre tu tumba” o “No me lavo en la vida” (Siniestro Total). 

Ya lo dijeron precisamente los componentes de Golpes Bajos, aquellos eran “Malos tiempos para la lírica.” Digamos que de un padre rebelde y contestatario nació un hijo frívolo y pasota. Y que los sueños encaminados a cambiar el mundo de momento quedaron relegados para mejor ocasión.


miércoles, 2 de septiembre de 2026

Nueva identidad

 

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Me llamo Antonio Mollinedo, pero no sé bien quién soy.
Mi cuerpo ya no me pertenece. Me di cuenta enseguida aquella fatídica mañana cuando fui al baño. Es sabido que todos tenemos nuestro olor característico. Al asearme me percaté de que los efluvios que emanaban de mis sobacos no eran los de siempre. Hasta ese día, mi olor corporal era un leve aroma, poco concentrado, suave, nada molesto. Ahora era muy distinto: mucho más rancio, más agrio y fuerte. No era el mío.
Mi cuerpo parecía estar siendo suplantado por un intruso invisible.
Me sentía mal. Una especie de vacío existencial se fue apoderando de mí.
Las dudas se convirtieron en certeza cuando me vi desayunar. No era yo el que desayunaba, sino un hombre hambriento, grosero y desaforado que engullía a toda velocidad tazas de café y montañas de tostadas con mantequilla y mermelada.
El chorretón generoso de brandy en el último café, que me serví maquinalmente como si se tratara de un ritual cotidiano, vino a confirmar mi sospecha: yo era abstemio, por lo tanto alguien se había apoderado de mi cuerpo y lo manejaba a su antojo. Cogí el periódico de la mañana y no entendí el gesto mío al saltarme las noticias importantes del día para ver los resultados de los partidos del fin de semana, la quiniela ganadora y la foto de la chica ligera de ropa que solía venir en la penúltima página, sin percatarme de que aquel no era un diario deportivo.
Luego me dispuse a salir a la calle. Entré en el ascensor y pegué el chicle en el botón del bajo. Cogí el coche y me dediqué a insultar a todo el que se me ponía por delante. Aparqué de cualquier manera en el parking, ocupando dos sitios en vez de uno.  Antes de bajar, vacié el contenido del cenicero en el suelo. En el trabajo discutí de fútbol con todo el mundo. Yo, que siempre odié el fútbol. Esa misma mañana, por un comentario que no me gustó, me cagué en el padre del jefe y le tiré los informes a la cara. “¡Está usted despedido!” Le oí gritar mientras, levantándome enfurecido del sillón, pegaba una patada a la papelera que se interpuso en mi camino.
Me quedé sin trabajo y mi mujer me abandonó.
Caminaba hacia el abismo.
¿Quién era yo? ¿En qué me había convertido?
Acudí al médico, al psicólogo, al psiquiatra. No encontraron solución a mi problema. Sólo se empeñaban en inflarme a pastillas o en torturarme haciéndome preguntas, indagando en mi pasado las posibles causas del trastorno que me aquejaba. Recurrí a la cartomancia, a la quiromancia, visité incluso a un sacerdote experto en exorcismos que no logró expulsar al diablo que, según él, habitaba en mí.
Estaba desesperado.
Decidí poner fin a mi vida, una vida que no me pertenecía. Me dirigí una noche al barrio de peor fama de la ciudad y desafié al grupo de matones que fumaban porros en la puerta de aquel tugurio. Después de pegarle un cabezazo en la nariz al más grande de todos, les dije: “Yo, desarmado, y vosotros no tenéis ninguno cojones de acabar conmigo.”
Me nombraron jefe de la banda.

Una nueva vida se abría ante mí, la que realmente me correspondía.

viernes, 31 de julio de 2026

El muro



Nunca imaginó que acabaría marchándose, pero las cosas se habían puesto realmente mal y al final tuvo que tomar una determinación.

Se fue sin un adiós. No quiso despedirse de nadie. Le resultaba realmente doloroso tener que pasar por el mal trago de la despedida.

Se fue al anochecer, al amparo de las sombras. La noche era especialmente fría, solo que había luna y el cielo aparecía cuajado de estrellas —¡Nunca vio tantas en toda su vida!—. Ello le permitía orientarse en medio de la oscuridad.

Un silencio absoluto reinaba, solo roto de vez en cuando por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía, un canto lúgubre en medio de la inmensidad de aquella noche.

El aire estaba tan frío que cortaba la piel.

El hombre se puso a caminar. Decidió resueltamente tomar una ruta, la que tal vez le conduciría a su propio destino.

Mirando hacia el horizonte de aquel campo, tan llano que parecía un inmenso mar, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde acabaría. Tomó pues la decisión de saltarlo. Era un muro de piedra y podría tener una altura de ocho o diez metros. No era demasiado elevado y se dispuso a iniciar la escalada.

Al ser de piedra, la pared aquella ofrecía algunos pequeños entrantes o hendiduras que podrían servir para ir metiendo los dedos y la punta de las botas en el ascenso. Se puso a la tarea. Estaba más ágil de lo que pensaba y en pocos minutos logró coronar la cima. Al llegar, tomó un respiro y se sentó allí a horcajadas contemplando el paisaje que se abría al otro lado. Ante él se mostraba, hasta donde la vista se perdía, un bosque frondoso. La bajada se anunciaba más sencilla. Solo tendría que repetir la operación de ir metiendo pies y manos en las hendiduras que encontrase e ir descolgándose poco a poco. Bajó. De nuevo emprendió la caminata, ahora a través de la espesura.

