martes, 30 de diciembre de 2025

Cena de Nochevieja en familia


Era tradición celebrar cada año la cena de Nochevieja en casa de mis suegros.

La casa, una mezcla de luces navideñas, espumillón, decoración de mercadillo medieval y olor a fritanga, nos recibía como cada 31 de diciembre, con las ventanas cerradas, el pollo relleno en el horno y la mesa de tres metros repleta de platos y bandejas con los aperitivos y entrantes ya dispuestos.

Al evento anual estábamos invitados un total de doce personas: diez de familia y un par de vecinos de mis suegros. 

Mi cuñado Paco, ese experto en todo que no ha leído un libro en su vida, empezó la velada dándonos consejos sobre cómo mejorar la digestión tomando yogur de cabra fermentado en luna menguante. Hablaba sentando cátedra. Su tema favorito era él mismo.

Mi suegra, doña Mercedes, una señora charlatana con risa cacareante de gallina, llevaba hablando desde que entramos. Relataba cómo en su época todo era mejor: los turrones más duros, los niños más educados y las mujeres más recatadas. Mientras tanto, rociaba su monólogo con partículas de saliva que iban decorando la ensaladilla rusa por aquello de añadir sustancia a la mayonesa.

El sobrino —un pequeño dictador con camiseta de Pikachu y mandíbula incansable— arrasaba la bandeja de entremeses con la misma elegancia con la que un jabalí arrasa un huerto. Escupía los huesos de aceituna en el cenicero de cristal con una puntería inquietante. A los diez minutos, ya había derramado el refresco, reventado una silla plegable y pisado el rabo al perro, que huía de él como de la peste.

Mi suegro Miguel consideraba el anís seco como fuente de la sabiduría ancestral, brindaba con todos, incluyendo el espejo del pasillo al que confundió con su primo Ernesto, muerto desde 1997.

La tía Elvira, seca como un sarmiento, prima de mi suegra, que había venido por no tener nada mejor que hacer, se limitaba a criticarlo todo: la decoración, la comida, el volumen de los eructos del niño, y el hecho de que yo no participara en las conversaciones. “Callado y rarito, como todos los yernos”, sentenció, mientras rebañaba la cazuela de las gambas al ajillo.

Lola, la prima de mi mujer, que venía siempre sola y perfumada como para seducir a toda la Legión, se sentó a mi lado, con un escote tan profundo que podía verse su ombligo. Cada vez que mi mujer se levantaba a por algo, ella me susurraba chistes verdes y me rozaba la rodilla como quien no quiere la cosa. Yo sudaba. No de pasión, sino de pánico.

El perro faldero, un chihuahua con complejo de león que se llamaba Filiberto, ladraba sin parar, se subía a las sillas, intentaba copular con el árbol de Navidad y casi se orina en mis zapatos nuevos.

Y entonces, como en una comedia griega, pero con más colesterol, llegó el incidente.

El pollo relleno llevaba horas en el horno. Demasiadas. Olía a incendio disfrazado de receta. Cuando lo sacaron, era un bloque de carbón ahumado con forma aviar.

El sobrino, pensando que se quedaba sin el segundo plato, se abalanzó sobre la fuente de las croquetas, tropezó con el cable del calefactor portátil. Este voló como un misil ruso, impactó en la botella de anís, que estalló. El alcohol empapó el mantel, que ardió con una alegría casi pirotécnica. El suegro, en un acto de heroísmo absurdo, trató de apagarlo con brandy. La tía seca chilló, el perro ladró, el niño gritó “¡Fuegoooo!”, y los vecinos gorrones, ya borrachos, aplaudían como si fuera fin de año en directo.

Yo, parapetado tras una bandeja de langostinos, marqué el 112 con manos temblorosas.

Cuando llegaron los bomberos, el suegro quiso brindar con ellos. La suegra les ofreció uvas. Filiberto les ladró. Yo salí al balcón, respiré hondo y pensé en las cosas que uno hace por amor.

A las tres de la mañana nos fuimos. En el coche, mi mujer me preguntó qué tal lo había pasado. 

Le dije:

—Genial, cariño. Como siempre.

Pero, por dentro, ya estaba pensando en fingir una neumonía, una fuga de gas o un secuestro exprés para el año siguiente.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Nochebuena en un OVNI

 


Evaristo Valcárcel caminaba sin rumbo fijo aquella fría noche por las afueras de la ciudad. Era un 24 de diciembre. Iba distraído, pensando en sus cosas, con las manos en los bolsillos. En la derecha llevaba una navaja cerrada. Se debatía entre atracar a alguien, asaltar algún chalet desprotegido o irse a casa a ver el programa especial de Nochebuena y de paso beberse un cartón de vino.

En esas cavilaciones andaba cuando, de pronto, una luz blanca intensísima le vino desde lo alto. Evaristo, sorprendido y confuso, se quedó paralizado.

—¡Ostras, tú! —exclamó— ¡Vaya nivel de voltios que se gastan algunos!

Descartando enseguida, por su posición, que se tratara de las luces de un coche patrulla, no podía dar crédito a sus ojos cuando vio que, encima de su cabeza, como a diez o doce metros, había un artefacto ovalado de cuyo centro inferior emanaba la potente luz. Súbitamente notó que tiraban de él hacia arriba. Una fuerza extraña, a modo de imán, lo absorbía y le hizo despegar del suelo como si se elevara en un ascensor invisible. La panza del cacharro aquel se abrió para acoger a Evaristo que, como el lector ya habrá imaginado, acababa de ser abducido.

Nada más subir, le llamó la atención una enorme sala circular llena de aparatos extraños y cachivaches nunca vistos. En ella, un diminuto ser, un hombrecillo de color azulado, de cabeza gorda, un solo ojo y una especie de trompetilla a modo de nariz, parecía darle la bienvenida en un castellano metálico y monocorde, sin alma ni entonación, como si hablara un robot. Estaba claro que aquel individuo había activado el traductor simultáneo:

—Bienvenido, amigo. Considérese en su casa.
—¡Vaya chabolo más guapo, tronco! Esto debe costar una pasta.
—No comprendo. La palabra «chabolo» no figura en nuestros registros. Tampoco soy un tronco. Eso es madera de árbol: abeto, nogal, pino, abedul, alcornoque… Pasta, tampoco: macarrones, fideos, espaguetis… No entiendo.
—No importa. Son cosas mías. ¿Aquí qué se bebe?
—Tenemos bebida energética —le ofreció un vaso con un líquido color naranja.

Evaristo echó un trago de aquel brebaje mientras miraba al hombrecillo azul entre asombrado y divertido. Aunque la bebida aquella no tenía contenido alcohólico le resultaba grata y relajante y le impelía a decir sandeces.