Según andaba entre los árboles, recordaba imágenes de los días anteriores. Las escenas se apelotonaban en su mente de forma caótica e inconexa: las tensiones, el hartazgo, los problemas, los preparativos para la marcha... Era del todo necesario emprender una nueva vida lejos y sin condicionantes. El tiempo se iba y había que aprovecharlo.

Tenía por delante un largo camino, muchas horas de marcha a través del bosque. Y cuando el bosque se acabó, apareció de nuevo el campo. Los árboles empezaron a escasear y en su lugar fueron apareciendo arbustos y matorrales.

Amaneció. Caminó y caminó incansablemente, hasta que no pudo más y se detuvo a reponer fuerzas sentándose en una piedra enorme bañada por los rayos del sol de la mañana. Agotado, logró vislumbrar a través de los matorrales que tenía delante un sendero. Cuando descansó un poco, se levantó de allí y lo tomó. Tenía el cuerpo molido. Le dolían las piernas; pero había que seguir. “El mundo es para los que no se rinden”, recordaba entonces las palabras de su abuelo.

Siguió aquel camino. Se extrañó de que en ningún momento se cruzara con nadie. Ninguna persona, ningún animal en todo el recorrido, como si el mundo se dispusiera antes sus ojos para él solo, como si lo estrenara a cada paso.

Así pasó el día: andando y descansando a ratos.

Y al final, cuando la tarde declinaba y el sol volvía a ocultarse en el horizonte, cuando ya no podía con su cuerpo y sus piernas pesaban cada una como una losa de cemento, cuando ya estaba a punto de desfallecer y se preguntaba qué demonios hacía allí, andando sin norte, sin saber dónde ir, en medio del silencio de una nueva noche, roto tan solo por el canto del cárabo que, una y otra vez, dejaba oír su monótona letanía, divisó a lo lejos la mole enorme del obstáculo que le separaba del otro lado. A derecha e izquierda se alzaba un muro imponente de muchísimos kilómetros de largo. No se adivinaba el final ni por un lado ni por el otro. Habría que vadearlo; pero a saber dónde acabaría.

Y tomó la decisión de saltarlo.

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Y un servidor toma otra decisión: unos días de asueto, de cambio de aires, de holganza, de cierre vacacional... o como se quiera decir. ¡Hasta la vuelta!

martes, 21 de julio de 2026

En camino

 


Miércoles 12 de abril

9:00

Ante la tesitura de salir a andar o quedarme en casa tan ricamente leyendo, echo mis dados de la suerte aquella mañana y me sale paseo, una buena decisión puesto que el día, radiante y primaveral, promete. Así que me pongo una ropa cómoda y unas zapatillas apropiadas y me dispongo a caminar. Salgo de casa. Enfilo por la calle que me conduce a las afueras del pueblo. Tras rebasar las últimas viviendas me adentro en el campo. Recibo con sumo agrado el olor a mieses recién segadas. Llego a una arboleda. Tras ella se abre un estanque natural de aguas tranquilas. Una oca de plumaje blanco se desliza por ellas majestuosamente.

9:20

Me embarga una sensación de paz que, unida a la caricia de esta mañana soleada, dibuja en mi interior algo muy parecido a la felicidad. Respiro hondo y tomo un sendero serpenteante que me aleja cada vez más de Villazarcillos del Tiétar. El sol se va elevando y por su posición deduzco que camino en dirección norte.

Por el camino me entretengo mucho con el paisaje y sus cosas: una ardilla curiosona, con una bellota en la boca, asomando tras un árbol; el cráneo de una vaca muerta como en los poblados del oeste; el torreón medio derruido de lo que fue un viejo castillo (hasta me pareció ver un enano de cuento observándome desde lo alto); un perro pachón, de aspecto  pacífico, ladrando desde su cercado por exigencias del guión; una pareja de conejos atenta a mis movimientos, con las orejas alerta como radares...

9:30

A unos dos kilómetros del pueblo comienzo a oír el sonido inconfundible del riachuelo que discurre algo más allá, por debajo del puente de madera que me dispongo a atravesar. Las tablas crujen bajo mi peso, como emitiendo una leve queja por haber roto el encanto de la música del agua que se desliza entre las piedras del fondo. De nuevo ante mí, el sendero culebreando entre pequeñas lomas atestadas de chopos.

En mi caminar me topo con otro puente idéntico al anterior, con la misma queja al pasar sobre sus maderas gastadas y otro riachuelo gemelo del primero. Me quedo realmente extrañado. Sigo por el sendero y al cabo de unos minutos me encuentro con una bifurcación. Dos direcciones. Tomo la de la izquierda, un camino angosto invadido parcialmente por la maleza que crece en sus márgenes.

9:50

El sendero desemboca en otro más amplio, tomo la dirección norte, la de la izquierda, orientándome por la posición del sol. Me lleno de extrañeza al comprobar que ese recorrido ya lo había andado antes: árboles, el estanque con la oca elegante incluida, el sendero, el puente, nuevo tramo de camino serpenteante, el otro puente y, de nuevo, la bifurcación de antes. He debido andar en círculo. Tomo ahora el ramal que se abre a la derecha.