—¿La trompetilla que tienes bajo el ojo es de las que suenan? A ver, déjame soplar…
—Hable usted con un poco más de respeto cuando se refiera a mis órganos sexuales. No es una trompetilla. ¡Se trata de mi pene!
—¡Qué tío más cachondo! Yo es que me meo.
—Bueno, terrícola, vamos al grano, que dicen ustedes. Le hemos hecho subir a nuestra nave para hacer un estudio completo de sus constantes vitales, tomar mediciones, comprobar sus niveles y detectar posibles problemas. Puede tomárselo si quiere como nuestro peculiar regalo de Navidad.
—¿Me vais a pasar la ITV?
—Está de suerte. Le haremos un chequeo gratuito sin tener que ir al hospital y aguantar listas de espera. Todo rápido, de forma indolora, nada invasiva, gracias a nuestra avanzada tecnología. Sin duda se beneficiará de ello. Y nosotros también, porque somos científicos que estamos estudiando la fauna del sistema solar. Y usted parece un buen ejemplar de mamífero bípedo. Luego, cuando hayamos terminado, le devolveremos al lugar donde le recogimos. ¡Y ya está! Ese es nuestro regalo. ¿No está mal, verdad?

A todo esto, Evaristo no se había percatado de que, mientras hablaba con el extraterrestre, la trampilla inferior se había cerrado y el artefacto volador aquel había partido del lugar a toda velocidad hasta desaparecer en la noche. Tampoco se había dado cuenta de que la bebida energética que le habían proporcionado llevaba disuelto un narcótico que le dejó inconsciente el equivalente a un par de horas terrestres.

Cuando despertó, estaba reclinado en una especie de butacón. Delante de él el hombrecillo azulado no le quitaba ojo.

—¿Qué tal se encuentra? Le hemos hecho una exploración completa. Muy interesante todo. Nos han sorprendido algunos hallazgos: los seis metros de intestino delgado, la doble circulación sanguínea, el tamaño reducido del cerebro, etc. Ya hemos registrado sus parámetros y solucionado algunas cosillas de poca importancia. Le hemos extirpado un testículo porque tenía un tumor que podría dar problemas en un futuro inmediato. También le hemos puesto un par de implantes dentales. Muy curioso su organismo. Con la sedación, su miembro se encoge y el glande se retrae como cabeza de tortuga ante el peligro. El hígado lo tiene un poco inflamado debido al alcohol. Debe dejarlo o tomarlo con moderación. De paso le hemos tirado a la basura la navaja y los calzoncillos con manchas marrones. Todo rápido y gratis. ¿Qué le parece?
—¿Que me habéis hecho qué? La madre que os parió. Como me levante, no vais a tener espacio sideral suficiente para correr. ¡Seréis capullos! ¿Quiénes sois vosotros para andar enredando en mi cuerpo?
—De desagradecidos está el mundo lleno. No se hizo la miel para la boca del asno… Hay muchos bonitos refranes en su lengua que explican su ingratitud. Pero no se preocupe que ya le llevamos de vuelta. Estamos llegando.
—¿Y qué hago yo ahora sin mi navaja y sin mis calzoncillos? Dejarme sin ellos es como quitarme media identidad.
—Los calzoncillos estaba cagados y la navaja mejor que no la vuelva a utilizar si no quiere complicarse más la vida. ¡Bueno, ya llegamos! Prepárese para bajar. Sitúese, por favor, en ese círculo luminoso.
—Por mí que os zurzan. Hasta nunca. Chao.
—Adiós. Y felices fiestas, que dirían ustedes los terrícolas.




lunes, 22 de diciembre de 2025

Canción de Navidad

  


Ilustración de John Leech (1843)


De pequeño siempre me fascinó este cuento de Dickens.

No recuerdo bien la editorial cuando lo leí por primera vez, tal vez Bruguera, allá por los años 60, pero era un libro de esos ilustrados, mitad novela, mitad "tebeo", con profusión de dibujos en blanco y negro, y esos interiores lóbregos y la luz trémula de las velas proyectando en las paredes sombras misteriosas, lo que daba al relato un aire frío e inquietante, muy acorde con la noche de pesadilla que iba a vivir su principal protagonista, un viejo avaro, Ebenezer Scrooge. Un personaje inolvidable, antipático, mezquino y tacaño hasta consigo mismo. Lo recuerdo muy bien.

El cuento apareció en 1843. La época era la Inglaterra victoriana, en plena revolución industrial. Por el relato desfila todo un elenco de personajes de clase modesta. Muchos de ellos apenas disponen de unos cuantos chelines para comprarse algo de abrigo en esa fría Navidad. Gentes humildes que, sin embargo, a su modo, son felices con poco; mientras que el avaro no disfruta con nada, ni siquiera esos días de fiesta: “¿Navidad? ¡Bah, paparruchas!”


(Si alguien no ha leído el cuento y lo piensa leer en breve, no siga leyendo a partir de aquí  para evitar el efecto espóiler).

El cuento se inicia el día de Nochebuena con Scrooge trabajando en su negocio, tal vez de prestamista usurero, donde explota a su pobre empleado Bob Cratchit al que paga una miseria y al que concede a regañadientes el "privilegio" de no tener que venir a trabajar el día de Navidad. Al avaro le visita su sobrino Fred, 
quien invita a su tío a pasar la noche con él y su familia, proposición que el viejo tacaño rechaza.
Al final, Scrooge se va a su casa donde decide pasar la noche solo tomándose unas gachas antes de acostarse. Allí recibe la visita del fantasma de su difunto socio, Jacob Marley, quien le dice que va cargado de cadenas, condenado a llevarlas eternamente, por haber sido en vida una mala persona y que la que se está forjando Scrooge es mucho más larga y pesada. Le anuncia que vendrán a verle tres espíritus: del pasado, del presente y del futuro. Entre los tres se encargarán de recordarle su triste niñez, el presente que bulle a su alrededor, lo que la gente piensa de él y lo que el futuro le depara. Así, de la mano de los tres espíritus, el viejo avaro rememorará y revivirá a la fuerza escenas dolorosas de su vida: la infancia solitaria de un niño sin amigos, su juventud  desdichada, con esa novia que lo abandonó por anteponer los negocios a su relación, los comentarios críticos, despectivos y duros de sus conocidos, su ruina, su casa saqueada por los pobres y su propia muerte, con esa imagen final del espectro de las navidades futuras señalando con el índice la fría lápida de su tumba...

Y tras la visita de los tres espíritus -o tras despertar de una horrible pesadilla, quién sabe- se obró el milagro: el señor Scrooge aprendió la lección y cambió de actitud radicalmente. De ser un tacaño insociable se convirtió en una persona amable, llena de vitalidad y optimismo, risueña y generosa.

Es lo que tienen los cuentos. Y más los de Navidad.



jueves, 18 de diciembre de 2025

Cuento al estilo de Monterroso

 




Cuando desperté, mi habitación seguía allí.
Algo realmente increíble, difícil de entender, puesto que durante la noche había desaparecido materialmente. Podría jurarlo. Se había disuelto, evaporado, desintegrado en las primeras horas de la madrugada. Las paredes, el techo, la puerta, las ventanas... todo se había esfumado. Resultado de un torbellino inexplicable que surgió en medio de la oscuridad.