10:00

Llevo una hora andando y estoy algo cansado. Sobre todo tengo sed. Debería hacer una pequeña parada y luego proseguir. En un recodo aparece ante mí una edificación de dos plantas con tejado a dos aguas, parece un albergue rústico, una posada para caminantes, un hostal o algo parecido. Sobre la puerta un cartel anuncia una conocida marca de bebida refrescante. Se ve que hay servicio de bar. Entro, me pido un bocadillo de tortilla y una botella de agua. Me siento en un taburete de los de la barra. Me sabe a gloria tanto lo ingerido como el descanso. Pago y decido marcharme.

Salgo, ando un poco y enseguida recobro la velocidad de marcha. Oigo voces. Alguien anda en apuros. Miro a mi alrededor y no veo a nadie. Tan solo veo el brocal de un pozo. Parece abandonado. Y los gritos vienen de esa dirección. Me acerco y me asomo. Hay un hombre allí dentro. Con ayuda de la cuerda le ayudo a salir. Es un hombre mayor. Me cuenta que un tío gamberro lo metió en aquel oscuro lugar. Casi acaba allí sus días. Le propongo ir a denunciarlo.




10:25

Llegamos al cuartel de la Guardia Civil. Dentro hay otros dos guardias. Uno, más joven, sentado frente a un ordenador; el otro, de mayor edad, el sargento, que debe ser el que está al mando y se pasea por las dependencias con cara de circunstancias.
Aquello p
arece una caricatura de un cuartel, desde los uniformes de los guardias y sus enormes tricornios, modelos antiguos más acordes con la época de Isabel II, hasta el uso chocante de las instalaciones, como ese calabozo enrejado, ahora vacío, a la vista del público en medio de todo, que recuerda en mucho las dependencias del sheriff de cualquier película del oeste. Incluso el sargento, con esa enorme barriga y el uniforme en el que aparece embutido, dos tallas más pequeño y a punto de reventar, parece sacado de una película de dibujos animados.

Decimos que queremos poner una denuncia. El más joven pide nuestros datos. El denunciante declara lo que pasó. Luego nos vamos de allí. El vejete, al centro de salud para hacerse una revisión; yo, al camino.

10:45

Dejo atrás el cuartel de la Guardia Civil y me dispongo a continuar unos minutos más mi marcha. Me encuentro con un cartel que lleva pintada una flecha que parece indicar algo: nada menos que un recinto ajardinado, pero de dudoso gusto ornamental. Hay un estanque lleno de ánades y cisnes con una fuente hortera en medio de esas de sirena y chorritos. Parece el jardín del chalet de un nuevo rico. Todo está lleno de figuras pintadas de hiriente colorido. Allí se congregan Blancanieves y sus correspondientes enanos, un dragón, un caballero medieval con su ballesta cargada, unas setas gigantes, etc. Como sacado todo de un cuento de hadas. Entro en él, doy como cincuenta pasos y, al fondo, me topo con otro cartel que pone 

LLEGADA.

Soy el primero en llegar a la meta.

Me hace ilusión. No todos los días gana uno al Juego de La Oca.



martes, 14 de julio de 2026

La subasta

 


—Buenas tardes, bienvenidos a la subasta. Vamos a proceder en primer lugar a la puja del lote número 35 —decía la encargada ante el micro, con un tono poco natural, forzado e impostado, algo nasal, seguramente como se le demandaba por parte de sus jefes—. Como habrán podido comprobar se trata de un lote muy interesante, pues hablamos nada y más y nada menos que del kit de la felicidad.

La encargada de la subasta se dirigía a un público numeroso y variopinto, ávido de llevarse para casa alguna pieza única por un precio razonable.

—El lote sale con un precio de salida de 7500 estroncios de vellón. Empezamos. Hay ya una puja online por 7700. ¿Alguna oferta más? Se trata, como habrán podido comprobar en la información que figura al pie de cada lote, de algo único y de un valor real incalculable. El caballero del fondo que ocupa la silla 42 ofrece 7750 ¿Alguna oferta más? 7750 a la una, a las dos y a las tres. Adjudicado el lote por puja final o de remate de 7750 estroncios de vellón al señor de la silla 42.

De vuelta a casa, Gustavo Pérez abre la puerta con su llave. Va a dar una gran sorpresa a su mujer.

—Parece que llegas algo tarde. ¿Dónde se supone que vas con ese baúl?

Era Matilde quien preguntaba, entre extrañada y mosqueada, cuando su marido entró por la puerta aquella tarde arrastrando lo que parecía un enorme maletón con ruedas.

—¿No irás a meter eso en nuestra habitación?

—No te preocupes, Mati —respondió Gustavo, su marido—. Solo voy a enseñártelo. Luego lo guardaré en el garaje.

—¿Enseñar? ¿Qué es lo que hay que enseñar, Gus?

—Pues lo que compré en la subasta.

—No me digas que te has gastado el dinero del mes en una subasta. ¿Se puede saber qué es lo que hay en ese contenedor, que parece un ataúd con ruedas?

—Ha costado una minucia si lo comparamos con los beneficios que vamos a obtener. 7750 estroncios de nada, en efecto, mi sueldo del mes.