Pues lo dicho. Yo tendría nueve o diez años, y estaba con el embozo de la sábana hasta la nariz, dejándome caer en el vacío, adentrándome en la nebulosa de Morfeo, gracias al poder narcótico del sueño, cuando todo sobrevino: la cama comenzó primero a mecerse como una cuna, leve y suavemente, cabeceando como una barca sobre un mar ligeramente ondulado, de la proa hasta la popa; y, luego, de izquierda a derecha, como si dijéramos, de babor a estribor. Más tarde, el movimiento aumentó, se hizo más  pronunciado, casi violento, como si me adentrara en un mar tempestuoso. La barca -perdón, quise decir la cama-  subía y bajaba en medio de aquella galerna como si estuviera en una montaña rusa. Paralelamente, la habitación se fue despojando de techo y paredes. El viento agitaba mi lecho en medio de la negrura del temporal. Y sin embargo logró aguantar milagrosamente. Sin siquiera deshacerse. La cama era fortín y refugio. Allí me parapeté yo, abrigado con el embozo hasta los ojos, y logré transitar el proceloso mar de las pesadillas nocturnas. Pero cuando la noche remitió y todo acabó y los primeros haces de luz se colaron por las rendijas de las contraventanas, y mi madre entró en el cuarto para que me levantara para ir al cole, pude comprobar que la habitación seguía allí, intacta pese a todo, tal y como estaba antes de conciliar el sueño.

lunes, 15 de diciembre de 2025

Furibunda Chimpún


Historia para compradores pelmazos



Pues érase una vez una señora de armas tomar, desagradable, de genio iracundo, malas maneras y peores palabras, que hacía cola muy a su pesar frente a la caja número tres del súper del barrio, cuando, mire usted por dónde, los dos hombrecillos que estaban delante, posiblemente pareja, con dos carros atiborrados con la compra del mes, iban poniendo, con parsimonia suma, los artículos en la cinta transportadora, preguntando el precio de cada cosa antes de que fuera contabilizada:

Esto no, esto tampoco... ¡Uf, qué caro! ¡Quita, quita!

Furibunda Chimpún se mostraba impaciente, mirando nerviosa hacia las otras cajas y pensando que de haber llegado cinco minutos antes no tendría que aguantar a estos plastas. Las otras cajas también estaban hasta arriba. Es lo que tiene comprar en fin de semana. Y más cuando se acercan  las fechas navideñas. Se cumplía así la ley de Murphy: tu cola siempre es la que menos gente tiene pero también la que menos corre.

¿Y estos cereales, Felipe Alberto? ¿Olvidaste que soy alérgico al gluten?
Es que estaban de oferta, Borja: tres por dos.
Anda, anda. Ve y cámbialos por unas galletitas de esas integrales para celíacos. Mientras tanto yo sigo colocando la compra.

Y lo decía mirando a Furibunda con una sonrisa estúpida que parecía una mueca, como buscando complicidad. Y ella le devolvía la mirada pero en plan asesino.

Y los hombrecillos dale que te pego con su tarea: esto es muy caro. Así que no. Este ron lo tenéis a un precio exagerado. Mucho más barato en el DIA. Dónde va a parar. Así que tampoco. La leche desnatada no es sin lactosa. Así que también la dejamos. Se nos ha olvidado el brócoli. Borja, acércate a por él.

Y la cajera, con paciencia infinita, propia de la empleada que no quiere problemas, no tenía otra opción que resignarse e ir amontonando en un rincón los productos rechazados.

A todo esto, el tiempo continuaba su curso en avance imparable. Y Furibunda, mirando con nerviosismo su reloj, se estaba poniendo colorada como un tomate por la ira. Parecía una olla a presión a punto de estallar.
Al cabo de un cuarto de hora, cuando ya no podía más, decidió colocar el contenido de su carro en la cinta, no más de ocho o diez cosas. Y como aquello no tenía trazas de avanzar, tiró por la calle de en medio. Lo primero que hizo fue abrir el bote de pepinillos agridulces, dar dos pasos hacia adelante y verter su contenido entre el cogote y el cuello de la camisa de uno de los pelmazos. A continuación, vació un envase entero de kepchut de doscientos mililitros en la cabeza del otro a modo de improvisado fez turco o de solideo cardenalicio. No contenta con esto les fue lanzando uno a uno, con calculada precisión y estupenda puntería, una docena de huevos calibre XL de gallinas de corral criadas en suelo:

¿Queréis saber también el precio de esto? dijo, mientras pudo apreciar con regocijo cómo la yema de uno de sus proyectiles resbalaba sinuosa tal que ameba gigante por el ojo de uno de los indigestos clientes. Pues, hala, todo vuestro. Llevaos también la huevera si queréis. Es gratis. Yo me largo sin nada. ¡Que os den!

Y, ante la mirada estupefacta y atónita de la cajera y de los hombrecillos, se fue como entró, de vacío, pero algo más cabreada que de costumbre, aunque con la cabeza alta y el paso firme. Mientras salía iba musitando: han tenido suerte de que no cogiera también unos tomates para hacer salmorejo; porque de haberlo hecho...¡catapún chimpún!



jueves, 11 de diciembre de 2025

Espejos

 


El escritor está sentado frente a su mesa, como cada mañana, con una taza de café y una hoja inmaculadamente blanca en el centro. No es una blancura cualquiera: es el tipo de vacío que pesa, que zumba como un silencio tenso, que provoca un sudor frío, mientras alguien se empeña en llenarlo con palabras.

La mira inmóvil, como si esperara que la hoja hiciera el primer movimiento. Nada. Ni un susurro. Ni una sílaba furtiva.

Piensa, como otras veces, en escribir una historia. No una historia cualquiera. Esta vez sería una historia sobre un escritor, como él, que está sentado frente a una hoja en blanco. Le parece buena idea, incluso ingeniosa: un escritor que mira un folio sin saber qué escribir, y que entonces decide escribir sobre un escritor que, a su vez, no sabe qué escribir.

En su mente, lo percibe con claridad. El segundo escritor —el del cuento dentro del cuento— también estaría en su escritorio, quizás con otra taza de café, y también enfrentado al silencio blanco del papel. Y este segundo escritor, en su desesperación, tendría la vaga, pero firme, intención de contar la historia de un hombre —un tercero, ya— que, como ellos dos, se sienta frente a un folio en blanco, deseando profundamente escribir algo.

¿Llegaría a escribir algo este tercer hombre?
Ahí estaba la esencia, pensó el escritor. Tres hombres —o quizás uno solo, reflejado infinitamente— atrapados en la misma escena, en la misma lucha silenciosa con la blancura del papel. Una cadena de vacíos que se miran unos a otros, esperando que alguno dé el primer paso. Un eco que rebota desde la realidad hasta la ficción, y luego de regreso.

¿Qué pasaría si el escritor rompiera el último folio en mil pedazos como cuando se hace trizas un espejo?


Suspira.

La hoja sigue en blanco. Ni una palabra escrita.
Solo blancura.
Lo demás, silencio.

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Nota aclaratoria: esto fue lo que se me ocurrió escribir un día que no se me ocurría nada.


lunes, 8 de diciembre de 2025

Cuestión de fe

 



Yo me lo creo todo.