—Tú no estás bien de la cabeza. Me vas a explicar ahora cómo vamos a hacer para pagar la luz y el gas y para comer este mes?

—No te preocupes mujer, que todo va a ir bien. Sé lo que me hago. Como dice un proverbio hindú, cuanto más adversas sean para ti las circunstancias que te rodeen, mejor se manifestará tu poder interior. Pasa a la habitación y te lo enseñaré.

Y, con aire triunfal, como el que va a descubrir la octava maravilla del mundo ante un público fascinado, Gustavo abrió el maletón aquel y mostró a Matilde su reciente adquisición.

—Aquí lo tienes —dijo Gus—. Te presento a… ¡tatacháááán! ¡El kit de la felicidad!

Y lo que ella pudo ver fue una estatuilla horrible del dios Indra, como de un metro de alta, y una serie de sacos, siete en total, cada uno de un color, como de un kilo de peso cada uno, que contenían en su interior, en unos casos, arena y, en otros, piedrecitas de un tamaño regular como de dos, tres o más centímetros de largo cada una. Eso sí, cada saquito llevaba atada una cinta de distinto colorido y una etiqueta para saber su procedencia.

Matilde abrió la boca de asombro. Quedó estupefacta. Los ojos a punto de salirse de sus órbitas. No podía articular palabra alguna. Al final, cuando ya se repuso levemente de la sorpresa, pudo, a duras penas, balbucear:

—Pero… pero esto… esto es ¡horrible! ¿Cómo has podido…?

—Mira. Son piedras de los distintos ríos sagrados de la India. En total son siete. Como puedes leer en las etiquetas, los ríos son el Ganges, el Kaveri, el Indo, el Narmadá, el Yamuna, el Godavari y el Sarasuati. En los textos vedas de hace milenios ya se hablaba de ello. Solo hay que llevar cada saco a su origen, depositar en el agua de cada río todas las piedrecitas menos una, o toda la arena menos un montoncito, que guardaremos como un talismán. Luego hemos de mojarnos los pies en cada uno de ellos. Haremos un largo viaje a la India para visitar todos los ríos. A la vuelta construiremos en el centro del salón como una especie de altar. En él pondremos la estatuilla de Indra, colocaremos cada piedrecita y cada montoncito de arena que nos sobró alrededor de la estatua como si fuera un ritual. Ya no hay que hacer nada más. Luego solo hay que esperar que la felicidad nos llegue a raudales. Según los expertos en temas de hinduismo, no falla. Creo que la adquisición del lote en la subasta y el viaje que vamos a realizar tú y yo va a ser de lo más fructífero.

—No tengo la menor duda de que el viaje va a ser del todo necesario. Lo de fructífero depende de para quién, porque ahora mismo te vas a coger la estatuilla, los sacos de arena y grava, lo vas a meter todo en el maletón ese que has traído y te vas, de viaje o a donde tú quieras, pero fuera de esta casa y lejos de mí. Al menos hasta que te deshagas de lo que has traído y recuperes lo que te has gastado. Luego ya hablaremos. Como dice otro pensamiento hindú, la más larga caminata comienza con un paso. Y yo ya lo di. Cuando vuelva mañana del trabajo no quiero verte por aquí, ni a ti ni a tus sacos.

Y que te vayan dando por… el idem.


miércoles, 8 de julio de 2026

Laura



Al final decidí que fuera una mujer la protagonista de la novela. Me fascinaba el reto de diseñar un personaje femenino. Toda una osadía por mi parte. En el momento en que creé a Laura, una joven treintañera de fuerte personalidad, la suerte estaba echada. No había marcha atrás. Ahora me veía obligado a pensar, ya no como el autor de la trama, sino como la mujer que había creado. Mi libertad como escritor quedaba supeditada a la mentalidad de mi criatura, a su forma peculiar de comprender el mundo y de enfrentarse a él. En un principio no resultó una tarea fácil; pero luego, mientras el personaje se iba perfilando con cada párrafo y crecía en tamaño y en importancia, el relato de los hechos fue saliendo solo, fluyendo con naturalidad, como si alguien me dictara lo que tenía que escribir en cada momento.

Cuando llegaba a casa después de mi jornada laboral en la consultoría, me sentaba frente al ordenador y retomaba el texto. Escribir era el momento de máximo disfrute del día. Y urdir tramas por donde transitaba la joven protagonista se había convertido casi en una necesidad, además de constituir un auténtico placer.

La mimaba demasiado, la protegía de todo mal. En el desarrollo de la narración no quise que mantuviera relación alguna con nadie, en este caso con ningún hombre. Me desazonaba la idea de que sufriera por ello. Y me carcomía aún más por dentro la posibilidad de que alguien pudiera disfrutar de su cuerpo. No quería compartirla y la reservaba tan solo para mí.

La novela me tenía absorbido, atrapado, hasta el punto de robar horas al sueño. Aquella mañana, tras llamar a un compañero y fingir que estaba indispuesto, encendí el ordenador y abrí el texto por donde lo dejé la noche anterior. Laura ya se había levantado. Compartimos un café. Yo, en mi mesa de trabajo; ella, en la cocina, después de tomar una ducha ligera y vestirse para salir a la calle. Su objetivo de la jornada: buscar empleo acorde con su formación de gestión empresarial.