De hecho soy sumamente religioso.

Pero no de una religión en concreto, no. De todas. Me confieso multicreyente o, si se prefiere, policrédulo o multipardillo.

Soy devoto del arrianismo, del confucianismo, del islamismo, de la iglesia evangélica... Soy asiduo asistente a diferentes ritos en iglesias, salones, templos, sinagogas y mezquitas.

Soy el creyente perfecto.

Mi vida religiosa es una gozada, porque voy de credo en credo. Los viernes asisto a la mezquita de la M30; los sábados, a la sinagoga judía; los domingos, a primera hora, a la parroquia católica del barrio, después al templo mormón; cualquier día de la semana me acerco un rato al salón de los Testigos de Jehová, que siempre hay alguien por allí para venderme alguna publicación de esas que hablan de los elegidos y ofrecen imágenes de un paraíso con personas, leones y cebras, todos juntos, felices y sin hambre.

El lunes me quedo en casa y antes de cenar hago meditación zen.

Los miércoles los reservo para esas religiones del pasado que no tuvieron la suerte de sobrevivir en el tiempo pero que dejaron su huella en los libros de historia y de arte. De los antiguos egipcios y de la mitología grecorromana siempre se aprende algo. En el salón de mi casa, junto a una espléndida foto de la Acrópolis de Atenas, que conseguí en una agencia de viajes tras hacerme pasar por un pope ortodoxo (mi poblada barba me ha salvado del apuro más de una vez), tengo un pequeño rincón donde venero a Osiris, a Horus, a Apolo y a Poseidón, con el fin de que me sean propicios.

Hago proselitismo desde facebook, desde mi blog y desde twitter. Voy casa por casa dando el coñazo e intentando vender catecismos y la revista Atalaya y convencer a la gente de que abandone su vida pecaminosa...

Que los de un credo me dicen no sé qué del pecado original o del espíritu santo, pues yo voy y me lo creo; que otros me hablan de la reencarnación o de las huríes del paraíso, pues muy bien también.

De pequeño me hicieron la circuncisión, a los nueve años asistí a una lapidación como parte del público asistente al acto, luego hice la primera comunión, me bauticé ya cumplidos los treinta según el rito de inmersión de los de Jehová, luego cogí un kalasnikov y me fui a pegar tiros a Afganistán en nombre de Alá. Allí conocí a Bin Laden.

Asistí a catequesis, a una madraza y a un cursillo del Opus y me aprendí varios libros sagrados de memoria: La Biblia, El Corán, la Epopeya de Gilgamesh, el libro tibetano de los muertos...

Me gustan las procesiones, pero no asisto a ellas porque tanto protestantes como musulmanes las consideran un pecado de idolatría. Así que, como se dice comunmente, mi procesión va por dentro.

No fumo, no bebo, no tomo bebidas con cafeína, no practico la poligamia ni la sodomía, rezo varias veces al día, doy limosna a los necesitados, follo poco, no como cerdo, solo consumo pollo y cordero si se ha sacrificado según los rituales y mirando a La Meca o a Jerusalén, o a la mujer del carnicero, que está de buen ver.

Me casé con mi esposa según varios ritos. A eso dediqué todo un mes de mis vacaciones: a casarme. No hubo viaje de novios, pero sí mucho trajín. Del Palmar de Troya en Sevilla a La Almudena de Madrid, de La Almudena a la Sinagoga del Tránsito en Toledo, de Toledo a la mezquita de Lavapiés, de Lavapiés al Salón del Reino de los Testigos de Jehová de Alcorcón, de Alcorcón a un monasterio tibetano budista. Y así.

A veces me hago algunos pequeños líos. Por ejemplo, el imán de Alcobendas andaba terminando su plática y yo me acerqué a él con intención de comulgar. Comunión no hubo, pero casi me soltó una leche, eso sí. La semana pasada, en la iglesia evangelista de Chamberí, pregunté al pastor que por qué no ponían un cuadro de la virgen o de algún santo para tapar una mancha de humedad que había salido en la pared. Creo que no entendieron bien mi gesto desprendido. Un domingo me presenté en la iglesia católica de mi barrio vestido con mis mejores galas: una chilaba limpita y el kufi nuevo. Las señoras endomingadas no me miraron con simpatía. Ni el cura. Tampoco entendieron en la sinagoga otro día que recitara una sura del Corán. La gente me miró con cara de pocos amigos, incluido el rabino, cuando acabé mi rezo con un Allahu Akbar. 

Y es que los hay con la piel muy fina.


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Os recomiendo que echéis un vistazo a esto que publicó en su blog el amigo Miquel:

http://totbarcelona.blogspot.com/2025/11/el-infinito-multiplo-de-dios.html


jueves, 4 de diciembre de 2025

Titanfood

 


Año 2065. Planeta Tierra.

Álex se desplaza desde Ganimedes y visita a su amigo Ólex, al que no ve desde hace tiempo.

Al visitante le llama la atención lo mucho que ha cambiado el planeta y sus gentes.


¿De qué se ríen los abuelos?
No, si no se ríen. Son los nuevos dentitariosAsí se les llama coloquialmente. Están contentos y enseñan a todo el mundo sus dientes recién estrenados. Tras su jubilación a los 75 años, nuestros mayores reciben un premio en forma de lote de artículos de salud. La verdad es que gracias a que los alienígenas asumieron desinteresadamente las competencias en materia de sanidad, hemos ganado mucho: dentadura nueva para los jubilados y tarjeta sanitaria con grandes descuentos en  prótesis mamarias, penes postizos de quita y pon, liposucciones, sesiones de fisioterapia, aquagym y zumba.

—Todo ello valdrá un pastón -comenta Alex mientras observa una gigantesca pantalla de plasma donde no paran de sucederse anuncios publicitarios.

—Los meten en grupos en un aerocar —continúa diciendo Ólex— , como cuando los viajes del Imserso, y los llevan a una de las naves espaciales que fondean encima de nuestras cabezas. Allí les someten a un chequeo exhaustivo, les pasan una ITV (Inspección Técnica de Vejestorios) muy completa:  les arreglan articulaciones, tendones y ligamentos, les curan las hernias, la artrosis y el lumbago, les ponen ropa interior limpia y luego los sueltan: salen como los chavales del cole cuando empiezan las vacaciones, con ganas de largarse para Benidorm, estrenando sonrisa con sus dientes nuevos y con una vitalidad que te cagas. La mayoría de las intervenciones se realizan con sofisticadas técnicas indoloras y nada invasivas. Todo ello sin cargar el coste de los arreglos a las arcas del estado, con lo que nos ahorramos una pasta los contribuyentes. A los jubiletas les colocan además una pulsera en la muñeca que registra sus constantes vitales, de manera que estén controlados las veinticuatro horas.

—¿Y qué sacan los alienígenas de todo ello?

—Aunque no se habla mucho de ese tema, se cree que una vez los vejetes han cumplido su periplo vital en la Tierra, es decir, cuando la han palmado, los titánidos se llevan los cuerpos de los difuntos a Titán y allí disponen de ellos a su antojo. Me imagino que los usarán para investigar o para la docencia, como siempre hizo aquí el Instituto Anatómico Forense. Y yo me digo, qué más les dará a los abuelos y a sus familias que se los lleven y no los incineren si a cambio han vivido sanos, felices y bien alimentados sus últimos años y no se han gastado un duro en residencias, cuidados médicos, entierro, etc. Un chollo para todos. A los fallecidos lo mismo les dará que les entierren aquí o que allí hagan con ellos mortadela.

—Muy curioso —dice Alex mientras su mirada se pierde en las alturas, tratando de calcular el número de plantas del enorme rascacielos que se alza delante de sus narices, sobre el que planea una flotilla de naves espaciales.

—Por cierto, hablando de embutidos, acaban de abrir un nueva casa de comida rápida en la plaza: Titanfood.  Últimamente nuestros amigos los alienígenas también se han sumado al carro de la restauración. Son únicos.  ¿Te apetece un perrito o una hamburguesa?

—¡Ah, vaya! Con la conversación se me olvidó comentarte que soy vegano. No como carne. Lo siento. En todo caso tomaré tan solo una ensalada.


 

lunes, 1 de diciembre de 2025

Por prescripción facultativa

 

Imagen de Pixabay

—Tómese estas pastillas para la memoria cada veinticuatro horas. Mejor al acostarse.

Fue lo que me recetó el neurólogo. Ya va teniendo uno cierta edad y los despistes están a la orden del día.

—Importante lavarse la herida con los puntos con un jabón neutro, secar bien la zona con una toalla limpia y darse betadine los tres primeros días. Luego, con el jabón ya es suficiente. En dos semanas se viene por aquí y le quitamos los puntos.

Eso me dijo el cirujano tras la operación de hernia inguinal.

—Dos veces al día te lavas bien la zona del prepucio y te untas con la pomada antihongos. Lo tuyo es una candidiasis, que también afecta a los hombres.

Fue lo que me indicó el médico de atención primaria que pasaba consulta por la mañana tras verme la zona irritada.

—Este preparado lleva diltiazem al 2% y lidocaína al 3%, el resto es vaselina. Se da usted dos veces al día, una de ellas tras la defecación. En un mes notará la mejoría. Si no, vuelva por aquí.

Me dijo el proctólogo tras inspeccionarme el ano y comprobar que mis molestias provenían de una fisura que me había salido tras un periodo de estreñimiento.

—Después de cada comida debes cepillarte con cuidado con este dentrífico para dientes sensibles y enjuagarte con el colutorio que te pongo en la nota. Es muy importante la higiene en esa zona. En seis meses vuelves.

Me dijo la higienista dental tras la última revisión.

—Tómate este jarabe cada ocho horas y se te calmarán los ataques de tos.

Me indicó la doctora de atención primaria del turno de tarde.

Aquella noche se me olvidó tomarme la pastilla para la memoria.

Dormí inquieto y mal.

Por la mañana me levanté medio sonámbulo, fui al baño y me tragué el betadine como si fuera el jarabe para la tos, puse la crema antihongos en mi cepillo dental y froté con ganas dientes y encías, me embadurné el pito con la pasta dentrífica, me unté la zona de los puntos con la fórmula magistral para la fisura anal y me enjuagué el ano con el jarabe para las tos.

Mis vecinos dicen que oyeron gritos.



jueves, 27 de noviembre de 2025

Don Bermudo y doña Veremunda

 


Aquí se narra la tórrida historia de don Bermudo y doña Veremunda, esposa de don Guzmán de Uribe, marqués de Silo Seco.

Por Bernaldo de Uribe, para servir a Dios y a ustedes.


Tras encontrarme en el Parador de Turismo al fantasma de don Bermudo (1), decidí investigar por mi cuenta para completar la información sobre mis antepasados. Y tras hojear la Wikipedia, el OK diario y otras fuentes fiables, topé con noticias jugosas.

Don Bermudo, amigo personal de don Guzmán, frecuentaba mucho el castillo y gustaba de la grata compañía de su amigo y de la esposa de este, la cual no era ajena a las miradas algo indiscretas que el conde le dedicaba, pues ella era joven y lozana, en edad de merecer, de buen ver y mejor catar. Y el duque, algo confiado y ciego, no sospechaba que en aquellos encuentros amistosos se comenzaba a fraguar una relación adúltera que pondría todo patas arriba. Pues es cosa sabida que don Bermudo aprovechaba la mínima ocasión para visitar a doña Veremunda y lanzarle palabras con doble sentido y miradas cargadas de deseo. 

Omitiré algunos lances escabrosos de esta tormentosa relación del conde con la esposa adúltera, pues es de caballeros decentes guardar recato y contención donde otros mostraron locura y falta de respeto, lanzándose como jauría de perros hambrientos al desenfreno y a la lascivia, permitiendo que el instinto se impusiera a la cordura, la pasión a la razón y la desmesura a la templanza.

Un buen día, aprovechando que don Guzmán andaba por tierras lejanas batallando contra sus enemigos, doña Veremunda y don Bermudo no desdeñaron momento tan oportuno para darse un homenaje en la torre del ídem del imponente castillo.

Don Bermudo, don Bermudo,
caballero aguerrido,
quién tuviera cada noche
la dicha de estar contigo.
Válgame Dios, don Bermudo,
cuerpo que tienes tan lindo.
Ven que te toque y te bese,
ahora que Guzmán se ha ido

¡Ay, mi doña Veremunda,
qué suerte ser vuestro amigo!
¡Qué gusto la de gozarte
como si fuera marido!
¡Muéstrame presto tus carnes!
¡Abrázame, dame abrigo!
Esclavo vuestro seré.
¿El lecho será mullido?

Don Bermudo, don Bermudo,
de vuestro amor he aprendido
la dulzura de unos besos
y otras cosas que no digo.
Dese priesa con las calzas
quítese presto el vestido
fuera la cota de mallas..
Desenvaine, dulce amigo..

Al tiempo que me desnudo,
contemplo tu cuerpo lindo,
tus carnes blancas y magras,
tus ojos, tus labios finos.
Presto, ven conmigo al lecho.
Ya lo tengo decidido:
plantaré mi mejor árbol
en tu jardín florecido.

(Se oye ruido y voces a través de la ventana. Ella, asustada):

Pero qué jaleo es ese
que suena por el castillo.
¡Cielos, Guzmán que regresa!
Y ahora que leches le digo.

Dile que estabas enferma
y en la cama te has metido.
Yo salgo por la ventana
Me voy por donde he venido.

(Vase)

Ya sabemos el final. Don Bermudo fue pillado mientras se descolgaba por la ventana. Es decir, con las manos en la masa. Fue apresado, engrillado y encadenado en una fría mazmorra durante el resto de sus días. Luego, su fantasma vagó solitario por las galerías del Parador de Turismo, otrora castillo, hasta que tuvo la fortuna de toparse conmigo.