Y así fueron pasando los capítulos, las horas y los días. La novela copaba todo mi tiempo, incluso el necesario para cumplir con mis obligaciones laborales.

El personaje me había salido rotundo y coherente: una joven resuelta, capaz de enfrentarse a los retos cotidianos, segura de sí misma, potente y definida, y menos cobarde que su propio autor.

Estaba fascinado por una mujer que había sacado de la nada. Tenía cierto grado de dependencia hacia ella. Quizás había también algo de enamoramiento, como Pigmalión hacia Galatea; pero sobre todo existía un sentimiento de hermano menor que busca protección. Con Laura me sentía bien. Ya me hubiera gustado que el personaje fuera real, de carne y hueso. Esa idea me llegó a obsesionar, hasta el punto de buscar por la calle a gente con sus rasgos: una joven de unos treinta años, de pelo lacio castaño, ojos negros expresivos y profundos, atractiva, con esa belleza que irradian las personas seguras de sí mismas.

La novela estaba prácticamente terminada: faltaría tan solo añadirle una o dos páginas más, a modo de conclusión o broche final. Luego vendría la fase de corrección. Decidí aparcar un tiempo lo escrito para releerlo pasados unos días. El personaje quedó ahí, como hibernando, guardado en un archivo, en el desván del ordenador.

Hasta que llegó aquel día en el que se destapó la caja de los truenos.

Regresaba yo a casa tras comer algo por ahí con unos amigos y tomarme un par de copas. Iba algo bebido. Nada más llegar llamaron al timbre. El cartero me traía una carta certificada. Firmé el acuse de recibo y, tras cerrar la puerta, rasgué el sobre con un cúter. Era un comunicado de la consultoría en la que trabajaba, donde, con un lenguaje burocrático típico de los abogados, se me informaba de mi despido por causas procedentes y de que pasara a recoger el cheque con la liquidación. Palidecí. No daba crédito a lo que estaba leyendo. Tras la sorpresa inicial, monté en cólera. Me desahogué pegando un par de voces. Luego vino la resignación y la calma. Por la mañana temprano iría a la oficina y recogería la carta de despido. ¿Debería firmarla? ¿Debería aceptar la liquidación? Estaba confundido. No sabía qué paso dar primero ni cómo darlo.

¿Qué habría hecho ella en esa situación?

Encendí el ordenador. Volví al archivo de la novela y comencé a teclear. Ofuscado por el alcohol, las palabras me venían a los dedos sin ningún control de mi mente. Como si alguien me dictara. No alcanzaba a filtrar lo que iba apareciendo en la pantalla:

Laura llegó a su domicilio. Apenas le dio tiempo a desvestirse cuando sonó el timbre. Alguien traía una carta certificada a su nombre. La cogió y la abrió. Su cara se iluminó y sus ojos se tiñeron de alegría: una empresa le ofrecía la posibilidad de un trabajo. Debería presentarse al día siguiente a primera hora para la entrevista, pues había un puesto vacante acorde con su perfil: la persona que lo ocupó hasta la fecha causaba baja en Henckel & Johnson Consulting.


lunes, 29 de junio de 2026

Amor a los animales

 


Ayer quedé con una efemeróptera.
Puede que alguien piense que hablo de una mujer extranjera o perteneciente al sector sanitario. Nada más lejos en su significado. A nivel genérico, los efemerópteros, conocidos también como efímeros o cachipollas, son un orden de insectos acuáticos. Este orden también incluye a las libélulas y a los caballitos del diablo.
Pues bien, quedé ayer con una efemeróptera en el estanque del Retiro madrileño. Era una tarde radiente típica de finales de primavera. Y lo nuestro fue una cita rápida, una relación fugaz, pues todo el mundo sabe que las hembras adultas viven apenas un día, lo suficiente como para realizar la última muda, aparearse y poner huevos. Pero fue imposible que ella completara su ciclo vital. Ni siquiera pudimos intimar, pues al ser sábado el estanque estaba a rebosar de gente, jóvenes con sus monopatines, abuelos echando migas de pan al agua y nenes dando por saco, y no hubiera quedado bonito hacerlo con tanto público. Así que hubo cita, pero improductiva. Apenas nos dio tiempo para dirigirnos una furtiva mirada, entablar una conversación en profundidad, conocernos más... No sé por qué razón abrí mi mano derecha, pero ella aprovechó la maniobra para acercarse volando y posarse con delicadeza. No le dio tiempo a más. Se me murió enseguida de un patatús y yo me quedé un rato como un gilipollas con la palma de mi mano hacia arriba sin saber qué hacer con el bicho muerto. Un señor se acercó y me dejó una moneda de cincuenta céntimos. Le di las gracias. Pensé que esa era su peculiar forma de darme el pésame. Luego reaccioné. Soplé para que el aire se llevara al insecto, cerré la mano, me guardé la moneda en el bolsillo y me fui de allí, resuelto a coger el tren de cercanías en Atocha.