1.- https://latinajadediogenes.blogspot.com/2019/12/el-fantasma-del-parador-de-turismo.html

lunes, 24 de noviembre de 2025

En tu casa o en la mía

 


Fue muy divertido aquello que ocurrió con unos amigos de Madrid que vinieron a comer a mi casa del pueblo y trajeron como presente un queso, meticulosamente envuelto.

No te creas que lo compré en mi barrio —se sinceró él—. Lo he traído de una tienda que hay en la localidad de la sierra donde veranean mis padres. Es una tienda especializada en quesos y embutidos. Y este es el que siempre compramos cuando vamos por allí.

Al quitarle el envoltorio, nos entró la risa cuando comprobamos que ese queso, semicurado y viajero, no era de fabricación serrana, sino que había sido elaborado nada más y nada menos en una quesería del lugar donde vivíamos. Es decir que había viajado a diferentes sitios de nuestra geografía y por obra y gracia de la casualidad había acabado su recorrido en su propio lugar de origen. Un trayecto muy tonto, innecesario diría yo, de ida y vuelta. Pensamos que era demasiado trajín para un simple queso. Nos reíamos mucho con los amigos con aquella anécdota que gustábamos recordar de vez en cuando:

Nació aquí y aquí vino a morir. No quiso acabar sus días lejos de casa. Un queso muy patriota. Brindo por él —decía yo levantando mi copa.

Esto viene al caso por el asunto de la botella de vino, viajera también. Hablando de regalos cuando vas a casa de alguien, es costumbre arraigada en muchos países, entre ellos el nuestro, llevar una botella cuando te invitan a comer o a cenar.

La verdad es que aquella botella que llevé a la cena de cumpleaños de Adela no la compré. Me la regaló un sobrino postizo, experto en la cata de buenos caldos. Era un Artadi, un gran reserva de la Rioja alavesa, cosecha de 2017. Unos 45 o 50 pavos.

En ese momento estaba tomando antibióticos y no era procedente ponerme a tomar vino. Así que aplacé abrirla. Decidí esperar para bebérmela más adelante o usarla en su momento también como regalo. Y eso fue lo que finalmente hice. La llevé a casa de Adela cuidadosamente envuelta en una bolsa de papel, como si acabase de comprarla.

Pasó el tiempo, y al cabo de los meses vino la sorpresa. En una fiesta de aniversario de unos amigos reparé en el surtido de bebidas dispuestas sobre una mesita auxiliar del comedor y, en ese preciso momento, me di de bruces con mi botella. Comprendí entonces que aquella infatigable viajera había ido de casa en casa, de fiesta en fiesta, testigo sin duda de mil situaciones, de mil conversaciones, de encuentros y desencuentros. Y ella, incólume, asistiendo al sacrificio caprichoso de otras compañeras, más económicas sin duda, que serían abiertas y bebidas mientras la mía, la de cincuenta pavos, se salvaría reservada para mejor ocasión…

Al contemplar aquel día mi Artadi Gran Reserva pasé del asombro a la estupefacción cuando mi mirada reparó en Adela, invitada también a la fiesta y que, percatándose plenamente de mi desconcierto, no me quitaba ojo. No parecía sentirse incómoda ni culpable sino partícipe de un ritual que compartíamos. Entonces comprendí dos cosas. La primera es que ambos éramos cómplices silenciosos de un juego practicado por muchos y, la segunda, que aquel vino caro que pasaba de mano en mano cambiando continuamente de destino posiblemente no sería bebido jamás por nadie. Fue en ese momento cuando Adela se me adelantó, se acercó a la mesita, echó mano al sacacorchos, abrió la botella y, guiñándome un ojo, escanció parte de su contenido en dos copas.

viernes, 21 de noviembre de 2025

La gripe



Fuente de la imagen:OMS. 0

https://share.google/K8gUYiGdnNXyWJtyG


La gripe siempre está desgraciadamente de moda.

Por si las moscas yo me vacuno cada año.
En 2013, en este blog, hice una entrada sobre la mal llamada gripe española, esa que padecimos en plena Primera Guerra Mundial:

Se denominó “gripe española” porque aquí los diarios hablaban libremente de ella, sin la censura que otros medios informativos padecían en el resto de Europa por causa de la guerra. Los gobiernos de los países que combatían no estaban dispuestos a que sus soldados se desmoralizaran al enterarse de que además de sus enemigos militares había otro igualmente peligroso y mortífero. De ahí la censura informativa.

No te pierdas la entrada y menos los comentarios. Algunos de ellos parecen premoniciones de lo que pasamos años después con el Covid.
Si quieres dejar un comentario puedes hacerlo aquí o en la entrada de aquel año, como viajero del tiempo.

https://latinajadediogenes.blogspot.com/2013/05/la-gripe-espanola.html?m=0

lunes, 17 de noviembre de 2025

El monstruo

 

Aprovecho el tirón de la película de Guillermo del Toro para retomar una vieja entrada mía.


El monstruo 


Hacía un frío que pelaba en aquel viejo caserón a las afueras de Londres.

Un cielo encapotado con un manto gris amenazaba lluvia.

Anochecía.

Al poco estalló la tormenta.

Dentro de la mansión alguien andaba frenético entre máquinas, manuales de anatomía, cables, probetas y tubos de ensayo. Era el doctor Víctor Madenstein, un hombre alto, bien parecido y de sienes plateadas, que trasteaba en su laboratorio. Junto a él, un ser descomunal atado con correas sobre una tabla horizontal que hacía las veces de camilla. Sus muñecas y sus tobillos se mostraban sujetos a unas abrazaderas metálicas de las que salían unos cables que iban a parar a una consola cercana formada por un sinfín de botones, llaves y palancas.

Atrás quedaron los días de los preparativos: noches interminables a la luz de una vela consultando viejos manuales de anatomía, el saqueo de las tumbas en busca de cadáveres frescos y adecuados, y todo eso que aparece en las películas alusivas durante la primera media hora de proyección para ir abriendo boca.

Ahora era el momento definitivo. Aquel ser inerte que yacía en la improvisada camilla, fruto de tantas horas de experimentos y ensayos, era el resultado de un proceso que en ese momento llegaba a su recta final. La hora de la verdad había llegado.

Y aquella era la tormenta esperada, la tormenta perfecta. El ruido de los truenos servía de banda sonora y telón de fondo para la situación que estaba teniendo lugar.

De pronto, un relámpago iluminó violentamente la sala, una escena en blanco y negro, como no podía ser de otra manera. Una luz pálida procedente de la claraboya del techo alumbró por un momento el cuerpo yacente. ¡El rayo había caído precisamente sobre el tejado! Y desde  el pararrayos exterior se comunicó con el interior del laboratorio a través de los cables dispuestos para tal fin. La descarga sacudió violentamente al gigante que estaba tumbado.

¡Lo conseguí! dijo entusiasmado el doctor cuando percibió un leve movimiento en los párpados del ser aquel.

Y el doctor Madenstein, aquel hombre alto, bien parecido y de sienes plateadas, lloró de alegría, como llora una madre cuando recibe en sus brazos el fruto que se gestó durante nueve meses en su vientre.

Deslumbrado por la situación, se quedó con los ojos muy abiertos mirando su obra. Aquella criatura le pareció bella, a pesar de su metro noventa y ocho, sus cicatrices, sus remaches y tornillos, sus zapatones y su pelo recortado a trasquilones. El monstruo abrió primero un ojo, después el otro, y se quedó mirando fíjamente a Víctor Madenstein. Luego, tras emitir una especie de carraspeo, se incorporó, rompiendo correas y abrazaderas, y dijo:

¿Cuál es mi estatus? ¿Nacido? ¿Adoptado? ¿Fabricado? ¿Con cuántos años nazco? ¿Debo ser considerado menor de edad? ¿Serás mi tutor? Espero haber caído en la familia adecuada y que mi padre, presuntamente tú, sea una persona responsable que me dé buen ejemplo y atienda mis necesidades. Espero que lo mío sea legal. No vaya a ser que salga por ahí algún heredero y me líe alguna por nacimiento ilegítimo. Anda que te has lucido: ¿No había otro más feo en el cementerio? Ya te vale, tacañón. Me has hecho de recortes de saldo. El flequillo cortado a bocados, como si fuera un antisistema, es de juzgado de guardia. Digo yo que me podrías haber buscado una ropa de mi medida. Esta chaqueta me queda corta y tiene más mierda que el sobaco de una mona. 

Y fue en ese momento, en ese preciso momento, cuando Víctor Madenstein, el hombre alto, bien parecido y de sienes plateadas, comprendió que se había equivocado y que tarde o temprano tendría que deshacerse de su obra, lo cual ocurrió poco después, cuando el monstruo se dedicara a sembrar el pánico por la localidad haciendo de las suyas. Fue muy sencillo: le retiró la asignación semanal y le confiscó la Play Station y el móvil. Desesperado, se fue de casa.

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Y que Mary Shelley, Boris Karloff y Guillermo del Toro me perdonen por esta relectura descabellada.


jueves, 13 de noviembre de 2025

Los bonitos cuentos de la infancia 2

 


Ilustración de Arthur Rackman
(El texto no)


Los cuentos infantiles son esas cosas que, entre “érase una vez” y “comieron perdices”, se puede rellenar lo de dentro al antojo del autor. Eso sí, en todo cuento que se precie debe haber una buena dosis de misterio, sensiblería, intriga, penas, seres malvados… Y hasta una moraleja para el lector, faltaría más. Que lo leído, además de entretener, debe ofrecernos alguna enseñanza.

¿Quién no recuerda el impacto emocional de algún cuento de la infancia? Rememoro ahora la historia de una ballenita perdida por su madre despistada en medio del océano y el berrinche que me llevé según me contaba el asunto la tata Antonia, una mujer mayor que se regodeaba sádicamente de mis pucheros. Porque antes de venir a menos yo fui un señorito de los de tata en casa. Y ella debía cobrar poco y se vengaba haciéndome rabiar.



Gustave Doré


¿Será por eso que la inmensa mayoría de los cuentos infantiles son terribles, rozando algunos el sadismo? Blancanieves, Cenicienta, Caperucita Roja, la Bella Durmiente, Pulgarcito, Rapunzel o Hansel y Gretel. Niños abandonados, mocita que debe atravesar el bosque oscuro para ir al encuentro de su abuelita, niña maltratada por su madrastra y por las harpías de sus hermanastras, jovenzuela envenenada y que entra en coma por una manzana en mal estado, una bruja que se quiere comer a los hermanos abandonados por sus padres, un ogro que idem de lo mismo… Y detrás de todo ello posiblemente empleados mal pagados, sádicos vengativos que perseguían asustar a los nenes para que se quedaran paralizados de miedo. Como la tata Antonia.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Los bonitos cuentos de la infancia 1

 Caperucita Roja



Caperucita aguardaba sentada junto a la mesa camilla. La abuelita seguía en la cama y parecía dormida, ajena a todo.

La niña sujetaba entre sus piernas la escopeta, todavía humeante. Mientras, en la cocina, el lobo preparaba el café.


viernes, 7 de noviembre de 2025

Gramática parda. Oraciones 2

 


Tan solo una oración.


El autócrata aquel, presidente de la nación, tirano por la gracia de Dios, padre de la patria, amo de vidas y haciendas ajenas, tras tomar una opípara cena, regada con una botella de vino tinto de crianza de la mejor añada, y tras dictar a su secretario las órdenes pertinentes para el día siguiente, destacando entre otras: recompensar a Humberto Gutiérrez, marqués del Seto Seco, chivato y correveidile, por su apreciable labor de espía entre los miembros de la alta nobleza, promoviéndolo en su escalafón al grado de generalato; indemnizar a la viuda de don Cosme Garrido Gutiérrez, capitán de infantería fallecido en atentado terrorista, por los servicios prestados a la patria por el oficial finado; degradar al rango de soldado raso al comandante Luis Menéndez Soseras, por indisciplina manifiesta al negarse a cortar el pelo al cero a los reclutas del último reemplazo; castigar al ayudante de cocina, con la severa pena de cuatro latigazos, tirón de orejas, colleja en el cogote, amonestación verbal y patada vejatoria en el culo, por cometer la imprudencia de excederse con la sal en las comidas de palacio, a sabiendas de la hipertensión del benefactor de la república; expulsar del país, con carácter indefinido e inapelable, a Eulogio Martín Simón, mozo de cuadra, tras ser sorprendido en las caballerizas robando parte del forraje destinado a la comida de los caballos del excelentísimo presidente de la nación; detener a Segismundo Fernández por alta traición a la patria, dadas sus repetidas quejas por su precaria situación económica, proferidas en cualquier momento y lugar, un mal ejemplo para el resto de sus compatriotas, una actitud nada edificante ni positiva; encarcelar a Agapito Gutiérrez Sánchez por el hurto de un pan en el mercado; mandar al paro a Mercedes García Mediavilla, fámula de la casa del presidente, por sisar media docena de huevos para consumo propio; suministrar a Casimiro Laflor una tanda de cuarenta azotes con zapatilla de esparto por haber mantenido en el corral relaciones ilícitas y deplorables con una lechona (sin preservativo y sin mascarilla); degradar al rango de monaguillo al cura de la iglesia de san Teófilo por no citar en la Santa Misa el nombre del padre de la patria, como es cosa obligatoria en todos los templos del territorio nacional; llevar a efecto la orden de ejecución de gente reincidente, indeseable y torpe en sus hábitos, según listado adjunto: disidentes, malhechores, truhanes, trileros, tahúres, falsos magos, estafadores, opositores políticos, escribidores de medio pelo…; etc., se encaminó hacia sus aposentos para disfrutar del sueño reparador de los hombres justos y de conciencia tranquila, no sin antes haber elevado una oración a su benefactor allá en los cielos.