Recuerdo que en la estación antigua hubo hasta hace poco una especie de invernadero donde instalaron un estanque tropical en el que se congregaban cientos -tal vez miles- de tortugas. Daba gusto verlas, con esos movimientos tan graciosos como torpes, amontonándose unas encima de otras. Algunas veces me quedaba embobado mucho tiempo mirándolas, incluso se me caía la baba. Me hubiera mezclado con ellas gustosamente. Lástima que se las llevaran. Echo de menos aquellos tiempos. También echo de menos a las tortugas. Dicen que algunas viven más de cien años.



lunes, 22 de junio de 2026

Zurdos

 


Escribir con la mano izquierda era algo que se rechazaba en ciertos lugares y en determinadas épocas. Se consideraba  propio de gente de baja estofa y de personas torpes.  Socialmente, en círculos demasiado pacatos y tradicionales, estaba mal visto. Incluso hubo algún maestro que obligaba a los chicos a escribir con la derecha, por lo que siempre nos encontrábamos con algún “zurdo contrariado”, que es como se les llama en el mundo de la pedagogía. Y luego venían, claro está, los problemas de aprendizaje.

Escribir con la izquierda era para algunos algo tan repugnante como, en el ámbito político,  el ser de izquierdas. No en vano, en el juicio final, Dios sentaría a los buenos a la derecha y a los condenados a la izquierda, que más tienen que ver con el diablo que con los ángeles. De hecho, en latín, izquierda es “sinister”, de donde parece provenir siniestro, como el demonio o los malos espíritus.
Los revoltosos y más radicales  de la Revolución Francesa se sentaban en la parte izquierda de la asamblea.
En el Islam se come y se da la mano con la derecha, la izquierda se reserva para otros menesteres de aseo como limpiarse el trasero.

Hoy todo es muy diferente.
Se han ido abandonando los viejos prejuicios.
Sobre todo cuando llegamos a conocer que a lo largo de la historia hubo zurdos famosos, como Napoleón Bonaparte, Madame Curie, Aristóteles, Da Vinci, Chaplin, Jimmi Hendrix, Kennedy, Barac Obama o Bill Gates, ninguno de ellos sospechoso, que yo sepa, de zafio, burdo o lelo.
Y es que, según se comenta en el Huffington Post, cuyo enlace incluyo, parece ser que los zurdos son más imaginativos, sensibles y creativos, les gusta la música más alternativa como el reggae o el jazz; son menos propensos a padecer ciertas enfermedades, como la artritis o la esquizofrenia, aunque son más proclives a padecer ataques de ira y a desarrollar dislexia, déficit de atención e hiperactividad.

En los últimos tiempos algún líder ultraderechista -como Miley en Argentina- usa el término "zurdos" con carácter peyorativo para referirse a gente de la izquierda política.

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Hablan de ello:

lunes, 15 de junio de 2026

Soñar, tal vez vivir

 


Y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.

 La vida es sueño, Calderón de la Barca.


Pesadilla tremenda la vivida aquella noche.

Yo formaba parte de la tripulación de un barco pesquero que regresaba tras pasar varias horas faenando en alta mar. La pesca había sido excelente. Ningún incidente reseñable.

Tras la maniobra de virado del aparejo, una vez izadas las redes, se habían abierto y depositado en cubierta las capturas. Luego se procedió a clasificar y guardar la pesca en la bodega.

Todo se desarrollaba con normalidad cuando, de repente, las cosas cambiaron. El estallido de un relámpago anunció el inicio del temporal, paulatinamente aumentó la fuerza del viento y la lluvia hizo acto de presencia. El barco comenzó a cabecear y a balancearse de babor a estribor.

Todavía estábamos muy lejos de la costa, a unas cuarenta millas. Y ahora se nos presentaba un escenario de tempestad. Un oleaje tremendo comenzó a zarandear la nave como si estuviera hecha de papel. Por si fuera poco, llovía cada vez con mayor intensidad y, lo peor de todo, no había luna ni estrellas que alumbraran un poco la escena, con lo que la sensación de miedo y desamparo eran enormes. Parecía que el abismo había abierto sus fauces y amenazaba con tragarnos en un santiamén. La angustia, transformada en auténtico pavor, nos oprimía el pecho a los que formábamos parte de aquella tripulación.

Al final, de tanto desesperarme y removerme, desperté angustiado y, durante un segundo tan solo, disfruté del alivio que supone haber dejado la pesadilla atrás.

Había regresado a mi mundo real.

Nada había cambiado.

Me di cuenta de mi lamentable situación.

Seguía tumbado en el suelo, frío y duro como una lápida. Seguía allí, encadenado al muro y con grilletes en los tobillos. No sé qué hacía yo soñando ocupar el lugar de un pescador del primer mundo cuando no dejaba de ser un simple esclavo del tercero y que sería subastado en el mercado esa misma mañana al mejor postor. 



lunes, 8 de junio de 2026

Escritor sombrío

 

Reciclando un viejo texto de hace ya muchos años.


No sabemos en qué momento preciso la sombra que proyectaba Félix Duarte decidió independizarse y vivir por su cuenta. Hasta ese día era normal verla en la pared trasera del estudio donde solía trabajar su propietario, a horas intempestivas de la noche, removiéndose levemente y en silencio cada vez que Félix se movía, en una perfecta imitación del original, pero en negro sobre fondo blanco, como siluetas chinescas sobre una pantalla gracias a la luz del potente flexo que en su camino se encontraba siempre con un obstáculo: el cuerpo sedentario de un hombre de mediana edad, ligeramente inclinado sobre la mesa de su despacho, tecleando en un ordenador.