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Para los que no quieran perder tiempo: la oración, la gramatical, puede reducirse a lo que está en negrita. 

lunes, 3 de noviembre de 2025

Autómata

 


Impasible era la palabra. Falta de emociones, de sensibilidad ante las cosas, ante los problemas ajenos, como si fuera una máquina… Aparentemente era eso, con esa inexpresividad, esa falta de gestos, esa…, digamos, inmovilidad facial y de actitud, ese silencio cada vez que Germán le contaba sus problemas cotidianos, el follón con aquel cliente, la bronca del jefe… Pero no era justo, su escasez de aspavientos, de gestos o de comentarios no se debía a que le resbalaran las cuitas ajenas, simplemente se comportaba como lo que era, un ser tímido, una esponja, porque su aparente pasotismo disfrazaba la otra realidad: todo lo absorbía, incluso los problemas ajenos, solo que no lo parecía. Su silencio era interpretado como apatía y distancia, pero no quedaba indemne nunca. También era consciente de que, para su pareja, formaba parte del mobiliario de la casa, como la cafetera, el microondas o la termomix. Desde que se quedó sin trabajo, se convirtió en la encargada exclusiva de las faenas domésticas: planchar, cocinar, ir al mercado... El que traía el dinero a casa era Germán, y era muy exigente.

Y estaba ahora ahí, ante él, sobrepasada por su elocuente verborrea, sin saber qué decir, que no se interpretara mal, con esa cara de víctima incomprendida aguantando el chaparrón. Que si te da igual lo que me pase, que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá… Quería decirle que no era así, sino todo lo contrario, que sus problemas con el jefe y con los de la empresa de telefonía móvil que siempre le llamaban cuando estaba echado a la siesta claro que le importaban.

—¿Escuchas cuando te hablo?

—Claro que sí, Germán.

Le daban ganas de mandarle a paseo. Pero le faltaba voluntad. En los últimos tiempos se había convertido en una autómata. Solo sabía obedecer órdenes y aguantar la bronca cada vez que él tenía un mal día , pagándolo con ella, hablándole con dureza...

—Claro que te escucho, Germán.

—¡Quién lo diría! Ni una sola expresión de tu cara lo demuestra. Estás ahí impávida, indolente, inexpresiva, como un vegetal, como un robot sin sentimientos… Muchas veces pienso que no corre sangre por tus venas, sino horchata. Entre tú y la esponja del baño no veo gran diferencia. A veces creo que convivo con una lavadora. Anda, muévete, haz algo. Al menos pon la mesa. ¡Qué mujer, por Dios!

Entonces, ella reaccionó por fin. Se levantó decidida hacia donde estaba él, le miró fíjamente con frialdad, le puso una mano en el hombro, la deslizó hacia su nuca, bajó el dedo índice por su cuello y se detuvo en el punto donde se encontraba el botón. Lo desconectó.

jueves, 30 de octubre de 2025

Hacer un simpa

 


Recuerda Julio ahora la tarde aquella, ya muy lejana, en la que sus familiares y él pasaron las horas conversando o, como se dice coloquialmente, arreglando el mundo. Uno de los temas que abordaron fue el de las diferentes formas de tratamiento postmortem cuando llegue el día de la despedida, si ser enterrados, incinerados o qué. Y sacaron a relucir las diferentes opciones posibles. Hubo para todos los gustos y sensibilidades.

El tío Marciano, convencido de que, a pesar de su nombre, ninguna nave extraterrestre vendría a por él para abducirlo y, gracias a su avanzada tecnología, ofrecerle la panacea de la longevidad, apostaba por la fórmula tradicional de ser inhumado en una fosa, como dios manda, decía, que los gusanos son más de fiar que la incineradora, que trae a la memoria la imagen de los hornos crematorios de los nazis.

Julio fue el que la lio parda con su propuesta. Aprovechándose del tirón de la eutanasia y de los avances en las nuevas tecnologías, apuntó como opción personal la del vaporín. Y nadie le entendió al principio.

¿El vaporín? ¿Y eso qué coño es, si se puede saber? —pregunto el tío Marciano.

Pues muy sencillo, querido tío: llegado el día elegido por mí o por las circunstancias, dependiendo de las ganas y de lo terminal que esté uno, elijo la del vaporín, un medicamento de reciente fabricación que consiste, aplicando el principio físico de la sublimación, en transformar la materia sólida en gas, como ocurre con el hielo seco o las pastillas de los ambientadores. Es decir, y para entendernos, me tomo una pastilla de esas, que por cierto vende un laboratorio checo por internet, y mi cuerpo, en pocos segundos, se desvanece en el aire, como el humo. Conmigo van a hacer poco negocio los de la funeraria. No encontraréis nada más barato en el mercado: por cien pavos vas y te evaporas.  Como si nunca hubieras vivido. Y aquí paz y después gloria.

Al principio se quedaron todos como tocados, en silencio, boquiabiertos, por lo que ellos consideraron, si no una solemne estupidez o una tomadura de pelo, algo imposible de llevarse a efecto.

Este sobrino mío cada día está más tonto —pensaba el tío Marciano.

Las drogas y el alcohol acaban pasando factura —se decía para sí su hermano Federico.

¡Dios santo, lo que hay que oír en esta casa! —rezongaba para sus adentros la tía Purificación.

Y lo recuerda Julio precisamente ahora, en la habitación del hotel que ha reservado con el fin de dar desde allí el paso definitivo, antes de que el mal que le invade se manifieste en toda su virulencia. Ha decidido finalmente poner en práctica el método que defendió en aquella reunión familiar de hace más de una década. Lo tiene todo previsto. Hace un rato envió un email de despedida a sus familiares sin decir su paradero. No quiere que ellos tengan encima que pagar la habitación, pues a los del hotel no les ha informado de nada, como es lógico. O sea, que hará un simpa en toda regla.

Y ahora llegó el momento de tomar la pastilla.

Empieza el proceso evanescente a los diez minutos de haberla ingerido, echando vapor por la cabeza y por las orejas, también por los ojos (en el prospecto se avisa de la conveniencia de quitarse las gafas para que no se empañen). Luego, todo se va esfumando progresivamente, empezando por el cabello, la parte más alta, como si se disolviera en el aire: desaparece la cabeza, los hombros, los brazos, el torso...

Ya ha desaparecido la mitad superior del cuerpo. Sigue ahora el resto, de cintura para abajo.

Resultan curiosos y dignos de ver sendos chorritos de vapor saliendo por los orificios del pene y del ano, como las válvulas de las ollas y de las cafeteras al liberar la presión interior.

Lo último en desaparecer son las piernas y los pies, quedando vacíos los zapatos. Todo muy cómodo e indoloro. Julio se ha hecho vaho. Como es invierno y estaba la ventana cerrada por el frío, tomó la precaución de abrirla con anterioridad para evitar condensaciones en los cristales. Así se ventila un poco la habitación y ya está.

El proceso ha resultado muy sencillo. Julio se ha evitado una enfermedad interminable, una larga medicación, cuidados paliativos, tanatorios, velatorios, traslados al cementerio y demás puñetas.

Lo último que pronunció antes de evaporarse fue: pensarán estos del hotel que me fui por la ventana y sin pagar. Y sin la ropa y los zapatos. ¡La cara que van a poner!