Sí, la sombra le acompañó siempre, hasta que un buen día se hartó de su papel de subordinada fiel y decidió largarse en silencio, como esos maridos de hábitos nocturnos que se quitan los zapatos al entrar para no hacer ruido y caminan de puntillas por el pasillo hasta llegar a su dormitorio. Se fue sigilosamente, sin avisar ni nada. Su propietario no se percató en absoluto de la desaparición porque hay muy pocos seres humanos que miren hacia atrás para ver qué hacen sus sombras, y menos un escritor.

Desde ese día, la sombra dejó de tener dueño, emancipada como estaba, decidió emprender un nuevo camino en solitario, alejada de la rutina que la obligaba a ceñirse siempre a un guión que escribían otros. No volvería a ser jamás el reflejo de nada, no sería nunca más la actriz secundaria en la película de la vida de nadie.

En días radiantes, se la veía moverse por el suelo, trepar por las paredes encaladas, doblarse en las esquinas… Daba gusto verla serpentear entre los adoquines de la calle, alargarse infinitamente cuando el sol declinaba o cuando las luces de las farolas nocturnas estiraban su silueta, para luego encogerse caprichosamente como si fuera de goma. Ella era la sombra, la oscuridad perfecta, la libertad absoluta.

La gente andaba como loca cada vez que Carmencita —pues de alguna manera habrá que llamarla— salía a la calle, pues se acercaba siempre donde más personas había y se dedicaba a enredar entre los pies del personal. Los niños jugaban a pisarla, pero ella era más ágil y se escurría de sus pequeños perseguidores y enseguida acababa trepando por los muros de las casas, las tapias de los huertos o las vallas del cementerio. Y desde allí, desde lo alto, contemplaba a chicos y grandes, dominando la situación. Lo malo eran las otras sombras, las que proyectaban los demás. No veían con buenos ojos los movimientos de Carmencita. En realidad la odiaban por esa capacidad suya de adoptar libremente cualquier forma por caprichosa que fuera. Y la criticaban: que qué se había creído que era, que si no tenía formalidad, que si era una casquivana. La verdad es que sentían una envidia tremenda cada vez que el sol estaba en lo más alto, haciendo que sus rayos cayeran perpendicularmente, convirtiéndolas a ellas en poco más que unos diminutos círculos alrededor de los árboles del parque, mientras que Carmencita se deslizaba a su aire, llenándolo todo con su presencia y su libertad de movimientos, eclipsando, ensombreciendo a las demás, nunca mejor dicho. Y es que la envidia es muy mala.

¿Y que fue del antiguo propietario, de ese autor de piezas teatrales por encargo llamado Félix Duarte?

Pues simplemente decir que desde que su sombra le abandonó, decayó su inspiración, pues se le había ido para siempre su mitad imaginativa, ocurrente y aventurera. Carmencita había sido durante mucho tiempo su musa, la que le dictaba calladamente cada noche mil situaciones ingeniosas. Por eso sus textos se volvieron opacos, lacios, insulsos y hasta amargados. No hablaban más que de crímenes y de amores  traicionados. Y él se volvió huraño, solitario, antipático…

—Mira que tienes mala sombra —le dijo un día una amiga.

lunes, 25 de mayo de 2026

Nada nuevo bajo el sol

 Había un chiste centrado en la Prehistoria en el que un niño entregaba a su padre las notas del cole, muy malas por cierto. El hombre de las cavernas, echando un vistazo al trozo de piel seca de mamut (el boletín de calificaciones de su hijo), meneaba la cabeza con un evidente gesto de reprobación:


—Vamos a ver, hijo, que suspendas las matemáticas y el dibujo tiene un pase, pero la Historia, que tan solo llevamos dos páginas, eso no tiene perdón.

La “ventaja” de aquellos tiempos era, evidentemente, que había poca materia para estudiar puesto que la humanidad iniciaba su andadura. La antigüedad tenía otra gran ventaja, y con esto nos acercamos al tema que quiero plantear, y es que estaba todo por inventar: la rueda, las vasijas, la ropa, el arco y la flecha… Por dicho motivo, antiguamente se inventaba o se innovaba mucho. Y esto se podría aplicar también al ámbito del arte y de la literatura: todo o casi todo lo que iba apareciendo era nuevo, inédito, original. No había antecedentes. Luego, fue pasando el tiempo. Y ahora, tras un montón de siglos de andadura, cada vez que se te ocurre escribir algo, siempre hay alguien que, bienintencionado sin duda o por dárselas de leído, te comenta:

—Esto tuyo tiene referencias a Kafka.
—¡Qué bueno! Un relato de detectives. Me recuerda mucho a Conan Doyle, a Eduardo Mendoza y a Vázquez Montalbán .
—Esto de mezclar literatura y vida ya lo escribieron antes Cervantes, Unamuno, Pirandello y Bradbury.
—Tu personaje bohemio me recuerda, salvando las distancias, al de Max Estrella de Valle Inclán.

Los anteriores a nosotros lo inventaron todo.
Si bien recuerdo -que es posible que me equivoque y lo hayan inventado otros-, Julio Verne creó el Nautilus; Wells, la máquina del tiempo; Shakespeare, el amor imposible cuando las familias andan enfrentadas; Cervantes, el antihéroe que complementa al héroe; en Grecia, Aristófanes, con su “Lisístrata”, los primeros textos de literatura erótica; sin hablar del Kamasutra de Vatsyayana Mallanaga, en la India… A ver quién es el guapo que trata temas como la avaricia, los celos, la ambición, la duda, etc. sin que le acusen de basarse en Shakespeare. O asuntos como el parricidio, la traición, el adulterio, el destino… sin que te tachen de copiar a los clásicos griegos.
Los que vivimos en el siglo XXI arrastramos una pesada carga, la de los que tuvieron antes que nosotros la ocurrencia de contar cosas.  Y entonces, echando la vista atrás, solo podemos aspirar a relatar asuntos parecidos procurando, en el mejor de los casos, dar un enfoque distinto, añadir algunos matices, modificar el punto de vista, el estilo… Y poco más. 
Basarse en obras anteriores, copiando ideas o técnicas, también lo hacen los grandes autores.

Virginia Woolf


“En esa luz, todo lo que estaba a su alrededor se destacaba con extrema nitidez. Vio girar dos moscas y notó el azulado brillo de sus cuerpos; vio un nudo en la madera donde pisaba, y el temblor de la oreja de su perro. Al mismo tiempo oyó el crujido de una rama en la quinta, unas ovejas tosiendo en el parque, un agudo chillido por las ventanas (…) Las sombras de las plantas eran de una nitidez milagrosa. Percibió cada grano de polvo en los canteros como si tuviera un microscopio aplicado al ojo. Vio la complejidad de los gajos de cada árbol. Cada brizna de pasto era definida, y cada nervio y cada pétalo. Vio a Stubbs, el jardinero, bajando por el camino, y era visible cada botón de sus polainas; vio a Betty y a Prince, los percherones, y nunca distinguió con más claridad la estrella blanca en la frente de Betty y las tres largas cerdas que sobrepasaban las otras en la cola de Prince.”

Fragmento de “Orlando”, de Virginia Woolf, 1928.  Traducción al castellano de Jorge Luis Borges.


¿Os recuerda este fragmento a alguna obra -por supuesto, posterior- del escritor argentino?
Pues eso.



"Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo…" 

Jorge Luis Borges, fragmento de "El Aleph". Buenos Aires, 1949.

lunes, 18 de mayo de 2026

Santo Cristo del Espeto

 


Dedicado a los ya desaparecidos y queridos Les Luthiers.


Mar adentro. Un barco frente a la costa de Fuentepona (Málaga). El grupo de esforzados pescadores lleva faenando desde altas horas de la madrugada. No ha ido mal la cosa. La red está llena, a punto de reventar. Ha sido una buena jornada de pesca.
La red se abre sobre la cubierta y derrama su generoso contenido: centenares de kilos de sardinas. Hay algo de morralla entre ellas, unos cuantos salmonetes, una estrella de mar y algún pulpo despistado. También hay un objeto entre los peces que reluce y llama poderosamente la atención: un viejo crucifijo de hierro oxidado con su Cristo y todo.
L
os pescadores, la mayoría malagueños y algún que otro gaditano, personas por lo común bulliciosas, han enmudecido llenos de asombro. Y como son devotos creyentes, aunque a veces juren en arameo y se caguen en todo lo cagable, piensan que están ante un prodigio de origen divino, una especie de señal especial que les quieren enviar los cielos.

El hallazgo del crucifijo supone un acontecimiento en Fuentepona. La gente habla ya de milagro. El párroco de la villa, como no podía ser de otra manera, aprovecha el asunto, reúne a las fuerzas vivas del lugar y en pocos días se organiza una procesión con la colaboración de la cofradía de pescadores y el consistorio en pleno. La comitiva, encabezada por el párroco don Genaro y el alcalde, recorre el centro de la localidad y se dirige hacia una vieja ermita medio derruida, situada en medio del campo.

En un tiempo breve, si los ingresos lo permiten, será convenientemente restaurada y rebautizada con el nombre de Ermita del Santo Cristo del Espeto. El crucifijo, flanqueado a izquierda y derecha por dos sardinas esculpidas en mármol negro de Carrara, como si fueran los dos ladrones del Gólgota que acompañaron a Jesús, se pondrá en un lugar bien visible, para admiración de propios y visitantes. En ningún caso resulta descabellado plantear este tipo de iconografía dentro de un recinto religioso, máxime en un pueblo de pescadores. Al fin y al cabo, las sardinas posibilitaron el hallazgo milagroso y también son peces, y un pez era el símbolo entre los primeros cristianos cuando compartían su credo en clandestinidad.

Miguelito, el poeta local, a sueldo del ayuntamiento y gran amigo del cura, creará un himno religioso, una plegaria que se cantará en procesión cada 20 de mayo, en el aniversario del sacro acontecimiento:


Al Cristo de las sardinas


Ampara a tus pescadores,  

Santo Cristo de la mar. 

Que la pesca sea buena, 

que podamos faenar.  

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad.

No te olvides de los fieles, 

ni del cura del lugar, 

que si no pescamos nada 

no ganamos el jornal. 

Que vengan muchos devotos 

de fuera o de la ciudad, 

y que pueda don Genaro 

su ermita restaurar. 

Santo Cristo del Espeto, 

ilumina nuestro andar. 

Te rezamos con respeto, 

imploramos tu bondad. 

Que si la pesca no es buena, 

-cosa que no ha de pasar-, 

 que si la pesca no es buena... 

¡ te devolvemos al mar!